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Sus muchos pecados están perdonados

16 de junio de 2013 – 11 Domingo Ordinario

 

El problema de las deudas tiene atenazados a cientos de miles de personas que compraron a plazos y ahora no pueden pagar. Las situaciones son trágicas porque a veces está en juego la propia vivienda. Pero no sólo las personas, también muchos países no levantan cabeza a causa de la deuda externa. En el Reino del que habla Jesús se sigue una contabilidad muy especial, que sin duda provocaría la ruina de las instituciones bancarias.  No es que los bancos que han quebrado o tienen dificultades hayan seguido el sistema de Jesús o las recomendaciones de la doctrina social de la Iglesia. Es más bien la especulación y el afán de lucro los que han provocado los problemas. En el Reino de Jesús se condonan con la misma facilidad unos cuantos euros o varios millones. Por eso en el Reino, que anuncia Jesús, se habla tanto del perdón, y se hace realidad en la vida de muchas personas.

Frente a posturas un tanto intransigentes que rebrotan en ciertos ambientes eclesiales, el papa Francisco ha recordado que Dios no condena nunca, que Dios perdona siempre. Los ejemplos de las lecturas de hoy son bien significativos. David se considera a sí mismo como una persona justa, que por eso puede dictar justicia. En realidad su conciencia estaba un tanto aletargada. Veía claramente el pecado de los demás y no reconocía las barbaridades que él había cometido. David recibe el perdón cuando él mismo ha sentenciado que el crimen que ha hecho merece la muerte. Basta reconocer el pecado y obtendrá el perdón (2 Sam 12,7-13).

De la pecadora del evangelio no conocemos muchos detalles pero no cabe duda de que era una persona considerada pecadora pública por parte de la gente bien (Lc 7,36-8,3). El hecho de que para acercarse a Jesús haya sido capaz de entrar en casa de un fariseo y que no la hayan echado a patadas habla de la confianza que tenía en Jesús y del respeto que tenían por Jesús  los fariseos.

La pecadora muestra su amor por Jesús y su arrepentimiento a través de las lágrimas. Su gesto constituye una especie de sacramento de reconciliación, que purifica totalmente su vida y la salva. Jesús confirma ese perdón y declara que es la fe la que la ha salvado. Es la fe como adhesión amorosa a la persona de Jesús la que ha hecho que esa persona reconstruya su vida. Esa fe y esos gestos brotaban del amor que es lo que purifica y salva. Jesús dice que se le han perdonado sus muchos pecados porque ha amado mucho. Pero concluye de manera sorprendente: al que poco se le perdona poco ama.

Las personas “buenas”, al estilo de los fariseos, aman poco porque no han experimentado el perdón en sus vidas. No lo han experimentado porque se creen buenos, sin pecados, y no necesitan el perdón. Así se pierden la gran oportunidad en la vida de encontrarse con el Dios que perdona. Hoy día casi todos somos fariseos. Nos cuesta reconocernos pecadores ante Dios. Nos consideramos personas buenas, sobre todo en comparación a lo que hay por el mundo.

Pablo, en cambio, antiguo fariseo, quedó profundamente conmovido por la experiencia no sólo de haber sido perdonado por Cristo sino también por haber sido llamado a ser apóstol suyo. Experimentó en su propia carne que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús (Gal 2,16-21). La religión no es un hacer cosas sino un creer y amar a una persona, la persona de Jesús como revelación del amor del Padre. Este amor se ha mostrado, ante todo, como perdón. Éramos enemigos de Dios que, sin embargo, nos ha tendido su mano y nos ha hecho hijos suyos.

En cada eucaristía experimentamos el perdón de Dios nuestro Padre que pedimos al comienzo de la celebración y que se hace realidad en el encuentro amoroso con Jesús sacramentado. Que nuestra vida sea testimonio agradecido del perdón recibido.

 

 

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