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Se acerca vuestra liberación

29 de noviembre de 2015 – Primer Domingo de Adviento

 En medio de una guerra más o menos declarada, todos somos conscientes de que estamos en el  mismo barco y compartimos la misma aventura. Como cristianos estamos convencidos de que es necesaria la legítima defensa para desarmar al agresor terrorista. Sabemos, sin embargo, que las soluciones armadas si no van acompañadas de una aproximación política están condenadas al fracaso. Por eso los creyentes de uno u otro signo propugnamos una ofensiva de la misericordia. Nosotros lo hacemos en nombre de Jesús y de su Evangelio.

Los cristianos empezamos este domingo el año litúrgico, que marca nuestra manera particular de situarnos en el tiempo, actualizando los misterios de Jesús. Lo empezamos con esperanza, puestos nuestros ojos en las promesas de Dios. Somos conscientes de que vivimos en medio de una crisis, pero sabemos que también en ella podemos experimentar la cercanía del Dios misericordioso que no abandona a su pueblo. El Jubileo de la Misericordia nos lo va a recordar constantemente.

Con todos los hombres compartimos el calendario civil pero vivimos el paso del tiempo con un espíritu  particular. Para muchos el año es simplemente un sucederse de días de trabajo muchas veces agotador, con la pausa del fin de semana, a  la espera de las vacaciones. Lo que se desea es poder comprar más cosas y gastar más. En cambio los creyentes experimentamos a lo largo del año la perpetua novedad de Dios que viene a salvarnos, que  ya nos ha salvado. Al inicio del año litúrgico actualizamos ya el final, no simplemente del año, sino el final de la historia pues estamos viviendo en los tiempos finales y definitivos en el acontecimiento de Cristo Jesús.

El recuerdo del final de los tiempos no pretende meternos miedo sino más bien hacernos caer en la cuenta de la densidad e importancia del momento presente. El tiempo está cargado de eternidad porque ha irrumpido ya de una vez para siempre el Reino de Dios (Lc 21,25-36). Esa era la gran promesa que Dios había anunciado sobre todo a través de los profetas y que había mantenido viva la esperanza de Israel en medio de todas sus aventuras históricas que políticamente habían terminado en un fracaso. Se perdió la tierra, se perdió la monarquía, pero nació la esperanza de un Mesías que instauraría en el futuro la justicia y el derecho (Jer 33,14-16).

Israel fue descubriendo que no es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro nos es dado por Dios. Dios, en realidad, es siempre el Dios del futuro, el que estará siempre al lado de su pueblo, compartiendo sus experiencias, buenas y malas. Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo está bloqueado, Dios es capaz de abrir caminos en el mar y de encontrar una salida para toda situación desesperada.

Los cristianos sabemos que la promesa ha tenido cumplimiento en Jesús de Nazaret. Con Él la historia humana ha llegado a su plenitud. En Él Dios se nos ha comunicado definitivamente y ningún acontecimiento posterior, por más grandioso que sea, puede superar esa comunicación de Dios al hombre en la persona de Jesús. Esto no quiere decir que la historia, después de Jesús, haya perdido su importancia. Ni mucho menos. En la persona de Jesús se ha realizado totalmente el plan de Dios. En nosotros todavía está por realizarse. Vivimos pues en la esperanza. El tiempo que tenemos a disposición se nos da para hacer nuestra esa oferta de salvación y liberación dada en Cristo.

El amor pertenece ya al orden de lo definitivo. Por eso San Pablo exhorta ante todo al amor mutuo, porque es la señal inequívoca de que uno ha acogido el Reino en su vida (1 Tes 3,12-4,2). Es ese amor el que nos da la confianza para poder presentarnos ante Jesús cuando Él venga a recogernos, sea al final de nuestra vida, sea al final de los tiempos. La santidad a la que nos invita el apóstol consiste precisamente en el amor. No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida y sus exigencias, toda ella animada por el amor fraterno. La eucaristía es el momento privilegiado para renovar nuestra esperanza y seguir clamando: Ven, Señor Jesús.

 

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Su reino no tendrá fin

22 de noviembre de 2015 – Jesucristo, Rey del Universo

El deseo de paz, presente en el corazón de los hombres de buena voluntad, ha sido frustrado de nuevo por el reciente ataque terrorista de París. Este ha puesto de manifiesto que en realidad estamos viviendo en un estado de guerra mundial no declarada. Es una guerra en la que no existen frentes definidos, pero en la que sin duda se cobran víctimas inocentes. Querer crear un estado a base de violencia, en contra de la voluntad de los ciudadanos, está condenado al fracaso. Tan sólo el Reino de Dios tiene futuro, porque responde a la realidad de verdad del hombre (Dan 7,13-14). Ese Reino es el Reino del Señor resucitado, que es “el camino, la verdad y la vida”. No se trata de un territorio definido por las fronteras de otros reinos. Se trata más bien del hecho de que Dios reina. Y cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar y usurpar los derechos de Dios. Cuando Dios reina, se establece la justicia, la verdad, el amor y la paz.

Cuando Jesús dice “mi reino no es de este mundo” (Jn 18,33-37), no está pensando en un reino en otro mundo o en las nubes. Habla de otra manera de ejercer el poder, de un poder que es servicio. Para servir a los demás no se necesita un ejército que imponga por la fuerza ese estilo de vida. A muchos les parecerá una utopía irrealizable, de la misma manera que no les parece viable un país sin ejército. Por eso muchos han espiritualizado de tal manera el reino de Cristo, que al final se volatiza y desaparece de la esfera de los asuntos humanos. Crea un cristianismo, indiferente a los problemas de los hombres, que quedan sometidos a los poderes de este mundo. Todo lo contrario de lo que Cristo intentaba cuando anunciaba la venida del Reino de Dios. Prometía la intervención de Dios que iba a establecer la justicia y la paz en las relaciones humanas.

Lo que diferencia el reino de Cristo de los otros reinos o repúblicas es la manera de regirse. No se rige por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para poder atraerse a los súbditos. Otras veces tienen que complacer a los súbditos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social. Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. El proclamarla delante de las autoridades religiosas y civiles le llevó a jugarse el tipo.

La verdad que Jesús nos anuncia no es un conjunto de proposiciones abstractas que se pueden aprender en la Universidad o en los libros. Es más bien su propia persona. El problema de nuestra cultura es que ha renunciado a la verdad o la identifica simplemente con la opinión de la mayoría o con el funcionamiento del engranaje social. No importa la verdad de las personas o de las cosas sino simplemente el que el sistema funcione sin demasiadas disfunciones. Es lo que hizo ya Pilatos, lavarse las manos ante el problema de la verdad o de la inocencia de la persona. Para él contaba conservar su cargo, complacer a los judíos y mostrar que con el poder romano no se puede jugar pues hace caer sobre las personas todo el peso de la ley.

La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor y la atracción ejercida por su persona nos lleva hacia Él, al que reconocemos como nuestro Rey. Como nunca buscó simplemente el éxito, su muerte en cruz no fue un fracaso humano, sino la revelación del amor del Padre, que hace de nosotros ciudadanos del Reino. Es ese Reino de verdad, de justicia, de amor y de gracia el que celebramos en cada eucaristía a la espera de que un día venga de manera definitiva.

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Él está cerca, a la puerta

15 noviembre de 2015 – 33 Domingo Ordinario

 

La encíclica “El cuidado de la casa común” del papa Francisco nos recuerda con San Pablo que la creación entera está en dolores de parto. Esperamos un mundo nuevo donde habite la justicia y no la explotación de la naturaleza y del  hombre por el hombre. En la historia siempre ha habido grupos más o menos radicales que, ante la situación catastrófica del mundo, esperen que llegue el fin anunciado por las Escrituras (Dan 12,1-3). En realidad la Palabra de Dios no se interesa por la destrucción física del universo, sino por la salvación del hombre. Anuncia la desaparición de una forma de existencia oprimida, al irrumpir el Reino de Dios, que cambia la vida de los hombres (Mc 13,24-32). Dios no quiere amenazarnos con el fin del mundo sino más bien mostrarnos que Él es el Señor de la historia y que ésta no es  un sucederse de acontecimientos sin sentido. La historia es el lugar de la salvación y de la liberación. La historia viene de Dios y va a Dios y en su centro está el acontecimiento de Cristo Jesús que le da su sentido. La salvación en realidad no es una cosa, es la persona misma de Cristo. Vivimos en el tiempo privilegiado inaugurado por Él.

La transformación profunda de la historia en Cristo Jesús, la Iglesia la quiere mostrar situando al creyente en una forma de tiempo diferente. Por eso el final del año litúrgico no coincide que el del año civil. Vivimos sin duda en el mismo mundo de todos los hombres, compartimos sus usos y costumbres, pero nos mueve un espíritu diferente. La Iglesia, al acercarse el final del año litúrgico, nos recuerda que estamos viviendo en el tiempo definitivo o final. A partir de la resurrección de Cristo ha empezado esta nueva forma de vida, la vida cristiana, situada por medio de dos coordenadas. La línea de la encarnación nos hace estar con los pies en la tierra, comprometidos a fondo en la transformación del mundo según las exigencias del Reino. Nos lleva a luchar por la paz, la justicia y la integridad de la creación. La otra línea, la de la realidad definitiva, nos hace mirar hacia el horizonte de Dios, que está viniendo constantemente a nuestro encuentro, en cada situación, en cada acontecimiento, en cada persona.

Ese mirar hacia el futuro de Dios hace que no nos instalemos definitivamente en esta vida, que no creamos que la vida es simplemente para disfrutarla al día, sin pensar en el futuro de las demás generaciones que nos seguirán. Nos ayuda a leer los signos de los tiempos, que indican que el invierno ya ha pasado y es posible vivir la primavera del Espíritu. Él nos capacita para descubrir la presencia de Dios en las diversas provocaciones que nos interpelan en la historia cuando los otros hombres tan sólo ven más de lo mismo o creen ingenuamente en el progreso indefinido. Como creyentes, no podemos identificar lo provisional con lo definitivo. Ninguno de los progresos y avances tecnológicos de la humanidad pueden ocupar el lugar de Dios, Señor de la historia.

Jesús ha llevado la historia a su cumplimiento y realización, sin abolirla, sino dejando siempre un margen para nuestra espera y esperanza. Ésta es la virtud teologal que nos lleva a esperar que se realizará también en nosotros lo que ya se realizó en Cristo. Esperamos que la resurrección se muestre también de manera clara en nuestras vidas, llevando a plenitud el germen que hemos recibido en el bautismo y que cultivamos con tanto cariño, la vida de Dios en nosotros.

Nuestras vidas están orientadas y atraídas, no por un acontecimiento visible y espectacular del mundo, sino por la persona del Señor Resucitado. Él es el centro de  nuestro amor y de nuestra espera. Nuestra esperanza nos ayuda a descubrir ya los signos de su presencia misteriosa de manera que no nos hundamos en la desesperación ante los problemas de nuestro mundo sino que seamos capaces de trabajar con esperanza y creatividad. La esperanza cristiana no nos lleva a cruzarnos de brazos, esperando que Dios intervenga de manera milagrosa, sino que sabe que Dios actúa a través de los hombres que quieren colaborar con Él. Es en la eucaristía donde orientamos totalmente nuestras vidas hacia el Señor y gritamos: “Ven, Señor Jesús”.

 

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Dio todo lo que tenía para vivir

8 noviembre de 2015 – 32 Domingo Ordinario

 La crisis sigue aumentando el número de pobres en nuestro país. Dicen que la macroeconomía se está recuperando, pero las personas de a pie e incluso las pequeñas empresas no notan las mejoras. Sigue siendo, sin embargo, buena noticia el que las personas, a pesar de tener menos recursos, siguen apoyando a Cáritas. Los gobiernos europeos siguen mareando la perdiz sin atreverse a enfrentarse con seriedad no sólo al tema de los refugiados sino también al de la emigración. La proximidad de las elecciones hace que se silencien esos temas que pueden llevar a perder votos. Los emigrantes no votan ni tampoco ese tercio de la población que sistemáticamente se abstiene porque no cree que los cambios políticos vayan a traer un cambio de situación. Y efectivamente es la sociedad la que tiene que enfrentarse con los problemas, sin duda también exigiendo a los gobiernos que cumplan con su deber. Lo llamativo es que nuestro país siga tan tranquilo, sin agitación social, a pesar de los parados, más de la mitad de los jóvenes. La agitación ha sido ahora acaparada por ciertos partidos políticos para pedir imposibles y justificar el que no hayan hecho nada por mejorar la situación social de sus gobernados.

La palabra de Dios, sobre todo en el Antiguo Testamento, recuerda repetidas veces lo que hoy llamamos el cuarto mundo, esa realidad de pobreza existente también en nuestras ciudades florecientes. Entonces eran la viuda, el huérfano y el emigrante. Hoy día son el emigrante, el parado, el jubilado de pensión mínima no contributiva y tantos jóvenes que no encuentran trabajo. La viuda del tiempo de Elías está en una situación desesperada esperando su muerte y la de su hijo (1 Re 17,10-16). En tiempo de una gran sequía, las cosechas son escasas y la gente se olvida de los pobres.  En medio de su miseria, se fía de la palabra del profeta que le promete el sustento necesario, a condición de que primero le dé de comer a él. Así lo hace y el milagro ocurre. Cuando uno es capaz de jugarse el tipo por Dios y por sus mensajeros, Dios no te deja en la estacada.

No hay que extrañarse que Jesús, que tan cercano estuvo a los pobres, eligiera la figura de la viuda como ejemplo de la práctica del bien, en particular de la limosna. El ejemplo es tanto más provocativo pues lo que uno se esperaba es que la viuda aparezca como una persona a la que hay que ayudar, mientras que aquí es ella la que socorre. Su conducta aparece en contraste con la de los maestros de la Ley, que primero devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos y luego van a echar sus dineros al cepillo del templo (Mc 12,38-44). La religión del letrado, su limosna, es algo puramente decorativo, de cara a la galería. No toca lo profundo del ser humano, allí donde uno toma las grandes decisiones en las que nos va la vida. Es el peligro de una religión burguesa, que consuela en los momentos de aflicción, o ayuda a dar un sentido a la vida, o crea un sentimiento de pertenecer a una comunidad. En realidad esa religión decorativa y sentimental no transforma la vida ni transforma la realidad de nuestro inmundo injusto.  En ningún momento arriesgamos la propia vida en servicio de Dios y de los demás.

Eso fue precisamente lo que hizo la viuda del evangelio al dar su limosna. Dio todo lo que tenía para vivir, dio su vida a favor de los demás. Es el bello gesto que anticipa la entrega de Jesús por la salvación de los hombres. En la acción de la viuda va toda su persona que supera infinitamente el don en el que se expresa. Nuestra tentación es la de dar siempre de lo superfluo. Nunca tocamos aquello que nos parece necesario. Y el problema es que hoy día todo nos parece necesario y no suficiente para lo que uno necesita. Por eso es de alabar la generosidad de los voluntarios que siguen ofreciendo lo que tienen, su propia persona. Es lo que hizo la viuda del evangelio. El don material sólo tiene sentido en cuanto expresa el don de sí mismo. Sólo con una solidaridad y un compartir generosos nuestro mundo tendrá futuro. La eucaristía fue celebrada siempre en un contexto de compartir los bienes con los pobres. No nos olvidemos de ellos pues forman parte del cuerpo de Cristo.

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