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¿Qué buscas?

17 de enero de 2021 – Segundo Domingo Ordinario

La preocupación en algunas iglesias del hemisferio norte por la ausencia de vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal comienza a ser angustiosa y muchos se preguntan si no estamos ante el final del cristianismo en estos países en las próximas décadas. La solución que se va buscando es traerlas de otros países del sur en los que abundan. Pero son pocos esos países que gozan de una abundancia de vocaciones y quizá las necesitan tanto o más que nuestras iglesias tradicionales. Se está buscando también dar un protagonismo a los laicos en la vida de la Iglesia pero se tiene miedo a dar pasos significativos y los mismos laicos algunas veces prefieren no complicarse la vida.

El  Sínodo sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” de 2018 quiso abordar el tema de manera nueva. No se habló solo de  la vocación sacerdotal o a la vida consagrada sino de la vocación cristiana que se realiza también en el matrimonio o permaneciendo soltero. En todas las formas de vida cristiana es fundamental vivir la vida como respuesta a la llamada de Cristo. No sólo los jóvenes sino tampoco los adultos son capaces hoy día de reconocer la voz de Dios porque nunca lo han encontrado, o mejor nunca han sabido que era él el que hablaba.

Dios, sin duda, llama pero las personas no han sido iniciadas en cómo reconocer su voz  (1 Sam 3,3-10.19). Hacen falta personas como el sacerdote Elí o Juan Bautista que sepan indicar claramente la presencia del Señor (Jn 1,35-42). ¿Dónde están esos testigos de la fe, esos pedagogos? Antes eran los padres, el sacerdote, los maestros, los religiosos. Ahora da la impresión de que todos hemos sido víctimas de esta cultura que crea un desierto espiritual. No existen iniciados y maestros espirituales. Curiosamente muchos, cuando buscan espiritualidad, se dirigen a los gurus orientales.

Dos de los primeros discípulos de Jesús tuvieron la suerte de tener ese maestro, Juan Bautista. Persona generosa y desprendida no los quiso retener con él sino que les indicó con quien podían encontrar verdaderamente el futuro. Juan y Andrés se quedaron con Jesús una vez que convivieron con él apenas unas horas (Jn 1,35-42). Fue tal el impacto y la alegría que causó Jesús en ellos, que Andrés inmediatamente se lo comunicó a su hermano Simón Pedro. El encuentro con el Mesías llenó de tal alegría su vida que no se lo pudo callar. Quiso compartirlo con el más cercano e hizo que  Pedro viniera a encontrarse con Jesús. Curiosamente Pedro no dijo nada ni sabemos qué es lo que experimentó; simplemente se quedó con el grupo. Pero Jesús lo empezó a considerar ya como la Piedra o fundamento de la futura comunidad de los discípulos una vez que Jesús haya desaparecido de entre ellos.

Hoy día nos interrogamos no sólo sobre la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas sino simplemente de cristianos. ¿Qué está pasando? Probablemente es la ausencia de invitación a “venid y veréis”, o la pobreza de experiencia de fe de nuestras comunidades, la causa del poco tirón que tenemos entre los jóvenes. La cultura actual es una cultura de la experiencia. Sólo cuenta aquello que se puede experimentar, ver, tocar, manipular y hacer interactivo. Sólo el compartir experiencias suscita la experiencia. ¿Tenemos alguna experiencia bella que compartir de encuentro con el Señor?

Las personas buscan encontrar al Señor, hacer una auténtica experiencia de Dios, pero una experiencia religiosa encarnada en la realidad de nuestro mundo, que no huya de los problemas en los que todos estamos inmersos. ¿Dónde existen esos laboratorios de experiencia cristiana en los que uno puede experimentar que el Señor sigue vivo entre nosotros?

La Familia Marianista quiere ser uno de esos laboratorios de experiencia de Dios, de un Dios descubierto actuando en el mundo, que lucha por establecer su Reino y que tiene necesidad de nosotros para conseguirlo. Que nuestro encuentro con Jesús en la eucaristía nos transforme y haga de nosotros testigos creíbles que son capaces de decir a los demás: “venid y veréis”.

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Este es mi Hijo amado

10 de enero de 2021 – El Bautismo de Jesús

Hemos estado contemplando estos días de Navidad a Jesús Niño. De pronto la liturgia nos presenta su bautismo, pero no de niño sino de un adulto que se ha hecho cargo de su vida y ha ido tomando decisiones. Jesús decidió recibir el bautismo que administraba Juan el Bautista . En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió la voz de Dios que lo proclamaba su Hijo Amado.

Esa conciencia de ser Hijo Amado del Padre es la que ha acompañado a Jesús a lo largo de toda su misión y de manera particular en el momento de su muerte (Is 42,1-7). En las manos del Padre encomendó su espíritu. En el bautismo de Jesús se muestra su unción por el Espíritu, que le capacita para realizar la misión que el Padre le ha encomendado (Mc 1,7-11). Se trata de pasar haciendo el bien, liberando a los oprimidos por el diablo (Hechos 10,34-38).

Jesús en su bautismo inaugura la irrupción del Reino de Dios y anticipa su Pascua, su éxodo, su ruptura con un mundo viejo y de pecado, para abrirse a la novedad del Reino. Hasta entonces Jesús había vivido tranquilamente junto a su madre en Nazaret. Pero el anuncio del Reino de Dios proclamado por Juan Bautista le hizo entrar en crisis y buscar una vida nueva. Dejó los valores tradicionales de la familia y la propiedad y se abrió a los valores del Reino que Él proclamará en las bienaventuranzas. Dejó una familia humana para crear en torno a Él una nueva familia de los que hacen la voluntad del Padre.

Jesús indicó esa ruptura con su bautismo. Se hizo solidario con toda la masa de pecadores que se hacía bautizar para prepararse a la venida del Reino. Tomó sobre sí el pecado del mundo para  sepultarlo en su muerte y sepultura. El meterse en el agua hasta por encima de la cabeza representaba la muerte y sepultura. En cambio el salir del agua representa la resurrección. Por eso es al salir del agua cuando se produce esa revelación del Espíritu y del Padre, al rasgarse los cielos.  Es introducido así en el mundo nuevo del Reino en el que todos somos hijos en el Hijo.

También el bautismo del cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento realizado en el bautismo es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Empezamos así a formar parte de la Iglesia, de la Familia de Dios. Somos hijos de Dios en Cristo Jesús, y herederos de la vida eterna. Esa vida está ya en germen en nuestra existencia y se manifiesta en la vivencia de los valores evangélicos que Jesús proclamó sobre todo en las bienaventuranzas.

¿Qué ha sido de nuestro bautismo? Quizás todavía no hemos sido  del todo conscientes de su significado. Nunca es tarde para enterarse y descubrir la maravilla de ser hijos de Dios. Porque somos hijos podemos participar en el banquete que el Padre prepara para su familia. Demos gracias a Dios porque nos ha adoptado como hijos en el Hijo Amado.

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Buscadores de Dios

6 de enero de 2021 – La Epifanía del Señor

La pandemia nos ha hecho conscientes de nuestra debilidad. Desde luego hemos buscado los remedios en la ciencia y la medicina. No sabemos en qué medida esta experiencia nos ha abierto a Dios. En lo que se refiere a celebraciones de culto, estas han quedado fuertemente disminuidas para evitar los contagios. Sin duda alguna el ver cómo se nos han ido tantos seres queridos sin poder acompañarlos nos habrá hecho pensar y nos habremos interrogado si hay alguien que se ocupa de nosotros o si estamos solos ante el peligro. Es posible que estas Navidades tan diferentes nos hayan permitido acercarnos al misterio que nos envuelve, la presencia en nosotros del Dios que nació en Belén y que se nos manifiesta en la Epifanía o Reyes que celebramos hoy (Ef 3,2-3.5-6). El mensaje de la Navidad no termina con la celebración del Reyes sino que ilumina todo nuestro año.

Los hombres han sido constantemente en el pasado, y lo siguen siendo, buscadores de Dios. La creencia de hace unas décadas de la religión iba desaparecer, ante los avances de la secularización y de la ciencia, se ha demostrado con el tiempo una ilusión. La religión vuelve en nuestros tiempos, a veces de forma agresiva y fanática. Como creyentes debemos felicitarnos de que Dios esté a la vista y cuidarnos de no manipularlo según nuestros intereses. Dios se revela a aquellos que lo buscan, o como ponía san Agustín en la boca de Dios: “No me buscarías sino me hubieras ya encontrado”.

¿Cómo buscar a Dios en nuestra cultura secularizada? Ante todo es necesario seguir los deseos  profundos de nuestro corazón, que no se dejan satisfacer simplemente con los bienes de consumo. El mismo Agustín dirá: “nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrella que brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados.

Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos (Mt 2,1-12). Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. También el pueblo de Dios en momentos de crisis se puso a soñar su futuro y se lo imaginó de color de rosa (Is 60,1-6). Probablemente le sirvió para endulzar las amarguras del presente. Imaginó una movida de pueblos que orientaban sus pasos hacia Jerusalén como el lugar donde encontrar a Dios y proclamar sus maravillas.

No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero no es ahí donde se puede encontrar a Jesús; la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista.

Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María, su Madre, como gustaba repetir el Beato Chaminade. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se perdieron la oportunidad de encontrarse con el Salvador.

Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios.

En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús.

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Ser hijos de Dios

3 de enero de 2021 – 2º Domingo después de Navidad

La encarnación y nacimiento del Hijo de Dios caracterizan la fe cristiana. Es, sin embargo, sorprendente que, en un país como la India, también musulmanes, hinduistas y budistas se asocian a la celebración de la Navidad. Es un misterio que habla al corazón del hombre y ayuda a comprender el misterio del hombre, llamado a la fraternidad universal. La encarnación del Verbo manifiesta la verdadera vocación y dignidad del hombre, ser hijo de Dios.

En todas las religiones hay lo que los Padres llamaban “semillas del Verbo”. Es el Verbo el que ilumina a todo hombre (Juan 1,1-18). En todas las religiones hay elementos de verdad y ninguna religión, ni siquiera la cristiana, agota el misterio de Dios. Por eso los últimos papas han favorecido el diálogo religioso, no sólo como camino hacia la paz, sino también hacia la verdad de Dios y del hombre. Las religiones auténticas son amigas de la paz. El peligro está en que grupos politizados utilicen la religión para sus fines promoviendo incluso el terrorismo. Por eso es necesario que las religiones se abran las unas a las otras desde el respeto mutuo de las creencias de las demás.

Por la encarnación, la humanidad ha entrado en el ámbito de Dios. Dios es un Dios de hombres. Pero también Dios ha entrado en la realidad humana. El hombre es un hombre de Dios y para Dios. Podemos reconocerlo o negarlo, pero la realidad es esa. Las religiones nos lo recuerdan. El misterio del hombre sólo se puede entender a partir de Dios que, según la fe cristiana,  se nos ha manifestado definitivamente en la persona de Cristo.

Dios ha querido habitar con los hombres (Sir 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo. (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo ha podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano sino, al contrario, de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. Cuando uno en el silencio y en la reverencia de lo sagrado entra en su santuario interior del corazón, descubre no sólo que allí está Dios sino que su ser de hombre está creado a imagen de Dios. Descubre que los deseos infinitos de felicidad que existen en su corazón sólo se pueden satisfacer con el encuentro personal con alguien que nos ama incondicionalmente desde toda la eternidad y por eso nos ha traído a la existencia. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos asimila a sí y hace de nosotros un solo Cristo para gloria de Dios Padre.

 

 

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