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Dios se manifiesta a los sencillos

5 de julio de 2020 – 14 Domingo Ordinario

Los sabios y entendidos han gozado en todos los tiempos de la confianza de las personas. Cuando tenemos un problema de salud, vamos al médico. Para las cuestiones legales, acudimos a un abogado. El saber da un poder y sobre todo hoy día es un saber hacer que permite incluso manejar a las personas. Los sabios y entendidos de todos los tiempos han dispuesto de un poder que muchas veces les permitía asegurarse su vida y prescindir de Dios. Hoy día, no sólo los sabios sino mucha gente corriente consideran que no necesitan de Dios y no le dan una oportunidad de que entre en sus vidas.

Curiosamente el conocimiento bíblico de Dios no es un saber teórico sino un trato íntimo y amoroso con Él. Es un saber actuar, o mejor un saber vivir ante Dios para poder realizar la propia vocación a la que Él nos llama. El amor, al contrario del conocimiento, es libre. Deja a la persona la libertad de amar y la libera para amar. Jesús constata que Dios se revela, se da a conocer y amar a las personas sencillas y no a los sabios y entendidos. Los sabios y entendidos muchas veces tan sólo se aman a sí mismo y a sus creaciones. Son tan importantes que no pueden reconocer que todo lo han recibido de Dios.

Jesús experimentó el rechazo de los poderes políticos y religiosos de su tiempo y fue acogido por la gente sencilla. En vez de sentirse frustrado ante el poco éxito con la gente importante, dio gracias al Padre por haber dispuesto las cosas así (Mt 11,25-30). Se trata del estilo de actuar de Dios que elige a los humildes para confundir a los soberbios. Dios escogió pueblo pequeño para hacerlo depositario de su revelación. Jesús se manifestará como rey en su entrada triunfal en Jerusalén, adoptando ese estilo modesto y sencillo. Dios para triunfar no necesita un despliegue impresionante de recursos sino que se hace fuerte con la debilidad de los que lo aman. Es la fuerza del amor (Zac 9.9-10).

Desgraciadamente no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia estamos demasiado preocupados por el número, que es lo que cuenta a la hora de hacerse con el poder en los sistemas democráticos. Confundimos el Reino de Dios con los reinos de este mundo. No hay nada de extraordinario en tener éxito a través del despliegue de la fuerza y de la riqueza, aunque no siempre se ganan las batallas con la superioridad de las armas. La fuerza de la Iglesia y del cristiano viene del Espíritu de Dios (Rom 8,9.11-13). El tiene la capacidad de resucitar nuestros cuerpos como resucitó a Cristo Jesús. Tenemos que dejarnos llevar y guiar por el Espíritu de Dios y no por los cálculos puramente humanos, que San Pablo llama “la carne”.

El conocimiento, la ciencia y la técnica tienen sin duda su sentido en el plan de Dios, pues todo saber viene de Él. No pueden, sin embargo, ser el criterio último de la acción humana. Una técnica al servicio egoísta de unos pocos lleva a la explotación de las masas y a construir un mundo inhabitable. Pidamos al Señor en esta eucaristía un corazón sencillo y humilde como el de Jesús para encontrar así la paz del alma.

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El que pierda su vida por mí la encontrará

28 de junio 2020- 13 Domingo ordinario

Darse la buena vida ha sido la máxima aspiración de muchas personas. La crisis del coronavirus ha puesto en cuestión el ideal del consumismo que ha dominado el último  siglo. Tenemos que redescubir el verdadero sentio de la vida. La vida es sin duda el primero de los bienes que hemos recibido de Dios. La Palabra de Dios confirma, sin duda, la importancia del bien de la vida, una vida que debe ser respetada y protegida desde su concepción hasta su muerte.

Dios es el origen de la vida. Los hombres son sólo los transmisores de esa vida, no sus creadores. Los casos de esterilidad provocaban lástima tanto en las antiguas culturas como hoy día. Antes nos hacían caer en la cuenta que la vida viene de Dios (2 Re 4,8-11.14-16). Ahora se busca todo tipo de métodos, a veces no del todo morales, para tener hijos a cualquier precio.  El evangelio, sin embargo, nos invita a estar dispuestos a renunciar a la propia vida, cuando está en juego la fidelidad al Señor (Mt 10,37-42).

Pero sobre todo el evangelio nos pone en guardia contra ciertas maneras de vivir, hoy día de moda, que parecen ser la expresión de una vida a tope, cuando en realidad llevan a arruinar la propia existencia. No se consigue la vida queriéndola simplemente disfrutar y consumir egoístamente. En la medida en que uno se cierra en sí mismo y en sus propios intereses, la vida acaba corrompiéndose como el agua encharcada. De nada sirve ganar el mundo si echamos a perder la propia vida. No se puede identificar la vida plena simplemente con las experiencias placenteras excitantes o con el conseguir un buen puesto, que nos permita ganar mucho dinero.

La vida es para darla. Y dándola uno experimenta una gran alegría. Es lo que viven todos los matrimonios que tienen el coraje de traer hijos a este mundo. Sin duda que los hijos son una carga costosa y pero también proporcionan una alegría incomparable. Por el bautismo hemos muerto con Cristo y hemos adquirido una vida nueva, la vida del resucitado (Rm 6,3-4.8-11). Su vida debe reflejarse en nuestra vida. Como él, tenemos que estar dispuestos a entregar la vida.

El don de la propia vida no se refiere sólo a las circunstancias extremas. En realidad se trata de ir dando la vida en el día a día para que, cuando llegue la muerte, hayamos hecho ya de la vida un don total. Ese don de la vida se traduce en tomar la cruz y seguir a Jesús. Lo más importante es seguir a Jesús, caminar con él, estar en el grupo de sus discípulos. La cruz vendrá por añadidura. Cuando se quiere ser discípulo de Jesús y vivir el evangelio, con todas sus exigencias de la letra y del espíritu, la cruz se va presentando sin necesidad de buscarla. Pero llevada en compañía de Jesús, será una cruz que no nos romperá sino que de ella brotará la vida.

Las palabras de Jesús parecen contener tan sólo una exigencia de renuncia. No es ése el contenido fundamental de su mensaje. Por eso el Señor hace la promesa de que encontraremos en Él la vida. Todos nuestros pequeños gestos de dar la vida, de acoger a los enviados de Jesús y a todas las personas en las que Él viene a nuestro encuentro no quedarán sin recompensa. Dios mismo será nuestra recompensa. Ahora en la celebración de la eucaristía vivimos con Jesús el don de la vida para la salvación del mundo. Es de ese don del que brota la vida nueva que nosotros creyentes debemos vivir, testimoniar e infundir en el mundo.

 

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No tengáis miedo

21 de junio de 2020 – 12 Domingo Ordinario

 

Desgraciadamente en nuestro mundo los grupos fanáticos e integristas no quieren saber nada de diálogos y golpean con la violencia. Ese fanatismo no siempre es de carácter religioso propiamente dicho, sino que muchas veces es abiertamente político y suele usar la religión para sus fines. Sigue habiendo persecución religiosa y sigue habiendo mártires. Jesús experimentó el rechazo de los grupos fanáticos de su tiempo que querían a toda costa conservar el poder. Gracias a Dios vivimos en un país donde podemos practicar libremente nuestra fe. En este momento hay una cierta crispación social agitada por los partidos políticos que quieren sacar ventajas de cara a las diversas votaciones. Como creyentes, queremos establecer puentes de diálogo y de encuentro entre todos los españoles para poder afrontar el futuro difícil que ya está ahí.

La Iglesia está al servicio del hombre. La Iglesia sabe que la Palabra de Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo y revela el misterio de la persona humana. La Iglesia se reconoce servidora de la verdad de Dios y confía que esa verdad es capaz de abrirse paso por sí misma en el corazón del hombre. No ignora, sin embargo, las resistencias que encuentra esa verdad a causa del pecado del hombre (Rom 5,12-15). Cree, sin embargo, en la fuerza de la gracia y de la verdad y por eso la anuncia con valentía y no la disimula. No trata de dorar la píldora ni hacer las exigencias del evangelio más llevaderas, porque sería traicionar a su Señor.

El anuncio del evangelio es peligroso porque pone en cuestión la situación de nuestro mundo y de manera particular de los poderes de este mundo que lo organizan de una manera tan injusta. La proclamación de la venida del Reino de Dios afirma que Dios va a cambiar la situación y hacer justicia a los que sufren. Ello supone derribar del trono a los poderosos. Nada de extraño que éstos reaccionen incluso con la persecución sangrienta (Mt 10, 26,-33). Ese rechazo lo experimentaron ya los antiguos enviados de Dios (Jer 20,10-13), y en particular Jesús. El poder para amordazar la palabra empieza con prohibiciones y amenazas. Si uno no se calla, el poder pasará a la acción violenta y sangrienta.

La existencia de amenazas o de persecuciones no debe atemorizarnos. Nada escapa a la providencia de Dios, que vela por sus hijos. Sin duda las situaciones de la Iglesia en nuestro mundo son muy variadas. Gracias a Dios en muchos países podemos practicar públicamente nuestra fe, aunque algunos se burlen de nosotros. En otros, por desgracia, proclamar las exigencias de la fe desencadena una persecución más o menos violenta. Existen, por desgracia, todavía regímenes en los que reina totalmente el silencio y la fe cristiana vive en las catacumbas. Nuestra solidaridad en la oración con todos ellos.

La fe nunca estará de moda. Por eso es necesario ser capaz de resistir y vivir a contracorriente. Es la manera de conservar nuestra fidelidad a Cristo. De esta fidelidad depende el destino de nuestro Iglesia y de nuestras vidas. Renegar al Señor con el respeto humano o con una conducta tibia o miedosa es exponerse a que Él no nos reconozca en el día del juicio. Que la celebración de la eucaristía, “pan de los fuertes”, nos dé la fuerza que necesitamos para ser testigos valientes de Cristo en todas las situaciones de nuestra vida.

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El que come este pan vivirá para siempre

14 de junio de 2020 – Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 La crisis del coronavirus nos ha hecho tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad. Frente a las ilusiones de la ciencia ficción de una prolongación indefinida de la vida, nos hemos descubierto mortales. Más todavía, no hemos podido rendir nuestro homenaje de amor a los seres queridos que se nos han ido sin despedirlos. Hoy día, sin duda, la ciencia ha prolongado increíblemente la vida de las personas, pero no siempre se ha logrado la ansiada calidad de vida que todos deseamos.

Esa calidad no se puede reducir a tener una vida más confortable, en la que podamos consumir más, sino que debe ser una vida más plena, en la que todo lo que hagamos tenga más sentido porque está más conforme con nuestro ser auténtico y no simplemente con unas necesidades artificialmente creadas.

El pueblo de Israel, instalado en la tierra, viviendo sin problemas, corre el peligro de olvidar de dónde viene y adónde va. Por eso Dios le invita a recordar su paso por el desierto, en el que Dios se ocupó directamente de él para que no le faltara el alimento cotidiano, que nosotros seguimos pidiendo al Señor (Deut 8,2-3.14b-16). No debe sobre todo olvidar que el hombre vive no sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Además del hambre física, existen otras necesidades que saciar si queremos realizar la vocación humana. Como el hombre está destinado a vivir la vida de Dios, tiene que alimentarse de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

Los alimentos humanos no pueden garantizar una vida sin fin. Tan sólo un alimento espiritual puede darnos la vida eterna. Jesús prometió ese alimento y declaró que era su persona. Un hombre acosado, condenado a muerte, en vez de resistirse o de maldecir a sus enemigos, se entrega libremente en sus manos, da la vida por los demás. Y anticipa esa donación en ese gesto genial que es la eucaristía, instituida en la Última Cena. Jesús nos alimenta con su persona, su vida y su palabra. Nos alimenta incorporándonos a sí y haciendo que circule por nosotros su misma vida. Esa vida que Él ha recibido del Padre, una vida divina que dura para siempre (Juan 6,51-58).

Jesús promete la resurrección en el último día. En realidad ese día definitivo ha llegado ya con su resurrección de manera que esa vida eterna está presente ya en nosotros y la vivimos en la fe, la esperanza y el amor. No es todavía la vida eterna en plenitud, pero son las primicias y la garantía de lo que un día seremos y ya se deja entrever esa vida en abundancia que brota de la entrega generosa de Jesús por todos nosotros.

La Eucaristía es sacramento de comunión. Unión profunda con Cristo, que es nuestro alimento. En el proceso normal de la comida, somos nosotros los que asimilamos el alimento y lo incorporamos a nuestra vida. En la Eucaristía, por el contrario, somos nosotros los que nos incorporamos a Cristo y formamos uno con Él. Pero, al unirnos a Cristo, nos unimos también con el Padre. Es la vida del Padre la que anima la misión de Jesús y, a través de Él, la vida misma de Dios llega a nosotros.

 

Todos los que comemos el mismo pan formamos un solo cuerpo, porque tenemos la misma vida, la vida de Jesús, que es la vida misma de Dios (1Cor 10,16-17). La vida humana nace y se desarrolla en el seno de la familia. La Familia Marianista quiere ser un reflejo del seno maternal de María. En familia podemos crecer espiritualmente en Cristo, alimentados por su cuerpo y su sangre. Que la celebración de la eucaristía construya nuestra Iglesia como Familia de Dios, que vive solidaria los problemas de todos los hombres.

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Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo

7 de junio de 2020 – La Santísima Trinidad

 

La crisis del coronavirus habrá confirmado a muchos en su convicción de que estamos solos y que no hay un Dios que se ocupe de nosotros y del mundo. Los creyentes, sin embargo, han tratado de fortalecer su fe en el Padre bueno que no nos deja solos en los peligros, sino que pone a nuestro lados personas que son capaces de arriesgar la vida a favor de los demás. Creemos que el amor viene de Dios que amó al mundo  y no dio al Hijo y al Espíritu. El misterio de la Trinidad no es otra cosa que el misterio del amor de Dios, que nos envuelve y acompaña, que se nos manifiesta y se nos da a lo largo de la historia de la salvación, que continúa hoy día.

Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad y algunos como Moisés pudieron experimentar esa amistad de Dios que se manifiesta como el Dios de la Alianza, que crea una familiaridad de Dios con su pueblo (Ex 34,4b-6.8-9). Es un Dios compasivo, de entrañas maternales, a la vez padre y madre. San Ireneo dirá que Dios actúa en el mundo mediante el Verbo y el Espíritu, que son las dos manos de Dios. La Palabra creadora es una mano masculina. El Espíritu de amor es la mano de Dios que da un toque femenino a todo lo que Dios hace.

Ha sido el Hijo, enviado por el Padre, el que nos ha revelado el misterio de la Trinidad, el misterio del amor de Dios. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo (Jn 3,16-18). Dios ha enviado su Espíritu a nuestros corazones y con Él su amor, de manera que podemos participar en la vida misma de Dios. Desde esta realidad podemos incluso releer el Antiguo Testamento y descubrir varia figuras, como la Sabiduría y el Espíritu de Dios, que anuncian al Hijo y al Espíritu. Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad, después de haber ido preparando pacientemente a su pueblo para que pudiera acoger esa revelación.

Dios no es un ser aislado encerrado en sí mismo. Es una comunidad de personas que mantienen entre ellas una serie de relaciones de amor, que traducimos con nuestras experiencias humanas de Padre, Hijo y Espíritu. La persona es apertura, es relación y se constituye y realiza sólo en la relación. El Padre se da totalmente al Hijo. El Hijo acoge este don y lo devuelve al Padre. Y en ese dar y recibir se constituye el Espíritu como el lazo de amor entre el Padre y el Hijo.

Es el misterio de la Trinidad el que ilumina el misterio que somos cada uno de nosotros, creados a imagen y semejanza de la Trinidad. Tampoco el hombre es un ser aislado, cerrado en sí mismo, sino que somos una apertura a los demás. Nos constituimos y realizamos como personas, precisamente en relación con los demás, sobre todo en esa relación privilegiada que es el amor y que consiste en dar y recibir.

Todos nosotros tenemos la capacidad de dar vida y amor, de salir de nosotros mismos para buscar el bien de los demás porque estamos hechos a imagen del Padre. Pero también somos capaces, como el Hijo, de acoger el don de los demás, su intimidad. Y en ese compartir nuestra vida, nuestra fe y nuestro amor, se constituye la comunidad humana y eclesial, verdadera familia de Dios. En ella el Espíritu anima la misión, haciendo que no nos quedemos encerrados en nosotros mismos como Iglesia sino que sea siempre una Iglesia misionera abierta y orientada hacia el mundo para salvarlo, para convertirlo en Reino de Dios. Eso es lo que queremos vivir en esta Eucaristía.

 

 

 

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El Espíritu renueva la tierra

31 de mayo de 2020 – Domingo de Pentecostés

  

Estamos todos deseando que el tiempo de confinamiento termine y se pueda volver a la llamada “nueva normalidad”. Esa normalidad, para la mayor parte de las personas que son pobres, no tiene nada de apetecible pues está amenazada por los virus de la pobreza y el hambre, que son más peligrosos que el coronavirus. Por eso el papa Francisco ha creado una comisión para estudiar el “después del coronavirus”, inspirándose en la hoja de ruta marcada por su encíclica “Laudato si’ “, sobre el cuidado de la casa común, de cuya publicación se han cumplido ahora cinco años. El papa tiene la convicción de que ha llegado la hora de un cambio profundo en la orientación de la civilización dominante.

La nueva civilización tiene que hacerse cargo de los pobres y los débiles, que son las víctimas de nuestra manera consumista de vivir. La Iglesia tiene que ser una Iglesia de los pobres y para los pobres. Sólo así será fiel al mensaje de Jesús y podrá ser fermento de nueva humanidad. Es precisamente el Espíritu Santo, el Espíritu del amor del Padre y del Hijo, enviado a la Iglesia el que hizo posible la unidad a partir de la diversidad de pueblos y culturas extrañas a la tradición judía, de la que procedían Jesús y sus discípulos. “El Espíritu renovó la faz de la tierra”.

El Espíritu hizo el milagro (Hechos 2,1-11). Él da fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús. Él abre el corazón y los oídos de los presentes para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos. Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz.

La Iglesia nace de la proclamación del Evangelio, del anuncio de Jesús. No es que primero existe la Iglesia y después empiece a predicar. La Iglesia tan sólo existe en la medida en que anuncia y hace presente a Jesús en el mundo mediante su palabra y sus obras. Esta acción no es una simple acción humana sino que es el mismo Dios el que está actuando mediante su Espíritu. No es que la Iglesia tenga el monopolio del Espíritu, que “sopla donde Él quiere”, pero podemos decir que en la Iglesia actúa con una intensidad especial.

En la comunidad eclesial todos somos protagonistas, porque todos hemos recibido el don del Espíritu, es decir, sus carismas (1 Cor 12,3-13). No tenemos que pensar sólo en dones extraordinarios, como el hablar lenguas extranjeras sin estudiarlas o hacer curaciones. Todos los dones y talentos que tenemos, sean de salud, de inteligencia, de arte y de bondad son dones del Espíritu. Cuando los reconocemos y los empleamos al servicio de la construcción del cuerpo de Cristo y de la comunidad humana, esas cualidades son verdaderos carismas. Cuando, por el contrario, las utilizamos para el provecho propio, para imponernos a los demás, las cualidades siguen siendo dones de Dios, pero no las usamos como Dios quiere.

Nosotros experimentamos que el Espíritu está presente en nosotros porque sabemos que nuestros pecados han sido perdonados ya en nuestro bautismo, antes de que nosotros pudiéramos hacer nada de bueno (Jn 20,19-23). El perdón de Dios ha sido el gran signo de su amor y ha tenido lugar con el don del Hijo y del Espíritu. Éste derrama en nuestros corazones el amor de Dios. Pidamos en esta Eucaristía que el Espíritu sigue renovando su Iglesia para que sea siempre joven y promueva iniciativas nuevas según las necesidades de estos tiempos.

 

 

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El Señor volverá

24 de mayo de 2020 – La Ascensión del Señor

 

La crisis del coronavirus, como ha dicho alguien, es el reto mayor al que nos estamos enfrentando después de la segunda guerra mundial. No solo por el peligro que representa para la vida de toda la humanidad sino también por la crisis económica que está desencadenando, consecuencia de la paralización de la actividad productiva. Tenemos que anticiparnos y prepararnos para esa crisis. Debemos movilizar todas las fuerzas y recursos de los que disponemos confiados en que Dios nos ama y quiere nuestro bien.

Jesús resucitado de entre los muertos y sentado a la derecha de Dios intercede por nosotros.  Jesús vive en la intimidad de Dios y por eso sigue vivo y presente en nuestra historia a través de la acción de su Espíritu y de las personas y acciones de sus  seguidores. Jesús ha querido asociarnos a su misión de hacer presente la salvación de Dios en nuestro mundo.

Jesús mismo da un mandato a sus amigos de continuar su obra y promete estar siempre con ellos (Mt 28, 16-20). Se  nos anticipa así la historia de la Iglesia en la que sigue vivo el Señor resucitado. La llamada ascensión es la exaltación del crucificado, al que Dios hace justicia, sentándolo a su derecha. Estando con Dios, no se ha alejado de la historia humana, sino que está más presente que nunca pues ya no existen para Él las barreras del espacio y del tiempo (Ef 1,17-23).

No hay pues ruptura sino continuidad entre Cristo y su Iglesia, presente ya en su vida pública en la persona de sus discípulos, que reciben el testigo y lo van pasando a las generaciones venideras. Entramos en el tiempo de la misión, en el que no se puede estar mirando al cielo sino que hay que anunciar el evangelio (Hechos 1,1-11). La persona de Jesús se convierte en la clave de la historia universal y de cada una de las personas. En la acogida o el rechazo de Jesús cada uno se juega su destino. La Iglesia se siente por tanto investida de una misión muy seria. Está en juego nada menos la salvación o la perdición de las personas.

La Iglesia contempla la humanidad con el mismo amor de Dios Padre que tanto amó al mundo que le dio su propio Hijo, no para condenar al mundo sino para que se salve. La Iglesia quiere ser instrumento de salvación al servicio del mundo. En ella se anticipa esa salvación que es Cristo. La salvación no se refiere solamente a la otra vida, o a la vida del alma, sino que tiene que ver con la totalidad de la persona que experimenta ya ahora lo que significa ser salvada. Sin duda estamos salvados en esperanza, pero tenemos ya la garantía de lo que será la realidad definitiva que contemplamos ya en Cristo exaltado a la diestra del Padre.

La celebración de la Ascensión no puede menos que provocar una alegría en todos nosotros por el triunfo de Cristo, nuestro hermano, que ha coronado ya la existencia. No se ha ido sino que sigue presente entre nosotros. No se trata de una presencia puramente estática, como la del espectador que contempla impasible la historia humana. Se trata de una presencia dinámica comprometida con el futuro de la historia del hombre. Ahora tenemos un hombre que puede hablar a los oídos de Dios en un lenguaje humano. El intercede constantemente por nosotros ante el Padre. Fijos nuestros ojos en él, tratamos de desplegar todo el dinamismo de la esperanza cristiana poniendo manos a la obra. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a ser testigos creíbles de la presencia de Jesús en nuestro mundo.

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No os dejo huérfanos

17 de mayo de 2020 – 6 Domingo de Pascua

 

Todo tiempo de crisis, también este del coronavirus, implica un peligro y una oportunidad. El virus está poniendo en peligro nada menos que nuestras vidas. Ha echado por tierra todos nuestros planes y ha dejado al descubierto la falta de fundamentos seguros en una civilización tan avanzada de la que no sentíamos tan orgullosos y de la que disfrutábamos despreocupados. Hemos palpado la orfandad espiritual en la que vivimos. Nos faltan personas de referencia que indiquen el camino a seguir. Los gobiernos perdieron tiempos preciosos en reaccionar porque no sabían por donde tirar.

De pronto las voces autorizadas han desaparecido, incluso el Papa ha sido muy parco en palabras, aunque ha hecho algunas propuestas de por dónde debe caminar la humanidad después del coronavirus. No se trata simplemente de volver a la llamada “normalidad”, que será de nuevo para muchos la dura realidad de la pobreza y la soledad. Hay que salir transformados interiormente para poder cambiar después nuestra manera de vivir.

Durante este tiempo han dominado las voces estridentes de los medios de comunicación que nos han robado el silencio que hubiera propiciado el aprovechar la oportunidad única que se nos ofrecía de cambiar nuestros deseos. Se han ofrecido entretenimientos y diversiones de manera que no pensemos demasiado y comencemos a aburrirnos y a considerar insoportable el encierro.

Pero la crisis también ha sido una oportunidad para que algunos colectivos hayan dado lo mejor de sí, el personal sanitario, la policía y el ejército, los trabajadores que han asegurado el aprovisionamiento diario. Es de admirar cómo los niños han soportado durante tanto tiempo el confinamiento. El no poder salir de casa ha quedado compensado por el disfrute de la presencia cariñosa de los padres. Probablemente los niños han intuido que habría otra manera de vivir más beneficiosa para ellos en la que lo importante sea el cariño de las personas y no simplemente la abundancia de cosas.

Los discípulos experimentaron una crisis terrible por la ausencia de Jesús, arrebatado por la muerte en la cruz. Se encontraron desvalidos en la situación de un huérfano menor de edad (Juan 14,15-21).  Durante la presencia terrena de Jesús, éste era su defensor y consolador. Ahora será el Espíritu el que asuma esa misión. Se sigue suponiendo que los discípulos y seguidores de Jesús se encuentran en situaciones difíciles y conflictivas en las que es necesario la ayuda, la defensa y el consuelo. Todo eso lo hace el Espíritu. Él es el Espíritu de la verdad, frente al espíritu del error en que yace el mundo. La verdad se abre camino por sí sola. Es el Espíritu el que irá reivindicado ante el mundo la persona de Jesús y su causa, ahora vivida por sus discípulos.

Esta venida de Jesús en su Espíritu es una venida íntima, que acontece en el profundo del ser de la persona. No es un acontecimiento ostentoso visible para todos, aunque acontecía a través de la imposición de manos de los apóstoles (Hechos 8,5-8.14-17). Implica, por tanto, a la comunidad eclesial y a cada cristiano llamado a dar razón de su esperanza (Pedro 3,15-18). La falta de esperanza que invade nuestro mundo, en buena medida viene de la ausencia de Dios y de la banalización de la existencia. Es el Espíritu el que hace que la Iglesia no sea simplemente un tinglado humano más sino un instrumento al servicio del plan de Dios. Pidamos que también nosotros podamos experimentar en nuestras vidas su acción transformadora.

 

 

 

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