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Amarás a tu prójimo como a ti mismo

19 de febrero de 2017 – 7 Domingo Ordinario

  

El empeño del Papa Francisco en solucionar los problemas de la guerra a través del diálogo y no por las armas es la traducción actual de la propuesta de Jesús de la no violencia (Mt 5,38-48). El papa se basa en el principio misericordia, en no dar ninguna causa por perdida por más enquistada que se halle. Siempre es posible sentarse en una mesa y dialogar. Desgraciadamente no siempre se sigue ese principio y la tentación de catalogar a las personas y los pueblos en amigos y enemigos sigue estando a la orden del día.

Dios, en cambio, es misericordioso y hace salir el sol sobre buenos y malos y da sus bienes a justos y pecadores. Para Dios toda la humanidad es una única familia, la familia de los hijos de Dios. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. En vez de catalogar fácilmente a las personas, debemos descubrir a la persona concreta sufriente y doliente.

En las situaciones de crisis económica como la que estamos viviendo, es fácil colgarles el sambenito de enemigos a los emigrantes a los que se les acusa de robarnos el trabajo y el bienestar. Nos olvidamos fácilmente de que también ellos han contribuido de manera decisiva a crear ese bienestar. Los cristianos no tenemos enemigos sino hermanos. Los amamos como a nosotros mismos. Los amamos porque Dios los ama y les da sus dones sin distinguir entre buenos y maños. Intentamos ser, si no “perfectos” como el Padre del cielo, al menos “misericordiosos”. Tratamos como Jesús de hacer el bien a todos, pues así hace el Padre de todos. De esta manera superamos la tentación mecanicista de acción y reacción: me la han hecho, me la tienen que pagar.

La llamada a la santidad dirigida a los miembros del pueblo de Dios no se reduce a unas actitudes cultuales ritualistas sino que incide directamente sobre el comportamiento ético de las personas que se resume en  vivir el amor de manera concreta (Lv 19,1-2.17-18). Jesús se sitúa en esa línea eminentemente profética, que curiosamente aparece en un escrito sacerdotal. Sabemos que los santos no son personas alejadas de los problemas de la gente, sino que más bien dedican toda su vida al servicio de los pobres.

El Vaticano II nos ha recordado la vocación universal a la santidad. Todos los cristianos, sea cual sea su estado de vida, están llamados a la santidad, que consiste en el amor a Dios y al prójimo. Los cristianos son santos porque, como nos recuerda san Pablo, somos templos de Dios, que habita nosotros mediante su Espíritu de santidad (1 Cor 3,16-23). Ese Espíritu orienta nuestras vidas no simplemente según una sabiduría humana de listillos, sino según la sabiduría encarnada por Jesús.

La fuente de inspiración del obrar cristiano es siempre la persona de Jesús. Fue Él el que encarnó esa actitud de no violencia en un tiempo violento, en el que el enemigo ocupante compraba a las autoridades religiosas y políticas judías para que mantuvieran el orden en la población sometida. Jesús denunció aquella situación e indicó el modo de superarla. No a través de la violencia, sino a través de una resistencia activa, que manifiesta su disconformidad con el orden establecido que beneficia a unos pocos y mantiene a la mayoría en situaciones de precariedad. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros artesanos de la paz y la justicia.

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