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Enseñar con autoridad

31 de enero de 2021 – 4 Domingo Ordinario

El Papa Francisco ha aportado una gran novedad a la manera de enseñar que tenían los papas. Lo hace tan bien que hasta los no creyentes lo escuchan y se sienten concernidos. Por primera vez escuchamos a un papa que habla el lenguaje corriente y no una jerga teológica que nadie entiende. Pero sobre todo habla de los temas que al mundo le preocupan hoy. Se podrá estar de acuerdo o no con sus propuestas pero no deja a nadie indiferente. Su autoridad no le viene de su saber, que sin duda alguna lo tiene, sino sobre todo de su coherencia entre lo que dice y lo que hace, de su estilo de vida sencillo y cercano.

Jesús fue considerado un profeta, una persona que tiene la capacidad de hablar en nombre de Dios. No tenía tan siquiera necesidad de decir que aquello era “Palabra de Dios”, pues se la percibía inmediatamente como tal. Era sin duda el profeta definitivo anunciado por Moisés, a través del cual Dios no sólo revelaba su voluntad salvadora sino que hacía presente al mismo Dios salvando a su pueblo (Dt 18,15-20).

La palabra de Jesús tenía la misma autoridad y efectos que la palabra del mismo Dios. Era una palabra de salvación que hacía presente aquello que anunciaba. No era una palabra que simplemente transmitía información acerca de Dios o del mundo, sino que era una palabra-acción que hacía presente la liberación prometida por Dios. Jesús era una persona con capacidad de hacer milagros, signos extraordinarios que, para los hombres de aquel tiempo mostraban que el Reino de Dios estaba irrumpiendo en la vida de los hombres.

Si Dios reina, ninguno otro puede usurpar su poder. Si Dios reina se realiza aquello de la creación: “vio Dios que todo era muy bueno”. Jesús toma sobre sí el empeño de vencer el mal a fuerza de bien. Lucha contra todo tipo de mal, de enfermedad, de miseria. Va a la curación global de la persona herida por tantos males, sobre todo por este mundo de pecado, por el propio pecado y por los que manejan la realidad del pecado al servicio del Príncipe de este mundo (Mc 1,21-28).

El sufrimiento y el mal siguen presentes en este mundo. Cuando creíamos que el  sufrimiento físico y la enfermedad iban a ser pronto vencidos, no hemos encontrado con el coronavirus que ha sembrado dolor, sufrimiento y muerte. El sufrimiento psíquico y moral causado, tanto a los afectados como a los familiares, amenaza nuestra esperanza y está hundiendo a muchos en la depresión y  la desesperación. Las esperanzas puestas en la vacuna no acaban de realizarse a causa de los intereses económicos que aparecen por doquier.

A veces tenemos la impresión de que la fuerza del mal va en aumento y de que no podemos hacer nada por detenerla. Los cristianos, sin embargo, estamos convencidos de que si el mal es un enemigo fuerte, Jesús es todavía más fuerte. Él ha vencido con su muerte a las potencias del mal y no nos dejará sucumbir a su poder en la lucha que mantenemos contra el espíritu del mal. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos libera y nos fortalece con su cuerpo y con su sangre para que salgamos victoriosos en todas nuestras luchas.

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