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Este es mi Hijo amado, escuchadlo

25 de febrero de 2018 – Segundo Domingo de Cuaresma

 El papa Francisco durante esta cuaresma nos pone en guardia ante los falsos profetas que prometen una felicidad fácil. La verdadera felicidad sólo se encuentra en el seguimiento de Cristo. La cuaresma nos ofrece todo un camino de transformación en diálogo con Cristo. ¿Cómo me sitúo ante Cristo? ¿Cómo se situó Cristo ante Dios? El evangelio muestra que Jesús desde su bautismo se considera el Hijo amado del Padre. Es esa convicción el que lo lanza a la vida misionera. En ella va a encontrar una gran oposición que probablemente le suscitaría sus dudas e interrogantes. También los discípulos que lo acompañaban se vieron desorientados ante lo que decía y hacía. Empezaron a experimentar el escándalo de la cruz.

El escándalo de la cruz radica en el hecho de que el cristiano profesa que Dios ha salvado al mundo entregando su Hijo a la muerte por nosotros pecadores (Rom 8,31-34). El hecho de la muerte salvadora de Jesús se expresa en su resurrección, con la que el Padre legitima toda la aventura histórica de Jesús, sobre todo su obediencia filial hasta la muerte. Jesús fue siempre el Hijo amado del Padre y no un blasfemo.

La transfiguración de Jesús nos ayuda a seguir caminando en nuestra cuaresma con Jesús hacia Jerusalén para participar en su muerte y resurrección (Mc 9,1-9). No tiene nada de extraño que los discípulos no comprendieran su sentido y se preguntaran qué significaba “resucitar de entre los muertos”. Estaba claro que no se trataba de una resurrección de un muerto como  las que se cuentan en el Antiguo Testamento o las que realizó Jesús. En ellas, más que resurrección se trataba de una vuelta temporal a la vida para después volver a morir. La resurrección de Jesús, en cambio, significa la intervención definitiva de Dios para salvar a la humanidad. Jesús resucitado vive para siempre, para nunca más morir, y se ha convertido en causa de vida para todos los que creen en Él.

Cuando Jesús decidió ir a Jerusalén a confrontarse con las autoridades, sabía a lo que se exponía. Los discípulos creían ingenuamente que iba a hacerse con el poder. Jesús previendo el escándalo de su fracaso quiso  manifestarles que aquel fracaso era precisamente el camino para el triunfo de la resurrección. La maldad humana no puede hacer fracasar el plan de amor de Dios Padre respecto al mundo. Ese amor Dios manifestado en la entrega de su Hijo es causa de vida y de resurrección.

Esa fe en la resurrección está ya anticipada en la fe de Abrahán. Por eso toda fe significa creer que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y que con Él resucitaremos todos. Abrahán venció el miedo a la muerte, cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo  (Gn 22,1-18). Lo que cuenta es su obediencia de fe. Él estaba dispuesto a entregar a su hijo. Su acto anticipaba el acto mismo del Padre que sí que entregó a su Hijo a la muerte por nosotros. Abrahán no sólo recuperó a su hijo Isaac sino la promesa de toda una descendencia. La obediencia de Abrahán engendra vida. También el Padre rescató a su Hijo de la muerte y con Él toda una muchedumbre de hermanos, hijos en el Hijo.

La obediencia de Abrahán y de Isaac anticipan la obediencia filial de Cristo y su solidaridad con sus hermanos. A causa de esa obediencia amorosa, Jesús es la persona a la que debemos escuchar, a la que debemos obedecer, porque es Él el que nos enseña a abrirnos al Padre y a los demás. Nuestra vida cristiana se sitúa en ese contexto de alianza en el que se vive el amor de Dios manifestado de manera concreta en la entrega de su Hijo.

Nuestra respuesta es siempre una respuesta de obediencia filial. Se trata de escuchar, es decir de obedecer a Jesús en el que el Padre se nos hace presente. Esa fe se vive en el seguimiento de Jesús, caminando con Él hacia Jerusalén, compartiendo su estilo de vida y misión, que resultará siempre conflictivo para los poderosos de este mundo.  Nuestra vida así se va transformando, se va transfigurando. Que la celebración de esta eucaristía continúe realizando nuestra conversión cuaresmal, nuestra transformación profunda a imagen de Jesús.

 

 

 

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Tiempo de conversión

18 de febrero de 2018 – 1 Domingo de Cuaresma

 La mayor parte de nuestra vida pasa como si no ocurriera nada. Por eso nos acordamos de pocos acontecimientos de nuestra vida. A veces, sin embargo, hay experiencias profundas, positivas o negativas, que parecen contener toda una vida. El tiempo se concentra y se vuelve denso. La cuaresma es un momento privilegiado para vivir de manera concentrada todo el misterio de Cristo, sobre todo su misión. Ésta empieza con su bautismo y culmina con su muerte y resurrección. En el primer domingo de cuaresma actualizamos los inicios de su vida pública: su bautismo, las tentaciones en el desierto y el anuncio del Reino de Dios (Mc 1, 12-15).

El Espíritu Santo descendió sobre Jesús en el bautismo, capacitándolo para la misión, e inmediatamente lo llevó al desierto. Es así como Jesús va a templar sus armas para la lucha. El anuncio del Reino va a provocar una oposición total de las fuerzas del mal que se resisten a ser expulsadas de este mundo sobre el que ejercen su dominio. La misión de Jesús no va a ser fácil. La cercanía del Reino de Dios va a hacer que la batalla se vuelva más dura. La invitación de Jesús a convertirse y creer en el evangelio no va a resultar demasiado atractiva. Las fuerzas del mal acabarán liquidando a Jesús. Pero Jesús no va a estar solo en esa lucha. El desierto no es el lugar sólo del demonio y de los animales salvajes. Están también los ángeles dispuestos a ayudarlo. Dios que le ha confiado la misión de anunciar el Reino no lo dejará solo ante el peligro.

 

Jesús durante su estancia en el desierto debió debatirse entre dos alternativas mesiánicas, liberadoras de los hombres. Una era simplemente política y humana, la que le proponía Satanás, otra, la de Mesías sufriente, según el plan de Dios, a cuyo servicio están sus mensajeros los ángeles. Jesús se pasó un tiempo discerniendo y finalmente tomó la decisión de ponerse al servicio del Reino de Dios, invitando a la conversión y a creer en el evangelio. Rechazó las realizaciones espectaculares demasiado humanas y aceptó que su fracaso, a los ojos de los hombres, fuera el triunfo de Dios, que salvaba el mundo.

 

Los cristianos hemos tomado la misma decisión que Jesús en nuestro bautismo (1 Ped 3,18-22). Las aguas del bautismo, como un nuevo diluvio, han destruido el mundo del pecado y han salvado al creyente.  En el bautismo hemos renunciado a Satanás y hemos proclamado nuestra fe en Jesús. La conversión, a la que invita Jesús, implica esa ruptura con la vida anterior basada en miras puramente humanas. Creer en el evangelio significa creer en Jesús, pues Él es la Buena Noticia. El papa Francisco nos invita durante esta cuaresma a no dejar enfrían nuestra caridad siguiendo a los falsos profetas que nos ofrecen soluciones fáciles y atractivas aprovechándose de nosotros para sus intereses. Al final nos dejan en la estacada hundidos en nuestra desgracia y soledad.

 

En Jesús, Dios sale a nuestra encuentro y realiza la alianza definitiva con los hombres. Después de la experiencia tremenda que supuso el diluvio, el hombre necesitaba una garantía de que Dios no iba a destruir de nuevo la humanidad (Gn 9,8-15). Dios, con toda magnanimidad, y por propia iniciativa, sin exigir nada a cambio, se compromete a respetar su creación. Como signo que dé seguridad al hombre, elegirá el arco iris. Noé, salvado de las aguas, va a ser imagen de la salvación que Dios promete a su pueblo. Pidamos en esta eucaristía empezar con fe y ánimos decididos esta cuaresma en seguimiento de Cristo que camina hacia Jerusalén.

 

 

 

 

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Un leproso se acercó a Jesús

11 febrero de 2018 – Sexto Domingo Ordinario

 

Los hombres han tratado siempre de protegerse contra todo lo que amenaza su vida tranquila. Las enfermedades raras han provocado el que se confine a estos enfermos a determinados lugares lejos de la población. Se les dejaba a su destino pues al no recibir cuidados muy pronto acabarían muriendo. La falta de conocimientos médicos no permitía muchas veces distinguir entre una enfermedad contagiosa simplemente por el contacto y otra que solo se puede contraer en determinados casos.

La lepra fue considerada  hasta 1873 una maldición de dioses, o el castigo del pecado, o una enfermedad hereditaria. Actualmente está prácticamente controlada. En los comienzos de la aparición del SIDA, muchos pensaban ingenuamente que se transmitía simplemente por la cercanía a la persona y se tuvo miedo de acercarse a estos enfermos. Hoy día, gracias a los tratamientos médicos, no produce ya los estragos de hace treinta años.

No puede uno dejar de admirar la libertad con que Jesús se mueve entre las personas marcadas por la enfermedad o por la vida (Mc 1,40-45). Ni él tiene miedo de acercarse a los leprosos, ni los leprosos respetan la prohibición de acercarse a los hombres. Algo importante está ocurriendo con la venida del Reino de Dios, como algo importante sucedió cuando los médicos y enfermeras se atrevieron a tratar el SIDA y todos nosotros le perdimos el miedo. Ser excluido de la sociedad de los hombres como el leproso era ser condenado ya a  muerte. ¿Cómo curarte si no te dejan ir al encuentro de los que te pueden curar? Desgraciadamente en la vida social empleamos demasiadas veces la terminología médica: extirpar, arrancar de raíz todo lo que turba la vida social. Todo ello se traduce en la terrible exclusión que experimentan muchos hermanos nuestros.

Son nuestros miedos irracionales los que tantas veces no nos permiten vivir en paz juntos. Imaginamos al otro como una amenaza para nuestra vida, para nuestro bienestar. Unas veces la amenaza viene de los enfermos, otras de los pobres, otras de los emigrantes, otras de los que tienen otra religión. Todos son miedos que no nos dejan ser felices y que colocan al hombre contra el hombre. Las personas en la antigüedad veían en esas enfermedades el castigo de Dios por los pecados. Jesús, en cambio, se solidariza con todos los que sufren y hace suyo el sufrimiento de los demás. Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros pecados. A la petición del leproso, no le pone ninguna condición ni exigencia previa. Jesús lo cura porque ve que el leproso quiere ser curado y tiene confianza en el poder de Jesús. Luego sí, le recomienda que siga los pasos marcados por la Ley para poder de nuevo reintegrarse plenamente a la comunidad humana.

Son nuestros miedos personales los que tantas veces nos paralizan en nuestra vida y nos impiden integrarnos totalmente en la familia, en la comunidad, en la sociedad. A veces nos refugiamos en nuestra  madriguera a rascar nuestras heridas. Necesitamos que alguien nos libere de esa lepra interior y nos integre de nuevo en la comunidad de los salvados. Es nuestro pecado el que no nos permite estar en comunión con los demás y con Dios. Pidámosle a Jesús en esta Eucaristía que nos sane de nuestras enfermedades y nos ayude a ser instrumentos de paz y reconciliación en nuestro mundo. Lo pedimos por la intercesión de la Virgen de Lourdes hoy, en la Jornada Mundial del Enfermo.  El papa Francisco, con este motivo, nos recuerda que la Iglesia debe estar siempre al servicio de los enfermos y de los que los cuidan.

 

 

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La agenda de Jesús de Nazaret

4 de febrero de 2018 – Quinto Domingo Ordinario

El paro actual no sólo está golpeando económica y socialmente a las personas y familias. Está minando también la salud psicológica de los individuos, llevándolos a la depresión, a la pérdida del sentido de la vida, a la impresión de estar de más en el mundo, de ser objeto de descarte. El hombre necesita sentirse útil en la vida para tener una sana estima de sí mismo y abrirse a la aceptación y reconocimiento de los demás. La vida es un servicio (Job 7, 1-4. 6-7). A veces puede ser un duro trabajo, pero sólo así puede realizar su misión de hombre. Si uno ve que no te quieren en ninguna parte, es difícil creer que Dios te ame y se preocupe de ti. Jesús tiene conciencia de haber sido enviado por el Padre con la misión de anunciar el Reino y hacerlo presente con sus palabras y con sus obras (Mc 1,29-39). Eso da sentido a su vida. El Reino fue su pasión y Él fue un apasionado del Reino.

Jesús dejó su profesión de carpintero, que hasta entonces llenaba su día, pero su agenda contenía siempre un programa apretado. Por la mañana en la sinagoga, en donde cura un leproso, después comida en casa de Pedro. Pero la cocinera, la suegra de Pedro, estaba enferma. Jesús la curó y los servía, preparándoles la comida. Así es la venida del Reino. Cambia totalmente la situación de las personas. Personas, que antes no servían para nada, ahora sirven a los demás. A la puesta del sol, al empezar el nuevo día, la gente que se ha enterado del milagro, trae todos los enfermos y poseídos del demonio. Jesús curó a muchos, pues reparte a manos llenas lo que ha recibido del Padre. Jesús podía irse tranquilo a dormir. Pero en realidad durmió poco.

De madrugada se marchó a un descampado y allí se puso a orar. Sólo orando se puede entrar en el corazón de Dios y ver las cosas como Él las ve: con un corazón amoroso de Padre, que sufre al ver las desgracias de sus hijos. Jesús dedica tiempo a la oración para descubrir su misión e identificarse con ella. Sólo así se liberará de la tentación del activismo y de querer vivir en olor de multitudes.
Sus discípulos, en cambio, vienen a por él porque la gente se había puesto a buscarlo. Pero Jesús no se deja atrapar por el deseo de curar a todos. Sabe que la misión que el Padre le ha confiado es más compleja y difícil. Hay que anunciar la Buena Noticia también en los demás pueblos. El evangelio tiene un alcance universal. Lo primero que tiene que hacer es anunciarlo.

Es llamativo lo bien que Pablo asimiló esa conciencia misionera (1 Cor 9,16-23). También él está en misión, no por propia iniciativa, ni por el gusto de viajar por el mundo, sino simplemente porque le han confiado un encargo. Por eso tiene que realizarlo, incluso sin gusto y a pesar suyo. Es simplemente la conciencia de la responsabilidad y de la palabra dada. Bueno, y ¿cuál va a ser la paga? Ninguna. El anuncio del evangelio es un trabajo impuesto como el de un esclavo que no puede reclamar un salario a su Señor. Ni tan siquiera puede pedir que se lo agradezcan. Ha hecho lo que tenía que hacer. ¿Cuál es pues su recompensa? De manera provocativa Pablo dice que consiste en anunciar el evangelio gratuitamente renunciando a sus derechos.

Una persona libre como él se ha hecho esclavo, adaptándose a los demás. Así ha visto su vida transformada por ese evangelio que anuncia gratuitamente a los demás viviéndolo él mismo. Sí, la recompensa de anunciar el evangelio es darse cuenta que uno tiene que predicar con el ejemplo, y esa vivencia del evangelio te transforma, te hace ver la vida de otra manera. La libertad ya no es llevar uno la iniciativa en la vida sino estar disponible a lo que Dios y los demás pidan de uno. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros servidores entregados a anunciar el Evangelio.

 

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Una manera de enseñar nueva

28 de enero de 2018 – 4 Domingo Ordinario

Nos quejamos muchas veces de que la escuela transmite conocimientos teóricos inútiles que no preparan para la vida. Jesús causó gran impresión por su manera de enseñar y actuar. Los maestros de Israel interpretaban la Ley escrita y la ley oral que Moisés recibió de Dios en el monte Sinaí. Jesús, en cambio, no coloca al hombre ante la Ley sino directamente ante Dios. Aparecía como un hombre libre, tanto en sus opiniones como en su conducta (Mc 1,21-28).

Jesús, más que un maestro, que también lo era, se presenta como un profeta, con  la capacidad para hablar en nombre de Dios. Es sin duda un testigo de Dios pues tiene una experiencia única de Dios su Padre, de manera que no tiene que apelar a enseñanzas recibidas. No tenía tan siquiera necesidad de decir que lo que él enseñaba era “Palabra de Dios”, pues se la percibía inmediatamente como tal. Era sin duda el profeta definitivo anunciado por Moisés, a través del cual Dios no sólo revelaba su voluntad salvadora sino que hacía presente al mismo Dios salvando a su pueblo (Dt 18,15-20).

La palabra de Jesús tenía la misma autoridad y efectos que la palabra del mismo Dios. Era una palabra de salvación que hacía presente aquello que anunciaba. No era una palabra que simplemente transmitía información acerca de Dios o del mundo, sino que era una palabra-acción que realizaba la liberación prometida por Dios. Jesús era una persona con capacidad de hacer milagros, signos extraordinarios que, para los hombres de aquel tiempo mostraban que el Reino de Dios estaba irrumpiendo en la vida de los hombres.

Si Dios reina, ninguno otro puede usurpar su poder. Si Dios reina se realiza aquello de la creación: “vio Dios que todo era muy bueno”. Jesús toma sobre sí el empeño de vencer el mal a fuerza de bien. Lucha contra todo tipo de mal, de enfermedad, de miseria. Va a la curación global de la persona herida por tantos males, sobre todo por este mundo de pecado, por el propio pecado y por los que manejan la realidad del pecado al servicio del Príncipe de este mundo.

¿Cuáles son los demonios que mueven hoy día desde la sombra las cuerdas de las estructuras de pecado existentes que hacen infelices a los hombres? El mayor éxito del demonio es habernos hecho creer que no existe. Hemos interiorizado hasta tal punto este tipo de sociedad y de cultura en que vivimos que ya no somos capaces de salir de este círculo infernal, ni tan siquiera de darnos cuenta de que somos sus prisioneros. La Palabra de Dios es siempre el gran exorcismo que expulsa los poderes del mal. Cada vez que se proclama la Palabra de Dios los demonios huyen.

A la luz de la Palabra de Dios podemos comprender que Pablo, en medio de una cultura pagana, fascinada por la sexualidad, sea capaz de hacer la propuesta de una vida en celibato consagrado a aquellos que han recibido este don de Dios (1 Cor 7,32-35). Se trata de una propuesta contracultural, ayer como hoy.  En la celebración de la Eucaristía, Jesús nos libera y nos fortalece con su cuerpo y con su sangre para que salgamos victoriosos en todas nuestras luchas.

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El Reino de Dios está ahí

21 de enero de 2018 – Tercer Domingo Ordinario

 

Todos tenemos la impresión de estar viviendo unos cambios acelerados, algunos de los cuales nos han cogido de sorpresa en nuestro país y todavía no sabemos adónde nos llevarán. En realidad se está produciendo un cambio de época. Situaciones vividas durante varios siglos de pronto han sido cuestionadas y se ha creado una incertidumbre respecto al futuro.  Pero sobre todo nos vamos dando cuenta de que el modelo de civilización basado en el consumo sin límites ya no es sostenible.

También Jesús tuvo la impresión de que el tiempo se había acelerado y que se había cumplido el plazo (Mc 1,14-20). La historia había salido de su letargo y de pronto el Reino de Dios, que había animado la esperanza del pueblo durante siglos, estaba finalmente cerca. De la noche a la mañana todos los valores anteriores que habían sostenido la vida de los hombres, y también la de Jesús,  se habían vuelto viejos y pasados de moda porque estaba irrumpiendo otro tipo de valores acordes con los nuevos tiempos del Reino. Es verdad que la situación política y social bajo el imperio romano parecía sin fisuras pero los judíos estaban ya hartos pues vivían al límite de sus posibilidades. Esperaban que Dios interviniera y cambiara la situación.

Jesús se dio cuenta de que no bastaba cambiar de manera de vivir externamente. Era necesario cambiar la mentalidad para asimilar los nuevos valores. Hacía falta una conversión profunda, de corazón, espíritu y conducta, una ruptura con el pasado que amenazaba con dejar a muchas personas a la intemperie, sobre el vacío  y sin fundamentos. Pero no había alternativa. Para vivir la novedad de Dios había que morir a todo un sistema tradicional de creencias, de ritos y de obras.

El encuentro con el Reino de Dios hizo que los habitantes de Nínive se convirtieran y que se evitara la catástrofe (Jon 3,1-5.10). El encuentro con Jesús cambió la vida de aquellos pescadores que dejaron sus redes y su familia para hacerse discípulos suyos. Ya no pescarán más peces sino que “pescarán” hombres, es decir los salvarán del mar tempestuoso del error y de la perdición.

El nuevo principio que va a animar la vida del Reino y va a permitir asimilar los nuevos valores y que será uno de los valores supremos, será la fe. Para entrar en el Reino, hay que creer en Dios, que trae el Reino, hay que creer en Jesús y su Evangelio. Es la vida en torno a Jesús la que va a generar nuevos valores y la que permitirá vivirlos con actitudes nuevas. El único valor absoluto es la persona de Jesús, todos los demás son relativos. Las formas y apariencias de este mundo pasan (1 Cor 7,29-31). No se trata de negar el valor de los bienes de este mundo sino de situarlos en relación al verdadero Bien. Por eso uno no puede apegarse a ellos y hacer de ellos ídolos que ocupan el lugar de Dios.

El Beato Chaminade, cuya fiesta celebramos mañana, se dio cuenta de que los tiempos nuevos piden respuestas nuevas. Este año clausuramos el Bicentenario de la fundación de la vida religiosa marianista, de las religiosas Hijas de María Inmaculada y los religiosos de la Compañía de María. Durante estos dos últimos años hemos podido tomar conciencia de la actualidad del carisma marianista. En una civilización cada vez más individualista, centrada en la producción y consumo de bienes, la persona se pierde si no creamos una comunidad que pueda animar su fe. Por eso Chaminade fundó la Familia Marianista, para que fuera una comunidad en misión permanente, que invitara a los hombres a reunirse para construir el Reino. Que el Señor y la Santísima Virgen nos hagan fieles al carisma de nuestro Beato Fundador.

 

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Venid y veréis

14 de enero de 2018 – Segundo Domingo Ordinario

El próximo Sínodo sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, quiere escuchar a los jóvenes, tanto creyentes como no creyentes. Para ello se están organizando diversas encuestas a través de las redes y encuentros con ellos. En la reunión sinodal estarán los obispos pero también un grupo de jóvenes con derecho a voz de manera que la realidad de los jóvenes llegue a los padres sinodales. En el hemisferio Norte estamos totalmente desorientados ante nuestra impotencia para transmitir la fe a las nuevas generaciones. En nuestro país es algo que se viene experimentando ya desde hace medio siglo.

No se quiere hablar sólo de la vocación sacerdotal o a la vida consagrada sino de la vocación cristiana que se realiza también en el matrimonio o permaneciendo soltero. En todas las formas de vida cristiana es fundamental vivir la vida como respuesta a la llamada de Cristo. No sólo los jóvenes sino tampoco los adultos son capaces hoy día de reconocer la voz de Dios porque nunca lo han encontrado, o mejor nunca han sabido que era él el que hablaba. Dios, sin duda, llama pero las personas no han sido iniciadas en cómo reconocer su voz  (1 Sam 3,3-10.19). Hacen falta personas como el sacerdote Elí o Juan Bautista que sepan indicar claramente la presencia del Señor (Jn 1,35-42). ¿Dónde están esos testigos de la fe, esos pedagogos? Antes eran los padres, el sacerdote, los maestros, los religiosos. Ahora da la impresión de que todos hemos sido víctimas de esta cultura que crea un desierto espiritual. No existen iniciados y maestros espirituales. Curiosamente muchos, cuando buscan espiritualidad, se dirigen a los gurus orientales.

Dos de los primeros discípulos de Jesús tuvieron la suerte de tener ese maestro, Juan Bautista. Persona generosa y desprendida no los quiso retener con él sino que les indicó con quien podían encontrar verdaderamente el futuro. Juan y Andrés se quedaron con Jesús una vez que convivieron con él apenas unas horas (Jn 1,35-42). Fue tal el impacto y la alegría que causó Jesús en ellos, que Andrés inmediatamente se lo comunicó a su hermano Simón Pedro. El encuentro con el Mesías llenó de tal alegría su vida que no se lo pudo callar. Quiso compartirlo con el más cercano e hizo que  Pedro viniera a encontrarse con Jesús. Curiosamente Pedro no dijo nada ni sabemos qué es lo que experimentó; simplemente se quedó con el grupo. Pero Jesús lo empezó a considerar ya como la Piedra o fundamento de la futura comunidad de los discípulos una vez que Jesús haya desaparecido de entre ellos.

Hoy día nos interrogamos no sólo sobre la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas sino simplemente de cristianos. ¿Qué está pasando? Probablemente es la ausencia de invitación a “venid y veréis”, o la pobreza de experiencia de fe de nuestras comunidades, la causa del poco tirón que tenemos entre los jóvenes. La cultura actual es una cultura de la experiencia. Sólo cuenta aquello que se puede experimentar, ver, tocar, manipular y hacer interactivo. Sólo el compartir experiencias suscita la experiencia. ¿Tenemos alguna experiencia bella que compartir de encuentro con el Señor?

Las personas buscan encontrar al Señor, hacer una auténtica experiencia de Dios, pero una experiencia religiosa encarnada en la realidad de nuestro mundo, que no huya de los problemas en los que todos estamos inmersos. ¿Dónde existen esos laboratorios de experiencia cristiana en los que uno puede experimentar que el Señor sigue vivo entre nosotros?

La Familia Marianista quiere ser uno de esos laboratorios de experiencia de Dios, de un Dios descubierto actuando en el mundo, que lucha por establecer su Reino y que tiene necesidad de nosotros para conseguirlo. Que nuestro encuentro con Jesús en la eucaristía nos transforme y haga de nosotros testigos creíbles que son capaces de decir a los demás: “venid y veréis”.

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Este es mi Hijo Amado

7 de enero de 2018 – El Bautismo de Jesús

 

Hemos estado contemplando estos días a Jesús Niño. De pronto la liturgia nos presenta su bautismo, pero no de niño sino de adulto. Jesús eligió el ser bautizado. En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió la voz de Dios que lo proclamaba su Hijo Amado.

Esa conciencia de ser Hijo Amado del Padre es la que ha acompañado a Jesús a lo largo de toda su misión y de manera particular en el momento de su muerte (Is 42,1-7). En las manos del Padre encomendó su espíritu. En el bautismo de Jesús se muestra su unción por el Espíritu, que le capacita para realizar la misión que el Padre le ha encomendado (Mc 1,7-11). Se trata de pasar haciendo el bien, liberando a los oprimidos por el diablo (Hechos 10,34-38).

Jesús en su bautismo inaugura la irrupción del Reino de Dios y anticipa su Pascua, su éxodo, su ruptura con un mundo viejo y de pecado, para abrirse a la novedad del Reino. Hasta entonces Jesús había vivido tranquilamente junto a su madre en Nazaret. Pero el anuncio del Reino de Dios proclamado por Juan Bautista le hizo entrar en crisis y buscar una vida nueva. Dejó los valores tradicionales de la familia y la propiedad y se abrió a los valores del Reino que Él proclamará en las bienaventuranzas. Dejó una familia humana para crear en torno a Él una nueva familia de los que hacen la voluntad del Padre.

Jesús indicó esa ruptura con su bautismo. Se hizo solidario con toda la masa de pecadores que se hacía bautizar para prepararse a la venida del Reino. Tomó sobre sí el pecado del mundo para  sepultarlo en su muerte y sepultura. El meterse en el agua hasta por encima de la cabeza representaba la muerte y sepultura. En cambio el salir del agua representa la resurrección. Por eso es al salir del agua cuando se produce esa revelación del Espíritu y del Padre, al rasgarse los cielos.  Es introducido así en el mundo nuevo del Reino en el que todos somos hijos en el Hijo.

También el bautismo del cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento realizado en el bautismo es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Empezamos así a formar parte de la Iglesia, de la Familia de Dios. Somos hijos de Dios en Cristo Jesús, y herederos de la vida eterna. Esa vida está ya en germen en nuestra existencia y se manifiesta en la vivencia de los valores evangélicos que Jesús proclamó sobre todo en las bienaventuranzas.

¿Qué ha sido de nuestro bautismo? Quizás todavía no hemos sido  del todo conscientes de su significado. Nunca es tarde para enterarse y descubrir la maravilla de ser hijos de Dios. Porque somos hijos podemos participar en el banquete que el Padre prepara para su familia. Demos gracias a Dios porque nos ha adoptado como hijos en el Hijo Amado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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