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Venid y seguidme

22 de enero de 2017- Tercer Domingo Ordinario

 

La Familia Marianista celebra hoy a su Fundador, el Beato Guillermo José Chaminade, en este año en que precisamente se celebra el bicentenario de la fundación de la Compañía de María (1817). Un año antes, junto con Adela de Trenquelléon, había fundado a las Hijas de María Inmaculada. Ambas Congregaciones surgieron de las Comunidades de jóvenes de Burdeos y Agen, algunos de los cuales habían empezado a vivir los consejos evangélicos en el mundo.

Si el Reino de Dios fue la pasión que animó toda la vida de Jesús, el difundir ese Reino a través de la devoción a María fue lo que dio sentido a la larga vida del P. Chaminade. Durante su larga vida contempló cómo el régimen de cristiandad se hundía en Francia con la Revolución (1789) y dedicó todos sus esfuerzos a reconstruir el tejido social de la Iglesia como instrumento al servicio del Reino.

El Reino supone una transformación de la realidad, un paso de las tinieblas a la luz: “el pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 8,23-9,3). Son precisamente los que viven en las tiniebla de la opresión y de la miseria los que experimentarán la luz del Reino. El Reino se hace presente en Jesús, en su persona, en sus palabras y en sus acciones. La persona de Jesús encarna el Reino. Dios se nos comunica en Cristo Jesús y comparte con nosotros su intimidad personal trinitaria. Esa vida es el Reino, vida que se hace presente ya ahora en la historia de los hombres que se convierten y cambian de vida.

El Reino se hace presente en la predicación de Jesús. Sus palabras son como un grande exorcismo que echa afuera los poderes que usurpan la soberanía de Dios. Sus palabras infunden una esperanza nueva en el corazón de los hombres. El evangelio es buena noticia de la cercanía y del amor de Dios. Son palabras de consuelo que curan los corazones afligidos que suspiran porque Dios haga justicia en el mundo. Las palabras de Jesús hablan de una nueva oportunidad para el pecador. Es posible rehacer la vida y empezar de nuevo en amistad con Dios.

El Reino se hace presente en las obras de Jesús que muestran la transformación individual y social que trae el reino. Los diversos tipos de curaciones son el signo de que Dios actúa a favor de la felicidad del hombre. Dios no reina para sus propios intereses sino que busca el bien de sus hijos.

El Reino se hace presente en la comunidad de los discípulos (Mt 4,12-23). La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres.

La Familia Marianista está convencida de que su carisma un don para el bien de toda la Iglesia y quiere ser fermento de unidad y de reconciliación en este mundo dividido (1 Cor 1,10-13.17). Pidamos al Señor en la eucaristía que seamos testigos de su Reino saliendo al encuentro de nuestros hermanos los hombres.

 

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Este es el Hijo de Dios

15 de enero de 2017 – Segundo Domingo Ordinario

 

En el origen de la fe cristiana está el encuentro con Jesús. Ya durante su vida pública su persona ejerció una fascinación especial que llevó a sus discípulos a dejarlo todo para irse con él. Compartiendo su vida llegaron al conocimiento de su intimidad. Después los apóstoles trataron de formular en palabras la experiencia que habían hecho, para ser conscientes de lo que había acontecido y para anunciarlo a los demás. Ese seguimiento es la primera formulación de la fe de los discípulos antes de la Pascua. Siguiendo a Jesús reconocían que Dios estaba actuando en Él de manera definitiva para salvar el mundo. Después de la resurrección fue claro para ellos que Jesús era la salvación. Entonces el seguimiento se convirtió en fe en el Resucitado, presente en la comunidad mediante su Espíritu.

Cuando los apóstoles quisieron formular sus experiencias echaron mano de su tradición religiosa. La figura del Siervo del Señor del libro de Isaías les ayudó mucho en su comprensión del misterio de Jesús (Isaías 49,3-6). La tradición judía había visto en el Siervo unas veces una figura individual, otras la realidad del mismo pueblo de Israel.  Esta figura misteriosa es escogida por Dios para hacer presente la salvación no sólo de Israel sino también de todas las naciones. Esa salvación es una luz que ilumina la vida de los hombres. No cabe duda que esa profecía ayudaba a comprender el destino de Jesús y su significado para los pueblos. Jesús no es sólo un instrumento al servicio de la salvación sino que es la salvación misma. En Él, Dios se hace presente, se nos comunica y nos introduce en su intimidad divina.

El evangelio de hoy nos transmite la experiencia del encuentro de Juan Bautista con Jesús (Juan 1,29-34). Nada más verlo, sin necesidad de conocerlo a fondo, Juan descubre la misión salvadora confiada a Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Jesús va a ser el destructor del pecado y del maligno que lo provoca. Jesús se entregó por nuestros pecados y así quitó el pecado del mundo. Juan parece haber captado la misión de Jesús por lo que ocurrió en su bautismo. Al salir Jesús del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre Él. Jesús es, pues, una persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una fuerza tal que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres.

Juan escuchó sin duda la voz del Padre que proclamaba a Jesús su hijo amado. Jesús es el Hijo de Dios y por eso es capaz de introducirnos en la intimidad del Padre, haciendo que participemos de su condición de hijos. En Jesús encontramos la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza. Cada uno a lo largo de su vida trata de vivir su fe como un encuentro personal con la persona de Jesús. Pero ese encuentro es una fe proclamada en el seno de la comunidad eclesial que necesita fórmulas que nos ayuden a hacer la misma experiencia. Por eso es tan importante compartir nuestra fe en comunidad y que cada uno pueda expresar lo que significa Jesús para su persona. Jesús es el que nos reúne en Iglesia. Como Juan Bautista, la Iglesia continúa anunciando a los hombres que Jesús es la salvación del mundo. Que la celebración de la eucaristía proclame nuestra fe y nuestra adhesión a Jesús de manera que recibamos por Él la salvación y el perdón de nuestros pecados.

 

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Este es mi Hijo Amado

8 de enero de 2017 – El Bautismo de Jesús

 En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió la llamada de Dios, su vocación al servicio del Reino.

El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El sumergirse en el agua representa la muerte, el salir de ella la resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 3,13-17). Jesús aparece como el siervo de Yahvé. Dios mismo presenta a su  siervo con el que mantiene una relación especial de predilección y complacencia (Is 42,1-7). Por eso le ha dado su espíritu y le ha encomendado la misión de anunciar el derecho a las naciones, es decir, la verdadera religión, fuente de justicia y de paz. Realizará esa misión curiosamente de una manera muy discreta y suave, sin hacerse notar y sin violencia, desde la propia debilidad.

El Señor que lo ha elegido es el creador y dueño de todo y por eso puede encomendarle una misión universal. Esa misión tiene que ver con la alianza de Dios con su pueblo y con la salvación de los paganos. La elección del siervo es una garantía de que el Señor mantendrá los compromisos asumidos en la alianza con su pueblo y al mismo tiempo los extenderá a todas las naciones. En último término se trata de una misión de liberación, en primer lugar de su pueblo, que está en el destierro, en segundo lugar, liberación de los paganos que yacen en sombra de muerte. Queda  ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza.

Jesús rechazará los valores del mundo viejo y caduco, que todavía el diablo le propondrá en las tentaciones, y hará suyos los nuevos valores del Reino, proclamados en las Bienaventuranzas. San Pedro, al resumir  el ministerio de Jesús, que había empezado en el bautismo, dijo que “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con Él” (Hech 10,34-38). El bien se concreta en la curación de los oprimidos por el diablo. Jesús es el exorcista que expulsa al príncipe de este mundo que usurpa el poder de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar sobre el hombre. Jesús es el gran bienhechor de la humanidad. No sólo es el salvador sino la salvación misma, ya que en Él se nos hace presente y se nos comunica Dios mismo.

La Iglesia continúa la acción salvadora de Cristo Jesús a través de la historia. Para cada uno de los creyentes, todo empieza con el bautismo, que nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos da la nueva vida del Espíritu, y nos hace pertenecer a la comunidad de los salvados, que es la Iglesia. Esta situación nueva en la que somos colocados exige de nosotros una adhesión personal a Cristo y a su mensaje y una vivencia de los valores evangélicos. Supone un romper con mundo viejo, que continúa viviendo a nuestro alrededor y que sigue proponiendo valores supuestamente nuevos, cuando en realidad son conductas y actitudes muchas veces negativas a las cuales Jesús opuso un no radical. Que la celebración de  esta eucaristía renueve en nosotros la gracia del bautismo y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios, haciendo el bien en nuestro mundo.

 

 

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Se pusieron en camino

6 de enero de 2017 – La Epifanía del Señor

 

Los hombres han sido constantemente en el pasado, y lo siguen siendo, buscadores de Dios. La creencia de hace unas décadas de una desaparición de la religión, ante los avances de la secularización y de la ciencia, se ha demostrado con el tiempo una ilusión. La religión vuelve en nuestros tiempos, a veces de forma agresiva y fanática, otras de una manera “líquida”, no organizada por las iglesias. El papa Francisco está despertando en muchos la nostalgia de Dios, el deseo de encontrarse de nuevo con Jesús. Como San Pablo, el papa ha intentado, con sus palabras y sus gestos, ayudarnos a descubrir el misterio (Ef 3,2-3.5-6). Su invitación se dirige también a la Iglesia. Es necesario salir, ponerse en camino hacia los más pobres. Fue lo que hicieron los magos cuando vieron la estrella. Dejaron su torre de observación y si pusieron a seguirla. También la Iglesia tiene que dejar sus torreones en los que se ha atrincherado muchas veces para salir a la intemperie.

¿Cómo buscar a Dios en nuestra cultura secularizada? Ante todo es necesario seguir los deseos  profundos de nuestro corazón, que no se dejan satisfacer simplemente con los bienes de consumo. San Agustín dirá: “nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrella que brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados.

Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos (Mt 2,1-12). Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero no es ahí donde se puede encontrar a Jesús; la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista.

Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Pero necesitamos a alguien que nos interprete esa Palabra escrita hace más de dos siglos. Es verdad que el gran intérprete de la Escritura es el Espíritu Santo que todos hemos recibido en nuestro bautismo. Él es el maestro interior, pero se sirve de la Iglesia, Madre y Maestra, para ayudarnos en nuestra búsqueda de Dios. Con la Iglesia hoy estamos aprendiendo a leer la Biblia desde los pobres. A los ojos de Dios una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María, su Madre, como gustaba repetir el Beato Chaminade.

Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios.

En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús.

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Que el Señor te conceda la paz

1 de enero de 2017 – Santa María, Madre de Dios

  

Os deseo a todos un Feliz Año 2017, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Probablemente todos queríamos dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. La crisis sigue y amenaza este nuevo año. El papa ha escrito un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz:  «La No-Violencia: un estilo de política para la paz”. En el mensaje se señala que la violencia y la paz indican dos maneras opuestas de construir la sociedad. Hay que  moverse en los espacios de lo que es posible, negociando vías de paz, incluso ahí donde los caminos parecen ambiguos e impracticables.

La no- violencia tiene un enfoque político realístico, abierto a la esperanza. Se trata de un método político fundado en la primacía de la ley. En esta perspectiva, es importante que siempre se reconozca la fuerza del derecho, en vez, del derecho de la fuerza. Se trata de reconocer el primado de la diplomacia sobre el fragor de las armas. El tráfico ilícito de las armas con frecuencia sostiene la mayor parte de los conflictos en el mundo. Y la no-violencia como táctica política puede hacer mucho para combatir este flagelo.

El Papa, en el mensaje de este año titulado “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9), presenta la paz como un don de Dios y como una tarea del hombre. Lógicamente se fija en el segundo aspecto. Aquí tienes algunos extractos. Los que trabajan por la paz son quienes aman, defienden y promueven la vida en su integridad.  Entre los derechos humanos fundamentales, también para la vida pacífica de los pueblos, está el de la libertad religiosa de las personas y las comunidades.

Uno de los derechos y deberes sociales más amenazados actualmente es el derecho al trabajo. Esto se debe a que, cada vez más, el trabajo y el justo reconocimiento del estatuto jurídico de los trabajadores no están adecuadamente valorizados, porque el desarrollo económico se hace depender sobre todo de la absoluta libertad de los mercados. El trabajo es considerado una mera variable dependiente de los mecanismos económicos y financieros. Quien trabaja por la paz realiza la actividad económica por el bien común, vive su esfuerzo como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras. Se encuentra así trabajando no sólo para sí mismo, sino también para dar a los demás un futuro y un trabajo digno.

Actualmente son muchos los que reconocen que es necesario un nuevo modelo de desarrollo, así como una nueva visión de la economía. Todos los que trabajan por la paz están llamados a cultivar la pasión por el bien común de la familia y la justicia social, así como el compromiso por una educación social idónea. Es necesario proponer y promover una pedagogía de la paz. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados.

La fiesta de Santa María, Madre de Dios, sigue siendo como la Navidad, ante todo la fiesta de la vida (Lc 2,16-21). Una vida confiada a los cuidados de los hombres y mujeres. Una vida que debe ser protegida desde su concepción hasta el momento final. Una vida siempre amenazada por el egoísmo humano y las tendencias destructoras que residen en el corazón del hombre y que se pueden desbordar cuando son manipuladas por las ideologías políticas.

María, Madre de Jesús, que es el Hijo de Dios, nos enseña a mirar al hombre concreto, al hombre sufriente y doliente que las ideologías consideran un número dentro de la nación, el pueblo, el estado. La verdad del hombre es siempre una verdad concreta, con un nombre propio, con un rostro único e  irrepetible, que traduce el rostro humano de Dios manifestado en Cristo Jesús. De la misma manera que los padres dan un nombre al hijo antes de nacer, Jesús fue llamado con ese nombre ya en el momento de la Anunciación. María es la puerta que abre este nuevo año y que nos introduce siempre en el Reino, porque Ella nos lleva siempre hacia Jesús. Que Ella nos acompañe a lo largo de todo este año y nos conceda la Paz y la Felicidad.

 

 

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No hubo lugar para ellos

25 de diciembre de 2010 – Natividad del Señor, Misa de medianoche

  

El problema de los refugiados sigue golpeando nuestra conciencia aunque todos seguiremos haciendo de las fiestas navideñas un pretexto para el consumo. María y José no fueron los primeros que buscaron asilo y refugio en su propio país. En aquellos tiempos no se disponía de las infraestructuras de acogida que tenemos hoy. Pero Dios quiso que su Hijo compartiera la situación de los más pobres que no tienen acceso a lo más elemental, como es un lugar digno donde nacer.

Ni Jesús ni los refugiados son una amenaza para nuestra cultura. Jesús no le quita nada al hombre sino que le confiere su dignidad y libertad de persona. En el nacimiento de Jesús se nos manifiesta de manera especial la gracia de Dios (Tit 2,11-14). Jesús es  el regalo de Dios por excelencia. En ese niño se nos da Dios mismo. Se nos da con esa delicadeza que Dios tiene, que no nos abruma ni aplasta. Aparece como un niño, que tiene necesidad de ser cuidado para poder vivir y crecer. Dios continúa siendo ese mendigo de amor que llama a nuestras puertas buscando posada (Lc 2,1-14). Aparentemente cada vez lo tiene más crudo y parece que las puertas se le cierran. Sin embargo, Él sigue creyendo en el hombre y sigue arriesgándose a venir a nuestro mundo.

Su venida trae la salvación a los hombres. En Jesús hemos descubierto el sentido de nuestras vidas, el misterio que somos cada uno de nosotros. El hombre no puede vivir simplemente en el horizonte de las cosas materiales sino que su vida está llamada a entrar en la intimidad de Dios porque primero Dios ha entrado en la intimidad de nuestras vidas. Dios se hace hombre para que el hombre sea Dios, decían los Padres de la Iglesia. En Jesús se encarna un estilo de vida que lleva a la plena realización del hombre. Se trata ante todo de una vida orientada hacia la venida del Señor al final de los tiempos que ya han empezado. Esto da una gran seriedad a lo que estamos viviendo, no la seriedad aburrida sino un contenido valioso a nuestra existencia. El don que hace Jesús de su propia vida nos invita también a nosotros a dar la vida. De esa manera nuestras vidas se convierten en don, en gracia para los demás.

La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo. Es lo que yo deseo para todos ustedes.

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Le pondrás por nombre Jesús

18 de diciembre de 2016 – Cuarto Domingo de Adviento

 

Los progresos de la ciencia parecen confirmar la ilusión de que el hombre es el dueño de la vida y puede fabricarla. Conocemos hoy día los mecanismos de la transmisión de la vida, pero no por eso el misterio de la vida debiera de perder su encanto y su maravilla. Aunque el lenguaje hable de “hacer un hijo”, nosotros sabemos que la vida es un don de Dios y que una familia cristiana lo único que puede hacer es abrirse a la vida, acogerla con amor y acompañarla hasta que la persona llegue a su madurez. Si Dios es el origen de la vida, tampoco podemos disponer de la vida a nuestro antojo, ni al principio ni al final de la vida.

José y María formaban una pareja de prometidos, que todavía no vivían juntos. Sin duda, como todas las parejas de aquel tiempo, soñaban con poder finalmente vivir como esposos y tener hijos. Pero de pronto Dios irrumpió en la vida de María a la que eligió para ser su madre por obra del Espíritu Santo. José de pronto se da cuenta de que María está encinta, pero en un primer momento no conoce el misterio de la concepción virginal de Jesús (Mt 1,18-24).

José experimenta una crisis profunda pues no sabe por dónde tirar. Su obligación era denunciarla y quedar libre de todo compromiso, pero esto choca con su manera de ser, un hombre justo, un hombre de Dios. Denunciar a María habría sido hacer recaer sobre ella el peso de la Ley y causarle sin duda alguna un gran mal. Probablemente José intuye que María es inocente y experimenta ante ella un temor reverencial, pero no sabe el significado de lo ocurrido.

En su discernimiento llega a la conclusión de que lo mejor es repudiarla o abandonarla en secreto, sin tener que enfrentarse con ella ni causarle ningún mal. Cuando ha tomado esta decisión se le revela el misterio de la concepción virginal de Jesús. María ha concebido por obra del Espíritu Santo y no por obra de varón. Respecto a ese niño, ante la gente, él será el padre y deberá ponerle por nombre Jesús, porque es el Salvador.  José es introducido en el misterio y también nosotros, lectores, recibimos el significado de ese misterio. Se trata del cumplimiento de la profecía del Emmanuel que anuncia que una virgen dará a luz. Es Jesús, y no el hijo del antiguo rey, el verdadero Emmanuel, el Dios- con- nosotros (Is 7,10-14).

Para el creyente, el misterio tan sólo se nos desvela en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios. Es el anuncio de esa palabra el que invita a la fe. La fe nos permite ver las cosas como Dios las ve y descubrir que para Dios nada es imposible. La Palabra de Dios, el Evangelio, nos revela el misterio de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. Pablo ha sido elegido apóstol de Cristo para anunciar esa Buena Noticia referente a Jesús (Rm 1,1-7). También José y María fueron los primeros destinatarios de ese Evangelio: Jesús es el Salvador. La salvación es obra de Dios y el hombre no puede fabricarla con sus recursos. La concepción virginal muestra de manera palpable ese misterio. Jesús no ha sido concebido por obra de varón sino que ha sido recibido y acogido virginalmente por María. Es el Espíritu de Dios el que ha hecho surgir en su seno la vida como una nueva creación. Tampoco el primer hombre nació por obra de varón sino que salió de las manos de Dios.

Ante el gran misterio de la venida de Dios, José debió experimentar el temor sagrado y la fascinación. ¿Quién está a la altura de poder vivir al lado del Hijo de Dios y de su Madre? Fiándose de la palabra de Dios, José se dejó llevar, sin embargo, de la fascinación de la cercanía de Dios y de ver a Dios. Éste es sin duda el deseo más profundo del hombre. Ahora José ya no duda ni un momento. Como creyente hace lo que Dios le pide y pone su vida al servicio de la obra de la redención. Acojamos también nosotros en esta eucaristía con fe al Señor que viene y pongamos nuestras vidas a su disposición para que Él pueda continuar haciéndose presente en nuestro mundo.

 

 

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¿Tenemos que esperar a otro?

11 de diciembre de 2016 – Tercer Domingo de Adviento

 

En tiempos de crisis, los hombres esperan un salvador político que pueda transformar mágicamente la situación desastrosa de un país. No es de extrañarse que los judíos sometidos a la opresión romana, contra la que nada podían, anhelasen la venida del Mesías triunfador. Juan Bautista, ya en la cárcel, oyó hablar de los milagros de Jesús y esto le hace pensar en que probablemente Jesús era el Mesías que tenía que venir. Para saber a qué atenerse, pues se estaba jugando la vida, decidió enviar unos discípulos a preguntarle directamente a Jesús (Mt 11,2-11).

Jesús prefiere dar una respuesta indirecta, invitando a los enviados a contemplar las acciones liberadoras que estaban aconteciendo a través de la actividad de Jesús. Correspondían efectivamente a los milagros anunciados por los profetas para los tiempos mesiánicos (Is 35, 1-6a. 10). Jesús es pues el Mesías, o con otro título el que tenía que venir. No es necesario esperar ya a otro. Ha llegado el momento de la salvación de Dios. Juan puede estar tranquilo en la cárcel y si es necesario entregar su vida pues estamos en el tiempo de la salvación de Dios. La última palabra no la tienen ya los poderosos sino Dios que ha empezado a instaurar el Reino. Frente a los diferentes mesianismos que aparecerán en la historia, sobre todo de tipo político, los cristianos permaneceremos tranquilos. El Mesías, el Cristo, es Jesús. Eso nos lleva a desconfiar de las soluciones fáciles en una historia que vemos muy compleja. Cualquier solución humana será siempre provisional y a lo más la penúltima. La solución definitiva viene de Dios y pasa a través de la conversión del corazón del hombre.

Jesús no indicó tan sólo sus acciones milagrosas sino que dio como señal de la venida del Reino el hecho de que a los pobres se les anuncia el evangelio. La Iglesia, a través del anuncio del evangelio, continúa a hacer presente la salvación de Dios en su Mesías, Jesús. La venida del Reino es una Buena Noticia sobre todo para los pobres. Para los ricos y los poderosos constituye a menudo una amenaza porque el Reino de Dios pone en cuestión la manera en que los poderosos organizan la sociedad humana, basada en la opresión y la pobreza de las masas. El anuncio del evangelio denuncia las situaciones de injusticia de nuestro mundo. El valor para desafiar a los poderosos viene del mismo Dios que está implantando su Reino, derribando del trono a los poderosos y colmando de bienes a los pobres.

Pero Jesús añade una  inquietante bienaventuranza: “¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. La actividad de Jesús es signo de contradicción. Provoca la fe y el escándalo. Para el creyente cristiano se trata de la actividad mesiánica anunciada por los profetas, para el judío se trata de un impostor. ¿Qué pensó Juan el Bautista? Los evangelios han hecho de Juan uno de los creyentes en Cristo. Juan el Bautista representa una cima humana e incluso de la revelación de Dios en la antigua alianza. Pero en comparación con el creyente cristiano es poca cosa. El cristiano está viviendo ya en el Reino. Juan se ha quedado a las puertas. Juan vivió el drama de los precursores. Está intuyendo y viendo de manera visionaria una realidad nueva en la que desgraciadamente él no podrá vivir. Pero Juan fue coherente con su fe, y desde la espera del Mesías, fue capaz de entregar su propia vida como testigo de las exigencias de Dios sobre su pueblo.

Los cristianos estamos viviendo ya la presencia de Jesús entre nosotros pero eso no quiere decir que no tengamos que esperar ya nada. El apóstol nos invita a tener paciencia pues aunque hemos recibido las primicias del Reino todavía no ha llegado la plenitud total (Sant 5,7-10), aunque sabemos que el Señor está cerca. Que la celebración de esta eucaristía avive en nosotros el deseo del encuentro con Jesús, cuya venida celebraremos pronto.

 

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