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Ha resucitado

5 de abril de 2015 – Vigilia Pascual

 

Para los cristianos el acontecimiento fundacional, que da sentido a toda nuestra historia, es la resurrección de Jesús. Ésta es la intervención definitiva de Dios en Cristo Jesús para salvar al mundo. Toda la historia de la salvación se concentra en este acontecimiento, hacia él tiende, desde él se despliega y en él encuentra su sentido. La Liturgia de la Vigilia Pascual nos hace revivir los principales acontecimientos de esa historia: la creación, la fe de Abrahán, dispuesto a entregar a su propio hijo, la liberación de Egipto, la promesa de la nueva alianza, la promesa de la resurrección del pueblo.

Todo ello se concentra en el anuncio de la resurrección de Cristo. “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado” (Mc 16,1-8). Es la buena noticia que hay que proclamar, porque cada vez que se proclama se hace realidad en nuestro mundo. La fuerza de ese anuncio viene del mismo Dios. No es la palabra humana la que proclama la resurrección sino los mensajeros de Dios. Las mujeres no dijeron nada porque estaban llenas de miedo. Nosotros hemos perdido el miedo precisamente porque hemos resucitado con Cristo. Sabemos que Él nos va abriendo el futuro, en medio de este presente sombrío que nos toca vivir. Él nos precede en Galilea para que nosotros repitamos la aventura del anuncio del evangelio.

El misterio de Cristo muerto y resucitado es nuestro propio misterio. Lo hacemos nuestro mediante el bautismo (Rm 6,3-11). Lo vivimos de manera sacramental, pero real. Representamos la muerte y la sepultura de Cristo sumergiéndonos en las aguas con riesgo de nuestra vida. Así era al menos en el bautismo de los primeros cristianos. Resucitamos al salir del agua. Experimentamos místicamente la muerte del hombre viejo y nacemos una criatura nueva. Somos de verdad cristianos si nos sentimos salvados y viviendo la nueva vida en Cristo Jesús. Lo que cuenta es la vida. Jesús resucitado ya no muere más. Está siempre vivo y vive también en nosotros.

La renovación de las promesas de nuestro bautismo es el momento privilegiado para asumir personal y conscientemente nuestra fe, que en su día proclamaron nuestros padres y padrinos. Esa fe es verdaderamente la luz que ilumina nuestras vidas. Es el mismo Señor resucitado, cuyo pregón hemos cantado siguiendo el cirio pascual. Es la luz del primer día de la creación.

La resurrección de Jesús no es un simple acontecimiento histórico que afecta a toda la humanidad. Es un acontecimiento de la creación que inaugura los cielos nuevos y la tierra nueva. Inaugura verdaderamente el Reino glorioso de Cristo. Es verdad que todavía experimentamos en nuestras vidas y en nuestro mundo los efectos del odio y de la muerte. Pero estos enemigos han sido ya vencidos en Cristo y esperamos que también nosotros los venceremos. Celebremos con alegría la resurrección de Jesús y salgamos decididos a ser sus testigos y anunciar: El Señor ha resucitado. Felices Pascuas.

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El rey de los judíos

3 de abril de 2015 – Viernes Santo

 
A las autoridades judías no les gustó el título puesto sobre la cruz, que indicaba el crimen cometido por aquel acusado, el haber pretendido la realeza. Sin embargo fueron esas autoridades las que inventaron y adujeron esa acusación. El evangelio de san Juan se la toma muy en serio y centra toda la historia de la pasión en la proclamación de la realeza de Jesús (Jn 18,1-19,42). Se trata sin duda de un rey muy especial, que había iniciado su marcha hacia el trono cabalgando sobre un borrico. El trono resultó una cruz y la corona que le pusieron era de espinas. Jesús reina desde su cruz. De esa manera se hace la crítica a toda realeza y a todo poder humano, que se utiliza para el propio interés.

Un rey está para hacer justicia a todas las víctimas de la historia. Ya que los hombres no hacemos justicia, esperamos que Dios la haga. Y Dios la hace pero de una manera totalmente sorprendente. La justicia ya no es simplemente dar a cada uno lo suyo sino que significa la salvación. Dios hace justicia salvando al pueblo, rescatándolo de su pecado. Jesús alzado en la cruz, con los brazos abiertos, abraza todo el universo.

Desde su trono empieza a derramar sus dones sobre sus súbditos. No es el momento de pensar en sí mismo sino en los demás. Hasta los mismos soldados salieron beneficiados repartiéndose sus vestidos. La túnica, hecha de una pieza, simboliza la unidad de la Iglesia en medio de un mundo desgarrado, atravesado por la violencia.

Pero han sido los discípulos los que se han llevado la mejor parte. Al Discípulo Amado, y en él a todos los discípulos, Jesús le ha dado a su propia madre. Es el mejor regalo, lo que Él más quería porque era lo más valioso. El discípulo afortunado la acoge en su vida. En María recibimos todo nuestro pasado de pueblo de Dios que ha esperado la salvación y que la ve realizada ahora en la muerte de Jesús. También María recibe al Discípulo. La vida de la Iglesia está confiada a la responsabilidad y al cariño de cada uno de los creyentes. Muchas veces no nos gusta esa Iglesia, pero es nuestra Madre. Nos la ha entregado el mismo Jesús.

Jesús sobre todo nos ha hecho don de su Espíritu. No murió sino que entregó su espíritu. Es este espíritu, su aliento, su vida la que sigue presente en nosotros sus discípulos. Ese Espíritu es el que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo hace presente en la vida de la comunidad. Es ese Espíritu de amor el que transfigura las realidades de la Iglesia de manera que no sea un puro tinglado humano sino expresión del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu.

Pero el Espíritu actúa a través de las mediaciones concretas de personas y acciones, sobre todo de los sacramentos. Del costado abierto de Cristo, nació la Iglesia con los sacramentos, sobre todo con el bautismo y la Eucaristía. Ambos nos sumergen en el acontecimiento pascual de Cristo, en su muerte y su resurrección. Participemos con dolor y agradecimiento en la Pasión de Cristo para poder llegar a su resurrección.

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Mi cuerpo, que se entrega por vosotros

2 de abril de 2015 – Jueves Santo

 

Todos los pueblos tienen una serie de fiestas patrias que conmemoran acontecimientos importantes de su historia. Israel recordaba y celebraba ante todo su acontecimiento fundacional. Empezó a existir como pueblo libre con la liberación de la esclavitud de Egipto. De esa manera Israel pasó de la esclavitud al servicio. La serie de acontecimientos liberadores quedaron representados en la celebración de la Pascua, que da identidad al Pueblo de Dios (Ex 12,1-8.11-14). La muerte de los primogénitos de Egipto y el pasar de largo ante Israel fue el acontecimiento que desencadenó la liberación. Dejó bien a las claras el poder de Dios para liberar a su pueblo. El cordero pascual, comido a toda prisa y con hierbas amargas, recuerda la esclavitud pasada y sostiene la esperanza del banquete del Reino.

Jesús, antes de su pasión y glorificación, celebró la cena pascual con sus discípulos. Era el momento de pasar de este mundo al Padre, de realizar su éxodo, su marcha liberadora. En esa cena instituyó el gesto sacramental, memorial de su misterio pascual, la Eucaristía (1 Cor 11,23-26). Este gesto de amor constituye la identidad profunda de la Iglesia. Jesús se dona con su cuerpo y sangre al mundo para sellar la nueva alianza. El Pueblo de Dios vive en alianza esponsal con Cristo, acogiendo su amor y dándolo al mundo.

El amor es siempre concreto y normalmente es un amor sacrificado. Comporta la renuncia a sí mismo y la apertura al otro. Jesús empezó aquella cena con otro gesto verdaderamente memorable, el lavatorio de los pies. Se lavaba uno las manos antes de comer. Jesús lava los pies de sus discípulos, no para cumplir con una pureza ritual, sino para darles ejemplo (Juan 13,1-15). Se trata de un acto de servicio en el que el autor desaparece en la obra realizada. El trabajo de esclavo no permite realizarse a sí mismo de manera muy satisfactoria. Sin embargo, Jesús elige ese trabajo para enseñar a su Iglesia a hacer lo mismo.

Uno no pertenece a la Iglesia para realizarse a sí mismo, para cultivar la espiritualidad y sentirse superior a los demás. Uno está en la Iglesia al servicio del mundo realizando las tareas cotidianas en las que uno apenas puede expresar su propia personalidad. No importa. Lo importante no es lo que uno hace sino el amor que pone en ello: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. El amor de Jesús se manifiesta hasta en el más mínimo detalle.

Tan sólo una persona que está dispuesta a dar su vida es capaz de dar sentido a los pequeños actos de la vida. El amor es servicio. A través de cada acción útil se manifiesta el amor de la persona. Que la celebración de esta eucaristía renueve nuestro compromiso de entregar nuestra vida en lo pequeño a ejemplo de Jesús.

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Bendito el Reino que viene

29 de marzo de 2015 – Domingo de Ramos

 

Mientras numerosas familias lloran a sus seres queridos, víctimas de la tragedia de aviación, muchos piensan en las vacaciones. Los creyentes empezamos la Semana Santa, semana verdaderamente grande, porque en ella celebramos los misterios de nuestra salvación en Cristo Jesús. Celebramos que el amor de Dios es capaz de triunfar sobre la muerte, incluso la que parece más sin sentido. Durante su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús es aclamado como Rey (Mc 11,1-10). En cierto sentido el mismo había escenificado el acontecimiento. Todo lo que va a vivir durante esa semana, Jesús lo había previsto y lo había aceptado libremente. Era la consecuencia lógica de lo que había predicado, la venida del Reino de Dios. Ese Reino está unido a la muerte y resurrección de Jesús.

Ya su manera de presentarse, montado en un borrico, sin un ejército, en contacto directo con el pueblo, indica qué tipo de Rey va a ser. En cierto sentido se trata de una parodia de los reyes de la tierra y de los desfiles triunfales. A través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios a lo largo de la semana, iremos descubriendo el estilo del Reino de Dios. Jesús había hablado ampliamente de él durante su predicación y lo había presentado como un cambio profundo no sólo de las relaciones sociales sino también del corazón del hombre.

Jesús es un rey extraño. Se nos presenta como el Servidor de Dios, como un discípulo, como un iniciado que tiene una relación íntima con Dios. Cada día escucha su palabra y por eso puede decir una palabra de aliento al afligido (Is 50,4-7). Se trata por tanto de un rey cercano y accesible a sus súbditos, que le pueden confiar sus problemas. En su actuación experimenta la oposición de sus enemigos que lo golpean y hacen escarnio de él. Eso no le arredra porque sabe que el Señor está a su lado y no le dejará fracasar. Mientras los reyes se dedican a hacer alarde de su categoría y a mandar, Jesús va a vivir como un hombre cualquiera y seguirá el camino de la obediencia. Su muerte en la cruz parecerá una muerte infame, pero en realidad es el camino hacia su glorificación a la derecha del Padre (Filp 2,6-11).

Empezamos la semana y ya evocamos el desenlace final. La lectura del evangelio de la Pasión pone delante de nosotros todo el argumento para que nos zambullamos en él (Mc 14,1-15,47). No podemos vivir la pasión como simples espectadores sino que debemos entrar de lleno en ella identificándonos con los diversos personajes que aparecen. El argumento de esta obra habla de nosotros mismos como discípulos del Señor. Como ellos también nosotros hemos querido seguir a Jesús, pero tantas veces lo hemos negado y traicionado, lo hemos abandonado y dejado solo. A pesar de ello Jesús sigue creyendo en nosotros y nos sigue llamando para llevar su salvación al mundo. Que la celebración de la eucaristía nos disponga a celebrar con amor y compasión los misterios de nuestra redención.

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Dar la vida para tener vida

22 de marzo de 2015 – Quinto Domingo de Cuaresma

 

Los debates en torno al comienzo y al final de la vida ponen de manifiesto que los valores vitales están en el centro de la cultura actual. No siempre fue así. Hubo épocas en las que predominaban los valores religiosos o los espirituales y personales. Hoy día la vida para muchos es el valor supremo, pero no se piensa en el simple vivir sino en una vida de calidad. Si no existe esa calidad de vida, algunos no la consideran vida y creen que es preferible morir.

El diálogo entre creyentes y no creyentes es difícil porque se argumenta desde una diversa jerarquía de valores. El cristiano, cuando defiende la vida desde su inicio hasta el final, está defendiendo la persona, creada a imagen de Dios. No absolutiza los valores vitales sino más bien los valores de la persona, valores esencialmente religiosos. Es la persona la que da valor a la vida y le confiere sentido. Lo que cuenta no es el número de años sino cómo uno ha vivido, qué sentido ha dado uno a su vida.

Con una sencilla parábola (Jn 12,20-33), Jesús explicó el sentido de su vida y de su muerte. Sólo muriendo y dando la vida por los demás, se produce fruto, es una vida fecunda. Querer vivir a cualquier precio, agarrarse desesperadamente a la vida, es condenarse a la esterilidad. La vida nos ha sido dada para darla y sólo así se llega a la vida con mayúscula, la vida que supera la muerte. Sin duda Jesús, experimentó la angustia que todo hombre siente ante la muerte, pero se puso confiadamente en las manos del Padre. A través de la angustia y del sufrimiento elaborados en la oración, aprendió la obediencia filial (Hb 5,7-9).

Jesús aprendió a obedecer a través de la oración. En ella uno intenta entrar en el corazón del Padre y descubrir qué es lo que quiere de nosotros. A veces el proyecto del Padre es duro y nos cuesta sangre y lágrimas. Es lo que le pasó a Jesús en su agonía, que el evangelio de hoy anticipa. La tentación siempre es querer que Dios nos libre de la hora del sufrimiento. Pero Jesús se da cuenta de que sólo mediante la obediencia al Padre llega a ser verdaderamente su hijo. Con la obediencia hasta la muerte de cruz, Jesús corona su vida que había sido una constante búsqueda de la voluntad del Padre. La oración alcanza su objetivo, no cuando Dios hace lo que nosotros le pedimos, sino cuando nosotros hacemos lo que Él pide. Es lo que constantemente rezamos en el Padre Nuestro: hágase tu voluntad. Es la consecuencia de dirigirnos a Dios como Padre Nuestro. Para ser de verdad hijos de Dios, hay que hacer lo que Él quiere.

Así vivimos verdaderamente en la nueva y eterna alianza que habían entrevisto los profetas (Jer 31,31-34). La relación del hombre con Dios había tenido su lado débil siempre en la incapacidad del hombre a la hora de realizar lo que Dios quería de Él. La Ley era considerada como algo exterior al hombre y por eso tenía que ser enseñada. Y ya se sabe que las cosas que uno aprende, muchas veces las aprende mal porque no las ha entendido, otras veces las olvida, otras las recuerda pero no las pone en práctica.

En la nueva alianza ya no será necesario que alguien nos enseñe cuál es la voluntad de Dios pues el hombre, incorporado a Cristo Jesús, vivirá en una relación amorosa con Dios que le permitirá percibir inmediatamente sus deseos y corresponder a ellos. Pero entonces el hombre ya no orientará su vida por una ley externa sino que será la persona de Cristo, que actúa a través de su Espíritu, la que nos revelará en cada momento la voluntad del Padre. Que la celebración de la eucaristía nos haga participar de la nueva alianza en Cristo y nos dé una obediencia filial al Padre.

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Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo

15 de marzo de 2015 – Cuarto Domingo de Cuaresma

Muchos de nosotros hemos recibido en nuestra infancia y adolescencia una imagen negativa de Dios. Nuestros padres, los curas, los catequistas y maestros se servían de Dios para que nosotros estuviéramos quietecitos y no diéramos muchos problemas. Con la imagen de un Dios que lo ve todo y al que hay que dar cuenta de todo, se nos imponía una moralina social, muy alejada muchas veces de las exigencias del evangelio. Era una moral del temor y no del amor. No se nos enseñó todo lo que recibimos de Dios y por eso no despertamos al amor.

La historia de la salvación presenta los dones recibidos de Dios. Hay regalos y regalos. Algunos de los objetos que recibimos los colocamos simplemente en las vitrinas y casi nunca nos acordamos de ellos ni de las personas que nos los dieron. Hay, en cambio, regalos que forman parte esencial de nuestra vida, empezando por el don mismo de la vida. Pero si en la vida se pierde la libertad, la vida ya no es vida. El pueblo de Dios consideró siempre un regalo inolvidable la liberación del exilio y la vuelta a la propia patria (2 Cr 36,14-23).

Para los primeros cristianos la experiencia del amor de Dios era una realidad evidente. Lo habían experimentado en la vida de Cristo Jesús. En Él habían descubierto el gran don de Dios a los hombres, precisamente cuando éramos pecadores y enemigos de Dios. Es Dios el que había tomado la iniciativa de reconciliarse con el hombre, de suprimir la enemistad, enemistad existente tan sólo de la parte del hombre. pues Dios había estado siempre con la mano tendida en signo de amistad. Era el hombre el que rehusaba estrechar esa mano. Tan sólo ante el “excesivo amor” (Ef 2,4-10) de Dios, el hombre se rindió definitivamente y lo acogió en su vida.

La cruz de Cristo es el signo por excelencia del amor de Dios. Es ese amor el que ha cambiado totalmente el significado de ese signo de muerte para hacer de él un signo de vida (Jn 3,14-21). La cruz no es el signo de una condena, aunque Jesús haya sido condenado a muerte. Dios no ha enviado a Jesús para condenar al mundo sino para salvarlo. Tan sólo el amor salva. Jesús es al mismo tiempo el Salvador y la salvación. Salvarse significa incorporarse, mediante la fe, a Cristo muerto y resucitado.

A pesar de que Dios quiere salvar al hombre a toda costa y ha hecho para ello lo imposible, desgraciadamente el hombre continúa siendo libre ante ese ofrecimiento de la salvación. El hombre puede condenarse. No es Dios el que lo condena y lo aleja de su amor. Es el hombre el que se cierra en su black porn egoísmo y rehúsa acoger el amor de Dios. Es el hombre el que puede cegarse y querer permanecer en su ceguera y negar que exista la luz. De esa manera puede vivir tranquilo con sus obras malas, destruyendo a los demás y a sí mismo, creyendo que así es verdaderamente feliz.

La persona que no ha experimentado el amor en su vida, será ciego para el amor. Creerá que todos quieren aprovecharse de él y él intentará ser más listo y aprovecharse de los demás. Tan sólo la contemplación del Crucificado, erguido sobre la tierra, con los brazos abiertos, deseoso de abrazarnos, puede provocar en nosotros una respuesta de amor. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a vivir el amor de Dios que nos perdona y nos hace testigos de su amor en el mundo.

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Destruid este templo

8 de marzo de 2015 – Tercer Domingo de Cuaresma

 

La religión ha sido en el pasado parte integrante de la política. La política, en particular la autoridad, necesitaba siempre una legitimación religiosa. Los antiguos reyes tenían todos los poderes y delegaban en los sacerdotes sus funciones sacerdotales. El templo era siempre el santuario del rey. Fueron los profetas los que lucharon por la liberación de la religión del yugo político, pero sin lograrlo. A la religión le interesaba la tutela del poder político. A veces las mismas autoridades religiosas eran las autoridades políticas. Eso daba un pragmatismo realista muy lejano de las utopías proféticas. A pesar de todo Jesús intentó liberar la religión de la política, con el gesto profético de la purificación del templo, convertido en la Banca Nacional. Por ello fue condenado a muerte (Jn 2,13-25).

No es fácil liberar la religión del poder político, de la búsqueda de poder. Algunos creen ilusoriamente que la política actual es totalmente laica. Al contrario, la política está ocupando el puesto de la religión. Como la religión, la política necesita también de su Absoluto, de la voluntad popular, realidad tan invisible como Dios, pero que se manifiesta en los nuevos templos de los parlamentos, mediante las elecciones y las personas a las que se les concede la autoridad para dar leyes obligatorias. Sin esa religión política, la política no funciona.

Lo que le preocupaba a los profetas y a Jesús es que el sistema político-religioso ocupe el puesto de Dios. La relación concreta con Dios se torna abstracta. Se absolutizan así los lugares, las personas, las acciones de ciertos personajes. Al final todo se convierte en un mercado y se olvida que todo, también la religión y la política, debe estar al servicio del hombre concreto. Por eso los profetas recordarán las exigencias del Decálogo, sobre todo en lo que toca a las relaciones con el prójimo y la tutela de los derechos fundamentales: la vida, la verdad, el amor, la propiedad (Ex 1,22-25).

La propuesta de Jesús es destruir el sistema y edificar otro nuevo. Se trata de construir un nuevo modelo de religión no centrado en el templo y la dependencia política sino en adorar a Dios en espíritu y verdad. Esto es posible gracias a su propia persona resucitada por el Padre. Es en Jesús donde el Padre se hace presente y actuante. La desaparición del templo y del sacerdocio hizo que el judaísmo y el cristianismo pusieran en el centro la Palabra de Dios y la vida familiar. Sin duda en el cristianismo el centro es Jesús, Palabra encarnada, que se hace presente en la comunidad de los creyentes a través de su Espíritu. Esta comunidad es una comunidad de fe y no una comunidad política. Es una comunidad que se constituye como tal cuando se reúne como iglesia para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la eucaristía. El lugar de reunión al principio fueron las propias casas.

Con el tiempo también el cristianismo reconstruyó sus templos y sus ministros se convirtieron en sacerdotes. Pero nunca debemos olvidar que sólo los nombres se parecen a lo que era el culto antiguo. Bueno, desgraciadamente, a veces volvemos al culto antiguo. Por eso es necesario avivar el espíritu profético de Jesús en nuestras comunidades para que huyan de la tentación del poder y sean manifestaciones de la debilidad de Dios. La salvación está en la cruz y no en el poder (1 Cor 1,22-25). Que la celebración de la eucaristía avive en nosotros el espíritu profético, para ser testigos de las exigencias de Dios en nuestro mundo.

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Éste es mi Hijo amado; escuchadlo

1 de marzo de 2015 – Segundo Domingo de Cuaresma

 

La vida comporta continuos cambios, en nuestro desarrollo corporal y espiritual. El cambio espiritual tiene lugar porque cambiamos nuestra manera de pensar y de ver la vida. Ese cambio interior no es el fruto simplemente de la observación de sí misma sino que es el resultado de una confrontación de nuestra conciencia con otras conciencias, especialmente con la figura de Jesús. La cuaresma nos ofrece todo un camino de transformación en diálogo con Cristo. ¿Cómo me sitúo ante Cristo? ¿Cómo se situó Cristo ante Dios?

El evangelio muestra que Jesús desde su bautismo se considera el Hijo amado del Padre. Es esa convicción el que lo lanza a la vida misionera. En ella va a encontrar una gran oposición que probablemente le suscitaría sus dudas e interrogantes. También los discípulos que lo acompañaban se vieron desorientados ante lo que decía y hacía. Empezaron a experimentar el escándalo de la cruz.

El escándalo de la cruz radica en el hecho de que el cristiano profesa que Dios ha salvado al mundo entregando su Hijo a la muerte por nosotros pecadores (Rom 8,31-34). El hecho de la muerte salvadora de Jesús se expresa en su resurrección, con la que el Padre legitima toda la aventura histórica de Jesús, sobre todo su obediencia filial hasta la muerte. Jesús fue siempre el Hijo amado del Padre y no un blasfemo.

La transfiguración de Jesús nos ayuda a seguir caminando en nuestra cuaresma con Jesús hacia Jerusalén para participar en su muerte y resurrección (Mc 9,1-9). No tiene nada de extraño que los discípulos no comprendieran su sentido y se preguntaran qué significaba “resucitar de entre los muertos”. Estaba claro que no se trataba de una resurrección de un muerto como las que se cuentan en el Antiguo Testamento o las que realizó Jesús. En ellas, más que resurrección se trataba de una vuelta temporal a la vida para después volver a morir. La resurrección de Jesús, en cambio, significa la intervención definitiva de Dios para salvar a la humanidad. Jesús resucitado vive para siempre, para celebrity porn nunca más morir, y se ha convertido en causa de vida para todos los que creen en Él.

Cuando Jesús decidió ir a Jerusalén a confrontarse con las autoridades, sabía a lo que se exponía. Los discípulos creían ingenuamente que iba a hacerse con el poder. Jesús previendo el escándalo de su fracaso quiso manifestarles que aquel fracaso era precisamente el camino para el triunfo de la resurrección. La maldad humana no puede hacer fracasar el plan de amor de Dios Padre respecto al mundo. Ese amor Dios manifestado en la entrega de su mobile porn Hijo es causa de vida y de resurrección.

Esa fe en la resurrección está ya anticipada en la fe de Abrahán. Por eso toda fe significa creer que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y que con Él resucitaremos todos. Abrahán venció el miedo a la muerte, cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo (Gn 22,1-18). Lo que cuenta es su obediencia de fe. Él estaba dispuesto a entregar a su hijo. Su acto anticipaba el acto mismo del Padre que sí que entregó a su Hijo a la muerte por nosotros. Abrahán no sólo recuperó a su hijo Isaac sino la promesa de toda una descendencia. La obediencia de Abrahán engendra vida. También el Padre rescató a su Hijo de la muerte y con Él toda una muchedumbre de hermanos, hijos en el Hijo.

La obediencia de Abrahán y de Isaac anticipan la obediencia filial de Cristo y su solidaridad con sus hermanos. A causa de esa obediencia amorosa, Jesús es la persona a la que debemos escuchar, a la que debemos obedecer, porque es Él el que nos enseña a abrirnos al Padre y a los demás. Nuestra vida cristiana se sitúa en ese contexto de alianza en el que se vive el amor de Dios manifestado de manera concreta en la entrega de su Hijo.

Nuestra respuesta es siempre una respuesta de obediencia filial. Se trata de escuchar, es decir de obedecer a Jesús en el que el Padre se nos hace presente. Esa fe se vive en el seguimiento de Jesús, caminando con Él hacia Jerusalén, compartiendo su estilo de vida y misión, que resultará siempre conflictivo para los poderosos de este mundo. Nuestra vida así se va transformando, se va transfigurando. Que la celebración de esta eucaristía hentai porn continúe realizando nuestra conversión cuaresmal, nuestra transformación profunda a imagen de Jesús.