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Morir para dar vida

18 de marzo de 2018 – Quinto Domingo de Cuaresma

Los debates en torno al comienzo y al final de la vida ponen de manifiesto que los valores vitales están en el centro de la cultura actual. No siempre fue así. Hubo épocas en las que predominaban los valores religiosos o los espirituales y personales. Hoy día la vida para muchos es el valor supremo, pero no se piensa en el simple vivir sino en una vida de calidad. Si no existe esa calidad de vida, algunos no la consideran ya vida y creen que es preferible morir.

El diálogo entre creyentes y no creyentes es difícil porque se argumenta desde una diversa jerarquía de valores. El cristiano, cuando defiende la vida desde su inicio hasta el final, está defendiendo la persona, creada a imagen de Dios. No absolutiza los valores vitales sino más bien los valores de la persona, valores esencialmente religiosos. Es la persona la que da valor a la vida y le confiere sentido. Lo que cuenta no es el número de años sino cómo uno ha vivido, qué sentido ha dado uno a su vida.

Con una sencilla parábola (Jn 12,20-33), Jesús explicó el sentido de su vida y de su muerte. Sólo muriendo y dando la vida por los demás, se produce fruto, es una vida fecunda. Querer vivir a cualquier precio, agarrarse desesperadamente a la vida, es condenarse a la esterilidad. La vida nos ha sido dada para darla y sólo así se llega a la vida con mayúscula, la vida que supera la muerte. Sin duda Jesús, experimentó la angustia que todo hombre siente ante la muerte, pero se puso confiadamente en las manos del Padre. A través de la angustia y del sufrimiento elaborados en la oración, aprendió la obediencia filial (Hb 5,7-9).

Jesús aprendió a obedecer a través de la oración. En ella uno intenta entrar en el corazón del Padre y descubrir qué es lo que quiere de nosotros. A veces el proyecto del Padre es duro y nos cuesta sangre y lágrimas. Es lo que le pasó a Jesús en su agonía, que el evangelio de hoy anticipa. La tentación siempre es querer que Dios nos libre de la hora del sufrimiento. Pero Jesús se da cuenta de que sólo mediante la obediencia al Padre llega a ser verdaderamente su hijo. Con la obediencia hasta la muerte de cruz, Jesús corona su vida que había sido una constante búsqueda de la voluntad del Padre. La oración alcanza su objetivo, no cuando Dios hace lo que nosotros le pedimos, sino cuando nosotros hacemos lo que Él pide. Es lo que constantemente rezamos en el Padre Nuestro: hágase tu voluntad. Es la consecuencia de dirigirnos a Dios como Padre Nuestro. Para ser de verdad hijos de Dios, hay que hacer lo que Él quiere.

Así vivimos verdaderamente en la nueva y eterna alianza que habían entrevisto los profetas (Jer 31,31-34). La relación del hombre con Dios había tenido su lado débil siempre en la incapacidad del hombre a la hora de realizar lo que Dios quería de Él. La Ley era considerada como algo exterior al hombre y por eso tenía que ser enseñada. Y ya se sabe que las cosas que uno aprende, muchas veces las aprende mal porque no las ha entendido, otras veces las olvida, otras las recuerda pero no las pone en práctica.

En la nueva alianza ya no será necesario que alguien nos enseñe cuál es la voluntad de Dios pues el hombre, incorporado a Cristo Jesús, vivirá en una relación amorosa con Dios que le permitirá percibir inmediatamente sus deseos y corresponder a ellos. Pero entonces el hombre ya no orientará su vida por una ley externa sino que será la persona de Cristo, que actúa a través de su Espíritu, la que nos revelará en cada momento la voluntad del Padre. Que la celebración de la eucaristía nos haga participar de la nueva alianza en Cristo y nos dé una obediencia filial al Padre.

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