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Hoy estarás conmigo en el paraíso

20 de noviembre de 2016 – Cristo Rey del Universo

 

En la fiesta de Cristo Rey se clausura el Jubileo de la Misericordia. Durante todo un año la Iglesia ha colocado en el centro de nuestras vidas el amor compasivo del Padre, rico en misericordia, que nos invita a ser misericordiosos como El. Durante siglos la Iglesia ha aparecido desgraciadamente ante los ojos de muchos como una especie de guardián de la moralidad pública que amenazaba con sus condenas. A veces llegaba incluso a decir que era Dios el que condenaba y castigaba. Gracias a Dios vamos descubriendo gradualmente el rostro amoroso de Dios y confiamos que también nuestra Iglesia sea cada vez más materna y acogedora.

El llamado “título” de la cruz, “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”, indicaba la acusación por la que Pilatos lo condenó a la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús crucificado es objeto de burlas por parte de las autoridades judías, de los soldados y de uno de los malhechores crucificados con Él. Todos aluden a su pretendida realeza. Las autoridades judías evocan el título de Mesías de Dios, que es el título hebreo del Rey esperado, descendiente de David (2 Sam 5,1-3). Jesús había hecho algunos milagros que podían indicar su poder mesiánico de salvación, pero ahora en la cruz  no es capaz de salvarse a sí mismo. Los soldados aluden irónicamente al rey de los judíos y, siguiendo a las autoridades judías, le increpan que se salve a sí mismo del suplicio de la cruz. Lo mismo hace el malhechor, que pide también  que salve a sus compañeros de cruz. Asistimos a una especie de farsa a través de la cual, sin embargo, se va a revelar la verdad.

La verdad del mesianismo y del poder liberador  de Jesús la descubre el otro malhechor que se toma en serio el momento que están viviendo y la realidad de la persona de Jesús. El momento de la muerte no es para hacer burlas a propósito del Mesías de Dios y de la salvación. Es la hora de temer respetuosamente a Dios. El buen ladrón reconoce la diferencia del suplicio de Jesús y el de ellos. Ellos lo han merecido con sus acciones mientras Jesús no ha hecho nada digno de tal castigo.  El buen ladrón reconoce que Jesús va a entrar en el Reino y le pide que se acuerde de él. Es la confesión de fe del mesianismo de Jesús, precisamente cuando todas las circunstancias parecen desmentirlo.

Jesús le promete le salvación inmediata en el mismo día. Esa salvación consiste en estar con Él. En cierto sentido el haber sido crucificado juntos anticipa ya esa salvación cuando uno sabe descubrir en el crucificado al Mesías, al salvador del mundo. De esa manera la salvación de Dios irrumpe en el presente angustioso y no queda aplazada para un futuro lejano. El momento de la crucifixión es como en san Juan la entronización de Jesús como Rey que empieza a distribuir sus dones espléndidos. El que cree en Él recibe la salvación. En su muerte en la cruz Jesús lleva a cumplimiento el misterio de su condición de hijo, que recibe todo del Padre, desde el momento de la encarnación por obra del Espíritu de Dios. Es un misterio de obediencia en el que se fía totalmente del Padre, que lo engendra de toda eternidad y ahora en el tiempo. En su muerte, que es al mismo tiempo el momento de su glorificación, se convierte verdaderamente en el Primogénito de toda criatura, en el que también nosotros llegamos a ser hijos de Dios (Col 1,12-20).

Los cristianos terminamos el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey. Su realeza tiene poco que ver con los sistemas políticos de este mundo. Su muerte en cruz es la prueba del fracaso de todo tipo de triunfalismo puramente humano. Pero al mismo tiempo la cruz manifiesta la venida del Reino de Dios, precisamente en la persona del crucificado. En la cruz Dios comienza a reinar y a hacer justicia. Su juicio no es simplemente una condena del pecado, sino más bien una oferta de misericordia para el pecador que se convierte. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros constructores del Reino de Cristo, Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.

 

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Con la perseverancia salvaréis vuestras vidas

13 de noviembre de 2016 – 33 Domingo Ordinario

 

Los aires de pesimismo que circulan por nuestro mundo al ver que las cosas no cambian se nos pueden colar también en la Iglesia. Tampoco en ella las cosas van como nos gustaría. Disminuye y envejece no sólo el clero sino también los creyentes, sobre todo en Europa. Desgraciadamente en muchos países donde el cristianismo es una minoría experimentan la persecución.   Se necesita mucha paciencia y coraje para continuar siendo cristianos sin abandonar esos lugares.

En tiempos difíciles, y sobre todo de persecución, los creyentes han deseado que llegue el día final del juicio de Dios, en el que finalmente sea establecida la justicia (Mal 3,19-20). Los profetas han alentado esa esperanza y la convicción de que ese día está cercano. El interés se fue centrando en los acontecimientos anunciadores de esa final. La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue vista por muchos como el inicio de la etapa definitiva. Lucas, por el contrario, pone en guardia contra esa creencia porque en realidad “el final no vendrá enseguida”. La destrucción de Jerusalén fue sin duda el castigo de la ciudad pecadora que no ha querido reconocer al Mesías. Se terminaba una etapa de la historia de la salvación, y se daba paso a una nueva fase centrada en Cristo Jesús (Lc 21,5-19).

Entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo hay un tiempo intermedio. Es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio. Si la historia continúa es porque Dios está dando una oportunidad para que se anuncie el evangelio y los hombres puedan alcanzar la salvación. Desgraciadamente el tiempo del testimonio es a veces el tiempo de la persecución. Gracias a Dios vivimos en países en los que la fe cristiana, aunque sea rechazada, no es perseguida.

El evangelio, sin duda, resulta conflictivo. El rechazo que experimentó Jesús lo viven ahora sus seguidores. La situación puede parecer desesperada porque provoca la división en el interior mismo de la familia y de la Iglesia, pero los creyentes saldrán vencedores. No tendrán que preparar su defensa frente a los acusadores pues el Espíritu de Dios será el Defensor. Lo único que se le pide al creyente es la perseverancia, la fidelidad, sabiendo que sus vidas están en buenas manos.

La historia camina sin duda hacia su fin. Ese fin está muy lejano, pero Lucas lo sigue poniendo delante de los ojos de sus lectores. Aunque parece una especie de final catastrófico, Lucas no intenta atemorizarnos. Al contrario, es entonces cuando hay que levantar las cabezas porque la salvación está cerca. La espera del retorno de Cristo no debe distraernos del compromiso con el momento presente (2 Tes 3,7-12).

La primera forma de ese compromiso es el trabajo diario, el no estarse con las manos cruzadas a que venga el Señor a instaurar la justicia. Debemos ser nosotros los que trabajemos por crear un mundo más justo y fraterno. Mediante nuestro testimonio cristiano estamos anunciando a Cristo y preparando la venida de su Reino. Pero tampoco podemos hundirnos en este presente fugaz olvidando que estamos a la espera del Señor. Ninguna realización humana, por más sublime que sea, puede considerarse como definitiva. El cristiano mantiene siempre una distancia crítica respecto a todo lo histórico sabiendo que lo definitivo tan sólo se nos dará en Cristo.

En la celebración de la eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Que la esperanza de su venida nos mantenga atentos a los desafíos de la vida cristiana y nos dé la fuerza para ser testigos fieles del Resucitado.

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Para Dios todos están vivos

6 de noviembre de 2016 – 32 Domingo Ordinario

 

¿Hay algo después de la muerte? Es una pregunta inevitable aunque las respuestas sean muy diversas. Son sin duda las religiones las que han intentado dar una respuesta a esta pregunta que supera nuestra experiencia. Sin duda todos nosotros queremos que nuestra fe en la otra vida no sea pura fe sino tenga más o menos una base experimental. Estamos convencidos que si existe otra vida debe tener un impacto ya sobre ésta y no estar en total discontinuidad con lo que ahora vivimos. Si creemos en la vida eterna, tenemos que creer también en la vida sin más.

En el pueblo de Israel la idea de la resurrección apareció muy tardíamente, vinculada a la experiencia del martirio durante las persecuciones de los reinos helenísticos (2 Mac 7, 1-2. 9-14). Dios no podía sin más dejar que sus fieles murieran tan jóvenes sin haber podido realizar su existencia. Dios tenía que darles de nuevo vida. La creencia fue acogida por los judíos piadosos, los fariseos. Curiosamente no la aceptaron los saduceos, es decir, por la clase sacerdotal tradicional, que la consideraba una innovación.

Sin el horizonte de la resurrección, ni la vida de Jesús ni la de sus seguidores habría tenido sentido pues se jugaron el todo por el todo con la esperanza de encontrarse con Dios. Los saduceos niegan la resurrección, pues les parece una creencia absurda, como se pone de manifiesto en el caso de la mujer y los siete maridos. En el cielo ¿de quién será la mujer? Jesús no sólo desmonta la objeción sino que demostrará que la fe en la resurrección se basa en la Ley de Moisés, normativa para todo judío (Luc 20, 27-38).

Según Jesús, la objeción contra la resurrección proviene del hecho de que proyectamos nuestras categorías humanas en el más allá. Creemos que en el cielo siguen existiendo las instituciones de este mundo. Pero en el Reino ya no existirá el matrimonio. Habrá una transformación profunda de nuestras personas para poder vivir en la vida de Dios. Esto es posible al poder de Dios.

Pero lo más importante es que Jesús ha encontrado una prueba de la resurrección en los libros de la Ley de Moisés, que eran los únicos admitidos como canónicos por los sacerdotes. Dios se presenta como “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Como Dios, es el Dios de la vida, no puede ser un Dios de personas muertas. Para Dios, todos están vivos. Jesús ha aducido una verdad de experiencia. Nuestra relación con Dios nos pone en relación con la vida verdadera. Así ha sido como lo experimentado los grandes creyentes. Nuestros seres queridos no se pierden en la nada sino que viven para Dios. Amar a una persona, decía Gabriel Marcel, es poder decirle: para mí, tú no morirás nunca. Es lo que sin duda nos dice a cada uno de nosotros Dios nuestro Padre.

También para nosotros, nuestros seres queridos no debieran desaparecer de nuestra experiencia vital  y de hecho muchas veces los sentimos presentes, pero otras tenemos dificultad para percibir las presencias espirituales de las personas ya difuntas. Ellas, sin embargo, ya no están sometidas a las limitaciones del tiempo y del espacio. Poseen en cierto sentido la capacidad de hacerse presentes que tiene el Señor Resucitado. La fuerza de la resurrección está ya actuando también en nuestras vidas mortales, preparándolas para poder entrar en la vida de Dios.

Dios es el Dios de la vida. La gloria de Dios es el hombre viviente. Quizás el problema del cristianismo actual es, como ya denunciaba Nietzsche, que los cristianos parecemos poco resucitados. No nos hemos tomado en serio las energías que la resurrección de Jesús ha puesto en acción en el mundo. No sólo han transformado la historia personal y social, sino el mismo universo. Han sido creados unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que habite la justicia. Misión nuestra es colaborar con el Señor en la transformación de la historia y del mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestras vidas para dar un horizonte de esperanza a todos los que no encuentran un sentido a la vida y a la muerte.

 

 

 

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Una muchedumbre inmensa

1 de noviembre de 2016 – Todos los Santos

 

El papa Francisco tiene el récord de santos canonizados: 848. Es verdad que sólo en un día canonizó a 815 mártires italianos del s XV, patronos de la ciudad de Otranto. Ha canonizado en particular a los papas Juan XXIII y Juan Pablo II y a la Madre Teresa de Calcuta. Esta última es sin duda figura emblemática por su cercanía a los pobres sin distinción de religión. Es modelo de diálogo religioso. El único idioma que entienden todas las personas es el de la caridad cristiana.

El deseo de una Iglesia de los pobres y la referencia de su nombre a Francisco de Asís muestra bien a las claras el deseo del papa de un nuevo rumbo para toda la Iglesia. Se trata de decidirse a vivir de manera práctica las Bienaventuranzas que están resumidas en la primera: Bienaventurados los pobres (Mt 5,1-12). En realidad las que le siguen son variaciones de este único tema. No cabe duda de que los santos han sido pobres o han vivido pobremente, preocupados de los pobres, compartiendo con los pobres lo que tienen.

Si miro en el calendario de los santos no encuentro ninguno que haya vivido como un rico, despreocupado de los pobres. El vivir entre la riqueza crea un aburguesamiento y una vida instalada y mediocre. Es lo que le está pasando a la Iglesia de nuestro continente. Una Iglesia instalada no tiene nada que decir a nuestro mundo que es maestro en instalaciones. Tan sólo una Iglesia que ponga en cuestión la vida cómoda a la que aspiran nuestros contemporáneas tendrá un mensaje de esperanza para todos los que luchan cada día para poder vivir todavía mañana.

Las Bienaventuranzas son todo un programa de vida individual y social basado en los nuevos valores aportados por Jesús. Él ha encarnado y proclamado los nuevos valores evangélicos que hacen presente la venida del Reino. Ellos hacen visible el amor incondicional de Dios por los pobres y los perdedores de este mundo, que son el objeto de predilección de Dios. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pase a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos (1 Jn 3,1-3). Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. El que tiene esta esperanza se purifica cada día. No nos dejemos robar la esperanza. Tenemos esa nube inmensa de hermanos que nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo en él la esperanza y el amor cristiano.

 

 

 

 

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Buscar al que estaba perdido

30 de octubre de 2016 – 31 Domingo Ordinario

 

Ya casi al final del Jubileo de la Misericordia, la invitación a acoger el amor misericordioso del Padre nos interpela de nuevo a través de la figura de Zaqueo (Lc 19,1-10). La acogida de Jesús se dirige sin distinción tanto a los que están dentro de la Iglesia como a aquellos que se han alejado de ella. El Sínodo de la Familia no ha tenido más remedio que abordar el tema de las uniones irregulares con casos muy dolorosos de los que quieren seguir participando de la vida eclesial y muchas veces se ven excluidos de ella. También Zaqueo como cobrador de tributos al servicio de un imperio pagano era mal visto por la comunidad cumplidora. Ni Jesús ni la Iglesia van a ofrecer una gracia barata sino que acogiendo al pecador le instarán a cambiar de vida. No se trata simplemente de regularizar su situación sino de verdaderamente emprender un camino de conversión que muestre que se quiere vivir conforme a ese amor misericordioso que Jesús nos ofrece.

Tan sólo Dios y su enviado Jesús son capaces de aceptarnos y amarnos tal como somos, pecadores, invitados a la conversión. Zaqueo, como cobrador de impuestos al servicio del poder ocupante, era considerado un pecador, excluido del amor de Dios por su religión judía (Lc 19,1-10). Sin duda era una persona que se había enriquecido explotando a los judíos, pero se sentía solo y despreciado, tan  pequeño que no alcanzaba a ver a Jesús entre la muchedumbre.

Trataba de ver a Jesús porque sin duda le habrían llegado noticias de su persona. Era alguien liberado de los prejuicios reinantes, con el que se podía hablar y confrontar su vida. Zaqueo se quedó de una pieza cuando, subido en el árbol, fue interpelado por su nombre. También Jesús estaba interesado en encontrarse largamente con Zaqueo. Las críticas de la gente bien pensante no se hicieron esperar y Zaqueo tuvo que sentirse abochornado pues él era el causante de esas críticas.

Por primera vez, ante alguien que le había aceptado tal como era. Jesús había sabido poner en práctica una pedagogía verdaderamente divina, que imitaba el comportamiento del mismo Dios (Sabid 11,22-12,2). Dios corrige poco a poco, con amor y sin casi hacerles daño,  a los que caen. Les recuerda su pecado y los reprende, para que no se les embote la conciencia sino que se conviertan y crean en Él. Zaqueo se aprovechó de las críticas, que tantas veces le habrían dirigido, para convertir su vida. Su nueva vida se expresa en el gesto de dar la mitad de sus bienes a los pobres y reparar las injusticias cometidas de una manera mucho más generosa que lo que pedía la ley.

Jesús no pudo menos que admirarse de las maravillas que había producido su simple presencia en aquella casa, que había recibido la salvación. Zaqueo era un miembro del Pueblo de Dios, al que las circunstancias de la vida lo habían llevado a embarcarse por el camino de la injusticia. A pesar de todo él continúa siendo un hijo de Abrahán. El pecador, a pesar de su pecado, continúa siendo objeto de la misericordia de Dios, con más motivo que el justo, porque la necesita más. El pecador es una persona en vías de perdición y el Hijo del hombre ha venido a salvar precisamente a los que están en el camino de la perdición. En vez de rasgarse las vestiduras escandalizados, habría que alegrarse de que alguien salve finalmente su vida.

El drama de las personas que se consideran justas y critican a los pecadores y a los que se acercan a ellos consiste en creer que Dios está interesado sólo en la salvación de aquéllos que se la merecen por sus obras buenas. Olvidan que la salvación es un don, que sin duda hay que acoger en una vida digna de la gracia recibida.  Que la celebración de la eucaristía en la que Jesús nos invita a su banquete pascual nos lleve a cambiar nuestras vidas y a producir verdaderos frutos de conversión.

 

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El que se humilla será exaltado

23 de octubre de 2016 – 30 Domingo Ordinario

  

Hay muchas personas que no rezan. No sólo porque no saben o no recuerdan oraciones sino porque les parece una pérdida de tiempo. Es posible que todavía crean en Dios, pero no mantienen ninguna relación personal con él, porque  piensan que no tiene nada que ver con su vida. En este Domingo del Domund en el año del Jubileo de la Misericordia, el papa Francisco invita a todos los creyentes a salir e ir al encuentro de los que todavía no conocen a Jesús. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y la misericordia  pueden traer alegría y reconciliación, justicia y paz”. Rezamos por los misioneros y por las misiones. Les apoyamos también con nuestros bienes pues misioneros y destinatarios de la misión viven en situaciones muy precarias.

Cada uno reza según su fe, según la imagen que tiene de Dios. El fariseo reza según la teología farisea (Lc 18,9-14). Es posible que la imagen que los evangelios nos transmiten de este grupo judío esté condicionada por la polémica cristiano-judía. Los fariseos del tiempo de Jesús no sólo parecían buenos sino que también en la mayoría de los casos lo eran y mantenían una relación auténtica con Dios.

El fariseo del que habla el evangelio es el fariseo de todos los tiempos y lo encontramos en todas las religiones y en los que no tienen religión. También acontece lo mismo con la figura del publicano, que es sin más la del pecador. El fariseo es irreprochable ante la ley y por eso se considera justificado ante Dios. Su oración de acción de gracias, más que dirigirse a Dios, está dedicada a sí mismo. Su Dios es el legalismo. El fariseo ora como su vida de fariseo, erguido, delante, donde lo vean. La falsedad de su Dios aparece en que no se sitúa ante él sino que se compara con los pecadores, con el publicano. El Dios del fariseo está a favor de la ley y en contra de los pecadores. Como no se reconoce pecador, sino justo, no recibe el perdón y la justificación de Dios. Por eso vuelve a casa con su pecado, pecado agravado por su oración.

En cambio el publicano reza como publicano, como pecador. Se mantiene atrás, se da golpes de pecho y pide humildemente perdón ante Dios. El publicano se sitúa ante Dios y no ante la ley. Cree en un Dios misericordioso que acoge al pecador. En su parábola, Jesús hablaba de ese Dios que él hace presente a través de la acogida de los pecadores y comer con ellos. El publicano, al reconocerse pecador y pedir perdón, Dios lo perdona y lo justifica, hace de él una persona justa. Volvió a casa totalmente transformado. Su oración había sido escuchada por Dios, que acogió su petición de perdón (Ecco 35,12-14.16-18). La Iglesia, como Jesús, debe ser sacramento de perdón y no condenar a nadie.

San Lucas saca una conclusión general para su comunidad. “El que se enaltece, será humillado, el que se humilla será enaltecido”. Se trata sin duda de vivir la humildad que Santa Teresa definía como “caminar en la verdad”. La humildad tiene que ver con la percepción real de nuestra situación. No se trata de una humildad tonta sino del reconocimiento realista de que todo lo recibimos de Dios. Probablemente tengamos cualidades superiores a muchas personas, pero eso no debe llevarnos a despreciar a los demás. Ni nosotros hemos merecido los dones recibidos, ni los demás son culpables y por eso no los habrían recibido. Dios los da a quien quiere y como quiere, pero se complace de manera especial en derribar de sus tronos a los poderosos y en ensalzar a los humildes. Es la inversión de valores que trae consigo el evangelio.

Los misioneros son testigos de la misericordia del Señor que se vuelca sobre todos los pobres que lo buscan con sincero corazón. Nos sentimos unidos a todos ellos en esta Eucaristía.

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Dios hará justicia

16 de octubre de 2016 – 29 Domingo Ordinario

 

La búsqueda de una sociedad más justa y fraterna, en la que reine la verdadera libertad y sean reconocidos los derechos humanos, ha sido en buena medida el motor de la historia en la época moderna. Los cristianos han participado en esa aventura y han considerado que una sociedad es justa y humana en la medida en que se preocupa por los más débiles y desfavorecidos.

En este Domingo del Domund en el año del Jubileo de la Misericordia, el papa Francisco invita a todos los creyentes a salir e ir al encuentro de los que que todavía no conocen a Jesús. “Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz”. Los cristianos no debemos dejarnos robar la esperanza de que otro mundo es posible. Hay que mantenerla a través de la oración. Los cristianos han rezado y seguimos rezando para que venga el Reino y Dios haga justicia a sus elegidos. A algunos ese mundo injusto les parece el argumento más concluyente contra la existencia de Dios y creen que esas oraciones son una pérdida de tiempo, otros, sin embargo, seguirán viendo en ellas un arma poderosa no violenta contra los injustos.

Nuestra fe confiesa que la historia del mundo está en las manos de Dios y tiene un sentido. No es un simple sucederse de acontecimientos en el que el pez grande se come al chico, o como decía Unamuno, “que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Para Dios nada es imposible y Él se preocupa del bien de los suyos (Ex 17,8-13). La parábola de hoy pone un ejemplo tomado de la vida social (Lc 18,1-8). Desgraciadamente es siempre actual. Muchas personas se sienten frustradas en su búsqueda de justicia. Recorren a todas las instancias y le viene siempre denegada. Pocos, sin embargo, piensan en apelar a Dios y en encomendarle a Él su causa. La viuda del evangelio traduce bien la impotencia de los débiles ante el cinismo de los fuertes. Al final el juez hace justicia por quitársela de encima y no sentirse importunado cada día con una manifestación o una sentada.

El evangelio dice claramente que se trata de un juez injusto, todo lo contrario de Dios. Dios no puede menos que hacer justicia sobre todo a sus elegidos. Y la hará rápidamente. La convicción de que el Reino de Dios está irrumpiendo en la historia da esa certeza de que es posible instaurar la justicia. Sin duda no ocurrirá de manera automática sino que los hombres tienen que esforzarse en construir la justicia.

El evangelio señala una de las condiciones: tener fe. Hay que creer que este mundo puede cambiar, que se puede construir un mundo diferente. Sin duda eso es lo que expresaba la viuda con su constante reclamar justicia. No admitía ni por asomo que las cosas sean como son y que no haya manera de cambiarlas. Ese reclamar ante Dios se traduce en la oración constante y confiada. La confianza nos viene del hecho de que Dios está constantemente cambiando la historia, derribando a los potentados de sus tronos y exaltando a los humildes.

El problema es que la fe se enfría y nos olvidamos de Dios. Es necesario alimentar la fe y la confianza en la oración. El interrogante final del evangelio nos deja a todos en suspenso. ¿Seremos capaces de mantener la fe hasta la venida del Hijo del hombre? Él es el que establecerá definitivamente la justicia, pero la está instaurando ya poco a poco con la colaboración de todos los justos.

La mejor manera de avivar nuestra fe es el contacto con la Palabra de Dios, con la Biblia (2 Tim 3,14-4,2). Cada vez que leemos y proclamamos las acciones liberadoras de Dios, las hacemos actuales hoy. La memoria de la liberación es una memoria peligrosa porque recuerda a los poderosos que ellos no son invencibles. Tantas veces Dios los ha derribado de sus tronos que también hoy puede hacerlo. En la eucaristía actualizamos la acción liberadora de Dios que rescató a su Hijo de la tumba, víctima de los poderosos de este mundo. Que la fuerza de la resurrección nos lleve a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno.

 

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Tu fe te ha salvado

9 de octubre de 2016 – 28 Domingo Ordinario

 

La pérdida del sentido religioso de la vida hace que vayan desapareciendo valores y actitudes profundamente humanos y cristianos. Los que más se empieza a echar de menos en nuestro mundo son la gratuidad y el agradecimiento. Todos nos creemos con derecho a todo y creemos que la abundancia de la que gozamos es natural y no el fruto de los esfuerzos humanos y de la bendición de Dios. Incluso los creyentes pensamos que podemos obtener todo de Dios a base de nuestras oraciones y méritos. Cuando recibimos lo que le pedimos, pocas veces nos acordamos de agradecérselo. Son cada vez menos los que hacen una oración antes y después de las comidas porque consideramos que todo es sencillamente fruto de nuestro trabajo. Como consideramos lógico y natural recuperar la salud con la ayuda de la medicina.

Son muchos los que creen que no tienen nada que agradecerle al Señor. Al contrario, tienen mucho que echarle en cara. No sólo por lo que les sucede a ellos sino por cómo anda el mundo. Algunos piensan que si nosotros fuéramos Dios haríamos que la cosas funcionaran mucho mejor. Así pretendemos darle lecciones al creador del universo. El hombre creyente como el salmista agradece constantemente a Dios sus beneficios, el primero el don de la vida. En los salmos de acción de gracias se suelen enumerar los beneficios recibidos del Señor, en los himnos de alabanza uno se queda extasiado ante la grandeza y el amor de Dios. Al darle gracias por sus bienes, no es Dios el que saca ventaja de ello. Somos más bien nosotros los que nos enriquecemos. Dios continúa a hacer salir el sol sobre justos y pecadores.

Diez leprosos han sido curados por Jesús. Han experimentado los beneficios de Dios a través de su enviado Jesús (Lc 17,11-19). Y, sin embargo, lo han considerado como lo más natural, como algo que les era debido. Preocupados por quedar lo más pronto limpios, no se detuvieron a agradecer a Jesús. Incluso, cuando ya están curados, no se acuerdan de su benefactor, excepto uno que, para más vergüenza, era samaritano, considerado como extranjero pagano. Muestra más sentido religioso el pagano que los otros nueve judíos. El samaritano volvió, alabando a Dios, a darle gracias a Jesús.

Jesús hará una alabanza de este samaritano y le dirá: tu fe te ha salvado y te ha curado. Los otros nueve fueron curados pero no fueron salvados. Recuperaron simplemente la salud pero no recuperaron el sentido de la vida, que se encuentra en la relación con Dios, que se hace presente en Jesús. El samaritano se ha convertido en un creyente cristiano. Lucas se complace en mostrar cómo sus lectores, de origen pagano, han abrazado la fe cristiana, mientras los judíos, que eran los primeros destinatarios de la salvación, la han rechazado.

La primera lectura nos presenta una escena totalmente paralela, la curación de Naamán el sirio (2 Re 5,14-17). Su proceso de fe fue lento, pero cuando ha obedecido a la palabra del profeta y ha quedado curado, siente en su corazón el agradecimiento. Lo quiere expresar recompensando al profeta, pero se da cuenta de que éste da gratuitamente lo que había recibido gratis. Entonces Naamán descubre la belleza de la fe judía que quiere practicar en su propio país. Para ello lleva un poco de tierra de Israel para así poder dar culto al Dios de Israel. En su mentalidad pagana ligaba al Dios de Israel a la tierra de Israel. Tendrá que descubrir todavía que Dios no está limitado por las fronteras humanas.

La Familia Marianista celebra este domingo la Jornada Mundial de Oración de la Familia Marianista. Lo hacemos unidos de manera especial a las Hijas de María Inmaculada en el año del Bicentenario de su Fundación. Que la Virgen del Buen Encuentro, a cuyo santuario en Francia peregrinaremos en espíritu haga de todos nosotros personas de fe, personas agradecidas.

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