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Dispersos como ovejas sin pastor

22 de julio de 2018 – 16 Domingo Ordinario

 

El desprestigio de los líderes, tanto políticos como religiosos, se puede constatar en las encuestas de opinión. Son pocos los que se salvan. Estas confirman lo que todos vemos observando la política actual, y de manera particular la europea y española. Todos los pueblos ansían la paz y el bienestar social, pero para alcanzarlos es necesario trabajar por el bien común. Lo que vemos cada día es que cada grupo, cada país, busca únicamente sus propios intereses. Ante el problema de los refugiados y de los emigrantes, se busca a toda costa, aunque haya que pagar por ello, el que no lleguen a nuestras tierras. La división existente en tiempos de Jesús entre judíos y paganos se traduce hoy día en la división entre los que tienen y los que no tienen. Los refugiados y emigrantes no dejan sus tierras por querer hacer turismo sino porque sus países pobres, explotados por los países ricos, no les ofrecen ninguna posibilidad de sobrevivir.  Jesús vino para derribar las barreras del odio que separa a los pueblos (Ef 2,13-18) y a establecer la paz,  entre  Dios y los hombres y entre ellos mismos.

También el profeta echa la culpa de la dispersión y desunión precisamente a los pastores, a las personas que tienen la responsabilidad de crear la unión y la comunión (Jer 23,1-6). No cabe duda de que los poderes de nuestro tiempo están interesados en mantener a las personas dispersas pues así se les maneja más fácilmente. Frente a esta situación, en muchos pueblos se buscan nuevas figuras que planten cara a los poderosos de este mundo.

Ya hace más de medio siglo, Pío XII habló del cansancio de los buenos. Esa fatiga se ha agudizado en los últimos años a causa de la desproporción entre la misión a realizar y los recursos de los que disponemos. Durante estos cincuenta años las iglesias se nos han ido quedando vacías de creyentes y de pastores. El número de personas a evangelizar, por el contrario, ha ido aumentando. Ante esta situación, sentimos, sin duda, lástima porque vemos a los hombres de nuestro mundo “como ovejas sin pastor”. La tentación es la de entregarnos a un activismo desaforado que lleva a un total vaciamiento de la vida espiritual y a un no tener tiempo para Dios. En su tiempo Jesús llamó a los apóstoles para que participaran en su misión. Les invitó a reposar un poco para que no se desfondasen, pero pronto les mandó salir fuera.

Desgraciadamente el envejecimiento progresivo del clero en nuestros ambientes contribuye también a esa impresión de falta de pastor (Mc 6,30-34). El pastor ya no vive en medio de sus ovejas. Tiene a su cuidado varios pueblos, lo que está produciendo un incremento de la fatiga, que veía ya Jesús en sus apóstoles. Sin duda que esta situación está pidiendo otro tipo de pastoreo más colegial en el interno de la comunidad. Pero para ello es necesario que existan personas que sean capaces de asumir la hermosa tarea de trabajar a favor de la comunidad cristiana. Tenemos la misma necesidad de auténticos líderes políticos que vivan la política como un servicio a la comunidad.

Jesús tuvo lástima de aquella multitud abandonada y se puso a enseñarles con calma. De cara a la renovación de la vida y la sociedad, lo primero que se necesitan es nuevas ideas. Desgraciadamente estamos viviendo en un tiempo indigente en el que el pensar brilla por su ausencia. Los grandes avances tan sólo se dan en la tecnología. Tenemos el poder de hacer casi todo los que nos proponemos, pero nos falta la capacidad de reflexionar acerca de los fines. Se da por supuesto que esta civilización técnica hace más felices a las personas, aunque las realidades parezcan desmentirlo. Tan sólo el papa Francisco y algunos más se atreven a cuestionar esta sociedad tremendamente injusta. Desgraciadamente los técnicos y expertos de los que se rodean los gobernantes para vivir a costa del pueblo se convierten en los apologistas de la política del momento y cierran los ojos ante las exigencias de la verdad de la persona y de la sociedad. Jesús reúne a su pueblo disperso en torno a la Eucaristía para escuchar su Palabra y para participar en el sacramento de la unidad de manera que su Iglesia sea fermento de unidad en el mundo.

 

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Salieron a predicar la conversión

15 de julio de 2018 – 15 Domingo Ordinario

 

Cada vez más en las sociedades modernas la religión se ve confinada a la esfera de la vida privada y se le niega el derecho de intervenir en la vida pública del país. Como argumento se suele esgrimir la laicidad del estado, indiferente en materia de religión. Es la antigua visión del liberalismo doctrinario que sigue vigente en nuestro mundo neoliberal. Como al profeta Amós, las autoridades repiten: “no vuelvas a profetizar” (Am 7,12-15), no te metas en  los asuntos sociales pues de eso sólo entendemos los gobernantes y sus asesores. El conflicto es tanto más llamativo en el caso del profeta, pues la prohibición viene del sacerdote encargado del santuario del palacio real. Está claro que en el santuario real tan sólo se deben oír palabras que halaguen a las autoridades, que hagan la alabanza de la política reinante.

El profeta desgraciadamente suele poner en cuestión la situación política del momento porque suele ser profundamente injusta, sobre todo con los pobres y los marginados. El profeta se defiende mostrando que no son los propios intereses o los intereses del rey de Jerusalén los que él está defendiendo en el reino vecino de Samaria. No es profeta por decisión propia, sino profeta a su pesar. Ha sido el Señor el que le sacó de su vida tranquila de pastor y cultivador de higos para destinarlo a confrontarse con las autoridades políticas y religiosas.

Jesús envió a sus apóstoles a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta Buena Noticia no es una doctrina espiritual que afecta tan sólo a la salvación del alma en el otro mundo. Es una fuerza que pone en cuestión la realidad presente y abre el futuro de Dios que quiere la felicidad del hombre. Para ello es necesario organizar la sociedad de otra manera. Sin duda los apóstoles no hicieron política partidista sino que siguieron las orientaciones de Jesús que muestran todo un estilo de actuación alternativo al de los políticos y poderosos de este mundo.

La fuerza de la Iglesia viene del Evangelio y no del despliegue de medios humanos (Mc 6,7-13). En este sentido Jesús envía a sus apóstoles a la buena de Dios, totalmente desguarnecidos ante las instancias humanas, confiando tan sólo en Dios y en la bondad de la gente. Jesús cree en las personas y, aunque sabe que no siempre acogerán a sus mensajeros, está convencido que donde una puerta se cierra otra se abre. Por eso les da un consejo muy sabio: no hay que empeñarse en regar el asfalto con la esperanza de que broten flores. Donde el evangelio no es acogido, lo mejor es marcharse a otro lugar donde estén más dispuestos a acoger al Señor. Han sido los rechazos y persecuciones los que han favorecido la difusión del cristianismo, que ha buscado siempre nuevos destinatarios de la misión.

La Iglesia no está empeñada en el anuncio del evangelio por propio gusto o interés. Lo hace por mandato de Cristo. Lo hace convencida de que el anuncio de Cristo es buena noticia para todo hombre de buena voluntad que se abre al plan de Dios (Ef 1,3-14). Cristo no le quita nada al hombre sino que le ayuda a encontrar sus verdaderas dimensiones que lo introducen en la realidad misma de Dios, como hijos suyos. La Iglesia en su anuncio debe ser fiel a este evangelio que valora todo lo humano y lo lleva a cumplimiento. Desgraciadamente son muchos los que tienen la impresión de que, a veces, las intervenciones de la Iglesia no son Buena Noticia, sobre todo para los pobres y marginados. Más bien parecen malas noticias que quieren imponer leyes y cargas sobre las personas que están ya suficientemente agobiadas. Tan sólo si el evangelio es verdaderamente liberador y curativo será creíble. Que la celebración de la eucaristía haga de su Iglesia una comunidad que ha experimentado la liberación interior y la hace presente en nuestro mundo.

 

 

 

 

 

 

 

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Ningún profeta es bien recibido en su pueblo

8 de julio de 2018 – 14 Domingo Ordinario

 El papa Francisco ha suscitado como ningún otro papa el interés de creyentes y no creyentes. Pero también ha provocado una oposición más o menos declarada de sectores eclesiales y eclesiásticos que no están de acuerdo con su línea. Se le acusa de cambiar la doctrina católica, sobre todo en lo tocante al matrimonio cristiano, cuando en realidad lo único que está haciendo es querer renovar la pastoral de la Iglesia. Al final será también signo de contradicción para unos y otros, aunque por diversos motivos. A unos les parecerá revolucionario y a otros inmovilista.

Además del tema de la Iglesia chilena, en el que el papa estuvo mal informado, le van surgiendo problemas por parte de los que quieren cambios más acelerados. Francisco ha tenido que reafirmar la doctrina sobre la ordenación exclusivamente de varones. Ha tenido que parar a la Conferencia Episcopal Alemana que quería introducir la intercomunión eucarística con la Iglesia protestante, en los casos de los matrimonios mixtos. El papa, a pesar de su insistencia en la colegialidad en la Iglesia, ha dejado en este tema la responsabilidad al obispo diocesano.

También Jesús como los demás profetas experimentó la oposición de la gente (Ez 2,2-5). En general se piensa que los profetas son innecesarios. Cada uno puede saber lo que Dios quiere de él sin necesidad de intermediarios. Y, sin embargo, Dios a lo largo de toda la historia de la salvación ha elegido sus mediadores a través de los cuales ha hablado y actuado. Muchas veces esos intermediarios no eran mejores ni superiores a las personas a las que hablaban. Dios no los ha elegido por sus cualidades, sino por pura gracia.

Los contemporáneos de Jesús tienen razón en señalar su origen modesto. No se ve por qué Dios se tenía que fijar en él (Mc 6,1-6). Las resistencias de los paisanos de Jesús vienen del hecho de que les resulta una persona demasiado conocida y vulgar. Reconocen en Él una cierta sabiduría y milagros, pero eso no es suficiente para que Él sea el Profeta que trae la salvación de Dios. Dios tiene que salvar al hombre con medios más divinos. Jesús aparece a sus ojos como humano, demasiado humano. Ése ha sido el escándalo de la cruz, que Pablo formuló con tanta claridad. Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes (2 Cor 12,7-10).

Los profetas están condenados a predicar en el desierto, a confrontarse con la incredulidad de los contemporáneos, a verse desprestigiados, rechazados e incluso perseguidos y eliminados. El éxito no importa. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en el mundo. Se sabrá que hay profetas, que hay personas que hacen presente a Dios en este mundo unidimensional. El éxito de la palabra no depende del profeta sino del hecho de que es Palabra de Dios, es decir, una fuerza de salvación para el creyente. La Palabra realiza lo que anuncia. Por eso hay que seguir anunciando a Jesús, aunque tengamos la impresión de que predicamos en el desierto. La Palabra se abrirá camino en el corazón de los hombres.

Hay que tener fe en la Palabra y creer también en el hombre. La incredulidad no es el patrimonio de unos pocos, como tampoco lo es la fe. Fe e incredulidad conviven en el corazón de cada uno. Tan sólo la escucha de la Palabra y la adhesión a Dios son capaces de ir transformando nuestro corazón y haciendo que seamos menos incrédulos. Toda la Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a ser profetas en nuestro mundo, a través de nuestras palabras, pero sobre todo a nuestras obras. Éstas deben ser como el sacramento que hace presente a Dios en nuestro mundo. No cabe duda que son las obras de misericordia las que mejor hablan de Dios y lo hacen presente.

Ser profetas no significa tener la capacidad de adivinar el futuro. Significa más bien ser capaz de leer e interpretar los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está constantemente interpelando y provocando. Los creyentes sabemos que a través de todos los acontecimientos, buenos a malos, Dios nos quiere decir algo. El Espíritu del Señor, que habita en nosotros, nos ayuda a descifrar los signos del paso de Dios por nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestra adhesión al Señor Resucitado y nos haga testigos suyos.

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Hija, tu fe te ha salvado

1 de julio de 2018 – 13 Domingo Ordinario

Una escritora nos advierte que lo que está ocurriendo en la calle, en lo referente a la mujer, no es una simple revuelta sino una auténtica revolución. Las leyes patriarcales que todavía regulan la vida de la mujer han perdido su vigencia social pues hablan de una realidad ya caduca.  La fe tiene que estar atenta a este hecho. Las estudiosas de la Biblia  nos han abierto una nueva visión de la realidad contemplada con ojos de mujer. Nos han mostrado cómo Jesús con las únicas personas con las que no tuvo problemas fue con las mujeres,  a las que siempre defendió y presentó como verdaderos modelos de fe y de actuación social. Es el caso del evangelio de hoy, que nos cuenta la curación de una mujer y la resurrección de una niña (Marc 5,21-43).

La niña sin duda no tiene iniciativa propia por ser menor. Morirá a los doce años, los que la mujer llevaba enferma, sin poder vivir en plenitud. La resurrección de la niña sirve para encuadrar la curación de la mujer con un flujo de sangre, que es el verdadero centro de interés del evangelio. Por supuesto es un hombre, Jairo, jefe de la sinagoga el que al principio lleva la voz cantante. Se destaca de la multitud para pedir a Jesús la curación de su hija. Pero pronto se sumerge en el grupo.

El protagonismo lo asume entonces una mujer, de la cual no se nos dice el nombre. Se identifica prácticamente con su enfermedad, que traduce sin duda su incapacidad para actuar en la vida, no sólo en la pública sino también en la privada. Como mujer, tiene que permanecer anónima entre la multitud de los que siguen a Jesús y de ninguna manera puede ser ella la que se dirija a hablar a un hombre. El evangelio no ignora las circunstancias sociales de su tiempo pero muestra cómo se pueden ir cambiando.

La mujer enferma no puede hacer nada exteriormente que le dé visibilidad, que le dé iniciativa social. El evangelio, sin embargo, mostrará que la verdadera actividad transformadora procede de la fe, que es igualmente accesible a hombres y mujeres. De hecho nuestros evangelios propondrán a María de Nazaret como modelo de fe y de dedicación a Dios y a los hombres. Pero no sólo a ella sino también a otras muchas mujeres, unas con nombres propios, otras que han permanecido en el anonimato como ésta.

Esta mujer aparece no sólo como modelo de fe sino también como una mujer inteligente que sabe aprovechar las circunstancias para lograr lo que quiere. Frente a ella los discípulos son un tanto simplistas. Interpretan la realidad de una manera demasiado convencional. Creen que no tiene sentido el que Jesús se pregunte quién le ha tocado cuando va todo el tiempo apretado por la masa. Jesús, sin embargo, sabe distinguir entre toque y toque. Ha habido sólo una persona que ha sabido tocarlo, que ha sabido expresar a través del roce de su manto su fe en él. Era una mujer.

La mujer pretendía sin duda pasar ignorada pues no tenía derecho a hacerse visible socialmente. Es Jesús  el que le da esa visibilidad social. Interpelada por Jesús, ella puede dar el paso adelante, sabiendo que no está invadiendo la esfera de los hombres, porque Jesús estaba precisamente abatiendo las barreras sociales. Lo que salva a la persona no es simplemente el roce físico sino el saber tocar con fe. Aprendamos a recibir con fe a Jesús en la eucaristía.

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El Señor hace misericordia

24 de junio de 2018 – Nacimiento de San Juan Bautista

En tiempos de transición y de cambio, siempre ha habido personas que han intuido hacia dónde caminaba la historia. Son los llamados precursores que se anticipan a su tiempo. Muchas veces viven un verdadero drama pues la intuición del futuro nunca es totalmente clara y definida. Entre los precursores están sin duda muchos de los profetas que vivieron grandes conflictos con las autoridades y el pueblo. Ellos veían claro hacia dónde apuntaba el obrar de Dios, mientras que sus contemporáneos estaban totalmente ciegos. Muchas veces esos profetas tuvieron la sensación de estar perdiendo el tiempo y que su misión respecto al pueblo estaba condenada al fracaso. Sin embargo Dios es siempre capaz de servirse de sus enviados para sacar adelante su proyecto (Is 49,1-6).

La figura de Juan Bautista es en este sentido sintomática. Está situada en la transición del Antiguo al Nuevo Testamento. Intuyó claramente la venida del Reino de Dios que venía a juzgar la tierra, a establecer la justicia. Era un acontecimiento que invitaba a la conversión ante la amenaza de lo que se venía. También Jesús está convencido de la venida del Reino de Dios e invita a la conversión. Pero no porque el Reino represente una amenaza sino porque es la gran oferta de salvación de Dios sobre todo para los pobres y los excluidos. Juan Bautista debió de sentirse un tanto desorientado por la figura de Jesús de manera que una vez le envió mensajeros a preguntarle si era el Mesías de Dios.

La vida de Juan Bautista está toda ella marcada por la mano de Dios. Hijo de una madre estéril, su persona será como un signo profético del amor de Dios que “hace misericordia” (Lc 1,57-66.80). Eso significa en hebreo el nombre Juan. Va a ser el último profeta, antes de la venida del Profeta definitivo, Jesús, al que deberá  indicar entre los hombres. La propia figura de Juan fue tan colosal, que muchos lo tuvieron a él por el Mesías, y él mismo tuvo que aclarar esa confusión (Hech 13,22-26). Curiosamente pertenecía a la clase sacerdotal, pero no lo vemos actuar en el templo como su padre. Como otros profetas sacerdotes anteriores, Jeremías o Ezequiel, Juan escoge la plaza para interpelar a los hombres.

La misión de Juan, sobre el que reposaba la mano de Dios, era indicar con su mano quién era el Mesías de Dios, Jesús. Los hombres no deben mirar su dedo sino la persona que viene indicada con su dedo. Misión muy hermosa, que comporta, ir disminuyendo para que el Señor pueda crecer. Se trata de ser signos tan transparentes, que apenas se ven, pero que indican con claridad a la persona que buscamos. En Juan Bautista está como representada la misión de la Iglesia, que señala al Señor.

Todos los cristianos formamos parte de un pueblo profético que tiene la capacidad de leer los signos de los tiempos a través de los cuales descubrimos la actuación de Dios en nuestro mundo. La Familia Marianista de manera particular es heredera del Beato Chaminade y de la Madre Adela de TrenquelIéon, recién beatificada. Su intuición de que todos somos protagonistas en la Iglesia se ha ido desarrollando con fuerza sobre todo después del Vaticano II. Queda todavía mucho que hacer para que todos asumamos un papel profético en esta sociedad en la que ha desaparecido del horizonte de la vida la realidad del Reino de Dios.

Que la celebración de la eucaristía renueve en nosotros esta vocación profética de manera que seamos testigos de ese Reino que viene a establecer la justicia, la paz, la verdad y el amor.

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Una semilla pequeña

17 de junio de 2018 – 11 Domingo Ordinario

  

Nos impresiona el crecimiento tan rápido que han tenido algunas empresas de internet. También la Iglesia en sus comienzos parece haber tenido un desarrollo muy rápido. Hoy día entre nosotros no sólo no crece sino que va disminuyendo aceleradamente. Incluso en los países en que sigue creciendo, el aumento es pequeño. Es verdad que en la Iglesia la importancia de las realidades no se mide por el número de personas sino por su intensidad y originalidad. Lógicamente todos deseamos que la fe cristiana se extienda más y más, no para ser más y tener más poder o influencia en la sociedad sino simplemente para que la alegría del Evangelio llegue a cuantas más personas mejor.

Jesús comparó el Reino a realidades pequeñas, pero significativas, aunque nada más sea por la fascinación que producen sus efectos o el verlas crecer.  Nada más admirable que la germinación y crecimiento de las diversas semillas, en particular se cita el grano de mostaza (Mc 4,26-34). Otras veces hablará de la sal o de la levadura.

Jesús contó esas parábolas para animarse a sí mismo y a sus discípulos. Aunque muchas veces parece que le seguían multitudes, en realidad al final el grupo, más o menos fiel, era pequeño. Si no tiró la toalla y siguió predicando fue porque estaba convencido que todas las realidades grandes e importantes han tenido un comienzo pequeño, con un crecimiento constante.

El pueblo de Dios estaba familiarizado con las realidades pequeñas. Situado en medio de los grandes imperios y a merced de ellos, un país pequeño sólo podía tener futuro confiando en Dios. Los grandes intervenían y quitaban y ponían reyes a su antojo (Ez 17,22-24). A pesar de todo, Dios promete que va a suscitar un Rey Mesías que realizará todas las esperanzas del Pueblo de Dios.

También Pablo, aunque ve que su vida se va desmoronando, conserva la confianza (2 Cor 5,6-10), porque camina a la luz de la fe y no de lo que ve. También nosotros en estas horas oscuras en que nos toca vivir no debemos desanimarnos por lo que vemos sino confiar en lo que la fe nos promete.

Tanto la parábola del grano de mostaza como la de la levadura hablan del crecimiento del reino cuyos inicios debieron parecer pequeños y poco prometedores. El reino no es una realidad aparte de aquella en que estamos viviendo sino que irrumpe en ella y la cambia. La levadura tiene su importancia no por la cantidad sino por sus virtualidades. Lo que cuenta no es el número sino la energía que somos capaces de desplegar en el mundo. Para ello tenemos que entrar dentro del mundo y mezclarnos con él. Eso sí, tenemos que conservar siempre la identidad cristiana, no dejar de ser levadura siguiendo la tentación fácil de convertirse en masa. La masa, ella sola, no puede fermentar. Que la celebración de la Eucaristía nos dé las energías que necesitamos para seguir impulsando la construcción del Reino.

 

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Pasó haciendo el bien

10 de Junio 2018 – 10 Domingo Ordinario

 

Nuestra cultura de la sospecha nos lleva a desconfiar de las personas, incluso de las mejores, y buscamos descubrir intenciones ocultas inconfesables en todo lo que hacen. Jesús fue objeto de sospecha para las autoridades civiles y religiosas de su pueblo que hicieron lo imposible por desprestigiarlo como un impostor y blasfemo y no pararon hasta que acabaron con él. El pueblo sencillo lo seguía, pero también se dejaba manipular y acabó dejándolo solo.

Jesús fue un hombre con grandes poderes de sanación corporal y anímica como lo fueron los profetas y otros hombres de Dios del pueblo de Israel. Pasó haciendo el bien y liberando a los que estaban atormentados por el diablo, a todas las víctimas de una cultura que destruía a las personas (Mc 3,20-35). La gente sencilla admiraba sus milagros y prorrumpía en alabanzas a Dios que manifestaba su amor a través de Jesús.

Los enemigos de Jesús, en cambio, trataron de desprestigiarlo y lo acusaron de estar endemoniado. Le robaron su vida y su muerte, el sentido de su muerte. En vez de reconocer que Dios estaba actuando a través de él, lanzan la acusación de que arrojaba los demonios por el poder del mismo Satanás. Jesús les hace ver sus incoherencias. No es él el único que arrojaba los demonios. Había otros hombres de Dios en su tiempo que también lo hacían y eran considerados hombres santos.

El demonio no está interesado en luchar contra sí mismo pues todo reino dividido va a la ruina. El demonio no abandona su presa sino forzado por alguien más fuerte que él. Jesús como portador de la fuerza del Espíritu de Dios tiene el poder de instaurar el Reino de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro puede usurpar su señorío. Satanás, aunque sigue haciendo estragos, tiene sus días contados (Gn 3, 9-15) .

Aunque tengamos la impresión de que el mal reina por todas partes, la última palabra la tiene Dios. En realidad el bien es más abundante que el mal pues de lo contrario nuestro mundo ya se hubiera hundido en la maldad. Hay mucha corrupción sin duda pero hay más personas que hacen el bien y logran que nuestro mundo continúe siendo habitable. Por eso no nos desanimamos. La fe nos permite ver la realidad y no sólo las apariencias (2 Cor 4,13-5,1).

Desgraciadamente la falta de fe anida en nuestros corazones como incluso en los familiares de Jesús que quedaron desorientados por su manera de actuar. Creyeron que estaba loco y salieron a llevárselo con ellos para que no estuviera dando un espectáculo. Querer seguir hoy a Jesús no está bien visto. Te tachan enseguida de retrógrado, de no estar al día. Te acusarán de ser enemigo de la libertad y del progreso. No nos desanimemos sino que continuemos como Jesús haciendo el bien, trabajando a favor de la liberación de las personas, preocupándonos de sus necesidades espirituales y materiales. Que la celebración de la eucaristía nos dé la fuerza para ser testigos creíbles de Jesús y de su Evangelio.

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Esto es mi cuerpo

 3 de junio de 2018 – Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Los grandes de la tierra han querido dejar memoria de sí y de sus actos a través de los grandes monumentos y obras de arte que hablan de su fama y de su grandeza. Jesús era una persona sencilla y pobre que no podía permitirse el lujo de construirse o mandar a sus seguidores pobres que construyeran monumentos en su honor. No encargó ni retratos ni estatuas. Él tuvo, sin embargo, la intuición de inventar un pequeño gesto que resumía su vida y su muerte: la Eucaristía. Ese signo será un memorial perpetuo que no sólo nos recordará sino que hará presente la vida y la muerte de Jesús.  Es su mejor retrato junto con los evangelios. Su muerte no será una condena sino más bien el don de su vida a favor de los demás (Mc 14,12-26). Así se realizaba lo que Dios y el pueblo estuvieron anhelando a través de la historia, la alianza perpetua y definitiva.

A través de la alianza se entra en una comunión amorosa y familiar con Dios. La manera privilegiada en el Antiguo Testamento para entrar en comunión era el ofrecer un sacrificio de comunión. A través de los sacrificios y ofrendas, el creyente expresaba su deseo y disponibilidad a entrar en la alianza que Dios le ofrecía. Esa comunión quedaba sellada con un banquete en el que Dios mismo participaba, pues Dios es el origen de la vida y del alimento que mantiene esta vida (Ex 24,3-8). También Jesús estaba celebrando la cena pascual cuando instituyó la eucaristía. La vida viene representada por la sangre, que es el principio vital, con la que se realiza la aspersión del pueblo. El pueblo tiene vida entrando en la alianza con Dios. El cristiano tiene vida participando en la eucaristía porque en ella Jesús se nos da como alimento.

No se trata de un simple ritual que crea automáticamente la comunión con Dios. Tan sólo el amor es capaz de unir. Ese amor se expresa en el don de la vida. Los sacrificios del Antiguo Testamento apuntaban al don de la propia persona. Desgraciadamente los hombres prometemos ese amor pero fallamos en su realización. Tan sólo Jesús ha sido capaz de ser totalmente fiel al amor del Padre y de responder totalmente con amor. Su fidelidad le llevó a una obediencia filial al Padre hasta la muerte.

El sacrificio de Cristo, que nosotros actualizamos en la eucaristía, nos lleva al culto del Dios vivo (Hebreos 9,11-15) y establece la comunión definitiva con el Padre en virtud del Espíritu. Esa comunión supone el perdón de los pecados que ha tenido lugar en el sacrificio de Cristo de una vez para siempre. Nosotros ya no ofrecemos sacrificios de animales para entrar en comunión con Dios. Jesús con su único sacrificio ha realizado esa unión definitiva entre Dios y el hombre. Nosotros celebramos la eucaristía como memorial del sacrificio de Cristo para no olvidarnos de Él y para hacer actual para cada uno de nosotros su sacrificio redentor.

Esta fiesta celebra de manera especial la presencia real de Jesús en la Eucaristía. No se trata de un simple hacer memoria o recordar sino de actualizar la vida y la muerte de Jesús para sumergirnos nosotros en ellas. El amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, se vuelca hacia los pequeños, haciéndose pequeño. Es la fuerza de este amor la que sostiene a los creyentes en el camino de la vida y nos empeña a vivir como Jesús, a dar nuestra vida a favor de los demás. Por eso el cristiano no entra en comunión con Dios sólo a través de los actos de culto sino sobre todo mediante el servicio a los más pobres. La Iglesia celebra hoy el día de la caridad. Nos invita a sostener Caritas que es su mejor carta de presentación. El lenguaje de la caridad lo entienden todos. La caridad abarca a todos los hombres y a todo el hombre.

Reavivemos nuestra fe y nuestro amor a la Eucaristía. Hagamos de ella el centro de nuestra semana, si fuera posible, de cada día. A través de ella estamos dejando que la vida de Dios en Cristo Jesús irrumpa en nuestras vidas y éstas se transformen en Cristo.

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