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El abrazo del padre

31 de marzo de 2019 – Cuarto Domingo de Cuaresma

La Iglesia hoy día, como la sociedad, se encuentra ante el problema de conjugar la justicia con la misericordia y el perdón. Ante los delitos que claman al cielo, todos estamos convencidos de que no basta pedir perdón y darse golpes de pecho sino que es necesario hacer justicia y compensar el mal hecho y garantizar que el culpable no va a repetir los mismos delitos.

La mal llamada parábola del hijo pródigo al padre bueno y sus dos hijos a los que tiene que tratar con amor y conseguir la reconciliación entre ambos. No le va a resultar fácil. Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan él sigue siendo un padre.

No es difícil descubrir en la figura del hijo menor una imagen del mundo moderno que no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que le coarte, saboreando la libertad.

En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar  en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que  le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.

Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Ese “hijo fiel” hasta hace poco podía ser considerado un retrato de nuestra Iglesia. Una Iglesia en continua confrontación con el mundo al que trata a veces como un extraño, casi como un enemigo, como si fuera un hijo que el padre tuviera, pero que para ella ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. Desgraciadamente los acontecimientos vividos estos últimos años muestran que el hijo mayor tan sólo en apariencia era hijo fiel. En realidad ha caído en los mismos vicios que el hijo pródigo, vicios que él pretende fustigar.

El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Somos hermanos en el pecado, en la necesidad de ser perdonados. Todos estamos al pie de la cruz de Cristo para recibir la reconciliación con Dios y con los hermanos (2 Cor 5,17-21). La Iglesia tiene que reconciliarse con el mundo. No se trata, sin duda de hacer componendas fáciles, como por desgracia vemos que existen. No se trata de adoptar el estilo del mundo sin más. Se trata ante todo de perder ese sentido de superioridad que a veces muestra nuestra Iglesia, ese creerse mejores, ese querer enseñar a los demás lo que tienen que hacer.

La Iglesia debe encarnar en nuestro mundo el rostro misericordioso de Dios encarnado en Cristo. Un rostro paterno y materno que sabe acoger tanto a los hijos fieles como a los hijos pródigos. Fue, sin duda, este rostro el que el Vaticano II quiso para la Iglesia, una Iglesia que camina con los hombres compartiendo con ellos las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias, sobre todo las de los pobres. Una Iglesia verdaderamente samaritana que se hace cargo de las víctimas que yacen al borde de los caminos de la vida. Como compañeros de camino que comparten el mismo pan, acojamos en la eucaristía el amor misericordioso de Dios nuestra Padre que nos perdona en Cristo Jesús y nos invita a reconciliarnos con el hermano.

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Luchar contra el mal

24 de marzo de 2019 – Tercer Domingo de Cuaresma

El Papa Francisco ha vuelto a hablar de la ofensiva del mal, incluso del maligno, que  no perdona ni siquiera a los menores inocentes. El maligno se sirve incluso de las personas de Iglesia  para destruirla, al menos en su credibilidad. Ante tanto sufrimiento, tenemos la impresión de que no existe Dios o que el mundo está dejado de las manos de Dios o se le ha escapado de sus manos. Son muchos los que lanzan inmediatamente la pregunta: ¿Existe Dios? ¿Dónde está Dios? ¿Cómo Dios puede permitir la muerte de tantos inocentes? ¿Qué le he hecho yo a Dios?

A estas preguntas el creyente no puede dar otra respuesta que la de Jesús ante las trágicas muertes que nos cuenta el evangelio de hoy (Lc 13,1-9). Ni los hombres ni Dios tienen la culpa de estos desastres. Dios, sin embargo, nos quiere decir algo a través de ellos. Es ese mensaje el que debemos acoger. ¿A qué nos invitan esos desastres? Ante todo a la solidaridad y a luchar contra el mal. En eso estamos de acuerdo creyentes y no creyentes. Sufrimos con los que sufren e intentamos con nuestra ayuda paliar ese dolor. Pero el creyente descubre además una llamada a la conversión, a reorientar nuestra vida hacia Dios.

Nuestra conversión no va a impedir que siga habiendo terremotos pero puede logra que no sigan muriendo inocentes y que los menores estén protegidos. Jesús está preocupado por el destino del hombre, sin duda ligado al destino de esta tierra que puede terminar de manera trágica. El destino eterno del hombre nos lo jugamos con nuestra vida. Lo terrible no es morir en un terremoto, sino morir tranquilamente en la cama, sumergido en el egoísmo, de espaldas a Dios. Entonces sí que se perece seriamente y se echa a perder la vida. Convertirnos constantemente a Dios es la manera de asegurar nuestra vida, no contra los terremotos sino contra la perdición definitiva.

El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.

La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Es la gran oportunidad que Dios nos da, no como unas rebajas de una gracia barata, sino al contrario para tomarnos en serio el amor de Dios en nuestras vidas y responder con nuestro amor. Nuestras vidas pueden ser todavía las de una higuera estéril, que año tras año no produce fruto. Sólo escuchando la llamada de Dios y el clamor de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-15). Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.

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Jesús resucitado transforma nuestras vidas

17 de marzo de 2019 – Segundo Domingo de Cuaresma

Estamos tan deslumbrados por los avances de la ciencia y de la tecnología que creemos que se puede cambiar con la misma facilidad a las personas y a la sociedad. Desgraciadamente constatamos que los avances sociales son lentos. La manifestación de las mujeres la semana anterior nos recordaba una de las asignaturas pendientes. Las personas en algunos países sin duda vivimos mejor que hace unas décadas pero no podemos decir que seamos mejores que las personas de antes. Hoy día somos más sensibles ante algunas faltas determinadas y cerramos los ojos ante otras.

Sigue siendo difícil el ponernos de acuerdo en qué consiste un progreso auténticamente humano, de todo el hombre y para todo hombre. No por ello nos debemos desanimar en nuestro empeño de cambiar y mejorar el mundo y a cada persona. Los discípulos caminaban con Jesús hacia Jerusalén y Jesús les decía que no estaban haciendo un viaje turístico sino un camino en el que él iba a arriesgar la propia vida. Pero es así como llegaría a la resurrección.

Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, en el que normalmente experimentaban más claramente la realidad de la muerte, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por ello se transfiguró delante de ellos (Lc 9,28-36). Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el verdadero ser de Jesús, el ser glorioso que él no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos, sin dejar ver claramente que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguna percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.

La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación  tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual (Filp 3,17-4,1). Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder, su tener o su pasarlo bien. El hombre supera al hombre. Somos ciudadanos del cielo y no simplemente de la tierra, donde estamos de paso. Eso no quiere decir que nos desentendamos de las cosas de este mundo. Al contrario, a través de la transformación de este mundo hacemos que el Reino vaya viniendo a los hombres y se vaya instaurando la verdadera ciudadanía.

Se pertenece al Reino por la fe. Toda la aventura comenzó con Abrahán, que se fió totalmente de la promesa de Dios (Gn 15,5-12.17-18). Por su fe no le importó dejar su pueblo y su familia y vivir aparentemente como un desarraigado, a la búsqueda de la patria definitiva. Dios se había comprometido solemnemente con él mediante su alianza y eso era suficiente para él. Desde ese momento, el destino de Abrahán está ligado al destino de Dios en el mundo, y el destino de Dios en el mundo está ligado a la persona de Abrahán y de sus descendientes.

El descendiente, heredero de la promesa es el mismo Cristo, pero junto a Él aparecen otras dos personas claves en la historia de ese pueblo, Moisés y Elías. Muestran que se trata de un pueblo de personas vivas y no simplemente de una colección de muertos. Ambos están vivos y hablan con toda familiaridad con Jesús respecto al destino de éste. Un destino de muerte en Jerusalén para entrar con ellos en la gloria. Que la celebración de la eucaristía nos haga experimentar la cercanía del Señor y nos dé fuerza para continuar adelante con nuestros compromisos cuaresmales.

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Vivir de la Palabra de Dios

10 de marzo de 2019 – Primer Domingo de Cuaresma

El Papa Francisco, al final del “Encuentro sobre la protección de los menores en la Iglesia, confesaba: “en estos casos dolorosos de los abusos veo la mano del mal que no perdona ni siquiera la inocencia de los  pequeños”. En cierto sentido, en el mensaje para la cuaresma que estamos empezando, «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19), escrito medio año antes, anticipaba ya algunas de las reflexiones de fondo que deben acompañarnos durante nuestro camino hacia la Pascua. Si el creyente vive como persona redimida, beneficia también a la creación, pero la armonía de un mundo redimido, está hoy y siempre amenazada por la fuerza destructiva del pecado. El arrepentimiento y el perdón, sin embargo, poseen una fuerza regeneradora.

El evangelio de las tentaciones es sumamente elocuente. El maligno es especialista en ofrecer grandes ofertas a bajo precio (Lc 4,1-13). El sabe manipular a la perfección las necesidades y deseos del hombre. La primera tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Poco importa que la solución sea automática y milagrosa, como le propone el diablo de convertir las piedras en pan, o venga de cualquier sistema político-social. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan, sino que necesita de la Palabra de Dios (Rm 10,8-13). Existe, sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas necesidades del hombre.

La segunda tentación es esperar la salvación del poder político, sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones. No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la guerra para imponer la democracia en otros países, sin preguntarse si aquellas personas la quieren o están preparadas para ella. En el fondo el sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.

La tercera tentación es un despliegue genial del tentador. Aparece como un manipulador consumado. Es capaz de usar incluso la Palabra de Dios para sus propios fines. La tentación consiste en querer que Dios nos salve de manera milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. En el fondo se trata de tener un Dios arbitrario, nada racional, pero que esté sometido a nuestro capricho. Si Dios no dirige el mundo como nosotros queremos no es Dios, o se dice que Dios no existe. Se le quiere enseñar a Dios cómo tiene que gobernar el mundo. En un mundo ideal tendría que desaparecer automáticamente todo el sufrimiento inocente. La oferta del diablo a Jesús es la de ser un Salvador vistoso y triunfante. Jesús considera esta propuesta como un tentar directamente a Dios y la rechaza inmediatamente. Él está decidido a seguir el camino del servidor sufriente, solidarizado con los hombres, que ofrece una salvación desde dentro de la humanidad y no venida de las nubes. Y la humanidad está hecha de hombres sufrientes y dolientes, por eso la salvación no consiste en eliminar el sufrimiento sino en asumirlo y transformarlos mediante el amor. Que la celebración de la eucaristía nos sitúe ya en el seguimiento de Jesús que camina hacia Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre.

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