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Os doy un mandamiento nuevo

24 de abril de 2016 – Quinto Domingo de Pascua

 

La espléndida exhortación postsinodal, “La alegría del amor”, del papa Francisco es otro de sus regalos a la Iglesia, en especial a la familia, a la familia cristiana, pero también a todas la familias. “La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia”. Es también el júbilo de todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo que quieren amar y ser amados. La familia es la gran escuela del amor. En ella uno es amado por lo que es, por ser miembro de la familia. Uno experimenta un amor incondicional y eso nos hace vislumbrar el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Jesús quiso que el amor fuera la señal distintiva de sus discípulos. El papa Francisco ha querido dejarlo claro trayéndose de Lesbos a tres familias de refugiados sirios musulmanes.

Fue ese amor fraterno, traducido sobre todo en las obras de misericordia, lo que impactó al imperio romano cuando la fe cristiana fue reconocida como lícita, antes de ser declarada religión del imperio. El cristianismo aportaba una visión nueva de la realidad, sobre todo del tema de la pobreza imperante. Para el imperio, era natural que hubiera pobres y ricos. Para la fe cristiana, los pobres eran los preferidos de Dios y debían ser objeto del cuidado de los que tenían bienes. Esa solidaridad, ese compartir, era algo totalmente nuevo e incluso alguno de los emperadores paganos comprendió la necesidad de un estado mucho más social.

Jesús va a hacer del amor fraterno la señal de pertenencia a la comunidad de sus discípulos. Como Jesús indica, se trata de un mandamiento nuevo (Jn 13,31-35). Existía ya el mandamiento de amar a los demás. Amar a los que nos aman o nos son simpáticos es una realidad agradable que no necesita ser mandada porque nos sale espontáneamente. Pero como a veces tenemos que amar a los que nos son antipáticos, incluso a nuestros enemigos, por eso Dios dio a su pueblo el mandamiento del amor. Es verdad que el prójimo era considerado el miembro del pueblo de Dios.

Pero Jesús nos dice que es un mandamiento nuevo porque ya no es “amar al prójimo como a ti mismo” sino amar como Jesús nos ha amado. Se trata de como Él estar dispuestos a dar la vida por las personas, y de hecho darla en el día a día. Claro está que ese amor es la señal de los discípulos de Jesús, porque hace presente a Jesús en medio de su comunidad. Al ver cómo se aman, todos recuerdan que están actualizando la vida misma de Jesús. Sin duda alguna el mandamiento nuevo del amor supone que hay una nueva realidad en el Pueblo de Dios. Este ya no se reduce al Israel histórico sino que se ha abierto también a los paganos, a los que Dios había abierto la puerta de la fe (He 14,21-26). Ha sido la resurrección de Jesús la que ha hecho unos cielos nuevos y una tierra nueva (He 14,21-26). Por eso el creyente vive el mandamiento nuevo del amor. Mediante la práctica de este mandamiento, el cristiano colabora con Dios a enjugar las lágrimas de los que lloran.

Es Jesús mismo el que en cada uno de nosotros sigue amando a Dios y a los hermanos. Hay un único amor, que proviene del Padre. El amor viene de Dios y Dios es amor. Dios nos da la capacidad de amar como Él ama, es decir sin medida, dándose totalmente a sí mismo y aceptando el don del amor del Hijo en el Espíritu. Dios ha puesto su amor en nuestros corazones con el Espíritu que nos ha sido dado.  Sin ese don nunca hubiéramos sido capaces de amar como Jesús nos manda. Ese amor nos lleva a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro y aceptarlo como distinto de mí. Nuestra tentación natural, al amar a los demás, es querer que sean como nosotros somos. Dios nos respeta en nuestra originalidad propia y no nos absorbe en Él. Mediante su amor hace que nosotros seamos nosotros mismos en plenitud.

En la celebración de la Eucaristía se nos hace presente el amor de Dios en la entrega de su Hijo por nosotros. Acojamos ese amor y tratemos de hacerlo presente en nuestro mundo construyendo una civilización del amor.

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