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El que mira atrás no es apto para el Reino de Dios

26 de junio de 2016 – 13 Domingo del Tiempo Ordinario

 

No hace muchos años, a la hora de firmar un contrato de trabajo, el trabajador podía expresar sus aspiraciones en  cuanto a salario, horario y vacaciones. Hoy día a nadie se le pregunta sino que el dador del trabajo te lo fija todo y tienes que estarle agradecido. Los que trabajan por cuenta propia siguen fijando lo que cobran por un trabajo determinado pero eso no quiere decir que se lo vayan a dar. Si no nos convence buscamos uno más barato. Jesús suscitó una gran expectación en su tiempo y no faltaron personas interesadas en unírsele para sacar provecho. Pero a muchos Jesús les echó un jarro de agua fría, mostrando que era Él el que invitaba al seguimiento, y era Él el que fijaba las condiciones. En realidad es Él el que llama y exige una respuesta sin condiciones.

El seguimiento de Jesús no es un proyecto humano en el que uno pueda tener la iniciativa. Ser elegido es un signo de la predilección y del amor de Jesús. Por eso el seguimiento es alegría. Las cualidades y la preparación cuentan poco. Jesús llama y no deja poner condiciones. Éstas no tienen tanto que ver con el trabajo a realizar sino con la forma de vida que hay que seguir. Ser discípulo de Jesús no es tanto hacer cosas sino una manera de ser, de vivir, de actuar, de ver el mundo. En el fondo se trata de hacer presente el Reino mediante el amor cristiano. Todos los otros métodos pueden resultar destructivos (Gal 4,31-5,13-18).

Los discípulos pueden pensar que se trata ante todo de establecer el Reino y la justicia de Dios a cualquier precio, incluso con el fuego de Dios. Jesús no tiene más remedio que reprender a Santiago y Juan, personas por lo demás ambiciosas, que tienen pocos escrúpulos a la hora de buscar los medios y los métodos. Jesús no acepta tampoco por las buenas a todos los que se ofrecen espontáneamente a irse con él (Lc 9,51-61). A estas personas generosas y bien intencionadas, que vienen ya con su proyecto propio, Jesús les hace ver que es Él el que puede poner condiciones y no los que quieren seguirlo. Para que nadie se haga ilusiones de que el seguimiento de Jesús le va a traer ventajas materiales, Jesús pone delante de la persona las condiciones extremas en las que vive el grupo. Es una vida itinerante a la intemperie. No hay un refugio permanente, cosa que hasta los animales tienen.

El seguimiento de Jesús parece saltarse a la torera las obligaciones más sagradas, como el enterrar a los padres. Jesús trae una novedad tal, sitúa a la persona en el Reino de la vida, de manera que no puede uno seguir ocupándose de los muertos. Ya habrá otros que se ocupen de ellos. El discípulo está llamado a anunciar el Reino y no puede perder el tiempo en otras actividades, por más sagradas que parezcan.

La venida del Reino trae la relativización de todos los valores, incluso de los más sagrados. Jesús y los primeros cristianos saben bien que esas realidades, como la familia, que tanto sacralizamos, pueden ser un obstáculo para la fe y para su seguimiento. Pensar aunque nada más sea en despedirse de la familia, para quedar bien con ella, es seguir mirando hacia atrás, hacia el pasado. Ese tipo de persona no vale para el Reino de Dios. El creyente mira hacia el futuro del Reino que viene y no se preocupa de lo que queda atrás.

Todo esto parece exagerado, pero es la única manera de no convertir el Reino de Dios en una “gracia barata”, que se puede adquirir sin renuncia. Hay que hacer como Eliseo, obedecer prontamente, sacrificar lo que uno tiene y celebrar un banquete con motivo de la lotería que a uno le ha tocado: ser llamado al servicio del Reino (1 Re 19, 16-21). Que la celebración de la eucaristía nos confirme en el seguimiento de Cristo y nos abra hacia el futuro de Dios, de manera que no volvamos la vista atrás.

 

 

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Tú eres el Mesías de Dios

19 de junio de 2016 – 12 Domingo Ordinario

Cada vez más el ser creyente es una cuestión personal que uno decide en lo profundo de su ser. Tan sólo se puede seguir siendo creyente si uno se ha encontrado personalmente con Jesús y ha descubierto en él el sentido de la vida. Creer en Jesús, en efecto, es poder confiar totalmente en él, como él confió en Dios Padre. El creyente experimenta que Dios no le falla mientras en las relaciones humanas estamos expuestos a los mayores engaños y frustraciones.

La confesión de fe de Pedro nos muestra el camino a seguir (Lc 9,18-24). La proclamación de Jesús como el Mesías de Dios no es una invitación al triunfalismo sino a seguir a Jesús sufriente. Pedro y todos los demás tenemos que negarnos a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz detrás de Jesús.

Es verdad que la adhesión de Pedro a Jesús tuvo sus altibajos y en uno de ellos llegó a renegar de Jesús. Una vez llorado su pecado y perdonado por Jesús, volvió al amor primero y confesó a Jesús hasta morir por Él. Perder la vida por Jesús es la única manera de salvarla. La tentación de querer salvar la vida o la buena fama, en un momento determinado, ha llevado también a la Iglesia a este atolladero del que le está costando trabajo salir.

Creer en Cristo Jesús no es simplemente repetir fórmulas del catecismo, aunque estas fórmulas sean necesarias para confesar juntos la misma fe. Creer en Jesús es, como dice San Pablo, revestirnos de Él (Gal 3,26-29). Ese vestido no es una realidad exterior que uno se quita y se pone. No es un puro barniz de apariencia. Expresa más bien la transformación interior y total de la persona. El que se ha vestido de Cristo re-presenta, hace presente a Cristo, es Cristo. Cada uno de los creyentes es Cristo, una presencia de Cristo en nuestro mundo, una prolongación de su encarnación.

En esta perspectiva, la fe cristiana abre un horizonte de novedad, no sólo para el individuo, sino también para toda la comunidad humana, en sus dimensiones sociales. En Cristo han sido abolidas todas las discriminaciones: judíos-gentiles, esclavos-libres, hombres-mujeres.  Ciertamente que no se suprimen las diferencias, si no son discriminadoras sino que representan una riqueza integrable en la unidad. Todos somos uno en Cristo Jesús, sin perder nuestra identidad y originalidad. Pero esa identidad personal es relacional. Hace relación a Cristo, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, invitados todos ellos a revestirse de Cristo y a seguir su estilo de vida.

La fe en Cristo no quita nada valioso a nadie. Los apóstoles, venidos del judaísmo, estaban convencidos que aquello que ellos y sus padres habían vivido durante tantos siglos había llegado a su plenitud en el acontecimiento de Cristo Jesús. Para ellos orientar su vidas hacia Jesús no era renegar de su pasado sino salvarlo. También los diversos pueblos paganos que adhirieron a la fe cristiana experimentaron que ninguno de sus valores auténticos se perdía sino que adquiría un punto de referencia nuevo que garantizaba su realización concreta. En la eucaristía proclamamos nuestra fe en Cristo y lo seguimos en sus palabras y gestos. Tengamos el coraje de proclamar nuestra fe con palabras y obras en nuestra vida concreta.

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Tiene mucho amor

12 de junio de 2016 – 11 Domingo Ordinario

 El tema de los desahucios ha puesto de manifiesto que el sistema económico funciona de manera implacable, sin tomar en consideración la situación de las personas cuando son pobres y no tienen ni voz ni voto en la organización del sistema social.  Muchas veces los gobiernos hacen pagar a la colectividad las deudas generadas por personas particulares que han llevado a la ruina a determinadas instituciones bancarias. En el Reino del que habla Jesús se sigue una contabilidad muy especial, que sin duda provocaría la ruina de las instituciones bancarias.  No es que los bancos que han quebrado o tienen dificultades hayan seguido el sistema de Jesús o las recomendaciones de la doctrina social de la Iglesia. Es más bien la especulación y el afán de lucro los que han provocado los problemas. En el mundo de Jesús se perdona con la misma facilidad unos cuantos euros o varios millones. Por eso en el Reino, que anuncia Jesús, se habla tanto del perdón, y se hace realidad en la vida de muchas personas (Lc 7,36-8,3).

Los ejemplos de las lecturas de hoy son bien significativos. David se considera a sí mismo como una persona justa que, por eso, puede dictar justicia. En realidad su conciencia estaba un tanto aletargada. Veía claramente el pecado de los demás y no reconocía las barbaridades que él había cometido. David recibe el perdón cuando él mismo ha sentenciado que el crimen que ha hecho merece la muerte. Basta reconocer el pecado y obtendrá el perdón (2 Sam 12,7-13).

De la pecadora del evangelio no conocemos muchos detalles pero no cabe duda de que era una persona considerada pecadora pública por parte de la gente bien. El hecho de que para acercarse a Jesús haya sido capaz de entrar en casa de un fariseo y que no la hayan echado a patadas habla de la confianza que tenía en Jesús y del respeto que tenían por Jesús  los fariseos.

La pecadora muestra su amor por Jesús y su arrepentimiento a través de las lágrimas. Su gesto constituye una especie de sacramento de reconciliación, que purifica totalmente su vida y la salva. Jesús confirma ese perdón y declara que es la fe la que la ha salvado. Es la fe como adhesión amorosa a la persona de Jesús la que ha hecho que esa persona reconstruya su vida. Esa fe y esos gestos brotaban del amor que es lo que purifica y salva. Jesús dice que se le han perdonado sus muchos pecados porque ha amado mucho. Pero concluye de manera sorprendente: al que poco se le perdona poco ama.

Las personas buenas, como los fariseos, aman poco porque no han experimentado el perdón en sus vidas. No lo han experimentado porque se creen buenos, sin pecados, y no necesitan el perdón. Así se pierden la gran oportunidad en la vida de encontrarse con el Dios que perdona. Hoy día casi todos somos fariseos. Nos cuesta reconocernos pecadores ante Dios. Nos consideramos personas buenas, sobre todo en comparación a lo que hay por el mundo.

Pablo, en cambio, antiguo fariseo, quedó profundamente conmovido por la experiencia no sólo de haber sido perdonado por Cristo sino también por haber sido llamado a ser apóstol suyo. Experimentó en su propia carne que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús (Gal 2,16-21). La religión no es un hacer cosas sino un creer y amar a una persona, la persona de Jesús como revelación del amor del Padre. Este amor se ha mostrado, ante todo, como perdón. Éramos enemigos de Dios que, sin embargo, nos ha tendido su mano y nos ha hecho hijos suyos.

En cada eucaristía experimentamos el perdón de Dios nuestro Padre que pedimos al comienzo de la celebración y que se hace realidad en el encuentro amoroso con Jesús sacramentado. Que nuestra vida sea testimonio agradecido del perdón recibido.

 

 

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Jesús se lo entregó a su madre

5 de junio de 2016 – 10 Domingo Ordinario

 

Las muertes prematuras causan en nosotros una impresión de una injusticia irreparable. A pesar de los avances de la medicina, somos impotentes ante la realidad de la muerte, que sigue llevándose muchas personas antes de tiempo. En nuestro corazón hay el deseo, sin duda puesto por Dios, de vivir para siempre. Todos creemos que hemos sido hechos para la vida y no para la muerte. El Señor sostiene nuestra débil esperanza a través de las intervenciones milagrosas que muestran su poder sobre la vida y la muerte.

Dios actúa sobre todo a través de sus enviados, de manera especial de sus profetas. Hoy escuchamos cómo Elías resucitó al hijo único de la viuda que lo había acogido en su casa (1 Re 17, 17-24). El profeta cuenta a Dios lo contradictorio que sería que su visita y cercanía a aquella pobre mujer se hubiera convertido en causa de desgracia y no de bendición. Sería una ingratitud imperdonable. Dios, a través de Elías, resucita al muerto.

En el evangelio Jesús aparece como el nuevo Elías, como el profeta definitivo de los tiempos mesiánicos. En su persona reviven los antiguos prodigios que Dios realizaba a favor de su pueblo, visitándolo con su favor (Lc 7, 11-17). De nuevo tenemos la resurrección del hijo único de una viuda. En este caso, Jesús no los conocía de antemano, pero es capaz de hacerse cercano a las personas que sufren. Le basta ver la escena del entierro del difunto para captar la situación. Es la de una pobre madre, cuyo porvenir reposaba tan sólo en este hijo y que ha sido truncado con su muerte. Jesús siente lástima de ella. Los que contemplan el milagro se dan cuenta de lo que ha ocurrido: Dios ha visitado a su pueblo. Dios no se ha desentendido de su pueblo, de lo que éste sufre, sino que está siempre atento, informándose a través de sus visitas y trayendo con ellas la salvación.

El papa Francisco nos está ayudando a todos a redescubrir esa dimensión fundamental del evangelio: la compasión. No es una realidad puramente sentimental sino que es una característica de Dios que le permitirá decir al mismo evangelista: “sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo” (Lc 6,36). Para Dios, ser misericordioso no se queda en buenos sentimientos sino que se traduce en que hace el bien a todos, a los buenos y a los malos. La Iglesia, sobre todo a través de Cáritas, está intentando hacer el bien a todos, sin distinción de religiones, sin pedir un certificado de buena conducta.

En el fondo, es ese amor misericordioso de Dios lo que experimentó San Pablo y le llevó a cambiar totalmente de conducta. De perseguidor de los cristianos pasará a ser el más entusiasta propagador de Cristo y su evangelio (Gal 1, 11-19). Pablo quedó totalmente marcado por la confianza que Jesús depositó en él, sin esperar a que diera pruebas de que se lo merecía. La Iglesia siente como suyas las alegrías y las penas de todos los que sufren, sobre todo de los pobres, y cree y confía que ellos son los destinatarios privilegiados del la Buena Noticia. Ellos son los que pueden cambiar la Iglesia y el mundo, haciendo que la Iglesia sea una Iglesia de los pobres. En la eucaristía experimentamos ese amor compasivo y misericordioso de Dios que abre para nosotros caminos de vida.

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Dadles vosotros de comer

29 de mayo de 2016 – El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

Frente a los que creen que la Iglesia debe ocuparse sólo de lo religioso y no entrar en el campo de lo social, hay que recordar que ella a lo largo de la historia se ha ocupado de los cuerpos y no sólo de las almas. Fue siempre la primera en detectar las necesidades de las personas. Con ello no hacía más que seguir a Jesús, que tenía una capacidad especial para captar las necesidades de la gente. La Iglesia da una grande importancia a la realidad corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús resucitado sigue teniendo un cuerpo en el que lleva los signos de su pasión que se prolonga hoy día en nuestro mundo.

El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 9,11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.

La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y para colmo estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.

Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad, el pan de la unidad. La Iglesia comenzó a existir en torno a la Eucaristía. El memorial de la muerte y resurrección de Jesús unía a los hombres en un solo cuerpo. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a proclamar la muerte el Señor hasta que vuelva. Esa memoria de Jesús no nos deja tranquilos. Es una llamada a hacer lo mismo en memoria de él. De esa manera Jesús se hace nuestro contemporáneo y continúa salvando al mundo.

Dios, origen de la vida, mantiene nuestra vida a través de los alimentos. También ellos son don de Dios y fruto de nuestro trabajo. A través del cuerpo de Cristo la vida misma de Dios viene a nosotros. Ciertamente el cuerpo de Cristo es la persona misma de Cristo, la persona del Resucitado que un día anduvo por nuestros caminos (1 Cor 11,23-26). Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna.

El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Jesús nos nutre con su amor en el pan de la unidad. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.

Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.

 

 

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Todo lo que tiene el Padre es mío

22 de mayo de 2016 – Santísima Trinidad

 

Jesús ha sido tan ingenuo y tan infantil que nos ha contado todo lo de su familia y nos ha introducido hasta lo más íntimo de ella pues sabía que no había trapos sucios que ocultar. Es él el que nos ha hablado de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nosotros, los creyentes, conocemos  esas personas y tenemos una relación familiar con ellas pues nos han acogido en su casa como a hijos queridos. Sabemos que no viven en un castillo misterioso sino que todo es tan transparente como el amar y ser amado. De la mano de Jesús hemos aprendido a relacionarnos personalmente con cada una de las personas de la Trinidad.

Ya el pueblo de Israel experimentó a Dios como una realidad personal cercana, que había elegido a Israel y que esperaba que su pueblo fuese fiel a la alianza que había contraído con Él. De esa manera las relaciones entre Dios e Israel eran relaciones personales familiares. Se expresan a través de las diversas imágenes de la familia, sobre todo del Esposo y la Esposa. De manera particular Israel experimentó la presencia de la Sabiduría y del Espíritu de Dios en su historia concreta. Esta Sabiduría estaba presente ya en el momento de la creación y gozaba con los hijos de los hombres (Pr 8,22-31).

Con estas experiencias, no fue difícil a los discípulos de Jesús reconocer que en Él Dios se hacía presente y que Jesús mantenía una relación única de intimidad con el Padre. Jesús todo lo recibía del Padre y todo lo devolvía al Padre (Jn 16,12-15). Pero sobre todo, después de la resurrección de Jesús, los discípulos experimentaron que su Espíritu estaba presente y actuando en sus vidas. Era Él el que ponía en nuestros corazones el amor de Dios, la vida misma de la Trinidad (Rm 5,1-5).

Se trataba de una experiencia revolucionaria, propia del pensamiento bíblico. El hombre, en las religiones antiguas, busca y ama a Dios, pero Dios no responde con amor. Él tiene otras cosas más importantes y no pierde su tiempo con los problemas de los hombres. Es el Espíritu el que nos ha permitido experimentar de manera histórica ese amor Dios. Ese amor se ha manifestado en la entrega del Hijo por todos nosotros, precisamente cuando éramos enemigos de Dios. La experiencia del perdón de Dios es una de las primeras que nos permiten experimentar el amor incondicional de Dios. Es una experiencia de paz y de reconciliación que nos hace sentir hijos de Dios y, por tanto, amados por Él.

El amor  de Dios, vivido en lo cotidiano, es la garantía de la esperanza cristiana, que sabe que el amor no muere, sino que es ya anticipación de lo definitivo. Esa esperanza hace que nuestro valor y resistencia queden probados  a través de la perseverancia en el bien en medio de las dificultades que experimentamos todavía en la vida. El cristiano sabe que el Señor resucitado ha triunfado ya sobre todas las fuerzas de destrucción que existen todavía en el mundo. Por eso no nos desanimamos ni tiramos la toalla sino que luchamos para que el mundo nuevo llegue a todos.

Es el Espíritu el que nos sostiene en este combate cotidiano y nos va introduciendo en la verdad plena que anunciaba Jesús. Sus discípulos en la víspera de la pasión tan sólo veían el lado negativo de lo que iba a ocurrir. Será el Espíritu el que poco a poco los introduzca en la realidad definitiva del Resucitado, que ha triunfado sobre el odio y el mal de este mundo. Esa verdad es en realidad una persona. Al final se darán cuenta que en la vida de Jesús se les ha manifestado totalmente Dios Padre. Los discípulos tuvieron la dicha de poder convivir con Jesús. Vivir con Él, era en realidad, vivir con el Padre.

Experimentamos el amor de la Trinidad sobre todo en la celebración de la Eucaristía. En ella damos gracias a Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu porque nos ha salvado y nos ha introducido en su vida divina para que la hagamos presente en el mundo.

 

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Cada uno les oía hablar en su propia lengua

15 de mayo de 2016 – Domingo de Pentecostés

 

El papa Francisco ha logrado por primera vez en muchos siglos que los hombres, creyentes o no creyentes, entiendan lo que dice el papa. Esto ha sido posible, sin duda, porque habla no sólo de los problemas del hombre de la calle sino que también lo hace en el lenguaje del hombre ordinario. Estamos experimentado una gran dificultad para transmitir la fe a las nuevas generaciones. No se trata simplemente de emitir un mensaje de propaganda sino de ser capaces de iniciar a los hombres de nuestro tiempo en la experiencia cristiana del Señor resucitado. Tenemos que hacer lo que los apóstoles  el día de Pentecostés: anunciar a Jesús a los que lo habían rechazado y a otros que casi no se habían enterado de lo que había ocurrido (Hechos 2,1-11).

Ese anuncio fue posible gracias a la venida del Espíritu Santo que transformó totalmente a los apóstoles que superaron los miedos que les atenazaban y les tenían encerrados en casa, sin atreverse a salir fuera (Jn 20,19-23). Ahora se hacen presentes en la plaza pública y dan testimonio del Señor resucitado. Es hora que también nosotros superemos nuestros miedos y falsos pudores y seamos capaces de suscitar la cuestión de Dios entre muchos de nuestros amigos que se han ido alejando de la práctica cristiana. Cada vez se está viendo más claramente que la transmisión de la fe pasa por la experiencia de fe en la familia. Si la familia no apoya esa vivencia, la catequesis de los niños será un puro barniz que a veces desaparece apenas hecha la primera comunión. Confiemos que las familias cristianas sean cada vez más conscientes de su misión de educar cristianamente a sus hijos. Es la obligación que asumen cuando pidieron el bautismo para ellos.

Gracias al Espíritu se superan las barreras de las lenguas, culturas, pueblos y religiones. El Espíritu no es monopolio de la Iglesia. El actúa en el corazón de todos. Pero su acción consiste siempre en llevar a las personas hacia los valores auténticos que vienen de Dios y fueron proclamados por Jesús y por otros muchos hombres de Dios. Ahora bien, nosotros creemos que el Espíritu está presente y actúa de manera especial en la Iglesia. Ella es la comunidad reunida en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A todos los creyentes nos ha dotado de dones y carismas para la construcción del cuerpo de Cristo. De esta manera integra en la unidad la diversidad (1 Cor 12, 3-13).

En nuestro mundo contemplamos ciertos movimientos que parecen opuestos. Sobre todo en Europa existe una búsqueda de integración y superación de barreras de los estados nacionales, pero al mismo tiempo los diversos pueblos exigen formas de autogobierno cada vez mayor. No es fácil conciliar ambas tendencias y mantener el equilibrio de un cuerpo armónicamente organizado. Aunque el Espíritu anima los grandes movimientos de la historia, su acción se centra en el corazón de las personas, de las que hace hijos de Dios. Él es el que sabe interpretar los gemidos de nuestro corazón y las ansias a las que apenas somos capaces de dar nombre. Es la dignidad del hombre concreto la que está en juego pues es la persona concreta la que responde a la acción de Dios mediante su Espíritu. Es la persona la que recibe el Espíritu, la que experimenta la paz, la alegría y el perdón.

El camino de la Iglesia, el camino de la evangelización, pasa a través del hombre concreto. Es el hombre concreto el que tiene que ser salvado. Para que los hombres entiendan su lenguaje, la Iglesia debe acercarse al hombre concreto en su situación concreta. Ya no puede hablar desde una cátedra posesora de la verdad sino que tiene que caminar al lado de los hombres. En último término el lenguaje que entienden todos los hombres es el lenguaje del amor misericordioso. Ese es el lenguaje que están esperando los refugiados y emigrantes. Es el Espíritu el que actúa en la Eucaristía y hace actual para nosotros el misterio de Jesús. Que El nos dé la fuerza y el entusiasmo para realizar la nueva evangelización de nuestro mundo.

 

 

 

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Volverá como le habéis visto marcharse

8 de  mayo de 2016 – La Ascensión del Señor

 

El problema de los refugiados ha puesto de manifiesto que sobre todo las autoridades europeas prefieren no darse por enterados. Miran para otro lado, intentando que otros países se hagan cargo de ellos. El reproche de los hombres, vestidos de blanco, a los apóstoles es: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech 1,1-11). Lo que se les echa en cara no es tanto “el mirar al cielo”, como “el estarse ahí plantados”, el no moverse. El creyente es un caminante con los pies sobre la tierra, pero mirando al cielo. Su vida está marcada por la dimensión vertical y horizontal de su existencia.

El creyente no puede quedar reducido a su dimensión horizontal, que se realiza en la historia. Creado a imagen de Dios, sólo alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en  la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido y es objeto del amor de Dios y sigue siendo objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero. La Iglesia es portadora de esa bendición que Jesús le dio al partir. Una bendición que es promesa de prosperidad y salvación para toda la humanidad.

Es verdad que en el pasado la dimensión vertical, que orientaba al hombre hacia la eternidad, no era capaz de asumir la realidad histórica de este mundo. Hoy día los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo  Ahora es el tiempo de la evangelización, de transformar el mundo en Reino de Dios (Lc 24,46-53). Este mundo sigue estando todavía lejos de lo que Dios quiere que sea. Hay todavía demasiado sufrimiento e injusticia. El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. La Iglesia acompaña la peregrinación de los pueblos hacia la meta y hace presente la salvación mediante los signos que el Señor sigue realizando en la historia.

La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva, en que habite la justicia, y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Sólo manteniendo la dimensión vertical de relación con Dios adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la existencia. La dimensión horizontal nos sitúa en el horizonte histórico absoluto abierto por Jesús, en el futuro de Dios, que nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro mundo.

El Señor nos ha confiado este mundo para que lo evangelicemos en espera de su venida gloriosa. En realidad el Señor no está ausente de este mundo. Como Señor Resucitado, sentado a la derecha del Padre, tiene señorío sobre todo lo creado. Él, a través de su Espíritu lo penetra todo.  Él sigue actuando en sus enviados, a los que no ha dejado solos. Él es el centro y la meta de la historia humana. En ella Dios, a través de nuestras pobres historias, va escribiendo su historia de salvación que hace que el hombre entre en la intimidad de Dios. La presencia de Jesús, ya al lado del Padre, es para todos nosotros la garantía de que un día nos reuniremos con Él. Entretanto en la celebración eucarística avivamos nuestra esperanza y tomamos fuerzas para llevar adelante la misión que Él nos dejó al partir.

 

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