By

Vence la indiferencia y conquista la paz

1 de enero de 2016 – Santa María, Madre de Dios

Os deseo a todos un Feliz Año 2016, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Todos queríamos dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. El problema doloroso de los refugiados y emigrantes, los diversos conflictos armados, los ataques terroristas siguen mostrando que queda mucho por hacer. Por eso el papa Francisco ha escrito un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz: “Vence la indiferencia y conquista la paz”.

El papa comienza invitándonos a no perder la esperanza de que 2016 nos encuentre a todos firme y confiadamente comprometidos, en realizar la justicia y trabajar por la paz en los diversos ámbitos. El papa no ignora todos esos acontecimientos negativos pero invita también los esfuerzos que el mundo ha hecho en la reciente Cumbre para el Clima. La misma Iglesia este año que termina ha celebrado el 50 aniversario del Vaticano II que ha supuesto una manera  nueva de situarse en el mundo, en diálogo y al servicio sobre todo de los pobres. Este año vamos a celebrar además el Jubileo de la Misericordia. Hay esperanzas fundadas de que las personas tienen capacidad para vivir de forma más solidaria.

La gran amenaza a la solidaridad está en la indiferencia, en el cerrar los ojos para no ver lo que está ocurriendo. Empieza con la indiferencia ante Dios y continúa con la indiferencia ante los demás. Hay que pasar de la indiferencia a la misericordia, lo cual supone una conversión del corazón. Hay que promover una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia. La paz es fruto de una cultura de solidaridad, misericordia y compasión. En el espíritu del Jubileo de la Misericordia el papa exhorta a todas las personas, pero también a los Estados. ”Los Estados están llamados también a hacer gestos concretos, actos de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos”.

La fiesta de Santa María, Madre de Dios, sigue siendo como la Navidad, ante todo la fiesta de la vida (Lc 2,16-21). Una vida confiada a los cuidados de los hombres y mujeres. Una vida que debe ser protegida desde su concepción hasta el momento final. Una vida siempre amenazada por el egoísmo humano y las tendencias destructoras que residen en el corazón del hombre y que se pueden desbordar cuando son manipuladas por las ideologías políticas.

María, Madre de Jesús, que es el Hijo de Dios, nos enseña a mirar al hombre concreto, al hombre sufriente y doliente que las ideologías consideran un número dentro de la nación, el pueblo, el estado. La verdad del hombre es siempre una verdad concreta, con un nombre propio, con un rostro único e  irrepetible, que traduce el rostro humano de Dios manifestado en Cristo Jesús. De la misma manera que los padres dan un nombre al hijo antes de nacer, Jesús fue llamado con ese nombre ya en el momento de la Anunciación. María es la puerta que abre este nuevo año y que nos introduce siempre en el Reino, porque Ella nos lleva siempre hacia Jesús. Que Ella nos acompañe a lo largo de todo este año y nos conceda la Paz y la Felicidad.

 

By

¿Por qué me buscabais?

27 de diciembre de 2015 – La Sagrada Familia

 

 Esperamos que el papa Francisco termine de escribir pronto la Exhortación  sobre los trabajos del Sínodo sobre la Familia recién celebrado. Este ha sido seguido con gran interés, tanto por los creyentes como por los no creyentes pues la familia no es monopolio de los cristianos. Ella es la célula de la sociedad donde se acoge la vida y se forma a las personas. La Iglesia ofrece hoy diversas posibilidades de lecturas. Aquí yo he escogido unas concretas de entre  las propuestas.

Cada vez se experimentan mayores dificultades en la educación de los niños. La culpa se le echa muchas veces a los padres acusándoles de que les consienten todos. Otras veces se dice que la escuela ha dimitido de su misión. En general estamos tentados de educar a los niños en los mismos valores que nosotros consideramos ahora importantes, pero los niños vivirán en otro mundo distinto al de ahora. Es verdad que los grandes valores no pasan nunca, pero la manera de vivirlos está cambiando constantemente.

A José y María se les confió la educación de Jesús. No debió ser fácil precisamente porque se trataba de un niño especial, aunque las cosas parecían desarrollarse con toda normalidad. Se sirvieron de sus pequeñas luces de personas religiosas no estudiadas pero que tenían una cierta familiaridad con la Palabra de Dios escuchada en la sinagoga y meditada en el corazón. José y María sabían que ese niño venía de Dios, pero todo parecía tan normal que casi lo olvidan. Cuando Jesús a los doce años se queda en el templo y se justifica diciendo que debe ocuparse de las cosas del Padre, no entienden lo que les quiere decir (Lc 2,41-52). Pero respetan la decisión del muchacho y no reaccionan violentamente.

Los padres aprenden a ser padres poco a poco. Al principio es difícil adaptarse a ese nuevo miembro que ha irrumpido en la familia y que solicita toda la atención de los padres. Normalmente los padres jóvenes solicitan el consejo de sus padres. José y María debieron aprender de la tradición de su pueblo a ser padres. El ejemplo de Ana, que nos propone la primera lectura, es elocuente (1 Sam 1,20-22.24-28). Ella reconoce que su hijo es un don de Dios y por eso pertenece a Dios. Los padres hoy día no debieran olvidar esa verdad. Los hijos no les pertenecen totalmente. Son los padres los que pertenecen a los hijos, sobre todo hasta que lleguen a poder desenvolver la propia vida. No se debe utilizar a los hijos para realizar aquello que nosotros no hemos podido hacer. Debemos prepararlos para que puedan realizar el plan de Dios sobre ellos.

Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, el misterio del hombre, el misterio del amor. Por eso ha empezado experimentando el amor en el seno de una familia. Se ha sentido deseado, amado y acogido ya antes de nacer. María y José dejaron sus planes personales para acogerlo a él como el gran don del Padre. Ese amor incondicional de sus padres le marcó para toda su vida y le preparó para poder hablar de Dios desde la experiencia vivida. Tan sólo con el paso de los años comprendemos lo que han sido nuestros padres para nosotros. Saber lo que significa ser hijo de Dios, tan sólo lo experimentaremos en plenitud cuando lleguemos a la casa del Padre (1 Jn 3,1-2.21-24).

Son los valores del Evangelio los que dan sentido a la familia humana e impiden que ésta se convierta en un egoísmo a dos o egoísmo a tres. Sólo abriéndonos a la perspectiva de la familia de Dios que es la Iglesia, nuestras familias humanas descubren su misión en el mundo: hacer presente a Jesús para construir el Reino. Que la celebración de esta eucaristía sea ante todo una celebración agradecida a Dios por el regalo de nuestras familias.

 

 

By

No había lugar para ellos

25 de diciembre de 2015 – Natividad del Señor

 

 La situación de los refugiados y emigrantes actualiza el misterio de la Navidad: No hay lugar para ellos. Hay lugar siempre para los ricos y con recursos, pero no hay lugar para los pobres. Dios nación para nacer una familia pobre y sin recursos para poder solidarizarse con todos los pobres y desahuciados de la tierra.

Nuestro países ricos tienen miedo a todo lo que pueda amenazar mínimamente su confort. Tienen miedo a la vida, a los niños. Todo nacimiento es una gracia, un don Dios. Sobre todo en estos tiempos en que en nuestros países europeos  nacen tan pocos niños. Ellos son, sin embargo, el mejor signo de que la vida merece la pena y que la vida no es simplemente para vivirla y disfrutarla sino para darla. En el caso del nacimiento de Jesús se nos manifiesta de manera especial la gracia de Dios (Tit 2,11-14). Jesús es  el regalo de Dios por excelencia. En ese niño se nos da Dios mismo. Se nos da con esa delicadeza que Dios tiene, que no nos abruma ni aplasta. Aparece como un niño, que tiene necesidad de ser cuidado para poder vivir y crecer. Dios continúa siendo ese mendigo de amor que llama a nuestras puertas buscando posada (Lc 2,1-14).

Su venida trae la salvación a los hombres. En Jesús hemos descubierto el sentido de nuestras vidas, el misterio que somos cada uno de nosotros. El hombre no puede vivir simplemente en el horizonte de las cosas materiales sino que su vida está llamada a entrar en la intimidad de Dios porque primero Dios ha entrado en la intimidad de nuestras vidas. Dios se hace hombre para que el hombre sea Dios, decían los Padres de la Iglesia. En Jesús se encarna un estilo de vida que lleva a la plena realización del hombre. Se trata ante todo de una vida orientada hacia la venida del Señor al final de los tiempos que ya han empezado. Esto da una gran seriedad a lo que estamos viviendo, no la seriedad aburrida sino un contenido valioso a nuestra existencia. El don que hace Jesús de su propia vida nos invita también a nosotros a dar la vida. De esa manera nuestras vidas se convierten en don, en gracia para los demás.

La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo. Estamos, sin embargo, llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

 

 

By

Dichosa tú, que has creído

20 de diciembre de 2015 – Cuarto Domingo de Adviento

 

Al ser de un pueblo pequeño, cuando me preguntan dónde he nacido, a los españoles he tenido que explicarles en qué provincia está. A los extranjeros, que no conocen la mayoría de nuestras provincias, hay que indicarles las coordenadas de los puntos cardinales. La aldea de Belén había salido del anonimato gracias a que en ella nació el rey David. Pero aún así continuaba siendo una aldea pequeña al decir del profeta (Miq 5,1-4). A pesar de todo allí iba a nacer el Mesías de Israel. Eso cambiará la suerte de esa aldea y pasará a ser conocida de todos en la historia cristiana. Jesús nació en la periferia del mundo, en el seno de una familia pobre y desconocida. No es uno de esos héroes que vemos desfilar en nuestros libros de historia, donde sólo cuentan los grandes. Jesús, naciendo en un rincón perdido de la geografía del imperio, ha hecho suya la historia de los pobres y sencillos.

Los pobres se echan una mano entre los familiares, porque no pueden permitirse el lujo de tener criados. Los pobres y sencillos saben percibir la grandeza de los gestos más pequeños. Isabel descubre inmediatamente que su prima María lleva en su seno alguien que es más importante. Esa prima es ahora la Madre de mi Señor.  La visita de María a Isabel pone de relieve el gran amor de María que, ya encinta, emprende un largo camino para ayudar a su prima, que está ya en los meses finales de la espera de un hijo (Lc 1,39-45). Pero el gran regalo que María hace a Isabel es la presencia de Dios en su seno, presencia reconocida inmediatamente por Juan y por su madre. No hay que extrañarse pues de los saltos de gozo de Juan en el vientre de su madre. Isabel reconoce inmediatamente la fe de María, que ha sido la causa de toda la alegría que ha irrumpido en el mundo con la encarnación de Dios. La fe de María ha sido la acogida y la respuesta al amor de Dios que ha querido tomar carne en su seno.

Ese amor de Dios es lo que ha movido al Hijo de Dios a encarnarse. En ese momento el Hijo de Dios dice: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-10). Toda la historia del pueblo de Dios, ritmada por los sacrificios y ofrendas no acababa de enderezarse y entrar en el camino que Dios quería. Es necesario que Dios mismo venga en la persona del Hijo para arreglar esa historia. Ya no se trata de ofrecer cosas al Señor, sino de ofrecerse a sí mismo. Por eso Jesús ha tomado un cuerpo mortal, para poder hacer libre y amorosamente la ofrenda de su vida al Padre, a favor de sus hermanos los hombres. Este gesto de amor que se ofrece al Padre y a sus hermanos es verdaderamente redentor y salvador.

La disposición con la que Jesús entra en el mundo es la de hacer la voluntad del Padre. Esa voluntad expresa ante todo el designio amoroso que Dios tenía respecto al hombre desde el momento de la creación. El hombre, creado a su imagen y semejanza, está llamado a entrar en la intimidad de Dios. Pero no será una hazaña sobrehumana la que le lleva a escalar los cielos para poder estar allí. Será Dios el que desciende al lugar del hombre, lo tomará en sus brazos y lo hará partícipe de su vida. Dio se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

El hombre, como María, tiene que acoger a Dios con fe en su vida. La historia de la salvación es una historia de fe. Es la historia de unos hombres y mujeres que intentan seguir el ejemplo de Abrahán y el ejemplo de María. Abrahán, fiado de la promesa de Dios, abandonará su patria y su familia y se pondrá en camino. También María, habiendo acogido la promesa de Dios, se pondrá en camino. Cuando uno ha experimentado una gran alegría no se la puede guardar para sí sino que corre a comunicarla a los familiares y amigos. Que María nos ayuda  a acoger con fe a Jesús en esta eucaristía y nos prepare al encuentro con Él en la Navidad.

 

By

Y nosotros ¿qué tenemos que hacer?

13 de diciembre de 2015 – Tercer Domingo de Adviento

 ¿Cómo preparar este año las Navidades? Como siempre los comercios se adelantan a las propuestas cristianas. Copiamos de los americanos lo peor, el consumismo y le dedicamos un “viernes negro”, riéndonos de la mala suerte. La situación, en vísperas de elecciones, sigue siendo poco clara a pesar de los mensajes de que la economía empieza a ir bien. Se trataría de una buena noticia, sobre todo si respondiera a la realidad, desmentida por la vida de tantas personas que lo siguen pasando mal.

Los cristianos, sin embargo, debemos buscar la alegría en otra Buena Noticia que nos repite hoy la Palabra de Dios: El Señor está cerca. El profeta invita a la alegría mesiánica a causa de la presencia del Señor en medio de su pueblo, en Jerusalén (Sof 3,14-18). El mismo motivo aduce Pablo (Filp 4,4-7). Esta alegría es siempre un don de Dios y no la podemos fabricar artificialmente confundiéndola con el bullicio y el jolgorio navideño. Esta alegría viene sobre todo de la ausencia de preocupaciones, no porque no existan, sino porque no nos hacen perder la paz y la alegría navideña. Uno presenta las preocupaciones al Señor en la oración con confianza y acción de gracias.

La Navidad nos hace experimentar la cercanía de Dios. Dios es un Dios de hombre, que no está lejos de nosotros sino que está a nuestro lado compartiendo y sufriendo con nosotros en nuestra historia. Y nosotros qué debemos hacer? Esta cercanía de Dios nos lleva a acercarnos a los hombres, sobre todo a los que sufren para tratar de llevarles a ellos alguna Buena Noticia.

En vez de unos cálculos puramente económicos sobre cuánto puedo gastar, quizás sea bueno situarnos en una perspectiva más evangélica, que invita a mirar también en torno nuestro. Al descubrir la realidad de lo que no tienen, no queda otra alternativa cristiana que compartir con ellos lo que tenemos (Lc 3,10-18). Dios no pide cosas que se relacionen con el culto y con la oración sino que tienen que ver más bien con las relaciones sociales. Es ahí donde se juega el futuro del Reino de Dios, que Juan Bautista anunciaba, como más tarde lo hará Jesús.

Son simples ejemplos, que cada uno tendrá que adaptar a su situación particular. Pero son ilustrativos porque tienen que ver sobre todo con los bienes materiales. A la gente en general, el precursor pide una actitud de compartir los bienes, tanto de comida como de vestidos. A publicanos y militares se les exige ante todo la práctica de la justicia. Justicia, solidaridad o caridad son los elementos fundamentales de la práctica cristiana.

Se trata de tomar algo así como una opción fundamental en nuestras vidas, orientándolas hacia los demás y hacia Dios y no a la búsqueda del propio enriquecimiento a costa de los demás. Esta opción fundamental era propuesta en el momento del bautismo que realizaba Juan Bautista, y también los cristianos hemos asumido esa opción fundamental en nuestro bautismo. En él hemos renunciado al mal y nos hemos adherido por la fe a Cristo Jesús.

El bautismo de Jesús ya no es simplemente bautismo con agua sino bautismo con el Espíritu Santo. Ese don es fruto de la resurrección de Jesús, que nos sitúa en los tiempos finales. Son el tiempo del juicio de Dios sobre la historia humana. Un juicio que todos esperamos que sea de salvación, tal como lo ha prometido, pero que purificará también con el fuego de su amor. Que la celebración de la eucaristía nos haga sensibles a las necesidades de los demás y nos lleve a compartir lo que tenemos.

 

 

 

By

Madre de Misericordia

8 de diciembre de 2015 – La Inmaculada Concepción de la Virgen maría

  

Empezamos hoy el Jubileo de la Misericordia. La fiesta de la Inmaculada, nos recuerda el papa Francisco, nos indica el modo de obrar de Dios desde el comienzo de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (Ef 1,3-12), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. Se nos abre pues la puerta de la misericordia y del perdón. María es esa puerta a través de la cual vino Jesús.

La santidad de María, desde el primer momento de su existencia, indica su total sintonía  con Dios y con el Espíritu Santo. María se arriesgó a dejarse llevar por el Espíritu que la convirtió en Madre de Dios. María está toda llena de la gracia y del favor de Dios (Lc 1,26-38). Ella vive una relación de amor inmediata que le permite llamar a Dios su hijo y que Dios la llame su Madre. En ese ámbito de relación todo es santo y ni tan siquiera se puede pensar que a  Ella le pasara por la cabeza traicionar esa amistad. Ella no experimenta la tentación que nos acecha cada día. A pesar de todo, también nosotros vivimos rodeados de la gracia de Dios en la redención de Cristo Jesús.

Sin duda ha sido un gran privilegio el que Dios dio a María, precisamente para que pudiera ser una digna Madre del Redentor. Si Jesús es la salvación, María era la primera que tenía que ser totalmente salvada. Y así fue redimida en virtud de los méritos de Jesús, incluso antes de que éste existiera en su seno. Porque el plan de Dios de salvar al hombre es un plan eterno. Antes de crear el mundo nos eligió también a nosotros para que fuéramos santos e inmaculados por el amor (Ef 1,3-12). Por eso lo que ahora proclamamos de María, su santidad sin sombra  de pecado, será también realidad un día en nosotros. También un día la salvación de Dios será plena en nosotros y triunfará sobre nuestro pecado. Mientras tanto María aparece como el gran signo de esperanza para toda la Iglesia que intenta purificarse para ser fiel a su Señor.

En la medida en que el Nuevo Testamento se interesa por María se nos presenta como la creyente. La intención principal de Lucas es ejemplificar la fe en Jesús, pero también el mostrar la ma­ternidad de María como el gran ejemplo de fe. Hay que llamar santa a María porque respondió a partir de la fe, cuando supo qué vocación le esperaba de par­te de Dios. Responder a partir de la fe significa realizar su vida a partir de su referencia a Dios, comprometerse en la disponi­bilidad completa a lo que Dios quiera y conforme a la llamada de Dios. Así quedó asociada a Cristo en sus misterios. También nosotros tenemos que cultivar intensamente la fe para vencer el pecado.

El P. Chaminade veía en María Inmaculada el símbolo de la santidad y de la victoria. Así  la proponía a sus congregantes que la tenían por Patrona. Hoy día también las Religiosas Marianistas celebran la Inmaculada como su fiesta patronal. El P. Chaminade encontró en la Inmaculada la fuerza para combatir lo que él llamaba la “herejía de su tiempo”, la indiferencia religiosa. Esta hace que la vida de las personas se plantee de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. En vez de construirse sobre los valores del evangelio, el mundo actual se construye sobre otros valores, muchas veces antievangélicos y antihumanos. Pero esta situación no nos desanima pues sabemos que María saldrá triunfante también en este desafío y continuará aplastando siempre la cabeza de la serpiente (Gen 3,9-15). Celebremos con gozo el triunfo de María y pidámosle que ella sea siempre para nosotros Madre de Misericordia.

By

Preparad los caminos del Señor

6 de diciembre de 2015 – Segundo Domingo de Adviento

 

En nuestro mundo materialista son numerosas las ofertas de salvación de tipo espiritualista que prometen llevar a la felicidad plena, a una espiritualidad sin religión y sin Dios, o al menos sin el Dios personal de los cristianos. Esas propuestas olvidan que no es el hombre el que sube hacia Dios sino que ha sido Dios el que ha venido a nuestra historia humana. El cristianismo es una religión histórica, que privilegia unos hechos concretos de un pasado que sigue siendo actual.

No hay manera de encontrar a Dios fuera de la historia concreta, porque Dios es el Señor de la historia, que actúa en ella a favor de la liberación del hombre. El centro de esa historia es un hecho histórico incontrovertible, el nacimiento de Jesús. El evangelio tiene mucho cuidado en fecharlo como escucharemos la noche de Navidad. Pero hay otros hechos históricos importantes asociados a ese acontecimiento. La proclamación de la Buena Noticia de la salvación por parte de Jesús viene precedida de la predicación de Juan el Bautista, cuyas coordenadas históricas espacio-temporales se nos presentan en el evangelio de hoy (Lc 3,1-6).

Juan es presentado como el predicador del desierto, de donde parte la aventura mesiánica. También Jesús empezará en el desierto. Juan invita a preparar el camino del Señor, como ya antes lo habían hecho los profetas. Dios ciertamente no necesita que nosotros le preparemos el camino para venir al encuentro de la humanidad. En realidad tan sólo Él puede establecer un camino entre Él y el hombre. Nosotros sabemos que ese camino es Cristo. No es el hombre el que puede subir hacia Dios sino que fue Dios el que descendió por amor hacia el hombre. Ese amor es capaz de abrir caminos en el desierto y en el mar donde es imposible trazar una vía permanente.

La Segunda Lectura de hoy (Baruc 5,1-9) presenta a Dios dando órdenes directamente a los montes, a las colinas, a los barrancos para que se conviertan en una especie de autopista por la que pueda regresar el pueblo desterrado. No faltarán los árboles a uno y otro lado de la calzada y Dios irá por delante guiando a su pueblo. La manifestación de la gloria de Dios, de su justicia y de su misericordia será motivo de fiesta para el pueblo rescatado. No somos nosotros los que preparamos el camino del Señor. Más bien nos preparamos nosotros para entrar en el camino del Señor. Para ello tenemos que esforzarnos en crear un mundo en el que no existan tantas desigualdades, tantos valles hundidos y tantas simas escarpadas.

Es necesario abrirse al Señor para que Él pueda llevar a cumplimiento la obra buena que ha iniciado en nosotros (Filp 1,4-11). La vida del cristiano está orientada hacia el retorno de Cristo. Mientras tenemos tiempo se trata de producir frutos por medio de Cristo para gloria y alabanza de Dios. Es la forma concreta de anunciar el evangelio a nuestro mundo. No son las simples palabras las que dan credibilidad sino un estilo de vida en el que resplandece la acción de Dios en Cristo. Ese estilo de vida tiene que ver con el amor y el servicio a los demás, sobre todo a los más pobres.

Para hacer posible esos frutos es necesaria la oración, por eso Pablo reza constantemente por sus fieles, e invita a orar constantemente. Tan sólo la oración abre la persona a la acción de Dios, que es el protagonista en la obra de la salvación. La oración nos permite poner ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús. Jesús es el camino concreto que Dios eligió para venir a nuestro encuentro, por eso es también el camino del encuentro del hombre con Dios. Pidamos en la Eucaristía que el Señor nos vaya preparando para su venida en Navidad de manera que nos encuentre centrados en Él, sin dejarnos llevar por el consumismo, sino solidarios con los pobres.

 

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR