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Luchar contra el mal

24 de marzo de 2019 – Tercer Domingo de Cuaresma

El Papa Francisco ha vuelto a hablar de la ofensiva del mal, incluso del maligno, que  no perdona ni siquiera a los menores inocentes. El maligno se sirve incluso de las personas de Iglesia  para destruirla, al menos en su credibilidad. Ante tanto sufrimiento, tenemos la impresión de que no existe Dios o que el mundo está dejado de las manos de Dios o se le ha escapado de sus manos. Son muchos los que lanzan inmediatamente la pregunta: ¿Existe Dios? ¿Dónde está Dios? ¿Cómo Dios puede permitir la muerte de tantos inocentes? ¿Qué le he hecho yo a Dios?

A estas preguntas el creyente no puede dar otra respuesta que la de Jesús ante las trágicas muertes que nos cuenta el evangelio de hoy (Lc 13,1-9). Ni los hombres ni Dios tienen la culpa de estos desastres. Dios, sin embargo, nos quiere decir algo a través de ellos. Es ese mensaje el que debemos acoger. ¿A qué nos invitan esos desastres? Ante todo a la solidaridad y a luchar contra el mal. En eso estamos de acuerdo creyentes y no creyentes. Sufrimos con los que sufren e intentamos con nuestra ayuda paliar ese dolor. Pero el creyente descubre además una llamada a la conversión, a reorientar nuestra vida hacia Dios.

Nuestra conversión no va a impedir que siga habiendo terremotos pero puede logra que no sigan muriendo inocentes y que los menores estén protegidos. Jesús está preocupado por el destino del hombre, sin duda ligado al destino de esta tierra que puede terminar de manera trágica. El destino eterno del hombre nos lo jugamos con nuestra vida. Lo terrible no es morir en un terremoto, sino morir tranquilamente en la cama, sumergido en el egoísmo, de espaldas a Dios. Entonces sí que se perece seriamente y se echa a perder la vida. Convertirnos constantemente a Dios es la manera de asegurar nuestra vida, no contra los terremotos sino contra la perdición definitiva.

El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.

La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Es la gran oportunidad que Dios nos da, no como unas rebajas de una gracia barata, sino al contrario para tomarnos en serio el amor de Dios en nuestras vidas y responder con nuestro amor. Nuestras vidas pueden ser todavía las de una higuera estéril, que año tras año no produce fruto. Sólo escuchando la llamada de Dios y el clamor de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-15). Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.

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Jesús resucitado transforma nuestras vidas

17 de marzo de 2019 – Segundo Domingo de Cuaresma

Estamos tan deslumbrados por los avances de la ciencia y de la tecnología que creemos que se puede cambiar con la misma facilidad a las personas y a la sociedad. Desgraciadamente constatamos que los avances sociales son lentos. La manifestación de las mujeres la semana anterior nos recordaba una de las asignaturas pendientes. Las personas en algunos países sin duda vivimos mejor que hace unas décadas pero no podemos decir que seamos mejores que las personas de antes. Hoy día somos más sensibles ante algunas faltas determinadas y cerramos los ojos ante otras.

Sigue siendo difícil el ponernos de acuerdo en qué consiste un progreso auténticamente humano, de todo el hombre y para todo hombre. No por ello nos debemos desanimar en nuestro empeño de cambiar y mejorar el mundo y a cada persona. Los discípulos caminaban con Jesús hacia Jerusalén y Jesús les decía que no estaban haciendo un viaje turístico sino un camino en el que él iba a arriesgar la propia vida. Pero es así como llegaría a la resurrección.

Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, en el que normalmente experimentaban más claramente la realidad de la muerte, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por ello se transfiguró delante de ellos (Lc 9,28-36). Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el verdadero ser de Jesús, el ser glorioso que él no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos, sin dejar ver claramente que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguna percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.

La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación  tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual (Filp 3,17-4,1). Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder, su tener o su pasarlo bien. El hombre supera al hombre. Somos ciudadanos del cielo y no simplemente de la tierra, donde estamos de paso. Eso no quiere decir que nos desentendamos de las cosas de este mundo. Al contrario, a través de la transformación de este mundo hacemos que el Reino vaya viniendo a los hombres y se vaya instaurando la verdadera ciudadanía.

Se pertenece al Reino por la fe. Toda la aventura comenzó con Abrahán, que se fió totalmente de la promesa de Dios (Gn 15,5-12.17-18). Por su fe no le importó dejar su pueblo y su familia y vivir aparentemente como un desarraigado, a la búsqueda de la patria definitiva. Dios se había comprometido solemnemente con él mediante su alianza y eso era suficiente para él. Desde ese momento, el destino de Abrahán está ligado al destino de Dios en el mundo, y el destino de Dios en el mundo está ligado a la persona de Abrahán y de sus descendientes.

El descendiente, heredero de la promesa es el mismo Cristo, pero junto a Él aparecen otras dos personas claves en la historia de ese pueblo, Moisés y Elías. Muestran que se trata de un pueblo de personas vivas y no simplemente de una colección de muertos. Ambos están vivos y hablan con toda familiaridad con Jesús respecto al destino de éste. Un destino de muerte en Jerusalén para entrar con ellos en la gloria. Que la celebración de la eucaristía nos haga experimentar la cercanía del Señor y nos dé fuerza para continuar adelante con nuestros compromisos cuaresmales.

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Vivir de la Palabra de Dios

10 de marzo de 2019 – Primer Domingo de Cuaresma

El Papa Francisco, al final del “Encuentro sobre la protección de los menores en la Iglesia, confesaba: “en estos casos dolorosos de los abusos veo la mano del mal que no perdona ni siquiera la inocencia de los  pequeños”. En cierto sentido, en el mensaje para la cuaresma que estamos empezando, «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19), escrito medio año antes, anticipaba ya algunas de las reflexiones de fondo que deben acompañarnos durante nuestro camino hacia la Pascua. Si el creyente vive como persona redimida, beneficia también a la creación, pero la armonía de un mundo redimido, está hoy y siempre amenazada por la fuerza destructiva del pecado. El arrepentimiento y el perdón, sin embargo, poseen una fuerza regeneradora.

El evangelio de las tentaciones es sumamente elocuente. El maligno es especialista en ofrecer grandes ofertas a bajo precio (Lc 4,1-13). El sabe manipular a la perfección las necesidades y deseos del hombre. La primera tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Poco importa que la solución sea automática y milagrosa, como le propone el diablo de convertir las piedras en pan, o venga de cualquier sistema político-social. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan, sino que necesita de la Palabra de Dios (Rm 10,8-13). Existe, sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas necesidades del hombre.

La segunda tentación es esperar la salvación del poder político, sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones. No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la guerra para imponer la democracia en otros países, sin preguntarse si aquellas personas la quieren o están preparadas para ella. En el fondo el sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.

La tercera tentación es un despliegue genial del tentador. Aparece como un manipulador consumado. Es capaz de usar incluso la Palabra de Dios para sus propios fines. La tentación consiste en querer que Dios nos salve de manera milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. En el fondo se trata de tener un Dios arbitrario, nada racional, pero que esté sometido a nuestro capricho. Si Dios no dirige el mundo como nosotros queremos no es Dios, o se dice que Dios no existe. Se le quiere enseñar a Dios cómo tiene que gobernar el mundo. En un mundo ideal tendría que desaparecer automáticamente todo el sufrimiento inocente. La oferta del diablo a Jesús es la de ser un Salvador vistoso y triunfante. Jesús considera esta propuesta como un tentar directamente a Dios y la rechaza inmediatamente. Él está decidido a seguir el camino del servidor sufriente, solidarizado con los hombres, que ofrece una salvación desde dentro de la humanidad y no venida de las nubes. Y la humanidad está hecha de hombres sufrientes y dolientes, por eso la salvación no consiste en eliminar el sufrimiento sino en asumirlo y transformarlos mediante el amor. Que la celebración de la eucaristía nos sitúe ya en el seguimiento de Jesús que camina hacia Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre.

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Por los frutos los conoceréis

3 de marzo 2019 – 8 Domingo Ordinario

El Papa en su encuentro con los obispos la pasada semana para afrontar el problema de los abusos de menores pide que pasemos a la acción concreta y no nos quedemos simplemente en pedir perdón y darnos golpes de pecho. Será siempre difícil, por no decir imposible, devolver a las víctimas lo que se les ha arrebatado. Sabemos que solo Dios, mediante nuestra resurrección (1 Cor 15,54-58),  podrá hacer que nuestra vida llegue a su plenitud, sin que quedemos para siempre lamentando lo que injustamente nos han arrebatado y no nos pueden devolver.

Pero la Iglesia tiene que comprometerse a fondo con esas víctimas para acompañarlas y hacerles justicia, intentando reparar el daño de manera que esas personas puedan recuperar la felicidad. Esto solo será posible ofreciendo ellas mismas el perdón a los que les han condenado al fracaso y a la desgracia. Muchas de esas víctimas han dado unos testimonios impresionantes de perdonar después de los terribles sufrimientos sufridos.  

Debe buscarse además el garantizar que esos delitos no van a repetirse. Los abusadores son especialistas en manipular y ocultar. Son también astutos a la hora de elegir sus víctimas. Saben cuáles son los más vulnerables. Pero, más allá de la situación del abusador y de la víctima, está, como ha denunciado el papa la realidad del clericalismo que no solo hace violencia a los cuerpos sino también a las conciencias. Ese clericalismo general ha intentado ocultar los abusos. Solo han salido a la luz por el coraje de unas personas que han desafiado la conjuración de silencio en torno al tema. Han sido muchas veces los medios de comunicación laicos los que nos han ayudado a abrir los ojos. No son ellos los enemigos de la Iglesia. Los enemigos no están fuera sino dentro de ella. Y desgraciadamente han encontrado la complicidad de la los superiores más preocupados por salvar la fama de la institución que por el dolor de las víctimas.

La Iglesia tiene que revisar la manera de ejercer la autoridad y definir la forma de que los menores sean protegidos en la Iglesia y en la sociedad. Debe adoptar unas pautas de actuación que garanticen que ningún crimen quede impune sino que el delincuente sea entregado a la justicia. Son las leyes de la sociedad civil las que deben fijar que este tipo de crímenes no prescriban demasiado pronto.

Pero no desaparecerán del todo si no se crea una cultura de protección de los menores que no los deje expuestos al poder de los depredadores. La Iglesia tiene que examinar detenidamente a los candidatos a la vida sacerdotal y a la vida religiosa y proporcionarles una formación adecuada para vivir su entrega al servicio de la comunidad. Tiene que, como recomienda la Palabra de Dios hoy,  discernir, cribar para quedarse con lo bueno y desechar el desperdicio (Sir 27, 4-7). El papa Francisco, como buen jesuita, nos invita constantemente al discernimiento para acoger lo que viene de Dios y denunciar y rechazar lo que viene del maligno. Tenemos que ver los frutos que producen las personas, es decir, nuestras acciones. (Lc 6,39-45). Ellas son las que ponen de manifiesto lo que hay en el corazón del hombre, que no podemos ver. Es verdad que el bien o el mal brotan de lo profundo del corazón que hay que intentar tener siempre orientado hacia Dios, buscándolo a él en todo.

Pidamos que el Señor nos dé espíritu de discernimiento para saber enfrentarnos a esta situación que pone en peligro la credibilidad de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

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Amad a vuestros enemigos

24 de febrero de 2019 – 7 Domingo Ordinario

Llevamos viviendo en nuestro país ya varios años de crispación. En el momento de las elecciones el ambiente se caldea mucho más y fácilmente se quiere dividir a la gente entre buenos y malos, amigos y enemigos. A los que no tienen el mismo proyecto que tú, se les descalifica groseramente y se les considera el enemigo a derrotar. El amor a los enemigos, sin embargo, está en el centro del Sermón de la Montaña y caracteriza la enseñanza de Jesús y la práctica de sus discípulos (Lc 6,27-38). Por lo menos tenemos que pedir respeto a los demás y una actitud de diálogo para poder construir el futuro juntos.

Las raíces de esta actitud cristiana se encuentran ya en la historia del Pueblo de Dios. El ejemplo de David, perseguido por Saúl, es bien elocuente (1 Sm 26,2-23). El respeto profundo por la vida del “ungido del Señor”, muestra que David no identifica la persona con sus actos. Uno puede cometer crímenes, pero nunca es un “criminal”, como nosotros solemos decir, sino que es siempre un “hijo de Dios”, un elegido de Dios. La persona va más allá de sus actos y hay que darle siempre una oportunidad en la vida. Tan sólo cuando una persona se siente amada y perdonada puede abrirse al amor.

Jesús nos sitúa en una dinámica espiritual que va más allá del mecanismo de acción-reacción, “me la has hecho, me la pagarás”. Freud criticaba no sólo que Jesús hubiera mandado amar a los enemigos, sino simplemente que hubiera mandado amar al prójimo, como también pide ya la Ley de Moisés. Freud ve normal que uno ame al que te ama, al que es simpático, pero ¿por qué voy a amar al que me es antipático?

Tenemos dos palabras de Jesús que nos ayudan a ver el fundamento del amor a los enemigos. Clavado en la cruz dice “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Jesús está convencido del fondo inagotable de bondad que existe en el corazón del hombre. Si éste hace el mal, lo hace sin saber  lo que hace. Es la explicación del mecanismo que da origen a la enemistad. Una persona cree que la otra es una amenaza para su vida, para su felicidad e inmediatamente forja la imagen del enemigo. Se le identificará fácilmente con la persona de otra cultura, otra raza, otra lengua, otra religión, otro pueblo. En realidad todo es efecto de nuestros miedos y prejuicios injustificados.

Esa mirada distinta sobre la realidad del enemigo, que nos invita a tener Jesús, es la mirada misma de Dios. Jesús nos propone imitar a Dios que hace el bien a todos, sin hacer distinciones entre justos y pecadores. Así se derrumbaba una especie de dogma del judaísmo contemporáneo de Jesús, el que Dios hace el bien a los buenos y castiga a los malos. En realidad Dios hace siempre el bien, somos nosotros los que introducimos el mal en la realidad del mundo.

Al invitarnos a obrar como Dios mismo, el hombre va más allá de los límites aceptados de lo humano, de lo que parece lógico y normal. Más que hablar de acción meritoria se trata de una acción que hace presente la gracia y el favor de Dios que todos recibimos. La moral cristiana no puede ser una moral del deber, de dar a cada uno lo que le es debido. La moral cristiana apunta a hacer presente en el mundo la gracia, el favor y la compasión de Dios. Nadie es más digno de compasión que el que ha cometido un crimen.

Podemos decir que Jesús nos sitúa en la perspectiva de la vida nueva de su resurrección, presente en nosotros. En vez de traducir en nuestra conducta el aspecto humano, demasiado humano, heredado de Adán, tenemos que poner en marcha el dinamismo divino que hay en nosotros (1 Cor 15,45-49). Que la celebración de la eucaristía nos llene del amor misericordioso y compasivo de Jesús de manera que también nosotros seamos capaces de perdonar y de amar a nuestros enemigos. 

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Vivir las Bienaventuranzas

17 de febrero de 2019 – 6 Domingo Ordinario

La protección de los datos personales está en el centro de la preocupación de las personas para salvaguardar su intimidad. Es verdad que muchas van exhibiendo y vendiendo esa intimidad, protegiendo quizás tan solo el año de nacimiento. Es el único dato del carnet de identidad que dejan a salvo. Las Bienaventuranzas, ha dicho el papa Francisco, son el carnet de identidad del cristiano (Lc 6,17,20-26). La vivencia de las Bienaventuranzas no son algo que tenemos que ocultar celosamente sino que al contrario debiera ser tan clara y manifiesta que atrajera a otros a querer vivirlas. No son sólo el carnet de identidad del cristiano sino también el carnet de identidad de Jesús  en quien nos inspiramos los cristianos. En las Bienaventuranzas Jesús nos ha dejado su autorretrato.

Hay dos maneras de enfrentarse a la vida. El profeta Jeremías describe los dos caminos como las dos actitudes fundamentales ante la vida (Jr 17,5-8). Hay unos hombres que construyen su vida sobre sí mismo y sobre los recursos puramente humanos, descartando a Dios como inútil. Para lograr tener confianza en sí mismo y en la vida intentan amasar recursos materiales para así asegurar el futuro. Al final son vidas estériles e infelices. El segundo tipo de personas intenta poner la confianza en Dios y no en sí mismos. Esta confianza fundamental en Dios, autor de la vida, es el suelo nutricio que nos alimenta y hace que nuestra vida sea fecunda y produzca frutos.

También Jesús ha formulado los dos tipos de personas en forma de bendiciones y maldiciones, de felicidad y de infelicidad. Lo llamativo es que Jesús propone un camino de felicidad que a todas luces parece ser lo contrario. En vez de una Buena Noticia, parece proclamar una Mala Noticia: la inversión de todos los verdaderos valores. Jesús llama felices a los que los demás consideran desgraciados y llama desdichados a los que todos creen afortunados.

Esa nueva manera de ver la vida y las cosas viene de la irrupción del Reino de Dios en el mundo. Jesús experimenta ya este Reino como presente y cambiando radicalmente los valores. De pronto los valores que antes sostenían la vida de los hombres han quedado superados ante la nueva propuesta hecha por el mismo Dios. No todos perciben esa presencia del Reino y por eso nuestros contemporáneos, en vez de ser modernos, permanecen aferrados a valores que, para el creyente pertenecen al pasado: la riqueza, la saciedad, el divertirse, la buena fama. Estos valores actuales no aportan ninguna novedad, son más de lo mismo.

Jesús mismo se propone como modelo de felicidad a seguir. En medio de la pobreza, de las persecuciones, del rechazo, experimenta la venida del Reino, que le llena totalmente de alegría, que le llena totalmente de Dios. Seguimos las bienaventuranzas como camino de felicidad porque es el camino que siguió Jesús y le condujo a la meta, a la resurrección, a la comunión con Dios.

Es desde la perspectiva de la resurrección y de la presencia del Reino como el creyente juzga los valores de este mundo. La perspectiva de nuestra propia resurrección nos ayuda a poner cada cosa en su sitio, a no considerar absoluto aquello que es relativo, a no reducir nuestras esperanzas a esta vida sino a abrirnos a las dimensiones del Reino.

Tiene razón Pablo: “Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados” (1 Cor 15.12.16-20). Sin la fe en la resurrección, los valores evangélicos de las bienaventuranzas carecen de fundamento. En la eucaristía celebramos y actualizamos la resurrección de Jesús y anticipamos nuestra propia resurrección. Es esta esperanza la que nos lleva a abrazar los valores evangélicos de las bienaventuranzas como fuerza transformadora de nuestro mundo.

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Discípulos misioneros

10 de febrero de 2019 – 5 Domingo Ordinario

Frente al individualismo actual hay que recuperar la dimensión comunitaria de la persona. También la salvación es cuestión comunitaria y no únicamente de mi persona a solas con Dios. No existe el individuo aislado sino inserto siempre en una comunidad familiar, en un pueblo y cultura concreta. Dios ha querido salvar a los hombres en comunidad y no como individuos aislados. Para llevar adelante esa misión se eligió un pueblo, con diversas instituciones al servicio de la salvación. También Jesús, desde el comienzo de su misión reúne en torno a sí un grupo, que hace presente ya la salvación y estará al servicio de la salvación a lo largo de los siglos.

Jesús llama y convoca a formar una comunidad. Una comunidad de discípulos misioneros. Es Él el que tiene la iniciativa y llama como manifestación de su amor que nos elige para una misión. Ésta no tiene tanto que ver con un trabajo concreto sino con una manera de vivir nuestro encuentro con Dios. Isaías descubrió su vocación de profeta en una visión en la que Dios se le manifestó con toda su gloria ante la que quedó sobrecogido (Is 6,1-8). La irrupción del Dios santo en su vida le hizo consciente de su pecado. Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser su profeta purificando sus labios de manera que sean instrumentos adecuados para anunciar la Palabra de Dios. En su encuentro con Dios, Isaías descubre que éste tiene necesidad de hombres para poder realizar su misión. Inmediatamente se pone a disposición de Dios para lo que Él quiera.

Pablo sintió su llamada y la misión que se le confiaba en una aparición del Señor Resucitado. La Buena Noticia de Jesús se concentra sobre todo en su resurrección. Jesús Resucitado es el fundamento de nuestra fe y de nuestra salvación. En la resurrección de Jesús descubrimos que Dios verdaderamente ha perdonado a la humanidad y ha realizado el acto definitivo de su amor (1 Cor 15,1-11). La Iglesia está formada por las personas que se han encontrado con el Resucitado y han descubierto en él la salvación y el sentido de su vida. Se sienten llamadas a hacer a Jesús presente en nuestro mundo hoy.

Los discípulos que nos presenta el evangelio, a diferencia de Pablo, tuvieron la suerte de encontrarse con el Jesús histórico y escuchar su llamada. Ésta tiene lugar en la vida ordinaria, durante el trabajo de unos pescadores (Lc 5,1-11). No sería la primera vez que después de bregar toda una noche volvían con las barcas vacías. Esta vez, sin embargo, encuentran una persona que, sin saber de la pesca, les da la indicación segura. Haberse fiado de su palabra, haber tenido fe en Él, es lo que hizo posible el milagro.

También Pedro, como Isaías, experimenta su ser pecador ante la santidad de Jesús y tiene miedo. Pero ni Dios ni Jesús están para meter miedo a los pecadores sino para acercarse a ellos y para llamarlos a colaborar con Él en la misión de salvar a los hombres. “Ser pescador de hombres” es la misión que Jesús les va a confiar a aquellos pescadores. La pesca será la imagen del Reino, en cuanto reúne y convoca a las personas, no para pescarlas sino para invitarlas a formar parte de la comunidad de los salvados. De esa manera la vocación no los desarraiga en sus vidas. Seguirán siendo pescadores, pero ahora pescadores de hombres.

Todos nosotros estamos llamados a colaborar con Jesús en la salvación del mundo, en hacer que las personas tengan vida en abundancia. Que la celebración de esta eucaristía nos haga descubrir nuestra llamada al servicio del Reino y que no tengamos miedo a dejar lo que haya que dejar con tal de estar en compañía del Señor.

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Ningún profeta es bien recibido en su pueblo

Las noticias diarias no dejan de sorprendernos con los nuevos casos de corrupción. Da la impresión de que todo está montado sobre la mentira y la ausencia de escrúpulos. En esta cultura débil, la víctima es siempre la verdad, es decir el hombre, sobre todo los más débiles. Menos mal que hay siempre personas honradas, sin tacha, que son capaces de llamar a las cosas por su nombre. Es lo que hacían y continúan haciendo los profetas. Dios los elige consagrándolos con su Espíritu, es decir con la fuerza misma de Dios. Así serán capaces de realizar la misión, que sin duda se presenta difícil. Jeremías experimentó en su carne lo que significa estar al servicio de la Palabra de Dios. Al hablar en nombre de Dios, tiene que armarse de valor y no tener miedo a enfrentarse con las autoridades políticas y religiosas y con el mismo pueblo. Si no se dio por vencido fue porque Dios estuvo con él para librarlo (Jr 1,4-5; 17-19).

Ese rechazo por parte del pueblo, rechazo que puede llegar a la muerte, fue el destino de todo profeta. Lo mismo le ocurrirá a Jesús, el profeta definitivo enviado por Dios para manifestar su voluntad a los hombres (Lc 4,21-30). El rechazo por parte de sus paisanos de Nazaret, a los que había anunciado un tiempo de gracia y de salvación, anuncia lo que será el rechazo definitivo en Jerusalén y su condena a muerte. Aquí ya lo intentan despeñar, pero Él se abrió paso entre ellos y se marchó.

La incredulidad de sus paisanos viene provocada por el hecho de que lo conocen demasiado bien y no pueden imaginarse que él sea un profeta enviado de Dios. Aunque se diga que ha hecho milagros en otras ciudades, ellos no han visto ninguno que legitime su pretensión de ser enviado de Dios. Los conciudadanos de Jesús conocían bien su historia, su familia, su falta de formación. No era posible que en aquella persona, tan humana, demasiado humana, Dios estuviera haciendo la oferta definitiva de salvación. Es difícil admitir que la salvación se encarne en las realidades cotidianas de la existencia. Esperamos siempre algún acontecimiento milagroso extraordinario para empezar a convertirnos.

Jesús comprende bien ese rechazo y lo interpreta a la luz de lo que habían vivido otros dos grandes profetas, Elías y Eliseo. La actividad de ambos profetas se concentra en sus milagros realizados a favor de personas extrañas al pueblo de Israel. De esa manera se da a entender que Jesús será rechazado por su pueblo y acogido por los paganos cuando les sea anunciada la buena noticia. Jesús es el profeta definitivo que hace presente la salvación de Dios y que renueva los grandes prodigios y milagros realizados por los profetas del pueblo de Israel.

El pueblo, sin duda, consideró a Jesús como un profeta, pero desgraciadamente siguió la tradición de rechazarlos porque eran personas incómodas, que le recordaban las exigencias del Dios de la alianza. Curiosamente Jesús es rechazado, no porque anuncie amenazas sobre el pueblo, sino por anunciar la presencia de la salvación de Dios en su persona y actuación. Jesús es el profeta del Dios del amor y de la vida. Tan sólo una vida vivida en el amor a los demás puede llegar a la plenitud (1 Cor 12,31-13,13). El amor es exigente y hay que ponerlo más en las obras que en simples palabras y sentimientos. No podemos resignarnos a convivir con una realidad injusta que va provocando continuamente víctimas. Hay que llamar a las cosas por su nombre y contribuir a devolverle a la política toda su dignidad. Haced falta una verdadera caridad política.

Que la celebración de esta eucaristía nos haga más conscientes de la dimensión profética de nuestras vidas, unas vidas que deben testimoniar continuamente a Dios y dar esperanza a nuestro mundo.

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