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Maestro, que vea

25 octubre de 2015 -30 Domingo Ordinario

 Termina este domingo el Sínodo de la Familia, que sin duda ha despertado tantas expectativas promovidas por los medios de comunicación, con el peligro de que la opinión fijara los problemas a tratar. Son sin duda problemas presentes en la cultura de hoy, que afectan también a la Iglesia. Pero la preocupación mayor de la Iglesia debiera ser cómo dar una respuesta pastoral a una juventud desencantada que cada vez más no se plantea casarse. Una juventud, que ansiando familia, no la ve en la perspectiva tradicional cristiana sino que la vive a su medida de relación de pareja, con o sin hijos. Se ha dejado de percibir la belleza de la familia cristiana. No sabemos cuáles serán las orientaciones que saldrán directamente del Sínodo o del documento que publique el Papa. Sin duda el tema de la familia es muy complicado y estamos lejos de ver claro y poder dar orientaciones válidas para todos los ambientes geográficos y sociales. Probablemente muchos padres sinodales habrán repetido muchas veces lo del ciego del evangelio: “Maestro, que vea”.

Los únicos que parecen tenerlo todo claro es el grupo empeñado en repetir que la doctrina católica sobre el matrimonio es inmutable. Eso nadie lo cuestiona. Lo que está en cuestión es cómo hacer que esa doctrina sea un camino de vida para hoy y no sea una de las causas que nos han metido en este atolladero. Esa falta de vitalidad no afecta sólo a la familia cristiana, afecta también a todas las familias, y a los diversos tipos de parejas existentes hoy. El ciego empezó a ver cuando creyó en Jesús: “Tu fe te ha salvado”. Creer es tener confianza en Jesús, en que él sigue vivo y actuando en nuestro mundo. Su amor misericordioso es capaz de llenar de sentido y de vida a toda persona que le abra el corazón y lo acoja. Su vida y sus palabras iluminan la vida del creyente llamado a la vocación al matrimonio.

Se trata de encontrarnos con Cristo como Bartimeo, el ciego del evangelio, que se reconoce ciego y pide a Jesús que tenga compasión de él y le dé la vista (Mc 10,46-52). Él no puede ver  a Jesús, pero sabe descubrir su misterio. Jesús es el Hijo de David, el Mesías anunciado, que debe establecer una época de paz y felicidad, en la que el hombre se vea libre de las enfermedades que no le permiten realizar en plenitud su vocación humana. Jesús, al ver su fe, lo cura. Jesús hace presente la salvación para el pueblo afligido por tantos males, que le impiden ser feliz (Jer 31,7-9). Jesús puede comprender a los ignorantes y extraviados porque él mismo está envuelto en debilidades (Heb 5,1-6). Nuestro Salvador no es un superman, ajeno a nuestros problemas, sino que él los ha vivido en su propia carne. Por eso sólo en el misterio de Jesús se desvela totalmente el misterio del hombre.

Ese misterio escapa al conocimiento puramente pragmático de la realidad que impera hoy. El problema, como lo ha señalado el Papa, reside en el uso que hacemos de nuestra facultad intelectual de nuestra capacidad de ver, de nuestra razón. Algunas culturas se han echado en brazos del irracionalismo que les impide discernir el verdadero bien y los peligros que nos amenazan. La tentación de la violencia para solucionar los problemas es la consecuencia de esa falta de racionalidad en la manera de abordar las situaciones difíciles. Al no creer en la razón, se niegan al diálogo como método para superar los conflictos.

En el otro extremo, la cultura occidental ha caído en una especie de racionalismo estrecho que reduce la razón a su funcionamiento científico y tecnológico y le niega toda validez en los otros campos de la vida humana. La razón débil sumerge al hombre en el escepticismo y relativismo respecto a las grandes cuestiones de la vida individual y colectiva. Al no poder alcanzar la verdad, es muy difícil llegar a tener unos valores compartidos. Cada uno se orienta por su interés inmediato que identifica fácilmente con lo razonable. De esa manera se dificulta también el funcionamiento  de la democracia, que implica la búsqueda del bien común, sobre todo de los más desfavorecidos, la renuncia a la violencia, y la solución de los conflictos mediante el diálogo. Éste supone siempre unos valores compartidos.

Necesitamos una razón abierta a la fe e iluminada por ella, que no dimite de su responsabilidad, pero que tampoco se erige en árbitro absoluto de la realidad, sino que se deja enseñar por ella. Abierta al misterio, como Bartimeo, también la razón alcanzará su curación y dejará de ser una razón débil, sin transformarse en razón fuerte, sino siendo sencillamente lo que es: apertura a la realidad total para acogerla con respeto. Que la celebración de la eucaristía, misterio de la fe, ilumine nuestras vidas y nos dé el gozo de ser creyentes.

One Response to Maestro, que vea

  1. Hna. Maria Dolores Mendez Mora says:

    Con mucho gusto leo siempre este comentario, y varias veces lo publico en Facebook en seis espacios que tengo en Grupos “La Columna Dominical” . Publico el nombre del autor. Este me gustó mucho pues como siempre es muy a tino con el tema del Sínodo que esta para ser concluido, aun no lo he leído todo pero estoy segura que sera del gusto de los lectores.
    Hna. Maria Dolores fsp
    Paulinas – Venezuela

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