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Tuve hambre y me diste de comer

23 de noviembre de 2014 – Jesucristo, Rey del Universo

El informe de Unicef dice que España es de los países ricos que tienen más niños pobres, casi un tercio, que viven bajo el umbral de la pobreza. Son sobre todo niños hijos de emigrantes o cuyos padres están separados. La factura les llegará a estos niños en el futuro, un futuro bloqueado e injusto. Desgraciadamente con la corrupción generalizada se tiene la impresión de que la justicia no funciona. Es verdad que hay que presumir siempre la inocencia, pero da la impresión de que eso sólo vale a favor de unos privilegiados. El sentimiento de la justicia denuncia el que no se haga justicia a todos.

En los tiempos bíblicos, era el rey el encargado de hacer justicia. Se le representa muchas veces bajo la figura del pastor que trata con equidad a sus ovejas, según las necesidades de cada una (Ez 34,11-17). Tratar a todos por igual era para los antiguos la mayor injusticia. Hoy día creemos que esas consideraciones de las situaciones particulares no tienen nada que ver con la justicia, todo lo más los cristianos las consideran objeto de la caridad cristiana. Y, efectivamente, como dice el Papa Benedicto XVI, sólo con la caridad cristiana se puede crear un mundo justo.

El deseo de justicia se expresa en la idea del juicio final. Existe la gran convicción de que, ya que no es posible la justicia perfecta en el mundo, al menos Dios debe hacer justicia a todos los que han sido víctimas de la injusticia. Por eso el examen final al que nos someterá Jesús tiene que ver con la realización de la justicia en este mundo (Mt 25,31-46). En realidad es un examen sobre las obras de misericordia, porque sólo la misericordia y la compasión son capaces de hacer justicia al hombre sufriente y doliente. Las obras de misericordia tienen que ver con las personas a las que el mundo no hace justicia: los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos, los encarcelados.

El juicio de Jesús es coherente con su vida y su anuncio del Reino de Dios. El Reino viene sobre toda para esas categorías de excluidos de la sociedad. Son ellos los primeros destinatarios del Reino. Tan sólo los que son capaces de descubrir a Jesús y su Reino en los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos y los encarcelados desean de verdad entrar en el Reino de Dios.

Curiosamente ni los que tuvieron en cuenta a esas categorías de excluidos ni los que no les prestaron atención se dieron cuenta de que allí estaba Jesús. Pero lo grave es que no descubrieron que allí se estaban jugando el Reino, en este mundo y en el otro. Desgraciadamente las ilusiones sobre lo que es el Reino de Dios siguen dominando el corazón de los hombres. Algunos siguen identificando el Reino con los poderes de este mundo. No tiene nada de particular el que no lo descubran en los que no cuentan a los ojos del mundo. Pero el Señor Resucitado, que ahora contemplamos como juez del mundo, es Jesús que vivió como las categorías de personas que él describe en la parábola. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a descubrir a Jesús en los pobres y marginados para que un día tengamos parte con ellos en el Reino del Padre.

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Empleado fiel y cumplidor

16 de noviembre de 2014 – 33 Domingo Ordinario

 

El papa Francisco ha denunciado la nueva idolatría del dinero. El dinero nos gobierna en vez de estar a nuestro servicio. Detrás de esta actitud está el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. Se mira la ética con un desprecio burlón porque relativiza el dinero y el poder. La ética, en efecto, lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida. Dios constituye una amenaza para las categorías del mercado porque no se deja manejar.

Jesús en el evangelio de hoy no intentó bendecir el sistema del máximo lucro hoy imperante, pero describe la situación de su tiempo con una gran agudeza. Hoy día, para nosotros esa realidad es todavía más evidente. Los ricos son cada vez más ricos y los que no tienen se ven despojados de lo que tienen (Mt 25,14-30).

Jesús no quería hablar de economía sino de la vida, de lo que uno tiene que hacer para darle un sentido. Y con toda la tradición bíblica Jesús cree que es a través de nuestras acciones como damos un sentido a la vida. Está totalmente alejado de la mentalidad griega que recomienda la contemplación y desprecia la acción y el trabajo manual. Los modelos de vida que presenta el Antiguo como el Nuevo Testamento son hombres y mujeres de acción (Prov 31,10-31). La acción, sin duda, comporta una reflexión que precede a la toma de decisiones. Por eso es necesario estar siempre despejados y vigilantes (1 Tes 5,1-6). Son las decisiones y las acciones las que cambian la vida y la historia de los hombres.

Esas acciones se rigen por el principio de responsabilidad. Todos somos responsables de los dones que hemos recibido de Dios, el primero de ellos la vida. Somos administradores de esos dones que se nos han confiado y tendremos que dar cuenta de su uso. En el sentido de la parábola, la vida no nos ha sido dada simplemente para disfrutarla y consumirla. La vida nos ha sido dada para darla, para que produzca vida. No se la puede enterrar bajo tierra. Desgraciadamente el hombre actual, que es tan listo para hacer producir al dinero, ha ido olvidando la sabiduría de la vida y muchas veces no sabe qué hacer con la vida más allá de disfrutarla y consumirla en sensaciones agradables y excitantes. De esta manera estamos creando una cultura contra la vida.

Los autores espirituales, que en general han sido hombres y mujeres de acción, recomiendan toda una serie de medios para alcanzar los fines que uno se propone en la vida cristiana. Sin los sacramentos, la oración y el examen diario, la dirección espiritual y el proyecto personal de vida es muy difícil avanzar en la vida espiritual. Sería como el que hoy día quisiera administrar una empresa sin hacer unos presupuestos y llevar una contabilidad rigurosa. Que la celebración de la eucaristía nos dé ese caudal de gracia que necesitamos para hacer de Jesús el centro de nuestras vidas.

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El templo de su cuerpo

9 de noviembre de 2014 – Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Las grandes catedrales se están convirtiendo cada vez más en museos, con su billete de entrada incluido. El hombre moderno es sensible al lenguaje artístico y la Iglesia ha sido la gran patrocinadora del arte hasta hace dos siglos. Cuando el turista visita las catedrales suele prescindir de todo recuerdo religioso. Esto hace que éstas vayan perdiendo su identidad religiosa, sobre todo si no hay unos guías que ayuden a percibir el mensaje cristiano en ellas contenido.

Para el judaísmo y las religiones antiguas, el templo era el lugar privilegiado de encuentro con Dios pues es la casa de Dios. El conflicto con las autoridades religioso-políticas a propósito del templo fue probablemente decisivo a la hora de la intervención para arrestar a Jesús. La actuación de Jesús en el templo ponía en entredicho la actividad que en él se realizaba. Jesús aparecía como persona peligrosa para la estabilidad social y política (Jn 2,13-22).

El templo como casa de Dios era el lugar del culto que permite el encuentro con Dios y asegura su bendición para el pueblo. La fuente de agua viva brota del templo de Dios (Ez 47,1-12). Era sin duda también el lugar de oración como medio también de relacionarse con Dios. Pero el culto exigía todo un montaje económico y comercial, que los sacerdotes habían utilizado para sus intereses, sin separar lo religioso de lo profano. De esa manera se había convertido en un mercado, en una cueva de ladrones, dijo ya Jeremías.

Jesús interviene como profeta que quiere restaurar el uso cultual del templo y echar fuera lo que tenía de mercado. Pero así chocaba directamente con los intereses de los sacerdotes, que vivían de los beneficios del templo. Toda la economía de Jerusalén estaba centrada en el templo. Atacar ese sistema era atacar los fundamentos económicos del país.

¿Quién era aquél que se atrevía a intervenir en el templo y a dictar lo que se debía o no se debía hacer en él? La respuesta de Jesús legitima su intervención en nombre de su propia persona de Resucitado que tiene autoridad sobre todo. Con la resurrección de Jesús ya no es posible tener un templo, una casa para Dios. Dios ya no habita en una casa donde se está quietecito sin inquietar mucho a las personas sino que despliega constantemente su acción a través de Jesús resucitado. Dios habita en Jesús y en Él lo podemos encontrar. De esa manera quedaba abolido todo el sistema cultual judío y se introducía un nuevo culto en el que se celebra la salvación en Cristo.

Algunos cristianos siguen aferrados todavía a la imagen del templo morada de Dios y creen que nuestras iglesias son sin más los templos de Dios. El cristianismo no tiene templo sino iglesias, es decir, asambleas de creyentes convocados para escuchar la Palabra de Dios. Mientras el templo evoca un edificio estático, la iglesia es una realidad dinámica que acontece al reunir a los creyentes para escuchar la Palabra.

El memorial de ese culto será la eucaristía. Un culto que debe llevarnos a descubrir a Dios en el hombre (1 Cor 3,9-17), pues por la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto sentido a cada hombre.

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La vida no termina, se transforma

2 de noviembre de 2014 – Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

 

Nota: La celebración de todos los Fieles Difuntos no tiene unos textos propios sino que permite elegirlos entre los diversos textos propuestos para las misas de difuntos. Aquí comentamos Job 19,1.23-27; Rom 5,5-11 y Juan 6,37-40.

He tenido que acompañar en la hora de la muerte a parte de mi familia y varios de mis cohermanos religiosos. Ha habido al menos dos religiosos que nos han dejado un recuerdo imborrable porque ante un cáncer bastante rápido, hasta el último momento han estado dando gracias a Dios y a los demás por el don de la vida y todo lo que hemos recibido con ella. Teresa de Lisieux poco antes de morir decía: “No muero, entro en la vida”.

Creer en Jesús es encontrarse con la persona que es el camino, la verdad y la vida. Cuando uno ha empezado a vivir la vida de Jesucristo, uno está convencido de que esa vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios y el amor no muere. “Amar a alguien significa decirle: para mí tú no morirás nunca” (G. Marcel). Eso es lo que Dios y Jesús me susurran al oído cada vez que renuevo mi fe en ellos. Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina (Juan 6,37-40).

Cuando se está convencido de que “la vida no termina sino que se transforma”, como dice el prefacio de difuntos, uno no tiene miedo a dejar la vida. Puede incluso entregarla libremente como Cristo. Darla incluso a favor de sus enemigos (Rm 5,5-11). Es ese gesto de amor el que nos da la certeza de que nuestra esperanza no nos engaña. Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos estamos venciendo a la muerte y experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama.

Incluso el mismo Job que se pasa la vida debatiéndose con Dios, experimentando ya la muerte en vida, eleva su protesta porque está convencido de que su estado de miseria no puede ser la última palabra de Dios sobre él. Si así fuera sería un Dios irreconocible. Por eso desde su postración hace una profesión de fe en la vida con Dios (Job 19,1.23-27). “Sé que mi redentor está vivo”. Pues mientras hay vida hay esperanza. Si mi redentor está vivo, no dejará que yo me hunda en la muerte. El redentor es la persona de la familia que tiene que responder por ella, que tiene que salvarla y liberarla. Cristo nuestro Redentor ha respondido por todos nosotros. Ha respondido con su vida. Por eso nosotros podemos vivir con esperanza. Nuestra vida ha sido ya rescatada de la tumba.

Al celebrar la eucaristía, memorial de la salvación, celebremos esa salvación en la que ya han entrado nuestros seres queridos difuntos. La oración nos permite relacionarnos con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Ahora, aunque no los veamos, están mucho más presentes que cuando vivían pues no tienen las limitaciones del tiempo, del espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo son una presencia pura que irrumpe en nuestra existencia y transforma nuestra soledad y nuestra tristeza. Que ellos intercedan ante el Señor para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre.

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Una muchedumbre de santos

1 de noviembre de 2014 – Todos los Santos

Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. Por supuesto, tenían que ser poco numerosos y de otros tiempos en los que eran posibles esas hazañas. Gracias a Dios, en los últimos años hemos vivido la canonización o beatificación de personas muy cercanas al hombre de hoy y nos hemos dado cuenta de que los santos no han sido héroes sino simplemente testigos de Dios y de Jesucristo. Eso es lo que intentamos ser también nosotros. Por eso la santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio con su sangre. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos.

La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos. Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

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El mandamiento principal

26 de octubre de 2014 – 30 Domingo Ordinario
El volumen de conocimientos de nuestro tiempo está a disposición de todos en Internet. Muchas veces aceptamos sin crítica lo que allí se dice, pues no tenemos tiempos ni ganas para una información más matizada. En tiempos de Jesús, la Biblia era una buena enciclopedia de todos los saberes divinos y humanos. A la mayoría de los judíos debía parecer ya demasiado compleja. Nada extraño que los doctores de la ley intentaran buscar un hilo conductor en ese inmenso laberinto. La pregunta sobre el mandamiento principal no es simplemente un intento de concentrar la moral bíblica en él, sino que en él se resume también toda la historia de la salvación.

La respuesta de Jesús supone una reflexión e interpretación personal ya que no corresponde al texto del llamado decálogo o diez mandamientos, sino que toma otros textos de la Escritura, en particular el “shema Israel”, confesión de fe tradicional entre los judíos del tiempo de Jesús. En ella se profesa la unicidad de Dios y la obligación de un amor total (Mt 22,34-40). Se supone sin duda que ese Dios es alguien con el que uno está familiarizado y es el que ha liberado a Israel de Egipto y ha hecho alianza de amor con su pueblo.

Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto, que exige abandonar los ídolos (1 Tes 1, 5c-10). Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. En esta alianza es Dios el que ha tenido la iniciativa. Nuestro amor es una respuesta al que nos amó primero.

Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita el mandamiento principal sino que menciona dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre (Ex 22,20-26).

En esas relaciones de amor, hay también un sitio para amarse a sí mismo sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo comentaba alguien significa: amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo, y porque Dios lo ama mucho. El amor es la clave de comprensión de toda la Escritura, de la Ley y los Profetas, que tratan de explicitar las exigencias del amor en las diversas situaciones de la vida. En realidad la Escritura, como historia de la salvación, es esa gran novela del amor de Dios, con sus alegrías y frustraciones. Ese amor se derrama a raudales cuando Dios en Jesús se hace Eucaristía y sella la nueva alianza en su sangre.

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Dad al César lo que es del César

19 de octubre de 2014 – 29 Domingo Ordinario

 

Todos hoy día consideramos normal la separación de la Iglesia y el estado. Incluso nos gustaría también la separación entre el poder político y el económico. Jesús se vio atrapado en una realidad en la que se confundían todos los poderes, religioso, político y económico, y en el fondo todos estaban para exprimir al pueblo. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella realidad, que al final lo condenará a muerte.

En la cuestión de los impuestos, Jesús no cayó en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.

Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Poder romano y poder judío estaban de acuerdo en explotar al pueblo para sus propios intereses. Jesús denunciará a los fariseos, a los herodianos, a los sacerdotes y su feudo el templo, convertido en una especie de banco de transacciones económicas. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.

Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres.

Hoy hay dos acontecimientos eclesiales que merecen nuestra atención. En primer lugar es el Día de las Misiones que nos invita a solidarizarnos, también económicamente, con las Iglesias nacientes en países pobres. El mensaje del papa insiste en la alegría, tal como lo había hecho ya en la exhortación pastoral “La alegría del Evangelio”. El que se ha encontrado con Cristo experimenta una alegría tal que no se la puede guardar para sí, sino que quiere compartirla con los demás. Es lo que hacemos los misioneros, en tierra de misiones o en nuestros ambientes.

Hoy tiene lugar en Roma la Beatificación del Papa Pablo VI, persona tan maltratada en su tiempo, pero que se ha ido agigantando. Él consideraba a los misioneros como “las pupilas de sus ojos”. Jugó un papel importante en el concilio Vaticano II y en su puesta en práctica. Él orientó a la Iglesia hacia Cristo y hacia el mundo para evangelizarlo. Que la celebración de la eucaristía nos llene de alegría para testimoniarla ante los demás.

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Se marcharon a sus negocios

12 de octubre de 2014 – 28 Domingo Ordinario

 

Desde hace ya más de veinte años, las encuestas tienden a confirmar la nueva escala de valores de los españoles: familia, trabajo, amigos, tiempo libre, religión, política. La religión institucionalizada, es decir la Iglesia, goza cada más de menor prestigio, al margen del aprecio por el papa Francisco. Sólo la institución de Cáritas goza de aprecio y credibilidad de pare de los españoles. A la importancia dada a cada una de las realidades corresponde la dedicación de nuestro tiempo. Nuestro empleo del tiempo indica claramente la jerarquía de valores que tenemos. Dedicamos tiempo a aquello que nos parece importante para la realización de nuestra vida. No tenemos tiempo para los demás, a pesar de los mensajes continuos del móvil. Dedicamos demasiado tiempo a las cosas porque el valor supremo de nuestra cultura es tener cosas, consumir y disfrutar cosas.

Tampoco los de la parábola que hemos leído tienen tiempo (Mt 22,1-14). Los invitados tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas. Consideran que la invitación a entrar en la intimidad de Dios no merece la pena, no añade nada a lo que uno tiene, incluso puede resultar un tanto aburrida. Por eso se van a sus tierras y a sus negocios. Algunos incluso se sienten molestos con los que vienen a invitarlos y los maltratan hasta matarlos. En el fondo son personas incapaces de disfrutar con los demás. No quieren fiestas. Les parece que la vida es un asunto demasiado serio para dedicarse a celebrar. Y probablemente los cristianos seguimos siendo demasiado serios. Se nos ve poco resucitados y así nos va. Probablemente hemos olvidado que el cristianismo es una fiesta y nos hemos quedado tan sólo en las exigencias morales, en las leyes y normas. Jesús aparece constantemente en el evangelio comiendo con todo tipo de personas, celebrando la reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos. El Dios de Jesús hace siempre fiesta cada vez que un pecador se convierte.

Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad. Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.

La Familia Marianista celebra hoy de manera especial la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Nuestro Fundador, el Beato Chaminade, llegó exiliado a Zaragoza el 11 de octubre de 1797. Probablemente no venía con muchas ganas de fiestas, pero la presencia de María en su vida confortaría sus tres años de destierro. Y sobre todo allí creemos que recibió su inspiración: crear la Familia Marianista como medio de reconstruir la Iglesia, no sólo en Francia sino en el mundo entero. Nos consideramos felices de haber recibido la invitación a vivir el carisma marianista que es un don de Dios para el bien de toda la Iglesia y damos gracias a Dios en la Eucaristía.