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El último puesto

1 de septiembre de 2019 – 22 Domingo Ordinario

El evangelio pone siempre en cuestión nuestras vidas personales y nuestras costumbres sociales. Nada parece más normal que el deseo de tener un buen puesto en la sociedad. A menudo los estudios se eligen pensando en los resultados económicos, que uno va a obtener después con el ejercicio de tal profesión. Pocas veces se tiene en cuenta la verdadera utilidad social y la propia vocación. Todos queremos que los demás nos vean como personas triunfadoras.

Jesús en el evangelio recomienda buscar siempre el último puesto (Lc 14,1.7-14). La verdad es que los últimos puestos solían estar siempre libres. Si Jesús recomienda el último puesto es porque Él mismo ha querido ocuparlo y situarse entre los últimos. Siendo Dios podía haber elegido una vida sin problemas, naciendo en un país rico en una familia que tuviera todo resuelto. Pero de esa manera su vida tan sólo hubiera sido atractiva para una élite intelectual o aristocrática, que se habría identificado con sus ideales. Escogiendo vivir como uno de tantos millones, ha podido convertirse en el hermano de todos, sobre todo de los pobres y de los que no cuentan a los ojos del mundo. El mismo Dios, que nosotros imaginamos como todopoderoso e importante busca la compañía de los humildes y permite ser ignorado en nuestro mundo (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29).

El banquete recuerda siempre el Reino de Dios. Allí habrá sorpresas. Como Jesús dice varias veces: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La irrupción del Reino de Dios en este mundo ha provocado ya una inversión de todos los valores. La sociedad no se transforma a base de voluntad de dominio sino con la disponibilidad al servicio y solidaridad con los más débiles. En el Reino de Dios los poderosos de este mundo serán los que ocuparán los últimos puestos.

Fruto de este nuevo estilo de vida es la recomendación de Jesús de invitar o hacer el bien a las personas que no te pueden corresponder. La vida social está basada en el intercambio de dones, en el dar y el recibir. Desgraciadamente ese intercambio se toma en sentido puramente material y entonces vemos que hay personas que no nos pueden aportar nada porque no tienen nada. Entonces los excluimos y verdaderamente no cuentan a la hora de organizar nuestro mundo. Los países pobres, sin embargo nos aportan tanto. El sentido religioso de la vida, el valor de la familia, el aprecio por la comunidad, el gozo de vivir, son siempre inyecciones de alegría en nuestro mundo triste y cansado. También tantas personas sencillas, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad, hacen presente todo un tesoro de bondad y generosidad que verdaderamente salva el mundo.

La Iglesia parece haberlo comprendido cuando ha ido a buscar un Papa de un país lejano, de la periferia de nuestro mundo. El Papa Francisco nos recuerda constantemente que la Iglesia tiene que salir hacia las periferias sociales, hacia los pobres, porque Jesús mismo fue pobre y proclamó dichosos a los pobres. La participación en la eucaristía anticipa el banquete en el Reino. Comporta un compromiso por nuestra parte de compartir con nuestros hermanos todos los bienes, mostrándonos solidarios los unos con los otro

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La puerta estrecha

25 de agosto de 2019 – 21 Domingo Ordinario

La preocupación por la propia salvación y la de los demás ha movido a lo largo de la historia a tantos cristianos, y de manera especial a religiosos y sacerdotes, a entregar su vida al servicio del evangelio. Ese pensamiento ha dejado paso a un deseo de vivir, de disfrutar de la vida en el presente y después que venga lo que tenga que venir.

El miedo a que sean pocos los que se salven ha llevado a entrar por la puerta estrecha, de la que habla Jesús, porque amplio es el camino que lleva a la perdición (Lc 13,22-30). Surgió así un cristianismo exigente de sacrificio y de renuncia con lo que se quería asegurar la salvación. Jesús insiste sin duda en el esfuerzo que hay que hacer para entrar antes de que la puerta se cierre. Ante todo quiere sacudir la confianza ingenua de los que piensan que basta pertenecer al pueblo elegido o estar bautizado para tener ya acceso al Reino. Uno puede llevarse el chasco de que el Señor no lo reconozca después de haber pasado toda una vida rezándole o sacrificándose por Él.

Lo más llamativo es que las puertas del Reino se abren a aquellos que parecían excluidos, a los paganos (Is 66,18-21). Se cumplirá aquello de que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. Entonces ¿qué hay que hacer? Dejar las seguridades puramente humanas convertirse al Reino. El Reino no se le puede conquistar con la violencia ni con los esfuerzos humanos. Es un don de Dios. Pero hay que saber acogerlo. Para ello hay que vaciarse de sí mismo, dejar todos los títulos de propiedad y presentarse pobre ante Dios. Reconocer que sólo Él nos puede salvar. Pero el Reino no es una realidad abstracta. Es la persona de Jesús, que se hace presente en la vida de la Iglesia y del mundo. Entrar por la puerta estrecha es seguir a Jesús, vivir y encarnar los mismos valores que Él vivió y que le llevaron a la muerte y a la Resurrección.

No hay Resurrección, no hay salvación, sin esa comunidad de destino con Cristo crucificado. Buscar una gracia barata de garantías puramente humanas es permanecer ante la puerta cerrada por nuestra culpa. En verdad la puerta del Reino está siempre abierta. Quizás nos pasa como al protagonista de Kafka que quiere entrar en la catedral de Praga y encuentra la puerta cerrada. Empuja y empuja en ella sin que ésta ceda. Tras un largo forcejeo se da cuenta de que la puerta abre hacia afuera. Ese fue el error del pueblo elegido, creer que la puerta se abría tan sólo para los de dentro. La puerta se abre para todos los que están fuera o nosotros creemos que están fuera.

Para que no nos pase lo mismo que al pueblo elegido, el Señor nos corrige suavemente (Hb 12,5-13). La Palabra de Dios nos ayuda a volver al verdadero camino cuando nos hemos desviado con nuestro afán de justificarnos a nosotros mismos. A nadie le gusta admitir que nos hemos equivocado, sobre todo cuando son los demás los que nos lo hacen ver. En este caso es Dios nuestro Padre el que trata de enderezar nuestros pensamientos y nuestros caminos para que no pongamos la confianza en nosotros mismos sino en su gracia que nos salva.

La celebración de la eucaristía mantiene para todos nosotros abierta la puerta de la salvación. Esa puerta es Cristo. Por Él tenemos libre acceso al Padre. Participar en la eucaristía es tomar parte ya en el banquete del Reino junto con todas las naciones que Dios ha invitado para manifestar su amor con todos. Alegrémonos porque la salvación es universal y demos gracias a Dios que nos ha llamado sin méritos propios.

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No he venido a traer paz

18 de agosto de 2019 – 20 Domingo Ordinario


La salida de Gran Bretaña de la Comunidad Europea es sin duda un duro golpe a la construcción de Europa. Estamos asistiendo a dos tendencias opuestas en nuestro mundo. De un lado está la globalización del mercado que hace que todos los pueblos sean interdependientes los unos de los otros. Así se crea una comunidad “sui generis”, que algunos consideran una globalización de la miseria. De otra parte los conflictos entre los pueblos, y dentro de los propios países, parecen agudizarse cada vez más. En esta situación ya suficientemente peligrosa, Jesús parece echar todavía más leña al fuego diciendo: “He venido a traer división (Lc 12,49-53).

El fuego en la Biblia es una imagen del juicio de Dios. Cuando Dios se manifiesta establece la justicia. Dios se manifestará sobre todo en la pasión y resurrección de Jesús, que está caminando ahora hacia Jerusalén. Va deseoso de sumergirse en el bautismo de sufrimiento. El bautismo cristiano en agua y Espíritu, representado también como un fuego, es una participación en la muerte y resurrección de Jesús. Jesús podía haber optado por una vida sin complicaciones, sin embargo tomó sobre sí la cruz sin preocuparse del deshonor e infamia que comportaba. Fuego y agua serán los instrumentos de purificación y salvación del pueblo en el juicio de Dios. Éste se va a mostrar como un Dios de perdón y de misericordia.

El crucificado y resucitado será la bandera discutida ante la cual las personas tendrán que tomar postura y decidirse a favor o en contra de Él. Las primeras generaciones vivieron en su propia carne la división que producía en las familias la conversión del cristianismo y el abandono de la religión tradicional familiar. En ese sentido Jesús no ha venido a traer una paz fácil, como la que hoy día se busca en las familias. En nombre de la paz familiar se evita la confrontación sobre los valores que dan sentido a la convivencia familiar. Jesús es causa de división en el interior mismo de las relaciones familiares.

No se nace cristiano sino que se convierte uno en cristiano mediante una decisión personal muchas veces dolorosa porque cuestiona la herencia cultural recibida. La opción a favor de Jesús tendrá que soportar muchas veces la oposición de los pecadores, que pueden formar parte del mismo círculo familiar. Son muchas veces los padres los que disuaden a sus hijos de abrazar la vocación religiosa o sacerdotal y se la pintan como una vida aburrida o como una profesión sin relieve social.

Hay que mantener siempre fija nuestra mirada en Jesús, que inició y completa nuestra fe. Él es nuestra meta que no debemos perder de vista. No nos debe importar lo que digan nuestros familiares o nuestros mejores amigos. Nunca estaremos solos en ese seguimiento valiente de Jesús. Toda una nube ingente de testigos creyentes que han llegado ya a la meta nos contemplan y nos están animando (Hb 12,1-4).

Pertenecemos a un pueblo profético, que es capaz de descubrir la voluntad de Dios en cada momento. No siempre será cómodo el ponerla en práctica. Los profetas, buen ejemplo Jeremías, tuvieron que sufrir mucho de parte del pueblo por proclamar las exigencias de Dios en cada momento concreto de la historia (Jr 38,4-10). Su figura anuncia la de Jesús, rechazado también por el pueblo, del cual se verá excluido. Que nuestra participación en la eucaristía nos lleve a tomar partido a favor de Jesús y del evangelio.

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María, signo de esperanza

15 de agosto de 2019 – Asunción de la Virgen María

El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles dicen que creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y todavía es más sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental, que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.

Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente: credo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

 La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos lleve a trabajar por la venida del Reino.

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Vivir de la fe

11 de agosto de 2019 – 19 Domingo Ordinario

En nuestros tiempos de cambios acelerados van desapareciendo las certezas que antes daban una estabilidad y referencia a la vida de los hombres. Incapaces de conocer y dominar el futuro, a pesar de todos los adelantos, las personas se resignan a vivir al día, como la única certeza todavía posible. No es de extrañar que se haya tirado por la borda la fe como un fardo inútil o como una ilusión sin fundamento en la realidad pura y dura, que no admite paliativos ni consuelos fáciles.

Efectivamente la fe es eso, una manera de poseer ya lo que se espera, un medio de conocer las realidades que no se ven (Hb 11,1-2.8-19). A los ojos de nuestros contemporáneos la actitud de fe traduce una ingenuidad, que hace que uno sea víctima de una ilusión. Freud habló del porvenir de una ilusión, refiriéndose a la religión cristiana. No cabe duda que para él esa ilusión será despejada por la ciencia. A pesar de todo, aquí nos tienen de creyentes por la vida.

Nos anima a ello el ejemplo de los grandes creyentes de todos los tiempos que caminaron en la fe, sin haber visto realizadas de todo las promesas, pero viéndolas y saludándolas de lejos. En particular Abrahán y Sara son nuestros padres en la fe, que supieron esperar contra toda esperanza. Las promesas del Señor se fundan en su palabra todopoderosa que liberó a nuestros padres de la esclavitud de Egipto (Sab 18,6-9).

La fe nos lleva a no abandonar el puesto y a estar en guardia, incluso durante el verano y las vacaciones, con las lámparas encendidas a la espera del Señor (Lc 12,32-48). La cultura actual no sólo es una cultura de la noche, celebrada de noche, sino que la noche proyecta su sombra y su inconsciencia sobre el día. El mundo del consumismo crea una especie de letargo y de sopor que facilita el que seamos manipulados por todos los mensajes de falsa felicidad.

El cristiano sabe que estamos viviendo en los últimos tiempos, es decir en los definitivos y que todo minuto es precioso y no se puede desperdiciar. No se puede pasar la vida adormilados simplemente disfrutándola. Hay que realizar la misión que el Señor nos ha encomendado.

La única manera de estar despiertos y velar es sentirse responsables ante Alguien. Sólo el vivir ante Dios nos puede dar esa capacidad de atención al presente. Dios es una presencia total que nos circunda y nos envuelve. Pero no es una presencia puramente estática de algo que está ahí. Es una presencia dinámica que nos implanta en la vida y en el ser y que nos da las energías necesarias para vivir.

El hombre actual puede tener la sensación de que Dios está ausente, o que está lejos, o que tarda en venir. En realidad Dios está viniendo a nuestro encuentro en cada persona, en cada acontecimiento. Cada momento de nuestra existencia se entrecruza con la eternidad de Dios y nos ofrece la oportunidad de la salvación, de ser arrancados a esta realidad falsa y engañosa en la que nos toca vivir. Pero hay que confrontarse con esta realidad y no huir de ella. Saber que somos responsables de la construcción del Reino de Dios en este mundo que todavía tiene tantas marcas del anti-Reino. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra fe y nos ayude a mantener nuestras lámparas encendidas hasta que el Señor vuelva.

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