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Señor ¿a quién iremos?

26 de agosto de 2018 – 21 Domingo Ordinario

La figura del Papa Francisco está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes. Es difícil, sin embargo, saber si hemos tocado el fondo en el desenganche de los creyentes respecto a vida eclesial y a la fe cristiana. Aparentemente los que han permanecido fieles continúan ahí contra viento y marea. La gran dificultad, en cambio, está en atraer a las nuevas generaciones o a los que se han alejado. No cabe más remedio que preguntarse por las causas de ese alejamiento, no sólo para evitar cometer los mismos errores, sino también para ver si se les puede atraer de nuevo.

En el punto de partida del abandono de la práctica eclesial, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que dejaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69). Las dificultades entonces tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios.

Aunque hoy día la decepción, parece venir provocada por la realidad de la Iglesia, en el fondo lo que está en cuestión es la persona de Jesús y del mismo Dios mismo. La tendencia actualmente existente es la de querer relacionarse directamente con Dios y con Jesús sin la mediación eclesial. Ésta aparece muchas veces como un estorbo que se interpone en esa relación en vez de ser la realidad que nos introduce en ella. Para muchos incluso la realidad de Jesús o de Dios no les dice nada a la hora de buscar la felicidad y el sentido de su vida.

En tiempos de Jesús, la crisis afectó a la comunidad de los discípulos y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor. Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”.

Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.

También Josué al introducir el pueblo en la tierra prometida lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía afiance en nosotros nuestro adhesión a Cristo.

 

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Mi carne es verdadera comida

19 de agosto de 2018 – 20 Domingo Ordinario

 

Vivimos gracias a la comida. El hombre siempre buscó un fruto mágico que le permitiera vivir para siempre, que le diera la inmortalidad. Aunque la vida y los alimentos vienen de Dios, el hombre, sin embargo, es mortal a causa del pecado. El hombre no sólo vive de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios, su Sabiduría, es un banquete para la persona que busca ante todo el sentido de la vida y la felicidad (Prov 9,1-6),

Jesús, en cambio, promete un alimento que garantiza la inmortalidad: su carne y su sangre (Juan 6,51-58). Esto no puede menos que escandalizar a sus oyentes que probablemente pensaron en el canibalismo o en la imposibilidad de una vida sin fin. Pero Jesús nos explica cómo eso es posible. La vida viene de Dios que es la vida en plenitud, la vida inmortal. Jesús vive por el Padre, ha recibido la vida del Padre, la vida misma de Dios, que no tiene fin. Jesús alimenta su vida, como Él dirá, haciendo la voluntad del Padre, estando siempre en sintonía con Él, haciendo que la misma vida de Dios fluya por sus venas. Pero Jesús, además, tiene la capacidad de darnos esa misma vida que ha recibido del Padre. Por eso puede prometernos la inmortalidad, el vivir para siempre.

Jesús nos da su propia vida, la vida misma de Dios, alimentándonos con su carne y su sangre. No podemos menos que evocar la imagen de la madre alimentando con su seno al bebé. Al mencionar la carne y la sangre de Jesús, el evangelio piensa sin duda en la eucaristía, misterio del cuerpo y de la sangre de Jesús. Se trata, sin duda alguna, de la vida de Jesús.

 

La Biblia llama “carne” a una vida en la debilidad. Jesús nos hace ver que lo que nutre al creyente no son los “alimentos fuertes”, sino precisamente la vida ordinaria de entrega que Él vivió a favor de nosotros. La “sangre” de Jesús evoca su pasión, su muerte cruenta, precisamente porque era débil como nosotros. El creyente que se sumerge en la vida y muerte de Jesús alcanza la inmortalidad, la resurrección. Entramos en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo a través del bautismo y de la eucaristía. Ésta es sin duda la “medicina de la inmortalidad”, como la llamaban los Padres de la Iglesia.

Cuando comemos incorporamos los alimentos a nuestras células, los asimilamos y los hacemos nuestros. No es así como logramos la inmortalidad de la vida del Señor Resucitado, pues al hacerlo nuestro, nos encontraríamos siempre con nuestro ser mortal. Ocurre, más bien, al revés. Es el Señor Resucitado el que nos incorpora a Sí y hace de nosotros personas resucitadas que viven una vida sin final.

Que la participación en esta eucaristía nos transforme en Cristo y nos dé su propia vida, la vida recibida del Padre. Esta vida es, ante todo, amor, relación personal con Dios y con los demás, relación que nos lleva a salir de nosotros mismos, para abrirnos a la vida sin límites.

 

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El poderoso ha hecho obras grandes por mí

15 de agosto de 2018 – La Asunción de la Virgen María

Cuando el Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción en 1950 señalaba su deseo de que la contemplación de María en cuerpo y alma en los cielos llevase a los hombres a no hundirse en el materialismo. Sin duda en aquellos tiempos imperaba la ideología materialista del marxismo comunismo, pero los bienes materiales seguían siendo escasos pues hacía poco que había terminado la Segunda Guerra Mundial. El mensaje era bien recibido en España que, sumergida en la pobreza, se consideraba portadora de valores eternos.

A pesar de la crisis económica actual y de que más de mil millones de personas viven en la pobreza, nuestros países occidentales nadan en la abundancia de bienes materiales. El olvido del destino eterno del hombre se ha ido acentuando en las últimas décadas. Existe el peligro de pensar que una vida lograda y de calidad es aquella a la que no le falta nada en bienes materiales. Por eso la contemplación de la persona de María sigue siendo actual para el creyente.

La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo (1 Cor 15,20-27), ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta. La fe fue el fundamento de su felicidad.

María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10). María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino. Al contrario, nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el anti-reino del dragón, que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros.

Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,39-56). La propia historia de María nos lo confirma. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra esperanza y nos dé fuerzas para colaborar con Dios en la transformación de nuestro mundo.

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El don de la fe

12 de agosto de 2018 – 19 Domingo Ordinario

¿Por qué seguimos creyendo en Jesús mientras muchos de nuestros compañeros dejaron de creer? La fe o la falta de fe forman parte de la historia de nuestras vidas. Por eso cada caso es diferente y hay que tener en cuenta la situación del creyente, tanto individual como colectivamente. El rechazo de Jesús por parte de su pueblo provocó toda una reflexión en sus discípulos.

El motivo del rechazo suele concentrarse en la negación de la resurrección y de la encarnación del Hijo de Dios. Los oyentes de Jesús se escandalizan de que éste, cuyos orígenes humanos les son bien conocidos, pretenda venir del cielo, es decir venir de Dios. Comprendieron muy claramente que Jesús no se presentaba como un simple enviado de Dios como Moisés, sino que en Él estaba presente Dios de una manera distinta a como se solía repetir en su pueblo: “el enviado es como el que lo envía” (Jn 6,41-52).

Es el misterio de la persona de Jesús el que provoca la fe y la falta de fe en los que se le acercan. Los que creen en Jesús hacen la experiencia de encontrarse con Dios en Él. Los que lo rechazan afirman que en Jesús sólo encuentran una persona humana como las demás. ¿Por qué ese conflicto de interpretaciones? Es aquí donde descubrimos lo complejo de la experiencia que llamamos creer en Jesús. Toda experiencia nos es dada, no es fruto de nuestro pensamiento. No basta decidir quiero creer en Jesús. Es necesario que el Padre nos atraiga hacia Jesús para poder experimentar en su persona la presencia de Dios. Es Dios el que se nos da en la experiencia de Jesús.

¿Cómo se nos da Dios en Jesús cuando creemos en Él? Dios se nos da a través de su palabra, que el creyente tiene que escuchar y aprender. La escucha supone la obediencia, el estar dispuesto a acoger esa palabra y vivir según ella. El aprender hace de nosotros discípulos de Dios, que tienen un trato de amistad con Él y no una simple relación intelectual de maestro y discípulo. El que está familiarizado a tratar con Dios inmediatamente va hacia Jesús, porque descubre que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios. En realidad uno sólo puede entrar en contacto con Dios a través de Jesús, su Palabra encarnada.

¿Por qué a unos se les da el creer y a otros no? ¿Por qué unos conservan la fe y otros la abandonan? La convicción cristiana es que Dios se manifiesta a todos, incluso a los no cristianos. Y en esa manifestación nos ofrece su gracia y su amor y nos invita a un diálogo amoroso con Él. El amor y la fe son libres. Puedo responder sí o no al ofrecimiento que se me hace. Dependerá de la atracción profunda que la persona que me ofrece su amor ejerza sobre mí. Puedo en un cierto momento acoger ese amor y desgraciadamente puedo pocos años más tarde dejar que ese amor desaparezca.

Solemos decir que tenemos fe. En realidad es la fe la que nos tiene por la mano a nosotros. Si Dios nos deja de su mano, también nosotros nos convertiremos en no creyentes. Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a cultivar la relación personal con Jesús.

 

 

 

 

 

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Por qué creer en Jesús

5 de agosto de 2018 – 18 Domingo Ordinario

Hace sesenta años conocer a Jesús era lo más natural en los niños españoles. El Jesús del catecismo y de la misa del domingo formaba parte de la vida de entonces. Ahora uno se lleva la sorpresa de oír a niños de seis años decir que Dios no existe y ponerse nerviosos cuando se les habla de Dios. Sin duda han oído eso a sus padres. No es que esos niños hayan perdido la fe. No han oído hablar de Jesús y preguntan a veces quién es ése que aparece clavado en una cruz.

Algunos de esos niños nos preguntarán algún día por qué creer en Jesús. Los judíos se lo preguntaron a Jesús mismo que les exigía esa fe como algo querido por Dios (Jn 6,24-35). Le pidieron un signo, una prueba, de que su persona merece nuestra adhesión incondicional. Quieren ver alguna manifestación que les permita concluir que Dios está actuando en Él. Los padres en el desierto comieron un pan venido directamente de Dios. ¿Qué es lo que Jesús puede ofrecer que ponga al hombre en relación con la realidad definitiva, con Dios?

Jesús declara que sólo Dios puede poner en relación con lo definitivo, con la Vida con mayúscula. Sin duda también los judíos confiesan que la vida viene de Dios y que Dios mantiene nuestra vida a través del alimento cotidiano que recibimos de su generosidad. Pero el pan del cielo que recibió el pueblo de Dios en el desierto no dio la vida definitiva. No basta con que venga del cielo, tiene que dar la vida al mundo. Dios, sin duda, se ha comunicado al hombre a través de muchos mediadores, pero tan sólo en Cristo Jesús el hombre tiene la Vida eterna. Por eso Jesús declara: Yo soy el pan de vida.

¿Por qué seguimos creyendo en Jesús? Sin duda porque hemos ido viviendo y experimentando que en Él tenemos vida, y vida en abundancia. La fe en Jesús no es algo secundario en nuestra existencia sino que pertenece a la realidad más concreta y vital, al sentido de nuestra vida. Creyendo en Jesús uno escapa al vacío de la existencia  y abandona una vida movida tan sólo por los deseos del placer (Ef 4,17,20-24). Siguiendo a Jesús se entra en una dinámica de renovación continua del espíritu. Es el Espíritu de Jesús el que crea una nueva condición humana, creada a imagen de Dios. Uno supera el vacío de la existencia y se descubre como alguien valioso a los ojos de Dios y de los demás.

¿Por qué creo en Jesús? Con el tiempo me doy cuenta que mi fe en Jesús no fue el resultado de una reflexión, ni tan siquiera de una experiencia particular que me llevara a creer en Él. En realidad mi fe es una respuesta a su presencia en mi vida, a su amor que me amó primero. Su presencia en aquellos tiempos era algo natural. Uno la sentía en la familia, en la escuela, en la parroquia, en los amigos. Uno se sentía acompañado por un amigo. ¿Por qué voy a dejar a un amigo del que sólo estoy recibiendo constantemente bienes?

Los judíos pidieron a Jesús: danos siempre de ese pan de vida. Nosotros sabemos que es Jesús ese pan de vida, que nos alimenta en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía. Que encontremos siempre en Él el amigo que no nos abandona nunca sino que nos va introduciendo cada vez en su intimidad y en la intimidad del Padre.

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Saciar el hambre

29 de julio de 2018 – 17 Domingo Ordinario

 

El desarrollo tecnológico ha permitido a muchos países hacer frente al problema de la alimentación de la población. Desgraciadamente el desvío de los alimentos hacia la producción de energía ha hecho que éstos se encarezcan y no estén al alcance de los pobres. En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación.

La Iglesia considera un deber, que responde a las enseñanzas de Jesús sobre la solidaridad y el compartir, el dar de comer a los hambrientos (2 Re 4,42-44; Juan 6,1-15). En la era de la globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha convertido también en una meta que se ha de lograr para salvaguardar la paz y la estabilidad del planeta. El hambre, según el papa, no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional.

Falta, en efecto, un sistema de instituciones económicas capaces de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y que permitan afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con la crisis de alimentos, provocada por causas naturales o por la irresponsabilidad política nacional e internacional. Aunque el papa no quiere entrar en cuestiones técnicas, reconoce que es necesaria una planificación a largo plazo y unos cálculos, sin duda más complejos que los que hacía Felipe en el evangelio cuando quiere dar de comer a cinco mil personas.

No se puede esperar que unos pocos resuelvan un problema tan grande. El trabajo ha de llevarse a cabo implicando a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo. Andrés, el hermano de Pedro, quiere colaborar pero se da cuenta de que sólo hay un muchacho con cinco panes y dos peces, pero con eso no se puede alimentar a cinco mil personas.

Sin duda tan sólo el Señor puede hacer el milagro, pero necesita nuestra colaboración. Jesús hará como el padre de familias que bendice el pan antes de repartirlo a los suyos. Es Él mismo el que lo distribuye a la multitud, porque tan sólo Él puede saciar los deseos de felicidad de todas las personas. El papa recuerda que la crisis actual está pidiendo un cambio de modelo de desarrollo. Se necesita una cultura humanista cristiana abierta a Dios y que reconoce en la humanidad una única familia. La economía necesita de una ética.

El milagro se produce. Se comprueba recogiendo lo sobrante. Los discípulos intervienen para que nada se desperdicie. Ésta debiera ser la preocupación de los creyentes en Jesús: que no se derroche, sobre todo que no se desperdicien los recursos que hay en nuestro mundo, sobre todo los recursos que se ponen a disposición de los pobres. A veces se pudren en los almacenes del primer mundo; otras veces desaparecen entre las manos de los funcionarios que hacen de intermediarios; otras acaban en los bolsillos de las autoridades de los mismos pueblos hambrientos. La corrupción es el gran cáncer que corroe nuestras sociedades y condena a tantos a la miseria. Hay que destinar más fondos al desarrollo y administrarlos bien.

El Señor nos alimenta a todos en la mesa de su Palabra y de su cuerpo y de su sangre. En torno al Señor Resucitado formamos la familia de los hijos de Dios que participamos del mismo alimento. Que nosotros seamos capaces de colaborar en la creación de un mundo más justo y fraterno.

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Dispersos como ovejas sin pastor

22 de julio de 2018 – 16 Domingo Ordinario

 

El desprestigio de los líderes, tanto políticos como religiosos, se puede constatar en las encuestas de opinión. Son pocos los que se salvan. Estas confirman lo que todos vemos observando la política actual, y de manera particular la europea y española. Todos los pueblos ansían la paz y el bienestar social, pero para alcanzarlos es necesario trabajar por el bien común. Lo que vemos cada día es que cada grupo, cada país, busca únicamente sus propios intereses. Ante el problema de los refugiados y de los emigrantes, se busca a toda costa, aunque haya que pagar por ello, el que no lleguen a nuestras tierras. La división existente en tiempos de Jesús entre judíos y paganos se traduce hoy día en la división entre los que tienen y los que no tienen. Los refugiados y emigrantes no dejan sus tierras por querer hacer turismo sino porque sus países pobres, explotados por los países ricos, no les ofrecen ninguna posibilidad de sobrevivir.  Jesús vino para derribar las barreras del odio que separa a los pueblos (Ef 2,13-18) y a establecer la paz,  entre  Dios y los hombres y entre ellos mismos.

También el profeta echa la culpa de la dispersión y desunión precisamente a los pastores, a las personas que tienen la responsabilidad de crear la unión y la comunión (Jer 23,1-6). No cabe duda de que los poderes de nuestro tiempo están interesados en mantener a las personas dispersas pues así se les maneja más fácilmente. Frente a esta situación, en muchos pueblos se buscan nuevas figuras que planten cara a los poderosos de este mundo.

Ya hace más de medio siglo, Pío XII habló del cansancio de los buenos. Esa fatiga se ha agudizado en los últimos años a causa de la desproporción entre la misión a realizar y los recursos de los que disponemos. Durante estos cincuenta años las iglesias se nos han ido quedando vacías de creyentes y de pastores. El número de personas a evangelizar, por el contrario, ha ido aumentando. Ante esta situación, sentimos, sin duda, lástima porque vemos a los hombres de nuestro mundo “como ovejas sin pastor”. La tentación es la de entregarnos a un activismo desaforado que lleva a un total vaciamiento de la vida espiritual y a un no tener tiempo para Dios. En su tiempo Jesús llamó a los apóstoles para que participaran en su misión. Les invitó a reposar un poco para que no se desfondasen, pero pronto les mandó salir fuera.

Desgraciadamente el envejecimiento progresivo del clero en nuestros ambientes contribuye también a esa impresión de falta de pastor (Mc 6,30-34). El pastor ya no vive en medio de sus ovejas. Tiene a su cuidado varios pueblos, lo que está produciendo un incremento de la fatiga, que veía ya Jesús en sus apóstoles. Sin duda que esta situación está pidiendo otro tipo de pastoreo más colegial en el interno de la comunidad. Pero para ello es necesario que existan personas que sean capaces de asumir la hermosa tarea de trabajar a favor de la comunidad cristiana. Tenemos la misma necesidad de auténticos líderes políticos que vivan la política como un servicio a la comunidad.

Jesús tuvo lástima de aquella multitud abandonada y se puso a enseñarles con calma. De cara a la renovación de la vida y la sociedad, lo primero que se necesitan es nuevas ideas. Desgraciadamente estamos viviendo en un tiempo indigente en el que el pensar brilla por su ausencia. Los grandes avances tan sólo se dan en la tecnología. Tenemos el poder de hacer casi todo los que nos proponemos, pero nos falta la capacidad de reflexionar acerca de los fines. Se da por supuesto que esta civilización técnica hace más felices a las personas, aunque las realidades parezcan desmentirlo. Tan sólo el papa Francisco y algunos más se atreven a cuestionar esta sociedad tremendamente injusta. Desgraciadamente los técnicos y expertos de los que se rodean los gobernantes para vivir a costa del pueblo se convierten en los apologistas de la política del momento y cierran los ojos ante las exigencias de la verdad de la persona y de la sociedad. Jesús reúne a su pueblo disperso en torno a la Eucaristía para escuchar su Palabra y para participar en el sacramento de la unidad de manera que su Iglesia sea fermento de unidad en el mundo.

 

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Salieron a predicar la conversión

15 de julio de 2018 – 15 Domingo Ordinario

 

Cada vez más en las sociedades modernas la religión se ve confinada a la esfera de la vida privada y se le niega el derecho de intervenir en la vida pública del país. Como argumento se suele esgrimir la laicidad del estado, indiferente en materia de religión. Es la antigua visión del liberalismo doctrinario que sigue vigente en nuestro mundo neoliberal. Como al profeta Amós, las autoridades repiten: “no vuelvas a profetizar” (Am 7,12-15), no te metas en  los asuntos sociales pues de eso sólo entendemos los gobernantes y sus asesores. El conflicto es tanto más llamativo en el caso del profeta, pues la prohibición viene del sacerdote encargado del santuario del palacio real. Está claro que en el santuario real tan sólo se deben oír palabras que halaguen a las autoridades, que hagan la alabanza de la política reinante.

El profeta desgraciadamente suele poner en cuestión la situación política del momento porque suele ser profundamente injusta, sobre todo con los pobres y los marginados. El profeta se defiende mostrando que no son los propios intereses o los intereses del rey de Jerusalén los que él está defendiendo en el reino vecino de Samaria. No es profeta por decisión propia, sino profeta a su pesar. Ha sido el Señor el que le sacó de su vida tranquila de pastor y cultivador de higos para destinarlo a confrontarse con las autoridades políticas y religiosas.

Jesús envió a sus apóstoles a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta Buena Noticia no es una doctrina espiritual que afecta tan sólo a la salvación del alma en el otro mundo. Es una fuerza que pone en cuestión la realidad presente y abre el futuro de Dios que quiere la felicidad del hombre. Para ello es necesario organizar la sociedad de otra manera. Sin duda los apóstoles no hicieron política partidista sino que siguieron las orientaciones de Jesús que muestran todo un estilo de actuación alternativo al de los políticos y poderosos de este mundo.

La fuerza de la Iglesia viene del Evangelio y no del despliegue de medios humanos (Mc 6,7-13). En este sentido Jesús envía a sus apóstoles a la buena de Dios, totalmente desguarnecidos ante las instancias humanas, confiando tan sólo en Dios y en la bondad de la gente. Jesús cree en las personas y, aunque sabe que no siempre acogerán a sus mensajeros, está convencido que donde una puerta se cierra otra se abre. Por eso les da un consejo muy sabio: no hay que empeñarse en regar el asfalto con la esperanza de que broten flores. Donde el evangelio no es acogido, lo mejor es marcharse a otro lugar donde estén más dispuestos a acoger al Señor. Han sido los rechazos y persecuciones los que han favorecido la difusión del cristianismo, que ha buscado siempre nuevos destinatarios de la misión.

La Iglesia no está empeñada en el anuncio del evangelio por propio gusto o interés. Lo hace por mandato de Cristo. Lo hace convencida de que el anuncio de Cristo es buena noticia para todo hombre de buena voluntad que se abre al plan de Dios (Ef 1,3-14). Cristo no le quita nada al hombre sino que le ayuda a encontrar sus verdaderas dimensiones que lo introducen en la realidad misma de Dios, como hijos suyos. La Iglesia en su anuncio debe ser fiel a este evangelio que valora todo lo humano y lo lleva a cumplimiento. Desgraciadamente son muchos los que tienen la impresión de que, a veces, las intervenciones de la Iglesia no son Buena Noticia, sobre todo para los pobres y marginados. Más bien parecen malas noticias que quieren imponer leyes y cargas sobre las personas que están ya suficientemente agobiadas. Tan sólo si el evangelio es verdaderamente liberador y curativo será creíble. Que la celebración de la eucaristía haga de su Iglesia una comunidad que ha experimentado la liberación interior y la hace presente en nuestro mundo.

 

 

 

 

 

 

 

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