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Estad despiertos

29 de noviembre de 2020- Primer Domingo de Adviento

Todos estamos viviendo a la expectativa de que haya pronto una vacuna para el virus y que podamos volver a la vida de siempre, a la dichosa normalidad de poder movernos con libertad, andar con los amigos, trabajar y consumir. Tememos, sin duda las consecuencias de la crisis social, pero estamos seguros de que volverán los buenos tiempos. Es verdad que para muchos los tiempos han sido siempre malos, y seguirán siéndolo, sobre todo si nosotros tenemos como único ideal disfrutar de este mundo consumista. Es verdad que sin quererlo nos han despertado del dulce sueño del bienestar en el que muchos estaban viviendo durante los primeros años del tercer milenio. ¿Saldremos de esta crisis mejores o peores? Dependerá de nosotros. ¿Estamos dispuestos a fundamentar nuestras vidas sobre auténticos valores éticos o solo va a contar el disfrutar y divertirse sin darnos cuenta del sufrimiento de la mayor parte la la humanidad?

El tiempo de Adviento, con el que empezamos el año litúrgico,  intenta sacudirnos de nuestra modorra y recordarnos que estamos aguardando la manifestación gloriosa de Jesús, el Señor que se fue pero que volverá (Mc 13,33-37). Es la resurrección de Jesús la que ha abierto para nosotros el futuro de Dios. Un futuro que no se puede planificar con cálculos humanos, sino que está irrumpiendo constantemente de manera sorprendente aportando siempre la novedad a nuestro viejo mundo. La esperanza cristiana no es fruto de los cálculos optimistas sobre el futuro. En realidad los datos actuales son más bien sombríos. Pero precisamente el Evangelio es Buena Noticia para los pobres y desesperados que no encuentran soluciones en las políticas humanas.

La esperanza cristiana se basa en la fidelidad de Dios a sus promesas. Dios prometió darse al hombre y lo hizo en la persona de Cristo Jesús. Verdaderamente, como quería el profeta, Dios ha rasgado el cielo y ha bajado al encuentro del hombre para rescatarlo (Is 63,16-17; 64,1-8). Dios ha pronunciado una palabra de perdón sobre el pasado pecador del hombre. Jesús es el Sí incondicional del amor de Dios al hombre. Resucitándolo de entre los muertos, Dios ha sentado ya a la humanidad a su derecha. Hemos sido introducidos en la vida misma de Dios.

Nuestra esperanza no se basa ni en los cálculos humanos ni en el simple deseo o necesidad de soñar con un futuro. Tenemos ya las señales de que la vida del hombre ha sido transformada cualitativamente. Hemos sido enriquecidos en todo, en el hablar y en el saber (1 Cor 1,3-9). Como los fieles de Corinto, tampoco nosotros carecemos de ningún don, aunque carezcamos de muchas cosas materiales.  No es necesario esperar a la otra vida o al otro mundo. Hoy día es posible vivir esa plenitud divina que Dios nos ha dado en Cristo.

La vigilancia a la que nos invita el Adviento, es en realidad una exhortación a darnos cuenta del momento presente, de la presencia de Dios entre nosotros. Es Él el que está abriendo siempre un futuro para el hombre. Un futuro que el hombre está invitado a construir en colaboración con Dios. Solamente abriéndonos al futuro de Dios, seremos capaces de mantenernos firmes hasta el final, no dejándonos seducir por un presente engañoso.  La esperanza cristiana orienta nuestra mirada hacia Dios, pero nos mantiene con nuestros pies en la tierra. No nos lleva a cruzarnos de brazos sino que nos hace desplegar todo el dinamismo de la experiencia cristiana. Así Dios sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos. Que la celebración de la Eucaristía avive en nosotros el deseo del retorno del Señor y nos lleve a preparar su venida.

 

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Cristo, nuestro Rey

22 de noviembre de 2020 – Jesucristo, Rey del Universo

 

Desgraciadamente las figuras políticas se han ido devaluando de tal manera que necesitamos recuperar su imagen y misión original, la de ser servidores de los pueblos. Cristo es un Rey muy diferente de los políticos de uno y otro signo. Él es el gran servidor que da la vida para que los hombres tengan vida. Esta es la vocación de la Iglesia: vivir un amor servicial, hecho de obras de misericordia. Desgraciadamente en los medios de comunicación aparecen muchas veces otras caricaturas de Ia Iglesia, no siempre exentas de fundamento. Gracias a Dios, durante esta pandemia la Iglesia está mostrando que esa caridad es parte integrante de la lucha a favor de la justicia. Jesús anunció un Dios que hace justicia a aquellos a los que el mundo no hace justicia y trata de manera injusta.

En los tiempos bíblicos, era el rey el encargado de hacer justicia. Se le representa muchas veces bajo la figura del pastor que trata con equidad a sus ovejas, es decir, según las necesidades de cada una (Ez 34,11-17). Tratar a todos por igual era para los antiguos la mayor injusticia. Hoy día creemos que esas consideraciones de las situaciones particulares no tienen nada que ver con la justicia, todo lo más los cristianos las consideran objeto de la caridad cristiana. Y, efectivamente, como dice el Papa, sólo con la caridad cristiana se puede crear un mundo justo.

El deseo de justicia se expresa en la idea del juicio final. El examen final al que nos someterá Jesús tiene que ver con la realización de la justicia en este mundo (Mt 25,31-46). En realidad es un examen sobre las obras de misericordia, porque sólo la misericordia y la compasión son capaces de hacer justicia al hombre sufriente y doliente. Las obras de misericordia tienen que ver con las personas a las que el mundo no hace justicia: los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos, los encarcelados.

El juicio de Jesús es coherente con su vida y su anuncio del Reino de Dios. El Reino viene sobre toda para esas categorías de excluidos de la sociedad. Son ellos los primeros destinatarios del Reino. Tan sólo los que son capaces de descubrir a Jesús y su Reino en los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos y los encarcelados desean de verdad entrar en el Reino de Dios.

“A la tarde te examinarán en el amor” (San Juan de la Cruz). Será un examen práctico y no teórico. No se aprueba con un trabajo escrito o unas respuestas aprendidas de memoria. Habrá que mostrar los ejercicios prácticos que uno ha realizado. Habrá que demostrar que uno ha aprendido ya a vivir en el Reino.

El amor cristiano sigue siendo todavía la asignatura pendiente del cristianismo, aunque haya ejemplos reconfortantes de cristianos que va superando la prueba con sobresaliente. La fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, colocada en el último domingo del año litúrgico, nos recuerda que sólo podremos formar parte del Reino de Dios si tenemos un corazón compasivo y misericordioso como el de Jesús. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a descubrir a Jesús en los pobres y marginados para que un día tengamos parte con ellos en el Reino del Padre.

 

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Ser buenos administradores

15 de noviembre de 2020 – 33 Domingo Ordinario

 

El papa Francisco ha denunciado el sistema financiero actual basado en una riqueza puramente especulativa que no tiene una base real en la producción de bienes mediante el trabajo que dignifica a la persona. Se perdió la oportunidad en la crisis anterior, en 2008, de emprender una reforma del sistema y no se hizo. Las pérdidas de los bancos fueron pagadas por la sociedad y en último término por los más pobres. No podemos repetir ahora el mismo error. Un sistema económico que ignora los valores éticos humanos está condenado al fracaso como constatamos claramente ahora. Es necesario reorientar mundialmente las relaciones entre los países de manera que se promueva un verdadero desarrollo humano, sobre todo para los países y grupos sometidos hoy día a la miseria por unos grupos económicos que se llevan los beneficios del trabajador y de los que ni siquiera pueden tener acceso al trabajo. Los que tienen más dinero intentan sacarle rendimiento, pero para eso hay que correr riesgo. Lo mismo ocurría ya en tiempo de Jesús, que aprovechó la imagen para hablarnos de la vida y de su sentido.

Jesús no intentó bendecir con este evangelio el sistema del máximo lucro hoy imperante, pero describe la situación de su tiempo con una gran agudeza. Hoy día, para nosotros esa realidad es todavía más evidente. Los ricos son cada vez más ricos y los que no tienen se ven despojados de lo que tienen (Mt 25,14-30).

Jesús no quería hablar de economía sino de la vida, de lo que uno tiene que hacer para darle un sentido. Y con toda la tradición bíblica Jesús cree que es a través de nuestras acciones como damos un sentido a la vida. Está totalmente alejado de la mentalidad griega que recomienda la contemplación y desprecia la acción y el trabajo manual. Los modelos de vida que presenta el Antiguo como el Nuevo Testamento son hombres y mujeres de acción (Prov 31,10-31). La acción, sin duda, comporta una reflexión que precede a la toma de decisiones. Por eso es necesario estar siempre despejados y vigilantes (1 Tes 5,1-6). Son las decisiones y las acciones las que cambian la vida y la historia de los hombres.

Esas acciones se rigen por el principio de responsabilidad que garantiza el fruto de nuestras acciones. Todos somos responsables de los dones que hemos recibido de Dios, el primero de ellos la vida. Somos administradores de esos dones que  se nos han confiado y tendremos que dar cuenta de su uso. La vida no nos ha sido dada simplemente para disfrutarla y consumirla. La vida nos ha sido dada para darla, para que produzca vida. La vida comporta riesgo y aventura. Por eso hace falta un mínimo de confianza y audacia para no quedar paralizados por el miedo ante lo desconocido, como el empleado que enterró el dinero bajo tierra. Ese empleado es tachado de negligente y holgazán.

Desgraciadamente el hombre actual, que es tan listo para hacer producir al dinero, ha ido olvidando la sabiduría de la vida y muchas veces no sabe qué hacer con la vida más allá de disfrutarla y consumirla en sensaciones agradables y excitantes. De esta manera estamos creando una cultura contra la vida. El Papa ha recordado la necesidad de una ecología del hombre, que está ligada a la ecología de la naturaleza y ha invitado a respetar la ley natural y a no querer legislar simplemente mediante el consenso de las voluntades. Muchas veces, en efecto, podemos ponernos de acuerdo para hacer estupideces. Es necesario, en cambio, ser responsables no sólo de nuestro presente sino también del futuro de las generaciones jóvenes.

A los creyentes se nos ha confiado el futuro de la fe, el mayor bien que hemos recibido de Jesús y de nuestros mayores. Da la impresión de que estamos viviendo un momento de miedo que nos paraliza y hace que nuestra fe sea algo vivido a escondidas, sin hacerla presente en la sociedad. Que la celebración de la eucaristía nos dé la fuerza que necesitamos para vivir y testimoniar nuestra fe en nuestro mundo.

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Con las lámparas encendidas

8 de noviembre de 2020 – 32 Domingo Ordinario

La pandemia mundial ha puesto de manifiesto que la civilización que hemos construido no se mantiene en pie. Nos creíamos muy inteligentes y dueños del futuro y de pronto todo se ha venido a bajo como un castillo de naipes. En estos tiempos difíciles que nos tocan vivir tenemos que estar vigilantes para que no se nos perpetúen los problemas que nos han llevado a esta situación si salida. Es necesario ante todo crear unas nuevas actitudes y valores basados en la solidaridad, la fraternidad y la amistad universal como nos ha recordado el papa Francisco. Nuestras esperanzas no  se basan en los cálculos puramente humanos sino en la certeza del compromiso de Dios con los hombres. El quiere una única familia en la que todos cuidemos a todos y cuidemos al planeta tierra para las generaciones futuras.

Nuestra fe cristiana se ha ido extinguiendo en el corazón de las personas y como consecuencia también en la vida de la sociedad han ido desapareciendo muchos valores cristianos, sustituidos por otro tipo de valores o  simplemente por un vacío de valores. Ha ido desapareciendo de nuestra cultura ese horizonte de esperanza y de eternidad que la fe cristiana infunde en el corazón de los creyentes (1 Tes 4,12-17). El impacto ha sido particularmente intenso en los jóvenes que ven su futuro cada vez más bloqueado y tienen la tentación de hundirse en una cultura de la diversión y disfrute.

La fe se ha ido extinguiendo por falta de combustible, como las lámparas de la parábola, en la que las jovencitas por falta de previsión se quedaron sin aceite (Mt 25,1-13). En algunos países da la impresión que estamos ante la última generación de creyentes. Última porque no ha querido o no ha sabido transmitir la fe a las generaciones más jóvenes. Probablemente en nuestra cultura europea, ha sido también esa falta de previsión la que ha hecho que de pronto la Iglesia se haya encontrado sumergida en una cultura para la que no había preparado a sus hijos. En un mundo en el que todos eran cristianos por tradición y ambiente, y porque no se podía ser de otra manera, la fe funcionaba a base de ese combustible: tradición, rutina, devociones, prácticas cristianas y una moral que no desentonase. Ese combustible se ha ido agotando poco a poco porque han ido desapareciendo ese tipo de estaciones en las que repostar.

¿Cuál es el combustible que nos falta hoy? Nos falta, como ya vio el P. Chaminade, la alegría de la fe. Cuando uno siente una gran alegría, la quiere compartir inmediatamente con los demás. Los cristianos hoy día damos la impresión de que no tenemos ninguna buena noticia que anunciar a este mundo sin horizontes en el que nos toca vivir. Nuestra fe es raquítica y puramente intelectual. Nos falta  una fe del corazón, asumida de manera personal, y  vivida comunitariamente al servicio del mundo. Eso es lo que quiere vivir el carisma marianista inspirado en la persona de María. Los cristianos, como el resto de las personas, vivimos en esta suave cultura del bienestar que nos adormece a todos, cristianos y no cristianos. La única manera de permanecer en vela y con combustible de reserva es “una fe que opera a través del amor”, que intenta contagiarse de unos a otros. La fe que no se transmite desaparece, como la lámpara que dispone de una cantidad determinada de aceite. Sólo encendiendo otras lámparas se podrá resistir en esta noche de la fe.

Para mantener el fuego sagrado necesitamos una comunidad eclesial que avive nuestra fe. El P. Chaminade ponía una comparación elocuente. Cuando hace frío y uno enciende fuego para calentarse, si se encienden varios trozos de leña, alejados unos de otros, acaban por apagarse. En cambio, si se les ponen a arder juntos, dan una gran llama que puede caldear el ambiente. Que esta eucaristía nos lleve a entrar en el corazón de Cristo para que su amor nos renueve y nos ayude a ser testigos de su luz y de su amor en el mundo.

 

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Una Iglesia de santos

1 de noviembre de 2020 – Todos los Santos

El Papa Francisco nos ha hablado de los santos de la puerta de al lado. Estos son necesarios en este tiempo de pandemia en que se necesita el valor de salir de sí mismo al encuentro de los demás. Estos santos son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero lo hacen bien. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista, quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos.

La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudo: sois santos, vivid como santos.

Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

 

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Amar a Dios y al prójimo

25 de octubre de 2020 – 30 Domingo Ordinario

El volumen de conocimientos de nuestro tiempo está en buena medida a disposición de todos en  Internet. En tiempo de Jesús, la Biblia era para el pueblo de Israel una buena enciclopedia de todos los saberes divinos y humanos. A la mayoría de los judíos debía parecerle ya demasiado compleja. Nada extraño que los doctores de la ley intentaran buscar un hilo conductor en ese inmenso laberinto. La pregunta sobre el mandamiento principal no es simplemente un intento de concentrar la moral bíblica en él, sino que en él se resume también toda la historia de la salvación.

La respuesta de Jesús supone una reflexión e interpretación personal ya que  no corresponde al texto del llamado decálogo o diez mandamientos, sino que toma otros textos de la Escritura, en particular el “shema Israel”, confesión de fe tradicional entre los judíos del tiempo de Jesús. En ella se profesa la unicidad de Dios y la obligación de un amor total (Mt 22,34-40). Se supone sin duda que ese Dios es alguien con el que uno está familiarizado y es el que ha liberado a Israel de Egipto y ha hecho alianza de amor con su pueblo.

Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto, que exige abandonar los ídolos (1 Tes 1, 5c-10). Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. En esta alianza es Dios el que ha tenido la iniciativa. Nuestro amor es una respuesta al que nos amó primero.

Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita solo el mandamiento principal sino que menciona  dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre (Ex 22,20-26).

En esas relaciones de amor, no se excluye el amarse a sí mismo aunque sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo significa amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo, y porque Dios lo ama mucho. El amor es la clave de comprensión de toda la Escritura, de la Ley y los Profetas, que tratan de explicitar las exigencias del amor en las diversas situaciones de la vida. En realidad la Escritura, como historia de la salvación, es esa gran novela del amor de Dios, con sus alegrías y frustraciones. Ese amor se derrama a raudales cuando Dios en Jesús se hace Eucaristía y sella la nueva alianza en su sangre.

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Los desafíos de la misión

18 de octubre de 2020 – 29 Domingo Ordinario

En nuestro país hoy día la mayoría considera normal la separación de la Iglesia y el estado.  Es verdad que para algunos separación significa oposición y en último término imposición de uno de los dos. Pero en general se busca la colaboración al servicio de los ciudadanos, sobre todo de los más pobres. Más difícil es la separación entre el poder político y el económico. Jesús se vio atrapado en una realidad en la que se confundían todos los poderes, religioso, político y económico, y en el fondo todos estaban para exprimir al pueblo. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella realidad, que al final lo condenará a muerte.

En la cuestión de los impuestos, Jesús no cayó en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.

Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.

Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres.

Hoy es el Día de las Misiones. En su mensaje el Papa nos invita a reflexionar sobre la misión de cada creyente en los diferentes estados de vida en que se vive: sacerdocio, vida consagrada, matrimonio, persona soltera. En este momento delicado de la situación del mundo, la Iglesia continúa siendo una Iglesia en salida,   una Iglesia en estado de misión. El papa nos recuerda la vocación del profeta Isaías (Is 6, 8 ) que responde con prontitud a la llamada del Señor: “Aquí estoy, mándame”. Sin duda que hay que ser prudentes pero si todos “nos quedamos en casa”, desaparecería la misión y la Iglesia, que solo existe en cuanto que está ejerciendo la misión.

El Papa nos lo recuerda: “Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida”.  Apoyemos a las misiones y a los misioneros con nuestra oración y nuestros donativos. Que la celebración de la eucaristía nos llene de alegría para testimoniar ante el mundo el Evangelio de Jesús.

 

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Aceptar la invitación

11 de octubre de 2020 – 28 Domingo Ordinario

La pandemia ha impuesto un estilo de vida opuesto a las tendencias que se venían desarrollando sobre todo en nuestro país. Nos gusta la vida social, el expresar nuestro afecto con nuestros gestos de besos y abrazos. Las restricciones en las celebraciones sociales han hecho que más de una pareja hayan tenido que aplazar su boda. Llevamos ocho meses sin poder hacer ni aceptar invitaciones, con la repercusión que eso está teniendo en el montaje económico de tantas actividades comerciales.

 A veces es una suerte ser invitado a determinado acontecimiento, otras veces lo consideramos aburrido, pero no hay más remedio que ir. También Dios, como el rey de la parábola, nos invita al banquete de la vida (Mt 22,1-14). Todos nos sentimos llamados a vivir, pero son pocos los que se sienten llamados y elegidos a vivir la vida misma de Dios, la vida del Reino. Los invitados de la parábola tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas.

Jesús, en esta parábola, como en las de los anteriores domingos, interpreta la historia de Israel. Pero esta palabra es siempre viva y eficaz e interpreta también nuestra historia. Nuestro mundo actual pasa de la religión, al menos de la religión vivida en comunidad eclesial. Le resulta aburrida y encuentra mucho más atractivo en sus negocios y diversiones. De esa manera nos centramos cada vez más en las cosas e instrumentos y olvidamos las relaciones personales. Cada vez nos cuesta más dedicar tiempo a las personas, aunque se trate de ir a una celebración festiva. Y desde luego, casi nunca tenemos tiempo para prestar atención a nuestra vida y situarla ante Dios. El encuentro con las personas nos desinstala y nos hace salir de nosotros mismos.

Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad.  Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.

Cuando uno ha decidido aceptar la invitación a las bodas del Reino, uno tiene que asumir la responsabilidad y las exigencias que comporta. No se puede vivir de cualquiera manera. No se puede presentar uno sin el traje de bodas. Es ahí donde el evangelio pone el dedo en la llaga. La mayoría de nosotros hemos aceptado esa invitación en nuestro bautismo y tratamos de ser coherentes con lo que significa. Pero nos damos cuenta de que no estamos a la altura de las circunstancias y de que tenemos necesidad de una conversión continua.

Estamos llamados a trabajar al servicio de la vida, de toda vida, sobre todo de aquella que se ve más amenazada y excluida. El mundo actual está montado sobre la exclusión de la mitad de la humanidad. Hagamos en torno al banquete de Jesús una gran mesa a la que puedan sentarse todos nuestros hermanos para poder celebrar la salvación de nuestro Dios. Respondamos con generosidad a la invitación que el Señor nos hace a volver a nuestros orígenes y experimentar un nuevo nacimiento.

 

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