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El Señor volverá

24 de mayo de 2020 – La Ascensión del Señor

 

La crisis del coronavirus, como ha dicho alguien, es el reto mayor al que nos estamos enfrentando después de la segunda guerra mundial. No solo por el peligro que representa para la vida de toda la humanidad sino también por la crisis económica que está desencadenando, consecuencia de la paralización de la actividad productiva. Tenemos que anticiparnos y prepararnos para esa crisis. Debemos movilizar todas las fuerzas y recursos de los que disponemos confiados en que Dios nos ama y quiere nuestro bien.

Jesús resucitado de entre los muertos y sentado a la derecha de Dios intercede por nosotros.  Jesús vive en la intimidad de Dios y por eso sigue vivo y presente en nuestra historia a través de la acción de su Espíritu y de las personas y acciones de sus  seguidores. Jesús ha querido asociarnos a su misión de hacer presente la salvación de Dios en nuestro mundo.

Jesús mismo da un mandato a sus amigos de continuar su obra y promete estar siempre con ellos (Mt 28, 16-20). Se  nos anticipa así la historia de la Iglesia en la que sigue vivo el Señor resucitado. La llamada ascensión es la exaltación del crucificado, al que Dios hace justicia, sentándolo a su derecha. Estando con Dios, no se ha alejado de la historia humana, sino que está más presente que nunca pues ya no existen para Él las barreras del espacio y del tiempo (Ef 1,17-23).

No hay pues ruptura sino continuidad entre Cristo y su Iglesia, presente ya en su vida pública en la persona de sus discípulos, que reciben el testigo y lo van pasando a las generaciones venideras. Entramos en el tiempo de la misión, en el que no se puede estar mirando al cielo sino que hay que anunciar el evangelio (Hechos 1,1-11). La persona de Jesús se convierte en la clave de la historia universal y de cada una de las personas. En la acogida o el rechazo de Jesús cada uno se juega su destino. La Iglesia se siente por tanto investida de una misión muy seria. Está en juego nada menos la salvación o la perdición de las personas.

La Iglesia contempla la humanidad con el mismo amor de Dios Padre que tanto amó al mundo que le dio su propio Hijo, no para condenar al mundo sino para que se salve. La Iglesia quiere ser instrumento de salvación al servicio del mundo. En ella se anticipa esa salvación que es Cristo. La salvación no se refiere solamente a la otra vida, o a la vida del alma, sino que tiene que ver con la totalidad de la persona que experimenta ya ahora lo que significa ser salvada. Sin duda estamos salvados en esperanza, pero tenemos ya la garantía de lo que será la realidad definitiva que contemplamos ya en Cristo exaltado a la diestra del Padre.

La celebración de la Ascensión no puede menos que provocar una alegría en todos nosotros por el triunfo de Cristo, nuestro hermano, que ha coronado ya la existencia. No se ha ido sino que sigue presente entre nosotros. No se trata de una presencia puramente estática, como la del espectador que contempla impasible la historia humana. Se trata de una presencia dinámica comprometida con el futuro de la historia del hombre. Ahora tenemos un hombre que puede hablar a los oídos de Dios en un lenguaje humano. El intercede constantemente por nosotros ante el Padre. Fijos nuestros ojos en él, tratamos de desplegar todo el dinamismo de la esperanza cristiana poniendo manos a la obra. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a ser testigos creíbles de la presencia de Jesús en nuestro mundo.

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No os dejo huérfanos

17 de mayo de 2020 – 6 Domingo de Pascua

 

Todo tiempo de crisis, también este del coronavirus, implica un peligro y una oportunidad. El virus está poniendo en peligro nada menos que nuestras vidas. Ha echado por tierra todos nuestros planes y ha dejado al descubierto la falta de fundamentos seguros en una civilización tan avanzada de la que no sentíamos tan orgullosos y de la que disfrutábamos despreocupados. Hemos palpado la orfandad espiritual en la que vivimos. Nos faltan personas de referencia que indiquen el camino a seguir. Los gobiernos perdieron tiempos preciosos en reaccionar porque no sabían por donde tirar.

De pronto las voces autorizadas han desaparecido, incluso el Papa ha sido muy parco en palabras, aunque ha hecho algunas propuestas de por dónde debe caminar la humanidad después del coronavirus. No se trata simplemente de volver a la llamada “normalidad”, que será de nuevo para muchos la dura realidad de la pobreza y la soledad. Hay que salir transformados interiormente para poder cambiar después nuestra manera de vivir.

Durante este tiempo han dominado las voces estridentes de los medios de comunicación que nos han robado el silencio que hubiera propiciado el aprovechar la oportunidad única que se nos ofrecía de cambiar nuestros deseos. Se han ofrecido entretenimientos y diversiones de manera que no pensemos demasiado y comencemos a aburrirnos y a considerar insoportable el encierro.

Pero la crisis también ha sido una oportunidad para que algunos colectivos hayan dado lo mejor de sí, el personal sanitario, la policía y el ejército, los trabajadores que han asegurado el aprovisionamiento diario. Es de admirar cómo los niños han soportado durante tanto tiempo el confinamiento. El no poder salir de casa ha quedado compensado por el disfrute de la presencia cariñosa de los padres. Probablemente los niños han intuido que habría otra manera de vivir más beneficiosa para ellos en la que lo importante sea el cariño de las personas y no simplemente la abundancia de cosas.

Los discípulos experimentaron una crisis terrible por la ausencia de Jesús, arrebatado por la muerte en la cruz. Se encontraron desvalidos en la situación de un huérfano menor de edad (Juan 14,15-21).  Durante la presencia terrena de Jesús, éste era su defensor y consolador. Ahora será el Espíritu el que asuma esa misión. Se sigue suponiendo que los discípulos y seguidores de Jesús se encuentran en situaciones difíciles y conflictivas en las que es necesario la ayuda, la defensa y el consuelo. Todo eso lo hace el Espíritu. Él es el Espíritu de la verdad, frente al espíritu del error en que yace el mundo. La verdad se abre camino por sí sola. Es el Espíritu el que irá reivindicado ante el mundo la persona de Jesús y su causa, ahora vivida por sus discípulos.

Esta venida de Jesús en su Espíritu es una venida íntima, que acontece en el profundo del ser de la persona. No es un acontecimiento ostentoso visible para todos, aunque acontecía a través de la imposición de manos de los apóstoles (Hechos 8,5-8.14-17). Implica, por tanto, a la comunidad eclesial y a cada cristiano llamado a dar razón de su esperanza (Pedro 3,15-18). La falta de esperanza que invade nuestro mundo, en buena medida viene de la ausencia de Dios y de la banalización de la existencia. Es el Espíritu el que hace que la Iglesia no sea simplemente un tinglado humano más sino un instrumento al servicio del plan de Dios. Pidamos que también nosotros podamos experimentar en nuestras vidas su acción transformadora.

 

 

 

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Yo soy el camino, la verdad y la vida

10 de mayo 2020 – 5 Domingo de Pascua

El coronavirus ha agudizado la deshumanización de la muerte. Durante las últimas décadas hemos visto cómo la muerte tiene lugar en los hospitales y no en los hogares. Es posible que los enfermos sufran menos y los familiares también, pero no cabe duda que se acentúa la soledad del enfermo al que se le priva del afecto humano. Durante estos meses muchos de nuestros seres queridos se nos han ido sin la presencia del cariño familiar, sin que hayamos podido despedirnos de ellos y sin que les hayamos podido rendir la última prueba de nuestro afecto en el entierro. Hemos delegado en los profesionales esas tareas. Pero eso no nos consuela, a pesar de que sabemos que ellos están con el Señor, liberados de las ataduras del dolor y de la muerte.

Algunos dicen que no sabemos qué hay después de la muerte, en el más allá, por que de allí nadie ha venido a contarnos nada. Los cristianos sabemos qué dónde venimos y adónde vamos porque Jesús vino de parte del Padre a revelarnos la vida eterna y a indicarnos el camino hacia ella. Él mismo nos precedió para prepararnos allí una morada en la casa del Padre (Juan 14,1-12). No es mérito nuestro el saber esto ni por ello somos superiores a los demás. Pero somos portadores de una esperanza para todo el mundo. No nos dejemos arrebatar la esperanza, como nos lo ha recordado el papa Francisco.

El apóstol Tomás se hizo el portavoz de todos los inquietos y declaró que no conocíamos el lugar de destino y por tanto tampoco el camino. Jesús hizo entonces la gran revelación que despeja todas nuestras dudas e incógnitas. Él es el camino, la verdad y la vida. Queda claro que nuestro destino es el Padre. La única vía de acceso es Jesús mismo. Lo es porque Jesús es la revelación del Padre, la verdad. En Él se nos desvela el misterio de Dios, que es a la vez el misterio del hombre, el misterio de su amor por nosotros.

Al revelársenos en Jesús la verdad auténtica del hombre, Él es la vida, la vida eterna. La persona de Jesús es pues la respuesta a todas nuestras preguntas e inquietudes. Como Él, también nosotros venimos de Dios y vamos a Dios con Cristo Jesús. Conocer íntimamente la persona de Jesús es conocer amorosamente la persona del Padre. La única manera de conocer al Padre, de tener trato íntimo con Él, es la persona de Jesús.

Pero de nuevo se manifiesta el despiste de los discípulos, en este caso de Felipe. Éste pide simplemente que le muestre a Dios y todo lo demás sobra. Jesús se da cuenta de que su vida y enseñanzas han ayudado poco a los discípulos. Todavía no han sido capaces de descubrir en su persona la persona del Padre. No se han dado cuenta de que la persona de Jesús tan sólo se entiende a partir de Dios, como revelación definitiva de Dios. Los discípulos hubieran debido darse cuenta de que a través de Jesús era el Padre el que estaba hablando con ellos. En la persona de Jesús era el Padre el que estaba actuando, realizando aquellas obras maravillosas y sobrehumanas.

Esta unión indisociable entre Jesús y el Padre implica también la unión entre Jesús y el creyente. Éste hará las mismas obras de Jesús, y aún mayores, pues Dios actuará en él, al irse Jesús al Padre. La gran obra de Jesús se prolonga en la Iglesia, una Iglesia carismática y ministerial, sobre todo al servicio de los necesitados (Hechos 6,1-79. En ella todos somos miembros activos, que contribuyen a su edificación para el bien del mundo (1Pedro 2,4-9). La Iglesia, para ser creíble, tiene que seguir realizando las mismas obras de liberación que hizo Jesús durante su vida mortal. Él actúa hoy a través de los creyentes que somos sus colaboradores en la obra de salvación de los hombres. De manera especial la Iglesia se construye en torno a la eucaristía porque en ella hacemos presente la salvación de Dios que irrumpe constantemente en la historia de los hombres.

 

 

 

 

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