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Por encima de todo el amor

31 de diciembre 2017 – La Sagrada Familia

 

La familia cristiana ha recibido la maravillosa carta postsinodal “La alegría del amor” en la que el papa Francisco ha marcado la nueva hoja de ruta de la pastoral familiar. Sin duda la Iglesia sigue manteniendo la doctrina evangélica del matrimonio cristiano de un hombre y una mujer que se comprometen a vivir en amor fiel toda su vida. Es ese ideal al que no debemos renunciar. Pero, ante las nuevas situaciones que van apareciendo, la Iglesia tiene que acercarse a ellas para acoger, acompañar, discernir, aconsejar y ayudar. Y todo con misericordia. Sin duda la esencia de la familia es el amor incondicional.

Ese amor no es monopolio de los cristianos sino que todas las personas están abiertas al amor y cada tipo de familia trata de vivir ese amor en la medida en que las circunstancias y condicionamientos se lo permiten. En el centro de la pastoral familiar están las personas concretas a las que hay que respetar y no querer imponerles ningún tipo de ideología.

La palabra de Dios lógicamente habla de un tipo de familia, la judía (Eclo 3,2-6.13-14) o la cristiana en el imperio romano (Col 3,12-21). En esas familias se subrayaba ante todo los deberes de sus miembros. Incluso en la Sagrada Familia se dan por supuesto esos deberes. Hoy día no nos gusta demasiado esa manera de hablar y, sin embargo, ahí se muestra una realidad fundamental de la persona humana. Somos responsables de los demás. José y María reconocen también los deberes que tenemos para con Dios, que es el fundamento de nuestra existencia personal y colectiva.

Jesús quiso nacer en el seno de una familia, que era y sigue siendo en buena medida el fundamento de la sociedad. Es en la familia donde nos hemos sentido amados incondicionalmente, por el simple hecho de ser miembro de ella: padre, madre, hijo, hermano, esposa. El amor infinito de Dios tiene esa capacidad de manifestarse a través del amor de personas limitadas. Es ese amor el que nos ha permitido crecer y nos ha dado la convicción de que la vida merece la pena.

La familia es la Iglesia doméstica. Con la Sagrada Familia, tenemos los inicios de la Iglesia, que tiene por modelo a María. Ella es la que respondió con su fe en el momento decisivo de la historia del Pueblo de Dios. En el fondo, toda familia existe sobre el acto de fe de dos esposos que se prometen fidelidad y amor mutuo. Cada uno cree en el otro, que el otro es el camino por el que Dios viene a su encuentro. En la persona del hijo, los esposos encuentran ese amor de Dios hecho carne. A la familia se le ha confiado el acoger y promover la vida. Dios ha querido asociar a los esposos a su acción creadora. Cada nacimiento es una prolongación del misterio de la Navidad. Es fruto del amor de dos personas que se han fiado la una de la otra, y ambas de Dios. Es Dios el único que puede garantizar la perpetuidad de su fidelidad y de su amor.

María y José, presentando a Jesús en el templo, reconocen que es un don de Dios, que ha sido confiado a sus cuidados. Ambos escuchan atentamente de boca de dos ancianos las profecías que iluminan el sentido de la vida de ese niño (Luc 2,22-40). En medio de la alegría navideña aparecen ya las primeras sombras. Ese niño será bandera discutida y ellos no podrán hacer nada para evitarle el final trágico. Que la celebración de la eucaristía afiance el amor en el interior de nuestras familias y nos lleve a descubrir que toda la humanidad forma la familia de los hijos de Dios.

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