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Para Dios nada hay imposible

21 de diciembre de 2014 – Cuarto Domingo de Adviento

 

Los progresos de la técnica han cambiado profundamente nuestro entorno. Lo que hace un siglo parecía ciencia ficción hoy día forma parte de nuestra existencia diaria. Lo que parecía imposible hoy día lo consideramos necesario. Pero es más fácil transformar el medio social que la propia persona o la sociedad. Ha habido siempre grandes soñadores que han imaginado un mundo distinto, un mundo feliz, viviendo en la justicia y en la paz. Es un sueño al que no podemos renunciar, aunque por el momento siga pareciendo irrealizable.

Grandes soñadores fueron los profetas. Para ellos, la historia humana no es simplemente la realización de las posibilidades del hombre. Es también la historia de Dios, que va escribiendo su propia historia a través de las pequeñas historias humanas. Normalmente no percibimos esa acción de Dios, pero algunas veces parece que se hace presente cuando menos los esperamos. No creo que el joven David, por más soñador que fuera, pensara que llegaría a ser rey, que en vez de ovejas conduciría un pueblo. Pero, para Dios, nada es imposible. Y cuando Dios promete algo, lo cumple (2 Sam 7,1-16). No sólo consolidó el trono de David sino que le promete una dinastía que durará por siempre. Alguno pudo creer que eran puras palabras, pues de hecho el reino y la dinastía desaparecieron. Pero la promesa mantuvo vivas las esperanzas del pueblo y las sigue manteniendo.

Para Dios nada es imposible. Él, el infinito y el absoluto, tiene la capacidad de hacerse finito y relativo, puede hacerse uno de nosotros. ¡Dios se hace hombre en el seno de una virgen! Nunca Ella hubiera podido soñar eso y por eso el mensajero divino tuvo que repetirle: Para Dios nada hay imposible. Todo es posible por la acción de su Espíritu (Lc 1,26-38). Y de nuevo una estéril, Isabel, tendrá un hijo. Lo imposible no era tanto el que una virgen dé a luz sino que ese hijo sea el hijo de Dios. Se trata, en efecto, de la Buena Noticia, que nadie se hubiera atrevido a imaginar: un Dios que viene a compartir el destino del hombre, para dar un sentido a todo el sufrimiento humano, a toda la búsqueda de felicidad que hay en el corazón del hombre. Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

Esa Buena Noticia tiene un nombre: Jesús. Su nombre, por tanto, su persona y su misión significan la salvación de Dios, que nos es ofrecida a todos los que creen en Él. Él hizo también lo que parecía humanamente imposible que Pablo, su perseguidor, se convirtiera en su apóstol más celoso (Rm 16,25-27). A través de su predicación, las naciones fueron viniendo a la obediencia de la fe, abandonaron el paganismo y se hicieron cristianas.

A ejemplo de María, la Iglesia acoge a su Señor mediante la fe y lo hace presente en el mundo. Es la Iglesia la que en cierto sentido prolonga esa encarnación del Verbo, que sigue tomando carne en nuestras vidas, nuestros pueblos, nuestras culturas. Hoy día nos parece casi imposible que el mundo secularizado se abra al mensaje del Evangelio, que acoja a la persona de Jesús. Pero nosotros sabemos que para Dios nada es imposible. Que la celebración de la Eucaristía nos permita experimentar la salvación de Dios en Cristo Jesús y nos lleve a testimoniarla con una vida llena de paz, alegría y entrega a los demás.

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¿Eres tú el Mesías?

14 de Diciembre 2014 – Tercer Domingo de Adviento

 

Como en los tiempos en que no existía libertad de reunión, pues podía alterar el orden público, las autoridades judías se inquietan ante el éxito que acompaña la actividad de Juan el Bautista. Por eso, antes de que intervenga Herodes o los romanos, tomaron cartas en el asunto y empezaron a interrogarlo (Jn 1,19-28). Se desea conocer su verdadera identidad y sus intenciones. La sospecha es siempre la misma: bajo la capa de un movimiento religioso, se escondía un movimiento político revolucionario, como había ocurrido ya varias veces.

La triple pregunta respecto a su identidad constituye ya una acusación de agitador bajo la forma de un pretendido Mesías, o Elías o el Profeta. Se trataba siempre de la esperanza mesiánica bajo las figuras de un Rey, o de un nuevo Elías, o del Profeta Definitivo. Juan niega cualquier identificación con esos personajes. Esos títulos en realidad convienen a Jesús, al cual él anuncia. Juan parece ser un agente al servicio de otro.

Pero, si no es el Mesías, ¿qué autoridad tiene para bautizar? El bautismo para Juan era un gesto profético que marcaba la ruptura en la vida de las personas, indicaba un antes y un después. Juan anunciaba la venida inminente del Reino como un fuego devorador y había que convertirse para poder superar la prueba. El hacerse bautizar era la señal de que uno empezaba esa conversión. El Mesías está ya ahí, pero todavía no se ha dado a conocer. Es un Mesías escondido. Juan anuncia la manifestación mesiánica de Jesús, del cual él se considera indigno siervo. Juan se presenta, sin duda, como un profeta, pero no como el Profeta Definitivo, que hace presente la última palabra de Dios sobre el hombre. Juan es simplemente un testigo de la luz que quiera ayudar a reconocer la verdadera Luz, el Mesías que hasta ahora es un desconocido.

Es Jesús el que inaugura los tiempos mesiánicos, los tiempos del Espíritu. Tan sólo Jesús tiene el poder de dar el Espíritu, precisamente porque Él es el portador del Espíritu (Is 61,1-2.10-11). Es ese Espíritu el que lo ha ungido y constituido Rey, Sacerdote y Profeta. Es la fuerza del Espíritu la que le permite realizar la misión que Dios le ha confiado. Se trata del anuncio del Evangelio como Buena Noticia de liberación para los que sufren, los que tienen el corazón desgarrado, los cautivos y los prisioneros. Se proclama en resumen el año de gracia del Señor, el año jubilar del perdón. Dios no viene con un juicio de condenación sino de perdón para su pueblo. Por el momento las autoridades no están demasiado interesadas por conocer al Mesías que Juan anuncia y se atienen a lo que ven. Pero cuando Jesús empiece a anunciar el Reino lo considerarán peligroso, lo interrogarán, lo procesarán y lo condenarán.

Los cristianos tenemos ya las primicias del Espíritu y no debemos apagarlo (1 Tes 5,16-24). Es el Espíritu el que nos ayuda a leer los signos de los tiempos, los signos de la venida del Señor a nuestro mundo. Como hemos escuchado en el profeta Isaías, Dios sólo viene cuando se establece la libertad y la justicia. Ese el gran criterio para juzgar la venida de Jesús al mundo. ¿De qué sirve que Jesús haya nacido en Belén si no nace en mí?- se preguntaba Orígenes. ¿De qué sirve que Jesús haya venido al mundo y haya traído el amor de Dios si el mundo sigue encerrado en su egoísmo? Que la celebración de la eucaristía nos abra a la Buena Noticia y haga de nosotros testigos creíbles del Reino esperado.

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Ella te aplastará la cabeza

8 de diciembre de 2011 – La Inmaculada Concepción de la Virgen María
La Iglesia experimenta muchas veces el rechazo en el mundo actual porque muchos piensan que, detrás de su mensaje de salvación, se esconde un deseo de dominio sobre las personas. Declarándonos a todos pecadores, ella se presenta como la única instancia de salvación de parte de Dios. Los no creyentes optan por afirmar que no es necesaria la salvación porque no existe el pecado o creen que no hay otra salvación posible que la que podemos alcanzar con nuestros propios medios. Ante los mecanismos perversos que descubrimos en nuestro mundo, incluso los creyentes nos sentimos muchas veces impotentes. La Iglesia, sin embargo, ha conservado siempre su confianza en la persona de María en cuyo destino ve anticipada su propia historia de lucha, de rechazo y de victoria. En el triunfo de la Mujer sobre el enemigo del hombre, la serpiente, la Iglesia ha descubierto su propio triunfo y el triunfo de la fe cristiana (Gn 3, 9-15.20).

El deseo de ser como Dios, motor en buena parte de la ambición desmedida de la cultura moderna, contiene, sin embargo, una parte de verdad. Dios no se ha guardado celosamente para sí sus privilegios, sino que quiere compartirlos con nosotros. Eso sí, como puro don, no como algo que le tenemos que arrebatar. En la persona de María Inmaculada vemos realizado ya el proyecto de Dios sobre toda la humanidad. Dios quiere introducir al hombre en su propia intimidad divina.

La fiesta de la Inmaculada nos recuerda ante todo que María fue redimida del pecado en virtud de la redención de Cristo. En ella el triunfo de la gracia fue tal que se vio preservada incluso del llamado pecado original que introdujeron Adán y Eva en la historia de la humanidad. Venimos a un mundo de pecadores, en el que el pecado está por doquier y ejerce una gran fascinación sobre todos nosotros, que de hecho cometemos muchos pecados. La figura de la Inmaculada, de una mujer que, desde el principio de su existencia, estuvo orientada hacia Dios, nos da a todos la certeza de que el hombre puede, también hoy, abrirse al misterio de Dios que nos envuelve.

Lógicamente no fue ningún mérito de María el vivir rodeada de la gracia y el amor de Dios. Fue eso, gracia (Lc 1,26-38). De tal manera Dios se le comunicó, que tomó carne en sus propias entrañas. Ese es el gran misterio de la santidad de María. Sobre ella viene el Espíritu Santo, que es el lazo de amor del Padre y el Hijo. En María se anticipa el Pentecostés que funda la Iglesia santa, aunque esté compuesta de pecadores. María estuvo llena de Dios desde el primer instante de su vida, no porque ella fuera capaz de hacer nada de especial, sino simplemente porque el Señor la había elegido para ser la Madre de su Hijo.

Dios ha triunfado totalmente del mal en la persona de María, nuestra hermana mayor, una de nuestra raza. Eso nos da la esperanza de que Dios un día triunfará sobre el mal y el pecado, también en nosotros. También nosotros hemos sido elegidos y llamados a la santidad desde toda eternidad (Ef 1, 3-6. 11-12). Al final no contará nuestro pecado sino el amor infinito que Dios nos tiene y nos ha manifestado en Cristo Jesús. Al final, también cada uno de nosotros sabrá acoger ese amor. Con esa esperanza no debemos desanimarnos ante el espectáculo que ofrece a veces el mundo y la sensación que tenemos de que nuestro esfuerzo pastoral es inútil. El Beato Chaminade estaba convencido de que María Inmaculada vencerá también esta indiferencia religiosa en la que está sumergida nuestra sociedad. Que la celebración de la eucaristía nos anime a todos a seguir combatiendo los combates de la Inmaculada en su lucha contra el mal en este mundo.

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Un mundo nuevo en que habite la justicia

7 de diciembre de 2014 – Segundo Domingo de Adviento

Las intervenciones del papa están siendo cada vez más escuchadas y aplaudidas por los gobiernos. Veremos a ver si se las toman en serio. El papa reconoce los adelantos de nuestra época en el campo de la salud y de la comunicación. No podemos olvidar, sin embargo, que la mayoría de las personas viven precariamente el día a día. Cerca de mil millones de personas todavía hoy pasan hambre.

El papa invita a dar un no rotundo a diversas realidades de nuestro mundo. En primer lugar a una economía basada sobre la exclusión y la desigualdad. Hay ricos porque hay pobres, hay pobres porque hay ricos. Es un sistema económico que mata.

Hay que decir “no” a la desigualdad que genera violencia. Hoy día se reclama más seguridad. Pero mientras exista la exclusión y la desigualdad entre los pueblos, la violencia es inevitable. Normalmente se acusa de violencia a los pobres y a los pueblos pobres. La verdad es que sin igualdad de oportunidades tendremos siempre un caldo de cultivo de la guerra. El consumismo unido a la desigualdad genera una violencia que la carrera armamentista no resolverá jamás.

¿Cómo abrirse a la esperanza de un mundo nuevo en el que habite la justicia? (2 Pedro 3,8-14). Hay que sin duda preparar los caminos del Señor. Lo primero que hay que hacer es consolar a tantas personas afligidas con las que la vida ha sido y es tan cruel. Probablemente es más fácil de hacer de lo que nos imaginamos. Todo empieza con ese sentimiento de compasión que nos lleva a acercarnos a los demás, a estar junto a ellos, a escuchar sus quejas y a dar una palabra de esperanza. La situación presente no es la última palabra de Dios sobre el mundo. La palabra de amor que Dios ha pronunciado en Cristo Jesús es su palabra definitiva, a la que Dios es fiel. Podemos tener la impresión de que nada cambia, de que no es posible cambiar nada y, sin embargo, todos sabemos que otro mundo es posible.

Hacen falta sin duda pequeños gestos que muestren que se puede avanzar en ese camino hacia la tierra nueva. El profeta habla de valles que hay que levantar y montes que hay que abajar (Is 40,1-5). El contraste entre pobreza y riqueza en nuestro mundo es cada vez más sangrante. La Palabra de Dios exige de nosotros allanar los caminos, luchar contra la injusticia y la desigualdad. Existen en nuestros caminos demasiadas curvas peligrosas que ponen en peligro nuestra vida y la de los demás; muchos baches que pueden provocar una catástrofe. De vez en cuando suena la alarma social, pero pronto nos olvidamos de las situaciones que la provocan.

¿Cómo salir de esos caminos que no llevan a ninguna parte, que tan sólo nos hacen dar vueltas en torno a nosotros mismos? Se trata de encontrar el verdadero camino, que es Jesús. Para ello hay que escuchar la voz del evangelio que resuena en desierto de nuestras conciencias aletargadas (Mc 1,1-8). Es una palabra que nos invita a la conversión, a reconocer nuestro pecado estructural y personal, y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. Que la celebración de la Eucaristía, que anticipa ya esa tierra nueva de la fraternidad, nos lleve implicarnos seriamente a favor de la justicia y de la paz.

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Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento

30 de noviembre de 2014 – Primer Domingo de Adviento

Para los comercios haya ya tiempo que es Navidad. La crisis actual está haciendo que muchos tengan que vivir al día, pero en el fondo estamos mirando hacia el futuro, con la esperanza de que la crisis finalmente se acabe y vengan tiempos mejores. Como creyentes, no debemos dejarnos engañar. Esta crisis prolongada es una invitación a reorientar nuestro deseo, no hacia el consumo, sino hacia la persona de Jesús y su Evangelio, hacia los pobres a los que nunca llegará la civilización del consumo. Trabajo nada fácil pues también nosotros somos prisioneros de esta cultura del producir y consumir, del usar y tirar.

También el Adviento, con el que empezamos el año litúrgico, intenta sacudirnos de nuestra modorra y recordarnos que estamos aguardando la manifestación gloriosa de Jesús, el Señor que se fue pero que volverá (Mc 13,33-37). Es la resurrección de Jesús la que ha abierto para nosotros el futuro de Dios. Un futuro que no se puede planificar con cálculos humanos, sino que está irrumpiendo constantemente de manera sorprendente aportando siempre la novedad a nuestro viejo mundo. La esperanza cristiana no es fruto de los cálculos optimistas sobre el futuro. En realidad los datos actuales son más bien sombríos. Pero precisamente el Evangelio es Buena Noticia para los pobres y desesperados que no encuentran soluciones en las políticas humanas.

La esperanza cristiana se basa en la fidelidad de Dios a sus promesas. Dios prometió darse al hombre y lo hizo en la persona de Cristo Jesús. Verdaderamente, como quería el profeta, Dios ha rasgado el cielo y ha bajado al encuentro del hombre para rescatarlo (Is 63,16-17; 64,1-8). Dios ha pronunciado una palabra de perdón sobre el pasado pecador del hombre. Jesús es el Sí incondicional del amor de Dios al hombre. Resucitándolo de entre los muertos, Dios ha sentado ya a la humanidad a su derecha. Hemos sido introducidos en la vida misma de Dios.

Nuestra esperanza no se basa ni en los cálculos humanos ni en el simple deseo o necesidad de soñar con un futuro. Tenemos ya las señales de que la vida del hombre ha sido transformada cualitativamente. Hemos sido enriquecidos en todo, en el hablar y en el saber (1 Cor 1,3-9). Como los fieles de Corinto, tampoco nosotros carecemos de ningún don, aunque carezcamos de muchas cosas materiales. No es necesario esperar a la otra vida o al otro mundo. Hoy día es posible vivir esa plenitud divina que Dios nos ha dado en Cristo.

La vigilancia a la que nos invita el Adviento, es en realidad una exhortación a darnos cuenta del momento presente, de la presencia de Dios entre nosotros. Es Él el que está abriendo siempre un futuro para el hombre. Un futuro que el hombre está invitado a construir en colaboración con Dios. Solamente abriéndonos al futuro de Dios, seremos capaces de mantenernos firmes hasta el final, no dejándonos seducir por un presente engañoso. La esperanza cristiana orienta nuestra mirada hacia Dios, pero nos mantiene con nuestros pies en la tierra. No nos lleva a cruzarnos de brazos sino que nos hace desplegar todo el dinamismo de la experiencia cristiana. Así Dios sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos. Que la celebración de la Eucaristía avive en nosotros el deseo del retorno del Señor y nos lleve a preparar su venida.

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Tuve hambre y me diste de comer

23 de noviembre de 2014 – Jesucristo, Rey del Universo

El informe de Unicef dice que España es de los países ricos que tienen más niños pobres, casi un tercio, que viven bajo el umbral de la pobreza. Son sobre todo niños hijos de emigrantes o cuyos padres están separados. La factura les llegará a estos niños en el futuro, un futuro bloqueado e injusto. Desgraciadamente con la corrupción generalizada se tiene la impresión de que la justicia no funciona. Es verdad que hay que presumir siempre la inocencia, pero da la impresión de que eso sólo vale a favor de unos privilegiados. El sentimiento de la justicia denuncia el que no se haga justicia a todos.

En los tiempos bíblicos, era el rey el encargado de hacer justicia. Se le representa muchas veces bajo la figura del pastor que trata con equidad a sus ovejas, según las necesidades de cada una (Ez 34,11-17). Tratar a todos por igual era para los antiguos la mayor injusticia. Hoy día creemos que esas consideraciones de las situaciones particulares no tienen nada que ver con la justicia, todo lo más los cristianos las consideran objeto de la caridad cristiana. Y, efectivamente, como dice el Papa Benedicto XVI, sólo con la caridad cristiana se puede crear un mundo justo.

El deseo de justicia se expresa en la idea del juicio final. Existe la gran convicción de que, ya que no es posible la justicia perfecta en el mundo, al menos Dios debe hacer justicia a todos los que han sido víctimas de la injusticia. Por eso el examen final al que nos someterá Jesús tiene que ver con la realización de la justicia en este mundo (Mt 25,31-46). En realidad es un examen sobre las obras de misericordia, porque sólo la misericordia y la compasión son capaces de hacer justicia al hombre sufriente y doliente. Las obras de misericordia tienen que ver con las personas a las que el mundo no hace justicia: los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos, los encarcelados.

El juicio de Jesús es coherente con su vida y su anuncio del Reino de Dios. El Reino viene sobre toda para esas categorías de excluidos de la sociedad. Son ellos los primeros destinatarios del Reino. Tan sólo los que son capaces de descubrir a Jesús y su Reino en los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos y los encarcelados desean de verdad entrar en el Reino de Dios.

Curiosamente ni los que tuvieron en cuenta a esas categorías de excluidos ni los que no les prestaron atención se dieron cuenta de que allí estaba Jesús. Pero lo grave es que no descubrieron que allí se estaban jugando el Reino, en este mundo y en el otro. Desgraciadamente las ilusiones sobre lo que es el Reino de Dios siguen dominando el corazón de los hombres. Algunos siguen identificando el Reino con los poderes de este mundo. No tiene nada de particular el que no lo descubran en los que no cuentan a los ojos del mundo. Pero el Señor Resucitado, que ahora contemplamos como juez del mundo, es Jesús que vivió como las categorías de personas que él describe en la parábola. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a descubrir a Jesús en los pobres y marginados para que un día tengamos parte con ellos en el Reino del Padre.

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Empleado fiel y cumplidor

16 de noviembre de 2014 – 33 Domingo Ordinario

 

El papa Francisco ha denunciado la nueva idolatría del dinero. El dinero nos gobierna en vez de estar a nuestro servicio. Detrás de esta actitud está el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. Se mira la ética con un desprecio burlón porque relativiza el dinero y el poder. La ética, en efecto, lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida. Dios constituye una amenaza para las categorías del mercado porque no se deja manejar.

Jesús en el evangelio de hoy no intentó bendecir el sistema del máximo lucro hoy imperante, pero describe la situación de su tiempo con una gran agudeza. Hoy día, para nosotros esa realidad es todavía más evidente. Los ricos son cada vez más ricos y los que no tienen se ven despojados de lo que tienen (Mt 25,14-30).

Jesús no quería hablar de economía sino de la vida, de lo que uno tiene que hacer para darle un sentido. Y con toda la tradición bíblica Jesús cree que es a través de nuestras acciones como damos un sentido a la vida. Está totalmente alejado de la mentalidad griega que recomienda la contemplación y desprecia la acción y el trabajo manual. Los modelos de vida que presenta el Antiguo como el Nuevo Testamento son hombres y mujeres de acción (Prov 31,10-31). La acción, sin duda, comporta una reflexión que precede a la toma de decisiones. Por eso es necesario estar siempre despejados y vigilantes (1 Tes 5,1-6). Son las decisiones y las acciones las que cambian la vida y la historia de los hombres.

Esas acciones se rigen por el principio de responsabilidad. Todos somos responsables de los dones que hemos recibido de Dios, el primero de ellos la vida. Somos administradores de esos dones que se nos han confiado y tendremos que dar cuenta de su uso. En el sentido de la parábola, la vida no nos ha sido dada simplemente para disfrutarla y consumirla. La vida nos ha sido dada para darla, para que produzca vida. No se la puede enterrar bajo tierra. Desgraciadamente el hombre actual, que es tan listo para hacer producir al dinero, ha ido olvidando la sabiduría de la vida y muchas veces no sabe qué hacer con la vida más allá de disfrutarla y consumirla en sensaciones agradables y excitantes. De esta manera estamos creando una cultura contra la vida.

Los autores espirituales, que en general han sido hombres y mujeres de acción, recomiendan toda una serie de medios para alcanzar los fines que uno se propone en la vida cristiana. Sin los sacramentos, la oración y el examen diario, la dirección espiritual y el proyecto personal de vida es muy difícil avanzar en la vida espiritual. Sería como el que hoy día quisiera administrar una empresa sin hacer unos presupuestos y llevar una contabilidad rigurosa. Que la celebración de la eucaristía nos dé ese caudal de gracia que necesitamos para hacer de Jesús el centro de nuestras vidas.

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El templo de su cuerpo

9 de noviembre de 2014 – Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Las grandes catedrales se están convirtiendo cada vez más en museos, con su billete de entrada incluido. El hombre moderno es sensible al lenguaje artístico y la Iglesia ha sido la gran patrocinadora del arte hasta hace dos siglos. Cuando el turista visita las catedrales suele prescindir de todo recuerdo religioso. Esto hace que éstas vayan perdiendo su identidad religiosa, sobre todo si no hay unos guías que ayuden a percibir el mensaje cristiano en ellas contenido.

Para el judaísmo y las religiones antiguas, el templo era el lugar privilegiado de encuentro con Dios pues es la casa de Dios. El conflicto con las autoridades religioso-políticas a propósito del templo fue probablemente decisivo a la hora de la intervención para arrestar a Jesús. La actuación de Jesús en el templo ponía en entredicho la actividad que en él se realizaba. Jesús aparecía como persona peligrosa para la estabilidad social y política (Jn 2,13-22).

El templo como casa de Dios era el lugar del culto que permite el encuentro con Dios y asegura su bendición para el pueblo. La fuente de agua viva brota del templo de Dios (Ez 47,1-12). Era sin duda también el lugar de oración como medio también de relacionarse con Dios. Pero el culto exigía todo un montaje económico y comercial, que los sacerdotes habían utilizado para sus intereses, sin separar lo religioso de lo profano. De esa manera se había convertido en un mercado, en una cueva de ladrones, dijo ya Jeremías.

Jesús interviene como profeta que quiere restaurar el uso cultual del templo y echar fuera lo que tenía de mercado. Pero así chocaba directamente con los intereses de los sacerdotes, que vivían de los beneficios del templo. Toda la economía de Jerusalén estaba centrada en el templo. Atacar ese sistema era atacar los fundamentos económicos del país.

¿Quién era aquél que se atrevía a intervenir en el templo y a dictar lo que se debía o no se debía hacer en él? La respuesta de Jesús legitima su intervención en nombre de su propia persona de Resucitado que tiene autoridad sobre todo. Con la resurrección de Jesús ya no es posible tener un templo, una casa para Dios. Dios ya no habita en una casa donde se está quietecito sin inquietar mucho a las personas sino que despliega constantemente su acción a través de Jesús resucitado. Dios habita en Jesús y en Él lo podemos encontrar. De esa manera quedaba abolido todo el sistema cultual judío y se introducía un nuevo culto en el que se celebra la salvación en Cristo.

Algunos cristianos siguen aferrados todavía a la imagen del templo morada de Dios y creen que nuestras iglesias son sin más los templos de Dios. El cristianismo no tiene templo sino iglesias, es decir, asambleas de creyentes convocados para escuchar la Palabra de Dios. Mientras el templo evoca un edificio estático, la iglesia es una realidad dinámica que acontece al reunir a los creyentes para escuchar la Palabra.

El memorial de ese culto será la eucaristía. Un culto que debe llevarnos a descubrir a Dios en el hombre (1 Cor 3,9-17), pues por la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto sentido a cada hombre.