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Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto

27 de marzo de 2016 – Domingo de Pascua de Resurrección

Tras las esperanzas de los años sesenta, los cambios acelerados han producido una verdadera revolución silenciosa y cuando nos hemos querido dar cuenta estábamos en un mundo que nos parece extraño y no lo reconocemos. Ha desaparecido una especie de mundo familiar e idílico, que quizás no era tanto, en el que la fe y los valores cristianos aparecían constantemente en el escenario que contemplábamos complacidos. Hoy día tenemos la sensación de que se han llevado ese mundo, nos lo han robado y no sabemos dónde ha ido a parar (Jn 20,1-9). El terrorismo con sus zarpazos nos recuerda que vivimos en una especie de guerra total no declarada. Hemos perdido el sentido de la misericordia y el perdón y nos hemos convertido en personas implacables y crueles.

Y, sin embargo, la Iglesia tendrá que seguir siendo, a pesar de sus propios pecados, un signo del perdón y de la misericordia de Dios Padre. La resurrección de Jesús muestra que Dios Padre no abandonó a Jesús, que supo permanecer fiel hasta su muerte, dando la vida por amor a sus hermanos. Dios proclama que Jesús tenía razón y que los que lo condenaron lo hicieron injustamente. De esa manera queda legitimado el estilo de vida de Jesús. Sólo una vida entregada lleva a la vida y a la resurrección. Jesús efectivamente pasó haciendo el bien porque Dios estaba con él (Hech 10,34ª.37-43).

Si la sorpresa de la crucifixión fue grande, no menor fue la que experimentaron los discípulos ante la resurrección, ante la desaparición del cuerpo de Jesús. Encargados de verificar la verdad de lo que dicen las mujeres, y en particular María Magdalena, son Pedro y el Discípulo Amado. Ellos sí que pueden dar un testimonio válido. Tanto María como los dos discípulos ven el sepulcro vacío y las vendas y el sudario con el que habían amortajado a Jesús. Es difícil concluir de ahí nada. De hecho ambos discípulos no parecen sacar las mismas conclusiones.

Pedro parece un inspector de policía que toma nota de cómo están las cosas. La descripción parece sugerir que no se trata del robo del cadáver sino que ha debido suceder algo distinto, pues todo está demasiado en orden. El discípulo Amado concluye también su inspección pero creyendo en la resurrección. ¿Cómo llega a esta conclusión? Al comprender de pronto las Escrituras que anunciaban que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. Antes de la resurrección no había manera de entender esos anuncios. Ahora todo parece claro y creen en lo que anunciaban las Escrituras.

¿Qué es lo que creen? Ante todo que Jesús está vivo. El Señor Resucitado es el mismo que ellos conocieron, al que prestaron fe y siguieron, con el que convivieron durante su vida pública, convencidos de que Él era el Mesías de Israel, la revelación definitiva de Dios. Eso supone que sin duda se encontraron con el Señor Resucitado. Los evangelios hablan de las apariciones de Jesús a sus discípulos. No son las apariciones las que fundan la fe de los discípulos. El fundamento de su fe es la persona misma del Resucitado experimentado como vivo y presente en la comunidad mediante su Espíritu.

En ese sentido la fe de los apóstoles tiene el mismo fundamento que la nuestra. No es la aparición del resucitado, sino su presencia activa que interviene en nuestra vida, llevando siempre la iniciativa. Nosotros tenemos conciencia de haber muerto y haber resucitado con Cristo porque  experimentamos en nosotros el deseo del resucitado, el deseo de Dios. Aspiramos a los bienes definitivos a través del uso de los bienes de esta tierra. Mientras estamos en este mundo todavía no se manifiesta del todo claramente la realidad de la resurrección presente ya en nuestras vidas. Cuando Jesús vuelva glorioso, entonces también nosotros apareceremos triunfantes con Él. Reconozcamos la presencia del Resucitado en los signos sacramentales de la eucaristía.

 

 

 

 

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¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

27 de marzo de 2016 -Vigilia Pascual

 El reciente atentado en Bruselas muestra el imperio de la muerte en nuestro mundo. Muerte consecuencia del odio que engendra violencia y corre el riesgo de provocar una espiral de odio y violencia, que es lo que quieren los terroristas.  En esta situación costará trabajo creerse que el Señor ha resucitado y con Él todos los seres queridos muertos y a los que todavía lloramos. Y, sin embargo, este año, más que nunca, es necesario creer que el Señor ha triunfado sobre las fuerzas del odio y de la muerte.

La resurrección de Jesús es la realización de todas la promesas hechas por Dios a su pueblo y la anticipación del futuro definitivo de Dios. Es el acto fundacional de la Iglesia, convocada por el Resucitado. Leemos algunos momentos más significativos de la historia de la salvación en la que Dios ha actuado a favor de su pueblo. Ya la creación, inicio de esa historia, es un momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). Ese amor misericordioso no abandona al hombre pecador ni deja esclavo a su pueblo en Egipto sino que lo libera de la esclavitud para llevarlo a su servicio. La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.

La resurrección cogió de sorpresa a todos, a empezar por sus discípulos y las piadosas mujeres que iban a cumplir un deber caridad para con el muerto, embalsamar su cuerpo, cosa que no habían podido hacer el día de su sepultura por falta de tiempo. El ángel les reprocha el que sigan pensando en un muerto entre los muertos cuando en realidad el Señor está vivo (Lc 24,1-12. El ángel les invita a penetrar en el misterio recordando las palabras de Jesús que habían anticipado el acontecimiento. Según Jesús, su muerte y su resurrección eran la realización de lo que las Escrituras anunciaban.

Las mujeres recordaron las palabras de Jesús y sin duda se abrieron a la fe pues se convirtieron en anunciadoras  de la resurrección. Pero los apóstoles no las creyeron y pensaron que deliraban. Pedro, en cambio, fue al sepulcro y lo encontró vacío y se volvió admirado. Tan sólo el encuentro con el Resucitado hará que la fe de los discípulos vuelva a revivir y se reúnan de nuevo para ser los testigos de Jesús.

Existe el peligro de que nos pasemos la vida buscando al resucitado entre los muertos. Quizás a través de la religión popular hemos vivido intensamente en las procesiones la realidad de la pasión del Señor. Son tantos los sufrimientos del mundo que no puede uno menos que compadecerse del inocente que entregó la vida para que no muera ya más ningún inocente. Pero llega la Pascua y no sabemos cómo celebrarla. Tantos siglos de catolicismo triste han dejando una herencia y una huella demasiado pesada. Pero es aquí donde nos jugamos el futuro de nuestra fe como fuerza transformadora del mundo.

Frente a las ofertas de felicidad barata que ofrece el mundo, los cristianos seguimos proclamando que el corazón del hombre tiene una sed de amor infinito y absoluto. Sólo si nosotros resucitamos en Cristo y llegamos a pertenecer totalmente a Dios, y Él nos pertenece totalmente a nosotros, nuestro corazón inquieto encontrará finalmente su descanso. Vivamos intensamente esta eucaristía y sintámonos también nosotros enviados a anunciar a nuestros hermanos la buena noticia: Jesús está vivo. Venid y lo veréis.

 

 

 

 

 

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Alcanzar misericordia y gracia

25 de marzo de 2016 – Viernes Santo

 

Hoy es el día más apropiado para “alcanzar misericordia y gracia” (Hb 4,14-16; 5,7-9). Acerquémonos con confianza a adorar al Señor crucificado. El tiene los brazos extendidos para abrazarnos y fundirse con nosotros. Dios Padre nos contempla siempre como hijos en el Hijo que nos lleva sobre sus hombros como ovejas perdidas y vueltas a encontrar. No perdamos esta oportunidad que se nos ofrece.

El Domingo de Ramos empezábamos la Semana Santa con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como Rey. Pero inmediatamente pasábamos a leer la pasión de San Lucas pues el triunfo de Jesús fue demasiado efímero. Inmediatamente todo se volvió en contra suya y precipitó todos los acontecimientos que lo llevaron a la cruz. De nuevo somos invitados este Viernes Santo a vivir intensamente la pasión a través de los diversos personajes.

La narración de san Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Jesús es el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades.

Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, de su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.

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Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros

24 de marzo de 2016 – Jueves Santo

 

El amor misericordioso de Dios nuestro Padre que estamos celebrando este año en el Jubileo de la Misericordia se manifiesta de manera especial en la entrega de su Hijo Jesús. Este nos da su cuerpo y su sangre en la última cena como signo visible del amor del Padre. Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en la última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.

 

 

 

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Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

20 de marzo de 2016 – Domingo de Ramos

 En este año del Jubileo de la Misericordia, la Semana Santa tiene un relieve particular. En ella celebramos el misterio del amor de Dios manifestado en la entrega de su hijo Jesús. La manifestación más palpable de ese amor misericordioso es el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos. Hemos dejado de ser enemigos los unos de los otros y tenemos la posibilidad de vivir como hermanos, hijos de un mismo Padre. Eso pide de nosotros un nuevo estilo de vida, que está en contraste con el mundo en que vivimos en el que impera la violencia y la venganza. Jesús ha pedido el perdón para nosotros porque conoce a fondo de qué materia estamos hechos. Muchas veces no sabemos lo que hacemos. Nadie hace el mal porque ame el mal, sino que ofuscados confundimos el bien verdadero con lo que nos parece un bien, al menos agradable.

El Domingo de Ramos es como el pórtico de la Semana Santa. En él vemos ya presente los dos grandes acontecimientos de la vida de Jesús, su muerte y su gloria. La entrada triunfal en Jerusalén anuncia su triunfo definitivo (Lc 19,28-40). No debemos perder de vista que caminamos hacia la resurrección, pero antes es necesario pasar por la pasión. Jesús anunció el Reino de Dios y lo hizo presente a través de diversos gestos proféticos, como el comer con los pecadores o sus milagros. Quiso inaugurarlo con su solemne entrada en la capital, aclamado por todos los que esperaban el Reino. En ese Reino entrará de manera inmediata el buen ladrón, que confiesa su fe y su confianza en Jesús.

La lectura de la pasión, hoy y el Viernes Santo, da una densidad especial al misterio de la cruz, con la que Jesús redimió al mundo. Vamos a contemplar la pasión del Señor no como simples espectadores, que permanecen fuera del juego, sino entrando también nosotros en ella. Metámonos dentro de los diversos personajes. Ante todo identifiquémonos con Jesús “que me amó y se entregó por mí”. Descubramos sus sentimientos profundos de amor al Padre y a los hombres. Siendo Dios, se despojó de toda gloria y compartió la condición de los pobres y humildes. Más aún, se hizo obediente hasta la muerte de cruz (Filp 2,6-11). Es ese vaciamiento de sí mismo, para poder ser solidario con los últimos de la tierra, el que le permitirá llenarse totalmente de Dios en la resurrección. A los ojos de la sabiduría humana, el misterio de la cruz es una locura, pero para los que creen en Cristo es la manifestación del amor, de la fuerza y de la sabiduría de Dios. Hay que entrar en el misterio de la cruz con un corazón de discípulo, que quiere aprender de su Señor, sin tener miedo a arriesgar la vida. En la Pasión de san Lucas, Jesús aparece como el justo inocente perseguido injustamente por sus enemigos (Lc 22,14-23,56). Su sufrimiento revela el amor y la misericordia del Padre para con todos sus hijos descarriados. La cruz de Cristo no tiene nada de trágico sino que encarna el amor con el que cada discípulo tiene que llevar en su vida las contrariedades y contradicciones  a causa del seguimiento de su Señor.

Pero también la contemplación de los demás personajes de la pasión, nos ayudan a descubrir la realidad de nuestras vidas y de nuestro pecado. Judas, el discípulo que lo entregó, es para todos nosotros una seria advertencia de que también nosotros podemos traicionar a Jesús y hundirnos después en nuestra desesperación. También Pedro lo negó, pero supo llorar su pecado. Los otros discípulos lo abandonaron por miedo, pero volvieron a creer en Él cuando lo vieron resucitado. Pilato se lava las manos en signo de inocencia, pero condena al inocente para no perder la amistad con el emperador. Herodes, curioso por poder ver algún milagro, se reconcilia con Pilato que le envió a Jesús para que lo juzgara. Los sumos sacerdotes consideran a Jesús un blasfemo, porque ha anunciado un Dios de misericordia y de perdón. ¿Qué personaje eres tú en la pasión de Jesús que continúa hoy día? La pasión de Jesús se actualiza en la celebración eucarística. Al comulgar el cuerpo de Jesús participamos en su destino de muerte y resurrección. Empecemos con ánimos la Semana Santa y acompañemos a Jesús a lo largo de ella para llegar a la alegría de la Pascua.

 

 

 

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Yo tampoco te condeno

13 de marzo de 2016 – Quinto Domingo de Cuaresma

El Papa ha enviado sus misioneros de la misericordia a todo el mundo con la facultad de perdonar todos los pecados. No debemos pensar sólo en las personas que consideramos que llevan una vida opuesta al evangelio, alejados de la Iglesia y de toda moral. Sin duda que éstos están invitados de manera especial a volver a la vida cristiana. Pero estos últimos años han sido muy amargos para la misma Iglesia pues de pronto ha descubierto el pecado incluso en los miembros de la jerarquía. Se trata del terrible pecado del abuso de menores y de su encubrimiento. Con humildad tenemos que colocarnos todos, pecadores, iguales, ante la cruz de Cristo, para recibir el perdón. La Iglesia, en cuanto realidad humana, es una iglesia de pecadores, en cuanto realidad divina es una iglesia santa. Esta año del Jubileo de la Misericordia es una oportunidad que no debemos perdernos pues todos estamos necesitados de la misericordia amorosa de Dios nuestro Padre.

La adúltera no puede negar su pecado y tampoco Jesús lo niega (Jn 8,1-11). Los adversarios de Jesús piden que se aplique la ley de Moisés que condena a los adúlteros, aunque aquí no sabemos por qué no es acusado también el hombre sino sólo la parte débil. Jesús toma su defensa (y también hubiera defendido la vida del hombre) y se coloca decididamente contra la pena de muerte.

La argumentación de Jesús demuestra que nadie está sin pecado y, por tanto, nadie puede condenar a otro, sin dar la posibilidad de enmendarse. Se trata de no identificar a la persona con su crimen. La persona sigue estando orientada en su ser hacia el bien y tiene la capacidad de rescatarse. Hay que dar siempre una segunda oportunidad. Sin duda los que se erigían en jueces habían cometido también sus pecados pero no por eso se consideraban pecadores sin salvación, sino que también ellos esperaban una oportunidad para corregir sus vidas.

Pero ese perdón debe transformar la vida de la persona. Por eso le pide a la mujer que no peque más. Es esa oferta de perdón del Padre en Cristo Jesús la que nosotros tratamos de acoger en esta cuaresma para transformar nuestras vidas y vivir una vida nueva (Is 43, 16-21). La Iglesia está compuesta de pecadores, pero no puede renunciar a denunciar el pecado en el mundo y en ella misma. Su misión es ser siempre sacramento de reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos.

El ejemplo de Pablo puede ayudarnos en este camino (Filp 3,8-14). Pablo, enemigo de Cristo, se ha sentido no sólo perdonado, sino incluso llamado a ser su enviado. Ese perdón le ha venido por pura gracia de Cristo y no en virtud de las obras buenas que él hubiera hecho según la Ley (según la cual eliminar cristianos sería una obra agradable a Dios). Como él debemos olvidar nuestro pasado pecador para dedicarnos a correr hacia la meta donde nos ha precedido Cristo. Así recibiremos el premio: participar en su resurrección después de haberlo acompañado en su pasión. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a acoger el perdón del Señor. Acerquémonos también durante este tiempo al sacramento de la reconciliación para así tener la garantía de que Jesús nos perdona a través de sus ministros. Dios sin duda nos perdona siempre que se lo pedimos, pero algunas veces necesitamos un signo visible que nos lo confirme.

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El padre se le echó al cuello y se puso a besarlo

6 de marzo de 2016 – Cuarto Domingo de Cuaresma

 

De siempre hemos creído que nosotros los católicos somos los buenos. Nosotros no nos hemos ido de la casa del padre, como tantos “hermanos separados”, no hemos abandonado la práctica religiosa como tantos de nuestros compañeros. Esa buena conciencia empieza a ser sacudida desde hace unos años y hemos empezado a ver que no todo lo que reluce es oro ni tan siquiera en la llamada jerarquía de la Iglesia. Los recientes escándalos muestran que formamos parte de una Iglesia de pecadores, que necesita constantemente el perdón y la reconciliación con Dios y con los hombres (2 Cor 5,17-21). Ante la cruz de Jesús, todos estamos necesitados de su misericordia. Jesús es el rostro de la misericordia del Padre. En su predicación anunció la misericordia sin límites del Padre bueno. Lo hizo sobre todo en las tres parábolas llamadas parábolas de la misericordia.

La mal llamada parábola del hijo pródigo es en realidad la parábola del padre bueno y sus dos hijos (Lc 15,1-3;11-32). Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan él sigue siendo un padre. El hijo menor no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que le coarte, saboreando la libertad.

En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar  en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que  le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.

Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Tampoco él conoce el corazón del padre. Es el hijo fiel, pero con una fidelidad triste de trabajador más que de hijo. No se ha dado cuenta de que todo lo de su padre le pertenece. No sólo las cosas materiales sino también toda la realidad espiritual que recibimos de un padre. Lo que es más grave es que este hijo fiel no quiere reconocer ya a su hermano al que trata como un extraño, como si fuera un hijo que tuviera el padre, pero que para él ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. También a él le hubiera gustado saborear esos momentos de libertad, pero no se atrevió a marcharse de la casa del padre. Ahora se produce una ruptura interior con el padre. Si el padre se comporta así con su hijo pródigo, ya no merece la pena vivir en la casa del padre.

El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Es natural alegrarse y hacer fiesta al recuperar a un hermano que estaba perdido y ha sido hallado, estaba muerto y ha vuelto a la vida. Acojamos en la eucaristía el amor misericordioso de Dios nuestra Padre que nos perdona en Cristo Jesús y nos acepta si estamos dispuestos a reconciliarnos con el hermano.

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