By

El pobre Lázaro

29 de septiembre de 2019 – 26 Domingo ordinario

Los años de crisis han ido aumentando las diferencias entre los pobres y los ricos. Éstos, no sólo no han perdido su poder adquisitivo sino que han podido hacerse con muchas propiedades a bajo precio. Como a los ricos del tiempo del profeta Amós, les importa poco el destino del resto del pueblo (Am 6, 1.4-7). El rico Epulón disfruta de la riqueza banqueteando cada día y vistiéndose de púrpura y lino (Lc 16,19-31). No se entera de que a su puerta yace el pobre Lázaro que no logra saciar su hambre porque no le dan ni las sobras de la mesa del rico.

Esta parábola es una imagen elocuente de la situación de nuestro mundo en el que un pequeño grupo de personas acapara la mayoría de los bienes de la humanidad y no se preocupa de la suerte de tantos millones de personas azotadas por la plaga del hambre. Las ignoran y para ellos simplemente no existen. Tengo dinero luego existo. El que no tiene dinero no existe. Para Jesús, el que existe con nombre propio es el pobre: Lázaro. El rico no tiene nombre, tan solo un mote. Lo llamamos Epulón, que es una palabra griega: Banqueteador, un vividor.

Aunque ignoren a los pobres, los ricos necesitan de ellos. Más aún, sólo hay ricos porque hay pobres. Al final de su vida, el rico Epulón se da cuenta de que necesita del pobre Lázaro. Lázaro nunca le pidió nada. El rico tiene ahora que pedir. Pide para él y pide para sus hermanos. Son los pobres los que nos pueden ayudar. Nos ayudan, dándonos la oportunidad de que compartamos con ellos nuestros bienes materiales. Al hacerlo, mostramos que valoramos más a las personas que al dinero. Hay que ser ricos en amigos y no simplemente en dinero. Existir no es simplemente tener dinero, es tener relaciones humanas de amistad. El rico Epulón hizo la petición a Abraham. No pudo hablar directamente con Lázaro. Entre él y Lázaro sigue existiendo el abismo que existió en vida. El rico no se atrevió a cruzar ese abismo. Tal vez Lázaro, que era capaz de ir hasta su casa, hubiera sido capaz de ir también a encontrarlo en el lugar de tormentos.

El Reino de Dios viene a hacer justicia sobre todo a los pobres y a los oprimidos. Viene a cambiar la situación para que no existan esos desequilibrios de los que siempre disfrutan y de los que siempre sufren y sufrirán. Desgraciadamente esta es una de las pocas parábolas en las que el Reino aparece para el más allá, para el otro mundo, para después de la muerte. El peligro de que la religión se convierta en opio del pueblo es evidente. A los pobres Lázaros se les puede pedir que estén tranquilos, que no se rebelen, porque en el otro mundo recibirán la recompensa en el cielo mientras los ricos irán al infierno.

No es eso lo que quería decir Jesús ni el evangelista. Sin duda el juicio de Dios es escatológico porque es definitivo, pero estamos ya en los tiempos últimos. Hay todavía tiempo para la conversión, pero ésta urge. Lo comprende bien el rico cuando ha experimentado el desenlace de su vida y no quiere que sus hermanos corran la misma suerte. Confía que el milagro de ver a un muerto resucitado les lleve a convertirse, a superar ese abismo que existe entre ricos y pobres, abismo que existirá entre la salvación y la perdición. No cabe duda de que los hombres debieran convertirse ante el acontecimiento de la resurrección de Jesús, pero vemos que siguen tan tranquilos.

No son los milagros espectaculares, ni tan siquiera el de la resurrección los que llevan a la conversión. Es necesario un camino más normal y cotidiano. Se trata de escuchar la Palabra de Dios, que nos revela la verdad de la vida y de los bienes de este mundo. Tan sólo abriéndonos a la voluntad de Dios, que ha creado todos los bienes para todos y que ha hecho de los ricos los administradores de los bienes a favor de los pobres, podremos convertir nuestras vidas hacia Dios y hacia nuestros hermanos necesitados. Si queremos vivir de veras la comunión fraterna que celebramos en la eucaristía no podemos menos que trabajar por crear un mundo distinto donde todos podamos estar sentados a la misma mesa como hermanos.

By

No podéis servir a Dios y al dinero

22 de septiembre de 2019 – 25 Domingo Ordinario

La doble contabilidad no ha sido inventada en nuestros días. También se practicaba en tiempos de Jesús. Era la manera de proceder de administradores sin escrúpulos, que trataban de sacar partido de las fincas que se les confiaban. También entonces las operaciones eran arriesgadas si se llegaban a conocer. Pero el afán de lucro no tiene límites. Ya el profeta Amós denunciaba que en su tiempo, sobre todo los comerciantes, lamentaban que no se podía vender y explotar a la gente durante las fiestas y el sábado (Am 8,4-7). Hoy día las grandes superficies no tienen ya esas limitaciones. Buscando la mayor ganancia se preocupan poco de la vida de familia de sus empleados.

Tanto Lucas como Jesús conocen realistamente la situación del mundo, en que unos administradores corrompidos llevan a la quiebra a las empresas. Jesús en esta parábola, que refleja hechos de la vida social de su tiempo,  muestra la astucia de este tipo de administradores que llevan una doble contabilidad (Lc 16,1-13). Incluso el amo del administrador se queda admirado y alaba su astucia y no, claro está, su injusticia. ¿Qué pensaban realmente Jesús y Lucas respecto al caso que cuentan? Mantienen sin duda una distancia crítica respecto al personaje del administrador en el que se mezclan el bien y el mal.

Lucas está muy preocupado por el tema de la riqueza, porque sin duda es un gran obstáculo en primer lugar para hacerse cristiano y en segundo lugar para vivir como tal. Ni Lucas ni Jesús van a condenar el dinero, pero invitarán a los cristianos ricos a no cerrar los ojos ante la realidad de la pobreza de muchos miembros de la comunidad. El peligro del dinero es que se convierta en un dios que nos esclaviza y nos impide servir al verdadero Dios a través de los hermanos.

Hay, sin embargo, algo que llama la atención en los servidores del dinero. Es su astucia y laboriosidad para conseguir sus fines. El creyente debiera desplegar tanta energía al servicio del Reino como los no creyentes al servicio del dios dinero. Lucas parece echarles en cara a sus lectores el que no son capaces de movilizar todas sus energías al servicio del Reino. Son sin duda personas buenas, pero no son lo suficientemente ambiciosas y responsables con la vida de la comunidad eclesial.

La única manera de redimir el dinero injusto es ponerlo al servicio del Reino. En cierto sentido todo dinero es injusto. Tan sólo hay ricos porque hay pobres. Esto vale también para los ricos de las comunidades cristianas. No somos los propietarios de los bienes sino tan sólo administradores de los bienes que Dios ha creado para todos. La única manera de redimir el dinero es administrarlo al servicio de la comunidad eclesial. Así lo hacían algunos ricos que vendían sus propiedades y ponían el dinero a disposición de los apóstoles para que éstos socorrieran a los necesitados.

Sin duda son pocos los ricos que se sitúan en esta perspectiva evangélica, de que todos deben tener lo necesario para poder realizar su vocación de hijos de Dios. Más bien todos se consideran propietarios de los bienes heredados o adquiridos con buena conciencia. Esto bloquea toda una serie de iniciativas posibles al servicio de la transformación del mundo porque se carece de recursos. Sin duda que no basta ni la limosna ni la llamada justicia social. Tan sólo un compartir solidario puede hacer que los bienes efectivamente estén al servicio de todos.

Nuestra participación en la eucaristía crea una auténtica comunión con los demás. Esta comunión no puede ser puramente espiritual sino que tiene que traducirse en compartir también los bienes materiales con los necesitados.

By

A la búsqueda de los alejados

15 de septiembre de 2019 – 24 Domingo Ordinario

Gran número de europeos de las últimas generaciones han nacido y viven “lejos de la casa del padre”. No parecen echar de menos la casa paterna que abandonaron sus abuelos. A lo mejor han vuelto a ella alguna vez como seguimos volviendo en el verano a la casa del pueblo del que emigramos. De niño nos gustaba pero pronto nos hemos empezado a aburrir y hemos buscado lugares más atractivos. De la antigua casa paterna, de nuestra madre la Iglesia, esas personas hablan poco y casi siempre para echarle en cara lo que nos ha hecho o sigue haciendo.

Se habla mucho de la pastoral de los alejados, pero con resultados pobres. El hijo pródigo volvió a casa por sí mismo (Lc  15,1-32). Hoy día eso sería casi un milagro. Volvió porque tuvo un momento de lucidez para comparar su situación actual con la anterior y darse cuenta que le interesaba volver a la casa del padre. Las generaciones actuales no tienen la posibilidad de comparar y discernir porque han vivido siempre fuera de la casa del padre y no tienen experiencia de una manera de vivir distinta. Ha desaparecido la nostalgia de un mundo totalmente otro. Lo único que conocen es este mundo unidimensional, que sin duda no nos gusta, pero se ha borrado ya la memoria de que otro mundo es posible.

La experiencia de Dios está hoy día bloqueada por el estilo de vida que llevamos. Desde luego los que viven bien y sin problemas echan poco de menos a Dios. Los que lo pasan mal, maldicen la vida y a los gobernantes, y a lo mejor también a Dios, pero no se les ocurre el volver hacia Él. Para ello sería necesario entrar dentro de sí y eso, al hombre actual, le está resultando cada vez más difícil. Vive totalmente volcado hacia el exterior, perdido en la banalidad del presente. Sólo quien tiene memoria y tradiciones que recordar puede entrar en su corazón y darse cuenta de lo que está viviendo.

El mayor problema es que el panorama de la casa del padre no parece muy atractivo. Parece que sigue siendo el padre-patrón, del cual escapó el hijo pródigo para tener libertad. El espectáculo de los hijos fieles muestra que también para ellos sigue siendo el padre-patrón. Los alejados tienen miedo no sólo de no encontrar nada atractivo, sino también de perder las pocas cosas agradables que nos quedan. El reproche sigue siendo el de Nietzsche: “os veo poco resucitados”. Un cristianismo aburrido y letárgico tiene poco que ofrecer a los alejados.  Por eso el papa Francisco nos orienta hacia la alegría del evangelio.

Necesitamos una Iglesia en salida que vaya al encuentro de los alejados. No se trata de querer que vuelvan a casa y volver a tener las iglesias llenas. Se trata de saber qué están viviendo, cómo han encontrado sentido a su vida. A lo mejor nos damos cuenta de que esos alejados están viviendo auténticos valores que no encontraban dentro. Dialogar con la cultura secular puede traer aire fresco a nuestra Iglesia. Puede ayudarnos incluso a purificar esta Iglesia pecadora que con sorpresa hemos descubierto estos últimos años. Juntos todos podemos construir un mundo más humano y más fraterno.

Sin duda el padre bueno no es simplemente el padre-norma, el padre-patrón. Es el Dios del amor y de la paz que puede fundar nuestras vidas de manera que nos sintamos amados y acogidos. Él puede hacer que sus hijos recapaciten. La experiencia de la misericordia de Dios convirtió a Pablo cuando se sintió llamado a ser apóstol de Jesús, precisamente cuando era su perseguidor (1 Tim 1,12-17). Era algo que él nunca se hubiera imaginado. Es lo que también nosotros vivimos cada vez que nos acercamos a la eucaristía. Participamos en el banquete que el Padre ha preparado para todos nosotros para celebrar nuestra reconciliación con Él y con nuestros hermanos.

By

Renunciar a todos los bienes

8 de septiembre de 2019 – 23 Domingo Ordinario


Las dificultades que hoy día experimenta el cristianismo en la cultura del bienestar y la abundancia no son del todo nuevas. Desde el principio el estilo de vida de los ricos apareció como un gran obstáculo para la fe cristiana. Lucas tiene un gran realismo a la hora de abordar los temas del dinero y de los bienes (Lc 14,25-33). Se ha dado cuenta de los peligros que representan a la hora de seguir a Jesús. El fundamento de la sociedad antigua era la familia y la propiedad. Ambos elementos eran inseparables. Constituían la base de la libertad personal y eran sagrados. En el mundo antiguo se hereda la religión de los padres como se heredan las propiedades. El evangelio de Jesús va a cuestionar los cimientos de esa sociedad al relativizar su dimensión religiosa y situarlos ante las exigencias de Dios y del seguimiento de su persona.

Hacerse seguidor de Jesús en los primeros tiempos suponía romper con la familia, perder la herencia, colocarse en unas condiciones sociales bajas. No hay que extrañarse que el miedo a perder esa posición social de bienestar bloqueara la conversión de muchas personas. Seguir a Jesús supone abrazar la cruz, es decir una posición casi de esclavo, que humanamente no tiene nada de atractivo. Nada de extraño que los primeros cristianos en general vinieran de la clase más baja, de los que tenían poco que perder. Es lo que constataba san Pablo. No había muchos aristócratas, ni ricos, ni intelectuales. Por eso no podemos dejar de admirar a las personas de buena posición social que se atrevieron a dar ese paso.

Una de ellas es sin duda Lucas. La tradición hace de él un médico. Lo que no cabe duda es que es una persona de gran cultura, que no se sintió humillado por unirse a un grupo de gente, la mayoría inculta, y por poner sus talentos al servicio del evangelio y de la fe de sus hermanos. Conoce bien la realidad de los ricos y por eso invita a la renuncia de los bienes. Es la única postura sensata del que quiere construir su vida y calcula bien cuáles son sus recursos. No se trata, pues, de un idealismo ingenuo sino del realismo cristiano en la manera de contemplar la persona, la sociedad y el mundo. El hombre sabio intenta adecuar los medios a los fines. Los cálculos necesarios en la construcción o en la guerra son necesarios también en el seguimiento de Cristo.

La Palabra de Dios nos aporta toda una visión del mundo, que nos descubre la verdad de Dios y del hombre. Sin esta sabiduría que viene de Dios, el hombre es fácilmente víctima de las ilusiones. El hecho de ser un espíritu encarnado hace que tendamos a razonar de una manera interesada en lo inmediato y en el horizonte de los valores materiales (Sab 9,13-18). Tendemos así a olvidar el horizonte de eternidad en el que vive el hombre. Sólo abriéndonos a la revelación de Dios podemos comprender el misterio que somos cada uno de nosotros y buscar los medios adecuados para realizar nuestra existencia auténtica. Muchas veces tendremos que tomar decisiones dolorosas que comportan una renuncia a realidades que parecen sagradas e intocables. Descubriremos así que el único absoluto en nuestra vida es Dios.

Pablo apela a esa manera de pensar cuando intercede a favor de un esclavo que se ha refugiado junto a él huyendo de su amo (Fil 9-10.12-17). Pablo se lo devuelve y pide el perdón para él, apelando a la condición común de cristianos, que está por encima de los intereses puramente jurídicos y materiales. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a avanzar en el seguimiento de Cristo, renunciando a todo lo que se interpone en nuestro camino.

By

El último puesto

1 de septiembre de 2019 – 22 Domingo Ordinario

El evangelio pone siempre en cuestión nuestras vidas personales y nuestras costumbres sociales. Nada parece más normal que el deseo de tener un buen puesto en la sociedad. A menudo los estudios se eligen pensando en los resultados económicos, que uno va a obtener después con el ejercicio de tal profesión. Pocas veces se tiene en cuenta la verdadera utilidad social y la propia vocación. Todos queremos que los demás nos vean como personas triunfadoras.

Jesús en el evangelio recomienda buscar siempre el último puesto (Lc 14,1.7-14). La verdad es que los últimos puestos solían estar siempre libres. Si Jesús recomienda el último puesto es porque Él mismo ha querido ocuparlo y situarse entre los últimos. Siendo Dios podía haber elegido una vida sin problemas, naciendo en un país rico en una familia que tuviera todo resuelto. Pero de esa manera su vida tan sólo hubiera sido atractiva para una élite intelectual o aristocrática, que se habría identificado con sus ideales. Escogiendo vivir como uno de tantos millones, ha podido convertirse en el hermano de todos, sobre todo de los pobres y de los que no cuentan a los ojos del mundo. El mismo Dios, que nosotros imaginamos como todopoderoso e importante busca la compañía de los humildes y permite ser ignorado en nuestro mundo (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29).

El banquete recuerda siempre el Reino de Dios. Allí habrá sorpresas. Como Jesús dice varias veces: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La irrupción del Reino de Dios en este mundo ha provocado ya una inversión de todos los valores. La sociedad no se transforma a base de voluntad de dominio sino con la disponibilidad al servicio y solidaridad con los más débiles. En el Reino de Dios los poderosos de este mundo serán los que ocuparán los últimos puestos.

Fruto de este nuevo estilo de vida es la recomendación de Jesús de invitar o hacer el bien a las personas que no te pueden corresponder. La vida social está basada en el intercambio de dones, en el dar y el recibir. Desgraciadamente ese intercambio se toma en sentido puramente material y entonces vemos que hay personas que no nos pueden aportar nada porque no tienen nada. Entonces los excluimos y verdaderamente no cuentan a la hora de organizar nuestro mundo. Los países pobres, sin embargo nos aportan tanto. El sentido religioso de la vida, el valor de la familia, el aprecio por la comunidad, el gozo de vivir, son siempre inyecciones de alegría en nuestro mundo triste y cansado. También tantas personas sencillas, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad, hacen presente todo un tesoro de bondad y generosidad que verdaderamente salva el mundo.

La Iglesia parece haberlo comprendido cuando ha ido a buscar un Papa de un país lejano, de la periferia de nuestro mundo. El Papa Francisco nos recuerda constantemente que la Iglesia tiene que salir hacia las periferias sociales, hacia los pobres, porque Jesús mismo fue pobre y proclamó dichosos a los pobres. La participación en la eucaristía anticipa el banquete en el Reino. Comporta un compromiso por nuestra parte de compartir con nuestros hermanos todos los bienes, mostrándonos solidarios los unos con los otro

By

La puerta estrecha

25 de agosto de 2019 – 21 Domingo Ordinario

La preocupación por la propia salvación y la de los demás ha movido a lo largo de la historia a tantos cristianos, y de manera especial a religiosos y sacerdotes, a entregar su vida al servicio del evangelio. Ese pensamiento ha dejado paso a un deseo de vivir, de disfrutar de la vida en el presente y después que venga lo que tenga que venir.

El miedo a que sean pocos los que se salven ha llevado a entrar por la puerta estrecha, de la que habla Jesús, porque amplio es el camino que lleva a la perdición (Lc 13,22-30). Surgió así un cristianismo exigente de sacrificio y de renuncia con lo que se quería asegurar la salvación. Jesús insiste sin duda en el esfuerzo que hay que hacer para entrar antes de que la puerta se cierre. Ante todo quiere sacudir la confianza ingenua de los que piensan que basta pertenecer al pueblo elegido o estar bautizado para tener ya acceso al Reino. Uno puede llevarse el chasco de que el Señor no lo reconozca después de haber pasado toda una vida rezándole o sacrificándose por Él.

Lo más llamativo es que las puertas del Reino se abren a aquellos que parecían excluidos, a los paganos (Is 66,18-21). Se cumplirá aquello de que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. Entonces ¿qué hay que hacer? Dejar las seguridades puramente humanas convertirse al Reino. El Reino no se le puede conquistar con la violencia ni con los esfuerzos humanos. Es un don de Dios. Pero hay que saber acogerlo. Para ello hay que vaciarse de sí mismo, dejar todos los títulos de propiedad y presentarse pobre ante Dios. Reconocer que sólo Él nos puede salvar. Pero el Reino no es una realidad abstracta. Es la persona de Jesús, que se hace presente en la vida de la Iglesia y del mundo. Entrar por la puerta estrecha es seguir a Jesús, vivir y encarnar los mismos valores que Él vivió y que le llevaron a la muerte y a la Resurrección.

No hay Resurrección, no hay salvación, sin esa comunidad de destino con Cristo crucificado. Buscar una gracia barata de garantías puramente humanas es permanecer ante la puerta cerrada por nuestra culpa. En verdad la puerta del Reino está siempre abierta. Quizás nos pasa como al protagonista de Kafka que quiere entrar en la catedral de Praga y encuentra la puerta cerrada. Empuja y empuja en ella sin que ésta ceda. Tras un largo forcejeo se da cuenta de que la puerta abre hacia afuera. Ese fue el error del pueblo elegido, creer que la puerta se abría tan sólo para los de dentro. La puerta se abre para todos los que están fuera o nosotros creemos que están fuera.

Para que no nos pase lo mismo que al pueblo elegido, el Señor nos corrige suavemente (Hb 12,5-13). La Palabra de Dios nos ayuda a volver al verdadero camino cuando nos hemos desviado con nuestro afán de justificarnos a nosotros mismos. A nadie le gusta admitir que nos hemos equivocado, sobre todo cuando son los demás los que nos lo hacen ver. En este caso es Dios nuestro Padre el que trata de enderezar nuestros pensamientos y nuestros caminos para que no pongamos la confianza en nosotros mismos sino en su gracia que nos salva.

La celebración de la eucaristía mantiene para todos nosotros abierta la puerta de la salvación. Esa puerta es Cristo. Por Él tenemos libre acceso al Padre. Participar en la eucaristía es tomar parte ya en el banquete del Reino junto con todas las naciones que Dios ha invitado para manifestar su amor con todos. Alegrémonos porque la salvación es universal y demos gracias a Dios que nos ha llamado sin méritos propios.

By

No he venido a traer paz

18 de agosto de 2019 – 20 Domingo Ordinario


La salida de Gran Bretaña de la Comunidad Europea es sin duda un duro golpe a la construcción de Europa. Estamos asistiendo a dos tendencias opuestas en nuestro mundo. De un lado está la globalización del mercado que hace que todos los pueblos sean interdependientes los unos de los otros. Así se crea una comunidad “sui generis”, que algunos consideran una globalización de la miseria. De otra parte los conflictos entre los pueblos, y dentro de los propios países, parecen agudizarse cada vez más. En esta situación ya suficientemente peligrosa, Jesús parece echar todavía más leña al fuego diciendo: “He venido a traer división (Lc 12,49-53).

El fuego en la Biblia es una imagen del juicio de Dios. Cuando Dios se manifiesta establece la justicia. Dios se manifestará sobre todo en la pasión y resurrección de Jesús, que está caminando ahora hacia Jerusalén. Va deseoso de sumergirse en el bautismo de sufrimiento. El bautismo cristiano en agua y Espíritu, representado también como un fuego, es una participación en la muerte y resurrección de Jesús. Jesús podía haber optado por una vida sin complicaciones, sin embargo tomó sobre sí la cruz sin preocuparse del deshonor e infamia que comportaba. Fuego y agua serán los instrumentos de purificación y salvación del pueblo en el juicio de Dios. Éste se va a mostrar como un Dios de perdón y de misericordia.

El crucificado y resucitado será la bandera discutida ante la cual las personas tendrán que tomar postura y decidirse a favor o en contra de Él. Las primeras generaciones vivieron en su propia carne la división que producía en las familias la conversión del cristianismo y el abandono de la religión tradicional familiar. En ese sentido Jesús no ha venido a traer una paz fácil, como la que hoy día se busca en las familias. En nombre de la paz familiar se evita la confrontación sobre los valores que dan sentido a la convivencia familiar. Jesús es causa de división en el interior mismo de las relaciones familiares.

No se nace cristiano sino que se convierte uno en cristiano mediante una decisión personal muchas veces dolorosa porque cuestiona la herencia cultural recibida. La opción a favor de Jesús tendrá que soportar muchas veces la oposición de los pecadores, que pueden formar parte del mismo círculo familiar. Son muchas veces los padres los que disuaden a sus hijos de abrazar la vocación religiosa o sacerdotal y se la pintan como una vida aburrida o como una profesión sin relieve social.

Hay que mantener siempre fija nuestra mirada en Jesús, que inició y completa nuestra fe. Él es nuestra meta que no debemos perder de vista. No nos debe importar lo que digan nuestros familiares o nuestros mejores amigos. Nunca estaremos solos en ese seguimiento valiente de Jesús. Toda una nube ingente de testigos creyentes que han llegado ya a la meta nos contemplan y nos están animando (Hb 12,1-4).

Pertenecemos a un pueblo profético, que es capaz de descubrir la voluntad de Dios en cada momento. No siempre será cómodo el ponerla en práctica. Los profetas, buen ejemplo Jeremías, tuvieron que sufrir mucho de parte del pueblo por proclamar las exigencias de Dios en cada momento concreto de la historia (Jr 38,4-10). Su figura anuncia la de Jesús, rechazado también por el pueblo, del cual se verá excluido. Que nuestra participación en la eucaristía nos lleve a tomar partido a favor de Jesús y del evangelio.

By

María, signo de esperanza

15 de agosto de 2019 – Asunción de la Virgen María

El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles dicen que creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y todavía es más sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental, que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.

Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente: credo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

 La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos lleve a trabajar por la venida del Reino.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies