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Su reino no tendrá fin

22 de noviembre de 2015 – Jesucristo, Rey del Universo

El deseo de paz, presente en el corazón de los hombres de buena voluntad, ha sido frustrado de nuevo por el reciente ataque terrorista de París. Este ha puesto de manifiesto que en realidad estamos viviendo en un estado de guerra mundial no declarada. Es una guerra en la que no existen frentes definidos, pero en la que sin duda se cobran víctimas inocentes. Querer crear un estado a base de violencia, en contra de la voluntad de los ciudadanos, está condenado al fracaso. Tan sólo el Reino de Dios tiene futuro, porque responde a la realidad de verdad del hombre (Dan 7,13-14). Ese Reino es el Reino del Señor resucitado, que es “el camino, la verdad y la vida”. No se trata de un territorio definido por las fronteras de otros reinos. Se trata más bien del hecho de que Dios reina. Y cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar y usurpar los derechos de Dios. Cuando Dios reina, se establece la justicia, la verdad, el amor y la paz.

Cuando Jesús dice “mi reino no es de este mundo” (Jn 18,33-37), no está pensando en un reino en otro mundo o en las nubes. Habla de otra manera de ejercer el poder, de un poder que es servicio. Para servir a los demás no se necesita un ejército que imponga por la fuerza ese estilo de vida. A muchos les parecerá una utopía irrealizable, de la misma manera que no les parece viable un país sin ejército. Por eso muchos han espiritualizado de tal manera el reino de Cristo, que al final se volatiza y desaparece de la esfera de los asuntos humanos. Crea un cristianismo, indiferente a los problemas de los hombres, que quedan sometidos a los poderes de este mundo. Todo lo contrario de lo que Cristo intentaba cuando anunciaba la venida del Reino de Dios. Prometía la intervención de Dios que iba a establecer la justicia y la paz en las relaciones humanas.

Lo que diferencia el reino de Cristo de los otros reinos o repúblicas es la manera de regirse. No se rige por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para poder atraerse a los súbditos. Otras veces tienen que complacer a los súbditos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social. Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. El proclamarla delante de las autoridades religiosas y civiles le llevó a jugarse el tipo.

La verdad que Jesús nos anuncia no es un conjunto de proposiciones abstractas que se pueden aprender en la Universidad o en los libros. Es más bien su propia persona. El problema de nuestra cultura es que ha renunciado a la verdad o la identifica simplemente con la opinión de la mayoría o con el funcionamiento del engranaje social. No importa la verdad de las personas o de las cosas sino simplemente el que el sistema funcione sin demasiadas disfunciones. Es lo que hizo ya Pilatos, lavarse las manos ante el problema de la verdad o de la inocencia de la persona. Para él contaba conservar su cargo, complacer a los judíos y mostrar que con el poder romano no se puede jugar pues hace caer sobre las personas todo el peso de la ley.

La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor y la atracción ejercida por su persona nos lleva hacia Él, al que reconocemos como nuestro Rey. Como nunca buscó simplemente el éxito, su muerte en cruz no fue un fracaso humano, sino la revelación del amor del Padre, que hace de nosotros ciudadanos del Reino. Es ese Reino de verdad, de justicia, de amor y de gracia el que celebramos en cada eucaristía a la espera de que un día venga de manera definitiva.

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Él está cerca, a la puerta

15 noviembre de 2015 – 33 Domingo Ordinario

 

La encíclica “El cuidado de la casa común” del papa Francisco nos recuerda con San Pablo que la creación entera está en dolores de parto. Esperamos un mundo nuevo donde habite la justicia y no la explotación de la naturaleza y del  hombre por el hombre. En la historia siempre ha habido grupos más o menos radicales que, ante la situación catastrófica del mundo, esperen que llegue el fin anunciado por las Escrituras (Dan 12,1-3). En realidad la Palabra de Dios no se interesa por la destrucción física del universo, sino por la salvación del hombre. Anuncia la desaparición de una forma de existencia oprimida, al irrumpir el Reino de Dios, que cambia la vida de los hombres (Mc 13,24-32). Dios no quiere amenazarnos con el fin del mundo sino más bien mostrarnos que Él es el Señor de la historia y que ésta no es  un sucederse de acontecimientos sin sentido. La historia es el lugar de la salvación y de la liberación. La historia viene de Dios y va a Dios y en su centro está el acontecimiento de Cristo Jesús que le da su sentido. La salvación en realidad no es una cosa, es la persona misma de Cristo. Vivimos en el tiempo privilegiado inaugurado por Él.

La transformación profunda de la historia en Cristo Jesús, la Iglesia la quiere mostrar situando al creyente en una forma de tiempo diferente. Por eso el final del año litúrgico no coincide que el del año civil. Vivimos sin duda en el mismo mundo de todos los hombres, compartimos sus usos y costumbres, pero nos mueve un espíritu diferente. La Iglesia, al acercarse el final del año litúrgico, nos recuerda que estamos viviendo en el tiempo definitivo o final. A partir de la resurrección de Cristo ha empezado esta nueva forma de vida, la vida cristiana, situada por medio de dos coordenadas. La línea de la encarnación nos hace estar con los pies en la tierra, comprometidos a fondo en la transformación del mundo según las exigencias del Reino. Nos lleva a luchar por la paz, la justicia y la integridad de la creación. La otra línea, la de la realidad definitiva, nos hace mirar hacia el horizonte de Dios, que está viniendo constantemente a nuestro encuentro, en cada situación, en cada acontecimiento, en cada persona.

Ese mirar hacia el futuro de Dios hace que no nos instalemos definitivamente en esta vida, que no creamos que la vida es simplemente para disfrutarla al día, sin pensar en el futuro de las demás generaciones que nos seguirán. Nos ayuda a leer los signos de los tiempos, que indican que el invierno ya ha pasado y es posible vivir la primavera del Espíritu. Él nos capacita para descubrir la presencia de Dios en las diversas provocaciones que nos interpelan en la historia cuando los otros hombres tan sólo ven más de lo mismo o creen ingenuamente en el progreso indefinido. Como creyentes, no podemos identificar lo provisional con lo definitivo. Ninguno de los progresos y avances tecnológicos de la humanidad pueden ocupar el lugar de Dios, Señor de la historia.

Jesús ha llevado la historia a su cumplimiento y realización, sin abolirla, sino dejando siempre un margen para nuestra espera y esperanza. Ésta es la virtud teologal que nos lleva a esperar que se realizará también en nosotros lo que ya se realizó en Cristo. Esperamos que la resurrección se muestre también de manera clara en nuestras vidas, llevando a plenitud el germen que hemos recibido en el bautismo y que cultivamos con tanto cariño, la vida de Dios en nosotros.

Nuestras vidas están orientadas y atraídas, no por un acontecimiento visible y espectacular del mundo, sino por la persona del Señor Resucitado. Él es el centro de  nuestro amor y de nuestra espera. Nuestra esperanza nos ayuda a descubrir ya los signos de su presencia misteriosa de manera que no nos hundamos en la desesperación ante los problemas de nuestro mundo sino que seamos capaces de trabajar con esperanza y creatividad. La esperanza cristiana no nos lleva a cruzarnos de brazos, esperando que Dios intervenga de manera milagrosa, sino que sabe que Dios actúa a través de los hombres que quieren colaborar con Él. Es en la eucaristía donde orientamos totalmente nuestras vidas hacia el Señor y gritamos: “Ven, Señor Jesús”.

 

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Dio todo lo que tenía para vivir

8 noviembre de 2015 – 32 Domingo Ordinario

 La crisis sigue aumentando el número de pobres en nuestro país. Dicen que la macroeconomía se está recuperando, pero las personas de a pie e incluso las pequeñas empresas no notan las mejoras. Sigue siendo, sin embargo, buena noticia el que las personas, a pesar de tener menos recursos, siguen apoyando a Cáritas. Los gobiernos europeos siguen mareando la perdiz sin atreverse a enfrentarse con seriedad no sólo al tema de los refugiados sino también al de la emigración. La proximidad de las elecciones hace que se silencien esos temas que pueden llevar a perder votos. Los emigrantes no votan ni tampoco ese tercio de la población que sistemáticamente se abstiene porque no cree que los cambios políticos vayan a traer un cambio de situación. Y efectivamente es la sociedad la que tiene que enfrentarse con los problemas, sin duda también exigiendo a los gobiernos que cumplan con su deber. Lo llamativo es que nuestro país siga tan tranquilo, sin agitación social, a pesar de los parados, más de la mitad de los jóvenes. La agitación ha sido ahora acaparada por ciertos partidos políticos para pedir imposibles y justificar el que no hayan hecho nada por mejorar la situación social de sus gobernados.

La palabra de Dios, sobre todo en el Antiguo Testamento, recuerda repetidas veces lo que hoy llamamos el cuarto mundo, esa realidad de pobreza existente también en nuestras ciudades florecientes. Entonces eran la viuda, el huérfano y el emigrante. Hoy día son el emigrante, el parado, el jubilado de pensión mínima no contributiva y tantos jóvenes que no encuentran trabajo. La viuda del tiempo de Elías está en una situación desesperada esperando su muerte y la de su hijo (1 Re 17,10-16). En tiempo de una gran sequía, las cosechas son escasas y la gente se olvida de los pobres.  En medio de su miseria, se fía de la palabra del profeta que le promete el sustento necesario, a condición de que primero le dé de comer a él. Así lo hace y el milagro ocurre. Cuando uno es capaz de jugarse el tipo por Dios y por sus mensajeros, Dios no te deja en la estacada.

No hay que extrañarse que Jesús, que tan cercano estuvo a los pobres, eligiera la figura de la viuda como ejemplo de la práctica del bien, en particular de la limosna. El ejemplo es tanto más provocativo pues lo que uno se esperaba es que la viuda aparezca como una persona a la que hay que ayudar, mientras que aquí es ella la que socorre. Su conducta aparece en contraste con la de los maestros de la Ley, que primero devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos y luego van a echar sus dineros al cepillo del templo (Mc 12,38-44). La religión del letrado, su limosna, es algo puramente decorativo, de cara a la galería. No toca lo profundo del ser humano, allí donde uno toma las grandes decisiones en las que nos va la vida. Es el peligro de una religión burguesa, que consuela en los momentos de aflicción, o ayuda a dar un sentido a la vida, o crea un sentimiento de pertenecer a una comunidad. En realidad esa religión decorativa y sentimental no transforma la vida ni transforma la realidad de nuestro inmundo injusto.  En ningún momento arriesgamos la propia vida en servicio de Dios y de los demás.

Eso fue precisamente lo que hizo la viuda del evangelio al dar su limosna. Dio todo lo que tenía para vivir, dio su vida a favor de los demás. Es el bello gesto que anticipa la entrega de Jesús por la salvación de los hombres. En la acción de la viuda va toda su persona que supera infinitamente el don en el que se expresa. Nuestra tentación es la de dar siempre de lo superfluo. Nunca tocamos aquello que nos parece necesario. Y el problema es que hoy día todo nos parece necesario y no suficiente para lo que uno necesita. Por eso es de alabar la generosidad de los voluntarios que siguen ofreciendo lo que tienen, su propia persona. Es lo que hizo la viuda del evangelio. El don material sólo tiene sentido en cuanto expresa el don de sí mismo. Sólo con una solidaridad y un compartir generosos nuestro mundo tendrá futuro. La eucaristía fue celebrada siempre en un contexto de compartir los bienes con los pobres. No nos olvidemos de ellos pues forman parte del cuerpo de Cristo.

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Estos han pasado por la gran prueba

1 de noviembre de 2015 – Todos los Santos

 La crisis de Oriente Medio está provocando una persecución cruenta de los cristianos en los países afectados por la guerra. Son pocas las alternativas que les quedan. Por confesarse cristianos están arriesgando su vida como en los orígenes de la Iglesia. Ésta es,  sin duda, pecadora, pero también santa. La Iglesia de los mártires, de la caridad y del amor, la Iglesia de los pobres, trata de vivir hoy día vivir el evangelio con todas las exigencias de la letra y del espíritu. En los primeros siglos la santidad estuvo asociada a los mártires y a los monjes que se retiraban al desierto. Hoy día la santidad está asociada a la solidaridad, al compartir, a la búsqueda de la justicia.

Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. Hoy nos hemos dado cuenta de que los santos no han sido héroes sino simplemente testigos de Dios y de Jesucristo. Eso es lo que intentamos ser también nosotros. Por eso la santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio con su sangre. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos.

La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos (1 Jn 3,1-3). Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos. Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día. Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

 

 

 

 

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Maestro, que vea

25 octubre de 2015 -30 Domingo Ordinario

 Termina este domingo el Sínodo de la Familia, que sin duda ha despertado tantas expectativas promovidas por los medios de comunicación, con el peligro de que la opinión fijara los problemas a tratar. Son sin duda problemas presentes en la cultura de hoy, que afectan también a la Iglesia. Pero la preocupación mayor de la Iglesia debiera ser cómo dar una respuesta pastoral a una juventud desencantada que cada vez más no se plantea casarse. Una juventud, que ansiando familia, no la ve en la perspectiva tradicional cristiana sino que la vive a su medida de relación de pareja, con o sin hijos. Se ha dejado de percibir la belleza de la familia cristiana. No sabemos cuáles serán las orientaciones que saldrán directamente del Sínodo o del documento que publique el Papa. Sin duda el tema de la familia es muy complicado y estamos lejos de ver claro y poder dar orientaciones válidas para todos los ambientes geográficos y sociales. Probablemente muchos padres sinodales habrán repetido muchas veces lo del ciego del evangelio: “Maestro, que vea”.

Los únicos que parecen tenerlo todo claro es el grupo empeñado en repetir que la doctrina católica sobre el matrimonio es inmutable. Eso nadie lo cuestiona. Lo que está en cuestión es cómo hacer que esa doctrina sea un camino de vida para hoy y no sea una de las causas que nos han metido en este atolladero. Esa falta de vitalidad no afecta sólo a la familia cristiana, afecta también a todas las familias, y a los diversos tipos de parejas existentes hoy. El ciego empezó a ver cuando creyó en Jesús: “Tu fe te ha salvado”. Creer es tener confianza en Jesús, en que él sigue vivo y actuando en nuestro mundo. Su amor misericordioso es capaz de llenar de sentido y de vida a toda persona que le abra el corazón y lo acoja. Su vida y sus palabras iluminan la vida del creyente llamado a la vocación al matrimonio.

Se trata de encontrarnos con Cristo como Bartimeo, el ciego del evangelio, que se reconoce ciego y pide a Jesús que tenga compasión de él y le dé la vista (Mc 10,46-52). Él no puede ver  a Jesús, pero sabe descubrir su misterio. Jesús es el Hijo de David, el Mesías anunciado, que debe establecer una época de paz y felicidad, en la que el hombre se vea libre de las enfermedades que no le permiten realizar en plenitud su vocación humana. Jesús, al ver su fe, lo cura. Jesús hace presente la salvación para el pueblo afligido por tantos males, que le impiden ser feliz (Jer 31,7-9). Jesús puede comprender a los ignorantes y extraviados porque él mismo está envuelto en debilidades (Heb 5,1-6). Nuestro Salvador no es un superman, ajeno a nuestros problemas, sino que él los ha vivido en su propia carne. Por eso sólo en el misterio de Jesús se desvela totalmente el misterio del hombre.

Ese misterio escapa al conocimiento puramente pragmático de la realidad que impera hoy. El problema, como lo ha señalado el Papa, reside en el uso que hacemos de nuestra facultad intelectual de nuestra capacidad de ver, de nuestra razón. Algunas culturas se han echado en brazos del irracionalismo que les impide discernir el verdadero bien y los peligros que nos amenazan. La tentación de la violencia para solucionar los problemas es la consecuencia de esa falta de racionalidad en la manera de abordar las situaciones difíciles. Al no creer en la razón, se niegan al diálogo como método para superar los conflictos.

En el otro extremo, la cultura occidental ha caído en una especie de racionalismo estrecho que reduce la razón a su funcionamiento científico y tecnológico y le niega toda validez en los otros campos de la vida humana. La razón débil sumerge al hombre en el escepticismo y relativismo respecto a las grandes cuestiones de la vida individual y colectiva. Al no poder alcanzar la verdad, es muy difícil llegar a tener unos valores compartidos. Cada uno se orienta por su interés inmediato que identifica fácilmente con lo razonable. De esa manera se dificulta también el funcionamiento  de la democracia, que implica la búsqueda del bien común, sobre todo de los más desfavorecidos, la renuncia a la violencia, y la solución de los conflictos mediante el diálogo. Éste supone siempre unos valores compartidos.

Necesitamos una razón abierta a la fe e iluminada por ella, que no dimite de su responsabilidad, pero que tampoco se erige en árbitro absoluto de la realidad, sino que se deja enseñar por ella. Abierta al misterio, como Bartimeo, también la razón alcanzará su curación y dejará de ser una razón débil, sin transformarse en razón fuerte, sino siendo sencillamente lo que es: apertura a la realidad total para acogerla con respeto. Que la celebración de la eucaristía, misterio de la fe, ilumine nuestras vidas y nos dé el gozo de ser creyentes.

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Servir y dar la vida

18 de octubre de 2015 – 29 Domingo Ordinario

 

La búsqueda del poder, como dominio sobre las personas o los pueblos, está inscrita en el corazón del hombre. Jesús, en cambio, nos propone el servicio a los más débiles. Hoy es la Jornada de las Misiones: Misioneros de la Misericordia. El papa Francisco en su mensaje se ha dirigido de manera especial a los religiosos que suelen estar en los países de misión: “El seguimiento de Jesús, que ha dado lugar a la aparición de la vida consagrada en la Iglesia, responde a la llamada a tomar la cruz e ir tras él, a imitar su dedicación al Padre y sus gestos de servicio y de amor, a perder la vida para encontrarla. Y dado que toda la existencia de Cristo tiene un carácter misionero, los hombres y las mujeres que le siguen más de cerca asumen plenamente este mismo carácter”. Pero les recuerda que tienen que implicar a los laicos en la misión. El papa dice que los cristianos deben ser “discípulos misioneros” y no “discípulos y misioneros”. Es una única realidad.

Los apóstoles vivieron con la ilusión de que Jesús era el Mesías político esperado por Israel y lógicamente algunos fueron tomando posiciones de cara al futuro reino. Santiago y Juan no tienen empacho en manifestar sus ambiciones a Jesús delante del grupo de los apóstoles (Mc 10,35-45). Piden los primeros puestos. No es de extrañarse que los demás discípulos se indignaran contra ellos, pues en el fondo tenían las mismas secretas esperanzas, que podían esfumarse si Jesús accedía a su petición.

Jesús en un primer momento parece seguirles la corriente y les hace un pequeño examen sobre sus capacidades. Se trata ante todo de la fidelidad a su persona, de ser capaz de compartir su suerte, que va a ser un destino doloroso. Santiago y Juan ya no pueden dar marcha atrás y se declaran dispuestos a ir con Jesús hasta el fin. Jesús acepta esa promesa, pero les hace ver que en el Reino de Dios las cosas son muy diferentes de las de aquí.

Con gran realismo Jesús describe la dinámica del poder. Por más que se insista en que es un servicio, el poderoso tiraniza y oprime a los súbditos, utilizándolos según sus intereses. Los tratados de filosofía y teología formulan el ideal la autoridad como un servicio del bien común, pero la realidad desmiente muchas veces esa ideología. Tan sólo Jesús, que es el verdadero servidor que da la vida en rescate por todos, ejerce una autoridad que no oprime sino que libera. La entrega de su vida le permite solidarizarse con todos los que sufren, con todos los oprimidos. Así puede compadecerse de nuestras debilidades (Hb 4,14-16), porque las ha experimentado en su propia carne. Jesús es uno como nosotros. No ha vivido una existencia idílica sin problemas, sino que, por el contrario, ha hecho suyos los problemas de los demás. Así ha tocado el fondo de la condición humana sufriente y doliente. Por eso puede echarnos una mano. Es capaz de descender hasta el abismo de nuestro pecado, sin abandonar su fidelidad a Dios.

Esta solidaridad con los que sufren es redentora (Is 53,10-11). No se trata de que Dios quiera el sufrimiento de sus hijos o que el hecho de sufrir sea en sí mismo redentor. Más bien hay que entender la palabra del profeta en el sentido de que Dios ha aceptado el sufrimiento de su siervo, o mejor ha acogido con amor a su siervo sufriente, figura de Jesús. Lo ha acogido con amor porque ha visto el amor solidario que existía en el corazón del siervo, en el corazón de Jesús. Es ese amor el que nos salva y nos redime.

Tan sólo una Iglesia solidaria con los pobres y con los que sufren será una Iglesia creíble. En la celebración de la eucaristía Jesús actualiza su entrega en rescate por todos. Que cada uno de nosotros sea capaz de ir hacia los últimos, hacia las víctimas del poder en nuestras sociedades para darles la liberación de Jesús.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ven y sígueme

11 de octubre de 2015 – 28 Domingo Ordinario

 

La falta de vocaciones religiosas y sacerdotales es sólo un síntoma de una crisis mucho más profunda. Se trata de una crisis de fe en el interior mismo de la Iglesia, que afecta no sólo a esos dos grupos sino también a los creyentes. Las iglesias se han quedado vacías de jóvenes, pero es que también nuestros países europeos han perdido la capacidad de generar vida y juventud. Han dejado de creer que la vida merezca la pena. Cada vez los jóvenes experimentan más vivamente que la vida no tiene sentido y que no tiene sentido dar vida a nuevas generaciones. Hallar una solución a esa crisis, por el momento, me parece difícil pues la gente vive alegremente sin que le importe que nuestros países se queden sin jóvenes. El que se quede último, que apague y cierre la puerta. A los que nos preocupa el futuro de la Iglesia no podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que intentar seguir invitando a los jóvenes a dejarlo todo para seguir a Jesús.

El mismo Jesús se quedó un tanto frustrado por la negativa del joven rico a seguirlo, a pesar de que había seguido el único método vocacional válido, entonces y ahora. Todo empieza exponiéndose a los jóvenes y dejándose cuestionar por ellos, pero luego sigue el lanzamiento de un reto que muestra que Jesús cree en la generosidad del joven para asumir compromisos que merecen la pena (Mc 10,17-30). Probablemente hoy día nos faltan ambas cosas. Ni nos dejamos interpelar por los jóvenes ni le lanzamos ningún reto valioso y creíble. Aquél joven buscaba la felicidad, que según su tradición religiosa consistía en la “vida eterna”. Sabía también que ésta no se puede adquirir mediante el esfuerzo. Se puede en cambio “heredar”, haciéndose uno creyente y, por tanto, hijo de Dios. Como hijos de Dios intentamos agradar a Dios nuestro Padre, haciendo lo que Él quiere, es decir, cumpliendo sus mandamientos.

Todo parecía ir sobre ruedas en aquel diálogo iniciado por el joven. Pero de pronto el reto lanzado por Jesús hizo que la fe de aquel joven entrase en crisis. Las personas que se encontraron con Jesús quedaron transformadas. Desgraciadamente el encuentro del joven rico con Jesús acabó frustrando la vida de una persona que se las prometía felices para el futuro. Había observado los mandamientos de Dios y podía esperar heredar la vida eterna. De pronto echa todo a perder y empieza a amargarse la vida por no ser capaz de dar un paso adelante. El obstáculo era la riqueza.

La Escritura y en particular el evangelio son siempre muy realistas porque conocen a fondo el corazón del hombre. El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla. Esta es una creencia popular de todos los tiempos. Es verdad que los sabios han intentado relativizar el dinero, el poder o la belleza y han puesto la felicidad en la sabiduría (Sab 25,6-10). Están convencidos que la sabiduría es superior a todos los demás bienes, más aún, con la sabiduría se obtienen todos los demás. En realidad la sabiduría es un don, un regalo, que no se puede alcanzar con el propio esfuerzo. Hoy día la gente cree que es el dinero el que permite obtener todas las cosas. Pero ¿cómo obtener el dinero? Ciertamente no por el esfuerzo y el trabajo. La televisión es una buena maestra en enseñar caminos alternativos.

Jesús sitúa la felicidad en seguirlo a Él y formar parte de su grupo. Para ello hay que desprenderse de las riquezas para encontrar el verdadero tesoro, Dios mismo o la persona de Jesús. Jesús es el único valor absoluto para el creyente. Ante esta exigencia, el joven ya no tuvo el coraje de seguir adelante y se marchó triste. Jesús nos coloca así ante la alternativa bíblica: o Dios o el dinero. No se puede servir a Dios y al ídolo de la riqueza. Ante la extrañeza de los propios discípulos, Jesús explicó en qué consiste el peligro de la riqueza. La riqueza, es sin duda un bien, pero un bien relativo. Desgraciadamente posee un dinamismo propio que coloca al hombre ante el abismo. En vez de ser el hombre el señor de su riqueza, las riquezas se convierten en dueño del hombre. Pidamos al Señor en la eucaristía que nos libere de la seducción del dinero para poder seguir sin trabas su llamada.

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Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

4 de octubre de 2015 – 27 Domingo Ordinario

 

Precisamente este domingo comienza la Asamblea ordinario del Sínodo sobre la Familia que durará hasta el día 25 de este mes. En uno de los temas a abordar, el papa Francisco se ha adelantado con un decreto por el que se agilizan los procesos para la nulidad matrimonial. Aunque algunos han puesto el grito en el cielo diciendo que se está cambiando la doctrina de la Iglesia, nada más lejos de la intención del papa, defensor de la indisolubilidad del matrimonio. Como repitió hace unos días: “La familia está en el inicio, en la base de esta cultura mundial que nos salva de tantos ataques, tanta destrucciones, tantas colonizaciones como la del dinero, o de las ideologías que amenazan tanto el mundo. La familia es la base para defenderse”.

No hay ningún cambio de doctrina. No se trata de ninguna manera de admitir el divorcio sino el agilizar la demostración de que nunca hubo matrimonio cristiano. Lógicamente el decreto es una invitación a que se haga una pastoral seria de preparación al matrimonio y que no nos contentemos simplemente con darles un cursillo de unos días los novios.

La Iglesia, por fidelidad a su Señor, no tiene más remedio que defender la indisolubilidad del matrimonio como el ideal de la familia cristiana. Las leyes, en cambio, tienen que ver con las realidades que no se dejan ajustar fácilmente a los ideales. Pero siempre es buena una voz profética que recuerde a los hombres cuál es el plan original de Dios. Así ocurrió también en los orígenes del cristianismo, cuando tanto en el mundo romano como judío existía legalmente el divorcio.

Incluso la ley de Moisés tuvo que hacer sus componendas en la cuestión de la indisolubilidad del matrimonio y la posibilidad del divorcio. En el judaísmo tan sólo el hombre podía divorciarse. La discusión en tiempo de Jesús versaba tan sólo sobre en qué casos el hombre podía divorciarse. A los más liberales les bastaba que el hombre hubiera encontrado una mujer más guapa. No cabe duda de que esta  situación era profundamente injusta con la mujer.

Jesús ha querido defender a la mujer y ha proclamado la igualdad esencial del hombre y de la mujer en el plan de Dios (Mc 10,2-16). Por eso ha cuestionado el divorcio, aunque esté permitido en la ley de Moisés. Hay alguien más importante que Moisés, Dios mismo. ¿Por qué entonces Moisés permitió el divorcio? Para que aparezca claramente la dureza del corazón del hombre que trata a la mujer como un ser inferior, como un objeto de deseo y de disfrute. La realidad del divorcio en la ley de Moisés pone de manifiesto que algo no está funcionando bien en el pueblo de Dios. El divorcio era tan sólo un síntoma de esa profunda injusticia con la que se trataba y se sigue tratando a la mujer en muchas de nuestras sociedades. Es verdad que hoy día no siempre es la mujer la víctima del divorcio, sino que es ella la que muestra esa dureza de corazón.

Jesús dio una respuesta desconcertante a una pregunta con mala intención, que no estaba interesada en saber la respuesta, pues es evidente que, según la ley de Moisés, el hombre podía divorciarse. Jesús adopta una postura profética de denuncia, volviendo al plan original de Dios en el momento de la creación (Gn 2,18-24). A pesar del ropaje literario del relato de la creación de la mujer, se afirman una serie de verdades fundamentales sobre la realidad del hombre y de la mujer. Hombre y mujer son personas en relación, que no existen aisladas en sí mismas. Sin la mujer, el hombre se encontraba solo perdido entre los animales.

Con la creación de la mujer, el hombre tiene una compañía con la que puede hablar cara a cara, lo cual supone la igualdad esencial en la diversidad sexos. Esa reciprocidad de hombre y mujer está expresada en el hecho de que la mujer ha sido creada de un lado, de un costado del hombre (no de una costilla). Hombre y mujer separados son tan sólo la mitad de la realidad global. Pidamos en la eucaristía por todos los matrimonios cristianos que intentan vivir fielmente unidos en el amor a pesar de las dificultades que se experimentan hoy día.

 

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