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Convertíos y creed en el evangelio

25 de enero de 2015 – Tercer Domingo Ordinario

 

En tiempos de crisis, el deseo de que las cosas cambien se hace cada vez más intenso. Es lo que está sucediendo ahora en el mundo y en nuestro país. Siempre hay oportunistas que quieren adueñarse de la bandera del cambio. Es necesario conocer sus proyectos, pues también se puede cambiar hacia peor. Lo mismo sucedía en tiempo de Jesús. Entonces había diversas propuestas, que usaban la religión como justificación de sus proyectos. Unos proponían una fidelidad más radical a la Ley, otros iban hacia extremismos políticos, otros seguían defendiendo sus componendas con el poder romano. Jesús se dio cuenta de la necesidad del cambio, supo justificarlo y ofreció un proyecto atractivo (Mc 1,14-20).

Jesús no propone simplemente unos cambios externos sino que invita a una transformación interior de la persona, que comporta, sin duda, también una transformación de la realidad social. La transformación interior es ante todo un cambio de conciencia. Éste no viene provocado por un análisis de la propia subjetividad sino es el resultado de un diálogo con otra conciencia. Jesús no coloca al hombre ante la Ley sino ante Dios. Hay que situarse ante un Dios misericordioso.

La llegada inminente del Reino de Dios es lo que ha acelerado la historia e invita a aprovechar la oportunidad que ofrece el amor misericordioso de Dios. La invitación a la conversión significa ante todo abrirse a esa Buena Noticia que se expresa en el evangelio. El Evangelio es Buena Noticia porque cuenta lo que el amor misericordioso de Dios está haciendo en Cristo Jesús. Son las personas y no las ideas las que despiertan las simpatías de las muchedumbres. A veces las expectativas pueden verse frustradas a causa de la falta de un buen programa.

El encuentro con el Reino de Dios hizo que los habitantes de Nínive se convirtieran y que se evitara la catástrofe (Jon 3,1-5.10). El encuentro con Jesús cambió la vida de aquellos pescadores que dejaron sus redes y su familia para hacerse discípulos suyos. Ya no pescarán más peces sino que “pescarán” hombres, es decir los salvarán del mar tempestuoso del error y de la perdición.

El encuentro con Jesús cambió también la vida de Pablo, cuya conversión se recuerda hoy. Él es el que mejor ha descrito lo que significa la conversión. No basta cambiar la manera de vivir externamente. Es necesario cambiar la mentalidad para asimilar los nuevos valores. La fuente de estos valores ya no será la Ley observada fanáticamente sino la vida en Cristo Jesús. Hace falta una conversión profunda, de corazón, espíritu y conducta, una ruptura con el pasado que amenaza con dejar a muchas personas a la intemperie, sobre el vacío y sin fundamentos. Para vivir la novedad de Dios Pablo tuvo que renunciar a todo un sistema tradicional de creencias, de ritos y de obras.

El nuevo principio que va a animar la vida del Reino y va a permitir asimilar los nuevos valores y que será uno de los valores supremos, será la fe. Para entrar en el Reino, hay que creer en Dios, que trae el Reino, hay que creer en Jesús y su Evangelio. Es la vida en torno a Jesús la que va a generar nuevos valores y la que permitirá vivirlos con actitudes nuevas. El único valor absoluto es la persona de Jesús, todos los demás son relativos. Las formas y apariencias de este mundo pasan (1 Cor 7,29-31). No se trata de negar el valor de los bienes de este mundo sino de situarlos en relación al verdadero Bien. Por eso uno no puede apegarse a ellos y hacer de ellos ídolos que ocupan el lugar de Dios. Que la celebración de la Eucaristía nos lleve a una transformación continua de nuestra vida en seguimiento de Jesús.

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Hemos encontrado a Cristo

18 de enero de 2015 – Segundo Domingo Ordinario

 

Cuando uno ha experimentado una gran alegría o celebra un acontecimiento, lo comparte con los demás y no se lo guarda simplemente para sí. El que se ha encontrado con Cristo experimenta una gran plenitud en su vida y está deseoso de anunciarlo a los demás. Está convencido que no es igual conocer o no conocer a Jesús. El encuentro con él puede suceder de diversas maneras. Unas veces es él el que se hace el encontradizo y nos llama. Otras alguna persona nos lo presenta. A veces nosotros mismos nos presentamos a él.

Fue lo que ocurrió con los primeros discípulos (Jn 1,35-42). Juan Bautista orientó hacia Jesús a dos de sus discípulos que se presentaron ante Jesús e hicieron la experiencia de estar con él. Inmediatamente, uno de ellos, Andrés fue a buscar a su hermano Simón y le habló de Jesús como el Mesías. Después lo acompañó y lo llevó hasta Jesús. Antes que Simón puede decir nada, Jesús pronuncia su nombre para cambiárselo en Pedro, indicando así la misión que le confía: ser la Piedra sobre la que edificará su Iglesia.

Hoy día no sólo los jóvenes sino también los adultos no son capaces hoy día de reconocer la voz de Dios porque nunca la han oído, o mejor nunca han sabido que era él el que hablaba. Dios, sin duda, llama pero las personas no han sido iniciadas en cómo reconocer su voz (1 Sam 3,3-10.19). Hacen falta personas como el sacerdote Elí o Juan Bautista que sepan indicar claramente la presencia del Señor (Jn 1,35-42). ¿Dónde están esos testigos de la fe, esos pedagogos? Antes eran los padres, el sacerdote, los maestros, los religiosos. Ahora da la impresión de que todos hemos sido víctimas de esta cultura que crea un desierto espiritual. No existen iniciados y maestros espirituales. Curiosamente muchos, cuando buscan espiritualidad, se dirigen a los gurus orientales.

Una de las realidades humanas más manipuladas es la sexualidad. Adolescentes, jóvenes y adultos se encuentran expuestos a un bombardeo continuo de mensajes en los que se invita a una búsqueda desenfrenada del placer, identificado sin más con la felicidad. Se olvida la verdadera perspectiva cristiana sobre el hombre que sólo encuentra su sentido en relación a Cristo (1 Cor 6,13-20). El desenfreno sexual existía también en tiempo de San Pablo. Ante esa realidad, el apóstol no reacciona simplemente con prohibiciones sino que invita a descubrir el sentido profundo de la persona en la que habita el Espíritu de Dios. No nos pertenecemos a nosotros mismos para hacer con nuestros cuerpos lo que nos dé la gana sino que pertenecemos a Cristo, que nos ha rescatado con su sangre.

Necesitamos crear comunidades cristianas en las que se viva el encuentro con Cristo y los valores evangélicos. Tan sólo personas que han hecho la experiencia personal de Cristo serán capaces de iniciar a otras en esa aventura. Necesitamos auténticos místicos que sepan descubrir y vivir el amor de Dios que sigue actuando presente en nuestro mundo, tan atormentado y tan fascinante. Dios no está ausente. Probablemente ha cambiado su manera de revelarse, interpelándonos a través de las provocaciones de un mundo insatisfecho, en perpetuo cambio. La Palabra de Dios, leída y meditada asiduamente, nos ayudará a familiarizarnos con el lenguaje de Dios y a interpretar sus nuevas maneras de hacerse oír. Que la celebración de la eucaristía cree en nosotros esa disponibilidad a escuchar al Señor en nuestras vidas.

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Pasó haciendo el bien

11 de enero de 2015 – El Bautismo de Jesús

 

Las celebraciones importantes suelen tener un acto inaugural que no sólo marca el comienzo sino que da ya la tónica para las diversas actividades que vendrán después. Jesús quiso marcar el comienzo de su vida pública con su bautismo. Hasta entonces había vivido tranquilamente junto a su madre en Nazaret. Pero el anuncio del Reino de Dios proclamado por Juan Bautista le hizo entrar en crisis y buscar una vida nueva. Cobró en realidad conciencia de cuál era su vocación. Ésta no fue simplemente un proyecto personal elaborado en un despacho sino que se le revelaría en el bautismo. Fue el Padre el que lo proclamó de manera solemne: Tú eres mi Hijo amado (Mc 1,7-11). Ser Hijo es ser el enviado, enviado para una misión, porque el Padre está en misión, la misión de salvar el mundo.

Jesús deja los valores tradicionales de la familia y la propiedad y se abre a los valores del Reino que Él proclamará en las bienaventuranzas. Dejó una familia humana para crear en torno a Él una nueva familia de los que hacen la voluntad del Padre. Esa conciencia de ser Hijo Amado del Padre es la que ha acompañado a Jesús a lo largo de toda su misión y de manera particular en el momento de su muerte (Is 42,1-7). En las manos del Padre encomienda su espíritu. En el bautismo de Jesús se muestra su unción por el Espíritu, que le capacita para realizar la misión que el Padre le ha encomendado. Se trata de pasar haciendo el bien, liberando a los oprimidos por el diablo (Hechos 10,34-38). Jesús en su bautismo inaugura la irrupción del Reino de Dios y anticipa su Pascua, su éxodo, su ruptura con un mundo viejo y de pecado, para abrirse a la novedad del Reino.

Jesús en su bautismo se hizo solidario con toda la masa de pecadores que se hacía bautizar para prepararse a la venida del Reino. Tomó sobre sí el pecado del mundo para sepultarlo en su muerte y sepultura. El meterse en el agua hasta por encima de la cabeza representaba la muerte y sepultura. En cambio el salir del agua representa la resurrección. Por eso es al salir del agua cuando se produce esa revelación del Espíritu y del Padre, al rasgarse los cielos. Es introducido así en el mundo nuevo del Reino en el que todos somos hijos en el Hijo.

También el bautismo del cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento realizado en el bautismo es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Empezamos así a formar parte de la Iglesia, de la Familia de Dios. Somos hijos de Dios en Cristo Jesús, y herederos de la vida eterna. Esa vida está ya en germen en nuestra existencia y se manifiesta en la vivencia de los valores evangélicos que Jesús proclamó sobre todo en las bienaventuranzas.

¿Qué ha sido de nuestro bautismo? Quizás todavía no hemos sido del todo conscientes de su significado a pesar de que todos los años renovamos las promesas bautismales en la Vigilia Pascual. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista, daba una importancia especial al bautismo y hacía que se renovaran sus promesas antes de hacer la consagración a María. Es el bautismo el que nos hace hijos de Dios, hijos de María y de nuestra Madre la Iglesia. Nunca es tarde para tomar conciencia y descubrir la maravilla de ser hijos de Dios. Es el gran don pero también el origen de nuestra misión. Con María estamos en misión para extender el Reino de Dios en el mundo. Porque somos hijos podemos participar en el banquete que el Padre prepara para su familia. Demos gracias a Dios porque nos ha adoptado como hijos en el Hijo Amado.

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Encontraron a Jesús con María, su madre

6 de enero de 2015 – La Epifanía del Señor
El papa Francisco en su saludo navideño ha evocado los diversos elementos que hemos empleado para preparar nuestra casa para la Navidad. Cada uno de ellos lo podemos encarnar en nuestras vidas si de veras queremos vivir la Navidad. No te lo pierdas si tienes acceso a internet. Como San Pablo, el papa ha intentado ayudarnos a descubrir el misterio (Ef 3,2-3.5-6). El mensaje de la Navidad no termina con la celebración del Reyes sino que ilumina todo nuestro año.

Los hombres han sido constantemente en el pasado, y lo siguen siendo, buscadores de Dios. La creencia de hace unas décadas de una desaparición de la religión, ante los avances de la secularización y de la ciencia, se ha demostrado con el tiempo una ilusión. La religión vuelve en nuestros tiempos, a veces de forma agresiva y fanática. Como creyentes debemos felicitarnos de que Dios esté a la vista y cuidarnos de no manipularlo según nuestros intereses. Dios se revela a aquellos que lo buscan, o como ponía san Agustín en la boca de Dios: “No me buscarías sino me hubieras ya encontrado”.

¿Cómo buscar a Dios en nuestra cultura secularizada? Ante todo es necesario seguir los deseos profundos de nuestro corazón, que no se dejan satisfacer simplemente con los bienes de consumo. El mismo Agustín dirá: “nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrella que brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados.

Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos (Mt 2,1-12). Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. También el pueblo de Dios en momentos de crisis se puso a soñar su futuro y se lo imaginó de color de rosa (Is 60,1-6). Probablemente le sirvió para endulzar las amarguras del presente. Imaginó una movida de pueblos que orientaban sus pasos hacia Jerusalén como el lugar donde encontrar a Dios y proclamar sus maravillas.

No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero no es ahí donde se puede encontrar a Jesús. No son los lugares frecuentados por la estrella.

Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María, su Madre, como gustaba repetir el Beato Chaminade. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se perdieron la oportunidad de encontrarse con el Salvador.

Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios.

En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús.

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La luz que ilumina a todo hombre

4 de enero de 2015 – 2º Domingo después de Navidad

La encarnación y nacimiento del Hijo de Dios caracterizan la fe cristiana. Es, sin embargo, sorprendente que, en un país como la India, también musulmanes, hinduistas y black porn budistas se asocian a la celebración de la Navidad. Es un misterio que habla al corazón del hombre y ayuda a comprender el misterio del hombre. La encarnación del Verbo manifiesta la verdadera vocación y dignidad del hombre, llamado a entrar en la intimidad de Dios.

En todas las religiones hay lo que los Padres llamaban “semillas del Verbo”. Es el Verbo el que ilumina a todo hombre (Juan 1,1-18). En todas las religiones hay elementos de verdad y ninguna religión, ni siquiera la cristiana, agota el misterio de Dios. Por eso los últimos papas han favorecido el diálogo religioso, no sólo como camino hacia la paz, sino también hacia la verdad de Dios y del hombre. Las religiones auténticas son amigas de la paz. El peligro está en que grupos politizados utilicen la religión para sus fines promoviendo incluso el terrorismo. Por eso es necesario que las religiones se abran las unas a las otras desde el respeto mutuo de las creencias de las demás.

Por la encarnación, la humanidad ha entrado en el ámbito de Dios. Dios es un Dios de hombres. Pero también Dios ha entrado en la realidad humana. El hombre es un hombre de Dios y para Dios. Podemos reconocerlo o negarlo, pero la realidad es esa. Las religiones nos lo recuerdan. El misterio del hombre sólo se puede entender a partir de Dios que, según la fe cristiana,  se nos ha manifestado definitivamente en la persona de Cristo.

Dios ha querido habitar con los hombres (Sir 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo. (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo ha podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano sino, al contrario, de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. Cuando uno en el silencio y en la reverencia de lo sagrado entra en su santuario interior del corazón, descubre no sólo que allí está Dios sino que su ser de hombre está creado a imagen de Dios. Descubre que los deseos infinitos de felicidad que existen en su corazón sólo se pueden satisfacer con el encuentro personal con alguien que nos ama incondicionalmente desde toda la eternidad y por eso nos ha traído a la existencia. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos asimila a sí y hace de nosotros un solo Cristo para gloria de Dios Padre.

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No esclavos, sino hermanos

1 de enero de 2015 – Santa María Madre de Dios

La preocupación por los problemas del hombre de hoy está siendo una constante en los mensajes del papa Francisco. La Jornada Mundial por la paz este año lleva como lema “No esclavos sino hermanos”. En él se pone el dedo en la llaga de una de las peores lacras de la humanidad: la esclavitud. Oficialmente, ésta está abolida en todos los estados, pero en la práctica existe en casi todos.

Entre las formas de esclavitud actual, el papa denuncia el tráfico de seres humanos, la trata de los emigrantes y la prostitución, el trabajo esclavo, la explotación del hombre por el hombre, la mentalidad esclavista respecto de las mujeres y los niños. En la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. El pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes: Éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos. La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro. El plan de Dios, sin embargo, es hacer de todos los hombres una sola familia de hermanos. Gobiernos, instituciones civiles, la Iglesia entera, debemos trabajar unidos en contra de toda forma de esclavitud.

Las fiestas de Navidad ponen en el centro una familia humana y sus peripecias. Ella encarna el destino de toda la humanidad. En la familia se expresa la preocupación por el más débil, en este caso por el niño. Jesús durante su infancia y su adolescencia fue acompañado por María y José. Ellos fueron los hentai porn que le dieron un nombre, el que el ángel había señalado (Lc 2,16-21). El nombre expresa la realidad única e irrepetible de cada persona. Pero en este caso el nombre de Jesús expresa su misión. Jesús es el Salvador de la humanidad, es el Dios-que salva. Cada uno es persona dentro de una comunidad humana más amplia que la familia. Con la circuncisión se expresaba la pertenencia al pueblo de Dios. Jesús fue un judío, nacido en una piadosa familia judía. Es así como es el Salvador de todos los hombres.

Jesús es el don del Padre. En Él se hace realidad las palabras de bendición pronunciadas por el Sumo Sacerdote (Nm 6,22-27). Dios nos ha mirado con amor y nos ha concedido la paz. La reconciliación y la paz con Dios son el fundamento de la reconciliación de los pueblos. Jesús es también el don de María Virgen (Gal 4,4-7). Ella ha sido quien lo ha acogido para todos nosotros. María está situada en esa paradoja del obrar divino. El Dios eterno entra en los límites de la historia, naciendo de mujer y viviendo sometido a la Ley. Es así como nos libera de la Ley y nos hace hijos de Dios mediante el don del Espíritu. María es la Madre de Jesús y, por tanto, la Madre de Dios. Su situación es única pues puede llamar hijo al que es Dios. Su vocación maternal abarca a todos los hombres y se realiza en la Iglesia, Madre de Pueblos. Como María, la Iglesia está llamada a acoger el don de Dios, que es Jesús, para darlo a los pueblos, mediante el Evangelio.

María es la puerta por la que entró la salvación en el mundo. En el umbral del nuevo año nuestros ojos se dirigen a ella para implorar la paz para toda la familia humana que tiene a Dios por Padre y a María por Madre. Cristo nos ha liberado de la esclavitud y nos ha hecho hijos de Dios, en un pueblo de hermanos. Él es la garantía de la tan anhelada paz y fraternidad. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros constructores de paz, que reconocen y respetan la dignidad de todas las personas. Feliz Año 2015.

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Por encima de todo el amor

28 de diciembre 2014 – La Sagrada Familia

A pesar de los cambios experimentados en los últimos cincuenta años, la familia ha seguido siendo la tabla de salvación para muchas personas, víctimas de la crisis. La mayoría de las personas mobile porn que duermen a la intemperie carecen de lazos afectivos. Muchas los tuvieron, estuvieron incluso casadas, pero no fueron capaces de salvar su matrimonio. El número de ancianos que viven solos es cada vez mayor. Las condiciones actuales del trabajo y de la familia condenan a las personas mayores al aislamiento.

La palabra de Dios lógicamente habla de la familia tradicional, la judía (Eclo 3,2-6.13-14) o la cristiana en el imperio romano (Col 3,12-21). En esas familias se subrayaba ante todo los deberes de sus miembros. Incluso en la Sagrada Familia se dan por supuesto esos deberes. Hoy día no nos gusta demasiado esa manera de hablar y, sin embargo, ahí se muestra una realidad fundamental de la persona humana. Somos responsables de los demás. José y María reconocen también los deberes que tenemos para con Dios, que es el fundamento de nuestra existencia personal y colectiva.

Jesús quiso nacer en el seno de una familia, que era y sigue siendo en buena medida el fundamento de la sociedad. Es en la familia donde nos sentimos amados incondicionalmente, por el simple hecho de ser miembro de ella: padre, madre, hijo, hermano, esposa. El amor infinito de Dios tiene esa capacidad de manifestarse a través del amor de personas limitadas. Es ese amor el que nos ha permitido crecer y nos ha dado la convicción de que la vida merece la pena.

La familia es la Iglesia doméstica. Con la Sagrada Familia, tenemos los inicios de la Iglesia, que tiene por modelo a María. Ella es la que respondió con su fe en el momento decisivo de la historia del Pueblo de Dios. En el fondo, toda familia existe sobre el acto de fe de dos esposos que se prometen fidelidad y amor mutuo. Cada uno cree en el otro, que el otro es el camino por el que Dios viene a su encuentro. En la persona del hijo, los esposos encuentran ese amor de Dios hecho carne. A la familia se le ha confiado el acoger y promover la vida. Dios ha querido asociar a los esposos a su acción creadora. Cada nacimiento es una prolongación del misterio de la Navidad. Es fruto del amor de dos personas que se han fiado la una de la otra, y ambas de Dios. Es Dios el único que puede garantizar la perpetuidad de su fidelidad y de su amor.

María y José, presentando a Jesús en el templo, reconocen que es un don de Dios, que ha sido confiado a sus cuidados. Ambos escuchan atentamente de boca de dos ancianos las profecías que iluminan el sentido de la vida de ese niño (Luc 2,22-40). En medio de la alegría navideña aparecen ya las primeras sombras. Ese niño será bandera discutida y ellos no podrán hacer nada para evitarle el final trágico. Que la celebración de la eucaristía afiance el amor en el interior de nuestras familias y nos lleve a descubrir que toda la humanidad forma la familia de los hijos de Dios.

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Ha aparecido la gracia de Dios

25 de diciembre 2014 – Navidad, Misa de medianoche

En nuestro mundo preocupado por la crisis, irrumpe la gracia salvadora de Dios (Tit 2,11-14). Por un tiempo podemos olvidar este mundo en el que todo se compra y todo se vende y en el que por todo hay que pagar dinero. Con la Navidad penetra de nuevo en nuestra tierra el mundo de la gratuidad, el mundo de Dios. Dios se manifiesta y se nos comunica en la persona de Jesús niño (Lc 2,1-4).

No se trata de recordar con nostalgia un mundo que no existe ya más, un mundo de pastores, en el que se vivía en contacto con la naturaleza y en el que las relaciones humanas eran verdaderamente afectivas y no se reducían a intercambiar cosas. No se trata de mirar al pasado sino hacer que Jesús nos alcance hoy en nuestra realidad concreta haciéndose nuestro contemporáneo.

Jesús es la gracia que nos salva, el Salvador y la salvación. Él nos enseña a vivir, también en nuestro mundo, de una manera distinta. Hay que renunciar a los deseos de consumir y llevar una vida sobria, a la espera de su manifestación definitiva. Su primera venida en Belén es la garantía y la anticipación de su venida al final de los tiempos.

En Jesús se nos ha revelado el amor del Padre, un amor gratuito que nos invita a vivir agradecidos en la gratuidad. Volvamos a descubrir las cosas que no tienen precio, en primer lugar la sonrisa de un niño. A través del rostro del hombre, descubramos la presencia de Dios en nuestro mundo. Un Dios que no ha querido perderse la gozada de vivir la aventura humana. Una aventura apasionante en todos los casos, también cuando hay que vivir en la pobreza, cuando no hay lugar para nosotros y nos vemos excluidos. Incluso aunque haya que morir en una cruz. Ser hombre es algo irrevocable.

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9,2-7). Es el Hijo de Dios, el Hijo de María, pero es también un poco hijo tuyo y mío. El sigue llamando a nuestros corazones para poder nacer hoy en nuestro mundo. Dios se hace hombre para que los hombres lleguemos a ser hijos de Dios. Qué admirable intercambio. En él ni Dios ni nosotros salimos perdiendo. Cuando uno se da totalmente uno queda totalmente enriquecido. Dios ha asumido en Jesús toda la historia humana, nosotros recibimos en Jesús, toda la historia divina.

Lástima que no nos lo acabemos de creer y que sigamos quejándonos por las pequeñas dificultades del vivir diario. Un vivir que sin duda tiene la densidad del mismo Dios. En cada instante, en cada acontecimiento, en cada persona Jesús está naciendo en nuestro mundo. Tan sólo necesitamos la fe de María, la fe de los pastores para saber acogerlo en nuestras vidas. Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Feliz Navidad.