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El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho

23 de junio de 2013 – 12 Domingo Ordinario


La fe cristiana es una adhesión personal a Cristo, a Cristo crucificado. No se puede eliminar la cruz sin vaciar totalmente el cristianismo. El Papa Francisco nos lo recordó al comienzo de su pontificado.  Pedro confesó alegremente que Jesús era el Mesías, el Cristo, pero no se dio cuenta de lo que esto implicaba. Jesús se encargó de recordárselo (Lc 9,18-24). La fe cristiana no es cuestión de dogmas y afirmaciones teológicas. La fe implica querer vivir como Jesús, afrontando la posibilidad de terminar como él, crucificado. La proclamación de Jesús como el Mesías de Dios no es una invitación al triunfalismo sino a seguir a Jesús sufriente. Pedro y todos los demás tenemos que negarnos a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz detrás de Jesús.

Es verdad que la adhesión de Pedro a Jesús tuvo sus altibajos y en uno de ellos llegó a renegar de Jesús. Una vez llorado su pecado y perdonado por Jesús, volvió al amor primero y confesó a Jesús hasta morir por Él. Perder la vida por Jesús es la única manera de salvarla. La tentación de querer salvar la vida, o la buena fama en un momento determinado, ha llevado también a la Iglesia a este atolladero del que le está costando trabajo salir. La única manera de ser creíbles es abrazar la causa de los crucificados de nuestro tiempo, convertirse en cirineos y samaritanos de todas las víctimas de la historia. Son tantos los que hoy día han caído en manos de los bandidos y han sido despojados de todo.

Creer en Cristo Jesús no es simplemente repetir fórmulas del catecismo, aunque estas fórmulas sean necesarias para confesar juntos la misma fe. Creer en Jesús es, como dice San Pablo, revestirnos de Él (Gal 3,26-29). Ese vestido no es una realidad exterior que uno se quita y se pone. No es un puro barniz de apariencia. Expresa más bien la transformación interior y total de la persona. El que se ha vestido de Cristo re-presenta, hace presente a Cristo, es Cristo. Cada uno de los creyentes es Cristo, una presencia de Cristo en nuestro mundo, una prolongación de su encarnación.

En esta perspectiva, la fe cristiana abre un horizonte de novedad, no sólo para el individuo, sino también para toda la comunidad humana, en sus dimensiones sociales. En Cristo han sido abolidas todas las discriminaciones: judíos-gentiles, esclavos-libres, hombres-mujeres.  Ciertamente que no se suprimen las diferencias, si no son discriminadoras sino que representan una riqueza integrable en la unidad. Todos somos uno en Cristo Jesús, sin perder nuestra identidad y originalidad. Pero esa identidad personal es relacional. Hace relación a Cristo, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, invitados todos ellos a revestirse de Cristo y a seguir su estilo de vida.

La fe en Cristo no quita nada valioso a nadie. Los apóstoles, venidos del judaísmo, estaban convencidos que aquello que ellos y sus padres habían vivido durante tantos siglos había llegado a su plenitud en el acontecimiento de Cristo Jesús. Para ellos orientar su vidas hacia Jesús no era renegar de su pasado sino salvarlo. También los diversos pueblos paganos que adhirieron a la fe cristiana experimentaron que ninguno de sus valores auténticos se perdía sino que adquiría un punto de referencia nuevo que garantizaba su realización concreta. En la eucaristía proclamamos nuestra fe en Cristo y lo seguimos en sus palabras y gestos. Tengamos el coraje de proclamar nuestra fe con palabras y obras en nuestra vida concreta.

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