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No podéis servir a Dios y al dinero

26 de febrero de 2017 – 8 Domingo Ordinario

 

Desde el momento de su elección, el papa Francisco expresó su deseo de una Iglesia de los pobres y para los pobres. En su exhortación La alegría del evangelio ha formulado de manera rotunda: “No a una economía de la exclusión”, “no a la nueva idolatría del dinero”, “no a un dinero que gobierna en lugar de servir, “no a la inequidad que genera violencia”. Y empezó desde el primer momento a dar ejemplo de cómo adoptar ese nuevo estilo de vida, tratando de vivir en lo posible como la gente sencilla.

El dinero se ha ido enseñoreando de la vida de las personas. Sin él no se puede hacer nada. También en tiempo de Jesús era necesario el dinero para poder vivir. Jesús se dio cuenta de cómo el dinero podía convertirse en un ídolo al que uno sacrifica todo lo demás. Por eso nos pone ante la alternativa: o Dios o el Dinero (Mt 6,24-34). Está claro que nadie ni nada debe ocupar el puesto de Dios y su señorío sobre  el hombre. No es el hombre el que está al servicio del dinero sino el dinero al servicio del hombre, de todos los hombres y no solo de un grupo privilegiado que acapara para sí los recursos de la humanidad.

Aparentemente todo se vende y todo se puede comprar con dinero. Jesús, sin embargo, atrae nuestra atención hacia realidades tan evidentes que corren el riesgo de pasar desapercibidas, para que descubramos una lógica distinta.  Jesús nos invita a aprender de la naturaleza. Contemplándola, podemos descubrir el cuidado amoroso que Dios tiene de todas sus criaturas, hasta de las que parecen más insignificantes. Todas las criaturas están en las manos de Dios, y están en buenas manos. También nosotros. Con todo nuestro dinero no podemos garantizar nuestra vida. Tenemos que ponernos confiadamente en las manos de Dios y dejar que Él realice su obra en nosotros y con nosotros.

Jesús no invita a la pereza y a estar cruzado de brazos sino que nos anima a hacer nuestras tareas, pero sin agobios.  Hay sin duda que planificar en lo posible el futuro, pero ante todo hay que vivir en el hoy de Dios. También el mañana será en su momento este hoy. De esa manera centramos nuestras energías en lo que tenemos que hacer cada momento. Es lo que vemos en Jesús. Vive en el presente, intentando descubrir las llamadas del Reino en cada momento de su existencia. Responder a los desafíos presentes en cada momento es la mejor manera de abrirse al futuro de Dios.

Dios es una madre que se ocupa de sus hijos (Is 49,14-15). A veces podemos tener la impresión de que el mundo está dejado de la mano de Dios, pero sabemos que no es así. Simplemente Dios nos deja suficiente espacio para que nosotros podamos hacer nuestro juego y colaborar con su obra creadora. Él nos ha confiado esta tarea y ha hecho de nosotros sus administradores (1 Cor 4,1-5). Los Padres de la Iglesia insistían en que no somos los dueños de las cosas y del dinero sino simplemente los administradores  al servicio de los pobres. Es una gran responsabilidad la que nos ha sido confiada.

El peligro hoy día es que las cosas se apoderen de nuestro corazón y no nos dejen ya ni espacio ni tiempo para ocuparnos de las personas. La verdadera riqueza es la de la amistad. Las técnicas actuales nos permiten aumentar el círculo de nuestras amistades y mantener nuestros contactos con ellas. Pero las relaciones virtuales no pueden suplir el contacto cálido de un abrazo y un apretón de manos. En cada eucaristía Jesús viene a nuestro encuentro de manera real. Que Él nos ayude a poner nuestra confianza en Dios y  no en nuestro dinero.

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Amarás a tu prójimo como a ti mismo

19 de febrero de 2017 – 7 Domingo Ordinario

  

El empeño del Papa Francisco en solucionar los problemas de la guerra a través del diálogo y no por las armas es la traducción actual de la propuesta de Jesús de la no violencia (Mt 5,38-48). El papa se basa en el principio misericordia, en no dar ninguna causa por perdida por más enquistada que se halle. Siempre es posible sentarse en una mesa y dialogar. Desgraciadamente no siempre se sigue ese principio y la tentación de catalogar a las personas y los pueblos en amigos y enemigos sigue estando a la orden del día.

Dios, en cambio, es misericordioso y hace salir el sol sobre buenos y malos y da sus bienes a justos y pecadores. Para Dios toda la humanidad es una única familia, la familia de los hijos de Dios. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. En vez de catalogar fácilmente a las personas, debemos descubrir a la persona concreta sufriente y doliente.

En las situaciones de crisis económica como la que estamos viviendo, es fácil colgarles el sambenito de enemigos a los emigrantes a los que se les acusa de robarnos el trabajo y el bienestar. Nos olvidamos fácilmente de que también ellos han contribuido de manera decisiva a crear ese bienestar. Los cristianos no tenemos enemigos sino hermanos. Los amamos como a nosotros mismos. Los amamos porque Dios los ama y les da sus dones sin distinguir entre buenos y maños. Intentamos ser, si no “perfectos” como el Padre del cielo, al menos “misericordiosos”. Tratamos como Jesús de hacer el bien a todos, pues así hace el Padre de todos. De esta manera superamos la tentación mecanicista de acción y reacción: me la han hecho, me la tienen que pagar.

La llamada a la santidad dirigida a los miembros del pueblo de Dios no se reduce a unas actitudes cultuales ritualistas sino que incide directamente sobre el comportamiento ético de las personas que se resume en  vivir el amor de manera concreta (Lv 19,1-2.17-18). Jesús se sitúa en esa línea eminentemente profética, que curiosamente aparece en un escrito sacerdotal. Sabemos que los santos no son personas alejadas de los problemas de la gente, sino que más bien dedican toda su vida al servicio de los pobres.

El Vaticano II nos ha recordado la vocación universal a la santidad. Todos los cristianos, sea cual sea su estado de vida, están llamados a la santidad, que consiste en el amor a Dios y al prójimo. Los cristianos son santos porque, como nos recuerda san Pablo, somos templos de Dios, que habita nosotros mediante su Espíritu de santidad (1 Cor 3,16-23). Ese Espíritu orienta nuestras vidas no simplemente según una sabiduría humana de listillos, sino según la sabiduría encarnada por Jesús.

La fuente de inspiración del obrar cristiano es siempre la persona de Jesús. Fue Él el que encarnó esa actitud de no violencia en un tiempo violento, en el que el enemigo ocupante compraba a las autoridades religiosas y políticas judías para que mantuvieran el orden en la población sometida. Jesús denunció aquella situación e indicó el modo de superarla. No a través de la violencia, sino a través de una resistencia activa, que manifiesta su disconformidad con el orden establecido que beneficia a unos pocos y mantiene a la mayoría en situaciones de precariedad. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros artesanos de la paz y la justicia.

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No he venido a abolir sino a dar plenitud

12 de febrero de 2017 – 6 Domingo Ordinario

 

El debate en torno a diversas cuestiones legales relacionadas con los nacionalismos  nos hace tomar conciencia de la necesidad de respetar la legalidad en un país democrático. Al mismo tiempo, sin embargo, nos hace confrontar determinadas leyes con las exigencias de la justicia, es decir, de un ordenamiento jurídico ideal que busca el bien común, sobre todo de los más necesitados.  En ese sentido ninguna ley es un absoluto sino que está sometida a una evaluación. Eso es verdad incluso cuando hablamos de la Ley de Dios.

Jesús no colocó al hombre ante la Ley sino ante Dios. Los cristianos tenemos que confrontar nuestra vida con la búsqueda de la  voluntad amorosa de Dios que se manifiesta en la vida y en las propuestas de Jesús. La ley, sin embargo, es necesaria, sobre todo en una sociedad pluralista en la que muchas veces hay que salvaguardar los valores que dan sentido a la convivencia democrática. Jesús no ha venido abolir o quitar derechos humanos sino más bien a confirmarlos y consolidarlos (Mt 5,17-37).

El mensaje de Jesús, como toda la Palabra de Dios, es una salvaguarda de los grandes valores del hombre: la vida, el amor, la verdad. Ni Jesús ni el mismo Dios pretenden hacer una imposición de sus mandamientos. Los proponen y dejan libertad al hombre, que tiene que elegir entre la muerte y la vida (Ecles 15,16-21). La propuesta de Jesús intenta dar plenitud a lo que ya decían los mandamientos del decálogo, que coinciden con la ley natural, con aquello que ayuda al hombre a realizar su vocación. El hombre, sin que Dios se lo tenga que imponer, busca la vida, el amor y la verdad y trata de realizar esos valores en la existencia concreta.

¿Qué ha añadido entonces Jesús? Jesús ha intentado ayudarnos a vivir intensamente esos valores. Nos ha ayudado con su ejemplo de defensa de esos derechos, hasta tal punto que los príncipes de este mundo lo crucificaron (1 Cor 2,6-10). Por experiencia sabemos cuán frágil es nuestro compromiso con la vida, con el amor y con la verdad. Fácilmente los traicionamos. Jesús, mediante la fuerza de su Espíritu nos ayuda a permanecer fieles a estos valores.

Para que todo no sea un puro ideal y se puedan consolidar estos valores, Jesús nos da unas propuestas concretas. La defensa de la vida del otro está por encima de las prácticas religiosas, que sólo tienen sentido en la medida en que ayudan a unas relaciones humanas reconciliadas. La vida del hombre se puede destruir no sólo por la violencia asesina sino también mediante el insulto y la difamación. Hoy día vemos la fragilidad del amor matrimonial. Jesús anima a un amor fiel y nos indica el camino. Hay que estar atentos sobre todo al corazón. Es ahí donde se incuba el pecado y la traición. No se puede andar con componendas. Hay que evitar todo lo que nos pueda llevar a traicionar el amor prometido.

La verdad tiene hoy día pocos defensores. Algunos la dan por perdida y como no existente. Lo que es verdad para ti no lo es para mí. Las relaciones humanas no encuentran fácilmente un consenso en el que fundarse. La corrupción existente mina las relaciones sociales. La mentira y el engaño aparecen como signos de la persona lista, mientras al honrado se le tacha de ingenuo o tonto.  Sin verdad, sin embargo, ninguna relación personal o social puede durar mucho tiempo. Que la celebración de la eucaristía nos lleve al encuentro personal con Jesús y su mensaje liberador como la manera de realizar nuestra vocación humana y cristiana.

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Vosotros sois la luz del mundo

5 de febrero de 2017 – Quinto Domingo Ordinario

 

 La Iglesia ha querido ser siempre y al mismo tiempo madre y maestra de los hombres. Estos la escuchan mejor cuando se muestra como madre que cuando pretende ser maestra. Sin duda la Iglesia está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. El papa Francisco ha adoptado una nueva manera de proponer la verdad haciéndola atractiva para todos a través de la escucha y el diálogo. También muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad. El papa Francisco no ha cambiado las verdades de fe,  pero las propone con amor y misericordia, sin rebajar en nada el ideal cristiano.

Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). Ella supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.

 

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Felices los pobres en el espíritu

29 de enero de 2017 – 4 Domingo Ordinario

La crisis actual ha hecho que ocho millonarios tengan más dinero que la mitad de la población del mundo. Los ricos son cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. Lógicamente este mundo genera, como dice Francisco, una cultura del descarte. Los creyentes tienen que dar un no rotundo al dinero como ídolo de nuestra sociedad. Tenemos que luchar por otro tipo de sociedad basada en los valores de la solidaridad y del compartir, que garantice a todos las posibilidades de realizar nuestra vocación de hijos de Dios.

La propuesta de  Jesús en las Bienaventuranzas va por ahí. A algunos les parecerá una propuesta poco atractiva. Es verdad que el ideal del sufridor o perdedor tiene menos atractivo que el de triunfador. Pero quizás habría que pensar en otros términos, en una sociedad de personas felices porque son capaces de hacer felices a los demás.

Mateo presenta a los pobres como “pobres en el espíritu” (Mt 5, 1-12). Lo que cuenta no es la pobreza o la riqueza en sí sino el uso que el hombre hace de la riqueza. Jesús no ha canonizado la pobreza y menos todavía la miseria. Ha mostrado, sin embargo, cuáles son los peligros de las riquezas y cuál es la verdadera actitud del cristiano ante ellas. Las riquezas están al servicio de la comunidad eclesial, sobre todo de los necesitados.

Lo que cuenta, pues, es el sistema de valores que está en el corazón del hombre y que se traduce en las opciones concretas de cada día. Los valores evangélicos no son un sistema abstracto, producto de una filosofía moral. Son el resultado del encuentro con Jesús y su estilo de vida. En las bienaventuranzas tenemos reflejados el estilo de vida de Jesús y los grandes valores del Reino, al que Jesús dedicó toda su pasión y fuerzas. La venida del Reino produce una relativización e incluso inversión de los valores dominantes, del dinero, de la familia, del honor. Se dejan unos valores porque se han encontrado otros nuevos que permiten la construcción de una sociedad nueva basada en la solidariedad, en la igualdad, en el compartir. Se trata de una sociedad de hermanos y ya no simplemente de una clientela imperial.

La propuesta de Jesús, al comienzo de su vida pública, es en realidad una continuación del obrar de Dios en la historia de su pueblo. Dios no eligió un pueblo importante sino más bien uno insignificante. A lo largo de toda la historia tratará de construirse un pueblo pobre y humilde que confíe en el Señor (Sof 2,3;3,12-13). Los grandes imperios confían en sus propios recursos y suelen olvidar a Dios y sus mandamientos. Dios quiso que Jesús naciera pobre, que viviera pobremente, rodeado de pobres, es decir de personas sencillas que no contaban a los ojos del mundo.

Lo mismo constató san Pablo observando la realidad de los primeros creyentes de la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31). El cristianismo arraigó entre las personas pobres trabajadoras y no en las clases sociales pudientes, que consideraban la propuesta cristiana como locura y necedad. Pero es así como Dios había salvado al mundo con la necedad de la cruz. La tentación del hombre es la de buscar la salvación en sus propios recursos técnicos, producto de su inteligencia. Olvida que la salvación es una oferta gratuita de Dios. La salvación es el mismo Jesús. Acojámoslo en la celebración de la eucaristía y pidámosle que nos haga experimentar la alegría de las Bienaventuranzas.

 

 

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Venid y seguidme

22 de enero de 2017- Tercer Domingo Ordinario

 

La Familia Marianista celebra hoy a su Fundador, el Beato Guillermo José Chaminade, en este año en que precisamente se celebra el bicentenario de la fundación de la Compañía de María (1817). Un año antes, junto con Adela de Trenquelléon, había fundado a las Hijas de María Inmaculada. Ambas Congregaciones surgieron de las Comunidades de jóvenes de Burdeos y Agen, algunos de los cuales habían empezado a vivir los consejos evangélicos en el mundo.

Si el Reino de Dios fue la pasión que animó toda la vida de Jesús, el difundir ese Reino a través de la devoción a María fue lo que dio sentido a la larga vida del P. Chaminade. Durante su larga vida contempló cómo el régimen de cristiandad se hundía en Francia con la Revolución (1789) y dedicó todos sus esfuerzos a reconstruir el tejido social de la Iglesia como instrumento al servicio del Reino.

El Reino supone una transformación de la realidad, un paso de las tinieblas a la luz: “el pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 8,23-9,3). Son precisamente los que viven en las tiniebla de la opresión y de la miseria los que experimentarán la luz del Reino. El Reino se hace presente en Jesús, en su persona, en sus palabras y en sus acciones. La persona de Jesús encarna el Reino. Dios se nos comunica en Cristo Jesús y comparte con nosotros su intimidad personal trinitaria. Esa vida es el Reino, vida que se hace presente ya ahora en la historia de los hombres que se convierten y cambian de vida.

El Reino se hace presente en la predicación de Jesús. Sus palabras son como un grande exorcismo que echa afuera los poderes que usurpan la soberanía de Dios. Sus palabras infunden una esperanza nueva en el corazón de los hombres. El evangelio es buena noticia de la cercanía y del amor de Dios. Son palabras de consuelo que curan los corazones afligidos que suspiran porque Dios haga justicia en el mundo. Las palabras de Jesús hablan de una nueva oportunidad para el pecador. Es posible rehacer la vida y empezar de nuevo en amistad con Dios.

El Reino se hace presente en las obras de Jesús que muestran la transformación individual y social que trae el reino. Los diversos tipos de curaciones son el signo de que Dios actúa a favor de la felicidad del hombre. Dios no reina para sus propios intereses sino que busca el bien de sus hijos.

El Reino se hace presente en la comunidad de los discípulos (Mt 4,12-23). La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres.

La Familia Marianista está convencida de que su carisma un don para el bien de toda la Iglesia y quiere ser fermento de unidad y de reconciliación en este mundo dividido (1 Cor 1,10-13.17). Pidamos al Señor en la eucaristía que seamos testigos de su Reino saliendo al encuentro de nuestros hermanos los hombres.

 

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Este es el Hijo de Dios

15 de enero de 2017 – Segundo Domingo Ordinario

 

En el origen de la fe cristiana está el encuentro con Jesús. Ya durante su vida pública su persona ejerció una fascinación especial que llevó a sus discípulos a dejarlo todo para irse con él. Compartiendo su vida llegaron al conocimiento de su intimidad. Después los apóstoles trataron de formular en palabras la experiencia que habían hecho, para ser conscientes de lo que había acontecido y para anunciarlo a los demás. Ese seguimiento es la primera formulación de la fe de los discípulos antes de la Pascua. Siguiendo a Jesús reconocían que Dios estaba actuando en Él de manera definitiva para salvar el mundo. Después de la resurrección fue claro para ellos que Jesús era la salvación. Entonces el seguimiento se convirtió en fe en el Resucitado, presente en la comunidad mediante su Espíritu.

Cuando los apóstoles quisieron formular sus experiencias echaron mano de su tradición religiosa. La figura del Siervo del Señor del libro de Isaías les ayudó mucho en su comprensión del misterio de Jesús (Isaías 49,3-6). La tradición judía había visto en el Siervo unas veces una figura individual, otras la realidad del mismo pueblo de Israel.  Esta figura misteriosa es escogida por Dios para hacer presente la salvación no sólo de Israel sino también de todas las naciones. Esa salvación es una luz que ilumina la vida de los hombres. No cabe duda que esa profecía ayudaba a comprender el destino de Jesús y su significado para los pueblos. Jesús no es sólo un instrumento al servicio de la salvación sino que es la salvación misma. En Él, Dios se hace presente, se nos comunica y nos introduce en su intimidad divina.

El evangelio de hoy nos transmite la experiencia del encuentro de Juan Bautista con Jesús (Juan 1,29-34). Nada más verlo, sin necesidad de conocerlo a fondo, Juan descubre la misión salvadora confiada a Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Jesús va a ser el destructor del pecado y del maligno que lo provoca. Jesús se entregó por nuestros pecados y así quitó el pecado del mundo. Juan parece haber captado la misión de Jesús por lo que ocurrió en su bautismo. Al salir Jesús del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre Él. Jesús es, pues, una persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una fuerza tal que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres.

Juan escuchó sin duda la voz del Padre que proclamaba a Jesús su hijo amado. Jesús es el Hijo de Dios y por eso es capaz de introducirnos en la intimidad del Padre, haciendo que participemos de su condición de hijos. En Jesús encontramos la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza. Cada uno a lo largo de su vida trata de vivir su fe como un encuentro personal con la persona de Jesús. Pero ese encuentro es una fe proclamada en el seno de la comunidad eclesial que necesita fórmulas que nos ayuden a hacer la misma experiencia. Por eso es tan importante compartir nuestra fe en comunidad y que cada uno pueda expresar lo que significa Jesús para su persona. Jesús es el que nos reúne en Iglesia. Como Juan Bautista, la Iglesia continúa anunciando a los hombres que Jesús es la salvación del mundo. Que la celebración de la eucaristía proclame nuestra fe y nuestra adhesión a Jesús de manera que recibamos por Él la salvación y el perdón de nuestros pecados.

 

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Este es mi Hijo Amado

8 de enero de 2017 – El Bautismo de Jesús

 En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió la llamada de Dios, su vocación al servicio del Reino.

El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El sumergirse en el agua representa la muerte, el salir de ella la resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 3,13-17). Jesús aparece como el siervo de Yahvé. Dios mismo presenta a su  siervo con el que mantiene una relación especial de predilección y complacencia (Is 42,1-7). Por eso le ha dado su espíritu y le ha encomendado la misión de anunciar el derecho a las naciones, es decir, la verdadera religión, fuente de justicia y de paz. Realizará esa misión curiosamente de una manera muy discreta y suave, sin hacerse notar y sin violencia, desde la propia debilidad.

El Señor que lo ha elegido es el creador y dueño de todo y por eso puede encomendarle una misión universal. Esa misión tiene que ver con la alianza de Dios con su pueblo y con la salvación de los paganos. La elección del siervo es una garantía de que el Señor mantendrá los compromisos asumidos en la alianza con su pueblo y al mismo tiempo los extenderá a todas las naciones. En último término se trata de una misión de liberación, en primer lugar de su pueblo, que está en el destierro, en segundo lugar, liberación de los paganos que yacen en sombra de muerte. Queda  ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza.

Jesús rechazará los valores del mundo viejo y caduco, que todavía el diablo le propondrá en las tentaciones, y hará suyos los nuevos valores del Reino, proclamados en las Bienaventuranzas. San Pedro, al resumir  el ministerio de Jesús, que había empezado en el bautismo, dijo que “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con Él” (Hech 10,34-38). El bien se concreta en la curación de los oprimidos por el diablo. Jesús es el exorcista que expulsa al príncipe de este mundo que usurpa el poder de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar sobre el hombre. Jesús es el gran bienhechor de la humanidad. No sólo es el salvador sino la salvación misma, ya que en Él se nos hace presente y se nos comunica Dios mismo.

La Iglesia continúa la acción salvadora de Cristo Jesús a través de la historia. Para cada uno de los creyentes, todo empieza con el bautismo, que nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos da la nueva vida del Espíritu, y nos hace pertenecer a la comunidad de los salvados, que es la Iglesia. Esta situación nueva en la que somos colocados exige de nosotros una adhesión personal a Cristo y a su mensaje y una vivencia de los valores evangélicos. Supone un romper con mundo viejo, que continúa viviendo a nuestro alrededor y que sigue proponiendo valores supuestamente nuevos, cuando en realidad son conductas y actitudes muchas veces negativas a las cuales Jesús opuso un no radical. Que la celebración de  esta eucaristía renueve en nosotros la gracia del bautismo y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios, haciendo el bien en nuestro mundo.

 

 

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