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Resucitar de entre los muertos

20 de abril de 2014 – Domingo de Resurrección

Muchas veces no nos damos cuenta de que algunos acontecimientos de nuestra vida han tenido un influjo decisivo en la evolución de ésta. De pronto, una palabra, un hecho, nos hace caer en la cuenta de la importancia de aquel acontecimiento. Es lo que les pasaba a los discípulos cuando oían hablar a Jesús de su resurrección de entre los muertos. No sabían de qué hablaba. En cambio cuando el discípulo amado y Pedro vieron la tumba vacía comprendieron inmediatamente qué es lo que significaba resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9). Lo entendieron sin duda a la luz de las Escrituras y no buscaron una explicación puramente humana según la cual el cadáver habría sido robado. Con la venida del Espíritu, Pedro será capaz de formular el núcleo de la predicación apostólica sobre Jesús de Nazaret, muerto y resucitado (Hechos 10, 34-43).

La resurrección supone al mismo tiempo una ruptura y una continuidad. Como ruptura introduce algo nuevo en la persona de Jesús y en la comunidad de los discípulos. Tan sólo la resurrección permitió a los apóstoles superar el escándalo de la cruz en la que se quebró la historia del Maestro. La resurrección es presentada como un contraste entre la acción de Dios y lo que habían hecho los hombres con Jesús. Los hombres lo mataron colgándolo de un madero. Dios, en cambio, lo resucitó. La cruz lo mostraba como blasfemo y enemigo de Dios. La resurrección presenta a Jesús como el Hijo de Dios, siempre fiel a la voluntad del Padre.

La resurrección justificaba la vida y la actuación de Jesús como anunciador del Reino y la imagen que presentaba de Dios Padre. Al mismo tiempo mostraba que las pretensiones de Jesús durante su ministerio eran totalmente justificadas. Él va a ser el mediador de la salvación de Dios, la salvación misma. Por eso a la luz de la resurrección los apóstoles leen el ministerio de Jesús que había comenzado en Galilea con su bautismo. El bautismo lo había ungido con la fuerza del Espíritu Santo y lo había capacitado para realizar la misión que el Padre le encomendaba. Se resume en hacer el bien curando a los oprimidos por el diablo. Eso fue posible porque Dios estaba con Él. Le acompañó siempre en su misión y no lo abandonó ni siquiera en el momento de la crucifixión.

Los apóstoles habían sido testigos de todos los acontecimientos de la vida de Jesús, durante su vida mortal, pero también después de resucitado, pues reanudó su trato con ellos. Ha sido esa experiencia, presentada como apariciones del resucitado, la que hace de ellos testigos cualificados. Por eso pueden ahora dar testimonio válido de lo que Dios ha realizado en Jesús. La resurrección consiste en la exaltación del crucificado, que ha sido nombrado juez de vivos y muertos. De esa manera se indica que Jesús pertenece ya al ámbito de Dios, juez de la historia.

El testimonio apostólico concuerda con el testimonio de las Escrituras, que prometían el perdón de los pecados a los que creen en Cristo. Ése era el don escatológico, esperado para el final de los tiempos, junto con el don del Espíritu. Todo ello se realizó en la resurrección de Jesús, que inaugura los tiempos finales de la historia. La celebración de la Eucaristía anuncia la muerte y resurrección de Jesús y nos permite esperar su retorno glorioso.

 

 

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No tengáis miedo. Ha resucitado

 20 de abril de 2014 – Vigilia Pascual de la Resurrección 

Hay reuniones de familia en las que hacemos memoria de la historia familiar. Esta noche leemos algunos momentos más significativos de esa historia del amor de Dios a favor de su pueblo. Todo empezó con la creación, inicio de esa historia y momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.

Ninguno de los evangelios narra propiamente lo que pasó en el momento de la resurrección. Todos utilizan un lenguaje eminentemente simbólico, el único que puede unir el tiempo y la eternidad. Mateo es el único que aparentemente intenta una explicación del hecho (Mt 28,1-10). Lo presenta como una intervención de Dios en la historia mediante la figura de un ángel, que provoca una especie de terremoto al correr la piedra de la entrada del sepulcro.

Ante la acción divina, tanto los guardias como las mujeres quedan presos de pánico. El ángel trata de tranquilizar tan sólo a las mujeres, que son las destinatarias del mensaje celeste. Se proclama el mensaje cristiano: el crucificado, que buscan las mujeres, no está allí sino que ha resucitado, según lo había anunciado. Es, por tanto, un hecho que no debiera sorprenderlas. Ellas mismas pueden constatar que no está en el sitio donde yacía.

El ángel confía a las mujeres el anuncio de la resurrección a los discípulos. Éste contiene no sólo el hecho de la resurrección sino también su interpretación. Jesús tiene de nuevo la iniciativa. El resucitado, presente en la historia, les da cita en Galilea para encontrarse con ellos allí. También las mujeres deben recordar a los discípulos que todo esto había sido ya anunciado por Jesús y, por tanto, es la confirmación de sus palabras.

Las mujeres, impresionadas y llenas de alegría, corrieron a dar la buena noticia a los discípulos. Para ellas había sido suficiente el escuchar el anuncio de la boca del ángel. Pero, de pronto, van a tener la confirmación al ver a Jesús que vino a su encuentro. Su saludo es una invitación a la alegría, como en otras apariciones es un deseo de paz. Paz y alegría es el saludo cristiano, fruto de la buena noticia de la resurrección del Señor.

Las mujeres, postrándose ante Él y abrazándole los pies, muestran su temor reverencial ante su persona. Por eso Jesús tiene que tranquilizarlas. Les da el mismo encargo que el ángel para sus discípulos, aquí llamados “hermanos”; les cita en Galilea. ¿Por qué en Galilea? Jesús había empezado su ministerio en Galilea. Allí había llamado a sus discípulos. La muerte había interrumpido aparentemente su misión. Ahora les va a mostrar que la misión continúa, porque Jesús sigue vivo. Jesús está vivo y eso es lo que hace que su Evangelio siga siendo una fuerza de salvación para el que cree en él, en Jesús. Que en la celebración de la eucaristía experimentemos la presencia del Señor resucitado que nos envía a anunciar esta Buena Noticia.

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El rey de los judíos

18 de abril 2014 – Viernes Santo

 Por mucho que nos cueste aceptarlo, no es posible un cristianismo sin cruz. El Señor crucificado  constituye el centro de nuestra fe, hecho escandaloso que no debemos traicionar silenciándolo. Hoy escuchamos de nuevo la historia de su pasión. San Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, que escuchábamos el Domingo de Ramos, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Pero su poder es el del servicio, el de dar la vida a favor de los demás. Es un servicio que, como insistía el papa en el inicio de su pontificado, que se hace cargo de los demás, que cuida con ternura no sólo a  los hombres sino también a toda la creación.

En la narración de Juan, Jesús ya no es simplemente la víctima pasiva y silenciosa sino el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades. Jesús es condenado por ser testigo de la verdad, de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. La verdad es siempre incómoda pero se abre siempre camino. También la Iglesia está al servicio de la verdad, no para usarla como instrumento arrojadizo contra los adversarios sino para que ésta se abra paso en el corazón de todo hombre que busca el bien, la verdad y la belleza.

Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.

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Se puso a lavarles los pies

17 de abril de 2014 – Jueves Santo

Algo está cambiando en la Iglesia. El papa Francisco ha redescubierto el estilo evangélico del servicio a través de la cercanía y la sencillez. Parece ser que otros eclesiásticos lo están siguiendo de manera que incluso un comercio de vestimentas sacerdotales caras se queja de que cada vez van menos a comprar ropas vistosas. Se trata en el fondo de recuperar el estilo de Jesús, de ponerse el delantal para servir a la mesa. Son sin duda pequeños gestos que no revolucionan ni el mundo ni la Iglesia pero van abriendo una realidad nueva que anuncia otra manera de vivir, no sólo para los eclesiásticos sino también para todos los hombres de buena voluntad. Desde el primer momento el papa afirmó que la autoridad es un servicio, no sólo en la Iglesia sino también en el mundo.

Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

 Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre, sobre todo el sacramento del pobre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.

 

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¡Viva el hijo de David!

13 de abril de 2014 – Domingo de Ramos

Son pocos los que se resisten al triunfo y a la gloria. Los ídolos de las multitudes son estrellas fugaces y disfrutan de una gloria pasajera.  Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa. En vez de entrar como un triunfador, se presenta como una persona humilde, dispuesta a afrontar los fracasos de la vida (Is 50,4-7). Escucharemos una vez más la lectura de la pasión (Mt 27,11-54). No asistiremos, sin embargo, como si se tratase de un espectáculo, ajeno a nuestras vidas, sino que nos sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús. 

El himno de la Carta a los Filipenses (2,6-11) nos permite situarnos en el corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el fondo.

Jesús, como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen derechos.

El hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús aceptó obediente  la muerte, porque veía en ella la manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. Jesús aceptó además una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó con nuestros pecados.

Es entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos. Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia, su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad.Ahora Jesús es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra.El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y abandonado. Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo llevará al triunfo. Celebremos también nosotros en la eucaristía el triunfo de Jesús sobre las fuerzas de la muerte y del odio.

 

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¡Cómo lo quería!

6 de abril de 2014 – Quinto Domingo de Cuaresma

 La muerte de los seres queridos nos coloca a todos ante el misterio de nuestra existencia. No tenemos más remedio que tomar una decisión: creer en Jesús y en la vida, o por el contrario llorar amargamente porque la separación y pérdida es definitiva. Ante la muerte de su amigo Lázaro, Jesús llora (Jn 11, 1,-45). Esa muerte está anunciando su propia muerte. ¿Cómo se enfrentará Jesús al propio drama de la muerte y la vida? Sin duda con una confianza absoluta en el Dios de la vida que es capaz de abrir nuestros sepulcros (Ez 37, 12-14). Jesús está convencido de que amar a una persona es poder decirle: “para mí tú no morirás nunca”. La impotencia que nosotros sentimos ante la muerte de los seres queridos es transformada por el Espíritu de Dios en fuerza de vida (Rom 8, 8-11).

Jesús llega demasiado tarde pues Lázaro ya llevaba cuatro días enterrado, es decir, era imposible que volviera a la vida. Su hermana Marta se lo reprocha a Jesús. Él le promete que su hermano resucitará. Marta, como los judíos piadosos, cree sin duda en la resurrección pero en el último día, al final de los tiempos. Jesús en cambio proclama la actualidad de la resurrección para la persona  que cree en Él. Marta dará el salto y confesará su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios.

Jesús irá a la tumba a confrontarse directamente con la muerte, a pesar de la observación de Marta de que el muerto ya huele mal. Jesús pide de nuevo fe. Para vencer a la muerte invoca al Padre, que siempre lo escucha. Pide el milagro para que la gente crea que es su enviado. La victoria sobre la muerte acaece mediante su palabra todopoderosa que manda al muerto dejar el reino de la muerte y venir al de los vivos.

Las lágrimas de Jesús nos consuelan a todos, pues son lágrimas de cariño y no simplemente de rabia, desesperación o impotencia. Las lágrimas de Jesús nos continúan repitiendo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Es el Dios de la vida el que tiene la última palabra, una palabra de vida  que triunfa sobre la muerte, una palabra de perdón que vence el odio. Resucitando a Jesús de entre los muertos, Dios Padre ha cambiado el sentido de la historia, en especial del sufrimiento humano. El sufrimiento de Jesús fue en resumidas cuentas pasión por Dios, pasión por el hombre, pasión por la vida. El odio de sus enemigos no pudo contra el amor de Jesús y su deseo de hacer de su muerte un don de sí mismo a favor de la vida de sus hermanos.

Aunque físicamente nuestros seres queridos estén ausentes, su presencia entre nosotros es muy real. Más real e intensa que cuando estaban a nuestro lado, pues ahora ya no están sometidos a las limitaciones del espacio y el tiempo. Es una presencia activa y consoladora pues nos transmiten su felicidad y su vida si sabemos abrirnos al milagro de la vida que brota de la muerte. La tragedia no es que nuestros seres queridos mueran, sino que muera nuestro amor a los seres queridos, algunas veces ya antes de su muerte.

¿Crees tú esto?, fue la pregunta de Jesús a Marta, y que ahora nos dirige a cada uno de nosotros. Tan sólo si reconocemos a Jesús como el Señor de la vida, en quien se ha manifestado la vida del mismo Dios, nosotros tendremos vida eterna. No en el último día, como pensaba al principio Marta, sino ya ahora. Será ya una vida sin fin, marcada por la eternidad de Dios que se hace presente en nuestro mundo. Los cristianos somos ya personas resucitadas. El desafío es cómo traducir esta realidad en la cotidianidad de la existencia en la que seguimos experimentando los zarpazos de la muerte. Nosotros sabemos que, aunque la muerte parezca ganar pequeñas batallas, en realidad tiene ya la guerra perdida o mejor, perdió ya la guerra. La vida y el amor han tenido la última palabra frente a las fuerzas del odio y de la muerte.

 Ahora en la Eucaristía celebramos la victoria de Jesús sobre la muerte. Con él hemos triunfado todos. El pan que recibimos es un pan de vida eterna. El que come de este pan no morirá. Tiene en sí un germen de vida e inmortalidad que le permite ser instrumento de vida al servicio de la transformación de este mundo, todavía amenazado por las fuerzas de la muerte.

 

 

 

 

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Era ciego y ahora veo

30 de marzo de 2014 – Cuarto Domingo de Cuaresma

 

Muchos creen que la luz de la fe pudo servir en el pasado, pero el que ahora quiera emprender caminos nuevos tiene que dejarse iluminar simplemente por la razón humana. La fe sería una luz ilusoria, mientras que los creyentes pensamos que es una luz a descubrir. La cuarta etapa de nuestro itinerario cuaresmal está centrada en el bautismo como iluminación del corazón y de la mente, de la que habla la carta a los Efesios (5,8-14). La curación del ciego de nacimiento va mostrando las diversas fases de esa iluminación progresiva, desde las tinieblas a la luz (Jn 9,1-41). Al principio, no sólo el ciego sino también los discípulos de Jesús, están en la oscuridad. Éstos no comprenden la causa de la ceguera de aquel hombre  y se dejan llevar de las opiniones imperantes o de las apariencias (1 Sam 6,1.6-7.10-13).

 

El milagro pone al descubierto la ceguera de los vecinos del curado, que ya no son capaces de reconocerlo y creen que lo confunden con otro. No sólo los vecinos estaban ciegos sino también sobre todo los fariseos que creen que ven bien. También ellos parecen interesarse por el milagro, pero el relato de lo ocurrido los deja perplejos. Algunos están tan obcecados en sus convicciones legalistas que descalifican a Jesús porque ha curado en sábado. Otros parecen abrirse a la luz y reconocer que un pecador no puede realizar tales milagros. Interrogado el curado sobre la persona de Jesús, empieza a ver claro y lo considera un profeta, un hombre de Dios.

 

Las autoridades judías, en su obcecación, en su voluntad de negar el milagro evidente, creen que el hombre no era ciego. Para ello llamaron a sus padres. Éstos confirman que era ciego pero no saben cómo ha ocurrido el milagro, o mejor, no quieren saber nada del milagro, pues sería reconocer a Jesús como el Mesías. Esto provocaba la exclusión de la comunidad judía, cosa que ellos no quieren. Por eso se lavan las manos y piden que interroguen directamente al hijo, que es mayor y no necesita que otros respondan por él.

 

Cerrados en su ceguera, las autoridades inician un segundo interrogatorio del curado, acusando a Jesús de pecador. Es la manera de descalificar su persona y su obra liberadora. El ciego, beneficiario de la obra salvadora, no puede admitir que Jesús sea un pecador. Más bien en el interés de las autoridades por escuchar de nuevo el hecho cree descubrir un deseo de parte de ellas de hacerse discípulos de Jesús. Ellos lo niegan categóricamente y se declaran discípulos de Moisés, el enviado de Dios. El ciego curado sostiene que también Jesús tiene que ser un enviado de Dios porque ha hecho este milagro.

 

Las autoridades no se dejan dar lecciones de un pecador, castigado por Dios con la ceguera, y lo expulsan de la comunidad. Es entonces cuando es acogido por Jesús, que le pide una fe absoluta en su persona como Hijo del Hombre y Señor. Es lo que el ciego curado confesará, adorándolo como a Dios. De esa manera el ciego ha llegado a la iluminación plena. En cambio los que creen ver no tienen remedio. Están condenados a la ceguera para siempre. Que la celebración de la eucaristía ilumine nuestras vidas con el misterio de Cristo para que también nosotros podamos ser pequeños puntos de luz que indican el camino a los que lo buscan.

 

 

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La alegría del encuentro con Jesús

23 de  marzo de 2014 – Tercer Domingo de Cuaresma

Los que se han encontrado con Cristo han experimentado una alegría tan grande que no se la pueden guardar para sí. Necesitan comunicarla a los demás. Se convierten en misioneros de Cristo, que está en el origen de su alegría. La persona afortunada  de este domingo no tiene nombre, es simplemente una mujer samaritana, una pagana (Jn 4,5-42). A través de la revelación progresiva de la persona de Jesús, llega a la fe que hará de ella una misionera en su tierra.

La irrupción de Jesús en su vida va a producir un profundo remolino en el interior de aquella mujer. Ella va a descubrir que ella es un ser sediento, como la generación del desierto (Ex 17,3-7). Experimenta una sed, que hace que todos los días tenga que ir a buscar agua al pozo y que su sed nunca esté saciada. Al escuchar la promesa de un agua viva, su corazón se abre y ve la realidad de su propia existencia. Una vida sedienta de amor que ha ido consumiendo maridos y ahora vive con uno que no es su marido.

En el diálogo, descubre que Jesús es un profeta y eso le hace dar el salto a la trascendencia, pero ¿dónde encontrar a Dios? ¿Dónde darle culto? Las contradicciones de las opiniones humanas crean una desorientación profunda. Jesús va a ayudarle a ver claro. Dios es Espíritu y hay que adorarlo en Espíritu y verdad. La cuestión ya no es “dónde” sino “cómo”. La sed de nuestra existencia tan sólo puede ser saciada por el Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones el amor mismo de Dios (Rm 5,1-2.5-8).

También ella esperaba la venida del Mesías, del Cristo, que lo aclararía todo. Su sorpresa es mayúscula cuando Jesús se presenta como el Mesías esperado. De pronto su vida cambia. Deja el cántaro y se convierte en misionera para su pueblo. Cuando se ha vivido una gran alegría, uno siente necesidad de contárselo a los demás. Sus paisanos no quieren perderse la oportunidad de encontrarse con el Mesías. Van donde Jesús y lo invitan a quedarse con ellos. También ellos van a creer en Jesús, unos a causa del testimonio dado por la samaritana, otros porque han hecho ellos mismos la experiencia. Ya no sólo han oído hablar de Él sino que han podido escucharlo directamente y descubrir que es el Salvador del mundo.

Ha sido todo un camino progresivo y laborioso el que hizo la samaritana y sus paisanos para llegar a creer en Jesús. Ha sido fundamental para ellos el acogerlo en sus vidas, el escucharlo y el poner sus vidas ante Él. En resumen es el proceso de la fe, que empieza con la sed de Dios que hay en el corazón de cada hombre que le lleva a buscar una respuesta a sus interrogantes. Cuando encuentra alguien que le aclara el misterio de su existencia y le da su Espíritu, uno se fía totalmente de Él y entra en su misterio. La persona de Jesús resulta inagotable. Es el profeta, el Mesías, el Salvador del mundo. Que el encuentro con Jesús en la eucaristía nos haga ir descubriendo progresivamente el misterio de su persona.