By

No dejarse robar la esperanza

17 de noviembre de 2019 – 33 Domingo Ordinario

De nuevo la crisis económica y social que todo lo complica. Las revueltas están estallando no sólo en países de Hispanoamérica sino también en Europa. Como los papas han repetido, las causas de esta crisis son, ante todo, la ausencia de valores en nuestra sociedad centrada únicamente en el lucro. Muchos países son ahora sin duda más ricos, pero esa riqueza no está bien distribuida.

Los aires de pesimismo que circulan por nuestro mundo, al ver que las cosas no cambian, se nos pueden colar también en la Iglesia. Tampoco en ella las cosas van como nos gustaría. Disminuye y envejece no sólo el clero sino también los creyentes, sobre todo en Europa. Desgraciadamente en muchos países donde el cristianismo es una minoría se experimenta a veces la persecución.   Se necesita mucha paciencia y coraje para continuar siendo cristianos sin abandonar esos lugares.

En tiempos difíciles, y sobre todo de persecución, los creyentes han deseado que llegue el día final del juicio de Dios, en el que finalmente sea establecida la justicia (Mal 3,19-20). Los profetas han alentado esa esperanza y la convicción de que ese día está cercano. El interés se fue centrando en los acontecimientos anunciadores de esa final. La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue vista por muchos como el inicio de la etapa definitiva. Lucas, por el contrario, pone en guardia contra esa creencia porque en realidad “el final no vendrá enseguida”. La destrucción de Jerusalén fue sin duda el castigo de la ciudad pecadora que no ha querido reconocer al Mesías. Se terminaba una etapa de la historia de la salvación, y se daba paso a una nueva fase centrada en Cristo Jesús (Lc 21,5-19).

Entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo hay un tiempo intermedio. Es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio. Si la historia continúa es porque Dios está dando una oportunidad para que se anuncie el evangelio y los hombres puedan alcanzar la salvación. Desgraciadamente el tiempo del testimonio es a veces el tiempo de la persecución. Gracias a Dios vivimos en países en los que la fe cristiana, aunque sea rechazada, no es perseguida.

El evangelio, sin duda, resulta conflictivo. El rechazo que experimentó Jesús lo viven ahora sus seguidores. La situación puede parecer desesperada porque provoca la división en el interior mismo de la familia y de la Iglesia, pero los creyentes saldrán vencedores. No tendrán que preparar su defensa frente a los acusadores pues el Espíritu de Dios será el Defensor. Lo único que se le pide al creyente es la perseverancia, la fidelidad, sabiendo que sus vidas están en buenas manos.

La historia camina sin duda hacia su fin. Ese fin está muy lejano, pero Lucas lo sigue poniendo delante de los ojos de sus lectores. Aunque parece una especie de final catastrófico, Lucas no intenta atemorizarnos. Al contrario, es entonces cuando hay que levantar las cabezas porque la salvación está cerca. La espera del retorno de Cristo no debe distraernos del compromiso con el momento presente (2 Tes 3,7-12).

La primera forma de ese compromiso es el trabajo diario, el no estarse con las manos cruzadas a que venga el Señor a instaurar la justicia. Debemos ser nosotros los que trabajemos por crear un mundo más justo y fraterno. Mediante nuestro testimonio cristiano estamos anunciando a Cristo y preparando la venida de su Reino. Pero tampoco podemos hundirnos en este presente fugaz olvidando que estamos a la espera del Señor. Ninguna realización humana, por más sublime que sea, puede considerarse como definitiva. El cristiano mantiene siempre una distancia crítica respecto a todo lo histórico sabiendo que lo definitivo tan sólo se nos dará en Cristo.

En la celebración de la eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Que la esperanza de su venida nos mantenga atentos a los desafíos de la vida cristiana y nos dé la fuerza para ser testigos fieles del Resucitado.

By

El Dios de la vida

10 de noviembre de 2019 – 32 Domingo Ordinario

Hemos celebrado la semana pasada el Día de los Difuntos. ¿Hay algo después de la muerte? Es una pregunta inevitable aunque las respuestas sean muy diversas. Son sin duda las religiones las que han intentado dar una respuesta a esta pregunta que supera nuestra experiencia. Sin duda todos nosotros queremos que nuestra fe en la otra vida no sea pura fe sino tenga más o menos una base experimental. Estamos convencidos que si existe otra vida debe tener un impacto ya sobre ésta y no estar en total discontinuidad con lo que ahora vivimos. Si creemos en la vida eterna, tenemos que creer también en la vida sin más.

En el pueblo de Israel la idea de la resurrección apareció muy tardíamente, vinculada a la experiencia del martirio durante las persecuciones de los reinos helenísticos (2 Mac 7, 1-2. 9-14). Dios no podía sin más dejar que sus fieles murieran tan jóvenes sin haber podido realizar su existencia. Dios tenía que darles de nuevo vida. La creencia fue acogida por los judíos piadosos, los fariseos. Curiosamente no la aceptaron los saduceos, es decir, por la clase sacerdotal tradicional, que la consideraba una innovación.

Sin el horizonte de la resurrección, ni la vida de Jesús ni la de sus seguidores habría tenido sentido pues se jugaron el todo por el todo con la esperanza de encontrarse con Dios. Los saduceos niegan la resurrección, pues les parece una creencia absurda, como se pone de manifiesto en el caso de la mujer y los siete maridos. En el cielo ¿de quién será la mujer? Jesús no sólo desmonta la objeción sino que demostrará que la fe en la resurrección se basa en la Ley de Moisés, normativa para todo judío (Luc 20, 27-38).

Según Jesús, la objeción contra la resurrección proviene del hecho de que proyectamos nuestras categorías humanas en el más allá. Creemos que en el cielo siguen existiendo las instituciones de este mundo. Pero en el Reino ya no existirá el matrimonio. Habrá una transformación profunda de nuestras personas para poder vivir en la vida de Dios. Esto es posible al poder de Dios.

Pero lo más importante es que Jesús ha encontrado una prueba de la resurrección en los libros de la Ley de Moisés, que eran los únicos admitidos como canónicos por los sacerdotes. Dios se presenta como “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Como Dios, es el Dios de la vida, no puede ser un Dios de personas muertas. Para Dios, todos están vivos. Jesús ha aducido una verdad de experiencia. Nuestra relación con Dios nos pone en relación con la vida verdadera. Así ha sido como lo experimentado los grandes creyentes. Nuestros seres queridos no se pierden en la nada sino que viven para Dios. Amar a una persona, decía Gabriel Marcel, es poder decirle: para mí, tú no morirás nunca. Es lo que sin duda nos dice a cada uno de nosotros Dios nuestro Padre.

También para nosotros, nuestros seres queridos no debieran desaparecer de nuestra experiencia vital  y de hecho muchas veces los sentimos presentes, pero otras tenemos dificultad para percibir las presencias espirituales de las personas ya difuntas. Ellas, sin embargo, ya no están sometidas a las limitaciones del tiempo y del espacio. Poseen en cierto sentido la capacidad de hacerse presentes que tiene el Señor Resucitado. La fuerza de la resurrección está ya actuando también en nuestras vidas mortales, preparándolas para poder entrar en la vida de Dios.

Dios es el Dios de la vida. La gloria de Dios es el hombre viviente. Quizás el problema del cristianismo actual es, como ya denunciaba Nietzsche, que los cristianos parecemos poco resucitados. No nos hemos tomado en serio las energías que la resurrección de Jesús ha puesto en acción en el mundo. No sólo han transformado la historia personal y social, sino el mismo universo. Han sido creados unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que habite la justicia. Misión nuestra es colaborar con el Señor en la transformación de la historia y del mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestras vidas para dar un horizonte de esperanza a todos los que no encuentran un sentido a la vida y a la muerte.

By

Buscar a Jesús

3 de noviembre de 2019 – 31 Domingo Ordinario

Los fieles de los países tradicionalmente cristianos vivimos momentos de zozobra al ver cómo nuestras iglesias se van quedando vacías. Sabemos que los que se han ido no van a volver. Unas veces les echamos las culpas a ellos y otras nos las echamos a nosotros mismos y nos preguntamos qué hemos hecho mal o qué no hemos hecho. Por más que cambiamos nuestros métodos pastorales no vemos resultado.

La invitación a cambiarlo todo nos ha venido de nuevo del Papa Francisco. La inercia y la rutina, sin embargo, siguen imperando en nuestra manera de actuar. Alguien ha propuesto que, en vez de preocuparnos por nuestras iglesias vacías, salgamos de nuestras iglesias y vayamos al encuentro de los que se han ido y veamos cómo viven. A lo mejor descubrimos que no se lo pasan tan mal y que quizás también nosotros podríamos aprender de ellos cómo ir descubriendo a Dios en las realidades cotidianas.

Por supuesto que no es una invitación a cerrar nuestras iglesias sino a descubrir que la acción de Dios en el corazón del hombre desborda los límites de nuestros templos, como abatía las barreras que trazaba el judaísmo del tiempo de Jesús. Zaqueo como cobrador de tributos al servicio de un imperio pagano era mal visto por la comunidad cumplidora (Lc 19,1-10). Sin duda era una persona que se había enriquecido explotando a los judíos, pero se sentía solo y despreciado, tan  pequeño que no alcanzaba a ver a Jesús entre la muchedumbre.

Trataba de ver a Jesús porque sin duda habría oído hablar de él. Era alguien liberado de los prejuicios reinantes, con el que se podía hablar y confrontar su vida. Zaqueo se quedó de una pieza cuando, subido en el árbol, fue interpelado por su nombre. También Jesús estaba interesado en encontrarse largamente con Zaqueo. Las críticas de la gente bien pensante no se hicieron esperar y Zaqueo tuvo que sentirse abochornado pues él era el causante de esas críticas.

Por primera vez, ante alguien que le había aceptado tal como era. Jesús había sabido poner en práctica una pedagogía verdaderamente divina, que imitaba el comportamiento del mismo Dios (Sabid 11,22-12,2). Dios corrige poco a poco, con amor y sin casi hacerles daño,  a los que caen. Les recuerda su pecado y los reprende, para que no se les embote la conciencia sino que se conviertan y crean en Él. Zaqueo se aprovechó de las críticas, que tantas veces le habrían dirigido, para convertir su vida. Su nueva vida se expresa en el gesto de dar la mitad de sus bienes a los pobres y reparar las injusticias cometidas de una manera mucho más generosa que lo que pedía la ley.

Jesús no pudo menos que admirarse de las maravillas que había producido su simple presencia en aquella casa, que había recibido la salvación. Zaqueo era un miembro del Pueblo de Dios, al que las circunstancias de la vida lo habían llevado a embarcarse por el camino de la injusticia. A pesar de todo él continúa siendo un hijo de Abrahán. El pecador, a pesar de su pecado, continúa siendo objeto de la misericordia de Dios, con más motivo que el justo, porque la necesita más. El pecador es una persona en vías de perdición y el Hijo del hombre ha venido a salvar precisamente a los que están en el camino de la perdición. En vez de rasgarse las vestiduras escandalizados, habría que alegrarse de que alguien salve finalmente su vida.

El drama de las personas que se consideran justas y critican a los pecadores y a los que se acercan a ellos consiste en creer que Dios está interesado sólo en la salvación de aquéllos que se la merecen por sus obras buenas. Olvidan que la salvación es un don, que sin duda hay que acoger en una vida digna de la gracia recibida.  Que la celebración de la eucaristía en la que Jesús nos invita a su banquete pascual nos lleve a cambiar nuestras vidas y a producir verdaderos frutos de conversión.

By

Los santos de la puerta de al lado

1 de noviembre de 2019 – Todos los Santos

Estos últimos años hemos ido tomando cada vez más conciencia de que la Iglesia está formada por pecadores. Pero no debemos olvidar que también pertenecen a ella los santos. No sólo los que están ya en la casa del Padre sino también, como dice el Papa Francisco, los santos de la puerta de al lado. Son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero lo hacen bien. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista, quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos.

La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudo: sois santos, vivid como santos.

Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

By

Orar con humildad

27 de octubre de 2019 – 30 Domingo Ordinario

Hay muchas personas que no rezan. No sólo porque no saben o no recuerdan oraciones sino porque les parece una pérdida de tiempo o, peor aún, un hablar a solas. Es posible que todavía crean en Dios, pero no mantienen ninguna relación personal con él, porque  piensan que no tiene nada que ver con su vida. Los cristianos creemos que Dios es alguien con quien podemos mantener una relación de hijos. Hay, sin duda, hijos que, al llegar a adultos, se desentienden de sus padres porque creen que no van a recibir nada de ellos ni tienen nada que agradecerles. Pero los creyentes pensamos y experimentamos que estamos recibiendo constantemente signos de su amor y se los agradecemos y le pedimos que nos siga acompañando. No se trata de una actitud infantil de dependencia sino una relación amorosa adulta en la que se goza de la presencia de las personas queridas.

Cada uno reza según su fe, según la imagen que tiene de Dios. El fariseo reza según la teología farisea, que cree que el hombre se salva gracias a los méritos de sus buenas obras (Lc 18,9-14). Es posible que la imagen que los evangelios nos transmiten de este grupo judío esté condicionada por la polémica cristiano-judía después de la destrucción de Jerusalén. Los nuevos dirigentes judíos, los fariseos, creyeron que los seguidores de Jesús era un grupo fanático que había contribuido a la rebelión contra Roma y al consiguiente desastre. Los fariseos del tiempo de Jesús no sólo parecían buenos sino que también en la mayoría de los casos lo eran y mantenían una relación auténtica con Dios y con el prójimo.  

El fariseo del que habla el evangelio es el fariseo de todos los tiempos y lo encontramos en todas las religiones y en los que no tienen religión. También acontece lo mismo con la figura del publicano, que es sin más la del pecador. El fariseo es irreprochable ante la ley y por eso se considera justificado ante Dios. Su oración de acción de gracias, más que dirigirse a Dios, está dedicada a sí mismo. Su Dios es el legalismo. El fariseo ora como su vida de fariseo, erguido, delante, donde lo vean. La falsedad de su Dios aparece en que no se sitúa ante él sino que se compara con los pecadores, con el publicano. El Dios del fariseo está a favor de la ley y en contra de los pecadores. Como no se reconoce pecador, sino justo, no recibe el perdón y la justificación de Dios. Por eso vuelve a casa con su pecado, pecado agravado por su oración.

En cambio el publicano reza como publicano, como pecador. Se mantiene atrás, se da golpes de pecho y pide humildemente perdón ante Dios. El publicano se sitúa ante Dios y no ante la ley. Cree en un Dios misericordioso que acoge al pecador. En su parábola, Jesús hablaba de ese Dios que él hace presente a través de la acogida de los pecadores y comer con ellos. El publicano, al reconocerse pecador y pedir perdón, Dios lo perdona y lo justifica, hace de él una persona justa. Volvió a casa totalmente transformado. Su oración había sido escuchada por Dios, que acogió su petición de perdón (Ecco 35,12-14.16-18). La Iglesia, como Jesús, debe ser sacramento de perdón y no condenar a nadie.

San Lucas saca una conclusión general para su comunidad. “El que se enaltece, será humillado, el que se humilla será enaltecido”. Se trata sin duda de vivir la humildad que Santa Teresa definía como “caminar en la verdad”. La humildad tiene que ver con la percepción real de nuestra situación. No se trata de una humildad tonta sino del reconocimiento realista de que todo lo recibimos de Dios. Probablemente tengamos cualidades superiores a muchas personas, pero eso no debe llevarnos a despreciar a los demás. Ni nosotros hemos merecido los dones recibidos, ni los demás son culpables y por eso no los habrían recibido. Dios los da a quien quiere y como quiere, pero se complace de manera especial en derribar de sus tronos a los poderosos y en ensalzar a los humildes. Es la inversión de valores que trae consigo el evangelio y que hacemos presente en cada celebración de la eucaristía.  

By

Dios hará justicia

20 de octubre de 2019 – 29 Domingo Ordinario

La búsqueda de una sociedad más justa y fraterna, en la que reine la verdadera libertad y sean reconocidos los derechos humanos, ha sido en buena medida el motor de la historia en la época moderna. La independencia del poder judicial es indispensable para caminar en esa dirección. Ahora bien, los jueces hoy día lo tienen muy difícil. Ellos juzgan según las leyes vigentes, pero algunos dirán que las leyes no siempre son justas. Los cristianos consideran que una sociedad es justa y humana en la medida en que se preocupa por los más débiles y desfavorecidos.

El papa Francisco ha denunciado que el tipo de sociedad que hemos creado está descartando a los jóvenes y a los ancianos.  Los cristianos no debemos dejarnos robar la esperanza de que otro mundo es posible. Hay que mantenerla a través de la oración. Los cristianos han rezado y seguimos rezando para que venga el Reino y Dios haga justicia a sus elegidos. A algunos ese mundo injusto les parece el argumento más concluyente contra la existencia de Dios y creen que esas oraciones son una pérdida de tiempo, otros, sin embargo, seguirán viendo en ellas un arma poderosa no violenta contra los injustos.

Nuestra fe confiesa que la historia del mundo está en las manos de Dios y tiene un sentido. No es un simple sucederse de acontecimientos en el que el pez grande se come al chico, o como decía Unamuno, “que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Para Dios nada es imposible y Él se preocupa del bien de los suyos (Ex 17,8-13). La parábola de hoy pone un ejemplo tomado de la vida social (Lc 18,1-8). Desgraciadamente es siempre actual. Muchas personas se sienten frustradas en su búsqueda de justicia. Recorren a todas las instancias y le viene siempre denegada. Pocos, sin embargo, piensan en apelar a Dios y en encomendarle a Él su causa. La viuda del evangelio traduce bien la impotencia de los débiles ante el cinismo de los fuertes. Al final el juez hace justicia por quitársela de encima y no sentirse importunado cada día con una manifestación o una sentada.

El evangelio dice claramente que se trata de un juez injusto, todo lo contrario de Dios. Dios no puede menos que hacer justicia sobre todo a sus elegidos. Y la hará rápidamente. La convicción de que el Reino de Dios está irrumpiendo en la historia da esa certeza de que es posible instaurar la justicia. Sin duda no ocurrirá de manera automática sino que los hombres tienen que esforzarse en construir la justicia.

El evangelio señala una de las condiciones: tener fe. Hay que creer que este mundo puede cambiar, que se puede construir un mundo diferente. Sin duda eso es lo que expresaba la viuda con su constante reclamar justicia. No admitía ni por asomo que las cosas sean como son y que no haya manera de cambiarlas. Ese reclamar ante Dios se traduce en la oración constante y confiada. La confianza nos viene del hecho de que Dios está constantemente cambiando la historia, derribando a los potentados de sus tronos y exaltando a los humildes.

El problema es que la fe se enfría y nos olvidamos de Dios. Es necesario alimentar la fe y la confianza en la oración. El interrogante final del evangelio nos deja a todos en suspenso. ¿Seremos capaces de mantener la fe hasta la venida del Hijo del hombre? Él es el que establecerá definitivamente la justicia, pero la está instaurando ya poco a poco con la colaboración de todos los justos.

La mejor manera de avivar nuestra fe es el contacto con la Palabra de Dios, con la Biblia (2 Tim 3,14-4,2). Cada vez que leemos y proclamamos las acciones liberadoras de Dios, las hacemos actuales hoy. La memoria de la liberación es una memoria peligrosa porque recuerda a los poderosos que ellos no son invencibles. Tantas veces Dios los ha derribado de sus tronos que también hoy puede hacerlo. En la eucaristía actualizamos la acción liberadora de Dios que rescató a su Hijo de la tumba, víctima de los poderosos de este mundo. Que la fuerza de la resurrección nos lleve a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno.

By

Ser agradecidos

13 de octubre de 2019 – 28 Domingo Ordinario

La pérdida del sentido cristiano de la vida hace que vayan desapareciendo valores y actitudes profundamente humanos y cristianos, entre ellos la gratuidad y el agradecimiento. Todos nos creemos con derecho a todo y creemos que la abundancia de la que gozamos se debe exclusivamente a nuestros esfuerzos o a nuestra cara bonita. Incluso los creyentes pensamos que podemos obtener todo de Dios a base de nuestras oraciones y méritos. Cuando recibimos lo que le pedimos, pocas veces nos acordamos de agradecérselo. Son cada vez menos los que hacen una oración antes y después de las comidas porque consideramos que todo es sencillamente fruto de nuestro trabajo. Como consideramos lógico y natural recuperar la salud con la ayuda de la medicina.

Son muchos los que creen que no tienen nada que agradecerle al Señor. Al contrario, tienen mucho que echarle en cara. No sólo por lo que les sucede a ellos sino por cómo anda el mundo. Algunos piensan que si nosotros fuéramos Dios haríamos que la cosas funcionaran mucho mejor. Así pretendemos darle lecciones al creador del universo. El hombre creyente como el salmista agradece constantemente a Dios sus beneficios, el primero el don de la vida. En los salmos de acción de gracias se suelen enumerar los beneficios recibidos del Señor, en los himnos de alabanza uno se queda extasiado ante la grandeza y el amor de Dios. Al darle gracias por sus bienes, no es Dios el que saca ventaja de ello. Somos más bien nosotros los que nos enriquecemos. Dios continúa a hacer salir el sol sobre justos y pecadores.

También Pablo invita a hacer memoria agradecida de Jesús y de su entrega por nosotros (2 Tim 2,8-13). Su resurrección la fuerza al apóstol para soportar su prisión. Jesús lo ha asociado a sus padecimientos y también le asociará la vida resucitada. Viviremos y reinaremos con él.

Diez leprosos han sido curados por Jesús. Han experimentado los beneficios de Dios a través de su enviado Jesús (Lc 17,11-19). Y, sin embargo, lo han considerado como lo más natural, como algo que les era debido. Preocupados por quedar lo más pronto limpios, no se detuvieron a agradecer a Jesús. Incluso, cuando ya están curados, no se acuerdan de su benefactor, excepto uno que, para más vergüenza, era samaritano, considerado como extranjero pagano. Muestra más sentido religioso el pagano que los otros nueve judíos. El samaritano volvió, alabando a Dios, a darle gracias a Jesús.

Jesús hará una alabanza de este samaritano y le dirá: tu fe te ha salvado y te ha curado. Los otros nueve fueron curados pero no fueron salvados. Recuperaron simplemente la salud pero no recuperaron el sentido de la vida, que se encuentra en la relación con Dios, que se hace presente en Jesús. El samaritano se ha convertido en un creyente cristiano. Lucas se complace en mostrar cómo sus lectores, de origen pagano, han abrazado la fe cristiana, mientras los judíos, que eran los primeros destinatarios de la salvación, la han rechazado.

La primera lectura nos presenta una escena totalmente paralela, la curación de Naamán el sirio (2 Re 5,14-17). Su proceso de fe fue lento, pero cuando ha obedecido a la palabra del profeta y ha quedado curado, siente en su corazón el agradecimiento. Lo quiere expresar recompensando al profeta, pero se da cuenta de que éste da gratuitamente lo que había recibido gratis. Entonces Naamán descubre la belleza de la fe judía que quiere practicar en su propio país. Para ello lleva un poco de tierra de Israel para así poder dar culto al Dios de Israel. En su mentalidad pagana ligaba al Dios de Israel a la tierra de Israel. Tendrá que descubrir todavía que Dios no está limitado por las fronteras humanas.

La eucaristía es acción de gracias a Dios por medio de Jesús porque nos ha salvado y nos permite gustar ya en nuestra vida la alegría del encuentro del Señor resucitado. Que él haga de nosotros personas siempre agradecidas.

By

Auméntanos la fe

6 de octubre de 2019 – 27 Domingo Ordinario

El drama de nuestro tiempo, decía Pablo VI, es la separación de la fe y la cultura. Los creyentes no somos capaces de crear una cultura impregnada por los valores evangélicos. Vivimos y ansiamos las mismas cosas que los no creyentes. Existe una separación entre lo que creemos y lo que vivimos. Dios apenas cuenta en nuestras vidas. No lo experimentamos vivo y actuante. No es alguien en el que podemos confiar, del que nos podemos fiar. Es verdad que el hombre actual está demasiado escarmentado y apenas confía en las personas de su familia. Como no ve señales de que Dios lo ame, no se fía de él, en la práctica no cree en él. Trata de salir adelante con las propias fuerzas pues de los demás es poco lo que se puede esperar.

La fe muchas veces no cambia la vida de las personas de manera que estén dispuestas a adoptar un estilo de vida alternativo y de contraste, en todos los dominios de la existencia, individual, familiar y social. Tenemos muy pocas señas de identidad, que permitan a primera vista identificar un creyente. El problema no es nuevo. Era ya conocido en la historia del pueblo de Israel. También en el evangelio se muestra muchas veces la falta de fe o la poca fe no sólo de las muchedumbres sino también de los discípulos. Ellos mismos se dan cuenta y por eso piden a Jesús que aumente su fe, su adhesión incondicional a su persona (Lc 17,5-10). De lo contrario la fe es como una llama que peligra apagarse por falta de combustible.

San Pablo era consciente del problema y por eso recomienda a su discípulo Timoteo que avive el fuego de la gracia que recibió con la ordenación (2 Tim 1,6-8.13-14). Los cristianos en estos momentos nos estamos mostrando demasiado cobardes en la manera de vivir nuestra fe. Hace falta un espíritu de energía, de amor y de sensatez. Ante todo no hay que tener miedo a mostrarnos como cristianos ante los demás.

San Lucas vincula a la fe la actitud de servicio del discípulo. No se trata pues de una fe puramente teórica, que pudiera ser la tentación del mundo griego, familiarizado y fascinado por el conocimiento. Se trata de una fe bíblica que se traduce en entrega confiada a la voluntad de Dios que hay que realizar en la propia existencia. Como el servidor, el creyente tiene que hacer todo lo mandado. Y considerar que es lo más normal, que no tiene nada de extraordinario. El servidor está para hacer lo que manda su amo. Incluso cuando haya hecho todo muy bien, continuará siendo  siempre un pobre servidor.

En nuestro tiempo esta perspectiva puede parecer alienante y en contra de la realización del hombre. En realidad es lo contrario. Cuando el hombre realiza lo que Dios pide de él, no se está sometiendo a una instancia exterior a sí mismo. Dios está presente en el hombre y hacer lo que Dios pide o sugiere es realizar nuestra esencia más íntima y preciosa de un ser creado libre para amar. Esa es la gloria de Dios el que el hombre tenga vida en abundancia.

También el Antiguo Testamento había comprendido esta realidad. El profeta lo formula diciendo que “el justo vivirá por la fe” (Hab. 1, 2-3; 2,2-4). Siendo Dios la vida y el origen de la vida, el hombre sólo tendrá vida en la medida en que se mantenga unido a Dios por una comunión de amor y de voluntad, de querer lo que Dios quiere para mí. Alejado de la fuente de la vida, el hombre experimenta la realidad violenta de la existencia hecha de trabajos, catástrofes y luchas. Que esta Eucaristía nos haga entrar de verdad en el misterio de la fe de manera que nuestras vidas sean cambiadas por el encuentro con Cristo y vivan con intensidad su seguimiento.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies