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Ningún profeta es bien recibido en su pueblo

Las noticias diarias no dejan de sorprendernos con los nuevos casos de corrupción. Da la impresión de que todo está montado sobre la mentira y la ausencia de escrúpulos. En esta cultura débil, la víctima es siempre la verdad, es decir el hombre, sobre todo los más débiles. Menos mal que hay siempre personas honradas, sin tacha, que son capaces de llamar a las cosas por su nombre. Es lo que hacían y continúan haciendo los profetas. Dios los elige consagrándolos con su Espíritu, es decir con la fuerza misma de Dios. Así serán capaces de realizar la misión, que sin duda se presenta difícil. Jeremías experimentó en su carne lo que significa estar al servicio de la Palabra de Dios. Al hablar en nombre de Dios, tiene que armarse de valor y no tener miedo a enfrentarse con las autoridades políticas y religiosas y con el mismo pueblo. Si no se dio por vencido fue porque Dios estuvo con él para librarlo (Jr 1,4-5; 17-19).

Ese rechazo por parte del pueblo, rechazo que puede llegar a la muerte, fue el destino de todo profeta. Lo mismo le ocurrirá a Jesús, el profeta definitivo enviado por Dios para manifestar su voluntad a los hombres (Lc 4,21-30). El rechazo por parte de sus paisanos de Nazaret, a los que había anunciado un tiempo de gracia y de salvación, anuncia lo que será el rechazo definitivo en Jerusalén y su condena a muerte. Aquí ya lo intentan despeñar, pero Él se abrió paso entre ellos y se marchó.

La incredulidad de sus paisanos viene provocada por el hecho de que lo conocen demasiado bien y no pueden imaginarse que él sea un profeta enviado de Dios. Aunque se diga que ha hecho milagros en otras ciudades, ellos no han visto ninguno que legitime su pretensión de ser enviado de Dios. Los conciudadanos de Jesús conocían bien su historia, su familia, su falta de formación. No era posible que en aquella persona, tan humana, demasiado humana, Dios estuviera haciendo la oferta definitiva de salvación. Es difícil admitir que la salvación se encarne en las realidades cotidianas de la existencia. Esperamos siempre algún acontecimiento milagroso extraordinario para empezar a convertirnos.

Jesús comprende bien ese rechazo y lo interpreta a la luz de lo que habían vivido otros dos grandes profetas, Elías y Eliseo. La actividad de ambos profetas se concentra en sus milagros realizados a favor de personas extrañas al pueblo de Israel. De esa manera se da a entender que Jesús será rechazado por su pueblo y acogido por los paganos cuando les sea anunciada la buena noticia. Jesús es el profeta definitivo que hace presente la salvación de Dios y que renueva los grandes prodigios y milagros realizados por los profetas del pueblo de Israel.

El pueblo, sin duda, consideró a Jesús como un profeta, pero desgraciadamente siguió la tradición de rechazarlos porque eran personas incómodas, que le recordaban las exigencias del Dios de la alianza. Curiosamente Jesús es rechazado, no porque anuncie amenazas sobre el pueblo, sino por anunciar la presencia de la salvación de Dios en su persona y actuación. Jesús es el profeta del Dios del amor y de la vida. Tan sólo una vida vivida en el amor a los demás puede llegar a la plenitud (1 Cor 12,31-13,13). El amor es exigente y hay que ponerlo más en las obras que en simples palabras y sentimientos. No podemos resignarnos a convivir con una realidad injusta que va provocando continuamente víctimas. Hay que llamar a las cosas por su nombre y contribuir a devolverle a la política toda su dignidad. Haced falta una verdadera caridad política.

Que la celebración de esta eucaristía nos haga más conscientes de la dimensión profética de nuestras vidas, unas vidas que deben testimoniar continuamente a Dios y dar esperanza a nuestro mundo.

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El Espíritu del Señor está sobre mí

24 de enero de 2016- Tercer Domingo Ordinario

Los políticos al comienzo de su mandato suelen hacer un discurso programático que guiará sus actuaciones de gobierno. También Jesús hizo así,  al comienzo de su vida pública, en la sinagoga de su pueblo entre sus paisanos (Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Las propuestas de Jesús recogían los anhelos del pueblo alimentados por el conocimiento de los profetas que anunciaban la intervención liberadora de Dios. Lo curioso es que Jesús termina diciendo abiertamente que aquellas promesas que ha recordado se acaban de cumplir para aquellos que las habían escuchado. Los oyentes debieron de quedar sorprendidos pues aparentemente nada había cambiado con aquel discurso. Jesús confía en que la palabra de Dios que acaba de evocar tiene la fuerza de cambiar la realidad. Nos anuncia, por tanto, que estamos en el tiempo final que es el de la realización de las promesas. Tenemos, pues,  la clave de interpretación de la historia de la salvación que nos transmite la Escritura.

Pero lo más llamativo de la interpretación de Jesús es el vincular la Escritura a su propia persona. Él es la realización de la Escritura y no sólo de este pasaje mesiánico, que habla de la misión del futuro Mesías, una misión de gracia y liberación. A partir de este momento la lectura cristiana de la Escritura es una lectura en clave cristológica. La Escritura habla de Cristo. La Escritura es la Palabra de Dios y esa Palabra se ha hecho carne en Jesús, el Verbo de Dios. Todas las palabras de la Escritura nos hablan de la Palabra con mayúscula, que es Cristo. Tan sólo a la luz del misterio de Cristo, de su vida muerte y resurrección, la Escritura se desvela y deja de ser un mensaje sellado que necesita explicación. En Cristo la Escritura alcanza su cumplimiento, es decir, su realización. La Escritura nos habla del amor de Dios y eso se ha hecho realidad definitiva en la persona de Jesús. El lenguaje del amor es el único lenguaje que entienden todos. La acción de Jesús inaugura el gran Jubileo de gracia y de liberación de parte de Dios. Ese anuncio es Buena Noticia para todos los pobres y oprimidos que esperaban la intervención definitiva de Dios.

La comunidad cristiana es una comunidad litúrgica, como lo era también Israel (Neh 8,2-10). En ella la comunidad confronta su vida con la Palabra de Dios y encuentra en ella la luz y la fuerza que necesita para hacer presente a Jesús en el mundo. Esa palabra ilumina sobre todo el misterio pascual, expresión de un amor que ama hasta el extremo. La Iglesia, como comunidad litúrgica, es toda ella carismática y ministerial. Su servicio al mundo consiste ante todo en hacer presente el amor misericordioso de Dios. La Iglesia se siente solidaria del destino de los hombres, sobre todo de los pobres. Cuando uno sufre, todos sufrimos con él (1 Cor 12,12-30).

El Espíritu regala en abundancia sus dones para construir el cuerpo de Cristo. Un cuerpo que muchas veces contemplamos sufriente y doliente. Un cuerpo desgraciadamente desgarrado por la falta de unidad entre los cristianos. Durante toda esta semana hemos estado rezando por la unión de los seguidores de Cristo. Esa unidad no elimina, sino que, por el contrario, implica la  diversidad. La unidad es unidad en la diversidad; la diversidad está integrada en la unidad. Cada uno debe considerar que el otro es un don para sí y ser acogido también como don por el otro. En ese diálogo y reciprocidad de carismas se construye el cuerpo de Cristo. Esos dones se traducen en una serie de ministerios eclesiales de manera que el ministerio ordenado o sacerdotal no debe monopolizar la acción de la comunidad. En ella todos somos protagonistas, todos damos y recibimos, todos aprendemos y enseñamos. Sin duda existe un carisma particular de la jerarquía que hace que ella discierna y armonice los diversos carismas.

En la celebración de la eucaristía, mediante la participación de cada uno, en comunión con toda la comunidad eclesial,  construimos el Cuerpo de Cristo. Él sigue vivo, presente en el mundo realizando la obra de liberación del hombre, a la que todos colaboramos con nuestras palabras y obras de misericordia.

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Haced lo que él os diga

20 de enero de 2019 – 2 Domingo del Tiempo Ordinario

Aunque a veces los medios de comunicación nos incomoden con sus noticias que ponen al descubierto muchos de los fallos de la Iglesia, el papa Francisco ha agradecido el servicio que nos prestan impidiendo que busquemos simplemente ocultar los hechos en vez de afrontarlos con honradez y responsabilidad. La realidad nos provoca y nos interpela y la Iglesia está a la escucha de los signos de los tiempos. Probablemente la Virgen María, modelo de la Iglesia, al contemplar nuestro mundo, le seguirá diciendo a Jesús: no tienen vino, no tienen casa, no tienen país donde refugiarse, son emigrantes, no tienen para pagar tal y tal factura, no tienen para llegar a final de mes (Jn 2,1-12).

María presenta la necesidad a Jesús, que en un primer momento parece desentenderse del caso. En realidad quiere que María se sitúe en la verdadera perspectiva del Reino, cosa que sin duda ella hace. En efecto ella orienta la atención de los servidores hacia la persona de Jesús. Tendrán que estar atentos a lo que Él diga y luego hacerlo. Es todo un reto saber qué es lo que Jesús quiere hoy de nosotros ante la situación de nuestro mundo tan necesitado. Hay que saber leer los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está hablando e interpelando.

El Beato Chaminade ha meditado detenidamente este evangelio y ha descubierto en él la misión de la Familia Marianista. Se trata de hacer lo que Él diga.  “Haced todo cuanto él os diga (Jn 2,5); es decir, Haced cua­lquier cosa que os mande, aunque parezca extraña a la ra­zón. Es como si María les dijera: Tened fe en El. Pues bien, tales son también las palabras que nos dirige la Virgen a nosotros que somos sus hijos: haced todo cuanto mi Hijo os diga. Pero ¿cómo nos hablará Jesucristo? Por la fe: escuchemos lo que nos dice la fe, recurramos a la fe y pongamos en práctica lo que ella nos enseña; así haremos lo que Jesús nos dice. El espíritu de la Familia Marianista es un espíritu de fe; hay que ir a Dios por la fe”.

Es la fe la que nos permite descubrir lo que el Espíritu está diciendo a la Iglesia a través de las provocaciones de los acontecimientos actuales. Detrás de las estadísticas de la pobreza en el mundo y en nuestro país,  están los rostros concretos de personas sufrientes y dolientes a través de las cuales Dios nos interpela: “Dónde está tu hermano?”. La tentación hoy día es la de contemplar las necesidades de nuestro mundo como un espectáculo televisivo, que nos impresiona y nos inquieta pero que nos deja cómodamente en nuestras butacas.

Jesús aparentemente no hizo nada. Tan sólo dio órdenes a los servidores que las ejecutaron con exactitud. No había vino y Jesús les mandó llenar de agua las tinajas. No somos nosotros los que damos el vino del Reino. Nosotros sólo disponemos del agua de las abluciones rituales de la antigua alianza. Pero Jesús tiene esa capacidad de transformar lo viejo en nuevo. La fe y la obediencia a Cristo hace milagros. Jesús se manifiesta como el verdadero esposo que asume el protagonismo en la celebración mientras que el llamado esposo aparece como una figura desdibujada. Es Cristo verdaderamente el que inaugura el Reino. La presencia de María fue providencial para orientar la atención de los servidores hacia Jesús y que éste se pusiera a actuar. 

Este vino bueno que ofrece es el don del Espíritu anunciado para los tiempos mesiánicos, que Jesús inaugura. Ese Espíritu ha renovado  completamente aquella comunidad abandonada y estéril (Is 62,1-5). Ha hecho de la Iglesia una comunidad, toda ella carismática y ministerial. Esa comunidad se construye con la aportación de los diversos carismas y ministerios (1 Cor 12,4-11). Cuada uno tiene su puesto en la Iglesia según los dones que ha recibido. La celebración de la eucaristía hará que nuestra fe no se quede sólo en lo ritual sino que saldremos de ella dispuestos a hacer lo que Jesús nos haya dicho.

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Tú eres mi Hijo, el amado

13 de enero de 2019 – El Bautismo del Señor

La Iglesia sigue bautizando a los niños. Sigue fiándose de los padres que piden el bautismo para sus hijos, sin exigir una demostración de la fe de los padres. Basta con que ellos se declaren creyentes que quieren que sus hijos también lo sean. A la Iglesia le basta esa palabra y el compromiso de que los padres educarán cristianamente  a los hijos. Pero eso es sólo un comienzo. Con el tiempo, y a lo largo de toda la vida, cada uno de los bautizados tiene que ir asumiendo plenamente el significado del propio bautismo. Pero eso es verdad también del que se bautiza de adulto. Durante toda su vida tiene que tratar se asimilar lo que significa haber sido bautizado en Cristo Jesús.

El bautismo es un sacramento, un gesto profético, que expresa una realidad de gracia divina. Hoy día desgraciadamente el signo bautismal ha quedado reducido a echar un poco de agua sobre la cabeza del niño y no se ve claramente lo que queremos expresar. El bautismo de Jesús en el Jordán o el de los adultos en la Iglesia primitiva en una especie de piscina manifestaba claramente su contenido. Con la inmersión en el río, Jesús hacía suyo un gesto de algunos grupos judíos y en especial de Juan Bautista. Se trataba de un gesto de conversión, y por tanto, de ruptura con el pasado. En las aguas del río quedaba sepultada una manera de vivir. Del agua salía una persona nueva, transformada por el Espíritu de Dios (Lc 3,15-22). Todos los que habían experimentado esa transformación formaban la comunidad de los salvados.

Hasta entonces Jesús había vivido al lado de su madre en Nazaret dedicado a su profesión de artesano. Llamativamente no se había casado, sin duda porque intuía que algo nuevo estaba ocurriendo que iba a cambiar totalmente su vida. Cuando oyó a Juan Bautista hablar de la venida del Reino de Dios, vio claramente que su vida tenía que estar al servicio del Reino y que no podía dedicar su tiempo a una familia y a una profesión.

La venida del Espíritu Santo sobre Jesús inaugura la llegada de los tiempos definitivos y hace de Jesús el profeta de esa nueva era, marcada por la venida del Reino de Dios. Jesús se hace el mensajero de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que anunciaban ya de antiguo los profetas (Is 40,1-5.9-11). Se realiza así la promesa de la irrupción de Dios en la historia. El Señor viene con poder a ejercer su realeza, su dominio sobre Israel y sobre todos los pueblos. Él va a instaurar la justicia y el derecho. Jesús, ungido con el Espíritu, tendrá una fuerza especial para poner su vida al servicio de la causa del Reino.

También el bautismo cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. En el bautismo lo expresamos mediante las tres renuncias, formuladas de manera tradicional como el mundo, el demonio y la carne. Renunciamos a todo lo que es opuesto al Reino de Dios. Pero sobre todo el bautismo nos hace experimentar la resurrección de Jesús. Al salir del agua somos una criatura nueva, ungida con el óleo del Espíritu Santo que hace de nosotros, como gusta decir el Papa Francisco, “discípulos misioneros”,  miembros de un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes. Se nos  vistió un vestido blanco para significar esa vida nueva, la vida misma de Jesús, la vida de Dios. Hicimos la profesión de fe, a través de la cual, acogíamos a Dios en nuestras vidas.

A través del bautismo acogemos la bondad de Dios y su amor al hombre manifestados en el acontecimiento de Cristo Jesús (Tit 2,11-14;3,4-7). Nosotros no habíamos hecho nada para merecerlos. Ha sido un regalo de su misericordia. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento, realizado en el bautismo, es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Renovemos hoy con gozo nuestras promesas bautismales, que comportan un compromiso a favor del Reino de Dios y una lucha contra todo lo que se opone a él.

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Buscadores de Dios

6 de enero de 2019 – Epifanía del Señor

La fiesta de los Reyes Magos forma parte del imaginario cristiano que ha acompañado a los niños católicos  a lo largo de los siglos. Tan sólo últimamente Papá Noel ha invadido la imaginación de todos los niños. Los Reyes Magos fueron creando en nuestra vida la convicción de que todo es don, todo es gratuidad. Jesús es el gran regalo del Padre a la humanidad. Él es el que abre siempre un futuro para el hombre. También el pueblo de Dios en momentos de crisis se puso a soñar su futuro y se lo imaginó de color de rosa (Is 60,1-6). Probablemente le sirvió para endulzar las amarguras del presente. Imaginó una movida de pueblos que orientaban sus pasos hacia Jerusalén como el lugar donde encontrar a Dios y proclamar sus maravillas.

Los magos se pusieron en camino cargados de tesoros para encontrarse con el recién nacido rey de los judíos. Abrigaban la esperanza de que también la familia de ese rey intercambiaría con ellos sus regalos (Mt 2,1-12). Aparentemente la experiencia debió ser de lo más frustrante. En la capital y el palacio del rey no sabían nada de ese nacimiento. Los letrados y los sumos sacerdotes orientaron su atención hacia una pequeña aldea, Belén. Las expectativas de encontrar a alguien importante debieron verse bastante rebajadas. La realidad que descubrieron debió ser decepcionante, una simple casa, una mujer y un niño. Allí no había palacios, ni guardias, ni porteros ni criados.

Y, sin embargo, los magos no cambiaron su proyecto inicial. No dijeron: apaga y vámonos. Así que debieron considerar realizadas sus esperanzas. Ellos abrieron sus cofres y le ofrecieron sus regalos. No se sabe qué es lo que María les daría. Pero algo cambió en ellos en aquel encuentro, por eso regresaron por otro camino. Les importaba ya poco el rey de los judíos que estaba en Jerusalén.  Sin duda recibieron el don de la fe, que es el gran regalo que Jesús nos hace junto con el don de la vida.

La fe es una búsqueda de Dios. Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos. Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos. Muchas veces nos dejamos seducir por los mensajes de la cultura dominante. Ésta nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero si uno se aventura por esos caminos, la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista. No es por ahí por donde se puede encontrar a Jesús.

Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se pierden la oportunidad de encontrarse con el Salvador (Ef 3,2-6).

Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Ofrezcamos al Señor en esta eucaristía nuestra sed de Dios. Él será feliz de poder calmarla. Esa sed de Dios es sed de justicia, sed de su Reino de paz y amor.

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