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El Señor te bendiga y te conceda la paz

1 de enero 2021- Santa María, Madre de Dios

Os deseo a todos un Feliz Año 2021, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Todos queríamos dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. La crisis sigue y amenaza este nuevo año. Empezamos el Año 2021 con la esperanza puesta en la vacuna. El año 2020 ha sido una año malo, pero quizás hayamos aprendido alguna lección nada agradable que puede, sin embargo, cambiar nuestra vida. Es difícil admitir que no podemos seguir viviendo como hasta ahora. Desde el comienzo de la pandemia el Papa Francisco ha recordado que la cultura del consumismo es insostenible y además inhumana. Es una cultura contra la vida. Necesitamos cultivar una cultura del amor, de la fraternidad y de la cercanía a todos los hombres. Necesitamos una cultura del cuidado de nosotros mismos, de los demás y de todo el planeta.

Es también el tema que el Papa Francisco ha elegido para el tradicional Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz: El cuidado del planeta, camino hacia la paz. Esa cultura se funda en la doctrina social de la Iglesia y se concentra en una serie de principios que deben orientar nuestra vida. En primer lugar está el cuidado como promoción de la dignidad y los derechos de la persona. El estilo de vida consumista no respeta todos los derechos de todas las personas. Tan solo un grupito de privilegiados pueden permitirse todo  mientras la gran mayoría no tiene medios para asegurarse dignamente la vida.

El segundo principio es el cuidado del bien común que debe ser garantizado por el Estado. El dejar todo a merced de las leyes del mercado ha llevado a una concentración escandalosa de la riqueza en manos de unos pocos. Por eso el cuidado solo se realiza mediante la solidaridad. Es necesario que nos reconozcamos miembros de la única familia de Dios en la que todos somos hermanos. Ese cuidado no se limita a las personas humanas sino que implica también el cuidado y la protección de la creación amenazada por nuestro estilo de vida de una explotación incontrolada de los recursos del planeta.

La fiesta de Santa María, Madre de Dios, sigue siendo como la Navidad, ante todo la fiesta de la vida (Lc 2,16-21). Una vida confiada a los cuidados de los hombres y mujeres. Una vida que debe ser protegida desde su concepción hasta el momento final. Una vida siempre amenazada por el egoísmo humano y las tendencias destructoras que residen en el corazón del hombre y que se pueden desbordar cuando son manipuladas por las ideologías políticas.

María, Madre de Jesús, que es el Hijo de Dios, nos enseña a mirar al hombre concreto, al hombre sufriente y doliente que las ideologías consideran un número dentro de la nación, el pueblo, el estado. La verdad del hombre es siempre una verdad concreta, con un nombre propio, con un rostro único e  irrepetible, que traduce el rostro humano de Dios manifestado en Cristo Jesús. De la misma manera que los padres dan un nombre al hijo antes de nacer, Jesús fue llamado con ese nombre ya en el momento de la Anunciación. María es la puerta que abre este nuevo año y que nos introduce siempre en el Reino, porque Ella nos lleva siempre hacia Jesús. Que Ella nos acompañe a lo largo de todo este año y nos conceda la Paz y la Felicidad.

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Por encima de todo el amor

27 de diciembre 2020 – La Sagrada Familia

La pandemia ha puesto a prueba los lazos familiares. Gracias a Dios hemos comprobado que “el amor es más fuerte que la muerte”. La pandemia nos ha arrebatado a  muchas personas queridas, a las que no hemos podido acompañar, de las que no nos hemos podido despedir. Nos sigue impidiendo reunirnos, abrazarnos, saludarnos. Sigue condenando a muchos a una soledad espantosa. En Navidad todo eso se nos hace más doloroso. Estamos experimentando que sin la familia no somos nada. Por eso estamos descubriendo que la esencia de la familia es el amor incondicional. Es ese amor el que nos mantiene unidos aunque sea en la distancia.

Ese amor no es monopolio de los cristianos sino que todas las personas están abiertas al amor y cada tipo de familia trata de vivir ese amor en la medida en que las circunstancias y condicionamientos se lo permiten. En el centro de la pastoral familiar están las personas concretas a las que hay que respetar y no querer imponerles ningún tipo de ideología.

La palabra de Dios lógicamente habla de un tipo de familia, la judía (Eclo 3,2-6.13-14) o la cristiana en el imperio romano (Col 3,12-21). En esas familias se subrayaba ante todo los deberes de sus miembros. Incluso en la Sagrada Familia se dan por supuesto esos deberes. Hoy día no nos gusta demasiado esa manera de hablar y, sin embargo, ahí se muestra una realidad fundamental de la persona humana. Somos responsables de los demás. José y María reconocen también los deberes que tenemos para con Dios, que es el fundamento de nuestra existencia personal y colectiva.

Jesús quiso nacer en el seno de una familia, que era y sigue siendo en buena medida el fundamento de la sociedad. Es en la familia donde nos hemos sentido amados incondicionalmente, por el simple hecho de ser miembro de ella: padre, madre, hijo, hermano, esposa. El amor infinito de Dios tiene esa capacidad de manifestarse a través del amor de personas limitadas. Es ese amor el que nos ha permitido crecer y nos ha dado la convicción de que la vida merece la pena.

La familia es la Iglesia doméstica. Con la Sagrada Familia, tenemos los inicios de la Iglesia, que tiene por modelo a María. Ella es la que respondió con su fe en el momento decisivo de la historia del Pueblo de Dios. En el fondo, toda familia existe sobre el acto de fe de dos esposos que se prometen fidelidad y amor mutuo. Cada uno cree en el otro, que el otro es el camino por el que Dios viene a su encuentro. En la persona del hijo, los esposos encuentran ese amor de Dios hecho carne. A la familia se le ha confiado el acoger y promover la vida. Dios ha querido asociar a los esposos a su acción creadora. Cada nacimiento es una prolongación del misterio de la Navidad. Es fruto del amor de dos personas que se han fiado la una de la otra, y ambas de Dios. Es Dios el único que puede garantizar la perpetuidad de su fidelidad y de su amor.

María y José, presentando a Jesús en el templo, reconocen que es un don de Dios, que ha sido confiado a sus cuidados. Ambos escuchan atentamente de boca de dos ancianos las profecías que iluminan el sentido de la vida de ese niño (Luc 2,22-40). En medio de la alegría navideña aparecen ya las primeras sombras. Ese niño será bandera discutida y ellos no podrán hacer nada para evitarle el final trágico. Que la celebración de la eucaristía afiance el amor en el interior de nuestras familias y nos lleve a descubrir que toda la humanidad forma la familia de los hijos de Dios.

 

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La Palabra se hizo carne

25 de diciembre 2020 – Natividad del Señor, Misa del Día

La eucaristía del día de Navidad invita a la contemplación del misterio de Jesús, el hijo de la Virgen María. No podemos quedarnos en la ternura y el sentimentalismo de contemplar un recién nacido. Hay que penetrar en la hondura del misterio que se oculta y al mismo tiempo se transparenta en la debilidad de la carne. Jesús es el Hijo de Dios Padre, que existe desde toda la eternidad y que ha querido entrar en nuestra historia. Las personas de María y José, nos dejan a solas con el misterio de nuestro Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Será precisamente Jesús el que con sus palabras y con su manera de actuar nos revele el misterio profundo de ese Dios comunión de amor. Un amor tan grande que se desborda fuera de la Trinidad y se derrama en la creación y sobre todo en la encarnación. De esa manera nosotros pertenecemos al misterio de Dios. Dios se hace hombre para que los hombres lleguemos a ser hijos de Dios.

Nuestro Dios no es un Dios solitario y sombrío sumergido en su silencio. Es un Dios que habla con el hombre a través de sus enviados los profetas (Hb 1,1-6). Son ellos los que fueron revelando la intimidad de Dio y su proyecto de salvación para el hombre en diversas circunstancias de la historia. Ese diálogo se ha ido intensificando progresivamente y ha llegado a su cima en esta etapa final de la historia en la que estamos viviendo.

Ese salto cualitativo en la historia se debe a que el diálogo de Dios con el hombre no tiene lugar a través de otros hombres, los profetas, sino que interviene directamente el Hijo de Dios, es decir Dios mismo. Como Hijo, es el heredero de todo, al que Dios ha dado todo. El Padre da todo al Hijo y el Hijo lo devuelve todo al Padre. El Hijo ha estado interviniendo constantemente en la historia a través de todos sus períodos. Decía San Ireneo que el Hijo y el Espíritu son las dos manos con las que Dios actúa en el mundo. Dios ha estado constantemente presente en la historia a través del Verbo, de su Palabra creadora que ilumina la vida de los hombres. Al hacerse el Verbo carne, la historia humana ha alcanzado su meta definitiva (Jn 1,1-18).

Jesús es la Palabra definitiva del Padre, que no tiene ya nada más que comunicarnos (San Juan de la Cruz). Todo nos lo ha dicho y nos lo ha dado y se nos ha dado en Cristo Jesús. Es a Jesús al que ahora los hombres tenemos que escuchar pues no hay más Dios que el de Jesucristo.

El Hijo es Dios. Los títulos que recibe, tomados del lenguaje bíblico y de la cultura griega, expresan esa igualdad. Es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Tenemos aquí las primeras aproximaciones conceptuales a la divinidad de Jesús, orientado totalmente hacia Dios. Como Dios, tiene una función en la creación y en la conservación del mundo, que fue creado por la palabra de Dios.

Pero sobre todo el Hijo ha realizado la obra de la redención mediante el perdón de los pecados. Se evoca así la aventura humana de Jesús que culmina en la muerte y la resurrección, mediante las cuales hemos sido salvados.

Jesús es el mediador definitivo de la alianza con Dios y está muy por encima de los ángeles pues mantiene una relación de intimidad con Dios, de Hijo con el Padre, que es exclusiva suya, aunque nosotros participemos de ella. Los ángeles pueden ser todo lo espirituales que queramos pero, como nosotros, son adoradores del Hijo. Es lo que hicieron la noche de la Navidad y es lo que nosotros hacemos hoy en la celebración de la eucaristía. Que tengan una Feliz Navidad.

 

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Nos ha nacido un niño

25 de Diciembre de 2020 – Natividad del Señor, Misa de Medianoche

Estas Navidades, esta Misa del Gallo, se nos quedarán gravada para siempre. No recordaremos una celebración aparentemente tan poco gozosa. No hemos podido cantar villancicos, nos hemos tenido que conformar con escucharlos digitalmente. Y en la cena muchas personas se encontrarán solas, como el resto del año. Cuando desaparecen las apariencias es cuando puede manifestarse la realidad. Podremos descubrir por qué hemos celebrado durante tantos años la Navidad, sin apenas enterarnos del misterio. Por fin una vez hemos podido encontrarnos con Jesús, sin que nada nos distraiga. El es el amor salvador de Dios (Tit 2,11-14).

Por unos días podemos olvidar este mundo en el que todo se compra y todo se vende y en el que por todo hay que pagar dinero. En esta Navidad penetra de nuevo en nuestra tierra el mundo de la gratuidad, el mundo de Dios. Dios se manifiesta y se nos comunica en la persona de Jesús niño. Entró en nuestro mundo sin que apenas nadie lo advirtiera. Tan sólo José y María y un grupo de pastores (Lc 2,1-20).

Todo parece desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada.

Y curiosamente el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que les contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.

La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

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Alégrate

20 de diciembre de 2020 – Cuarto Domingo de Adviento

Estos días hemos estado enviando las tradicionales felicitaciones de Navidad, aunque haya sido de manera digital. Hemos repetido maquinalmente la fórmula “Felices Navidades”, pero quizás nos hemos puesto un poco tristes. Este año será una Navidad diferente, sin duda, pero eso no quiere decir que tenga que ser una Navidad triste. La alegría de la Navidad debe brotar del encuentro con Jesús que nace hoy día en cada uno de nosotros. No es la conmemoración de un hecho del pasado, como puede ser la fiesta nacional de un país. Es verdad que las Navidades han ido perdiendo el contacto con sus raíces cristianas para quedarse en unos días de vacaciones, de encuentros de familia y de amigos. Todo lo cual está muy bien, pero si todo se reduce a eso, las Navidades de este año van a resultar tristes para muchos. Pero los que viven las Navidades como un encuentro con el Dios que se hace hombre serán capaces de experimentar la verdadera alegría y de darla a todos los que viven en la soledad y el dolor.

La fe, en efecto, no sólo lleva a soñar con una transformación de la realidad sino que de hecho se moviliza y contribuye a ese cambio. Todo es posible al que cree. El joven pastor David, por más soñador que fuera, nunca debió pensar que llegaría a ser rey, que en vez de ovejas conduciría un pueblo. Pero, para Dios, nada es imposible. Y cuando Dios promete algo, lo cumple (2 Sam 7,1-16). No sólo consolidó el trono de David sino que le promete una dinastía que durará por siempre. Alguno pudo creer que eran puras palabras, pues de hecho el reino y la dinastía desaparecieron. Pero la promesa mantuvo vivas las esperanzas del pueblo y las sigue manteniendo.

Para Dios nada es imposible. Él, el infinito y el absoluto, tiene la capacidad de hacerse finito y relativo, puede hacerse uno de nosotros. ¡Dios se hace hombre en el seno de una virgen! Ni Ella misma se lo creía y por eso el mensajero divino tuvo que repetirle: Para Dios nada hay imposible. Todo es posible por la acción de su Espíritu (Lc 1,26-38). Y de nuevo una estéril, Isabel, tendrá un hijo. Lo imposible no era tanto el que una virgen dé a luz sino que ese hijo sea el hijo de Dios. Se trata, en efecto, de la Buena Noticia, que nadie se hubiera atrevido a imaginar: un Dios que viene a compartir el destino del hombre, para dar un sentido a todo el sufrimiento humano, a toda la búsqueda de felicidad que hay en el corazón del hombre. Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

Esa Buena Noticia tiene un nombre: Jesús. Su nombre, por tanto, su persona y su misión significan la salvación de Dios, que nos es ofrecida a todos los que creen en Él. La felicidad es en la cultura actual la versión secularizada de lo que los cristianos llamamos la salvación. La felicidad era ya el ideal de vida de los griegos. Era un ideal más o menos realizable para la pequeña minoría de personas libres que construían su felicidad sobre los sufrimientos de los esclavos. Jesús vino a liberarnos de todo lo que impide que el hombre sea feliz.  Él hizo también lo que parecía humanamente imposible que Pablo, su perseguidor, se convirtiera en su apóstol más celoso (Rm 16,25-27). A través de su predicación, las naciones fueron viniendo a la obediencia de la fe, abandonaron el paganismo y se hicieron cristianas.

A ejemplo de María, la Iglesia  acoge a su Señor mediante la fe y lo hace presente en el mundo. Es la Iglesia la que en cierto sentido prolonga esa encarnación del Verbo, que sigue tomando carne en nuestras vidas, nuestros pueblos, nuestras culturas. Hoy día nos parece casi imposible que el mundo secularizado se abra al mensaje del Evangelio, que acoja a la persona de Jesús. Pero nosotros sabemos que para Dios nada es imposible. Hoy la celebración del domingo se junta prácticamente con la celebración de la Navidad. Aprovechemos esta oportunidad para vivir a tope la alegría del encuentro con el Señor. Que la celebración de la Eucaristía nos permita experimentar la salvación de Dios en Cristo Jesús y nos lleve a testimoniarla con una vida llena de paz, alegría y entrega a los demás.

 

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El Espíritu del Señor está sobre mí

13 de diciembre 2020- Tercer Domingo de Adviento

Los medios de comunicación de masas han jugado un papel importante en la creación de mesías políticos que al final han llevado a pueblos a la ruina. No parece que los hombres escarmentemos y seguimos dejándonos manipular por esos medios que suelen ser la voz de su amo. Gracias a ellos personajes desconocidos llegan a ser presidentes de grandes países.  Juan Bautista empezó a ser sospechoso para las autoridades judías porque atraía las masas hacia sí y eso ya era peligroso pues podía derivar en un movimiento mesiánico revolucionario. Por eso las autoridades de Jerusalén, antes de que intervenga Herodes o los romanos, tomaron cartas en el asunto y empezaron a interrogarlo (Jn 1,19-28).

La sospecha es siempre la misma: bajo la apariencia de un movimiento religioso, había el peligro de que se hiciera una proclama política mesiánica de tipo revolucionario, como había ocurrido ya varias veces en aquellos tiempos. ¿Se hará pasar Juan por el Mesías, el esperado liberador de Israel? La triple pregunta respecto a su identidad como posible Mesías, Elías o el Profeta, intentaba descubrir un pretendido liberador enviado por Dios. Se trataba siempre del Mesías esperado por algunos grupos y que era presentado bajo diferentes figuras: un Mesías real, descendiente del Rey David, un Mesías sacerdote, un Mesías profeta (Is 61, 1-2.10-11).

Juan podía haberse aprovechado de la situación y haber intentado sacar partido de la credulidad de la gente. Pero,  fiel a la verdad, Juan niega cualquier identificación con esos esperados libertadores. Esos títulos corresponden a Jesús, al cual él anuncia. Entonces la pregunta es “¿Quién eres tú?”.  Juan no oculta su identidad ni se hace pasar por otro. Es un profeta, pero no o el Profeta Definitivo esperado por Israel. Él sólo es su mensajero.  Es un testigo de la luz que quiera ayudar a reconocer la verdadera Luz.

Desgraciadamente las autoridades no quieren oír hablar de ese tema y de hecho se cerrarán en banda ante Jesús y su mensaje. Preocupadas por hacer bien su investigación, siguen preguntando por qué, pues, Juan se dedica a bautizar al pueblo, rito no presente en la Ley de Moisés. El bautismo para Juan era el gesto que marcaba la ruptura en la vida de una persona, indicaba un antes y un después. Juan anunciaba la venida del Reino como un fuego devorador y había que convertirse para poder superar la prueba. El hacerse bautizar era la señal de que uno empezaba esa conversión. Pero su bautismo, era un simple bautismo de agua que anunciaba el verdadero bautismo de Jesús con el Espíritu.

Jesús está convencido, como Juan,  de que el Reino de Dios está a la puerta y exige la conversión. Pero con un pequeño cambio genial indicó que el Reino de Dios no era una realidad amenazante como lo veía Juan, sino al contrario era la oferta definitiva de la misericordia y del amor de Dios para todos los que se convierten. Su bautismo va a ser el bautismo del Espíritu como fuerza divina que cambia el corazón del hombre. Tan sólo Jesús tiene el poder de dar el Espíritu precisamente porque Él es el portador del Espíritu (Is 61,1-2). Es ese Espíritu el que lo ha ungido y constituido Rey, Sacerdote y Profeta. Es la fuerza del Espíritu la que le permite realizar la misión que Dios le ha confiado. Se trata del anuncio del Evangelio como Buena Noticia de liberación para los que sufren, los que tienen el corazón desgarrado, los cautivos y los prisioneros. Se proclama en resumen el año de gracia del Señor, el año jubilar del perdón. Dios no viene con un juicio de condenación sino de perdón para su pueblo. No apaguemos ese espíritu (1 Tes 5,16-24). Preparémonos a acoger a Jesús en nuestras vidas para que podamos continuar su obra de liberación.

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Santos por el amor

8 de diciembre de 2020- La Inmaculada Concepción de la Virgen María

 

La Iglesia experimenta muchas veces el rechazo en el mundo actual porque muchos piensan que, detrás de su mensaje de salvación, se esconde un deseo de dominio sobre las personas. Declarándolas a todos pecadores, ella se presenta como la única instancia de salvación de parte de Dios. Algunos piensan que  no es necesaria la salvación de Dios. El hombre por sí mismo va alcanzando esa salvación por medio del progreso tecnológico. En su ingenuidad cree que está viviendo ya la plena libertad porque puede comprar y consumir lo que quiere o el bolsillo le permite.

Aquellos para los cuales la vida es un valle de lágrimas porque son víctimas del descarte miran con envidia a los que tienen y se echan la culpa a sí mismos de no poder pertenecer a ese grupito de privilegiados que vive de explotarlos a ellos. Ante los mecanismos perversos que descubrimos en nuestro mundo, incluso los creyentes nos sentimos muchas veces impotentes. La Iglesia, sin embargo, ha conservado siempre su confianza en la persona de María en cuyo destino ve anticipada su propia historia de lucha, de rechazo y de victoria. En el triunfo de la Mujer sobre el enemigo del hombre, la serpiente, la Iglesia ha descubierto su propio triunfo y el triunfo de la fe cristiana (Gn 3, 9-15.20). Dios es capaz de sacar adelante su proyecto de una única familia de hijos de Dios, todos hermanos.

El deseo de ser como Dios, motor en buena parte de la ambición desmedida de la cultura moderna, contiene, sin embargo, una parte de verdad. Dios no se ha guardado celosamente para sí sus privilegios, sino que quiere compartirlos con nosotros. Eso sí, como puro don, no como algo que le tenemos que arrebatar. En la persona de María Inmaculada vemos realizado ya el proyecto de Dios sobre toda la humanidad. Dios quiere introducir al hombre en su propia intimidad divina.

La fiesta de la Inmaculada nos recuerda ante todo que María fue redimida del pecado en virtud de la redención de Cristo. En ella el triunfo de la gracia fue tal que se vio preservada incluso del llamado pecado original que introdujeron Adán y Eva en la historia de la humanidad. Venimos a un mundo de pecadores, en el que el pecado está por doquier y ejerce una gran fascinación sobre todos nosotros, que de hecho cometemos muchos pecados.  La figura de la Inmaculada, de una mujer que, desde el principio de su existencia, estuvo orientada hacia Dios, nos da a todos la certeza de que el hombre puede, también hoy, abrirse al misterio de Dios que nos envuelve.

Lógicamente no fue ningún mérito de María el vivir rodeada de la gracia y el amor de Dios. Fue eso, gracia (Lc 1,26-38). De tal manera Dios se le comunicó, que tomó carne en sus propias entrañas. Ese es el gran misterio de la santidad de María. Sobre ella viene el Espíritu Santo, que es el lazo de amor del Padre y el Hijo. En María se anticipa el Pentecostés que funda la Iglesia santa, aunque esté compuesta de pecadores. María estuvo llena de Dios desde el primer instante de su vida, no porque ella fuera capaz de hacer nada de especial, sino simplemente porque el Señor la había elegido para ser la Madre de su Hijo.

Dios ha triunfado totalmente del mal en la persona de María, nuestra hermana mayor, una de nuestra raza. Eso nos da la esperanza de que Dios un día triunfará sobre el mal y el pecado, también en nosotros. También nosotros hemos sido elegidos y llamados a la santidad desde toda eternidad (Ef 1, 3-6. 11-12).  Al final no contará nuestro pecado sino el amor infinito que Dios nos tiene y nos ha manifestado en Cristo Jesús. Al final, también cada uno de nosotros sabrá acoger ese amor. Con esa esperanza no debemos desanimarnos ante el espectáculo que ofrece a veces el mundo y la sensación  que tenemos  de que nuestro esfuerzo pastoral es inútil. El Beato Chaminade estaba convencido de que María Inmaculada vencerá también esta indiferencia religiosa en la que está sumergida nuestra sociedad. Que la celebración de la eucaristía nos anime a todos a  seguir combatiendo los combates de la Inmaculada en su lucha contra el mal en este mundo.

 

 

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Preparar los caminos del Señor

6 de diciembre de 2020 – Segundo Domingo de Adviento

La pandemia está resultando una especie de test al que nos están sometiendo. ¿Saldremos mejores o peores? Dependerá de nosotros, de la actitud con la que estamos viviendo este tiempo de prueba. La cercanía de la Navidad está poniendo al descubierto el que muchas personas, las que pueden permitírselo, están pensando como siempre en el consumo. Pero hay otras que tratan de descubrir el verdadero sentido del nacimiento del Hijo de Dios en una historia siempre atormentada en la que la mayor parte de la humanidad son las víctimas. El Papa Francisco ha querido invitarnos a un cambio de cultura que vuelva a los auténticos valores humanos que facilitan la paz, la fraternidad, la amistad social. Una cultura del encuentro que no excluye a nadie.  Es el momento de la solidaridad cristiana para que haya Navidades para todos. Es la hora del compartir, de renunciar a tantas cosas superfluas para que todos puedan tener lo necesario.

Es necesaria también una palabra de esperanza basada no tanto en los cálculos humanos como en el amor de Dios que se ha comprometido para siempre a favor de los hombres. Es comprensible que para muchos la mejor noticia sería oír que la crisis ha terminado. Algo así anunciaba el profeta consolando a su pueblo (Is 40,1-5). Claro que para que la noticia fuera creíble, muchos exigirían que fuera acompañada de ofertas de trabajo, mejor no precario. Desgraciadamente, por el momento, serán pocos los que tengan esa suerte. ¿Qué nos aporta en estos momentos la esperanza cristiana? Ante todo nos dice que Dios quiere siempre nuestra felicidad y que no nos va a dejar solos en la estacada. Él nos ha ayudado a superar situaciones más difíciles en el pasado y también ahora nos sacará de la crisis.  La Palabra de Dios pone ante nuestros ojos la esperanza de un mundo nuevo en el que habite la justicia (2 Pedro 3,8-14).

Ese mundo nuevo es un regalo de Dios pero hace falta nuestra colaboración, poner en movimiento todos los recursos personales y sociales. Son necesarios sin duda pequeños gestos que muestren que se puede avanzar en ese camino hacia la tierra nueva. El profeta habla de valles que hay que levantar y montes que hay que abajar. El contraste entre la pobreza y la riqueza en nuestro mundo es cada vez más sangrante. La Palabra de Dios exige de nosotros allanar los caminos, luchar contra la injusticia y la desigualdad. Existen en nuestros caminos demasiadas curvas peligrosas que ponen en peligro nuestra vida y la de los demás; muchos baches que pueden provocar una catástrofe. De vez en cuando suena la alarma social, pero pronto nos olvidamos de las situaciones que la provocan.

¿Cómo salir de esos caminos que no llevan a ninguna parte, que tan sólo nos hacen dar vueltas en torno a nosotros mismos? Se trata de encontrar el verdadero camino, que es Jesús. Para ello hay que escuchar la voz  del evangelio que resuena en desierto de nuestras conciencias aletargadas (Mc 1,1-8). Es una palabra que nos invita a la conversión, a reconocer nuestro pecado estructural y personal, y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. Se trata de tomarse en serio los compromisos que formulamos en nuestro bautismo. Que la celebración de la Eucaristía, que anticipa ya esa tierra nueva de la fraternidad, renueve en nosotros la esperanza y  nos lleve implicarnos seriamente a favor de la justicia y de la paz.

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