By

Dadles vosotros de comer

29 de mayo de 2016 – El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

Frente a los que creen que la Iglesia debe ocuparse sólo de lo religioso y no entrar en el campo de lo social, hay que recordar que ella a lo largo de la historia se ha ocupado de los cuerpos y no sólo de las almas. Fue siempre la primera en detectar las necesidades de las personas. Con ello no hacía más que seguir a Jesús, que tenía una capacidad especial para captar las necesidades de la gente. La Iglesia da una grande importancia a la realidad corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús resucitado sigue teniendo un cuerpo en el que lleva los signos de su pasión que se prolonga hoy día en nuestro mundo.

El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 9,11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.

La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y para colmo estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.

Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad, el pan de la unidad. La Iglesia comenzó a existir en torno a la Eucaristía. El memorial de la muerte y resurrección de Jesús unía a los hombres en un solo cuerpo. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a proclamar la muerte el Señor hasta que vuelva. Esa memoria de Jesús no nos deja tranquilos. Es una llamada a hacer lo mismo en memoria de él. De esa manera Jesús se hace nuestro contemporáneo y continúa salvando al mundo.

Dios, origen de la vida, mantiene nuestra vida a través de los alimentos. También ellos son don de Dios y fruto de nuestro trabajo. A través del cuerpo de Cristo la vida misma de Dios viene a nosotros. Ciertamente el cuerpo de Cristo es la persona misma de Cristo, la persona del Resucitado que un día anduvo por nuestros caminos (1 Cor 11,23-26). Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna.

El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Jesús nos nutre con su amor en el pan de la unidad. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.

Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.

 

 

By

Todo lo que tiene el Padre es mío

22 de mayo de 2016 – Santísima Trinidad

 

Jesús ha sido tan ingenuo y tan infantil que nos ha contado todo lo de su familia y nos ha introducido hasta lo más íntimo de ella pues sabía que no había trapos sucios que ocultar. Es él el que nos ha hablado de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nosotros, los creyentes, conocemos  esas personas y tenemos una relación familiar con ellas pues nos han acogido en su casa como a hijos queridos. Sabemos que no viven en un castillo misterioso sino que todo es tan transparente como el amar y ser amado. De la mano de Jesús hemos aprendido a relacionarnos personalmente con cada una de las personas de la Trinidad.

Ya el pueblo de Israel experimentó a Dios como una realidad personal cercana, que había elegido a Israel y que esperaba que su pueblo fuese fiel a la alianza que había contraído con Él. De esa manera las relaciones entre Dios e Israel eran relaciones personales familiares. Se expresan a través de las diversas imágenes de la familia, sobre todo del Esposo y la Esposa. De manera particular Israel experimentó la presencia de la Sabiduría y del Espíritu de Dios en su historia concreta. Esta Sabiduría estaba presente ya en el momento de la creación y gozaba con los hijos de los hombres (Pr 8,22-31).

Con estas experiencias, no fue difícil a los discípulos de Jesús reconocer que en Él Dios se hacía presente y que Jesús mantenía una relación única de intimidad con el Padre. Jesús todo lo recibía del Padre y todo lo devolvía al Padre (Jn 16,12-15). Pero sobre todo, después de la resurrección de Jesús, los discípulos experimentaron que su Espíritu estaba presente y actuando en sus vidas. Era Él el que ponía en nuestros corazones el amor de Dios, la vida misma de la Trinidad (Rm 5,1-5).

Se trataba de una experiencia revolucionaria, propia del pensamiento bíblico. El hombre, en las religiones antiguas, busca y ama a Dios, pero Dios no responde con amor. Él tiene otras cosas más importantes y no pierde su tiempo con los problemas de los hombres. Es el Espíritu el que nos ha permitido experimentar de manera histórica ese amor Dios. Ese amor se ha manifestado en la entrega del Hijo por todos nosotros, precisamente cuando éramos enemigos de Dios. La experiencia del perdón de Dios es una de las primeras que nos permiten experimentar el amor incondicional de Dios. Es una experiencia de paz y de reconciliación que nos hace sentir hijos de Dios y, por tanto, amados por Él.

El amor  de Dios, vivido en lo cotidiano, es la garantía de la esperanza cristiana, que sabe que el amor no muere, sino que es ya anticipación de lo definitivo. Esa esperanza hace que nuestro valor y resistencia queden probados  a través de la perseverancia en el bien en medio de las dificultades que experimentamos todavía en la vida. El cristiano sabe que el Señor resucitado ha triunfado ya sobre todas las fuerzas de destrucción que existen todavía en el mundo. Por eso no nos desanimamos ni tiramos la toalla sino que luchamos para que el mundo nuevo llegue a todos.

Es el Espíritu el que nos sostiene en este combate cotidiano y nos va introduciendo en la verdad plena que anunciaba Jesús. Sus discípulos en la víspera de la pasión tan sólo veían el lado negativo de lo que iba a ocurrir. Será el Espíritu el que poco a poco los introduzca en la realidad definitiva del Resucitado, que ha triunfado sobre el odio y el mal de este mundo. Esa verdad es en realidad una persona. Al final se darán cuenta que en la vida de Jesús se les ha manifestado totalmente Dios Padre. Los discípulos tuvieron la dicha de poder convivir con Jesús. Vivir con Él, era en realidad, vivir con el Padre.

Experimentamos el amor de la Trinidad sobre todo en la celebración de la Eucaristía. En ella damos gracias a Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu porque nos ha salvado y nos ha introducido en su vida divina para que la hagamos presente en el mundo.

 

By

Cada uno les oía hablar en su propia lengua

15 de mayo de 2016 – Domingo de Pentecostés

 

El papa Francisco ha logrado por primera vez en muchos siglos que los hombres, creyentes o no creyentes, entiendan lo que dice el papa. Esto ha sido posible, sin duda, porque habla no sólo de los problemas del hombre de la calle sino que también lo hace en el lenguaje del hombre ordinario. Estamos experimentado una gran dificultad para transmitir la fe a las nuevas generaciones. No se trata simplemente de emitir un mensaje de propaganda sino de ser capaces de iniciar a los hombres de nuestro tiempo en la experiencia cristiana del Señor resucitado. Tenemos que hacer lo que los apóstoles  el día de Pentecostés: anunciar a Jesús a los que lo habían rechazado y a otros que casi no se habían enterado de lo que había ocurrido (Hechos 2,1-11).

Ese anuncio fue posible gracias a la venida del Espíritu Santo que transformó totalmente a los apóstoles que superaron los miedos que les atenazaban y les tenían encerrados en casa, sin atreverse a salir fuera (Jn 20,19-23). Ahora se hacen presentes en la plaza pública y dan testimonio del Señor resucitado. Es hora que también nosotros superemos nuestros miedos y falsos pudores y seamos capaces de suscitar la cuestión de Dios entre muchos de nuestros amigos que se han ido alejando de la práctica cristiana. Cada vez se está viendo más claramente que la transmisión de la fe pasa por la experiencia de fe en la familia. Si la familia no apoya esa vivencia, la catequesis de los niños será un puro barniz que a veces desaparece apenas hecha la primera comunión. Confiemos que las familias cristianas sean cada vez más conscientes de su misión de educar cristianamente a sus hijos. Es la obligación que asumen cuando pidieron el bautismo para ellos.

Gracias al Espíritu se superan las barreras de las lenguas, culturas, pueblos y religiones. El Espíritu no es monopolio de la Iglesia. El actúa en el corazón de todos. Pero su acción consiste siempre en llevar a las personas hacia los valores auténticos que vienen de Dios y fueron proclamados por Jesús y por otros muchos hombres de Dios. Ahora bien, nosotros creemos que el Espíritu está presente y actúa de manera especial en la Iglesia. Ella es la comunidad reunida en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A todos los creyentes nos ha dotado de dones y carismas para la construcción del cuerpo de Cristo. De esta manera integra en la unidad la diversidad (1 Cor 12, 3-13).

En nuestro mundo contemplamos ciertos movimientos que parecen opuestos. Sobre todo en Europa existe una búsqueda de integración y superación de barreras de los estados nacionales, pero al mismo tiempo los diversos pueblos exigen formas de autogobierno cada vez mayor. No es fácil conciliar ambas tendencias y mantener el equilibrio de un cuerpo armónicamente organizado. Aunque el Espíritu anima los grandes movimientos de la historia, su acción se centra en el corazón de las personas, de las que hace hijos de Dios. Él es el que sabe interpretar los gemidos de nuestro corazón y las ansias a las que apenas somos capaces de dar nombre. Es la dignidad del hombre concreto la que está en juego pues es la persona concreta la que responde a la acción de Dios mediante su Espíritu. Es la persona la que recibe el Espíritu, la que experimenta la paz, la alegría y el perdón.

El camino de la Iglesia, el camino de la evangelización, pasa a través del hombre concreto. Es el hombre concreto el que tiene que ser salvado. Para que los hombres entiendan su lenguaje, la Iglesia debe acercarse al hombre concreto en su situación concreta. Ya no puede hablar desde una cátedra posesora de la verdad sino que tiene que caminar al lado de los hombres. En último término el lenguaje que entienden todos los hombres es el lenguaje del amor misericordioso. Ese es el lenguaje que están esperando los refugiados y emigrantes. Es el Espíritu el que actúa en la Eucaristía y hace actual para nosotros el misterio de Jesús. Que El nos dé la fuerza y el entusiasmo para realizar la nueva evangelización de nuestro mundo.

 

 

 

By

Volverá como le habéis visto marcharse

8 de  mayo de 2016 – La Ascensión del Señor

 

El problema de los refugiados ha puesto de manifiesto que sobre todo las autoridades europeas prefieren no darse por enterados. Miran para otro lado, intentando que otros países se hagan cargo de ellos. El reproche de los hombres, vestidos de blanco, a los apóstoles es: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech 1,1-11). Lo que se les echa en cara no es tanto “el mirar al cielo”, como “el estarse ahí plantados”, el no moverse. El creyente es un caminante con los pies sobre la tierra, pero mirando al cielo. Su vida está marcada por la dimensión vertical y horizontal de su existencia.

El creyente no puede quedar reducido a su dimensión horizontal, que se realiza en la historia. Creado a imagen de Dios, sólo alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en  la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido y es objeto del amor de Dios y sigue siendo objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero. La Iglesia es portadora de esa bendición que Jesús le dio al partir. Una bendición que es promesa de prosperidad y salvación para toda la humanidad.

Es verdad que en el pasado la dimensión vertical, que orientaba al hombre hacia la eternidad, no era capaz de asumir la realidad histórica de este mundo. Hoy día los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo  Ahora es el tiempo de la evangelización, de transformar el mundo en Reino de Dios (Lc 24,46-53). Este mundo sigue estando todavía lejos de lo que Dios quiere que sea. Hay todavía demasiado sufrimiento e injusticia. El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. La Iglesia acompaña la peregrinación de los pueblos hacia la meta y hace presente la salvación mediante los signos que el Señor sigue realizando en la historia.

La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva, en que habite la justicia, y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Sólo manteniendo la dimensión vertical de relación con Dios adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la existencia. La dimensión horizontal nos sitúa en el horizonte histórico absoluto abierto por Jesús, en el futuro de Dios, que nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro mundo.

El Señor nos ha confiado este mundo para que lo evangelicemos en espera de su venida gloriosa. En realidad el Señor no está ausente de este mundo. Como Señor Resucitado, sentado a la derecha del Padre, tiene señorío sobre todo lo creado. Él, a través de su Espíritu lo penetra todo.  Él sigue actuando en sus enviados, a los que no ha dejado solos. Él es el centro y la meta de la historia humana. En ella Dios, a través de nuestras pobres historias, va escribiendo su historia de salvación que hace que el hombre entre en la intimidad de Dios. La presencia de Jesús, ya al lado del Padre, es para todos nosotros la garantía de que un día nos reuniremos con Él. Entretanto en la celebración eucarística avivamos nuestra esperanza y tomamos fuerzas para llevar adelante la misión que Él nos dejó al partir.

 

By

El Espíritu os recordará todo lo que os he dicho

1 de mayo de 2016 –  6 Domingo de Pascua

 Durante la mayor parte de la historia, la humanidad ha vivido en una cultura oral, en la que la memoria jugaba un gran papel. Muchos de nosotros, que vivimos en una cultura escrita, todavía recordamos aquellos exámenes, sobre todo de historia, en los que había que memorizar tantos nombres, hechos y fechas. La memoria era como nuestro disco duro donde estaba almacenado nuestro saber.

Hoy día nuestro saber está en nuestros ordenadores, que podemos conectar a la red y tener acceso a una información casi ilimitada. Antes el saber estaba en nuestro interior, ahora en aparatos fuera de nosotros. Hacer memoria era recordar, bucear en nuestro corazón, en nuestro interior, aunque fuera una operación de nuestro cerebro. La memoria daba profundidad a nuestra vida. Hoy día parecemos viajeros sin equipaje, que viven en la pura superficie de un presente banal.

El cristianismo está vinculado a la experiencia del Señor Resucitado que nos han transmitido los apóstoles. Hacer memoria de Él, es hacerlo presente en la realidad de nuestras vidas. De esa manera nuestras existencias están ancladas en la gran Tradición, que no es el pasado, sino más bien el presente de la vida eclesial. ¿Cómo se actualiza ese pasado? No es el esfuerzo de nuestro memoria retrocediendo hacia atrás y que nos lo trae hacia el ahora. Es la acción del Espíritu Santo que hace actual el misterio de Cristo. El Espíritu actúa constantemente en la Iglesia, en cada uno de los creyentes y en todo el mundo. El Espíritu nos introduce en el misterio de inagotable de Cristo (Jn 14,23-29). Toda la historia de la Iglesia es vivir y hacer presente ese misterio.

El primer fruto de la acción del Espíritu, que nos hacer recordar lo que Cristo ha dicho, son los Evangelios, las Cartas de los Apóstoles y demás escritos de Nuevo Testamento, inspirados por ese Espíritu. Es verdad que el Espíritu estaba actuando ya antes de la venida de Cristo y por su inspiración se puso por escrito el llamado Antiguo Testamento. En él se recuerda y se actualiza la historia de la salvación de Dios con su pueblo Israel.

El Espíritu hace que las enseñanzas de Jesús no sean simplemente un libro cerrado sino una realidad viva donde el creyente encuentra vida. De esa manera la Iglesia no repite mecánicamente lo que recibió de Jesús sino que mediante el Espíritu va penetrando cada vez más en la revelación de Dios (Hechos 15,1-2; 22-29). No se trata de una comprensión puramente intelectual sino más bien de una realidad vivida según las exigencias de cada época, de manera que el Evangelio sea siempre Buena Nueva para cada pueblo, cada cultura y cada situación histórica. Cada uno de los creyentes, a través de su propia experiencia vital de encuentro con Cristo, va enriqueciendo la realidad de la fe cristiana, que es capaz de encarnarse en todas las culturas.

El Espíritu es el Maestro interior que actúa en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Él es la garantía de la verdad que la Iglesia enseña y hace que ésta no se desvíe nunca de la Tradición que comienza en Jesús y a través de la misma Iglesia llega hasta nosotros. La presencia del Espíritu en cada uno de nosotros hace que la enseñanza de Jesús propuesta por la Iglesia no sea algo exterior impuesto, sino que encuentra inmediatamente su eco en lo que el creyente aprende directamente del Espíritu. Él crea esta sintonía entre el creyente y la Iglesia de Cristo.

El Espíritu nos enseña a través de las acciones de Jesús que actualizamos en la celebración de la Eucaristía. Pidámosle que Él nos introduzca en el misterio de Cristo para que lo podamos vivir y hacer presente en nuestro mundo.

 

 

By

Os doy un mandamiento nuevo

24 de abril de 2016 – Quinto Domingo de Pascua

 

La espléndida exhortación postsinodal, “La alegría del amor”, del papa Francisco es otro de sus regalos a la Iglesia, en especial a la familia, a la familia cristiana, pero también a todas la familias. “La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia”. Es también el júbilo de todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo que quieren amar y ser amados. La familia es la gran escuela del amor. En ella uno es amado por lo que es, por ser miembro de la familia. Uno experimenta un amor incondicional y eso nos hace vislumbrar el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Jesús quiso que el amor fuera la señal distintiva de sus discípulos. El papa Francisco ha querido dejarlo claro trayéndose de Lesbos a tres familias de refugiados sirios musulmanes.

Fue ese amor fraterno, traducido sobre todo en las obras de misericordia, lo que impactó al imperio romano cuando la fe cristiana fue reconocida como lícita, antes de ser declarada religión del imperio. El cristianismo aportaba una visión nueva de la realidad, sobre todo del tema de la pobreza imperante. Para el imperio, era natural que hubiera pobres y ricos. Para la fe cristiana, los pobres eran los preferidos de Dios y debían ser objeto del cuidado de los que tenían bienes. Esa solidaridad, ese compartir, era algo totalmente nuevo e incluso alguno de los emperadores paganos comprendió la necesidad de un estado mucho más social.

Jesús va a hacer del amor fraterno la señal de pertenencia a la comunidad de sus discípulos. Como Jesús indica, se trata de un mandamiento nuevo (Jn 13,31-35). Existía ya el mandamiento de amar a los demás. Amar a los que nos aman o nos son simpáticos es una realidad agradable que no necesita ser mandada porque nos sale espontáneamente. Pero como a veces tenemos que amar a los que nos son antipáticos, incluso a nuestros enemigos, por eso Dios dio a su pueblo el mandamiento del amor. Es verdad que el prójimo era considerado el miembro del pueblo de Dios.

Pero Jesús nos dice que es un mandamiento nuevo porque ya no es “amar al prójimo como a ti mismo” sino amar como Jesús nos ha amado. Se trata de como Él estar dispuestos a dar la vida por las personas, y de hecho darla en el día a día. Claro está que ese amor es la señal de los discípulos de Jesús, porque hace presente a Jesús en medio de su comunidad. Al ver cómo se aman, todos recuerdan que están actualizando la vida misma de Jesús. Sin duda alguna el mandamiento nuevo del amor supone que hay una nueva realidad en el Pueblo de Dios. Este ya no se reduce al Israel histórico sino que se ha abierto también a los paganos, a los que Dios había abierto la puerta de la fe (He 14,21-26). Ha sido la resurrección de Jesús la que ha hecho unos cielos nuevos y una tierra nueva (He 14,21-26). Por eso el creyente vive el mandamiento nuevo del amor. Mediante la práctica de este mandamiento, el cristiano colabora con Dios a enjugar las lágrimas de los que lloran.

Es Jesús mismo el que en cada uno de nosotros sigue amando a Dios y a los hermanos. Hay un único amor, que proviene del Padre. El amor viene de Dios y Dios es amor. Dios nos da la capacidad de amar como Él ama, es decir sin medida, dándose totalmente a sí mismo y aceptando el don del amor del Hijo en el Espíritu. Dios ha puesto su amor en nuestros corazones con el Espíritu que nos ha sido dado.  Sin ese don nunca hubiéramos sido capaces de amar como Jesús nos manda. Ese amor nos lleva a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro y aceptarlo como distinto de mí. Nuestra tentación natural, al amar a los demás, es querer que sean como nosotros somos. Dios nos respeta en nuestra originalidad propia y no nos absorbe en Él. Mediante su amor hace que nosotros seamos nosotros mismos en plenitud.

En la celebración de la Eucaristía se nos hace presente el amor de Dios en la entrega de su Hijo por nosotros. Acojamos ese amor y tratemos de hacerlo presente en nuestro mundo construyendo una civilización del amor.

By

Nos mira con pasión

17 de abril de 2016 – Cuarto Domingo de Pascua

 

Muchos de nosotros empezamos a ser cristianos por tradición familiar, aunque estoy convencido que todos hemos experimentado en nuestra vida un encuentro personal con Cristo que nos ha fascinado porque en él hemos encontrado el sentido de nuestra vida. Jesús siempre “nos mira con pasión”, nos recuerda el papa Francisco en esta Jornada de la Vocación, en este año del Jubileo de la Misericordia. Todos, incluso los no creyentes, tenemos una vocación. Todos hemos experimentado una llamada a la vida y a dar un sentido a la vida. Ese sentido sólo se encuentra abriéndose a la comunidad y trabajando por construir un mundo más humano y fraterno.

Los cristianos reconocen la presencia de Jesús el buen Pastor en la comunidad de los creyentes y en particular en las personas de sus pastores que han dedicado su vida a Cristo y a la comunidad. Los fieles mantienen unas relaciones cordiales con sus pastores y los siguen cuando ven que verdaderamente encarnan la figura del Buen Pastor (Jn 10,27-30). Desgraciadamente habrá siempre algunos mercenarios que se aprovecharán del cargo para servirse de las ovejas, en vez de estar a su servicio.

La Jornada de las Vocaciones nos lleva a pensar en estas personas que han dedicado su vida al servicio de la Iglesia de los demás. También el matrimonio cristiano es, sin duda, una vocación. Tan sólo en el seno de familias profundamente cristianas pueden germinar las diversas vocaciones, entre ellas la vocación al matrimonio, la vocación sacerdotal y religiosa. Es toda la comunidad, presidida por sus pastores la que debe discernir y acompañar las diversas vocaciones que el Señor suscita en ella.  La vocación supone una cierta capacidad de escucha de la llamada. Hoy se corre el peligro de cerrarse en banda, como hicieron los que escucharon a Pablo (Hech 13,14.43-52). Tenían ya sus esquemas hechos y todo lo que se saliera de ellos no era aceptado. Los paganos, en cambio, están atentos a la novedad del Espíritu.

La capacidad de escucha supone una sintonía entre el que habla y el oyente. Jesús hace que sus oyentes se vayan identificando poco a poco con él. Jesús es el Buen Pastor precisamente porque es el Cordero degollado y resucitado, que ha dado la vida por nosotros (Ap 7,9.14-17). No es de extrañar que sus ovejas lo escuchen, lo obedezcan y lo sigan. Quieren vivir con Él porque así encuentran la vida. Los sacerdotes deben identificarse con Jesús, Buen Pastor, y conducir las ovejas hacia Él, y no hacia sí mismos.

Jesús mantiene con los creyentes una relación de amor y de amistad semejante a la que Dios mantenía con Israel en el seno de la alianza. Como Dios, Jesús tiene con sus ovejas una relación personal intensa, de conocimiento y amor. Es un amor de elección y de predilección. Sus ovejas, por su parte, corresponden a ese amor mediante la escucha y el seguimiento.

Nada puede, sin embargo, separar a los seguidores de su Señor ya que en Él tienen asegurada la salvación. Es el Padre el que ha dado esas ovejas a Cristo. Las ovejas son del Padre, que es superior a todos, y por eso nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Los creyentes en Jesús, a través de Él, están en buenos manos, en las manos del Padre. El Padre y Jesús son uno. Por eso Jesús puede presentarse como el Pastor del pueblo, título que pertenecía a Dios mismo. El pueblo de los redimidos por Cristo tiene a Él como pastor. Él los conduce a las fuentes de agua vida, que son el Espíritu de Dios. Es Jesús el que nos da su Espíritu. Ese pueblo apacentado por Jesús habita en la casa misma de Dios, en su templo, dándole culto día y noche.

En la celebración de la eucaristía damos culto a Dios nuestro Padre. Le damos gracias porque nos ha salvado en Cristo Jesús, que es nuestro Pastor, que nos alimenta con su propia vida, con su palabra, con su cuerpo y sangre. Pidamos por todas las vocaciones y en particular por los sacerdotes que hacen presente a Jesús, Buen Pastor, en medio de la comunidad.

 

By

Apacienta mis ovejas

10 de abril de 2016 – Tercer Domingo de Pascua

 

 Hemos tenido que esperar tantos años para que en la Iglesia volviera a resonar el mensaje del amor, de la misericordia y de la ternura que están en el centro del evangelio. Durante muchos años hemos estado preocupados por otras cosas, sobre todo por la doctrina, el cumplimiento y las normas. El papa Francisco ha pedido una vuelta a lo esencial, al centro del evangelio. Para ello ha promulgado el Jubileo de la Misericordia. Lo ha hecho a continuación del Sínodo de la Familia donde han ido apareciendo problemas nuevos que exigen también una aproximación nueva. No se trata de cambiar la doctrina del matrimonio cristiano sino la manera de acercarnos a las vidas concretas de los matrimonios. No se puede uno parapetar en normas generales y abstractas sino que hay que entrar en contacto con la vida real.

Jesús quiso confiar su Iglesia a una persona que mereciera su confianza, una persona de la que estuviera seguro que iba a tratar bien a sus ovejas y sus corderos. Para ponerla prueba no le pregunta si ama a esa Iglesia que le va a confiar. Jesús sabe que sólo amará a ese rebaño si ama al señor del rebaño. Por eso le hace por tres veces la pregunta más que directa: ¿me amas? Si no se ama al Señor es difícil amar a su Iglesia. Muchos dirán que aman al Señor pero no a la Iglesia que tenemos. Jesús, sin embargo, ama a su Iglesia y se entregó por ella para purificarla y poderla presentar ante sí sin arruga ni mancha.

Sin duda se trata del examen definitivo (Jn 21,1-19). “En el atardecer de la vida te examinarán sobre el amor” (Juan de la Cruz). El examen era muy fácil pues se trataba de responder simplemente “sí”, o “no”. Pero la pregunta era difícil: “¿Me amas más que éstos?”. La pregunta había dado en el clavo. El amor consiste más en obras que en palabras. Sin duda alguna que se trata de no hacer mal a los demás, pero sobre todo el amor se expresa en hacerles el bien. Y el amor es concreto, afecta a la persona concreta.

Pedro no se atreve a compararse con los demás y afirma simplemente que Jesús sabe que Pedro quiere. Jesús parece estar de acuerdo y le confía su rebaño. Pero de pronto Jesús repite de nuevo la pregunta ya sin hacer comparaciones. Pedro dice lo mismo y Jesús sigue confiándole su Iglesia. Pero cuando Jesús pregunta por tercera vez, Pedro se da cuenta de que Jesús ha cogido el argumento por donde más duele. Su amor a Jesús no había sido capaz de superar sus tres negaciones. Ahora parece que el Señor le está pasando la factura. Pero Pedro responderá lo mismo y el Señor le confiará su Iglesia.

Queda ya poco del Pedro impetuoso y bravucón. Ha ido aprendiendo dolorosamente la lección. Eso le irá preparando para el futuro, para ser más fiel en el seguimiento. Un día será viejo y será conducido al martirio como prueba del amor por el maestro. Es ahora cuando Jesús pronuncia la palabra de siempre en sus llamadas: “Sígueme”. Pedro está ya listo para su segunda llamada y para seguir a Jesús, aunque esto le llevará al martirio, donde uno  ya no tiene más la iniciativa de su vida sino los demás deciden por uno. En el fondo Pedro va aprendiendo que no es uno el que lleva las riendas de la propia vida sino que hay otro que nos va guiando. Probablemente se trata de hacer más  y hablar menos.

Sin duda que en su misión, Pedro tendrá que hablar de Jesús, (Hech 5,27-32.40-41) y ser su testigo. Pero no es él el personaje importante sino el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen. Pedro ha ido aprendiendo poco a poco la obediencia. Pero se trata de obedecer antes a Dios que a los hombres. Su vida ya no va depender de sus propios impulsos sino de lo que Dios le vaya indicando. Pidamos en esta Eucaristía encontrarnos con el Resucitado y responder a su llamada a seguirlo. Pidámosle mostrarle nuestro amor amando a los demás.

 

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR