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Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo

24 de agosto de 2014 – 21 Domingo Ordinario

La persona de Jesús sigue atrayendo el interés de nuestros contemporáneos, como lo prueban las repetidas películas. Pero este interés no pasa de ser anecdótico y representa una de tantas figuras famosas del pasado, como ya creían los contemporáneos de Jesús. Veían en Él una reencarnación de alguno de los grandes profetas como Jeremías o Juan Bautista. Por eso Jesús se encara con sus discípulos para que ellos den una respuesta personal y no simplemente aprendida en la historia o la catequesis.

Fue Pedro el que entrevió y confesó el misterio de Jesús, el Hijo de Dios vivo. La respuesta de Pedro no era de las de manual sino inspirada directamente por el Padre. Aun así la continuación del evangelio mostrará que Pedro entendía el mesianismo de Jesús de una manera excesivamente política, como muchos de sus contemporáneos, que esperaban una liberación del poder de los romanos (Mt 16,13-20). Como ya el papa Benedicto insistía y el papa Francisco ha repetido nadie llega a ser cristiano porque ha leído el catecismo sino porque se ha encontrado personalmente con Cristo. El que ha hecho esta experiencia se siente fascinado por Jesús, quiere vivir como él y está dispuesto a entregar su vida por él.

Los creyentes necesitamos profesar comunitariamente nuestra fe, que nos une como Iglesia. Lo importante no son las fórmulas en sí sino la realidad a la que apuntan. Pedro dio una de esas confesiones de fe que presentan a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios. La fórmula tiene su sentido en el contexto del mundo judío y apunta a la especial vinculación de Jesús con Dios. De hecho las fórmulas cristológicas posteriores se irán concentrando en la filiación divina de Jesús. La respuesta de Pedro fue alabada por Jesús que la consideró una formulación directamente sugerida por Dios y no simplemente por la sabiduría del pescador de Galilea. Esta confesión de fe le valió a Pedro el ser la roca sobre la que Jesús construirá su Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. Este gesto fundacional coloca ya a Jesús en un puesto semejante al de Dios pues hace unas promesas sobre su comunidad que sólo Dios puede mantener.

La fe de la Iglesia en Cristo Jesús ha mantenido siempre la realidad inseparable de su ser: verdadero Dios y verdadero hombre. La teología tradicional se preocupó sobre todo de la divinidad de Jesús, la investigación histórica más reciente ha ido descubriendo su realidad humana. Cada uno tendrá sus preferencias, pero siempre habrá que mantener ambos aspectos y sobre todo no querer condenar a los que dan formulaciones distintas a las mías, pero que quieren traducir esta doble dimensión del ser de Jesús. Es verdad que no todas las formulaciones son aceptables, pero debe ser el examen eclesial el que lo decida.

No se entiende la realidad de Jesús si no se le reconoce como verdadero Dios. No basta decir que es un enviado de Dios o un mediador de salvación de parte de Dios. Jesús es la revelación definitiva de Dios al hombre, es decir la donación total de Dios al hombre. Jesús no sólo es el salvador sino que es la salvación. La salvación consiste en que Dios se nos comunica en Cristo Jesús, que nos incorpora a sí y nos introduce en la realidad de la vida divina. Por eso Jesús es objeto de nuestra fe. Y yo no puede creer en un simple hombre por más sublime que sea. Sería creer en un ídolo. Tan sólo puedo creer en Dios que es el absoluto. Si creo y pongo toda mi confianza en Jesús es porque Él es Dios. La celebración de la eucaristía actualiza la salvación en Cristo Jesús. Confesémoslo como nuestro Dios y nuestro Señor.

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Mujer, qué grande es tu fe

17 de agosto de 2014 – 20 Domingo Ordinario

 

En muchos de nuestros pueblos, la religión se considera cosa de mujeres como personas más necesitadas de consuelo espiritual que los hombres. Es posible que efectivamente las mujeres sean más sensibles a las realidades espirituales. En los pueblos antiguos, en cambio, la religión, tanto la pública como la familiar, era responsabilidad ante todo del padre de familia. Pero el evangelio nos presenta cómo las mujeres van adquiriendo un protagonismo en la vida cristiana hasta aparecer como auténticos modelos de fe. No sólo la persona de la Virgen María, sino que también incluso una mujer extranjera encarna la actitud de la persona que se fía totalmente de Dios, cuando fallan los apoyos humanos.

También hoy día los emigrantes extranjeros, hombres y mujeres, nos dan lecciones de fe. Es verdad que ellos, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos. Éstos normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. En esas situaciones desesperadas, tan sólo se puede esperar un milagro de Dios.

La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. San Juan Crisóstomo podía decir: “el cristiano de Roma sabe que el cristiano de India es su hermano”. Es verdad que los profetas habían tenido ya una intuición de que Dios no podía ser el patrimonio de un solo pueblo sino que también los extranjeros pueden entregarse al Señor para servirlo (Isaías 56, 1.6-7).

El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar.

La tentación de excluir a los emigrantes es más grande cuando estamos viviendo un período de crisis económica. Tenemos la sensación de que los emigrantes nos quitan el trabajo y el bienestar. Olvidamos fácilmente que ellos han contribuido con su trabajo y esfuerzo al bienestar y la abundancia de hace pocos años. Nuestra solidaridad debe manifestarse en estos momentos de prueba de manera que no queramos descargar las consecuencias de la crisis sobre los colectivos más débiles. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados.

 

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El poderoso ha hecho obras grandes por mí

15 de agosto de 2015 -  La Asunción de la Virgen María

 

Cuando el Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción en 1950 señalaba su deseo de que la contemplación de María en cuerpo y alma en los cielos llevase a los hombres a no hundirse en el materialismo. Sin duda en aquellos tiempos imperaba la ideología materialista del marxismo comunismo, pero los bienes materiales seguían siendo escasos pues hacía poco que había terminado la Segunda Guerra Mundial. El mensaje era bien recibido en España que, sumergida en la pobreza, se consideraba portadora de valores eternos.

A pesar de la crisis económica actual y de que más de mil millones de personas viven en la pobreza, nuestros países occidentales nadan en la abundancia de bienes materiales. El olvido del destino eterno del hombre se ha ido acentuando en las últimas décadas. Existe el peligro de pensar que una vida lograda y de calidad es aquella a la que no le falta nada en bienes materiales. Por eso la contemplación de la persona de María sigue siendo actual para el creyente. La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo (1 Cor 15,20-27), ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

La fe fue el fundamento de su felicidad. María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10). María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado.

Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María. Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino. Al contrario, nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el anti-reino del dragón, que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros.

Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,39-56). La propia historia de María nos lo confirma. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra esperanza y nos dé fuerzas para colaborar con Dios en la transformación de nuestro mundo.

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El viento era contrario

10 de agosto de 2014 – 19 Domingo Ordinario

Seguimos gozando de unos tiempos de bonanza en la Iglesia desde que el papa Francisco empezó su pontificado. Los medios de comunicación lo siguen mirando con simpatía. Hoy día incluso vuelve a existir una nueva sensibilidad religiosa que constituye al mismo tiempo un reto y una oportunidad para el anuncio del evangelio.

En medio de las dificultades que experimentamos, en las que estamos tentados de
confundir al mismo Jesús con un fantasma, lo que nos falta es fe. (Mat 14, 22-33)
Es esa falta de fe la que nos impide lanzarnos al agua o caminar sobre las olas. La fe
bíblica no es una serie de verdades sino una confianza absoluta en Dios que es el
fundamento firme de nuestra existencia. Tenemos la impresión de que vacilan los
cimientos de nuestras vidas y que estamos hundiéndonos porque no nos fiamos
totalmente de Dios. Seguimos buscando apoyos humanos y queremos un Dios a
nuestra medida. Cuando nos olvidamos de Dios o Jesús no ocupa el centro de nuestras vidas, enseguida se desencadenan las tormentas y los miedos.

Tampoco los vientos eran favorables a Elías cuando huía perseguido por el rey de
Israel. Para que su fe no vacilara tuvo que volver a las raíces, al fundamento de la fe
del pueblo, caminar hasta la montaña santa donde Dios se había manifestado a
Moisés. Allí va a encontrarse con Dios de la manera más sorprendente (1Reyes
19,9a.11-13ª). Hubo el mismo aparato atmosférico que en tiempo de Moisés, un
temporal, un terremoto, relámpagos, pero Dios no estaba en ellos. El Dios tremendo
ante el que tiembla toda la creación se presenta ahora con una voz silenciosa suave.
Dios no quiere asustar a nadie sino darnos siempre confianza. Lo mismo hizo Jesús
cuando sus discípulos estaban llenos de miedo. Se da a conocer como la persona con
la que han ido compartiendo su vida y aventuras y en la que pueden confiar. Jesús se
presenta como hacía Yahvé, como el “Yo soy”. Pero se trata de una presencia
amorosa que es capaz de calmar todas las tempestades del alma y de la vida.

Nuestra falta de fe tan sólo puede ser vencida y superada mediante la confesión de fe
en Cristo el Hijo de Dios. No se trata de una frase hecha, aprendida en el catecismo,
como respuesta a una pregunta. Se trata de vivir convencidos de que la historia del
mundo está en las manos de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Ellos son los dueños de los
acontecimientos. El teatro de la historia puede ser todavía el lago encrespado, los elementos del mal.

Éstos, sin embargo, han sido ya derrotados por el Señor resucitado, aunque siguen teniendo todavía un cierto poder contra nosotros, lo suficiente para no dejarnos en paz. Pero sólo tienen poder sobre nosotros en la medida en que se lo damos, en la medida en que creemos que ellos son fuertes, cosa que en realidad ya no lo son. Son nuestros miedos y falta de fe los que los hacen fuertes. Pidamos al Señor en esta eucaristía participar de su victoria contra los poderes del mal y de la muerte.

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Un tesoro escondido

27 de julio de 2014 – 17 Domingo Ordinario

En tiempos de devaluación y de pérdida de valor del dinero, los ricos suelen comprar oro y obras de arte. Por algún cuadro se han pagado sumas astronómicas. Sin duda cuando uno se encapricha con una cosa y se hace de ella el absoluto, uno está dispuesto a dar por ella lo que sea necesario. Jesús se dio cuenta que el Reino de Dios era el único valor absoluto y que para conseguirlo era necesario dejar todo lo que se tenía y dedicarse totalmente al Reino.

El Reino fue su gran pasión, lo que dio sentido a su vida, lo que le movió a abrazar un tipo de vida tan poco razonable según la cultura de su tiempo. En vez de fundar una familia y ejercer una profesión se dedicó a ser predicador ambulante del Reino de Dios. Era eso lo que le llenaba, lo que le hacía feliz, la única cosa necesaria. Y supo contagiar su entusiasmo a sus discípulos, que, como Él, dejaron la familia y la profesión y le acompañaron durante su vida y muerte continuaron su misión de anunciar el Reino. Podemos decir que Jesús y sus discípulos eran personas centradas, que sabían lo que querían y que encontraron en lo que hacían la verdadera felicidad.

El Reino de Dios es el gran tesoro, la perla de gran valor, pero no se puede adquirir a precio de saldo (Mt 13,44-52). Exige la renuncia total a todo lo que la gente considera tesoro o cosas de valor. En comparación con el Reino, todo lo demás es relativo. Todas las cosas e instituciones humanas tienen su valor, pero un valor relativo que les viene de su relación con el Reino. El peligro de las cosas y realidades humanas está en su absolutización, en el peligro de convertirse en ídolos o pequeños dioses que nos roban el corazón y la libertad.

Durante muchos siglos la fe cristiana ha sido el gran tesoro que hemos heredado de nuestros mayores. Hoy día esa fe es vista por muchos como una realidad anticuada que no tiene valor en nuestra cultura. Son otros valores los que se han apoderado de la escena social. Probablemente son los valores vitales, más que los económicos, los que hoy tienen la primacía. Las personas buscan realizarse, aunque ya no existan los ideales de otros tiempos. Probablemente se trata de ideales a más corto alcance, que tienen que ver con la satisfacción inmediata de nuestros deseos. La utopía del Reino, que todavía movilizaba hace cincuenta años, parece ir perdiendo terreno ante la realidad del estado del bienestar, un bienestar que experimentamos cada día como más precario. Hoy día es necesario tener un corazón dócil, que sepa escuchar a la tradición y una sabiduría que nos lleve a descubrir siempre los verdaderos valores humanos (1Reyes 3,5.7-12).

La crisis que estamos viviendo es una crisis de vida cristiana, que no sólo está despoblando las Iglesias sino que al mismo tiempo está corroyendo la esencia de la fe cristiana. La pérdida de valor del cristianismo a los ojos de nuestros contemporáneos no viene de la devaluación del evangelio en sí, sino de la manera como los cristianos lo estamos viviendo. Esa desaparición de los valores evangélicos, no sólo de la vida pública, sino también de la acción personal era ya perceptible hace dos siglos. Los valores cristianos fueron siendo desplazados por los valores materiales y los valores vitales, que son los que predominan hoy, incluso en los cristianos practicantes. Pidamos que la celebración de la eucaristía nos haga descubrir el gran tesoro de la fe cristiana.

 

 

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Levadura en la masa

20 de julio de 2014 – 16 Domingo Ordinario

 
Muchas veces la Iglesia siente la tentación de medir la eficacia de su acción simplemente a través del número de sus fieles. Ahora se cuenta hasta el número de seguidores del papa Francisco en las redes sociales. De esa manera la Iglesia corre el peligro de asimilarse a los poderes de este mundo cuyo poder se mide por el número de votos, o por las cifras del dinero que tienen. Lo que cuenta, en cambio en la Iglesia es su fidelidad a Cristo y a su evangelio. Eso es lo que le da identidad. Jesús describe el Reino de Dios como una realidad diferente a las de nuestro mundo, pero que tiene una importancia decisiva para el hombre y la sociedad. La Iglesia no es el Reino, sino que está al servicio del Reino y debe dejarse también ella modelar por los valores del Reino.

Hoy día en los países de vieja cristiandad nos desanimamos ante las dificultades que encontramos en la evangelización. Nos gustaría ver el fruto de nuestros trabajos y que nuestras iglesias estuvieran llenas de jóvenes, no sólo con motivo de acontecimientos excepcionales. Hay que tener paciencia y saber esperar, como Dios no se desanimó ante tantas negativas humanas. Supo usar siempre de moderación y no quiso imponer su Reino por la violencia (Sab 12.13.16-19). Lo nuestro es sembrar. Ya otros recogerán los frutos. El Reino, como la siembra tiene sus ritmos, que hay que respetar. En el mundo de la técnica estamos, en cambio, habituados a apretar un botón y ver cumplidos nuestros deseos.

El Reino tiene siempre unos comienzos pequeños. Todo empezó con un pequeño grupo en torno a Jesús. Toda la fuerza del Reino le viene de Dios y de su Espíritu. Así también a la Iglesia. Su misión es ser levadura en la masa. Lo importante es la masa, el que la masa fermente (Mt 13,24-43). Uno no utiliza toneladas de levadura. Para que la levadura realice su efecto tiene que desaparecer en la masa, ciertamente sin perder su condición de levadura que le da eficacia.

Los cristianos no vivimos en un mundo aparte, ni habitamos en países propios. Vivimos con todos los hombres, utilizamos la misma lengua y cultura, aunque cultivamos una serie de valores que nos vienen del evangelio y que creemos que son importantes para todos los hombres y para la sociedad. Sólo conviviendo con los demás hombres, acompañando su peregrinar hacia Dios, la Iglesia puede realizar su misión. Ciertamente no todo en el mundo, pero tampoco todo en la Iglesia, es trigo limpio. Por eso es necesario un discernimiento continuo y un saber esperar y confiar en el hombre. La luz necesaria para ese discernimiento nos viene siempre del Espíritu (Rm 8,26-27) que viene siempre en nuestra ayuda. Él está actuando siempre en nuestro mundo y tenemos que saber discernir los signos de los tiempos.

La Iglesia está al servicio del mundo, al servicio del hombre, y debe evitar toda tentación de poder, de querer que los demás estén a su servicio. La Iglesia presta su servicio al mundo, ante todo anunciándole el evangelio. Éste es una fuerza de salvación para el que cree. Ante las miserias de nuestro mundo, no basta simplemente predicar, hay que dar trigo. Es verdad que la Iglesia no puede ser simplemente una institución caritativa más, pero el ejercicio de la caridad, sobre todo con los necesitados, forma parte integrante de su misión al servicio del hombre. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros fermento que transforme nuestro mundo con los valores del Reino de Dios.

 

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Escuchar y comprender la palabra

13 de julio de 2014 – 15 Domingo Ordinario
Son muchas las personas, incluso no creyentes, que han empezado a seguir la predicación del papa cada día en la capilla de Santa Marta. Nos ha ido sorprendiendo con sus imágenes que aplican el evangelio a nuestra vida ordinaria y que son capaces de hablar al hombre de hoy. En el fondo lo que está haciendo es volver al estilo popular de Jesús. Éste, sin embargo, no siempre se hacía entender de sus discípulos, y menos todavía de las muchedumbres y de sus colegas. Es verdad que el tema del que hablaba era difícil: la venida del Reino de Dios. No sólo era difícil sino que también era peligroso pues ponía en cuestión la organización social de su tiempo y el estilo de vida de las personas. Jesús vinculaba además la venida del Reino a su propia actividad y persona, lo cual no parecía evidente, a pesar de los milagros que hacía.

Jesús anuncia que la venida del Reino tendrá lugar a pesar de todos los obstáculos que Él mismo encuentra en su predicación. Las parábolas muestran la profunda convicción de que la verdad es capaz de abrirse paso, a pesar de las limitaciones del maestro y de los discípulos. También el sembrador sabe que muchas de las semillas se perderán, pero siembra con la esperanza de recoger un fruto abundante de aquellas que lleguen a crecer y madurar (Mt 13,1-23).

En buena parte la cosecha depende de la calidad de la simiente. En este caso la semilla es la palabra de Dios que es una fuerza de salvación para el creyente. Ella tiene en sí esa fecundidad comparable a la lluvia o la nieve con las que el profeta compara la Palabra de Dios (Is 55,10-11). Como ellas, la palabra hace un viaje de ida y vuelta, desde Dios al hombre y desde el hombre a Dios. La palabra de Dios es siempre eficaz y realiza aquello que Dios quiere. El profeta está intuyendo la venida de la Palabra hecha carne, que realiza el plan de salvación de Dios y vuelve de nuevo a Dios.

Pero los frutos dependen también de la calidad del terreno y de los cuidados que le prodiga el agricultor. En este caso la misma persona es el terreno y el cuidador. La creación entera experimenta una gran frustración a causa del pecado del hombre que la ha sometido a la esterilidad, a producir cardos y espinas (Rm 8,18-23). Pero tenemos la esperanza de que un día la creación será de nuevo liberada y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

Animados por esa esperanza la Iglesia sigue actualizando las parábolas de Jesús que se convierten para nosotros en un espejo. En ellas podemos descubrir si somos hombres-camino por donde pasan todas las noticias sin dejar huella, personas pedregosas sin profundidad, seres de zarzas que ahogan en sí el bien y la verdad, o si por el contrario somos trigo limpio producido por la tierra buena.

¿Quiénes son tierra buena? Los que escuchan la palabra y la entienden. No basta pues escuchar la palabra. Hay que hacer el esfuerzo de entenderla, de penetrar en ella, de descubrir su sentido. Eso sólo es posible a fuerza de rumiar y meditar la palabra haciendo de ella el alimento de nuestra vida. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros tierra buena que da frutos en abundancia.

 

 

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Te revelaste a los sencillos

6 de julio de 2014 – 14 Domingo Ordinario
Los sabios y entendidos han gozado en todos los tiempos de la confianza de las personas. Cuando tenemos un problema de salud, vamos al médico. Para las cuestiones legales, acudimos a un abogado. El saber da un poder y sobre todo hoy día es un saber hacer que permite incluso manejar a las personas. Los sabios y entendidos de todos los tiempos han dispuesto de un poder que muchas veces les permitía asegurarse su vida y prescindir de Dios. Hoy día, no sólo los sabios sino mucha gente corriente consideran que no necesitan de Dios y no le dan una oportunidad de que entre en sus vidas.

Curiosamente el conocimiento bíblico de Dios no es un saber teórico sino un trato íntimo y amoroso con Él. Es un saber hacer, o mejor un saber vivir ante Dios para poder realizar la propia vocación a la que Él nos llama. El amor, al contrario del conocimiento, es libre. Deja a la persona la libertad de amar y la libera para amar. Jesús constata que Dios se revela, se da a conocer y amar a las personas sencillas y no a los sabios y entendidos. Los sabios y entendidos muchas veces tan sólo se aman a sí mismo y a sus creaciones. Son tan importantes que no pueden reconocer que todo lo han recibido de Dios.

Jesús experimentó el rechazo de los poderes políticos y religiosos de su tiempo y fue acogido por la gente sencilla. En vez de sentirse frustrado ante el poco éxito con la gente importante, dio gracias al Padre por haber dispuesto las cosas así (Mt 11,25-30). Se trata del estilo de actuar de Dios que elige a los humildes para confundir a los soberbios. Dios escogió pueblo pequeño para hacerlo depositario de su revelación. Jesús se manifestará como rey en su entrada triunfal en Jerusalén, adoptando ese estilo modesto y sencillo. Dios para triunfar no necesita un despliegue impresionante de recursos sino que se hace fuerte con la debilidad de los que lo aman. Es la fuerza del amor (Zac 9.9-10).

Desgraciadamente no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia estamos demasiado preocupados por el número, que es lo que cuenta a la hora de hacerse con el poder en los sistemas democráticos. Confundimos el Reino de Dios con los reinos de este mundo. No hay nada de extraordinario en tener éxito a través del despliegue de la fuerza y de la riqueza, aunque no siempre se ganan las batallas con la superioridad de las armas. La fuerza de la Iglesia y del cristiano viene del Espíritu de Dios (Rom 8,9.11-13). El tiene la capacidad de resucitar nuestros cuerpos como resucitó a Cristo Jesús. Tenemos que dejarnos llevar y guiar por el Espíritu de Dios y no por los cálculos puramente humanos, que San Pablo llama “la carne”.

El conocimiento, la ciencia y la técnica tienen sin duda su sentido en el plan de Dios, pues todo saber viene de Él. No pueden, sin embargo, ser el criterio último de la acción humana. Una técnica al servicio egoísta de unos pocos lleva a la explotación de las masas y a construir un mundo inhabitable. Pidamos al Señor en esta eucaristía un corazón sencillo y humilde como el de Jesús para encontrar así la paz del alma.