By

Destruid este templo

8 de marzo de 2015 – Tercer Domingo de Cuaresma

 

La religión ha sido en el pasado parte integrante de la política. La política, en particular la autoridad, necesitaba siempre una legitimación religiosa. Los antiguos reyes tenían todos los poderes y delegaban en los sacerdotes sus funciones sacerdotales. El templo era siempre el santuario del rey. Fueron los profetas los que lucharon por la liberación de la religión del yugo político, pero sin lograrlo. A la religión le interesaba la tutela del poder político. A veces las mismas autoridades religiosas eran las autoridades políticas. Eso daba un pragmatismo realista muy lejano de las utopías proféticas. A pesar de todo Jesús intentó liberar la religión de la política, con el gesto profético de la purificación del templo, convertido en la Banca Nacional. Por ello fue condenado a muerte (Jn 2,13-25).

No es fácil liberar la religión del poder político, de la búsqueda de poder. Algunos creen ilusoriamente que la política actual es totalmente laica. Al contrario, la política está ocupando el puesto de la religión. Como la religión, la política necesita también de su Absoluto, de la voluntad popular, realidad tan invisible como Dios, pero que se manifiesta en los nuevos templos de los parlamentos, mediante las elecciones y las personas a las que se les concede la autoridad para dar leyes obligatorias. Sin esa religión política, la política no funciona.

Lo que le preocupaba a los profetas y a Jesús es que el sistema político-religioso ocupe el puesto de Dios. La relación concreta con Dios se torna abstracta. Se absolutizan así los lugares, las personas, las acciones de ciertos personajes. Al final todo se convierte en un mercado y se olvida que todo, también la religión y la política, debe estar al servicio del hombre concreto. Por eso los profetas recordarán las exigencias del Decálogo, sobre todo en lo que toca a las relaciones con el prójimo y la tutela de los derechos fundamentales: la vida, la verdad, el amor, la propiedad (Ex 1,22-25).

La propuesta de Jesús es destruir el sistema y edificar otro nuevo. Se trata de construir un nuevo modelo de religión no centrado en el templo y la dependencia política sino en adorar a Dios en espíritu y verdad. Esto es posible gracias a su propia persona resucitada por el Padre. Es en Jesús donde el Padre se hace presente y actuante. La desaparición del templo y del sacerdocio hizo que el judaísmo y el cristianismo pusieran en el centro la Palabra de Dios y la vida familiar. Sin duda en el cristianismo el centro es Jesús, Palabra encarnada, que se hace presente en la comunidad de los creyentes a través de su Espíritu. Esta comunidad es una comunidad de fe y no una comunidad política. Es una comunidad que se constituye como tal cuando se reúne como iglesia para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la eucaristía. El lugar de reunión al principio fueron las propias casas.

Con el tiempo también el cristianismo reconstruyó sus templos y sus ministros se convirtieron en sacerdotes. Pero nunca debemos olvidar que sólo los nombres se parecen a lo que era el culto antiguo. Bueno, desgraciadamente, a veces volvemos al culto antiguo. Por eso es necesario avivar el espíritu profético de Jesús en nuestras comunidades para que huyan de la tentación del poder y sean manifestaciones de la debilidad de Dios. La salvación está en la cruz y no en el poder (1 Cor 1,22-25). Que la celebración de la eucaristía avive en nosotros el espíritu profético, para ser testigos de las exigencias de Dios en nuestro mundo.

By

Éste es mi Hijo amado; escuchadlo

1 de marzo de 2015 – Segundo Domingo de Cuaresma

 

La vida comporta continuos cambios, en nuestro desarrollo corporal y espiritual. El cambio espiritual tiene lugar porque cambiamos nuestra manera de pensar y de ver la vida. Ese cambio interior no es el fruto simplemente de la observación de sí misma sino que es el resultado de una confrontación de nuestra conciencia con otras conciencias, especialmente con la figura de Jesús. La cuaresma nos ofrece todo un camino de transformación en diálogo con Cristo. ¿Cómo me sitúo ante Cristo? ¿Cómo se situó Cristo ante Dios?

El evangelio muestra que Jesús desde su bautismo se considera el Hijo amado del Padre. Es esa convicción el que lo lanza a la vida misionera. En ella va a encontrar una gran oposición que probablemente le suscitaría sus dudas e interrogantes. También los discípulos que lo acompañaban se vieron desorientados ante lo que decía y hacía. Empezaron a experimentar el escándalo de la cruz.

El escándalo de la cruz radica en el hecho de que el cristiano profesa que Dios ha salvado al mundo entregando su Hijo a la muerte por nosotros pecadores (Rom 8,31-34). El hecho de la muerte salvadora de Jesús se expresa en su resurrección, con la que el Padre legitima toda la aventura histórica de Jesús, sobre todo su obediencia filial hasta la muerte. Jesús fue siempre el Hijo amado del Padre y no un blasfemo.

La transfiguración de Jesús nos ayuda a seguir caminando en nuestra cuaresma con Jesús hacia Jerusalén para participar en su muerte y resurrección (Mc 9,1-9). No tiene nada de extraño que los discípulos no comprendieran su sentido y se preguntaran qué significaba “resucitar de entre los muertos”. Estaba claro que no se trataba de una resurrección de un muerto como las que se cuentan en el Antiguo Testamento o las que realizó Jesús. En ellas, más que resurrección se trataba de una vuelta temporal a la vida para después volver a morir. La resurrección de Jesús, en cambio, significa la intervención definitiva de Dios para salvar a la humanidad. Jesús resucitado vive para siempre, para nunca más morir, y se ha convertido en causa de vida para todos los que creen en Él.

Cuando Jesús decidió ir a Jerusalén a confrontarse con las autoridades, sabía a lo que se exponía. Los discípulos creían ingenuamente que iba a hacerse con el poder. Jesús previendo el escándalo de su fracaso quiso manifestarles que aquel fracaso era precisamente el camino para el triunfo de la resurrección. La maldad humana no puede hacer fracasar el plan de amor de Dios Padre respecto al mundo. Ese amor Dios manifestado en la entrega de su Hijo es causa de vida y de resurrección.

Esa fe en la resurrección está ya anticipada en la fe de Abrahán. Por eso toda fe significa creer que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y que con Él resucitaremos todos. Abrahán venció el miedo a la muerte, cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo (Gn 22,1-18). Lo que cuenta es su obediencia de fe. Él estaba dispuesto a entregar a su hijo. Su acto anticipaba el acto mismo del Padre que sí que entregó a su Hijo a la muerte por nosotros. Abrahán no sólo recuperó a su hijo Isaac sino la promesa de toda una descendencia. La obediencia de Abrahán engendra vida. También el Padre rescató a su Hijo de la muerte y con Él toda una muchedumbre de hermanos, hijos en el Hijo.

La obediencia de Abrahán y de Isaac anticipan la obediencia filial de Cristo y su solidaridad con sus hermanos. A causa de esa obediencia amorosa, Jesús es la persona a la que debemos escuchar, a la que debemos obedecer, porque es Él el que nos enseña a abrirnos al Padre y a los demás. Nuestra vida cristiana se sitúa en ese contexto de alianza en el que se vive el amor de Dios manifestado de manera concreta en la entrega de su Hijo.

Nuestra respuesta es siempre una respuesta de obediencia filial. Se trata de escuchar, es decir de obedecer a Jesús en el que el Padre se nos hace presente. Esa fe se vive en el seguimiento de Jesús, caminando con Él hacia Jerusalén, compartiendo su estilo de vida y misión, que resultará siempre conflictivo para los poderosos de este mundo. Nuestra vida así se va transformando, se va transfigurando. Que la celebración de esta eucaristía continúe realizando nuestra conversión cuaresmal, nuestra transformación profunda a imagen de Jesús.

By

El Espíritu empujó a Jesús al desierto

22 de febrero de 2015 – 1 Domingo de Cuaresma

 

La mayor parte de nuestra vida pasa como si no ocurriera nada. Por eso nos acordamos de pocos acontecimientos de nuestra vida. A veces, sin embargo, hay experiencias profundas, positivas o negativas, que parecen contener toda una vida. El tiempo se concentra y se vuelve denso. La cuaresma es un momento privilegiado para vivir en poco tiempo todo el misterio de Cristo, sobre todo el de su misión. Ésta empieza con su bautismo y culmina con su muerte y resurrección. En el primer domingo de cuaresma actualizamos los inicios de su vida pública: su bautismo, las tentaciones en el desierto y el anuncio del Reino de Dios (Mc 1, 12-15).

Después de la experiencia tremenda que supuso el diluvio, el hombre necesitaba una garantía de que Dios no iba a destruir de nuevo la humanidad (Gn 9,8-15). Dios, con toda magnanimidad, y por propia iniciativa, sin exigir nada a cambio, se compromete a respetar su creación. Como signo que dé seguridad al hombre, elegirá el arco iris. Noé, salvado de las aguas, va a ser imagen de la salvación que Dios promete a su pueblo. Las nuevas aguas del bautismo destruirán el pecado pero regenerarán al hombre (1 Ped 3,18-22).

Jesús, al comienzo de su vida pública, tendrá que hacer una opción fundamental. Por eso se nos presenta sometido a la tentación. En ella se resume la historia de la humanidad pecadora que se atrajo el diluvio, y todos los pecados de infidelidad del pueblo a la alianza. Si Jesús quiere renovar la humanidad y conducirla hacia Dios, tendrá que indicar el camino de retorno. En realidad Él es el camino.

Jesús pronuncia un no rotundo a las fuerzas del mal y se compromete, en cambio, al servicio del Evangelio, de la Buena Noticia del Reino. Dedicará toda su vida y energías a anunciar ese Reino y sus exigencias como camino de retorno al Padre. Jesús en su intervención inaugural resume en dos palabras esas exigencias: conversión y fe.

La conversión supone la necesidad del cambio interior y de conducta, reconocer que uno anda extraviado y que debe reorientar la vida. Eso se descubre en diálogo profundo con Jesús en quien se nos hace presente Dios mismo. Hay que abandonar los ídolos, que Satanás presenta en las tentaciones en los otros evangelistas, como los dioses del tener, del poder, del placer.

Pero sobre todo hay que creer en Dios, poner a Dios como fundamento firme de nuestra existencia. Construir nuestra vida sobre Dios y no sobre nosotros mismos. Una humanidad que da las espaldas a Dios está repitiendo la historia de los hombres inmediatamente antes del diluvio. Menos mal que Dios se ha comprometido a no destruirnos. Pidamos en esta eucaristía empezar con fe y ánimos decididos esta cuaresma en seguimiento de Cristo que camina hacia Jerusalén.

By

Quedó limpio

15 febrero de 2015 – Sexto Domingo Ordinario

 

El fondo de nuestro corazón es como un pozo de agua viva. La vida nos va dejando muchas veces un poso de tristeza y de amargura, de traición y culpa que va enturbiando esa agua pura. Desearíamos que algunas cosas no hubieran ocurrido. Pero la vida no vuelve atrás. Tan sólo Jesús tiene la capacidad de reconstruir nuestra vida, de purificar el hentai porn fondo de nuestro ser de manera que sea limpio y transparente.

Jesús tiene el coraje de romper con los tabúes religiosos de la exclusión (Lv 13,1-2.44-46), provocados por el miedo al contagio. Jesús no tiene miedo a contagiarse, a contaminarse, a mancharse las manos al ir al encuentro del leproso (Mc 1,40-45). Ni él tiene miedo de acercarse a los leprosos, ni los leprosos respetan la prohibición de acercarse a los hombres, cuando se trata de Jesús. Algo importante está ocurriendo con la venida del Reino de Dios, como algo importante sucedió cuando los médicos y enfermeras se atrevieron a tratar el sida y todos nosotros le perdimos el miedo.

Ser excluido de la sociedad de los hombres como el leproso era ser condenado ya a muerte. ¿Cómo curarte si no te dejan ir al encuentro de los que te pueden curar? Desgraciadamente en la vida social empleamos demasiadas veces la terminología médica: extirpar, arrancar de raíz. Todo ello se traduce en la terrible exclusión que experimentan muchos hermanos nuestros.

Son nuestros miedos irracionales los que tantas veces no nos permiten vivir en paz juntos. Imaginamos al otro como una amenaza para nuestra vida, para nuestro bienestar. Unas veces la amenaza viene de los enfermos, otras de los pobres, otras de los emigrantes, otras de los que tienen otra religión. Todos son miedos que no nos dejan ser felices y que colocan al hombre contra el hombre. Pablo nos da ejemplo de cómo acercarnos a todos, a judíos y griegos, a las diversas culturas de nuestro tiempo (1 Cor 10,31-11,1).

Las personas en la antigüedad veían en esas enfermedades el castigo de Dios por los pecados. Jesús, en cambio, se solidariza con todos los que sufren y hace suyo el sufrimiento de los demás. Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros pecados. A la petición del leproso, no le pone ninguna condición ni exigencia previa. Jesús lo cura porque ve que el leproso quiere ser curado y tiene confianza en el poder de Jesús. Luego sí, le recomienda que siga los pasos marcados por la Ley para poder de nuevo reintegrarse plenamente a la comunidad humana.

Son nuestros miedos personales los que tantas veces nos paralizan en nuestra vida y nos impiden integrarnos totalmente en la familia, en la comunidad, en la sociedad. A veces nos refugiamos en nuestra madriguera a rascar nuestras heridas. Necesitamos que alguien nos libere de esa lepra interior y nos integre de nuevo en la comunidad de los salvados. Es nuestro pecado el que no nos permite estar en comunión con los demás y con Dios. Pidámosle a Jesús en esta Eucaristía que nos sane de nuestras enfermedades y nos ayude a ser instrumentos de paz y reconciliación en nuestro mundo.

By

Anunciar el Evangelio

8 de febrero de 2015 – 5 Domingo Ordinario

 

El servicio militar obligatorio es ya en España historia pasada. En la mayoría de los países del Norte se ha vuelto a un ejército profesional pagado. Fue lo que existió siempre hasta la Revolución Francesa. La vida del militar sigue siendo dura y exigente. Pero tampoco es fácil la del jornalero, las dos imágenes con las que compara Job su vida, él que antes era un rico hacendado, que probablemente no había pegado ni golpe. Pero lo peor de todo es que la vida se nos escapa de las manos. No hay esperanza de poder ser feliz (Job 7,1.4.6-7).

Pablo, en cambio, ha descubierto el sentido de la vida en el servicio al evangelio. No se trata de una profesión, que él haya elegido, porque está probablemente peor pagada que los casos mencionados por Job. Tampoco lo hace por gusto. Ni tan siquiera puede presumir de tener este oficio. Si está al servicio del evangelio es porque se lo han impuesto. ¿Qué saca en limpio? El dar a conocer el evangelio de balde. Pablo se considera un esclavo, que no tiene un derecho a un salario como el jornalero. O mejor, tendría derecho, pero no lo exige. Su recompensa está en hacerse todo a todos para ganar a algunos para la causa. ¿Cuál es pues la recompensa de Pablo? El dejar modelar su vida por el evangelio. Al transformar la vida de los demás mediante el anuncio de evangelio, también él se convierte en una persona evangélica. Se trata del evangelio por el evangelio (1 Cor 9,16-19.22-23).

Pablo había visto esta actitud en Jesús. Éste dedicó su vida al anuncio del evangelio, sin pedir nada a cambio. También Él tiene conciencia de que ha sido enviado para anunciar la Buena Noticia. No busca la alabanza de la gente, admirada ante sus milagros, ni quería que la gente hablase de Él. Cuando se da cuenta de que corre el peligro de convertirse en un personaje famoso abandona el lugar y se va con la predicación a otra parte (Mc 1,29-39).

Es la conciencia de la misión la que mantiene activos a Jesús y a Pablo. Saben que su libertad está al servicio de una persona y una causa importantes que se abren paso en el mundo. Mientras uno tiene conciencia de que hay una misión que realizar, uno es capaz de superar los pequeños problemas de cada día. El día que no hay una causa por la que continuar luchando, uno entra en crisis. Fue lo que le pasó a Job. Se da cuenta de que su vida es totalmente inútil, porque no hay alguien que le haya confiado una misión. No sabe de dónde viene ni adónde va ni qué está haciendo en este mundo.

Como María en las bodas de Caná (Jn 2, 1-9), tenemos que actuar sin que nos lo pidan, sin que nadie se dé cuenta y sin que nos lo agradezcan. El Padre, que ve en lo secreto, nos lo recompensará, transformando nuestras vidas por el evangelio. Que la celebración de la eucaristía nos afiance en la misión que Jesús nos ha confiado de ser testigos del evangelio con palabras y obras.

By

Esta manera de enseñar es nueva

1 de febrero de 2015 – 4 Domingo Ordinario

 

El papa Francisco está suscitando el interés no sólo de los creyentes sino también de los no creyentes. Sus enseñanzas, sin embargo, son totalmente sencillas, que todos comprenden. Algunos, para desprestigiarlo, dicen que no es un teólogo como Benedicto. Es verdad, lo cual no quiere decir que sea una persona sin formación teológica. El impacto de sus palabras se debe a que éstas vienen avaladas por su vida, por sus acciones y gestos. Jesús causó gran impresión en sus discípulos por su manera de enseñar y de actuar. Era un maestro distinto, a pesar de que él no había estudiado con otros maestros ni apelaba a ellos. Su autoridad le venía de su propia doctrina. Era una enseñanza en la que descubrían al mismo Dios.

Era ciertamente un profeta, una persona que tenía la capacidad de hablar en nombre de Dios. No tenía tan siquiera necesidad de decir que aquello era “Palabra de Dios”, pues se la percibía inmediatamente como tal. Era sin duda el profeta definitivo anunciado por Moisés, a través del cual Dios no sólo revelaba su voluntad salvadora sino que hacía presente al mismo Dios salvando a su pueblo (Dt 18,15-20).

La palabra de Jesús tenía la misma autoridad y efectos que la palabra del mismo Dios. Era una palabra de salvación que hacía presente aquello que anunciaba. No era una palabra que simplemente transmitía información acerca de Dios o del mundo, sino que era una palabra-acción que hacía presente la liberación prometida por Dios. Jesús era una persona con capacidad de hacer milagros, signos extraordinarios que, para los hombres de aquel tiempo mostraban que el Reino de Dios estaba irrumpi mobile porn endo en la vida de los hombres.

Si Dios black porn reina, ninguno otro puede usurpar su poder. Si Dios reina se realiza aquello de la creación: “vio Dios que todo era muy bueno”. Jesús toma sobre sí el empeño de vencer el mal a fuerza de bien. Lucha contra todo tipo de mal, de enfermedad, de miseria. Busca la curación global de la persona herida por tantos males, sobre todo por este mundo de pecado, por el propio pecado y por los que manejan la realidad del pecado al servicio del Príncipe de este mundo (Mc 1,21-28).

El sufrimiento y el mal siguen presentes en este mundo. El sufrimiento físico y la enfermedad van siendo cada vez más superados. El sufrimiento psíquico y moral, por el contrario, parecen cada día mayor. No porque sean cuantitativamente mayores sino porque la conciencia del hombre es cada vez más sensible a las ofensas infligidas a su dignidad. La cuestión del mal y del sufrimiento, suscitada por una niña, en Filipinas, ha sido la primera pregunta para la que  el Papa honradamente no encontró una respuesta. Nos hizo palpar el misterio, al que hay que responder, no con palabras, sino con la ternura de un abrazo.

A veces tenemos la impresión de que la fuerza del mal va en aumento y de que no podemos hacer nada por detenerla. Los cristianos, sin embargo, estamos convencidos de que si el mal es un enemigo fuerte, Jesús es todavía más fuerte. Él ha vencido con su muerte a las potencias del mal y no nos dejará sucumbir a su poder en la lucha que mantenemos contra el espíritu del mal. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos libera y nos fortalece con su cuerpo y con su sangre para que salgamos victoriosos en todas nuestras luchas.

By

Convertíos y creed en el evangelio

25 de enero de 2015 – Tercer Domingo Ordinario

 

En tiempos de crisis, el deseo de que las cosas cambien se hace cada vez más intenso. Es lo que está sucediendo ahora en el mundo y en nuestro país. Siempre hay oportunistas que quieren adueñarse de la bandera del cambio. Es necesario conocer sus proyectos, pues también se puede cambiar hacia peor. Lo mismo sucedía en tiempo de Jesús. Entonces había diversas propuestas, que usaban la religión como justificación de sus proyectos. Unos proponían una fidelidad más radical a la Ley, otros iban hacia extremismos políticos, otros seguían defendiendo sus componendas con el poder romano. Jesús se dio cuenta de la necesidad del cambio, supo justificarlo y ofreció un proyecto atractivo (Mc 1,14-20).

Jesús no propone simplemente unos cambios externos sino que invita a una transformación interior de la persona, que comporta, sin duda, también una transformación de la realidad social. La transformación interior es ante todo un cambio de conciencia. Éste no viene provocado por un análisis de la propia subjetividad sino es el resultado de un diálogo con otra conciencia. Jesús no coloca al hombre ante la Ley sino ante Dios. Hay que situarse ante un Dios misericordioso.

La llegada inminente celebrity porn del Reino de Dios es lo que ha acelerado la historia e invita a aprovechar la oportunidad que ofrece el amor misericordioso de Dios. La invitación a la conversión significa ante todo abrirse a esa Buena Noticia que se expresa en el evangelio. El Evangelio es Buena Noticia porque cuenta lo que el amor misericordioso de Dios está haciendo en Cristo Jesús. Son las personas y no las ideas las que despiertan las simpatías de las muchedumbres. A veces las expectativas pueden verse frustradas a causa de la falta de un buen programa.

El encuentro con el Reino de Dios hizo que los habitantes de Nínive se convirtieran y que se evitara la catástrofe (Jon 3,1-5.10). El encuentro con Jesús cambió la vida de aquellos pescadores que dejaron sus redes y su familia para hacerse discípulos suyos. Ya no pescarán más peces sino que “pescarán” hombres, es decir los salvarán del mar tempestuoso del error y de la perdición.

El encuentro con Jesús cambió también la vida de Pablo, cuya conversión se recuerda hoy. Él es el que mejor ha descrito lo que significa la conversión. No basta cambiar la manera de vivir externamente. Es necesario cambiar la mentalidad para asimilar los nuevos valores. La fuente de estos valores ya no será la Ley observada fanáticamente sino la vida en Cristo Jesús. Hace falta una conversión profunda, de corazón, espíritu y conducta, una ruptura con el pasado que amenaza con dejar a muchas personas a la intemperie, sobre el vacío y sin fundamentos. Para vivir la novedad de Dios Pablo tuvo que renunciar a todo un sistema tradicional de creencias, de ritos y de obras.

El nuevo principio que va a animar la vida del Reino y va a permitir asimilar los nuevos valores y que será uno de los valores supremos, será la fe. Para entrar en el Reino, hay que creer en Dios, que trae el Reino, hay que creer en Jesús y su Evangelio. Es la vida en torno a Jesús la que va a generar nuevos valores y la que permitirá vivirlos con actitudes nuevas. El único valor absoluto es la persona de Jesús, todos los demás son relativos. Las formas y apariencias de este mundo pasan (1 Cor 7,29-31). No se trata de negar el valor de los bienes de este mundo sino de situarlos en relación al verdadero Bien. Por eso uno no puede apegarse a ellos y hacer de ellos ídolos que ocupan el lugar de Dios. Que la celebración de la Eucaristía nos lleve a una transformación continua de nuestra vida en seguimiento de Jesús.

By

Hemos encontrado a Cristo

18 de enero de 2015 – Segundo Domingo Ordinario

 

Cuando uno ha experimentado una gran alegría o celebra un acontecimiento, lo comparte con los demás y no se lo guarda simplemente para sí. El que se ha encontrado con Cristo experimenta una gran plenitud en su vida y está deseoso de anunciarlo a los demás. Está convencido que no es igual conocer o no conocer a Jesús. El encuentro con él puede suceder de diversas maneras. Unas veces es él el que se hace el encontradizo y nos llama. Otras alguna persona nos lo presenta. A veces nosotros mismos nos presentamos a él.

Fue lo que ocurrió con los primeros discípulos (Jn 1,35-42). Juan Bautista orientó hacia Jesús a dos de sus discípulos que se presentaron ante Jesús e hicieron la experiencia de estar con él. Inmediatamente, uno de ellos, Andrés fue a buscar a su hermano Simón y le habló de Jesús como el Mesías. Después lo acompañó y lo llevó hasta Jesús. Antes que Simón puede decir nada, Jesús pronuncia su nombre para cambiárselo en Pedro, indicando así la misión que le confía: ser la Piedra sobre la que edificará su Iglesia.

Hoy día no sólo los jóvenes sino también los adultos no son capaces hoy día de reconocer la voz de Dios porque nunca la han oído, o mejor nunca han sabido que era él el que hablaba. Dios, sin duda, llama pero las personas no han sido iniciadas en cómo reconocer su voz (1 Sam 3,3-10.19). Hacen falta personas como el sacerdote Elí o Juan Bautista que sepan indicar claramente la presencia del Señor (Jn 1,35-42). ¿Dónde están esos testigos de la fe, esos pedagogos? Antes eran los padres, el sacerdote, los maestros, los religiosos. Ahora da la impresión de que todos hemos sido víctimas de esta cultura que crea un desierto espiritual. No existen iniciados y maestros espirituales. Curiosamente muchos, cuando buscan espiritualidad, se dirigen a los gurus orientales.

Una de las realidades humanas más manipuladas es la sexualidad. Adolescentes, jóvenes y adultos se encuentran expuestos a un bombardeo continuo de mensajes en los que se invita a una búsqueda desenfrenada del placer, identificado sin más con la felicidad. Se olvida la verdadera perspectiva cristiana sobre el hombre que sólo encuentra su sentido en relación a Cristo (1 Cor 6,13-20). El desenfreno sexual existía también en tiempo de San Pablo. Ante esa realidad, el apóstol no reacciona simplemente con prohibiciones sino que invita a descubrir el sentido profundo de la persona en la que habita el Espíritu de Dios. No nos pertenecemos a nosotros mismos para hacer con nuestros cuerpos lo que nos dé la gana sino que pertenecemos a Cristo, que nos ha rescatado con su sangre.

Necesitamos crear comunidades cristianas en las que se viva el encuentro con Cristo y los valores evangélicos. Tan sólo personas que han hecho la experiencia personal de Cristo serán capaces de iniciar a otras en esa aventura. Necesitamos auténticos místicos que sepan descubrir y vivir el amor de Dios que sigue actuando presente en nuestro mundo, tan atormentado y tan fascinante. Dios no está ausente. Probablemente ha cambiado su manera de revelarse, interpelándonos a través de las provocaciones de un mundo insatisfecho, en perpetuo cambio. La Palabra de Dios, leída y meditada asiduamente, nos ayudará a familiarizarnos con el lenguaje de Dios y a interpretar sus nuevas maneras de hacerse oír. Que la celebración de la eucaristía cree en nosotros esa disponibilidad a escuchar al Señor en nuestras vidas.