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Para Dios nada hay imposible

24 de diciembre de 2017 – Cuarto Domingo de Adviento

Los últimos decenios han sido difíciles para la religión y la fe en Europa. La secularización sin duda se ha extendido a todas las capas de la población, pero eso no quiere decir que el europeo actual sea una persona sin religión. La mayoría de los europeos sigue teniendo una religión, que muchas veces no practica. Dios no entra en su pantalla saturada de programas y ocupaciones más atractivas que la de ponerse en contacto con Dios. Sin embargo una gran mayoría de europeos reza. El papa Francisco ha tocado el corazón de muchas personas, creyentes y no creyentes. Las personas con religión suelen ser más felices que los que no tienen religión. La religión no es un simple refugio de fracasados y personas tristes sino, al contrario, una fuente de energía y felicidad.

La fe, en efecto, no sólo lleva a soñar con una transformación de la realidad sino que de hecho se moviliza y contribuye a ese cambio. Todo es posible al que cree. El joven pastor David, por más soñador que fuera, nunca debió pensar que llegaría a ser rey, que en vez de ovejas conduciría un pueblo. Pero, para Dios, nada es imposible. Y cuando Dios promete algo, lo cumple (2 Sam 7,1-16). No sólo consolidó el trono de David sino que le promete una dinastía que durará por siempre. Alguno pudo creer que eran puras palabras, pues de hecho el reino y la dinastía desaparecieron. Pero la promesa mantuvo vivas las esperanzas del pueblo y las sigue manteniendo.

Para Dios nada es imposible. Él, el infinito y el absoluto, tiene la capacidad de hacerse finito y relativo, puede hacerse uno de nosotros. ¡Dios se hace hombre en el seno de una virgen! Ni Ella misma se lo creía y por eso el mensajero divino tuvo que repetirle: Para Dios nada hay imposible. Todo es posible por la acción de su Espíritu (Lc 1,26-38). Y de nuevo una estéril, Isabel, tendrá un hijo. Lo imposible no era tanto el que una virgen dé a luz sino que ese hijo sea el hijo de Dios. Se trata, en efecto, de la Buena Noticia, que nadie se hubiera atrevido a imaginar: un Dios que viene a compartir el destino del hombre, para dar un sentido a todo el sufrimiento humano, a toda la búsqueda de felicidad que hay en el corazón del hombre. Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

Esa Buena Noticia tiene un nombre: Jesús. Su nombre, por tanto, su persona y su misión significan la salvación de Dios, que nos es ofrecida a todos los que creen en Él. La felicidad es en la cultura actual la versión secularizada de lo que los cristianos llamamos la salvación. La felicidad era ya el ideal de vida de los griegos. Era un ideal más o menos realizable para la pequeña minoría de personas libres que construían su felicidad sobre los sufrimientos de los esclavos. Jesús vino a liberarnos de todo lo que impide que el hombre sea feliz.  Él hizo también lo que parecía humanamente imposible que Pablo, su perseguidor, se convirtiera en su apóstol más celoso (Rm 16,25-27). A través de su predicación, las naciones fueron viniendo a la obediencia de la fe, abandonaron el paganismo y se hicieron cristianas.

A ejemplo de María, la Iglesia  acoge a su Señor mediante la fe y lo hace presente en el mundo. Es la Iglesia la que en cierto sentido prolonga esa encarnación del Verbo, que sigue tomando carne en nuestras vidas, nuestros pueblos, nuestras culturas. Hoy día nos parece casi imposible que el mundo secularizado se abra al mensaje del Evangelio, que acoja a la persona de Jesús. Pero nosotros sabemos que para Dios nada es imposible. Hoy la celebración del domingo se junta prácticamente con la celebración de la Navidad. Aprovechemos esta oportunidad para vivir a tope la alegría del encuentro con el Señor. Que la celebración de la Eucaristía nos permita experimentar la salvación de Dios en Cristo Jesús y nos lleve a testimoniarla con una vida llena de paz, alegría y entrega a los demás.

 

 

 

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