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He venido para que tengan vida en abundancia

3 de mayo de 2020 – Cuarto Domingo de Pascua

 

Para la Jornada Mundial de las Vocaciones de este domingo, el papa Francisco nos ha dirigido un mensaje, muy apropiado para la crisis que estamos viviendo, escrito cuando ya ésta había empezado. Se titula “Las palabras de la vocación”. Se inspira en la escena del encuentro de Jesús con sus discípulos cuando van de noche en la barca y los vientos les eran contrarios. Tienen tal miedo que confunden a Jesús con un fantasma. Jesús, en cambio, invita a Pedro a caminar sobre las aguas. Tres semanas más tarde en plena crisis, el papa invitaba a tener fe y no temer, inspirándose en la escena paralela de la tempestad calmada.

Cuatro son las palabras que describen la vocación: gratitud, fatiga, ánimo y alabanza. Todos tenemos una vocación y una misión. Esta vocación es una llamada de Dios y no un simple proyecto humano. Se concreta en una de las tres formas de vida cristiana: el matrimonio, el sacerdocio y la vida religiosa. La llamada viene de contemplar la situación del mundo y estado de abandono en que se encuentran tantas personas, descarriadas como ovejas, esperando poder encontrar al  pastor y guardián sus vidas (1 Pedro 2,20-25). Pedro aprendió del Maestro el oficio de pastor e intenta orientar las personas hacia Cristo para que tengan vida, viviendo en una comunidad de creyentes (Hechos 2,14a.36-41).

Era lo que Jesús había anunciado con dos parábolas, la del pastor y la de la puerta. En ellas se presenta como pastor del rebaño y la puerta de la majada donde pasa la noche el rebaño (Jn 10,1-10). En este caso el pastor de las ovejas es una persona diferente de la del guardián nocturno. Éste conoce sin duda al pastor y le abre la puerta de la majada. En la Biblia, tanto el pastor como el guardián de Israel es el mismo Dios. Con esta imagen se evoca sobre todo el éxodo y la travesía del desierto. Dios apacienta a su pueblo mediante pastores humanos.

Pero no todos los pretendidos pastores lo son de verdad. Los hay auténticos bandidos y ladrones. Éstos no entran por la puerta sino que, sin que se dé cuenta el guardián, escalan los muros para entrar dentro. Sólo Jesús es el verdadero pastor del rebaño. Él ha entrado verdaderamente por la puerta y no a hurtadillas. Las ovejas lo reconocen y lo siguen porque también él huele a oveja.

Jesús se presentó como el buen pastor frente a todos los que habían venido antes, a los que considera ladrones y bandidos, que no han entrado por la puerta del aprisco, con conocimiento del guardián de las ovejas. Jesús es la puerta y los demás no han entrado por ella. Jesús ve en los pastores anteriores tan sólo salteadores que han sacado las ovejas por los muros para robarlas y degollarlas.

Jesús es la verdadera puerta. Tan sólo a través de Él tenemos acceso a la majada de Dios. Las ovejas que salen y entran a través de Él, que es la puerta, se salvan y encuentran pastos, encuentran la vida. Jesús ha venido para que tengamos vida en abundancia. Tan sólo Él, enviado del Padre, puede darnos la verdadera vida. Él la ha puesto en nosotros en el bautismo como una semilla que va creciendo sin que nosotros sepamos cómo. Eso sucede también muchas veces con la vocación a la vida sacerdotal. Pidamos al Señor que nos dé los pastores que la Iglesia necesita para seguir alimentándonos con el pan de su palabra y con el sacramento de la eucaristía.

 

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Lo reconocieron al partir el pan

26 de abril de 2020  – 3 Domingo de Pascua

La crisis del virus está haciendo mella en el corazón de las personas, que poco a poco van perdiendo la esperanza ante la certeza de que el virus no es lo peor, sino que lo peor está por venir en el terreno de la economía. Hay un gran deseo de poder volver a la llamada normalidad. Normalidad que no les gustaba a los que toda su vida han estado sufriendo toda clases de virus asociados a la pobreza: hambre, explotación, maltrato… El papa Francisco nos invita a mirar al futuro con esperanza. Ha repetido varias veces. “No os dejéis robar la esperanza. No permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino”.

Para reanimar nuestra esperanza nos  viene bien el evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). El punto de partida es la frustración humana que, a pesar de todo, sigue discutiendo sobre lo ocurrido, sigue buscando. No podemos resignarnos a que el mundo sea como es. Otro mundo es posible. Jesús se hace presente, aunque se experimenta la imposibilidad de reconocerlo. Jesús va a actuar de verdadero catequista. Empieza interesándose por sus experiencias humanas frustrantes. ¡Cuántas ilusiones perdidas!

Para muchos los últimos cincuenta años son la experiencia del fracaso del cristianismo sobre todo en Europa. Los hombres han ido construyendo la historia y la sociedad de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. La situación actual difícilmente era previsible en los comienzos. Habría que haber sido profeta como David para intuir el futuro (Hech 2,14.22-33), o quizás el futuro es siempre novedad y no se deja predecir. Jesús interpreta el fracaso de la cruz a la luz de la Palabra. Los planes de Dios no son los del triunfalismo y el éxito sino el pasar a través de la muerte a la resurrección. Los discípulos fueron sintiendo que sus corazones se caldeaban e iba desapareciendo la tristeza al escuchar a aquel desconocido.

Se hicieron tan amigos de aquel compañero de camino que le invitaron a quedarse con ellos pues estaba llegando la puesta de sol. Jesús aceptó la invitación y al sentarse a la mesa, fue él el que tomó la iniciativa de romper el pan para dárselo. Entonces se dieron cuenta de que no era la primera vez que lo hacía con ellos. Era Jesús en persona el que estaba allí.  Entonces se produjo la apertura de los ojos de la fe, pero no pudieron ya detener a Jesús. Se fue para que ellos tuvieran libertad de acción. Enseguida se dieron cuenta de la tontería que habían hecho al marcharse de Jerusalén donde quedaba la comunidad de los discípulos. Volvieron inmediatamente y comentaron con los de allí lo que les había ocurrido. También en Jerusalén se habían encontrado con el Maestro resucitado.

Dios no le garantizó a Jesús el éxito, ni nos lo ha prometido tampoco a nosotros. No es en el triunfo humano en el que hemos puesto nuestra confianza sino que “habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Ped 1,17-21). El éxito humano y numérico es muy relativo. Lo que cuenta es el bien que se hace. Pero ni tan siquiera tenemos garantía de que haremos una obra bien hecha. Tampoco a Jesús le salieron las cosas perfectamente bien. Hay sin duda muchas obras buenas y bien hechas en nuestro cristianismo español. Pero no es eso lo importante en la fe cristiana. Lo que cuenta es la fidelidad a la persona de Jesús y a su mensaje. Que la celebración de la eucaristía nos permita reconocer al Señor resucitado y nos una más íntimamente a la comunidad eclesial.

 

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Los creyentes vivían todos unidos

19 de abril de 2020 – Segundo Domingo de Pascua

La crisis actual nos ha hecho experimentar que todos vamos en el mismo barco y que dependemos los unos de los otros. La experiencia de soledad y de abandono nos ha hecho añorar la presencia de una mano amiga que me traiga la comida y las medicinas a la puerta de mi casa. Desgraciadamente algunos siguen aferrados al sálvese quien pueda y no quieren tener en sus escaleras personas que se están jugando por ellos su salud combatiendo la epidemia en primera fila. En este momento necesitamos comunidades cristianas que se solidaricen con los más necesitados, en las que se viva el perdón y se descubra al Espíritu, que nos urge a la misión para transformar nuestro mundo.

Tan sólo en comunidad se puede hacer la experiencia del Señor resucitado, superando la tentación de escepticismo que amenaza a los individuos desarmados ante las realidades sociales. También los discípulos tuvieron miedo a ser víctimas de ilusiones y cuentos. El Apóstol Tomás, en nombre de todos, pidió un encuentro personal con el Resucitado, sin fiarse de lo que los demás le contaban (Jn 20,19-31).

Jesús se dejó encontrar personalmente por Tomás y quiere que también cada uno de nosotros lo experimentemos vivo en nuestras vidas. El que Jesús proclame felices a aquellos que han creído sin haber visto no significa que la fe no sea una verdadera experiencia religiosa. En la vida hay muchas experiencias que no se reducen a ver y tocar. ¿De qué tipo de experiencia estamos hablando?

La experiencia del Resucitado tiene tres dimensiones, una objetiva, otra subjetiva y otra comunitaria. No se pueden separar una de otra. Es una experiencia objetiva en el sentido de que no la fabrico yo sino que me es dada. Es el Señor el que se hace encontrar y nos da la fe para reconocerlo. Mediante la fe acontece un encuentro verdaderamente personal que pone en juego toda mi persona. Este elemento personal ha sido unilateralmente separado por la cultura moderna, que reduce todo a una experiencia subjetiva individualista. Cada uno trata de encontrar ante todo consuelo en el encuentro con Jesús y solución para sus problemas. De esa manera hemos vivido un cristianismo demasiado intimista que no incide en la transformación del mundo.

La transformación del mundo es obra no de una persona sino de la comunidad humana. Tenemos que recuperar para nuestra fe la dimensión comunitaria, que tuvo al principio, y que hizo que las comunidades cristianas cambiaran la historia humana o al menos indicaran en la dirección en que debe ser cambiada. Los primeros cristianos crearon unas comunidades alternativas a las existentes en el imperio romano.

Lo que más llamó la atención es que “ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (Hech 4,32-35). Los cristianos, siguiendo a Jesús, cuestionaron uno de los pilares del mundo antiguo: la propiedad privada. Las propiedades no están simplemente para transmitirlas a los hijos sino que están al servicio de los necesitados.

Hoy día necesitamos comunidades creíbles en las que sea posible el encuentro con el Resucitado. Tomás sólo se encontró con Jesús cuando se integró en la comunidad. El Beato Chaminade quería ofrecer al mundo “el espectáculo de un pueblo de santos”, pues hoy día no basta la santidad individual. Son necesarias numerosas comunidades que hagan presentes el amor de Dios en el mundo (1 Jn 5,1-6). Por eso fundó la Familia Marianista formada por religiosas, religiosos, laicos y miembros de un instituto secular. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a construir comunidades cristianas en las que se pueda hacer la experiencia del Señor Resucitado.

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Ha resucitado

12 de abril de 2020 – Vigilia Pascual de la Resurrección

 

Llegó la celebración de la Resurrección de Cristo. Aparentemente no ha cambiado nada. El virus sigue haciendo estragos. Pero nosotros estamos convencidos de que la última palabra la tiene el Señor de la vida. Celebramos su resurrección en la intimidad de la familia, porque la resurrección es el acontecimiento vivido por la Trinidad, origen de toda familia.

Hay reuniones de familia en las que hacemos memoria de la historia familiar. Esta noche leemos algunos momentos más significativos de esa historia del amor de Dios a favor de su pueblo. Todo empezó con la creación, inicio de esa historia y momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.

Ninguno de los evangelios narra propiamente lo que pasó en el momento de la resurrección. Todos utilizan un lenguaje eminentemente simbólico, el único que puede unir el tiempo y la eternidad. Mateo es el único que aparentemente intenta una explicación del hecho (Mt 28,1-10). Lo presenta como una intervención de Dios en la historia mediante la figura de un ángel, que provoca una especie de terremoto al correr la piedra de la entrada del sepulcro.

Ante la acción divina, tanto los guardias como las mujeres quedan presos de pánico. El ángel trata de tranquilizar tan sólo a las mujeres, que son las destinatarias del mensaje celeste. Se proclama el mensaje cristiano: el crucificado, que buscan las mujeres, no está allí sino que ha resucitado, según lo había anunciado. Es, por tanto, un hecho que no debiera sorprenderlas. Ellas mismas pueden constatar que no está en el sitio donde yacía.

El ángel confía a las mujeres el anuncio de la resurrección a los discípulos. Éste contiene no sólo el hecho de la resurrección sino también su interpretación. Jesús tiene de nuevo la iniciativa. El resucitado, presente en la historia, les da cita en Galilea para encontrarse con ellos allí. También las mujeres deben recordar a los discípulos que todo esto había sido ya anunciado por Jesús y, por tanto, es la confirmación de sus palabras.

Las mujeres, impresionadas y llenas de alegría, corrieron a dar la buena noticia a los discípulos. Para ellas había sido suficiente el escuchar el anuncio de la boca del ángel. Pero, de pronto, van a tener la confirmación al ver a Jesús que vino a su encuentro. Su saludo es una invitación a la alegría, como en otras apariciones es un deseo de paz. Paz y alegría es el saludo cristiano, fruto de la buena noticia de la resurrección del Señor.

Las mujeres, postrándose ante Él y abrazándole los pies, muestran su temor reverencial ante su persona. Por eso Jesús tiene que tranquilizarlas. Les da el mismo encargo que el ángel para sus discípulos, aquí llamados “hermanos”; les cita en Galilea. ¿Por qué en Galilea? Jesús había empezado su ministerio en Galilea. Allí había llamado a sus discípulos. La muerte había interrumpido aparentemente su misión. Ahora les va a mostrar que la misión continúa, porque Jesús sigue vivo. Jesús está vivo y eso es lo que hace que su Evangelio siga siendo una fuerza de salvación para el que cree en él, en Jesús. Que en la celebración de la eucaristía experimentemos la presencia del Señor resucitado que nos envía a anunciar esta Buena Noticia.

 

 

 

 

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Mirar al crucificado

10 de abril 2020 – Viernes Santo

 

Esta larga cuarentena nos está mostrando a los creyentes que  no es posible un cristianismo sin cruz. También los no creyentes están experimentando esa cruz pues estamos en la misma barca azotada por la tempestad, como recordó el papa Francisco. También ellos tratarán de encontrarle sentido a esta prueba a partir de sus convicciones o considerarán que es una manifestación más de la falta de sentido de la vida. Para los creyentes, el Señor crucificado  constituye el centro de nuestra fe, hecho escandaloso que no debemos traicionar silenciándolo. Nosotros creemos que participando en su Pasión tendremos parte también en su Resurrección.

Hoy escuchamos de nuevo la historia de su pasión. San Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Mateo, que escuchábamos el Domingo de Ramos, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Pero su poder es el del servicio, el de dar la vida a favor de los demás. Es un servicio que, como insistía el papa en el inicio de su pontificado, que se hace cargo de los demás, que cuida con ternura no sólo a  los hombres sino también a toda la creación.

En la narración de Juan, Jesús ya no es simplemente la víctima pasiva y silenciosa sino el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades. Jesús es condenado por ser testigo de la verdad, de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. La verdad es siempre incómoda pero se abre siempre camino. También la Iglesia está al servicio de la verdad, no para usarla como instrumento arrojadizo contra los adversarios sino para que ésta se abra paso en el corazón de todo hombre que busca el bien, la verdad y la belleza.

Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.

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Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros

9 de abril de 2020 – Jueves Santo

 Esta Cuaresma, tiempo de gracia, nos ha hecho el regalo de descubrir la familia como Iglesia doméstica. En los comienzos, los cristianos celebraban la cena del Señor en sus casas. Hasta este año la misa transmitida era para los enfermos y personas mayores que no podían ir a la iglesia. Este año es la norma general para las familias cristianas. Nos quedaremos sin la comunión sacramental del cuerpo y sangre de Cristo, pero no estaremos privados de la comunión, unión profunda con Cristo y el Padre que tiene lugar a través de la fe y la acción del Espíritu. Por la fe Jesús habita en nuestros corazones en los que ha hecho morada la trinidad santa. La fe es nuestra respuesta a la Palabra de Dios que recibiremos abundantemente en estas celebraciones. La Palabra invita a un diálogo de amor, en el que Dios se nos da y nos nosotros nos entregamos a Él. Es esa unión profunda la que hemos mantenido con nuestros seres queridos que nos han dejado sin darnos la oportunidad de acompañarlos y despedirlos y honrarlos. La fe y el amor son los que mantienen esa comunión y unión.

 

Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

 

Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega de su Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

 

Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

 

Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.

 

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Se hizo obediente hasta la muerte de cruz

5 de abril de 2020 – Domingo de Ramos

La celebración de la Semana Santa este año será distinta. Tendrá un carácter de sobriedad e intimidad, parecida a la cena de Jesús y a su resurrección. No habrá las multitudes del día de su Pasión evocada en nuestras procesiones tradicionales. Pero todos celebraremos con intensidad su pasión y resurrección.  Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa. En vez de entrar como un triunfador, se presenta como una persona humilde, dispuesta a afrontar los fracasos de la vida (Is 50,4-7). Escucharemos una vez más la lectura de la pasión (Mt 27,11-54). No asistiremos, sin embargo, como si se tratase de un espectáculo, ajeno a nuestras vidas, sino que nos sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús.

El himno de la Carta a los Filipenses (2,6-11) nos permite situarnos en el corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el fondo.

Jesús, como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen derechos.

El hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús aceptó obediente  la muerte, porque veía en ella la manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. Jesús aceptó además una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó con nuestros pecados.

Es entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos. Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia, su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad. Ahora Jesús es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra.

El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y abandonado. Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo llevará al triunfo. Confiemos también nosotros en este tiempo de prueba y mantengámonos fieles a Jesús. Ya que compartimos su pasión, tendremos también parte en su resurrección.

 

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