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Hacer la voluntad del Padre

28 de septiembre de 2014 – 26 Domingo Ordinario

A menudo, como señala el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium, en nuestros proyectos pastorales formulamos objetivos ambiciosos sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos. Al final todo se queda en mera fantasía, en palabras y sentimientos, que dejan las cosas como están. Así resume Jesús la historia de los dirigentes del pueblo de Israel, a los que tantas veces los profetas habían exhortado a convertirse y hacer el bien (Mt 21,28-32).

Los profetas son conscientes de que con nuestras acciones decidimos nuestro destino eterno. Los oyentes prefieren seguir anclados en las seguridades que da el ser miembros del pueblo elegido y critican a Dios, que ha hecho que cada uno sea artífice de su propia persona (Ez 18,25-28).

La fe cristiana es ante todo un encuentro con Cristo y no una ideología o una doctrina teórica. La fe es un puro espejismo si no actúa a través del amor. Lo que no se traduce en la vida no cuenta. Son las decisiones y las acciones las que cambian la realidad. Sin duda que las acciones son fruto de un pensar y un desear. A través de la parábola de los dos hijos se pone al descubierto la vida del hombre. El primero da buenas palabras a su padre, pero no hace lo que el padre quiere. El segundo empieza con una negativa pero al final hace lo que el padre le manda. Sólo él ha hecho lo que el padre quería.

Es verdad que a nosotros nos queda la sospecha de si su obediencia fue un mero hacer externo, una pura sumisión o si verdaderamente entró en el corazón del padre para querer lo que el padre quería. El evangelio da por supuesto que si hizo lo que el padre mandaba, éste estaba contento de su hijo. De lo contrario habría sido una desobediencia deshumanizadora de simple imposición del más fuerte. No es eso lo que el padre quería. El padre quiere que el hijo se dé cuenta de que está buscando su bien y de que actúe en consecuencia por amor y no por temor al padre.

Sin duda que la verdadera obediencia aparece tan sólo realizada en la persona de Jesús. Por amor y obediencia al Padre, Jesús se encarna para realizar el proyecto divino de salvar a los hombres. Jesús, que era Dios, en vez de vivir como Dios, optó por vivir como un hombre cualquiera, pobre y humilde. Sobre todo aceptó por los demás la muerte más deshonrosa, típica de un esclavo, la muerte de cruz (Filp 2,1-11).

La comunión de vida, de sentimientos y pensamientos entre Cristo y el Padre es total. La obediencia de Jesús es una expresión de su amor filial al Padre. No es simple realización externa de lo mandado sino que entra en una comunión de pensamientos y sentimientos y descubre que el Padre quiere siempre lo mejor para él.

Nuestra obediencia muchas veces está hecha de buenas palabras, de rechazos y de aceptaciones, pues estamos marcados por el pecado. Pidamos en esta eucaristía entrar en la obediencia de Cristo para hacer la voluntad del Padre siempre con alegría.

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Nadie nos ha contratado

21 de septiembre de 2014 – 25 Domingo Ordinario

 

Las noticias sobre la mejora de la situación económica del país sirven de poco consuelo a los que siguen sin encontrar trabajo. El paro sigue siendo el mayor problema para las familias. Sobre todo para los jóvenes que ven el futuro totalmente bloqueado. Ante esa situación, se pierden las ganas de estudiar al constatar de que prácticamente las cosas están tan difíciles para los que tienen estudios como para los que no los tienen.

También en tiempo de Jesús los hombres se arracimaban ociosos en la plaza a ver si alguien venía a ofrecerles trabajo (Mt 20,1-16). La invitación de Jesús es reconfortante porque sigue ofreciendo trabajo en su viña. En la viña del Señor, en su Iglesia, no hay paro. Al contrario, hay mucho trabajo y pocos trabajadores.

¿Qué es lo que está pasando? Probablemente muchos consideran que el trabajo en la Iglesia está mal remunerado para las exigencias que impone y sin perspectivas de ascenso y consideración social. El dueño de la viña no parece un buen pagador y desde luego hoy día habría corrido el riesgo de no convencer a ninguno a ir a trabajar a su campo.

El dueño de la viña, dando la misma paga a todos, parece que quiso asegurar una especie de salario mínimo que garantice a cada persona poder vivir con dignidad junto con toda su familia. El Señor parece hacer una opción a favor de la igualdad en vez de favorecer las horas extras o el grado de rendimiento. Es verdad que una vez más la lógica del evangelio no es la de nuestros especuladores, que buscan únicamente el lucro. Nuestra manera de actuar está muy lejos del estilo de Dios, de sus planes y caminos (Is 55,6-9).

Es una maravilla el que Dios haya querido tener necesidad de los hombres para poder realizar su misión de establecer el Reino. Llama a todos y nunca es tarde para incorporarse a esta tarea. Las generaciones actuales tenemos la responsabilidad de asegurar el futuro de la Iglesia, llamando a las generaciones más jóvenes. Éstas siguen siendo generosas cuando se les presenta una misión que merezca la pena, en la que esté en juego el futuro del hombre, de la humanidad y del planeta tierra. Tendremos que seguir preguntándonos por qué nuestras iglesias se van quedando vacías de jóvenes.

El ejemplo de Pablo es admirable (Filip 1, 20c-24. 27ª). Ha dedicado toda su vida a los demás para que sus fieles puedan llevar una vida digna del evangelio de Cristo. En la vejez pudiera pensar en un retiro cómodo e incluso considerar la muerte como una liberación de los trabajos y sobre todo como el ansiado encuentro con Cristo. Pero ahí lo tenemos dispuesto a seguir dando el callo porque sigue siendo necesario a los demás. Es lo que veo también en tantos de nuestros sacerdotes y religiosos que han superado ampliamente la edad de jubilación y siguen ahí en la brecha, porque consideran que su servicio a los demás es necesario para que los fieles puedan llevar una vida digna del evangelio. Pidamos en esta Eucaristía que el Señor siga enviando obreros a su viña.

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Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su propio Hijo

14 de septiembre de 2014 – Exaltación de la Santa Cruz

Aunque la imagen de la cruz haya llegado a incorporarse como elemento decorativo, incluso para los no creyentes, su contenido continúa siendo un escándalo. Incluso los creyentes, ante la realidad del sufrimiento, reaccionamos pensando que algo no funciona en Dios. Si nosotros fuéramos los creadores y administradores del mundo, éste funcionaría mejor y no habría tantas desgracias.

El escándalo sube de tono cuando la fe nos proclama que Dios ha querido salvar al mundo precisamente con la cruz y no con un despliegue de sabiduría y de poder. El sentido de la cruz ha cambiado totalmente a partir de la muerte de Cristo. Ha dejado de ser el suplicio infame, propio de esclavos para ser la revelación del amor de Dios y de Cristo (Juan 3,13-17). La cruz ya no es instrumento de condena sino de salvación. La fuerza de la serpiente ha sido totalmente vencida. Sus mordiscos ya no pueden hacernos daño (Nm 21,4-9).

El amor auténtico, el amor cristiano, es un amor crucificado. Es un movimiento que nos lleva a salir de nosotros mismos y dar la vida por los demás. El valor salvador de la muerte de Cristo no viene de sus sufrimientos y padecimientos sino de su inmenso amor al Padre y a los hombres. Ni Dios ni Jesús querían los sufrimientos ni quieren nuestros sufrimientos, pero su amor es tan grande que es capaz de cambiar el sufrimiento en fuente de vida. El odio de los verdugos es vencido con la fuerza del amor.

Muerte y resurrección van estrechamente unidas. Querer llegar a la vida sin pasar por la pasión es totalmente ilusorio. Muerte y resurrección son las dos dimensiones inseparables, como las dos caras de una moneda, del misterio de Cristo. El misterio de Cristo es presentado como un doble movimiento, de descenso y ascensión, de humillación y exaltación (Filip 2,6-11). El segundo es consecuencia del primero, la resurrección es efecto de la pasión. Ésta es centro de ambos movimientos. En ella Jesús toca fondo en su humillación y al mismo tiempo experimenta la fuerza de la glorificación, como cuando una pelota da un bote y rebota hacia lo alto.

En el movimiento de humillación o vaciamiento de sí mismo el sujeto es Jesús que emprende ese camino de abajamiento marcado por tres etapas. Siendo Dios, se hace hombre, pero no un hombre rico y distinguido sino un hombre cualquiera. Como todo hombre se hace obediente hasta la muerte, pero en este caso una muerte infame, la de la cruz. De esa manera Jesús se ha solidarizado con todo hombre, incluso con el esclavo y el que aparentemente ha perdido su dignidad humana con una muerte infame.

En el movimiento de ascensión y glorificación ya no es Jesús el sujeto activo sino que lo es Dios Padre. Es Dios el que lo exalta y le concede la dignidad misma de Dios, el nombre de “Señor” con el que se traduce el nombre de Yahvé. Como Dios, también Jesús es adorado en cielo y tierra. Hoy nosotros adoramos una vez más su cruz gloriosa como manifestación de su amor por nosotros. Al anunciar su muerte proclamamos también su resurrección que transforma totalmente nuestras vidas.

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La corrección fraterna

7 de septiembre de 2014 – 23 Domingo Ordinario

“Déjame en paz, que no me quiero salvar”, decía la canción. Hoy día, en nombre de una tolerancia mal entendida, no queremos que nadie se meta en nuestras vidas ni nosotros queremos meternos en la vida de los demás. Se cree ingenuamente que las acciones individuales no tienen consecuencias para la comunidad. La realidad es que tanto el bien como sobre todo el mal nos salpican a todos porque los hombres no somos islas. Dios nos ha hecho responsable de la vida de los demás (Ez 33,7-9). En nuestras conciencias debiera estar resonando constantemente la pregunta de Dios: ¿”Dónde está tu hermano”? (Gn 4,9).

Muchas veces es posible que la persona haga el mal sin saber que lo está haciendo. La actitud cristiana, basada en el amor, es la de la corrección fraterna. El amor cristiano no sólo implica no hacer mal al otro, sino que pide de nosotros el buscar el bien de los demás. Cuando uno ve que una persona no vive de acuerdo con las exigencias cristianas que ha abrazado, con toda humildad, se le debe corregir (Mt 18,15-20).

En este momento las familias están desorientadas pues se ha producido una brecha generacional. Los mayores siguen más o menos vinculados a la moral cristiana mientras las generaciones más jóvenes se han desmarcado totalmente de toda orientación moral tradicional y cada uno se fabrica un traje a su medida. Por la paz en la familia se guarda silencio sobre todos estos temas; no pocas veces también se sufre en silencio.

Uno de los problemas actuales candentes es la llamada “emergencia educativa”. Las escuelas que tradicionalmente colaboraban con las familias para educar integralmente a los niños y jóvenes suelen reducir hoy día su tarea a lo meramente académico. Si la familia y la escuela dimiten de sus responsabilidades, se corre el peligro de continuar teniendo grandes grupos de personas totalmente desorientadas en la vida.

En nombre del amor cristiano, debemos intervenir en la vida pública y contribuir a crear una cultura que posibilite una civilización del amor. Nuestra condición de profetas, que han hecho la experiencia de Dios, nos lleva a ser centinelas que advierten de los peligros que amenazan a nuestros contemporáneos. El evangelio denuncia las falsas salvaciones que nos fabricamos los hombres buscando nuestros intereses. Al mismo tiempo el evangelio hace presente en nuestro mundo la salvación de Dios.

La crisis que estamos viviendo no es simplemente económica. Es una crisis moral, una crisis de valores. Están desapareciendo de la escena pública los valores que han dado sentido a la democracia. Los cristianos no podemos quedarnos cruzados de brazos ante esta realidad. Debemos infundir espíritu y esperanza de manera que se pueda construir una auténtica civilización del amor.

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Cargar con la cruz y seguir a Jesús

31 de agosto de 2014 – 22 Domingo Ordinario

Desde el principio la muerte de Jesús en la cruz fue la piedra de escándalo que echaba para atrás tanto a judíos como paganos. Anunciar a un crucificado era estar condenado al fracaso. Cuando Jesús anunció su pasión, Pedro se escandalizó y se opuso rotundamente (Mt 16,21-27). Mereció que Jesús le llamara nada menos que “Satanás”, es decir demonio tentador que se convierte en ocasión de tropiezo y escándalo. Poco antes Pedro había reconocido a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios. En su perspectiva puramente terrena era muy difícil de digerir el destino doloroso y escandaloso de un Mesías sufriente. Por eso Jesús ahora, en vez de llamarle, “Roca”, le llama piedra de tropiezo.

Algunos testigos privilegiados de nuestra historia de salvación nos muestran cómo es posible transformar en fuente de vida el sufrimiento si lo vivimos con amor y nos abrimos al sufrimiento de los demás. Algunas veces no cabe más remedio que protestar ante Dios y quejarse de Él, dispuestos siempre a acoger su revelación y a descubrir que Él tiene la capacidad de transformar nuestras vidas aunque ello implique muchas veces el sufrir (Jeremías 20,7-9). Dios no quiere el sufrimiento y, sin embargo, no se lo evitó a su Hijo, al que tampoco le agradaba el pasarlo mal. La confianza amorosa en el Padre le daba la convicción de que Dios tenía la última palabra sobre la vida y la muerte y que esa palabra sería el amor. Eso le permite a San Pablo animarnos a ofrecer nuestras personas como una ofrenda viva (Rom 12,1-2)

La locura de la cruz se manifestó, en efecto, como la gran sabiduría a través de la cual Dios salvó al mundo. Es posible que en nuestra historia la presencia del crucificado, al menos como espectáculo de Semana Santa, haya podido consolar a muchos y ayudarles a llevar su cruz. La cruz de Jesús ha transfigurado nuestras cruces pues ya no las llevamos solos sino que vamos acompañando a Jesús. Pero son muchos los que hoy sienten dificultad para cantar a ese Jesús del madero. Nuestra cultura esquiva la realidad del sufrimiento y de la muerte.

La cruz, sin embargo, como resumen de todas nuestras debilidades, como el lado oscuro de nuestra existencia, nos acompaña constantemente. Todos queremos mostrar siempre a los demás el lado de luz de nuestras personas, nuestras capacidades y nuestros logros. Intentamos, en cambio, esconder nuestras sombras porque nos hacen vulnerables. El destino de Jesús, el pasar a través de la pasión para llegar a la resurrección, nos muestra el camino para transformar nuestras debilidades y fracasos, nuestras heridas e incluso pecados, en fuente de vida. La cruz de Jesús no puede ser nunca la justificación del dolor y de la opresión existentes en nuestro mundo. Al contrario, es la gran denuncia. Jesús asumió voluntariamente la cruz para que no haya ya más crucificados en nuestro mundo.

Sólo perdiendo la vida, es decir, dándola, se llega a la verdadera vida. Cuando uno se empeña en perseguir la vida, en querer vivir a tope, muchas veces uno acaba echando a perder la vida. La vida está para darla. Es lo que experimentan sobre todo los esposos cristianos, pero también multitud de personas que tratan de vivir para los demás en vez de estar siempre centrados egoístamente en sí mismos. Que la participación en la eucaristía nos lleve a entregar la vida al servicio de los demás.

 

 

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Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo

24 de agosto de 2014 – 21 Domingo Ordinario

La persona de Jesús sigue atrayendo el interés de nuestros contemporáneos, como lo prueban las repetidas películas. Pero este interés no pasa de ser anecdótico y representa una de tantas figuras famosas del pasado, como ya creían los contemporáneos de Jesús. Veían en Él una reencarnación de alguno de los grandes profetas como Jeremías o Juan Bautista. Por eso Jesús se encara con sus discípulos para que ellos den una respuesta personal y no simplemente aprendida en la historia o la catequesis.

Fue Pedro el que entrevió y confesó el misterio de Jesús, el Hijo de Dios vivo. La respuesta de Pedro no era de las de manual sino inspirada directamente por el Padre. Aun así la continuación del evangelio mostrará que Pedro entendía el mesianismo de Jesús de una manera excesivamente política, como muchos de sus contemporáneos, que esperaban una liberación del poder de los romanos (Mt 16,13-20). Como ya el papa Benedicto insistía y el papa Francisco ha repetido nadie llega a ser cristiano porque ha leído el catecismo sino porque se ha encontrado personalmente con Cristo. El que ha hecho esta experiencia se siente fascinado por Jesús, quiere vivir como él y está dispuesto a entregar su vida por él.

Los creyentes necesitamos profesar comunitariamente nuestra fe, que nos une como Iglesia. Lo importante no son las fórmulas en sí sino la realidad a la que apuntan. Pedro dio una de esas confesiones de fe que presentan a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios. La fórmula tiene su sentido en el contexto del mundo judío y apunta a la especial vinculación de Jesús con Dios. De hecho las fórmulas cristológicas posteriores se irán concentrando en la filiación divina de Jesús. La respuesta de Pedro fue alabada por Jesús que la consideró una formulación directamente sugerida por Dios y no simplemente por la sabiduría del pescador de Galilea. Esta confesión de fe le valió a Pedro el ser la roca sobre la que Jesús construirá su Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. Este gesto fundacional coloca ya a Jesús en un puesto semejante al de Dios pues hace unas promesas sobre su comunidad que sólo Dios puede mantener.

La fe de la Iglesia en Cristo Jesús ha mantenido siempre la realidad inseparable de su ser: verdadero Dios y verdadero hombre. La teología tradicional se preocupó sobre todo de la divinidad de Jesús, la investigación histórica más reciente ha ido descubriendo su realidad humana. Cada uno tendrá sus preferencias, pero siempre habrá que mantener ambos aspectos y sobre todo no querer condenar a los que dan formulaciones distintas a las mías, pero que quieren traducir esta doble dimensión del ser de Jesús. Es verdad que no todas las formulaciones son aceptables, pero debe ser el examen eclesial el que lo decida.

No se entiende la realidad de Jesús si no se le reconoce como verdadero Dios. No basta decir que es un enviado de Dios o un mediador de salvación de parte de Dios. Jesús es la revelación definitiva de Dios al hombre, es decir la donación total de Dios al hombre. Jesús no sólo es el salvador sino que es la salvación. La salvación consiste en que Dios se nos comunica en Cristo Jesús, que nos incorpora a sí y nos introduce en la realidad de la vida divina. Por eso Jesús es objeto de nuestra fe. Y yo no puede creer en un simple hombre por más sublime que sea. Sería creer en un ídolo. Tan sólo puedo creer en Dios que es el absoluto. Si creo y pongo toda mi confianza en Jesús es porque Él es Dios. La celebración de la eucaristía actualiza la salvación en Cristo Jesús. Confesémoslo como nuestro Dios y nuestro Señor.

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Mujer, qué grande es tu fe

17 de agosto de 2014 – 20 Domingo Ordinario

 

En muchos de nuestros pueblos, la religión se considera cosa de mujeres como personas más necesitadas de consuelo espiritual que los hombres. Es posible que efectivamente las mujeres sean más sensibles a las realidades espirituales. En los pueblos antiguos, en cambio, la religión, tanto la pública como la familiar, era responsabilidad ante todo del padre de familia. Pero el evangelio nos presenta cómo las mujeres van adquiriendo un protagonismo en la vida cristiana hasta aparecer como auténticos modelos de fe. No sólo la persona de la Virgen María, sino que también incluso una mujer extranjera encarna la actitud de la persona que se fía totalmente de Dios, cuando fallan los apoyos humanos.

También hoy día los emigrantes extranjeros, hombres y mujeres, nos dan lecciones de fe. Es verdad que ellos, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos. Éstos normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. En esas situaciones desesperadas, tan sólo se puede esperar un milagro de Dios.

La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. San Juan Crisóstomo podía decir: “el cristiano de Roma sabe que el cristiano de India es su hermano”. Es verdad que los profetas habían tenido ya una intuición de que Dios no podía ser el patrimonio de un solo pueblo sino que también los extranjeros pueden entregarse al Señor para servirlo (Isaías 56, 1.6-7).

El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar.

La tentación de excluir a los emigrantes es más grande cuando estamos viviendo un período de crisis económica. Tenemos la sensación de que los emigrantes nos quitan el trabajo y el bienestar. Olvidamos fácilmente que ellos han contribuido con su trabajo y esfuerzo al bienestar y la abundancia de hace pocos años. Nuestra solidaridad debe manifestarse en estos momentos de prueba de manera que no queramos descargar las consecuencias de la crisis sobre los colectivos más débiles. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados.

 

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El poderoso ha hecho obras grandes por mí

15 de agosto de 2015 –  La Asunción de la Virgen María

 

Cuando el Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción en 1950 señalaba su deseo de que la contemplación de María en cuerpo y alma en los cielos llevase a los hombres a no hundirse en el materialismo. Sin duda en aquellos tiempos imperaba la ideología materialista del marxismo comunismo, pero los bienes materiales seguían siendo escasos pues hacía poco que había terminado la Segunda Guerra Mundial. El mensaje era bien recibido en España que, sumergida en la pobreza, se consideraba portadora de valores eternos.

A pesar de la crisis económica actual y de que más de mil millones de personas viven en la pobreza, nuestros países occidentales nadan en la abundancia de bienes materiales. El olvido del destino eterno del hombre se ha ido acentuando en las últimas décadas. Existe el peligro de pensar que una vida lograda y de calidad es aquella a la que no le falta nada en bienes materiales. Por eso la contemplación de la persona de María sigue siendo actual para el creyente. La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo (1 Cor 15,20-27), ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

La fe fue el fundamento de su felicidad. María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10). María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado.

Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María. Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino. Al contrario, nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el anti-reino del dragón, que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros.

Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,39-56). La propia historia de María nos lo confirma. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra esperanza y nos dé fuerzas para colaborar con Dios en la transformación de nuestro mundo.