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La vida no termina, se transforma

2 de noviembre de 2014 – Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

 

Nota: La celebración de todos los Fieles Difuntos no tiene unos textos propios sino que permite elegirlos entre los diversos textos propuestos para las misas de difuntos. Aquí comentamos Job 19,1.23-27; Rom 5,5-11 y Juan 6,37-40.

He tenido que acompañar en la hora de la muerte a parte de mi familia y varios de mis cohermanos religiosos. Ha habido al menos dos religiosos que nos han dejado un recuerdo imborrable porque ante un cáncer bastante rápido, hasta el último momento han estado dando gracias a Dios y a los demás por el don de la vida y todo lo que hemos recibido con ella. Teresa de Lisieux poco antes de morir decía: “No muero, entro en la vida”.

Creer en Jesús es encontrarse con la persona que es el camino, la verdad y la vida. Cuando uno ha empezado a vivir la vida de Jesucristo, uno está convencido de que esa vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios y el amor no muere. “Amar a alguien significa decirle: para mí tú no morirás nunca” (G. Marcel). Eso es lo que Dios y Jesús me susurran al oído cada vez que renuevo mi fe en ellos. Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina (Juan 6,37-40).

Cuando se está convencido de que “la vida no termina sino que se transforma”, como dice el prefacio de difuntos, uno no tiene miedo a dejar la vida. Puede incluso entregarla libremente como Cristo. Darla incluso a favor de sus enemigos (Rm 5,5-11). Es ese gesto de amor el que nos da la certeza de que nuestra esperanza no nos engaña. Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos estamos venciendo a la muerte y experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama.

Incluso el mismo Job que se pasa la vida debatiéndose con Dios, experimentando ya la muerte en vida, eleva su protesta porque está convencido de que su estado de miseria no puede ser la última palabra de Dios sobre él. Si así fuera sería un Dios irreconocible. Por eso desde su postración hace una profesión de fe en la vida con Dios (Job 19,1.23-27). “Sé que mi redentor está vivo”. Pues mientras hay vida hay esperanza. Si mi redentor está vivo, no dejará que yo me hunda en la muerte. El redentor es la persona de la familia que tiene que responder por ella, que tiene que salvarla y liberarla. Cristo nuestro Redentor ha respondido por todos nosotros. Ha respondido con su vida. Por eso nosotros podemos vivir con esperanza. Nuestra vida ha sido ya rescatada de la tumba.

Al celebrar la eucaristía, memorial de la salvación, celebremos esa salvación en la que ya han entrado nuestros seres queridos difuntos. La oración nos permite relacionarnos con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Ahora, aunque no los veamos, están mucho más presentes que cuando vivían pues no tienen las limitaciones del tiempo, del espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo son una presencia pura que irrumpe en nuestra existencia y transforma nuestra soledad y nuestra tristeza. Que ellos intercedan ante el Señor para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre.

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Una muchedumbre de santos

1 de noviembre de 2014 – Todos los Santos

Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. Por supuesto, tenían que ser poco numerosos y de otros tiempos en los que eran posibles esas hazañas. Gracias a Dios, en los últimos años hemos vivido la canonización o beatificación de personas muy cercanas al hombre de hoy y nos hemos dado cuenta de que los santos no han sido héroes sino simplemente testigos de Dios y de Jesucristo. Eso es lo que intentamos ser también nosotros. Por eso la santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio con su sangre. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos.

La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos. Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

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El mandamiento principal

26 de octubre de 2014 – 30 Domingo Ordinario
El volumen de conocimientos de nuestro tiempo está a disposición de todos en Internet. Muchas veces aceptamos sin crítica lo que allí se dice, pues no tenemos tiempos ni ganas para una información más matizada. En tiempos de Jesús, la Biblia era una buena enciclopedia de todos los saberes divinos y humanos. A la mayoría de los judíos debía parecer ya demasiado compleja. Nada extraño que los doctores de la ley intentaran buscar un hilo conductor en ese inmenso laberinto. La pregunta sobre el mandamiento principal no es simplemente un intento de concentrar la moral bíblica en él, sino que en él se resume también toda la historia de la salvación.

La respuesta de Jesús supone una reflexión e interpretación personal ya que no corresponde al texto del llamado decálogo o diez mandamientos, sino que toma otros textos de la Escritura, en particular el “shema Israel”, confesión de fe tradicional entre los judíos del tiempo de Jesús. En ella se profesa la unicidad de Dios y la obligación de un amor total (Mt 22,34-40). Se supone sin duda que ese Dios es alguien con el que uno está familiarizado y es el que ha liberado a Israel de Egipto y ha hecho alianza de amor con su pueblo.

Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto, que exige abandonar los ídolos (1 Tes 1, 5c-10). Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. En esta alianza es Dios el que ha tenido la iniciativa. Nuestro amor es una respuesta al que nos amó primero.

Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita el mandamiento principal sino que menciona dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre (Ex 22,20-26).

En esas relaciones de amor, hay también un sitio para amarse a sí mismo sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo comentaba alguien significa: amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo, y porque Dios lo ama mucho. El amor es la clave de comprensión de toda la Escritura, de la Ley y los Profetas, que tratan de explicitar las exigencias del amor en las diversas situaciones de la vida. En realidad la Escritura, como historia de la salvación, es esa gran novela del amor de Dios, con sus alegrías y frustraciones. Ese amor se derrama a raudales cuando Dios en Jesús se hace Eucaristía y sella la nueva alianza en su sangre.

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Dad al César lo que es del César

19 de octubre de 2014 – 29 Domingo Ordinario

 

Todos hoy día consideramos normal la separación de la Iglesia y el estado. Incluso nos gustaría también la separación entre el poder político y el económico. Jesús se vio atrapado en una realidad en la que se confundían todos los poderes, religioso, político y económico, y en el fondo todos estaban para exprimir al pueblo. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella realidad, que al final lo condenará a muerte.

En la cuestión de los impuestos, Jesús no cayó en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.

Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Poder romano y poder judío estaban de acuerdo en explotar al pueblo para sus propios intereses. Jesús denunciará a los fariseos, a los herodianos, a los sacerdotes y su feudo el templo, convertido en una especie de banco de transacciones económicas. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.

Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres.

Hoy hay dos acontecimientos eclesiales que merecen nuestra atención. En primer lugar es el Día de las Misiones que nos invita a solidarizarnos, también económicamente, con las Iglesias nacientes en países pobres. El mensaje del papa insiste en la alegría, tal como lo había hecho ya en la exhortación pastoral “La alegría del Evangelio”. El que se ha encontrado con Cristo experimenta una alegría tal que no se la puede guardar para sí, sino que quiere compartirla con los demás. Es lo que hacemos los misioneros, en tierra de misiones o en nuestros ambientes.

Hoy tiene lugar en Roma la Beatificación del Papa Pablo VI, persona tan maltratada en su tiempo, pero que se ha ido agigantando. Él consideraba a los misioneros como “las pupilas de sus ojos”. Jugó un papel importante en el concilio Vaticano II y en su puesta en práctica. Él orientó a la Iglesia hacia Cristo y hacia el mundo para evangelizarlo. Que la celebración de la eucaristía nos llene de alegría para testimoniarla ante los demás.

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Se marcharon a sus negocios

12 de octubre de 2014 – 28 Domingo Ordinario

 

Desde hace ya más de veinte años, las encuestas tienden a confirmar la nueva escala de valores de los españoles: familia, trabajo, amigos, tiempo libre, religión, política. La religión institucionalizada, es decir la Iglesia, goza cada más de menor prestigio, al margen del aprecio por el papa Francisco. Sólo la institución de Cáritas goza de aprecio y credibilidad de pare de los españoles. A la importancia dada a cada una de las realidades corresponde la dedicación de nuestro tiempo. Nuestro empleo del tiempo indica claramente la jerarquía de valores que tenemos. Dedicamos tiempo a aquello que nos parece importante para la realización de nuestra vida. No tenemos tiempo para los demás, a pesar de los mensajes continuos del móvil. Dedicamos demasiado tiempo a las cosas porque el valor supremo de nuestra cultura es tener cosas, consumir y disfrutar cosas.

Tampoco los de la parábola que hemos leído tienen tiempo (Mt 22,1-14). Los invitados tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas. Consideran que la invitación a entrar en la intimidad de Dios no merece la pena, no añade nada a lo que uno tiene, incluso puede resultar un tanto aburrida. Por eso se van a sus tierras y a sus negocios. Algunos incluso se sienten molestos con los que vienen a invitarlos y los maltratan hasta matarlos. En el fondo son personas incapaces de disfrutar con los demás. No quieren fiestas. Les parece que la vida es un asunto demasiado serio para dedicarse a celebrar. Y probablemente los cristianos seguimos siendo demasiado serios. Se nos ve poco resucitados y así nos va. Probablemente hemos olvidado que el cristianismo es una fiesta y nos hemos quedado tan sólo en las exigencias morales, en las leyes y normas. Jesús aparece constantemente en el evangelio comiendo con todo tipo de personas, celebrando la reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos. El Dios de Jesús hace siempre fiesta cada vez que un pecador se convierte.

Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad. Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.

La Familia Marianista celebra hoy de manera especial la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Nuestro Fundador, el Beato Chaminade, llegó exiliado a Zaragoza el 11 de octubre de 1797. Probablemente no venía con muchas ganas de fiestas, pero la presencia de María en su vida confortaría sus tres años de destierro. Y sobre todo allí creemos que recibió su inspiración: crear la Familia Marianista como medio de reconstruir la Iglesia, no sólo en Francia sino en el mundo entero. Nos consideramos felices de haber recibido la invitación a vivir el carisma marianista que es un don de Dios para el bien de toda la Iglesia y damos gracias a Dios en la Eucaristía.

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La piedra angular

5 de octubre de 2014 – 27 Domingo Ordinario

Aunque muchas personas siguen sintiendo una gran simpatía o admiración por Jesús, eso no les lleva a un encuentro personal con él. Tampoco todos los que admiran al papa Francisco dan el paso a querer vivir como él. Nuestro mundo sigue cultivando, sin duda, valores típicamente cristianos como la libertad, la justicia, la solidaridad. De ello debemos alegrarnos. Pero estos valores no pueden florecer en un árbol que ha perdido sus raíces cristianas. Es verdad que se trata de valores humanos, que no son monopolio de los cristianos, sino que están en el corazón de cada hombre, puestos por el mismo Dios. Pero son valores frágiles, que fácilmente son víctimas del egoísmo humano.

La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) es en cierto sentido una imagen del hombre de hoy que construye un mundo de espaldas a Dios. En la parábola, el dueño de la viña va a intervenir para castigar a aquellos asesinos, y se supone que así lo hará. Pero quizás si el mismo dueño de la viña se hubiera presentado, en lugar de su hijo, los viñadores lo hubieran liquidado también a él. Nuestro mundo en cierto sentido ha llevado a cumplimiento esa empresa: quitarle a Dios el dominio sobre el mundo y sobre el hombre que ha creado. El hombre quiere usurpar el lugar que pertenece solamente a Dios y erigirse él mismo en dueño absoluto sobre su vida y sobre las de los demás. Y así nos va. Como decía el profeta Isaías: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5,1-7).

El hombre ha descartado de la construcción del mundo la piedra angular, Jesús. ¿Podremos ir muy lejos en la construcción o terminaremos como la torre de Babel? Nuestra cultura y convivencia democrática se basa en una serie de valores compartidos que tienen un indudable origen cristiano, aunque lo hayamos olvidado. El olvido de la historia nos puede llevar a repetir los mismos errores del pasado. San Pablo recuerda esos valores: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Filp 4,9).

¿Pero pueden esos valores seguir floreciendo desarraigados de la tierra en que crecieron? ¿Podemos quedarnos con la herencia del cristianismo sin querer ser y vivir como cristianos? La historia está mostrando cómo al perderse el sentido de Dios se pierde también el sentido del hombre. Querer organizar la sociedad como si Dios no existiera lleva a organizarla como si el hombre no existiera. La vida social y económica no está al servicio del hombre, de todos los hombres, sino al servicio del lucro y ganancia de unos pocos.

¿Por qué tiene miedo el mundo a Cristo? Algunos ven en Él una amenaza para la libertad del hombre. Es verdad que muchas veces en nombre de la fe cristiana la Iglesia se ha opuesto a las verdaderas libertades. Es necesario pedir perdón por ello y evitar que se repitan esas situaciones. Jesús es sin duda el heredero del Padre, pero no es un heredero egoísta sino que ha hecho de todos nosotros, sus hermanos, coherederos del Reino. El no nos quita nada, sino que al contrario nos da todo lo que tiene. No tengamos, pues, miedo. Abramos las puertas al Redentor. Abramos también las puertas a todos los hombres. No tengamos miedo pensando que pueden quitarnos la herencia del bienestar que hemos construido con nuestros sudores.

Celebrar la eucaristía significa sentarse todos a la misma mesa en torno a Jesús, modelo de la humanidad nueva y redimida, que nos libera de todo lo que de inhumano hay en el mundo y en la historia. Colaboremos con él para implantar ese Reino nuevo centrado en el hombre, como hijos de Dios y hermanos en Cristo.

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Hacer la voluntad del Padre

28 de septiembre de 2014 – 26 Domingo Ordinario

A menudo, como señala el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium, en nuestros proyectos pastorales formulamos objetivos ambiciosos sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos. Al final todo se queda en mera fantasía, en palabras y sentimientos, que dejan las cosas como están. Así resume Jesús la historia de los dirigentes del pueblo de Israel, a los que tantas veces los profetas habían exhortado a convertirse y hacer el bien (Mt 21,28-32).

Los profetas son conscientes de que con nuestras acciones decidimos nuestro destino eterno. Los oyentes prefieren seguir anclados en las seguridades que da el ser miembros del pueblo elegido y critican a Dios, que ha hecho que cada uno sea artífice de su propia persona (Ez 18,25-28).

La fe cristiana es ante todo un encuentro con Cristo y no una ideología o una doctrina teórica. La fe es un puro espejismo si no actúa a través del amor. Lo que no se traduce en la vida no cuenta. Son las decisiones y las acciones las que cambian la realidad. Sin duda que las acciones son fruto de un pensar y un desear. A través de la parábola de los dos hijos se pone al descubierto la vida del hombre. El primero da buenas palabras a su padre, pero no hace lo que el padre quiere. El segundo empieza con una negativa pero al final hace lo que el padre le manda. Sólo él ha hecho lo que el padre quería.

Es verdad que a nosotros nos queda la sospecha de si su obediencia fue un mero hacer externo, una pura sumisión o si verdaderamente entró en el corazón del padre para querer lo que el padre quería. El evangelio da por supuesto que si hizo lo que el padre mandaba, éste estaba contento de su hijo. De lo contrario habría sido una desobediencia deshumanizadora de simple imposición del más fuerte. No es eso lo que el padre quería. El padre quiere que el hijo se dé cuenta de que está buscando su bien y de que actúe en consecuencia por amor y no por temor al padre.

Sin duda que la verdadera obediencia aparece tan sólo realizada en la persona de Jesús. Por amor y obediencia al Padre, Jesús se encarna para realizar el proyecto divino de salvar a los hombres. Jesús, que era Dios, en vez de vivir como Dios, optó por vivir como un hombre cualquiera, pobre y humilde. Sobre todo aceptó por los demás la muerte más deshonrosa, típica de un esclavo, la muerte de cruz (Filp 2,1-11).

La comunión de vida, de sentimientos y pensamientos entre Cristo y el Padre es total. La obediencia de Jesús es una expresión de su amor filial al Padre. No es simple realización externa de lo mandado sino que entra en una comunión de pensamientos y sentimientos y descubre que el Padre quiere siempre lo mejor para él.

Nuestra obediencia muchas veces está hecha de buenas palabras, de rechazos y de aceptaciones, pues estamos marcados por el pecado. Pidamos en esta eucaristía entrar en la obediencia de Cristo para hacer la voluntad del Padre siempre con alegría.

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Nadie nos ha contratado

21 de septiembre de 2014 – 25 Domingo Ordinario

 

Las noticias sobre la mejora de la situación económica del país sirven de poco consuelo a los que siguen sin encontrar trabajo. El paro sigue siendo el mayor problema para las familias. Sobre todo para los jóvenes que ven el futuro totalmente bloqueado. Ante esa situación, se pierden las ganas de estudiar al constatar de que prácticamente las cosas están tan difíciles para los que tienen estudios como para los que no los tienen.

También en tiempo de Jesús los hombres se arracimaban ociosos en la plaza a ver si alguien venía a ofrecerles trabajo (Mt 20,1-16). La invitación de Jesús es reconfortante porque sigue ofreciendo trabajo en su viña. En la viña del Señor, en su Iglesia, no hay paro. Al contrario, hay mucho trabajo y pocos trabajadores.

¿Qué es lo que está pasando? Probablemente muchos consideran que el trabajo en la Iglesia está mal remunerado para las exigencias que impone y sin perspectivas de ascenso y consideración social. El dueño de la viña no parece un buen pagador y desde luego hoy día habría corrido el riesgo de no convencer a ninguno a ir a trabajar a su campo.

El dueño de la viña, dando la misma paga a todos, parece que quiso asegurar una especie de salario mínimo que garantice a cada persona poder vivir con dignidad junto con toda su familia. El Señor parece hacer una opción a favor de la igualdad en vez de favorecer las horas extras o el grado de rendimiento. Es verdad que una vez más la lógica del evangelio no es la de nuestros especuladores, que buscan únicamente el lucro. Nuestra manera de actuar está muy lejos del estilo de Dios, de sus planes y caminos (Is 55,6-9).

Es una maravilla el que Dios haya querido tener necesidad de los hombres para poder realizar su misión de establecer el Reino. Llama a todos y nunca es tarde para incorporarse a esta tarea. Las generaciones actuales tenemos la responsabilidad de asegurar el futuro de la Iglesia, llamando a las generaciones más jóvenes. Éstas siguen siendo generosas cuando se les presenta una misión que merezca la pena, en la que esté en juego el futuro del hombre, de la humanidad y del planeta tierra. Tendremos que seguir preguntándonos por qué nuestras iglesias se van quedando vacías de jóvenes.

El ejemplo de Pablo es admirable (Filip 1, 20c-24. 27ª). Ha dedicado toda su vida a los demás para que sus fieles puedan llevar una vida digna del evangelio de Cristo. En la vejez pudiera pensar en un retiro cómodo e incluso considerar la muerte como una liberación de los trabajos y sobre todo como el ansiado encuentro con Cristo. Pero ahí lo tenemos dispuesto a seguir dando el callo porque sigue siendo necesario a los demás. Es lo que veo también en tantos de nuestros sacerdotes y religiosos que han superado ampliamente la edad de jubilación y siguen ahí en la brecha, porque consideran que su servicio a los demás es necesario para que los fieles puedan llevar una vida digna del evangelio. Pidamos en esta Eucaristía que el Señor siga enviando obreros a su viña.