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Los desafíos de la misión

18 de octubre de 2020 – 29 Domingo Ordinario

En nuestro país hoy día la mayoría considera normal la separación de la Iglesia y el estado.  Es verdad que para algunos separación significa oposición y en último término imposición de uno de los dos. Pero en general se busca la colaboración al servicio de los ciudadanos, sobre todo de los más pobres. Más difícil es la separación entre el poder político y el económico. Jesús se vio atrapado en una realidad en la que se confundían todos los poderes, religioso, político y económico, y en el fondo todos estaban para exprimir al pueblo. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella realidad, que al final lo condenará a muerte.

En la cuestión de los impuestos, Jesús no cayó en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.

Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.

Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres.

Hoy es el Día de las Misiones. En su mensaje el Papa nos invita a reflexionar sobre la misión de cada creyente en los diferentes estados de vida en que se vive: sacerdocio, vida consagrada, matrimonio, persona soltera. En este momento delicado de la situación del mundo, la Iglesia continúa siendo una Iglesia en salida,   una Iglesia en estado de misión. El papa nos recuerda la vocación del profeta Isaías (Is 6, 8 ) que responde con prontitud a la llamada del Señor: “Aquí estoy, mándame”. Sin duda que hay que ser prudentes pero si todos “nos quedamos en casa”, desaparecería la misión y la Iglesia, que solo existe en cuanto que está ejerciendo la misión.

El Papa nos lo recuerda: “Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida”.  Apoyemos a las misiones y a los misioneros con nuestra oración y nuestros donativos. Que la celebración de la eucaristía nos llene de alegría para testimoniar ante el mundo el Evangelio de Jesús.

 

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Aceptar la invitación

11 de octubre de 2020 – 28 Domingo Ordinario

La pandemia ha impuesto un estilo de vida opuesto a las tendencias que se venían desarrollando sobre todo en nuestro país. Nos gusta la vida social, el expresar nuestro afecto con nuestros gestos de besos y abrazos. Las restricciones en las celebraciones sociales han hecho que más de una pareja hayan tenido que aplazar su boda. Llevamos ocho meses sin poder hacer ni aceptar invitaciones, con la repercusión que eso está teniendo en el montaje económico de tantas actividades comerciales.

 A veces es una suerte ser invitado a determinado acontecimiento, otras veces lo consideramos aburrido, pero no hay más remedio que ir. También Dios, como el rey de la parábola, nos invita al banquete de la vida (Mt 22,1-14). Todos nos sentimos llamados a vivir, pero son pocos los que se sienten llamados y elegidos a vivir la vida misma de Dios, la vida del Reino. Los invitados de la parábola tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas.

Jesús, en esta parábola, como en las de los anteriores domingos, interpreta la historia de Israel. Pero esta palabra es siempre viva y eficaz e interpreta también nuestra historia. Nuestro mundo actual pasa de la religión, al menos de la religión vivida en comunidad eclesial. Le resulta aburrida y encuentra mucho más atractivo en sus negocios y diversiones. De esa manera nos centramos cada vez más en las cosas e instrumentos y olvidamos las relaciones personales. Cada vez nos cuesta más dedicar tiempo a las personas, aunque se trate de ir a una celebración festiva. Y desde luego, casi nunca tenemos tiempo para prestar atención a nuestra vida y situarla ante Dios. El encuentro con las personas nos desinstala y nos hace salir de nosotros mismos.

Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad.  Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.

Cuando uno ha decidido aceptar la invitación a las bodas del Reino, uno tiene que asumir la responsabilidad y las exigencias que comporta. No se puede vivir de cualquiera manera. No se puede presentar uno sin el traje de bodas. Es ahí donde el evangelio pone el dedo en la llaga. La mayoría de nosotros hemos aceptado esa invitación en nuestro bautismo y tratamos de ser coherentes con lo que significa. Pero nos damos cuenta de que no estamos a la altura de las circunstancias y de que tenemos necesidad de una conversión continua.

Estamos llamados a trabajar al servicio de la vida, de toda vida, sobre todo de aquella que se ve más amenazada y excluida. El mundo actual está montado sobre la exclusión de la mitad de la humanidad. Hagamos en torno al banquete de Jesús una gran mesa a la que puedan sentarse todos nuestros hermanos para poder celebrar la salvación de nuestro Dios. Respondamos con generosidad a la invitación que el Señor nos hace a volver a nuestros orígenes y experimentar un nuevo nacimiento.

 

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Nos quedamos con la herencia

4 de octubre de 2020 – 27 Domingo Ordinario

El hombre moderno se ha adueñado del planeta y ejerce sobre él un dominio despótico, habiendo interpretado mal el mandamiento de Dios de dominar la tierra. Dios en realidad encarga al hombre el cuidado de la tierra. El papa Francisco no se cansa de recordarlo y de nuevo lo acaba de hacer en la encíclica recién publicada sobre la fraternidad universal.

La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) es en cierto sentido una imagen del hombre de hoy que construye un mundo de espaldas a Dios. En la parábola, el dueño de la viña va a intervenir para castigar a aquellos asesinos, y se supone que así lo hará. Pero quizás si el mismo dueño de la viña se hubiera presentado, en lugar de su hijo, los viñadores lo hubieran liquidado también a él. Nuestro mundo en cierto sentido ha llevado a cumplimiento esa empresa: quitarle a Dios el dominio sobre el mundo y sobre el hombre que ha creado. El hombre quiere usurpar el lugar que pertenece solamente a Dios y erigirse él mismo en dueño absoluto sobre su vida y sobre las de los demás. Y así nos va. Como decía el profeta Isaías: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5,1-7).

El hombre ha descartado de la construcción del mundo la piedra angular, Jesús. ¿Podremos ir muy lejos en la construcción o terminaremos como la torre de Babel? Nuestra cultura y convivencia democrática se basa en una serie de valores compartidos que tienen un indudable origen cristiano, aunque lo hayamos olvidado. El olvido de la historia nos puede llevar a repetir los mismos errores del pasado. San Pablo recuerda esos valores: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Filp 4,9).

¿Pero pueden esos valores seguir floreciendo desarraigados de la tierra en que crecieron? ¿Podemos quedarnos con la herencia del cristianismo sin querer ser y vivir como cristianos? La historia está mostrando cómo al perderse el sentido de Dios se pierde también el sentido del hombre. Querer organizar la sociedad como si Dios no existiera lleva a organizarla como si el hombre no existiera. La vida social y económica entonces ya no está al servicio del hombre, de todos los hombres, sino al servicio del lucro y ganancia de unos pocos.

¿Por qué tiene miedo el mundo a Cristo? Algunos ven en Él una amenaza para la libertad del hombre. Es verdad que muchas veces en nombre de la fe cristiana la Iglesia se ha opuesto a las verdaderas libertades. Es necesario pedir perdón por ello y evitar que se repitan esas situaciones. Jesús es sin duda el heredero del Padre, pero no es un heredero egoísta sino que ha hecho de todos nosotros, sus hermanos, coherederos del Reino. El no nos quita nada, sino que al contrario nos da todo lo que tiene. No tengamos, pues, miedo. Abramos las puertas al Redentor. Abramos también las puertas a todos los hombres. No tengamos miedo  pensando que pueden quitarnos la herencia del bienestar que hemos construido con nuestros sudores.

Celebrar la eucaristía significa sentarse todos a la misma mesa en torno a Jesús, modelo de la humanidad nueva y redimida, que nos libera de todo lo que de inhumano hay en el mundo y en la historia. Colaboremos con él para implantar ese Reino nuevo centrado en el hombre, como hijos de Dios y hermanos en Cristo.

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La llamada a actuar

27 de septiembre 2020 – 26 Domingo Ordinario

La gestión del coronavirus y de la consiguiente crisis social está creando un estado de frustración en el pueblo que no comprende cómo no se toman medidas adecuadas y todo se queda en buenas palabras, o peor, en virulentas acusaciones partidistas. Lo que cuenta e importa, como nos recuerda el profeta, son nuestras obras, tanto las de los políticos como las de los ciudadanos. Son ellas las que nos van a salvar o llevar a la ruina, como ha sucedido por ahora (Ez 18,25-28).

Decir o hacer es la alternativa ante la que nos pone el evangelio (Mt 21,28-32). Nos presenta una parábola que, para ser más clara, divide el mundo entre buenos y malos, entre los obedecen de palabra y los que obedecen de hecho, aunque con sus palabras se habían negado a hacerlo. Esta presentación en blanco y negro permite que podamos fácilmente identificarnos con uno de los dos hijos de la parábola. En realidad en nuestra vida habrá de todo, pero, al tener que elegir uno de los personajes,  podemos ver cuál es la orientación fundamental de nuestra existencia.

Se trata de buscar siempre hacer la voluntad del Padre, lo que Él quiere, lo que a Él le agrada. El amor hay que mostrarlo sobre todo con obras y no quedarnos en meras palabras. Eso es lo que hizo Jesús, que dio un sí incondicional al Padre.  Por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, Jesús se encarna para realizar el proyecto divino de salvar a los hombres (Filp 2,1-11). Jesús, que era Dios, en vez de vivir como Dios, optó por vivir como un hombre cualquiera, pobre y humilde. Sobre todo aceptó por los demás la muerte más deshonrosa, típica de un esclavo, la muerte de cruz. Lo importante es la vida de Jesús y no simplemente sus doctrinas. Son su vida y sus acciones las que nos han salvado y las que han hecho que el Padre lo exalte a su derecha. Así Dios realizaba su proyecto de amor sobre los hombres.

Para poder colaborar con el proyecto del Padre, hay que ponerse a la escucha de lo que Dios nos dice, no sólo a través de los mandamientos, que ha dado para todos los hombres, sino tratando de descubrir cuál es la manera particular como yo debo responder a la llamada de Dios. Dios normalmente revela su voluntad a través de su palabra, que resuena en el interior de nuestro corazón y que debemos escuchar en el silencio y la oración. Pero a veces habla a gritos a través de las provocaciones de la historia que vivimos, ante la que no podemos quedar insensibles. Hay que saber interpretar los signos de los tiempos. A través de los acontecimientos de la vida diaria, sobre todo del encuentro con las personas, Dios me está constantemente interpelando.

Yo puedo acoger el proyecto de Dios  y realizar mi vida orientada hacia Dios, o por el contrario puedo negarme a ello y querer definir yo mismo mi propio proyecto. Dios nos ha dado la libertad, que nos permite hacer con nuestra vida lo que nos da la gana: realizarla o echarla a perder. Para hacer un buen uso de esa libertad que hemos recibido, es necesario discernir constantemente los valores que están en juego en cada una de las decisiones que tomamos. Aparentemente parece que estamos eligiendo realidades ajenas a nosotros, en realidad es siempre nuestra vida la que estamos eligiendo y estamos modelando poco a poco. En esta situación difícil en que nos toca vivir, el Señor nos interpela sobre todo a través de todas las personas que necesitan de nuestra ayuda, solidaridad y afecto.

Nuestra participación en esta Eucaristía es una manifestación de nuestro sí al Señor. Que el Señor nos conceda trabajar en su viña y colaborar con Él a la venida de su Reino.

 

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Nadie nos ha contratado

20 de septiembre de 2020 – 25 Domingo Ordinario

 

El confinamiento provocado por el estado de alarma ante el coronavirus ha hundido la actividad laboral y con ello la economía. Numerosas personas han perdido su puesto de trabajo y han pasado a engrosar las cifras de parados. Y las perspectivas de cara al futuro son sin duda pesimistas.

El paro sigue siendo el mayor problema y preocupación para las familias españolas. Los jóvenes veían ya antes el futuro bloqueado. Ante esa situación, se pierden las ganas de estudiar al constatar de que prácticamente las cosas están tan difíciles para los que tienen estudios como para los que no los tienen. Con la situación de la enseñanza en esta pandemia, se teme que los estudiantes salgan todavía peor preparados que antes.

También en tiempo de Jesús los hombres se arracimaban ociosos en la plaza a ver si alguien venía a ofrecerles trabajo (Mt 20,1-16). La invitación de Jesús es reconfortante porque sigue ofreciendo trabajo en su viña. En la viña del Señor, en su Iglesia, no hay paro. Al contrario, hay mucho trabajo y pocos trabajadores.

¿Qué es lo que está pasando? Probablemente muchos consideran que el trabajo en la Iglesia está mal remunerado para las exigencias que impone y sin perspectivas de ascenso y consideración social. El dueño de la viña no parece un buen pagador y desde luego hoy día habría corrido el riesgo de no convencer a ninguno a ir a trabajar a su campo.

El dueño de la viña, dando la misma paga a todos, parece que quiso asegurar una especie de salario mínimo que garantice a cada persona poder vivir con dignidad junto con toda su familia. El Señor parece hacer una opción a favor de la igualdad en vez de favorecer las horas extras o el grado de rendimiento. Es verdad que una vez más la lógica del evangelio no es la de nuestros especuladores, que buscan únicamente el lucro. Nuestra manera de actuar está muy lejos del estilo de Dios, de sus planes y caminos (Is 55,6-9).

Es una maravilla el que Dios haya querido tener necesidad de los hombres para poder realizar su misión de establecer el Reino. Llama a todos y nunca es tarde para incorporarse a esta tarea. Las generaciones actuales tenemos la responsabilidad de asegurar el futuro de la Iglesia, llamando a las generaciones más jóvenes. Éstas siguen siendo generosas cuando se les presenta una misión que merezca la pena, en la que esté en juego el futuro del hombre, de la humanidad y del planeta tierra. Tendremos que seguir preguntándonos por qué nuestras iglesias se van quedando vacías de jóvenes.

El ejemplo de Pablo es admirable (Filip 1, 20c-24. 27ª). Ha dedicado toda su vida a los demás para que sus fieles puedan llevar una vida digna del evangelio de Cristo. En la vejez pudiera pensar en un retiro cómodo e incluso considerar la muerte como una liberación de los trabajos y sobre todo como el ansiado encuentro con Cristo. Pero ahí lo tenemos dispuesto a seguir dando el callo porque sigue siendo necesario a los demás. Es lo que veo también en tantos de nuestros sacerdotes y religiosos que han superado ampliamente la edad de jubilación y siguen ahí en la brecha, porque consideran que su servicio a los demás es necesario para que los fieles puedan llevar una vida digna del evangelio. Pidamos en esta Eucaristía que el Señor siga enviando obreros a su viña.

 

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Perdonar al hermano

13 de septiembre de 2020 – 24 Domingo Ordinario

La situación política de España se va volviendo cada vez más difícil a causa de la lucha por el poder. En vez de buscar  el bien común, sobre todo de los más pobres, en esta situación tan dificil que nos toca vivir, . El coronavirus no ha hecho más que tensar la realidad y se ha convertido en un arma arrojadiza. Fácilmente se califica de enemigo al que no piensa igual que yo. Al final consideramos enemigos a los que no son de los nuestros, de nuestra cultura, nuestra raza o religión.

Parece que es de justicia el dar a cada uno lo suyo. Si me han hecho el bien, debo devolver el bien. Si me han hecho el mal, debo pagar con la misma moneda. Así se justifica nuestro sistema penitenciario para que los criminales paguen lo que han hecho. En la lógica humana, el que me la ha hecho me la debe pagar, de lo contrario parece que queda por encima de mí y que yo soy el que sale perdiendo. Y, en el plano económico, sería así si no se pagasen las deudas. El que  perdonara se quedaría sin su dinero.

Por el contrario, en la lógica de Jesús y del evangelio, siempre se ofrece el perdón, no sólo de las ofensas sino también de las deudas. Jesús, desde luego no valía para contable. Con su manera de administrar el dinero llevaría a la bancarrota a cualquier banco. Él perdona con la misma facilidad unos cuantos euros o una millonada. El fundamento del perdón es siempre el amor de Dios, que nos ha perdonado primero una deuda que supera toda posibilidad de ser pagada. Algo así había intuido ya el autor del Libro del Eclesiástico: No se puede ser implacable con el prójimo y querer luego que Dios nos perdone  (27,33-28,9). Desgraciadamente el siervo malvado, que había sido perdonado, no es capaz de hacer lo mismo con su compañero (Mt 18,21-35).

Jesús nos invita a superar la cadena de acción y reacción. Es una ilusión el creer que se va a vencer el mal con el mal. Constatamos, en cambio, que la violencia engendra siempre violencia. El evangelio nos invita, en cambio, a vencer el mal a fuerza de bien, al estilo de Dios que hizo que donde abundó el pecado sobreabundase la gracia.

Claro está que todo esto sólo es posible en la perspectiva cristiana del amor a los enemigos. Somos nosotros los que fabricamos los enemigos para poder justificar nuestras tendencias destructoras. El amor cristiano sabe distinguir entre la persona y sus actos, entre el pecador y su pecado. Dios condenó el pecado en Cristo Jesús, para salvar a los pecadores. La persona humana, a pesar de sus yerros y crímenes, sigue siendo objeto del amor de Dios y sujeto de dignidad humana. Por eso Dios nos da siempre una nueva oportunidad, como pidió el siervo malvado. Lo llamativo es cómo nosotros, a la primera de cambio, tachamos de la lista al que nos ha hecho algo que no nos ha gustado.

En el fondo, tenemos que decir como Jesús en la cruz: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Si el hombre comete el mal, no es porque sea  malo o porque le satisfaga hacer el mal. En realidad hace el mal, creyendo que hace un bien que le puede proporcionar una cierta felicidad, aunque sea pasajera. A veces será simplemente el placer de la venganza. Pero está en el error y no sabe lo que hace. Lo hace porque es un desgraciado y un infeliz. En esta eucaristía acojamos el perdón de Dios en Cristo Jesús y salgamos dispuestos a perdonarnos a nosotros mismos y a todos los que nos hayan ofendido.

 

 

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Civilización del amor

6 de septiembre 2020 – 23 Domingo Ordinario

Hoy día, en nombre de una tolerancia mal entendida, no queremos que nadie se meta en nuestras vidas ni nosotros queremos meternos en la vida de los demás. Se cree ingenuamente que las acciones individuales no tienen consecuencias para la comunidad. La pandemia nos ha hecho experimentar que todo está conectado y que los hombres no somos islas. Dios nos ha hecho responsable de la vida de los demás (Ez 33,7-9).

La Iglesia a lo largo de los siglos ha querido ser madre y maestra de la humanidad y ha señalado los fallos de los demás. El Papa Francisco ha puesto la lupa también sobre los fallos de la Iglesia para ayudar a corregirnos y hacer que la Iglesia sea más creíble. Solo así podrá proponer una alternativa al estilo de vida de consumo que estamos viviendo y que deja a la mayoría de la humanidad en la miseria.

Muchas veces es posible que la persona haga el mal sin saber que lo está haciendo. La actitud cristiana, basada en el amor, es la de la corrección fraterna. El amor cristiano no sólo implica no hacer mal al otro, sino que pide de nosotros el buscar el bien de los demás (Rm 18,15-20). Cuando uno ve que una persona no vive de acuerdo con las exigencias cristianas que ha abrazado, con toda humildad, se le debe corregir (Mt 18,15-20).

En este momento las familias están desorientadas pues se ha producido una brecha generacional. Los mayores siguen más o menos vinculados a la moral cristiana mientras las generaciones más jóvenes se han desmarcado totalmente de toda orientación moral tradicional y cada uno se fabrica un traje a su medida. Por la paz en la familia se guarda silencio sobre todos estos temas; no pocas veces también se sufre en silencio.

Uno de los problemas actuales candentes es la llamada emergencia educativa. Todavía no sabemos cómo se desarrollará este curso. El confinamiento hizo que los niños estuvieran más acompañados por los padres y profesores.  Las escuelas estuvieron colaborando con las familias para educar integralmente a los niños y jóvenes no quedándose en lo meramente académico. Si la familia y la escuela dimiten de sus responsabilidades, se corre el peligro de que grandes grupos de personas estén totalmente desorientadas en la vida.

En nombre del amor cristiano, debemos intervenir en la vida pública y contribuir a crear una cultura que posibilite una civilización del amor. Nuestra condición de profetas, que han hecho la experiencia de Dios, nos lleva a ser centinelas que advierten de los peligros que amenazan a nuestros contemporáneos. El evangelio denuncia las falsas salvaciones que nos fabricamos los hombres buscando nuestros intereses. Al mismo tiempo el evangelio hace presente en nuestro mundo la salvación de Dios.

La crisis que estamos viviendo no es simplemente económica. Es una crisis moral, una crisis de valores. Están desapareciendo de la escena pública los valores que han dado sentido a la democracia. Los cristianos no podemos quedarnos cruzados de brazos ante esta realidad. Debemos infundir espíritu y esperanza de manera que se pueda construir una auténtica civilización del amor. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a trabajar por esa nueva civilización del amor.

 

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Entregar la vida

30 de agosto – 22 Domingo Ordinario

La pandemia actual nos  ha llevado, sin duda, a todos a preguntarnos por qué nos  está pasando esto a toda la humanidad. Para muchos será la prueba irrefutable de que no hay un Dios que se ocupe de nosotros: la existencia del mal es la roca firme del ateísmo. Para algunos, sin embargo, será la oportunidad de preguntarse qué nos quiere decir Dios a través de esta prueba. Fue lo que ocurrió en los inicios de la fe cristiana. La muerte de Jesús en la cruz fue la piedra de escándalo que echaba para atrás tanto a judíos como paganos. Anunciar a un crucificado era estar condenado al fracaso.

Cuando Jesús anunció su pasión, Pedro se escandalizó y se opuso rotundamente (Mt 16,21-27). Mereció que Jesús le llamara nada menos que “Satanás”, es decir demonio tentador que se convierte en ocasión de tropiezo y escándalo. Poco antes Pedro había reconocido a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios. En su perspectiva puramente terrena era muy difícil de digerir el destino doloroso y escandaloso de un Mesías sufriente. Por eso Jesús ahora, en vez de llamarle, “Roca”, le llama piedra de tropiezo.

Algunos testigos privilegiados de nuestra historia de salvación nos muestran cómo es posible transformar en fuente de vida el sufrimiento si lo vivimos con amor y nos abrimos al sufrimiento de los demás. Algunas veces no cabe más remedio que protestar ante Dios y quejarse de Él, dispuestos siempre a acoger su revelación y a descubrir que Él tiene la capacidad de transformar nuestras vidas aunque ello implique muchas veces el sufrir (Jeremías 20,7-9). Dios no quiere el sufrimiento y, sin embargo, no se lo evitó a su Hijo, al que tampoco le agradaba el sufrir. La confianza amorosa en el Padre le daba la convicción de que Dios tenía la última palabra sobre la vida y la muerte y que esa palabra sería el amor. Eso le permite a San Pablo animarnos a ofrecer nuestras personas como una ofrenda viva (Rom 12,1-2)

La locura de la cruz se manifestó, en efecto, como la gran sabiduría a través de la cual Dios salvó al mundo. Es posible que en nuestra historia la presencia del crucificado, al menos como espectáculo de Semana Santa, haya podido consolar a muchos y ayudarles a llevar su cruz. La cruz de Jesús ha transfigurado nuestras cruces pues ya no las llevamos solos sino que vamos en compañía de Jesús. Pero son muchos los que hoy sienten dificultad para cantar a ese Jesús del madero. Nuestra cultura esquiva la realidad del sufrimiento y de la muerte.

La cruz, sin embargo, como resumen de todas nuestras debilidades, como el lado oscuro de nuestra existencia, nos acompaña constantemente. Todos queremos mostrar siempre a los demás el lado de luz de nuestras personas, nuestras capacidades y nuestros logros. Intentamos, en cambio, esconder nuestras sombras porque nos hacen vulnerables. El destino de Jesús, el pasar a través de la pasión para llegar a la resurrección, nos muestra el camino para transformar nuestras debilidades y fracasos, nuestras heridas e incluso pecados, en fuente de vida. La cruz de Jesús no puede ser nunca la justificación del dolor y de la opresión existentes en  nuestro mundo. Al contrario, es la gran denuncia. Jesús asumió voluntariamente la cruz para que no haya ya más crucificados en nuestro mundo.

Sólo perdiendo la vida, es decir, dándola, se llega a la verdadera vida. Cuando uno se empeña en perseguir la vida, en querer vivir a tope, muchas veces uno acaba echando a perder la vida. La vida está para darla. Es lo que experimentan sobre todo los esposos, pero también multitud de personas que tratan de vivir para los demás en vez de estar siempre centrados egoístamente en sí mismos. Que la participación en la eucaristía nos lleve a entregar la vida al servicio de los demás.

 

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