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No solo de pan vive el hombre

1 de marzo de 2020 – Primer Domingo de Cuaresma

 

El mensaje del papa Francisco para la cuaresma de este año, lleva por título,“«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20)”, texto usado el Miércoles de Ceniza. Desde comienzo de la cuaresma miramos hacia la meta a la que caminamos, el Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Cristo. Es este misterio el fundamento de nuestra conversión, delreorientar constantemente nuestra vida hacia Cristo. Para lograr esa transformación el papa propone precisamente el contemplar “los brazos abiertos del crucificado” para “ mirar y llegar a tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren”.

En el primer domingo de cuaresma contemplamos la creación y el pecado que distorsionó el proyecto original de Dios (Gen 2, 7-9; 3, 1-7). Con Cristo el hombre es redimido y hecho nueva criatura, pero sigue expuesto a la tentación y tiene que vencerla como hizo Jesús (Rom 5, 12-19).

Jesús, al comienzo de su vida pública, tuvo que hacer una opción radical entre los valores del Reino que estaba despuntando y los valores del viejo mundo caduco del pecado que nos siguen seduciendo a todos (Mat 4, 1-11). El mundo nos sigue ofreciendo como sentido de la vida una especie de mesianismo terreno político. Es la tentación de crear una sociedad de espaldas a Dios en la que el “pan y espectáculos” lleva a adorar al dios de este mundo con la promesa de tenerlo todo. A Jesús, no sólo el maligno, sino también sus contemporáneos, incluso sus discípulos,  el propusieron un camino, lleno de éxitos espectaculares, pero lo rechazó. A la gente no se la salva mediante la seducción, sino  haciendo que se abra a la voluntad del Padre. Fue lo que siempre hizo Jesús.

Jesús tomó la opción de ser un Mesías sufriente, que terminaría en la cruz por fidelidad al Reino y a sus hermanos necesitados de salvación. Tan sólo descubriendo las necesidades profundas de la persona, que no vive sólo de pan, y aceptando una vida sin milagros se puede permanecer fiel a Dios y a su Reino.

En ese discernimiento que Jesús tuvo que hacer, encontró su norte en la Palabra de Dios. La Escritura es el libro del discernimiento porque denuncia los falsos mesianismos, las falsas ofertas de salvación barata y nos muestra la manera de actuar de Dios, de salvar a su pueblo.

A lo largo de la cuaresma tenemos que rehacer la imagen de Dios en nosotros, deformada por el pecado. Para ello tenemos que tener fijos los ojos en Cristo, imagen verdadera del Padre. La victoria de Cristo sobre el mal es la promesa y garantía de nuestra propia victoria. También un día nosotros triunfaremos totalmente sobre el pecado. No estamos solos en esta lucha contra la seducción del mal. Cristo está a nuestro lado y Él ha vencido ya el mundo. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.

Mientras estamos en camino experimentaremos las tentaciones e incluso las caídas. Lo importante es no abandonar el camino que es Cristo. Con Él un día venceremos. En la celebración de la eucaristía actualizamos la victoria de Cristo y la hacemos nuestra de manera que nos disponemos a seguir combatiendo para vencer también nosotros el pecado.

 

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Amad a los enemigos

23 de febrero de 2020 – 7 Domingo Ordinario

 

El empeño del Papa Francisco en solucionar los problemas de la guerra a través del diálogo y no por las armas es la traducción actual de la propuesta de Jesús de la no violencia (Mt 5,38-48). El papa se basa en el principio misericordia, en no dar ninguna causa por perdida por más enquistada que se halle. Siempre es posible sentarse en una mesa y dialogar. Desgraciadamente no siempre se sigue ese principio y la tentación de catalogar a las personas, a los grupos y a los pueblos en amigos y enemigos sigue estando a la orden del día.

Dios, en cambio, es misericordioso y hace salir el sol sobre buenos y malos y da sus bienes a justos y pecadores. Para Dios toda la humanidad es una única familia, la familia de los hijos de Dios. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. En vez de catalogar fácilmente a las personas, debemos descubrir a la persona concreta sufriente y doliente.

En las situaciones de crisis económica como la que estamos viviendo, es fácil colgarles el sambenito de enemigos a los emigrantes a los que se les acusa de robarnos el trabajo y el bienestar. Nos olvidamos fácilmente de que también ellos han contribuido de manera decisiva a crear ese bienestar. Los cristianos no tenemos enemigos sino hermanos. Los amamos como a nosotros mismos. Los amamos porque Dios los ama y les da sus dones sin distinguir entre buenos y maños. Intentamos ser, si no “perfectos” como el Padre del cielo, al menos “misericordiosos”. Tratamos como Jesús de hacer el bien a todos, pues así hace el Padre de todos. De esta manera superamos la tentación mecanicista de acción y reacción: me la han hecho, me la tienen que pagar.

La llamada a la santidad dirigida a los miembros del pueblo de Dios no se reduce a unas actitudes cultuales ritualistas sino que incide directamente sobre el comportamiento ético de las personas que se resume en  vivir el amor de manera concreta (Lv 19,1-2.17-18). Jesús se sitúa en esa línea eminentemente profética, que curiosamente aparece en un escrito sacerdotal. Sabemos que los santos no son personas alejadas de los problemas de la gente, sino que más bien dedican toda su vida al servicio de los pobres.

El Vaticano II nos ha recordado la vocación universal a la santidad. Todos los cristianos, sea cual sea su estado de vida, están llamados a la santidad, que consiste en el amor a Dios y al prójimo. Los cristianos son santos porque, como nos recuerda san Pablo, somos templos de Dios, que habita nosotros mediante su Espíritu de santidad (1 Cor 3,16-23). Ese Espíritu orienta nuestras vidas no simplemente según una sabiduría humana de listillos, sino según la sabiduría encarnada por Jesús.

La fuente de inspiración del obrar cristiano es siempre la persona de Jesús. Fue Él el que encarnó esa actitud de no violencia en un tiempo violento, en el que el enemigo ocupante compraba a las autoridades religiosas y políticas judías para que mantuvieran el orden en la población sometida. Jesús denunció aquella situación e indicó el modo de superarla. No a través de la violencia, sino a través de una resistencia activa, que manifiesta su disconformidad con el orden establecido que beneficia a unos pocos y mantiene a la mayoría en situaciones de precariedad. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros artesanos de la paz y la justicia.

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No a la violencia

16 de febrero de 2020 – 6 Domingo Ordinario

 

La aprobación de la proposición de ley sobre la eutanasia abre el interrogante sobre la necesidad de esa ley o si lo que se necesita es garantizar verdaderamente al enfermo unos cuidados paliativos.  Habrá que estar atento a ver qué es lo que finalmente se aprueba. Necesitamos sin duda leyes que protejan la vida de las personas pero sabemos que las leyes solas no garantizan esa protección. La fe, como encuentro personal con Jesús, hace que los cristianos tengamos que confrontar nuestra vida con la búsqueda de la  voluntad amorosa de Dios y no simplemente con la ley. Ésta, sin duda, es necesaria, sobre todo en una sociedad pluralista en la que muchas veces hay que salvaguardar los valores que dan sentido a la convivencia democrática. Jesús no ha venido abolir o quitar derechos humanos sino más bien a confirmarlos y consolidarlos (Mt 5,17-37).

El mensaje de Jesús, como toda la Palabra de Dios, es una salvaguarda de los grandes valores del hombre: la vida, el amor, la verdad. Ni Jesús ni el mismo Dios pretenden hacer una imposición de sus mandamientos. Los proponen y dejan libertad al hombre, que tiene que elegir entre la muerte y la vida (Ecles 15,16-21). La propuesta de Jesús intenta dar plenitud a lo que ya decían los mandamientos del decálogo, que coinciden con la ley natural, con aquello que ayuda al hombre a realizar su vocación. El hombre, sin que Dios se lo tenga que imponer, busca la vida, el amor y la verdad y trata de realizar esos valores en la existencia concreta.

¿Qué ha añadido entonces Jesús? Jesús ha intentado ayudarnos a vivir intensamente esos valores. Nos ha ayudado con su ejemplo de defensa de esos derechos, hasta tal punto que los príncipes de este mundo lo crucificaron (1 Cor 2,6-10). Por experiencia sabemos cuán frágil es nuestro compromiso con la vida, con el amor y con la verdad. Fácilmente los traicionamos. Jesús, mediante la fuerza de su Espíritu nos ayuda a permanecer fieles a estos valores.

Para que todo no sea un puro ideal y se puedan consolidar estos valores, Jesús nos da unas propuestas concretas. La defensa de la vida del otro está por encima de las prácticas religiosas, que sólo tienen sentido en la medida en que ayudan a unas relaciones humanas reconciliadas. La vida del hombre se puede destruir no sólo por la violencia asesina sino también mediante el insulto y la difamación. Hoy día vemos la fragilidad del amor matrimonial. Jesús anima a un amor fiel y nos indica el camino. Hay que estar atentos sobre todo al corazón. Es ahí donde se incuba el pecado y la traición. No se puede andar con componendas. Hay que evitar todo lo que nos pueda llevar a traicionar el amor prometido.

La verdad tiene hoy día pocos defensores. Algunos la dan por perdida y como no existente. Lo que es verdad para ti no lo es para mí. Las relaciones humanas no encuentran fácilmente un consenso en el que fundarse. La corrupción existente mina las relaciones sociales. La mentira y el engaño aparecen como signos de la persona lista, mientras al honrado se le tacha de ingenuo o tonto.  Sin verdad, sin embargo, ninguna relación personal o social puede durar mucho tiempo. Que la celebración de la eucaristía nos lleve al encuentro personal con Jesús y su mensaje liberador como la manera de realizar nuestra vocación humana y cristiana.

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Vosotros sois la sal de la tierra

9 de febrero de 2020 – Quinto Domingo Ordinario

 

La Iglesia ha querido ser siempre y al mismo tiempo madre y maestra de los hombres. Estos la escuchan mejor cuando se muestra como madre que cuando pretende ser maestra. Sin duda la Iglesia está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. El papa Francisco ha adoptado una nueva manera de proponer la verdad haciéndola atractiva para todos a través de la escucha y el diálogo. También muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad. El papa Francisco no ha cambiado las verdades de fe,  pero las propone con amor y misericordia, sin rebajar en nada el ideal cristiano.

Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). Ella supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.

 

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Luz de las naciones

2 de febrero de 2020 – La Presentación del Señor

Poco a poco el pueblo judío va reconociendo a Jesús como a uno de los suyos. No lo consideran desde luego el Mesías ni uno de los profetas, pero van abandonando su hostilidad contra él, en la medida en que también los cristianos vamos tratando de superar nuestro tradicional antisemitismo. Jesús fue causa de división entre sus conciudadanos (Lc 2,22-40). Vivió, sin duda, como un judío de su tiempo, aunque no respetara las minucias de algunos grupos judíos. Tampoco todos los judíos de su tiempo, sobre todo los que vivían en Galilea, las respetaban.

Toda vida es un don de Dios. La de Jesús lo es de manera especial y María es consciente de ello. Cuando lo presenta en el templo, reconoce que ese niño le ha sido dado por Dios y hay que ofrecerlo a Dios. En esa ofrenda, María presenta a toda la humanidad, con la que Jesús se ha hecho solidario. Liberados del miedo de la muerte, podemos responder libremente al amor de Dios en Cristo Jesús (Heb 2,14-18).

La importancia de ese momento, que cambiaba la forma del culto a Dios, al que no se le ofrecerán ya más palomas sino el único sacrificio de Cristo, fue percibida claramente por Simeón.  Durante su larga vida había esperado la realización de las promesas de salvación y ahora las ve cumplidas. En Jesús Dios ha dado su “sí” amoroso incondicional a la humanidad y Simeón se siente en los brazos de Dios precisamente cuando toma al niño en sus brazos. Simeón intuye con claridad el destino de ese niño que es el Salvador de todos los pueblos. Su vida y su muerte van a ser signos de contradicción. Ante Él nadie puede quedarse indiferente sino que tiene que tomar una decisión. En ella nos va la vida o la ruina.

La misión de Jesús desborda los límites de su pueblo y se abre a todas las naciones. Jesús es un hombre universal, patrimonio de toda la humanidad, uno de los mejores frutos de su pueblo, Israel, al que la humanidad debe tanto. Jesús es la luz de los pueblos, de todas y cada una de las personas que se encuentran con él, como Simeón y Ana. “Quien cree en él no camina en las tinieblas sino que tiene la luz de la vida”. Nosotros somos portadores de esa luz. No somos un sol capaz de disipar toda la oscuridad existente, pero al menos somos una pequeña lámpara que puede mostrar el camino a seguir.

En Jesús se realiza la profecía del mensajero de Dios que viene a preparar su venida (Mal 3,1-4). Jesús es el enviado de Dios, el profeta definitivo, el mensajero de la alianza con Dios. En Cristo Dios se ha dado totalmente al hombre y éste ha dado la respuesta de amor que Dios esperaba de él.

La misión del mensajero es presentada como una purificación de los ministros del culto en el que el hombre se une a Dios. Jesús será el sumo y eterno sacerdote que presentará al Padre la ofrenda de su vida, que Dios aceptará complacido, perdonando a los hombres. Hoy la Iglesia celebra la Jornada de la Vida Consagrada. Hagamos nuestra la petición de Adela de Trenquelléon, fundadora junto con el Beato Chaminade de la Familia Marianista: “Presenta, oh Madre, a tus hijos, junto con tu primogénito”.

 

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Convertíos porque está cerca el Reino de Dios

26 de enero de 2020- Tercer Domingo Ordinario

 

La Familia Marianista ha celebrado la fiesta de sus Fundadores, los Beatos Guillermo José (22 de enero), y Adela (10 enero). Ambos fueron personas apasionadas por Jesús y por el Reino. Ambos vieron cómo el régimen de cristiandad se hundía en Francia con la Revolución (1789) y dedicaron todos sus esfuerzos a reconstruir el tejido social de la Iglesia como instrumento al servicio del Reino.

El Reino comporta una transformación de la realidad, un paso de las tinieblas a la luz: “el pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 8,23-9,3). Son precisamente los que viven en las tiniebla de la opresión y de la miseria los que experimentarán la luz del Reino. El Reino se hace presente en Jesús, en su persona, en sus palabras y en sus acciones. La persona de Jesús encarna el Reino. Dios se nos comunica en Cristo Jesús que comparte con nosotros su intimidad personal trinitaria. Esa vida es el Reino, vida que se hace presente ya ahora en la historia de los hombres que se convierten y cambian de vida. Uno cambia de vida cuando deja de pensar cómo ganar más dinero y se preocupa, en cambio, de hacer de todos los hombres la única familia de Dios. Cuando Dios reina, todos somos hermanos.

El Reino se hace presente en la predicación de Jesús. Sus palabras son como un grande exorcismo que echa afuera los poderes que usurpan la soberanía de Dios. Sus palabras infunden una esperanza nueva en el corazón de los hombres. El evangelio es buena noticia de la cercanía y del amor de Dios. Son palabras de consuelo que curan los corazones afligidos que suspiran porque Dios haga justicia en el mundo. Las palabras de Jesús hablan de una nueva oportunidad para el pecador. Es posible rehacer la vida y empezar de nuevo en amistad con Dios.

El Reino se hace presente en las obras de Jesús que muestran la transformación individual y social que trae el reino. Los diversos tipos de curaciones son el signo de que Dios actúa a favor de la felicidad del hombre. Dios no reina para sus propios intereses sino que busca el bien de sus hijos.

El Reino se hace presente en la comunidad de los discípulos (Mt 4,12-23). La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres.

La Familia Marianista está convencida de que su carisma un don para el bien de toda la Iglesia y quiere ser fermento de unidad y de reconciliación en este mundo dividido (1 Cor 1,10-13.17). No quiere ser un grupo selecto aparte sino que quiere colaborar con todos a la renovación de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, necesita cambio, reforma. El Papa Francisco nos está indicando cuál es el camino concreto de ese cambio. Se trata de pasar de una Iglesia en la que la jerarquía lleva la voz cantante y los demás obedecen callados, a una Iglesia en la que todos somos miembros activos y corresponsables en la misión. Pidamos al Señor en la eucaristía que seamos testigos de su Reino saliendo al encuentro de nuestros hermanos los hombres.

 

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Consagrados por Cristo

19 de enero de 2020 – Segundo Domingo Ordinario

 

En el origen de la fe cristiana está el encuentro con Jesús. Ya durante su vida pública su persona ejerció una fascinación especial que llevó a sus discípulos a dejarlo todo para irse con él. Compartiendo su vida llegaron al conocimiento de su intimidad. Después los apóstoles trataron de formular en palabras la experiencia que habían hecho, para ser conscientes de lo que había acontecido y para anunciarlo a los demás. Ese seguimiento es la primera formulación de la fe de los discípulos antes de la Pascua. Siguiendo a Jesús reconocían que Dios estaba actuando en Él de manera definitiva para salvar el mundo. Después de la resurrección fue claro para ellos que Jesús era la salvación. Entonces el seguimiento se convirtió en fe en el Resucitado, presente en la comunidad mediante su Espíritu.

Cuando los apóstoles quisieron formular sus experiencias echaron mano de su tradición religiosa. La figura del Siervo del Señor del libro de Isaías les ayudó mucho en su comprensión del misterio de Jesús (Isaías 49,3-6). La tradición judía había visto en el Siervo unas veces una figura individual, otras la realidad del mismo pueblo de Israel.  Esta figura misteriosa es escogida por Dios para hacer presente la salvación no sólo de Israel sino también de todas las naciones. Esa salvación es una luz que ilumina la vida de los hombres. No cabe duda que esa profecía ayudaba a comprender el destino de Jesús y su significado para los pueblos. Jesús no es sólo un instrumento al servicio de la salvación sino que es la salvación misma. En Él, Dios se hace presente, se nos comunica y nos introduce en su intimidad divina.

El evangelio de hoy nos transmite la experiencia del encuentro de Juan Bautista con Jesús (Juan 1,29-34). Nada más verlo, sin necesidad de conocerlo a fondo, Juan descubre la misión salvadora confiada a Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Jesús va a ser el destructor del pecado y del maligno que lo provoca. Jesús se entregó por nuestros pecados y así quitó el pecado del mundo. Juan parece haber captado la misión de Jesús por lo que ocurrió en su bautismo. Al salir Jesús del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre Él. Jesús es, pues, una persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una fuerza tal que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres.

Juan escuchó sin duda la voz del Padre que proclamaba a Jesús su hijo amado. Jesús es el Hijo de Dios y por eso es capaz de introducirnos en la intimidad del Padre, haciendo que participemos de su condición de hijos. En Jesús encontramos la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza.

También Pablo (1 Cor 1,1-3) nos transmite su encuentro con Jesús resucitado. Pablo se siente llamado por Jesús resucitado que lo hace su apóstol, es decir, su misionero, su enviado. Pero también los creyentes han sido llamados por Jesús y, consagrados por su Espíritu, somos discípulos misioneros. Hemos sido santificados y tenemos como misión consagrar este mundo haciendo presente el Reino de Dios.

Cada uno a lo largo de su vida trata de vivir su fe como un encuentro personal con la persona de Jesús. Pero ese encuentro es una fe proclamada en el seno de la comunidad eclesial que necesita fórmulas que nos ayuden a hacer la misma experiencia. Por eso es tan importante compartir nuestra fe en comunidad y que cada uno pueda expresar lo que significa Jesús para su persona. Jesús es el que nos reúne en Iglesia. Como Juan Bautista y Pablo, la Iglesia continúa anunciando a los hombres que Jesús es la salvación del mundo. Que la celebración de la eucaristía proclame nuestra fe y nuestra adhesión a Jesús de manera que recibamos por Él la salvación y el perdón de nuestros pecados.

 

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Este es mi Hijo

12 de enero de 2020 – El Bautismo de Jesús

Cada vez son más los padres que no bautizan a sus hijos, probablemente porque creen que es una decisión demasiado importante que debe ser tomada por la persona misma. Tampoco en nuestra cultura los padres deciden el matrimonio de sus hijos. Es el estado el que nos obliga a enviarlos a clase, pero cada vez menos los padres les imponen dónde y qué han de estudiar. Ese respeto a la persona es algo de lo que debemos alegrarnos y debemos favorecer. Eso posibilita que haya niños que quieren ser bautizados, aunque a los padres no les agrade mucho.

 En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió y confirmó la llamada de Dios, su vocación al servicio del Reino.

El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El sumergirse en el agua representa la muerte, el salir de ella la resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 3,13-17). Jesús aparece como el siervo de Yahvé. Dios mismo presenta a su  siervo con el que mantiene una relación especial de predilección y complacencia (Is 42,1-7). Por eso le ha dado su espíritu y le ha encomendado la misión de anunciar el derecho a las naciones, es decir, la verdadera religión, fuente de justicia y de paz. Realizará esa misión curiosamente de una manera muy discreta y suave, sin hacerse notar y sin violencia, desde la propia debilidad.

El Señor que lo ha elegido es el creador y dueño de todo y por eso puede encomendarle una misión universal. Esa misión tiene que ver con la alianza de Dios con su pueblo y con la salvación de los paganos. La elección del siervo es una garantía de que el Señor mantendrá los compromisos asumidos en la alianza con su pueblo y al mismo tiempo los extenderá a todas las naciones. En último término se trata de una misión de liberación, en primer lugar de su pueblo, que está en el destierro, en segundo lugar, liberación de los paganos que yacen en sombra de muerte. Queda  ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza.

Jesús rechazará los valores del mundo viejo y caduco, que todavía el diablo le propondrá en las tentaciones, y hará suyos los nuevos valores del Reino, proclamados en las Bienaventuranzas. San Pedro, al resumir  el ministerio de Jesús, que había empezado en el bautismo, dijo que “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con Él” (Hech 10,34-38). El bien se concreta en la curación de los oprimidos por el diablo. Jesús es el exorcista que expulsa al príncipe de este mundo que usurpa el poder de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar sobre el hombre. Jesús es el gran bienhechor de la humanidad. No sólo es el salvador sino la salvación misma, ya que en Él se nos hace presente y se nos comunica Dios mismo.

La Iglesia continúa la acción salvadora de Cristo Jesús a través de la historia. Para cada uno de los creyentes, todo empieza con el bautismo, que nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos da la nueva vida del Espíritu, y nos hace pertenecer a la comunidad de los salvados, que es la Iglesia. Esta situación nueva en la que somos colocados exige de nosotros una adhesión personal a Cristo y a su mensaje y una vivencia de los valores evangélicos. Supone un romper con mundo viejo, que continúa viviendo a nuestro alrededor y que sigue proponiendo valores supuestamente nuevos, cuando en realidad son conductas y actitudes muchas veces negativas a las cuales Jesús opuso un no radical. Que la celebración de  esta eucaristía renueve en nosotros la gracia del bautismo y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios, haciendo el bien en nuestro mundo.

 

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