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Ahí tienes a tu Madre

14 de abril 2017 – Viernes Santo

 

Por mucho que nos cueste, no es posible un cristianismo sin cruz. El Señor crucificado  constituye el centro de nuestra fe, hecho escandaloso que no debemos traicionar silenciándolo. Hoy escuchamos de nuevo la historia de su pasión. San Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, que escuchábamos el Domingo de Ramos, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Pero su poder es el del servicio, el de dar la vida a favor de los demás. Es un servicio que, como insistía el papa en el inicio de su pontificado, que se hace cargo de los demás, que cuida con ternura no sólo a  los hombres sino también a toda la creación.

En la narración de Juan, Jesús ya no es simplemente la víctima pasiva y silenciosa sino el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades. Jesús es condenado por ser testigo de la verdad, de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. La verdad es siempre incómoda pero se abre siempre camino. También la Iglesia está al servicio de la verdad, no para usarla como instrumento arrojadizo contra los adversarios sino para que ésta se abra paso en el corazón de todo hombre que busca el bien, la verdad y la belleza.

Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro mundo  queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ella nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.

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Los amó hasta el extremo

13 de abril de 2017 – Jueves Santo

 En la vida empezamos a aprender observando lo que hacen los demás. Los libros vienen después. Al principio son nuestros padres los que nos sirven de referencia. Jesús enseñó muchas cosas a sus discípulos el poco tiempo que vivieron con Él de manera tan intensa, día y noche. De Él aprendieron no tanto hermosas teorías sino un estilo de vida. Al final todavía no comprendían por qué el Maestro tenía que morir y sobre todo qué sentido podía tener tal muerte. Por eso Jesús hizo dos gestos proféticos, que debían ser más elocuentes que las largas explicaciones que les podía dar. Estos gestos  debían dejar claro el sentido de su vida y de su muerte. Son la institución de la Eucaristía y el lavatorio de los pies. La Eucaristía actualiza el misterio de su muerte y de su resurrección, pero también el lavatorio de los pies habla de su entrega amorosa y de su servicio humilde.

El evangelio de Juan presenta el final de Jesús en conexión con la Pascua (Ex 12,1-14), en sentido de paso, paso de la esclavitud a la liberación (Jn 13,1-15). Se trata en este caso del paso de Jesús de este mundo al Padre, misterio pascual de nuestra liberación.  La vida de Jesús se resume en su amor por nosotros. Ahora va a manifestar el colmo de ese amor con su entrega a la pasión. Ésta comienza con una cena, que en Juan no es la pascua  judía, pues es Jesús inmolado la verdadera pascua cristiana. Jesús hace un gesto profético, que pone bien de manifiesto lo que significa el amor. Lo hace a sabiendas de que Judas ha tomado ya la decisión de entregarlo.

El gesto profético es el del lavatorio de los pies de sus discípulos, que tiene como paralelo la institución de la eucaristía en los sinópticos. Ambos gestos significan lo mismo. Es el amor de Jesús manifestado en el servicio humilde, trabajo de siervo, en el que se da la vida por los discípulos. La acción provocó tal sorpresa en Pedro, que quiso oponerse y no dejarse lavar los pies. A pesar de que Jesús le prometió que un día entendería esta acción, Pedro siguió porfiando y sólo se dejó convencer cuando Jesús le amenazó con excluirlo de su compañía. Pedro entonces quiso corregir su metedura de pata y se mostró dispuesto a dejarse lavar también las manos y la cabeza. Jesús le indica que no es necesario, pero al mismo tiempo da a entender la situación irregular de Judas.

Jesús explica el gesto profético e invita a los discípulos a seguir su ejemplo, a hacer lo mismo. Es una especia de memorial como la institución de la eucaristía (1 Cor 11,23-26). Repitiendo el gesto hacemos presente al Jesús, Maestro y Señor de la comunidad, convertido en el servidor de todos. Probablemente es lo que de manera confusa intuía Pedro y no le gustaba nada eso de tener que estar al servicio de los demás.

Jesús ha escogido el puesto del servidor, y ése es el puesto que debe elegir la Iglesia y los cristianos. Los cristianos debemos imitar al Jesús servidor y no tanto querer apropiarnos de sus títulos de Maestro y Señor. Son títulos que le convienen a Él y de los cuales no ha querido hacer ostentación. Ha sido Maestro y Señor en tanto que servidor, que enseña con el ejemplo. También la Iglesia será Madre y Maestra en la medida en que sepa colocarse entre los últimos y al servicio de los últimos. Que la celebración de la eucaristía nos haga vivir el amor fraterno como servicio y entrega a los demás.

 

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Cristo se hizo obediente hasta la muerte de cruz

9 de abril de 2017 – Domingo de Ramos

Los triunfos, sobre todo en los deportes, que tanto seducen a nuestros contemporáneos, suelen ser pasajeros. Son muy pocos los que siguen siendo recordados. Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa. En vez de entrar como un triunfador, se presenta como una persona humilde, dispuesta a afrontar los fracasos de la vida (Is 50,4-7). Escucharemos una vez más la lectura de la pasión (Mt 27,11-54). No asistiremos, sin embargo, como si se tratase de un espectáculo, ajeno a nuestras vidas, sino que nos sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús.

El himno de la Carta a los Filipenses (2,6-11) nos permite situarnos en el corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el fondo.

Jesús, como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen derechos.

El hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús aceptó obediente  la muerte, porque veía en ella la manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. Jesús aceptó además una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó con nuestros pecados.

Es entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos. Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia, su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad. Ahora Jesús es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra.

El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y abandonado. Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo llevará al triunfo. Celebremos también nosotros en la eucaristía el triunfo de Jesús sobre las fuerzas de la muerte y del odio.

 

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Yo soy la resurrección y la vida

2 de abril de 2017 – 5 Domingo de Cuaresma

Las muertes causadas inocentes causadas por los terroristas suscitan el mismo reproche de Marta a Jesús: “Si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano”. Si Dios existe y está actuando en el mundo, ¿cómo es posible que éste vaya a la deriva? ¿Es capaz Dios de rescatar todas esas vidas muertas antes de tiempo? ¿Quién puede hacer justicia a tantos inocentes? ¿Quién puede abrir nuestros sepulcros? (Ezequiel 37,12-14).

La fe cristiana nos confirma que Dios es el Dios de la vida y que Jesús triunfó sobre la muerte. El Espíritu del Señor que habita en nosotros dará vida a nuestros cuerpos mortales (Rom 8,8-11). La quinta etapa en nuestro caminar cuaresmal anuncia la resurrección de Jesús, anticipada en la resurrección de Lázaro. La vida triunfa sobre la muerte. Por el bautismo hemos resucitado con Cristo.  La muerte de Lázaro, amigo de Jesús, había sido precedida de una breve enfermedad de la cual Jesús había tenido noticia por un mensaje enviado por las hermanas del enfermo. Jesús ante sus discípulos relativizó la gravedad de la enfermedad en la que vio una ocasión de manifestar la gloria de Dios.

Cuando finalmente decide ir a verlo, sus discípulos le recuerdan las amenazas que pesan sobre Él de parte de sus enemigos. Eso no parece inquietarle y puede comentar con sus discípulos la muerte de Jesús presentada como un estar dormido. Esa es la visión cristiana de la muerte. Ésta no es un final sino un descanso en espera de la resurrección. Tomás, como buen discípulo, expresa su disponibilidad a morir con el maestro.

Jesús llega demasiado tarde pues Lázaro ya llevaba cuatro días enterrado, es decir, era imposible que volviera a la vida. Su hermana Marta se lo reprocha a Jesús. Él le promete que su hermano resucitará. Marta, como los judíos piadosos, cree sin duda en la resurrección pero en el último día, al final de los tiempos. Jesús en cambio proclama la actualidad de la resurrección para la persona  que cree en Él. Marta dará el salto y confesará su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios.

También María, la otra hermana, fue al encuentro de Jesús que la llamaba. Le hizo el mismo reproche. Al ver llorar a todos, Jesús se conmovió mostrando claramente el amor que tenía por Lázaro. ¿Es capaz el amor de triunfar sobre la muerte? Uno que hace milagros ¿puede impedir que alguien querido muera?

Jesús irá a la tumba a confrontarse directamente con la muerte, a pesar de la observación de Marta de que el muerto ya huele mal. Jesús pide de nuevo fe. Para vencer a la muerte invoca al Padre, que siempre lo escucha. Pide el milagro para que la gente crea que es su enviado. La victoria sobre la muerte acaece mediante su palabra todopoderosa que manda al muerto dejar el reino de la muerte y venir al de los vivos.

El muerto obedeció. El milagro se realizó y tuvo como consecuencia el que muchos creyeran en Él. Jesús es el dueño de la vida y de la muerte. Nada va a impedir el que vaya libremente hacia la muerte porque confía que el Padre lo resucitará para siempre. La resurrección de Jesús ha irrumpido con toda su fuerza en nuestro mundo y ha transformado nuestra vida y nuestra muerte al creer en Él. Que la celebración de la eucaristía sea para nosotros, como decían los Padres, “medicina de inmortalidad”.

 

 

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Cristo será tu luz

26 de marzo de 2017 – Cuarto Domingo de Cuaresma

Para muchos la fe pertenece a la infancia del hombre como pura credulidad. Cuando uno va creciendo uno tiene que atenerse a lo que ve o se puede demostrar. La fe sería una luz ilusoria, mientras que los creyentes pensamos que es una luz a descubrir. La cuarta etapa de nuestro itinerario cuaresmal está centrada en el bautismo como iluminación del corazón y de la mente, de la que habla la carta a los Efesios (5,8-14).

La curación del ciego de nacimiento va mostrando las diversas fases de esa iluminación progresiva, desde las tinieblas a la luz (Jn 9,1-41). Al principio, no sólo el ciego sino también los discípulos de Jesús, están en la oscuridad. Éstos no comprenden la causa de la ceguera de aquel hombre  y se dejan llevar de las opiniones imperantes o de las apariencias (1 Sam 6,1.6-7.10-13).

El milagro pone al descubierto la ceguera de los vecinos del curado, que ya no son capaces de reconocerlo y creen que lo confunden con otro. No sólo los vecinos estaban ciegos sino también sobre todo los fariseos que creen que ven bien. También ellos parecen interesarse por el milagro, pero el relato de lo ocurrido los deja perplejos. Algunos están tan obcecados en sus convicciones legalistas que descalifican a Jesús porque ha curado en sábado. Otros parecen abrirse a la luz y reconocer que un pecador no puede realizar tales milagros. Interrogado el curado sobre la persona de Jesús, empieza a ver claro y lo considera un profeta, un hombre de Dios.

Las autoridades judías, en su obcecación, en su voluntad de negar el milagro evidente, creen que el hombre no era ciego. Para ello llamaron a sus padres. Éstos confirman que era ciego pero no saben cómo ha ocurrido el milagro, o mejor, no quieren saber nada del milagro, pues sería reconocer a Jesús como el Mesías. Esto provocaba la exclusión de la comunidad judía, cosa que ellos no quieren. Por eso se lavan las manos y piden que interroguen directamente al hijo, que es mayor y no necesita que otros respondan por él.

Cerrados en su ceguera, las autoridades inician un segundo interrogatorio del curado, acusando a Jesús de pecador. Es la manera de descalificar su persona y su obra liberadora. El ciego, beneficiario de la obra salvadora, no puede admitir que Jesús sea un pecador. Más bien en el interés de las autoridades por escuchar de nuevo el hecho cree descubrir un deseo de parte de ellas de hacerse discípulos de Jesús. Ellos lo niegan categóricamente y se declaran discípulos de Moisés, el enviado de Dios. El ciego curado sostiene que también Jesús tiene que ser un enviado de Dios porque ha hecho este milagro.

Las autoridades no se dejan dar lecciones de un pecador, castigado por Dios con la ceguera, y lo expulsan de la comunidad. Es entonces cuando es acogido por Jesús, que le pide una fe absoluta en su persona como Hijo del Hombre y Señor. Es lo que el ciego curado confesará, adorándolo como a Dios. De esa manera el ciego ha llegado a la iluminación plena. En cambio los que creen ver no tienen remedio. Están condenados a la ceguera para siempre. Que la celebración de la eucaristía ilumine nuestras vidas con el misterio de Cristo para que también nosotros podamos ser pequeños puntos de luz que indican el camino a los que lo buscan.

 

 

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Dame de beber

19 de marzo de 2017 – Tercer Domingo de Cuaresma

 

Durante casi toda la historia del cristianismo los padres han bautizado a sus hijos al nacer. El bautismo supone  la fe y los niños son bautizados porque los padres confiesan esa fe,  la piden para sus hijos y se comprometen a educarlos en la fe. Ahora son muchos los que no los bautizan, al parecer porque quieren que sean los hijos los que un día elijan libremente qué religión quieren vivir. En los   países de misión son bastantes los que se bautizan de adultos. Como preparación, siguen un itinerario de catequesis que los llevará un día al bautismo en la Vigilia Pascual.

La Cuaresma ha tenido siempre esta dimensión catequética centrada en el bautismo, como sacramento que nos sumerge en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. El bautismo sellaba un encuentro con Cristo de los que cambian la vida. La persona afortunada  de este domingo no tiene nombre, es simplemente una mujer samaritana, una pagana (Jn 4,5-42). A través de la revelación progresiva de la persona de Jesús, llega a la fe, que hará de ella una misionera en su tierra. El cristiano es un discípulo misionero.

Todo comienza con la irrupción de Jesús en su vida que va a producir un profundo remolino en el interior de aquella mujer. Ella se va a descubrir como un ser sediento, como la generación del desierto (Ex 17,3-7). Experimenta una sed, que hace que todos los días tenga que ir a buscar agua al pozo y que su sed nunca esté saciada. Al escuchar la promesa de un agua viva, su corazón se abre y ve la realidad de su propia existencia. Una vida sedienta de amor, que ha ido consumiendo maridos y ahora vive con uno que no es su marido. Es decir, ha ido pasando a través de diversas experiencias religiosas, alejadas de la verdadera fe.

En el diálogo, descubre que Jesús es un profeta y eso hace que su corazón se abra y dé el salto a la trascendencia, pero ¿dónde encontrar a Dios? ¿Dónde darle culto? Las contradicciones de las opiniones humanas crean una desorientación profunda. Jesús va a ayudarle a ver claro. Dios es Espíritu y hay que adorarlo en Espíritu y verdad. La cuestión ya no es “dónde” sino “cómo”. La sed de nuestra existencia tan sólo puede ser saciada por el Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones el amor mismo de Dios (Rm 5,1-2.5-8).

También ella esperaba la venida del Mesías, del Cristo, que lo aclararía todo. Su sorpresa es mayúscula cuando Jesús se presenta como el Mesías esperado. De pronto su vida cambia. Deja el cántaro y se convierte en misionera para su pueblo. Cuando se ha vivido una gran alegría, uno siente necesidad de contárselo a los demás.

Sus paisanos no quieren perderse la oportunidad de encontrarse con el Mesías. Van donde Jesús y lo invitan a quedarse con ellos. También ellos van a creer en Jesús, unos a causa del testimonio dado por la samaritana, otros porque han hecho ellos mismos la experiencia. Ya no sólo han oído hablar de Él sino que han podido escucharlo directamente y descubrir que es el Salvador del mundo. Que nuestro encuentro con Jesús en la eucaristía produzca un verdadero cambio en nuestra manera de vivir y nos convirtamos en anunciadores de la buena noticia de Jesús.

 

 

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Caminar con Jesús y escucharlo

12 de marzo de 2017 – Segundo Domingo de Cuaresma

 

¿Merece la pena caminar? Por más que los médicos lo recomienden, seguimos prefiriendo ir en coche o en autobús. Y por eso nuestra forma no mejora sino que más bien vamos empeorando. Con el camino de la cuaresma puede pasarnos algo parecido. En vez de caminar con Jesús, preferimos tomar el autobús pensando que llegaremos más rápidos y descansados a la Pascua. Venimos a las celebraciones del domingo, incluso leemos algún pasaje del evangelio en casa, pero no llevamos a la práctica lo que la Palabra de Dios nos dice. Esa Palabra nos orienta hacia el hermano necesitado y no simplemente hacia una serie de verdades espirituales. La espiritualidad cristiana no es espiritualismo sino la práctica de la justicia, la caridad y la misericordia.

 La segunda etapa en nuestro camino hacia la Pascua anticipa el triunfo del Resucitado, que se transfigura ante sus discípulos (Mt 17,1-9). Es a Él al que hay que escuchar. Para vencer las tentaciones, Jesús acudía a la Palabra de Dios. Nosotros tenemos que escuchar la Palabra de Cristo, que es el Verbo de Dios, la Palabra hecha carne. A través de todas las palabras de Escritura descubrimos la única Palabra, que es el contenido de la revelación de Dios. Esa Palabra es realidad, acontecimiento, fuerza, y sobre todo es una persona. Nuestra vida está orientada hacia una persona y no hacia una realidad abstracta e impersonal.

Es en la persona de Jesús en la que descubrimos la meta y el sentido de nuestra existencia. En Él se nos manifiesta claramente la figura del hombre creado a imagen de Dios y que fue deformada por el pecado. Es necesario todo un trabajo de restauración para volver a tener la imagen original. Es Jesús el que ha restaurada esa imagen mediante la acción de su Espíritu. Jesús destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del evangelio (1 Tim 1,8-10). El nos introduce en el amor de su Padre. Tan sólo el amor y misericordioso de Dios puede reconstruir su imagen deformada por nuestro pecado.

Celebrar el misterio pascual de Cristo es celebrar nuestro propio misterio, descubrir nuestra realidad más profunda. En Jesús se nos aclara el misterio que somos cada uno de nosotros. Es en Jesús en quien contemplamos el proyecto original de Dios sobre el hombre. Dios nos ha elegido desde toda eternidad en Cristo Jesús para que seamos uno en Él. En Cristo transfigurado descubrimos cuál es la auténtica vocación del hombre. El hombre está llamado a entrar en la intimidad de Dios, que nos concede su propia vida sin romper los límites de nuestra finitud. La meta del hombre es Dios. Sabemos que no podemos alcanzar esa meta, ese sueño de la humanidad de “ser como Dios”, mediante nuestra técnica. Sabemos que es un don de Dios.

Pero para poder acoger ese don de Dios en nosotros hace falta vaciarnos de nosotros mismos, salir de nosotros mismos. Abrahán salió de su tierra, de su parentela y fue a donde Dios le indicó (Gen 12,1-4). Así se convirtió en un gran pueblo y en bendición para todos los pueblos. Dios, origen de toda bendición, asocia a sí a Abrahán para bendecir a todas las naciones. También Jesús  tuvo que vivir su propio éxodo, salir de su vida tranquila de Nazaret y embarcarse en la predicación del Reino. Tuvo que caminar hacia Jerusalén y desprenderse de su propia vida para recibir la vida misma de Dios. Que la celebración de la eucaristía vaya transfigurando nuestras vidas dando un sentido a los sufrimientos de nuestro mundo vividos unidos a Cristo.

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La Palabra es un don, el otro es un don

5 de marzo de 2017 – Primer Domingo de Cuaresma

 

El mensaje del papa Francisco para la cuaresma de este año, “la palabra es un don, el otro es un don”, nos recuerda que el camino de la conversión pasa a través del descubrimiento del pobre. Para ello se ha fijado en la conocida parábola de “el rico epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16,19-31).  El rico, sumergido en su pecado, está ciego y no sabe descubrir en el pobre un don de Dios que le invita a la conversión. “La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano”.

En el primer domingo de cuaresma contemplamos la creación y el pecado que distorsionó el proyecto original de Dios (Gen 2, 7-9; 3, 1-7). Con Cristo el hombre es redimido y hecho nueva criatura, pero sigue expuesto a la tentación y tiene que vencerla como hizo Jesús (Rom 5, 12-19).

Jesús, al comienzo de su vida pública, tuvo que hacer una opción radical entre los valores del Reino que estaba despuntando y los valores del viejo mundo caduco del pecado que nos siguen seduciendo a todos (Mat 4, 1-11). El mundo nos sigue ofreciendo como sentido de la vida una especie de mesianismo terreno político. Es la tentación de crear una sociedad de espaldas a Dios en la que el “pan y espectáculos” lleva a adorar al dios de este mundo con la promesa de tenerlo todo. A Jesús, no sólo el maligno, sino también sus contemporáneos, incluso sus discípulos,  el propusieron un camino, lleno de éxitos espectaculares, pero lo rechazó. A la gente no se la salva mediante la seducción, sino  haciendo que se abra a la voluntad del Padre. Fue lo que siempre hizo Jesús.

Jesús tomó la opción de ser un Mesías sufriente, que terminaría en la cruz por fidelidad al Reino y a sus hermanos necesitados de salvación. Tan sólo descubriendo las necesidades profundas de la persona, que no vive sólo de pan, y aceptando una vida sin milagros se puede permanecer fiel a Dios y a su Reino.

En ese discernimiento que Jesús tuvo que hacer, encontró su norte en la Palabra de Dios. La Escritura es el libro del discernimiento porque denuncia los falsos mesianismos, las falsas ofertas de salvación barata y nos muestra la manera de actuar de Dios, de salvar a su pueblo.

A lo largo de la cuaresma tenemos que rehacer la imagen de Dios en nosotros, deformada por el pecado. Para ello tenemos que tener fijos los ojos en Cristo, imagen verdadera del Padre. La victoria de Cristo sobre el mal es la promesa y garantía de nuestra propia victoria. También un día nosotros triunfaremos totalmente sobre el pecado. No estamos solos en esta lucha contra la seducción del mal. Cristo está a nuestro lado y Él ha vencido ya el mundo. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.

Mientras estamos en camino experimentaremos las tentaciones e incluso las caídas. Lo importante es no abandonar el camino que es Cristo. Con Él un día venceremos. En la celebración de la eucaristía actualizamos la victoria de Cristo y la hacemos nuestra de manera que nos disponemos a seguir combatiendo para vencer también nosotros el pecado.

 

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