By

Me amó y se entregó por mí

30 de marzo de 2018 – Viernes Santo

A las autoridades judías no les gustó el título puesto sobre la cruz, que indicaba el crimen cometido por aquel acusado, el haber pretendido la realeza. Sin embargo fueron esas autoridades las que inventaron y adujeron esa acusación. El evangelio de san Juan se la toma muy en serio y centra toda la historia de la pasión en la proclamación de la realeza de Jesús (Jn 18,1-19,42). Se trata sin duda de un rey muy especial, que había iniciado su marcha hacia el trono cabalgando sobre un borrico. El trono resultó una cruz y  la corona que le pusieron era de espinas. Jesús reina desde su cruz. De esa manera se hace la crítica a toda realeza y a todo poder humano, que se utiliza para el propio interés.

Un rey está para hacer justicia a todas las víctimas de la historia. Ya que los hombres no hacemos justicia, esperamos que Dios la haga. Y Dios la hace pero de una manera totalmente sorprendente. La justicia ya no es simplemente dar a cada uno lo suyo sino que significa la salvación. Dios hace justicia salvando al pueblo, rescatándolo de su pecado. Jesús alzado en la cruz, con los brazos abiertos, abraza todo el universo.

Desde su trono empieza a derramar sus dones sobre sus súbditos. No es el momento de pensar en sí mismo sino en los demás. Hasta los mismos soldados salieron beneficiados repartiéndose sus vestidos. La túnica, hecha de una pieza, simboliza la unidad de la Iglesia en medio de un mundo desgarrado, atravesado por la violencia.

Pero han sido los discípulos los que se han llevado la mejor parte. Al Discípulo Amado, y en él a todos los discípulos, Jesús le ha dado a su propia madre. Es el mejor regalo, lo que Él más quería porque era lo más valioso. El discípulo afortunado la acoge en su vida. En María recibimos todo nuestro pasado de pueblo de Dios que ha esperado la salvación y que la ve realizada ahora en la muerte de Jesús. También María recibe al Discípulo. La vida de la Iglesia está confiada a la responsabilidad y al cariño de cada uno de los creyentes. Muchas veces no nos gusta mucho esa Iglesia, pero es nuestra Madre. Nos la ha entregado el mismo Jesús.

Jesús sobre todo nos ha hecho don de su Espíritu. No murió sino que entregó su espíritu. Es este espíritu, su aliento, su vida la que sigue presente en nosotros sus discípulos. Ese Espíritu es el que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo hace presente en la vida de la comunidad. Es ese Espíritu de amor el que transfigura las realidades de la Iglesia de manera que no sea un puro tinglado humano sino expresión del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu.

Pero el Espíritu actúa a través de las mediaciones concretas de personas y acciones, sobre todo de los sacramentos. Del costado abierto de Cristo, nació la Iglesia con los sacramentos, sobre todo con el bautismo y la Eucaristía. Ambos nos sumergen en el acontecimiento pascual de Cristo, en su muerte y su resurrección. Participemos con dolor y agradecimiento en la Pasión de Cristo para poder llegar a su resurrección.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies