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¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

9 de agosto 2020 – 19 Domingo Ordinario

El coronavirus ha sorprendido al mundo como la tempestad a los discípulos en la barca, mientras Jesús dormía plácidamente (Mc 4,35-41). Fue el texto elegido por el papa Francisco para la oración en una Plaza de San Pedro vacía el 27 de marzo por la tarde. En la pandemia hemos comprendido que no podemos seguir cada uno por su cuenta sino que tenemos que estar juntos.

El evangelio de este domingo es una escena parecida, aunque con la gran diferencia de que en esta los discípulos están solos, porque se marcharon después de la multiplicación de los panes cuando Jesús se fue solo al monte para orar. Cuando Jesús no está inmediatamente los vientos nos son contrarios.  En medio de las dificultades que experimentamos, en las que estamos tentados de confundir al mismo Jesús con un fantasma, lo que nos falta es fe (Mat 14, 22-33). Es esa falta de fe la que nos impide lanzarnos al agua o caminar sobre las olas. Pedro lo intentó pero enseguida dudó.

La fe bíblica no es una serie de verdades sino una confianza absoluta en Dios que es el fundamento firme de nuestra existencia. Tenemos la impresión de que vacilan los cimientos de nuestras vidas y que estamos hundiéndonos porque no nos fiamos totalmente de Dios. Seguimos buscando apoyos humanos y queremos un Dios a nuestra medida. Cuando nos olvidamos de Dios o Jesús no ocupa el centro de nuestras vidas, enseguida se desencadenan las tormentas y los miedos.

Tampoco los vientos eran favorables a Elías cuando huía perseguido por el rey de Israel. Para que su fe no vacilara tuvo que volver a las raíces, al fundamento de la fe del pueblo, caminar hasta la montaña santa donde Dios se había manifestado a Moisés. Allí va a encontrarse con Dios de la manera más sorprendente (1Reyes 19,9a.11-13ª). Hubo el mismo aparato atmosférico que en tiempo de Moisés, un temporal, un terremoto, relámpagos, pero Dios no estaba en ellos. El Dios tremendo ante el que tiembla toda la creación se presenta ahora con una voz silenciosa suave.

Dios no quiere asustar a nadie sino darnos siempre confianza. Lo mismo hizo Jesús cuando sus discípulos estaban llenos de miedo. Se da a conocer como la persona con la que han ido compartiendo su vida y aventuras y en la que pueden confiar. Jesús se presenta como hacía Dios, como el “Yo soy”. Pero se trata de una presencia amorosa que es capaz de calmar todas las tempestades del alma y de la vida.

Nuestra falta de fe tan sólo puede ser vencida y superada mediante la confesión de fe en Cristo el Hijo de Dios. No se trata de una frase hecha, aprendida en el catecismo, como respuesta a una pregunta. Se trata de vivir convencidos de que la historia del mundo está en las manos de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Ellos son los dueños de los acontecimientos.

El teatro de la historia puede ser todavía el lago encrespado dominado por las fuerzas del mal. Éstas, sin embargo, han sido ya derrotadas por el Señor resucitado, aunque siguen teniendo todavía un cierto poder contra nosotros, lo suficiente para no dejarnos en paz. Pero sólo tienen poder sobre nosotros en la medida en que se lo damos, en la medida en que creemos que ellos son fuertes, cosa que en realidad ya no lo son. Son nuestros miedos y falta de fe los que los hacen fuertes. Pidamos al Señor en esta eucaristía que aumente nuestra fe para vivir arraigados en Él.

 

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Dadles vosotros de comeer

2 de agosto 2020 – 18 Domingo Ordinario

La crisis  económica, consecuencia del Coronavirus, obliga a los gobiernos a discernir bien el empleo del dinero público. Los recortes experimentados años atrás en  asistencia médica, investigación y enseñanza han dejado ahora al descubierto los agujeros del sistema. Está en peligro el desarrollo futuro y la salida de la crisis. Pero también muchas personas se han visto obligadas a renunciar a muchas cosas que se permitían en tiempo de prosperidad económica. Todos tratamos de ceñirnos a lo necesario o conveniente, evitando lo superfluo. Hasta ahora en los países ricos hemos estado gastando dinero en bienes que no alimentan nuestra vida, nuestro deseo de felicidad o de realización personal auténtica (Isaías 55,1-3).

¿Cuáles son los bienes que merece la pena adquirir y que pueden contribuir a nuestra felicidad? El profeta responde sin dudar. La gran realidad que puede saciar los deseos del corazón del hombre no se puede comprar sino que hay que recibirla gratuitamente como don. Se trata de acoger la alianza que Dios nos ofrece, invitándonos a entrar en su comunión de vida trinitaria. Sólo escuchando su palabra y poniéndola en práctica encontraremos la vida.

Nuestra vida tiene sentido y valor sin necesidad de tener comprar la felicidad y el reconocimiento humano. A los ojos de Dios tenemos un valor infinito, por eso Cristo murió por nosotros. Nada nos puede separar de ese amor (Rom 8, 35.37-39). No nos veremos libres de las pruebas, de los problemas, de los zarpazos de la vida, incluso de la misma muerte. Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará fácilmente triunfar de todos nuestros adversarios. Nada nos puede separar del amor de Dios, salvo el propio pecado, nuestra decisión de no acoger el amor de Dios.

El amor de Dios nunca es abstracto ni se queda en buenas palabras o puros sentimientos. Ante el hombre sufriente, Jesús siente lástima, pero sobre todo actúa y hace que los demás actúen (Mateo 14,13-21). Nosotros nos conmovemos muchas veces ante las imágenes de la miseria, pero quedamos como paralizados e impotentes. Jesús, no. Sabe encontrar soluciones. No se trata de soluciones milagrosas sino de los milagros de la solidaridad, del compartir, de poner a disposición de los demás los bienes que uno posee.

La Iglesia, siguiendo a su Maestro, ha intentado a lo largo de los siglos venir en ayuda de los necesitados. Siempre ha tenido la impresión de que no tenía suficientes recursos para hacer frente a los desafíos. Y es la verdad. Ni Jesús quiso convertir las piedras en pan ni nosotros somos capaces de solucionar solos todos nuestros problemas. Hace falta implicar a toda la humanidad, porque el problema del hambre puede desestabilizar a toda la humanidad. Jesús pidió la colaboración de los que tenían y así hizo el milagro. Hoy día hay que invitar a todos los hombres de buena voluntad a luchar contra la pobreza y sus causas. Sólo una cultura de la sobriedad, de alianza solidaria entre los pueblos, de disponibilidad a compartir los bienes puede dar una respuesta al problema del hambre.

La celebración de la eucaristía hace realidad la multiplicación del pan de vida. Demos gracias a Jesús porque nos nutre con su cuerpo y su sangre, con su amor. Que nosotros seamos también fuente de vida para nuestro mundo necesitado.

 

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El verdadero tesoro

26 de julio 2020 – 17 Domingo Ordinario

El consumismo se fue adueñando poco a poco del corazón del hombre del hemisferio norte y se erigió en el valor absoluto. La crisis actual ha puesto de manifiesto el agotamiento de ese modelo de civilización que nos ha llevado a un callejón sin salida poniendo en peligro la vida del planeta. No sólo el Papa sino otras muchas voces autorizadas han pedido un cambio de modelo de civilización. No se trata de volver atrás y renunciar al auténtico progreso humano sino de volver a los valores esenciales sobre los que se puede fundar la vida personal y social.

Esos valores, entre otros,  son la sobriedad, la solidaridad, el compartir, el cuidado del planeta y de las personas más débiles. Eran valores que conocimos los mayores en nuestra infancia y que nos hacen reconocer: teníamos menos pero éramos más felices. Sabíamos distinguir entre lo esencial e importante y lo superfluo.  Jesús se dio cuenta que el Reino de Dios era el único valor absoluto y que para conseguirlo era necesario dejar todo lo que se tenía y dedicarse totalmente al Reino.

El Reino fue su gran pasión, lo que dio sentido a su vida, lo que le movió a abrazar un tipo de vida tan poco razonable según la cultura de su tiempo. En vez de fundar una familia y ejercer una profesión se dedicó a ser predicador ambulante del Reino de Dios. Era eso lo que le llenaba, lo que le hacía feliz, la única cosa necesaria. Y supo contagiar su entusiasmo a sus discípulos, que, como Él, dejaron la familia y la profesión y le acompañaron durante su vida y muerte continuaron su misión de anunciar el Reino. Podemos decir que Jesús y sus discípulos eran personas centradas, que sabían lo que querían y que encontraron en lo que hacían la verdadera felicidad.

El Reino de Dios es el gran tesoro, la perla de gran valor,  pero no se puede adquirir a precio de saldo  (Mt 13,44-52). Exige la renuncia total a todo lo que la gente considera tesoro o cosas de valor. En comparación con el Reino, todo lo demás es relativo. Todas las cosas e instituciones humanas tienen su valor, pero un valor relativo que les viene de su relación con el Reino. El peligro de las cosas y realidades humanas está en su absolutización, en el peligro de convertirse en ídolos o pequeños dioses que nos roban el corazón y la libertad.

Durante muchos siglos la fe cristiana ha sido el gran tesoro que hemos heredado de nuestros mayores. Hoy día esa fe es vista por muchos como una realidad anticuada que no tiene valor en nuestra cultura. Son otros valores los que se han apoderado de la escena social, pero hemos ido descubriendo que esos valores no llenan las ansias del corazón humano. Hoy día es necesario tener un corazón dócil, que sepa escuchar a la tradición y una sabiduría que nos lleve a descubrir siempre los verdaderos valores humanos (1Reyes 3,5.7-12).

La crisis que estamos viviendo es una crisis de vida cristiana, que no sólo está despoblando las Iglesias sino que al mismo tiempo está corroyendo la esencia de la fe cristiana. La pérdida de valor del cristianismo a los ojos de nuestros contemporáneos no viene de la devaluación del evangelio en sí, sino de la manera como  los cristianos lo estamos viviendo. Esta situación puede ser un aldabonazo a nuestra conciencia para que despertemos y nos demos cuenta que para los que aman a Dios, todo ocurre para su bien (Rm 8, 28-30). Pidamos que la celebración de la eucaristía nos haga descubrir el gran tesoro de la fe cristiana.

 

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¿De dónde viene la cizaña?

19 de julio de 2020 – 16 Domingo Ordinario

La crisis del coronavirus ha desatado especulaciones de las más disparatadas sobre su naturaleza y origen. El papa ha querido dejar a los especialistas la determinación de esas preguntas pero ha subrayado un factor que todavía muchos poderosos se niegan a admitir. Esta epidemia, como tantas otras existentes en nuestro mundo, sobre todo la epidemia de la miseria y el hambre son debidas a la falta de cuidados con la casa común en que vivimos y con las personas y grupos con los que compartimos la misma aventura en la misma nave. Todo está interconectado.  El mal está entre nosotros y ese mal muchas veces no es algo natural sino provocado por nosotros mismos que nos convertimos en enemigos del Reino de justicia y de paz.

La experiencia del mal lleva tantas veces a preguntarse: ¿Dónde está Dios? En realidad la pregunta es: ¿Por qué hay personas dedicadas a explotar a los demás? ¿Por qué Dios permite que reine la injusticia en el mundo? Si nuestro corazón se rebela contra la injusticia es precisamente porque estamos creados a imagen de Dios que hace justicia a los oprimidos?

Hay que tener paciencia y saber esperar, como Dios, que no se desanimó ante tantas negativas humanas. Supo usar siempre de moderación y no quiere imponer su Reino por la violencia (Sab 12.13.16-19). Dios da siempre una oportunidad para que sus enemigos se conviertan. El Reino, como la siembra, tiene sus ritmos, que hay que respetar. En el mundo de la técnica estamos, en cambio, habituados a apretar un botón y ver cumplidos nuestros deseos.

Ahora bien, Dios no permanece impasible o de brazos cruzados ante el mal en el mundo. Él está constantemente luchando contra el mal a través de los buenos. Gracias a Dios, el bien es siempre mayor que el mal, pues de lo contrario el mundo volvería al caos. Dios está constantemente trabajando en traer su Reino. El papa cree que ha llegado el momento de cambiar de rumbo en la manera de vivir en los países avanzados basada en la explotación de los recursos y el consumismo.

Cambiar ese modelo de civilización no va a ser fácil, pero es necesario ponerse a trabajar ya, empezando por pequeños gestos. El Reino tiene siempre unos comienzos pequeños. Todo empezó con un pequeño grupo en torno a Jesús. Toda la fuerza del Reino le viene de Dios y de su Espíritu. Así también a la Iglesia. Su misión es ser levadura en la masa. Lo importante es la masa, el que la masa fermente (Mt 13,24-43). Uno no utiliza toneladas de levadura. Para que la levadura realice su efecto tiene que desaparecer en la masa, ciertamente sin perder su condición de levadura que le da eficacia.

Los cristianos no vivimos en un mundo aparte, ni tan siquiera habitamos en países cristianos. Vivimos con todos los hombres, utilizamos la misma lengua y cultura, aunque cultivamos una serie de valores que nos vienen del evangelio y que creemos que son importantes para todos los hombres y para la sociedad. Sólo conviviendo con los demás hombres, acompañando su peregrinar hacia Dios, la Iglesia puede realizar su misión. La celebración de la Eucaristía anticipa el Reino. En ella los elementos de este mundo, el pan y el vino, son transformados en el cuerpo y sangre de Cristo. Son signos de la fraternidad que Jesús vino a crear.

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Dar fruto

12 de julio 2020 – 15 Domingo Ordinario

Nos hubiera gustado que el coronavirus nos hubiera cogidos provistos de vacunas y tratamientos adecuados. En nuestro mundo avanzado estamos acostumbrados a apretar un botón y obtener inmediatamente el resultado deseado. Es verdad que en medicina las cosas van lentas, porque no se dedica suficiente dinero a la salud. Los resultados de la ciencia y la tecnología se logran tras muchos ensayos que requieren su tiempo y las inversiones necesarias.

El agricultor tiene que esperar pacientemente. El trabajo de la formación y la cultura requiere la paciencia del agricultor. Jesús, que utiliza la palabra para formar a sus oyentes, ha tomado tantas imágenes del mundo de la agrícola dominante en su tiempo.  Su enseñanza sobre la tan esperada venida del Reino de Dios resultaba peligrosa pues ponía en cuestión la organización social de su tiempo y el estilo de vida de las personas. Vinculaba además la venida del Reino a su propia actividad y persona, lo cual no parecía evidente, a pesar de los milagros que hacía.

No hay que extrañarse que Jesús, después de un cierto éxito, se sienta incomprendido y entre en crisis. Eso no le impide seguir anunciando la venida del Reino y enseñar que tendrá lugar a pesar de todos los obstáculos que Él mismo encuentra en su predicación. Las parábolas muestran la profunda convicción de que la verdad es capaz de abrirse paso, a pesar de las limitaciones del maestro y de los discípulos. También el sembrador sabe que muchas de las semillas se perderán, pero siembra con la esperanza de recoger un fruto abundante de aquellas que lleguen a germinar, crecer y madurar (Mt 13,1-23).

En buena parte la cosecha depende de la calidad de la simiente. En este caso la semilla es la palabra de Dios que es una fuerza de salvación para el creyente. Ella tiene en sí esa fecundidad comparable a la lluvia o la nieve con las que el profeta compara la Palabra de Dios (Is 55,10-11). Como ellas, la palabra hace un viaje de ida y vuelta, desde Dios al hombre y desde el hombre a Dios. La palabra de Dios es siempre eficaz y realiza aquello que Dios quiere.

Dios ha enviado su Palabra hecha carne el mundo. Jesús anunció a los hombres la Palabra de Dios y sólo regresó al Padre cuando había realizado la misión que le había sido encomendada. Jesús tiene palabras de vida eterna, que son capaces de nutrir la vida del hombre y ayudarle a dar un sentido a la existencia.

Animados por el ejemplo de Jesús los creyentes, y en particular los ministros de la palabra, siguen anunciando la Buena Noticia al mundo. La Palabra de Dios pone al descubierto nuestra interioridad y nos hace ver si somos hombres-camino por donde pasan todas las noticias sin dejar huella, personas pedregosas sin profundidad, seres de zarzas que ahogan en sí el bien y la verdad, o si por el contrario somos trigo limpio producido por la tierra buena.

¿Quiénes son tierra buena? Los que escuchan la palabra y la entienden. No basta pues escuchar la palabra. Hay que hacer el esfuerzo de entenderla, de penetrar en ella, de descubrir su sentido. Eso sólo es posible a fuerza de rumiar y meditar la palabra haciendo de ella el alimento de nuestra vida. En la Eucaristía la Iglesia nos alimenta en la mesa de la palabra y en la mesa del cuerpo y sangre de Cristo para que también nosotros produzcamos frutos de vida eterna.

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Dios se manifiesta a los sencillos

5 de julio de 2020 – 14 Domingo Ordinario

Los sabios y entendidos han gozado en todos los tiempos de la confianza de las personas. Cuando tenemos un problema de salud, vamos al médico. Para las cuestiones legales, acudimos a un abogado. El saber da un poder y sobre todo hoy día es un saber hacer que permite incluso manejar a las personas. Los sabios y entendidos de todos los tiempos han dispuesto de un poder que muchas veces les permitía asegurarse su vida y prescindir de Dios. Hoy día, no sólo los sabios sino mucha gente corriente consideran que no necesitan de Dios y no le dan una oportunidad de que entre en sus vidas.

Curiosamente el conocimiento bíblico de Dios no es un saber teórico sino un trato íntimo y amoroso con Él. Es un saber actuar, o mejor un saber vivir ante Dios para poder realizar la propia vocación a la que Él nos llama. El amor, al contrario del conocimiento, es libre. Deja a la persona la libertad de amar y la libera para amar. Jesús constata que Dios se revela, se da a conocer y amar a las personas sencillas y no a los sabios y entendidos. Los sabios y entendidos muchas veces tan sólo se aman a sí mismo y a sus creaciones. Son tan importantes que no pueden reconocer que todo lo han recibido de Dios.

Jesús experimentó el rechazo de los poderes políticos y religiosos de su tiempo y fue acogido por la gente sencilla. En vez de sentirse frustrado ante el poco éxito con la gente importante, dio gracias al Padre por haber dispuesto las cosas así (Mt 11,25-30). Se trata del estilo de actuar de Dios que elige a los humildes para confundir a los soberbios. Dios escogió pueblo pequeño para hacerlo depositario de su revelación. Jesús se manifestará como rey en su entrada triunfal en Jerusalén, adoptando ese estilo modesto y sencillo. Dios para triunfar no necesita un despliegue impresionante de recursos sino que se hace fuerte con la debilidad de los que lo aman. Es la fuerza del amor (Zac 9.9-10).

Desgraciadamente no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia estamos demasiado preocupados por el número, que es lo que cuenta a la hora de hacerse con el poder en los sistemas democráticos. Confundimos el Reino de Dios con los reinos de este mundo. No hay nada de extraordinario en tener éxito a través del despliegue de la fuerza y de la riqueza, aunque no siempre se ganan las batallas con la superioridad de las armas. La fuerza de la Iglesia y del cristiano viene del Espíritu de Dios (Rom 8,9.11-13). El tiene la capacidad de resucitar nuestros cuerpos como resucitó a Cristo Jesús. Tenemos que dejarnos llevar y guiar por el Espíritu de Dios y no por los cálculos puramente humanos, que San Pablo llama “la carne”.

El conocimiento, la ciencia y la técnica tienen sin duda su sentido en el plan de Dios, pues todo saber viene de Él. No pueden, sin embargo, ser el criterio último de la acción humana. Una técnica al servicio egoísta de unos pocos lleva a la explotación de las masas y a construir un mundo inhabitable. Pidamos al Señor en esta eucaristía un corazón sencillo y humilde como el de Jesús para encontrar así la paz del alma.

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El que pierda su vida por mí la encontrará

28 de junio 2020- 13 Domingo ordinario

Darse la buena vida ha sido la máxima aspiración de muchas personas. La crisis del coronavirus ha puesto en cuestión el ideal del consumismo que ha dominado el último  siglo. Tenemos que redescubir el verdadero sentio de la vida. La vida es sin duda el primero de los bienes que hemos recibido de Dios. La Palabra de Dios confirma, sin duda, la importancia del bien de la vida, una vida que debe ser respetada y protegida desde su concepción hasta su muerte.

Dios es el origen de la vida. Los hombres son sólo los transmisores de esa vida, no sus creadores. Los casos de esterilidad provocaban lástima tanto en las antiguas culturas como hoy día. Antes nos hacían caer en la cuenta que la vida viene de Dios (2 Re 4,8-11.14-16). Ahora se busca todo tipo de métodos, a veces no del todo morales, para tener hijos a cualquier precio.  El evangelio, sin embargo, nos invita a estar dispuestos a renunciar a la propia vida, cuando está en juego la fidelidad al Señor (Mt 10,37-42).

Pero sobre todo el evangelio nos pone en guardia contra ciertas maneras de vivir, hoy día de moda, que parecen ser la expresión de una vida a tope, cuando en realidad llevan a arruinar la propia existencia. No se consigue la vida queriéndola simplemente disfrutar y consumir egoístamente. En la medida en que uno se cierra en sí mismo y en sus propios intereses, la vida acaba corrompiéndose como el agua encharcada. De nada sirve ganar el mundo si echamos a perder la propia vida. No se puede identificar la vida plena simplemente con las experiencias placenteras excitantes o con el conseguir un buen puesto, que nos permita ganar mucho dinero.

La vida es para darla. Y dándola uno experimenta una gran alegría. Es lo que viven todos los matrimonios que tienen el coraje de traer hijos a este mundo. Sin duda que los hijos son una carga costosa y pero también proporcionan una alegría incomparable. Por el bautismo hemos muerto con Cristo y hemos adquirido una vida nueva, la vida del resucitado (Rm 6,3-4.8-11). Su vida debe reflejarse en nuestra vida. Como él, tenemos que estar dispuestos a entregar la vida.

El don de la propia vida no se refiere sólo a las circunstancias extremas. En realidad se trata de ir dando la vida en el día a día para que, cuando llegue la muerte, hayamos hecho ya de la vida un don total. Ese don de la vida se traduce en tomar la cruz y seguir a Jesús. Lo más importante es seguir a Jesús, caminar con él, estar en el grupo de sus discípulos. La cruz vendrá por añadidura. Cuando se quiere ser discípulo de Jesús y vivir el evangelio, con todas sus exigencias de la letra y del espíritu, la cruz se va presentando sin necesidad de buscarla. Pero llevada en compañía de Jesús, será una cruz que no nos romperá sino que de ella brotará la vida.

Las palabras de Jesús parecen contener tan sólo una exigencia de renuncia. No es ése el contenido fundamental de su mensaje. Por eso el Señor hace la promesa de que encontraremos en Él la vida. Todos nuestros pequeños gestos de dar la vida, de acoger a los enviados de Jesús y a todas las personas en las que Él viene a nuestro encuentro no quedarán sin recompensa. Dios mismo será nuestra recompensa. Ahora en la celebración de la eucaristía vivimos con Jesús el don de la vida para la salvación del mundo. Es de ese don del que brota la vida nueva que nosotros creyentes debemos vivir, testimoniar e infundir en el mundo.

 

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No tengáis miedo

21 de junio de 2020 – 12 Domingo Ordinario

 

Desgraciadamente en nuestro mundo los grupos fanáticos e integristas no quieren saber nada de diálogos y golpean con la violencia. Ese fanatismo no siempre es de carácter religioso propiamente dicho, sino que muchas veces es abiertamente político y suele usar la religión para sus fines. Sigue habiendo persecución religiosa y sigue habiendo mártires. Jesús experimentó el rechazo de los grupos fanáticos de su tiempo que querían a toda costa conservar el poder. Gracias a Dios vivimos en un país donde podemos practicar libremente nuestra fe. En este momento hay una cierta crispación social agitada por los partidos políticos que quieren sacar ventajas de cara a las diversas votaciones. Como creyentes, queremos establecer puentes de diálogo y de encuentro entre todos los españoles para poder afrontar el futuro difícil que ya está ahí.

La Iglesia está al servicio del hombre. La Iglesia sabe que la Palabra de Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo y revela el misterio de la persona humana. La Iglesia se reconoce servidora de la verdad de Dios y confía que esa verdad es capaz de abrirse paso por sí misma en el corazón del hombre. No ignora, sin embargo, las resistencias que encuentra esa verdad a causa del pecado del hombre (Rom 5,12-15). Cree, sin embargo, en la fuerza de la gracia y de la verdad y por eso la anuncia con valentía y no la disimula. No trata de dorar la píldora ni hacer las exigencias del evangelio más llevaderas, porque sería traicionar a su Señor.

El anuncio del evangelio es peligroso porque pone en cuestión la situación de nuestro mundo y de manera particular de los poderes de este mundo que lo organizan de una manera tan injusta. La proclamación de la venida del Reino de Dios afirma que Dios va a cambiar la situación y hacer justicia a los que sufren. Ello supone derribar del trono a los poderosos. Nada de extraño que éstos reaccionen incluso con la persecución sangrienta (Mt 10, 26,-33). Ese rechazo lo experimentaron ya los antiguos enviados de Dios (Jer 20,10-13), y en particular Jesús. El poder para amordazar la palabra empieza con prohibiciones y amenazas. Si uno no se calla, el poder pasará a la acción violenta y sangrienta.

La existencia de amenazas o de persecuciones no debe atemorizarnos. Nada escapa a la providencia de Dios, que vela por sus hijos. Sin duda las situaciones de la Iglesia en nuestro mundo son muy variadas. Gracias a Dios en muchos países podemos practicar públicamente nuestra fe, aunque algunos se burlen de nosotros. En otros, por desgracia, proclamar las exigencias de la fe desencadena una persecución más o menos violenta. Existen, por desgracia, todavía regímenes en los que reina totalmente el silencio y la fe cristiana vive en las catacumbas. Nuestra solidaridad en la oración con todos ellos.

La fe nunca estará de moda. Por eso es necesario ser capaz de resistir y vivir a contracorriente. Es la manera de conservar nuestra fidelidad a Cristo. De esta fidelidad depende el destino de nuestro Iglesia y de nuestras vidas. Renegar al Señor con el respeto humano o con una conducta tibia o miedosa es exponerse a que Él no nos reconozca en el día del juicio. Que la celebración de la eucaristía, “pan de los fuertes”, nos dé la fuerza que necesitamos para ser testigos valientes de Cristo en todas las situaciones de nuestra vida.

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