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La esperanza no engaña

26 de mayo de 2013 – Santísima Trinidad


Cada vez se va extendiendo más la búsqueda de una espiritualidad o espiritualidades. Forman parte del bienestar psicológico que todos buscamos, sobre todo los que pueden pagárselo. No nos conformamos simplemente con consumir objetos sino que queremos experimentar bienestar. Un bienestar que procede de nosotros mismos. Para descubrirlo pagamos a los “maestros espirituales”. Estas espiritualidades son espiritualidades sin religión y sin Dios, sin Cristo ni Iglesia. O si se quiere uno mismo es el pequeño dios, objeto de culto y adoración, bajo la forma bien conocida del narcisismo: Narciso contemplándose a sí mismo en la fuente, enamorado de sí mismo y ahogándose en esa fuente. Me temo que para muchos que frecuentan esas espiritualidades el desenlace pueda ser el mismo.

Esas espiritualidades han surgido como respuesta al déficit de experiencia vital de las religiones tradicionales, incluidas el cristianismo en estos momentos bajos en los que nos toca vivir. La fe, cristiana, sin embargo, surgió de la experiencia del encuentro con el Señor Resucitado que nos da su Espíritu. La experiencia del Espíritu no se traducía únicamente en los fenómenos más o menos extraordinarios a los que apelan hoy día los movimientos carismáticos, con sus dones de lenguas o de curaciones. Era más bien una experiencia accesible a todos: la experiencia del amor, haber sido amados por Dios y poder amar a Dios y a los demás (Rom 5,1-5).  Se trataba de una experiencia revolucionaria. El hombre, en las religiones antiguas, buscaba y amaba a Dios, pero Dios no le respondía con amor. Él tenía otras cosas más importantes que hacer que ocuparse de los hombres.

Es el Espíritu el que nos ha permitido experimentar de manera histórica ese amor Dios. Ese amor se ha manifestado en la entrega del Hijo por todos nosotros, precisamente cuando éramos enemigos de Dios. La experiencia del perdón de Dios es una de las primeras que nos permiten experimentar el amor incondicional de Dios. Es una experiencia de paz y de reconciliación que nos hace sentir hijos de Dios y, por tanto, amados por Él.

El amor  de Dios, vivido en lo cotidiano, es la garantía de la esperanza cristiana, que sabe que el amor no muere, sino que es ya anticipación de lo definitivo. Esa esperanza hace que nuestro valor y resistencia queden probados  a través de la perseverancia en el bien en medio de las dificultades que experimentamos todavía en la vida. El cristiano sabe que el Señor resucitado ha triunfado ya sobre todas las fuerzas de destrucción que existen todavía en el mundo. Por eso no nos desanimamos ni tiramos la toalla sino que luchamos para que el mundo nuevo llegue a todos.

Es el Espíritu el que nos sostiene en este combate cotidiano y nos va introduciendo en la verdad plena que anunciaba Jesús (Jn 16,12-15). Sus discípulos en la víspera de la pasión tan sólo veían el lado negativo de lo que iba a ocurrir. Será el Espíritu el que poco a poco los introduzca en la realidad definitiva del Resucitado, que ha triunfado sobre el odio y el mal de este mundo. Esa verdad es en realidad una persona. Al final se darán cuenta que en la vida de Jesús se les ha manifestado totalmente Dios Padre. Los discípulos tuvieron la dicha de poder convivir con Jesús. Vivir con Él, era en realidad, vivir con el Padre.

Esta verdad plena revela también la auténtica verdad del hombre. Nuestra relación con Dios no es una realidad abstracta sino que adquiere los matices que vemos en nuestras relaciones personales tan diferentes, según se trate del padre o la madre, el hermano o la hermana, la esposa o el hijo. Sin duda estas relaciones humanas tienen siempre sus limitaciones y crean sus complejos.

Dios Padre es sencillamente amor del que procede todo y que nos da su misma vida. El Hijo encarnado en Jesús nos muestra el camino de la verdadera fraternidad humana. Sólo a través del don de sí podemos reconocer al otro como hermano. El Espíritu es inspiración creadora, que no nos quita la libertad cuando nos dejamos guiar por Él sino que nos lleva a la meta deseada, la intimidad con Dios. Este Dios que se nos hace presente en la Eucaristía y nos incorpora a su vida divina para que la hagamos presente en el mundo.

 

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Los oímos hablar de las maravillas de Dios

19 de mayo de 2013 – Pentecostés

 

En la fiesta de Pentecostés celebramos el cumpleaños de la Iglesia que nació un día como hoy hace casi dos mil años. A pesar de tantos años, la Iglesia se mantiene joven gracias al Espíritu que recibió y le dio vida en aquel Pentecostés. La Iglesia nació precisamente cuando los discípulos tuveron el valor de salir de la sala donde estaban encerrados y empezar a hablar en la plaza pública donde se encuentran las personas. El Espíritu dio fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús (Hech 2,1-11).

Y es que la Iglesia no existe en sí misma y luego sale a evangelizar. La Iglesia es convocación de gentes. Sólo existe proclamando el evangelio que reúne a los pueblos para preparar la llegada del Reino. Es el Espíritu el que abre el corazón y los oídos de las personas para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos (1 Cor 12,3-7.12-13). Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz. Por eso la Iglesia no puede desentenderse de los grandes problemas que afectan al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo.

La Iglesia parece volver a estar viviendo una primavera del Espíritu. La renuncia del papa Benedicto y la elección del papa Francisco muestran que el Espíritu sigue soplando y dando vida. El papa Francisco de manera especial está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes que se muestran sorprendidos que una institución que parecía totalmente envejecida sea capaz de aparecer renovada, inventando nuevos gestos evangélicos que actualizan la vida de Jesús de Nazaret.

La Iglesia está redescubriendo su misión de sacramento de perdón (Jn 20,19-23). El papa Francisco ha insistido en la necesidad de la ternura en la manera de caminar con el hombre moderno. Dios no condena sino que perdona e invita a todos los hombres a reconciliarse con él y entre ellos. Los cristianos tenemos que testimoniar que hemos sido perdonados y salvados y queremos colaborar con los demás hombres a salvar el mundo.

El Espíritu no es monopolio de la Iglesia. Aunque tiene su morada en ella, su acción se ejerce en todos, en el mundo y en la historia. Es el Espíritu el que mantiene la historia en movimiento y en la insatisfacción para buscar siempre nuevas metas para los hombres. La realidad, en que vivimos, continúa siendo insatisfactoria. El Espíritu aviva en nosotros la esperanza de que las cosas pueden cambiar si colaboramos todos a que ese cambio se realice. El Espíritu tiene el poder de tocar el corazón de los hombres para que estos cambien y se abran a los verdaderos valores del evangelio que pueden ayudar a la construcción de una civilización del amor. La búsqueda de una cultura del consumo lleva a situaciones sin salidas. Tan sólo un grupo de privilegiados puede gozar de la abundancia mientras la mitad de la población, incluso de los países considerados ricos, tiene que contentarse con las rebajas y los saldos.

El Espíritu es el gran protagonista en la celebración de la eucaristía. Es Él el que con su fuerza transforma nuestras pobres ofrendas del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Dejémosle actuar en nuestras vidas para que seamos transformados en Cristo y así podamos hacerlo presente en nuestro mundo.

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¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

12 de  mayo de 2013 – La Ascensión del Señor

 

Con la renuncia del papa Benedicto y la elección del papa Francisco parece que la Iglesia quiere acompasar el paso con el hombre de hoy, caminar junto con él. Para ello, sin duda, hay que apretar el paso pues de nuevo la Iglesia se ha ido quedando rezagada. El reproche de los hombres, vestidos de blanco, a los apóstoles es: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech 1,1-11). Lo que se les echa en cara no es tanto “el mirar al cielo”, como “el estarse ahí plantados”, el no caminar. El creyente es un caminante con los pies sobre la tierra, pero mirando al cielo. Su vida está marcada por la dimensión vertical y horizontal de su existencia.

El creyente no puede quedar reducido a su dimensión horizontal, que se realiza en la historia. Creado a imagen de Dios, sólo alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en  la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido y es objeto del amor de Dios y sigue siendo objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero. La Iglesia es portadora de esa bendición que Jesús le dio al partir. Una bendición que es promesa de prosperidad y salvación para toda la humanidad.

Es verdad que en el pasado la dimensión vertical, que orientaba al hombre hacia la eternidad, no era capaz de asumir la realidad histórica de este mundo. Hoy día los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo  Ahora es el tiempo de la evangelización, de transformar el mundo en Reino de Dios (Lc 24,46-53). Este mundo sigue estando todavía lejos de lo que Dios quiere que sea. Hay todavía demasiado sufrimiento e injusticia. El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. La Iglesia acompaña la peregrinación de los pueblos hacia la meta y hace presente la salvación mediante los signos que el Señor sigue realizando en la historia.

La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva, en que habite la justicia, y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Sólo manteniendo la dimensión vertical de relación con Dios adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la existencia. La dimensión horizontal nos sitúa en el horizonte histórico absoluto abierto por Jesús, en el futuro de Dios, que nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro mundo.


El Señor nos ha confiado este mundo para que lo evangelicemos en espera de su venida gloriosa. En realidad el Señor no está ausente de este mundo. Como Señor Resucitado, sentado a la derecha del Padre, tiene señorío sobre todo lo creado. Él, a través de su Espíritu lo penetra todo.  Él sigue actuando en sus enviados, a los que no ha dejado solos. Él es el centro y la meta de la historia humana. En ella Dios, a través de nuestras pobres historias, va escribiendo su historia de salvación que hace que el hombre entre en la intimidad de Dios. La presencia de Jesús, ya al lado del Padre, es para todos nosotros la garantía de que un día nos reuniremos con Él. Entretanto en la celebración eucarística avivamos nuestra esperanza y tomamos fuerzas para llevar adelante la misión que Él nos dejó al partir.

 

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El Espíritu habita en nosotros

5 de mayo de 2013 – 6 Domingo de Pascua

  

Algo se está moviendo en la Iglesia desde la renuncia del papa Benedicto y la elección del Papa Francisco. Parece que el Espíritu ha empezado a soplar y abrir nuevos derroteros para la Iglesia. Es evidente que nuestro tiempo necesita más Espíritu y no simplemente más y mejores estructuras. La crisis que estamos viviendo es una crisis eminentemente espiritual y no sólo económica y social. Por eso las soluciones tienen que venir del ámbito del espíritu.

La Iglesia y los cristianos no tenemos el monopolio del Espíritu, que sopla donde quiere, pero sin duda habita de manera especial en la Iglesia y en los creyentes. Por eso estamos llamados a hacer una contribución especial en este momento delicado de la historia. Todos en efecto estamos en la misma barca y compartimos la misma aventura espiritual. Puesto que el Espíritu y la Trinidad habitan en el corazón del creyente, todos podemos aportar algo a la construcción del mundo. La nueva Jerusalén es sin duda un regalo de Dios, pero es también construcción de las generaciones de hombres y mujeres que se abren al amor de Dios (Ap 21, 10-14). Es necesario dar la palabra no sólo a los poderosos e inteligentes sino que hay que escuchar también a los pobres y a los sencillos, a los que normalmente no tienen voz e incluso se abstienen en las elecciones.

El Espíritu es presentado como el Abogado, como el Defensor, como el Consolador, como el Paráclito (Jn 14,23-29). Todo eso significa esta última palabra tomada del griego. No cabe duda que el gran Consolador de los discípulos, mientras vivió con ellos, era el mismo Jesús. Al marcharse, los discípulos se quedan desconsolados, pero se les promete un consolador en la persona del Espíritu. Él sabrá infundirles el consuelo que necesitarán en los momentos difíciles. Cuando un niño se cae y se hace daño, basta que la madre le dé un beso en la parte herida y le diga “ya sanó”, para que el niño deje de llorar. El Espíritu sabe poner esa caricia en nuestras heridas de manera que no nos hundan en la desesperación. El Espíritu es esa presencia espiritual de Jesús Resucitado en medio de la comunidad. Como los discípulos estarán sometidos a las persecuciones delante de los tribunales, el Espíritu es el Abogado Defensor, que habla a favor de ellos, de manera que éstos no tienen que preocuparse de la propia defensa.

En realidad en este pasaje el Espíritu aparece como el Maestro que nos va enseñando todo y nos va recordando lo que Jesús nos dijo. Hay una continuidad entre la acción del Espíritu y la acción de Jesús. El Espíritu hace que las enseñanzas de Jesús no sean simplemente un libro cerrado sino una realidad viva donde el creyente encuentra vida. De esa manera la Iglesia no repite mecánicamente lo que recibió de Jesús sino que mediante el Espíritu va penetrando cada vez más en la revelación de Dios. No se trata de una comprensión puramente intelectual sino más bien de una realidad vivida según las exigencias de cada época, de manera que el Evangelio sea siempre Buena Nueva para cada pueblo, cada cultura y cada situación histórica. Cada uno de los creyentes, a través de su propia experiencia vital de encuentro con Cristo, va enriqueciendo la realidad de la fe cristiana, que es capaz de inculturarse en todas las culturas. Gracias a la acción del Espíritu la Iglesia supo abrirse  y acoger a los paganos que se convertían (Hechos 15,1-2; 22-29).           

El Espíritu nos enseña a través de las acciones de Jesús que actualizamos en la celebración de la Eucaristía. Pidámosle que Él nos introduzca en el misterio de Cristo para que lo podamos vivir y hacer presente en nuestro mundo.

 

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Os doy un mandamiento nuevo

28 de abril de 2013 – Quinto Domingo de Pascua

La deseada nueva evangelización sólo será posible si los cristianos nos tomamos en serio el mandamiento nuevo del amor fraterno. Fue ese amor fraterno, traducido sobre todo en las obras de misericordia, lo que impactó al imperio romano cuando la fe cristiana fue reconocida como lícita, antes de ser declarada religión del imperio. El cristianismo aportaba una visión nueva de la realidad, sobre todo del tema de la pobreza imperante. Para el imperio, era natural que hubiera pobres y ricos. Para la fe cristiana, los pobres eran los preferidos de Dios y debían ser objeto del cuidado de los que tenían bienes. Esa solidaridad, ese compartir, era algo totalmente nuevo e incluso alguno de los emperadores paganos comprendió la necesidad de un estado mucho más social.

Jesús va a hacer del amor fraterno la señal de pertenencia a la comunidad de sus discípulos. Como Jesús indica, se trata de un mandamiento nuevo (Jn 13,31-35). Existía ya el mandamiento de amar a los demás. Amar a los que nos aman o nos son simpáticos es una realidad agradable que no necesita ser mandada porque nos sale espontáneamente. Pero como a veces tenemos que amar a los que nos son antipáticos, incluso a nuestros enemigos, por eso Dios dio a su pueblo el mandamiento del amor. Es verdad que el prójimo era considerado el miembro del pueblo de Dios.

Pero Jesús nos dice que es un mandamiento nuevo porque ya no es “amar al prójimo como a ti mismo” sino amar como Jesús nos ha amado. Se trata de como Él estar dispuestos a dar la vida por las personas, y de hecho darla en el día a día. Claro está que ese amor es la señal de los discípulos de Jesús, porque hace presente a Jesús en medio de su comunidad. Al ver cómo se aman, todos recuerdan que están actualizando la vida misma de Jesús. Sin duda alguna el mandamiento nuevo del amor supone que hay una nueva realidad en el Pueblo de Dios. Este ya no se reduce al Israel histórico sino que se ha abierto también a los paganos, a los que Dios había abierto la puerta de la fe (He 14,21-26). Ha sido la resurrección de Jesús la que ha hecho unos cielos nuevos y una tierra nueva (He 14,21-26). Por eso el creyente vive el mandamiento nuevo del amor. Mediante la práctica de este mandamiento, el cristiano colabora con Dios a enjugar las lágrimas de los que lloran.

El papa Francisco ha recordado oportunamente que el cristianismo no es simplemente una organización, aunque necesite estar organizado. Esa organización debe tener en cuenta lo que está en los orígenes del cristianismo. Se trata de una historia de amor, del amor de Dios que se ha revelado de manera sensible en el acontecimiento de Cristo Jesús.

Es Jesús mismo el que en cada uno de nosotros sigue amando a Dios y a los hermanos. Hay un único amor, que proviene del Padre. El amor viene de Dios y Dios es amor. Dios nos da la capacidad de amar como Él ama, es decir sin medida, dándose totalmente a sí mismo y aceptando el don del amor del Hijo en el Espíritu. Dios ha puesto su amor en nuestros corazones con el Espíritu que nos ha sido dado.  Sin ese don nunca hubiéramos sido capaces de amar como Jesús nos manda. Ese amor nos lleva a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro y aceptarlo como distinto de mí. Nuestra tentación natural, al amar a los demás, es querer que sean como nosotros somos. Dios nos respeta en nuestra originalidad propia y no nos absorbe en Él. Mediante su amor hace que nosotros seamos nosotros mismos en plenitud.

En la celebración de la Eucaristía se nos hace presente el amor de Dios en la entrega de su Hijo por nosotros. Acojamos ese amor y tratemos de hacerlo presente en nuestro mundo construyendo una civilización del amor.

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Yo doy la vida eterna a mis ovejas

21 de abril de 2013- Cuarto Domingo de Pascua 

La falta de vocaciones religiosas y sacerdotales es un hecho que interroga y afecta a toda la comunidad cristiana. En su mensaje escrito en octubre pasado para esta Jornada de las Vocaciones, Benedicto XVI, siguiendo a Pablo VI, repetía que este tipo de vocaciones es un signo de la vitalidad de la vida cristiana. Lo que está en crisis, por tanto, es la fe cristiana, incluso se puede decir la fe en el futuro de la humanidad. La falta de vitalidad, en efecto, se traduce también en la escasez de hijos en todas las familias.

A pesar de la situación actual mantenemos la esperanza para el futuro. La esperanza no se fundamenta en los cálculos humanos sino en la fe fundada en las promesas de Dios y en su actuar en la realidad histórica. Dios suscita siempre las personas de las que tiene necesidad para apacentar a su rebaño. La elección del papa Francisco es un buen ejemplo de cómo Dios no abandona a su pueblo sino que le da un pastor apropiado para las circunstancias presentes. Francisco está suscitando el interés no sólo de los católicos sino incluso de los ateos. Los católicos conocen a sus pastores y los siguen cuando ven que verdaderamente encarnan la figura del Buen Pastor (Jn 10,27-30). Desgraciadamente habrá siempre algunos mercenarios que se aprovecharán del cargo para servirse de las ovejas, en vez de estar a su servicio.

La Jornada de las Vocaciones nos lleva a pensar en estas personas que han dedicado su vida al servicio de la Iglesia de los demás. También el matrimonio cristiano es, sin duda, una vocación. Tan sólo en el seno de familias profundamente cristianas puede germinar la vocación sacerdotal y religiosa. En el origen de toda vocación está el encuentro personal con Cristo que llama. Por eso la vocación supone una cierta capacidad de escucha de la llamada. Hoy se corre el peligro de cerrarse en banda, como hicieron los que escucharon a Pablo (Hech 13,14.43-52). Tenían ya sus esquemas hechos y todo lo que se saliera de ellos no era aceptado. Los paganos, en cambio, están atentos a la novedad del Espíritu.

La capacidad de escucha supone una sintonía entre el que habla y el oyente. Jesús se identifica de tal manera con el oyente que es uno de ellos. Jesús es el Buen Pastor y sus fieles son sus ovejas. Pero curiosamente ese pastor no se presenta como la figura tradicional del Rey, que recibe ese título porque gobierna a sus súbditos. Al atribuir al Cordero, es decir a Jesús muerto y resucitado, el título de Pastor, la comunidad proclama que nuestro Mesías, el representante de Dios, es uno de los nuestros. Más aún, es alguien que ha sido degollado, que ha dado la vida por nosotros (Ap 7,9.14-17). No es de extrañar que sus ovejas lo escuchen, lo obedezcan y lo sigan. Quieren vivir con Él porque así encuentran la vida. Los sacerdotes deben identificarse con Jesús, Buen Pastor, y conducir las ovejas hacia Él, y no hacia sí mismos.           

Probablemente se están produciendo muchas bajas en las filas de la Iglesia. Nada puede, sin embargo, separar a los seguidores de Jesús de su Señor ya que en Él tienen asegurada la salvación. Es el Padre el que ha dado esas ovejas a Cristo. Las ovejas son del Padre, que es superior a todos, y por eso nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Los creyentes en Jesús, a través de Él, están en buenos manos, en las manos del Padre. El Padre y Jesús son uno. Por eso Jesús puede presentarse como el Pastor del pueblo, título que pertenecía a Dios mismo. El pueblo de los redimidos por Cristo tiene a Él como pastor. Él los conduce a las fuentes de agua vida, que son el Espíritu de Dios. Es Jesús el que nos da su Espíritu. Ese pueblo apacentado por Jesús habita en la casa misma de Dios, en su templo, dándole culto día y noche.

En la celebración de la eucaristía damos culto a Dios nuestro Padre. Le damos gracias porque nos ha salvado en Cristo Jesús, que es nuestro Pastor, que nos alimenta con su propia vida, con su palabra, con su cuerpo y sangre. Pidamos en particular por los sacerdotes que hacen presente a Jesús, Buen Pastor, en medio de la comunidad.

 

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Simón, ¿me quieres?

14 de abril de 2013 – Tercer Domingo de Pascua

 En las reuniones que precedieron al último cónclave, se supone que los cardenales hablaron de la situación de la Iglesia e indirectamente del Pastor que ésta necesitaba. También las revistas y periódicos hablaron también del mismo tema y se presentaron quinielas, que al final no acertaron. La Iglesia tiene en cada época unos problemas específicos que tienen que ver con su misión de anunciar el evangelio al mundo. Sobre esto se habló ampliamente en el pasado sínodo de la nueva evangelización.

 Releyendo sobre todo lo que en los días anteriores al cónclave se escribía en las revistas cristianas, constato que muchas presentaban un perfil de Papa, que sin duda Francisco está encarnando de forma satisfactoria. En el fondo los creyentes pedían un Papa que ame a Jesús y ame al rebaño de Jesús, que no se reduce a la Iglesia sino que tiene muchas ovejas que no están todavía en este redil.

También Jesús le pasó un examen a Pedro, antes de confiarle su rebaño. Fue el examen definitivo (Jn 21,1-19).  “En el atardecer de la vida te examinarán sobre el amor” (Juan de la Cruz). El tema era el que Jesús había explicado más frecuentemente a los discípulos y les había dicho que era el más importante. El examen era además muy fácil pues se trataba de responder simplemente “sí”, o “no”. Pero la forma en que hizo la pregunta era difícil, pues no se andaba por las ramas sino que pedía una respuesta personal: “¿Me amas más que éstos?”. 

La pregunta había dado en el clavo. Pedro no se atreve a compararse con los demás y afirma simplemente que Jesús sabe que lo quiere. Jesús parece estar de acuerdo y le confía su rebaño. Pero de pronto Jesús repite de nuevo la pregunta ya sin hacer comparaciones. Pedro dice lo mismo y Jesús sigue confiándole su Iglesia. Pero cuando Jesús pregunta por tercera vez, Pedro se da cuenta de que Jesús ha cogido el argumento por donde más duele. Su amor a Jesús no había sido capaz de superar sus tres negaciones. Ahora parece que el Señor le está pasando la factura. Pero Pedro responderá lo mismo y el Señor le confiará su Iglesia.

Jesús sabe que Pedro lo quiere. Eso es lo más importante. Sólo se le puede confiar el propio rebaño a una persona que ame al dueño de las ovejas. Jesús se da cuenta de que queda ya poco del Pedro impetuoso y bravucón. Ha ido aprendiendo dolorosamente la lección. Eso le irá preparando para el futuro, para ser más fiel en el seguimiento. Un día será viejo y será conducido al martirio como prueba del amor por el maestro. Es ahora cuando Jesús pronuncia la palabra de siempre en sus llamadas: “Sígueme”. 

Pedro está ya listo para seguir a Jesús hasta el martirio, donde uno  ya no tiene más la iniciativa de su vida sino los demás deciden por uno. En el fondo Pedro va aprendiendo que no es uno el que lleva las riendas de la propia vida sino que hay otro que nos va guiando. Lo mismo ocurre con nosotros. La Iglesia no es de Pedro, es de Jesús. El que guía la Iglesia es el Espíritu, no el Papa. Francisco ha dicho que los pastores tienen que oler a oveja, tienen que estar cercanos a sus fieles. El amor que se profesa a Cristo hay que ponerlo en práctica de manera concreta con los hermanos más pequeños y más pobres. 

Sin duda que en su misión, Pedro tendrá que hablar de Jesús, (Hech 5,27-32.40-41) y ser su testigo. Pero no es él el personaje importante sino el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen. Pedro ha ido aprendiendo poco a poco la obediencia. Pero se trata de obedecer antes a Dios que a los hombres. Su vida ya no va depender de sus propios impulsos sino de lo que Dios le vaya indicando. Pidamos en este Eucaristía encontrarnos con el Resucitado y responder a su llamada a seguirlo.

 

 

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Si no meto los dedos en el agujero de los clavos, no creo

7 de abril de 2013 – Segundo Domingo de Pascua

El Papa Francisco está despertando un gran interés, incluso en los no creyentes. Ha invitado a la Iglesia a caminar, construir y anunciar a Cristo. Pero el anuncio de Cristo no puede ser simplemente con palabras sino que hay que hacerlo presente con las obras y la vida. Algo parecido intuía el apóstol Tomás cuando sus compañeros le hablaban de que habían visto a Jesús. Al anochecer del día de la resurrección, Jesús se aparece a los discípulos encerrados en el cenáculo (Jn 20, 19-31). Les concede el don del Espíritu, que hace de ellos la comunidad de los salvados, a los que les han sido perdonados los pecados. Esa comunidad tiene el poder de perdonar o dejar sin perdonar. Así empieza la vida de la Iglesia y la misión. Jesús envía a sus discípulos, como Él había sido enviado por el Padre. Los discípulos harán presente al Señor, como Él hacía presente al Padre. La presencia del resucitado transforma a los discípulos, llenándolos de paz y alegría, y haciéndoles perder el miedo.

El apóstol Tomás  no estaba durante aquel encuentro. Cuando se lo contaron sus compañeros, no los creyó. Exigió el tener él también una experiencia directa del resucitado, viendo y tocando. En realidad no es posible encontrar al resucitado fuera de la comunidad. Tomás tendrás la ocasión la semana siguiente cuando de nuevo Jesús se aparece a la comunidad reunida. Jesús manda a Tomás hacer lo que él había puesto como condiciones de creer, pero el apóstol no lo hace sino que simplemente confiesa al resucitado como su Señor y su Dios, quizás la confesión más clara de la fe en la divinidad de Cristo.

Jesús no se apareció por las buenas a Tomás cuando estaba solo. Sólo cuando está con la comunidad es posible hacer la experiencia del Resucitado. La fe es sin duda una experiencia personal pero tiene una dimensión comunitaria. Por eso no nos encierra en nuestra subjetividad sino que nos abre al diálogo y al compromiso en el mundo. Se trata siempre de una fe eclesial. Ha sido la Iglesia, personificada en los apóstoles, la que nos ha transmitido esa experiencia originaria del Resucitado, que cada uno de nosotros intenta asimilar en comunión con su comunidad eclesial. No es posible una fe por libre, hecha a la medida de la propia subjetividad e individualismo.

Pero ¿tenemos hoy día comunidades en las que se pueda encontrar a Jesús? Tomás quiere tocar con sus manos las llagas de Cristo. ¿Hay comunidades hoy día en que esto sea posible? El papa Francisco cree que sí, en las comunidades que viven para los pobres. En la persona del pobre uno puede tocar las llagas de Cristo. Una comunidad para los pobres es aquella en la que se comparten los recursos de manera que nadie pase necesidad (Hech 2,42-47). Es lo que ocurría en la comunidad primitiva.

Es también a lo que ha invitado el papa Francisco. A sus paisanos les pidió que no vinieran a Roma a la inauguración de su pontificado sino que dieran dinero que iban a gastar a los pobres. No se trata, por tanto, de dar para los pobres cincuenta, cien o incluso quinientos euros. El papa pedía que cada uno diera el dinero que se iba a gastar en el viaje, que fácilmente podía ascender a mil quinientos euros. Yo creo que el papa nos ha emplazado a todos a resituarnos ante los pobres, como hacían ya los Santos Padres. No se trata de dar de lo superfluo, sino de dar incluso de lo necesario, como hizo también la viuda del evangelio (Lc 21,1-4).

La celebración de la eucaristía es un momento privilegiado de encuentro personal y comunitario con el Resucitado, que cambia nuestras vidas y nos envía como testigos suyos.