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Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

4 de octubre de 2015 – 27 Domingo Ordinario

 

Precisamente este domingo comienza la Asamblea ordinario del Sínodo sobre la Familia que durará hasta el día 25 de este mes. En uno de los temas a abordar, el papa Francisco se ha adelantado con un decreto por el que se agilizan los procesos para la nulidad matrimonial. Aunque algunos han puesto el grito en el cielo diciendo que se está cambiando la doctrina de la Iglesia, nada más lejos de la intención del papa, defensor de la indisolubilidad del matrimonio. Como repitió hace unos días: “La familia está en el inicio, en la base de esta cultura mundial que nos salva de tantos ataques, tanta destrucciones, tantas colonizaciones como la del dinero, o de las ideologías que amenazan tanto el mundo. La familia es la base para defenderse”.

No hay ningún cambio de doctrina. No se trata de ninguna manera de admitir el divorcio sino el agilizar la demostración de que nunca hubo matrimonio cristiano. Lógicamente el decreto es una invitación a que se haga una pastoral seria de preparación al matrimonio y que no nos contentemos simplemente con darles un cursillo de unos días los novios.

La Iglesia, por fidelidad a su Señor, no tiene más remedio que defender la indisolubilidad del matrimonio como el ideal de la familia cristiana. Las leyes, en cambio, tienen que ver con las realidades que no se dejan ajustar fácilmente a los ideales. Pero siempre es buena una voz profética que recuerde a los hombres cuál es el plan original de Dios. Así ocurrió también en los orígenes del cristianismo, cuando tanto en el mundo romano como judío existía legalmente el divorcio.

Incluso la ley de Moisés tuvo que hacer sus componendas en la cuestión de la indisolubilidad del matrimonio y la posibilidad del divorcio. En el judaísmo tan sólo el hombre podía divorciarse. La discusión en tiempo de Jesús versaba tan sólo sobre en qué casos el hombre podía divorciarse. A los más liberales les bastaba que el hombre hubiera encontrado una mujer más guapa. No cabe duda de que esta  situación era profundamente injusta con la mujer.

Jesús ha querido defender a la mujer y ha proclamado la igualdad esencial del hombre y de la mujer en el plan de Dios (Mc 10,2-16). Por eso ha cuestionado el divorcio, aunque esté permitido en la ley de Moisés. Hay alguien más importante que Moisés, Dios mismo. ¿Por qué entonces Moisés permitió el divorcio? Para que aparezca claramente la dureza del corazón del hombre que trata a la mujer como un ser inferior, como un objeto de deseo y de disfrute. La realidad del divorcio en la ley de Moisés pone de manifiesto que algo no está funcionando bien en el pueblo de Dios. El divorcio era tan sólo un síntoma de esa profunda injusticia con la que se trataba y se sigue tratando a la mujer en muchas de nuestras sociedades. Es verdad que hoy día no siempre es la mujer la víctima del divorcio, sino que es ella la que muestra esa dureza de corazón.

Jesús dio una respuesta desconcertante a una pregunta con mala intención, que no estaba interesada en saber la respuesta, pues es evidente que, según la ley de Moisés, el hombre podía divorciarse. Jesús adopta una postura profética de denuncia, volviendo al plan original de Dios en el momento de la creación (Gn 2,18-24). A pesar del ropaje literario del relato de la creación de la mujer, se afirman una serie de verdades fundamentales sobre la realidad del hombre y de la mujer. Hombre y mujer son personas en relación, que no existen aisladas en sí mismas. Sin la mujer, el hombre se encontraba solo perdido entre los animales.

Con la creación de la mujer, el hombre tiene una compañía con la que puede hablar cara a cara, lo cual supone la igualdad esencial en la diversidad sexos. Esa reciprocidad de hombre y mujer está expresada en el hecho de que la mujer ha sido creada de un lado, de un costado del hombre (no de una costilla). Hombre y mujer separados son tan sólo la mitad de la realidad global. Pidamos en la eucaristía por todos los matrimonios cristianos que intentan vivir fielmente unidos en el amor a pesar de las dificultades que se experimentan hoy día.

 

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El que no está contra nosotros está con nosotros

27 de septiembre de 2015 – 26 Domingo Ordinario

 

 Los gobiernos europeos, alentados sin duda por parte de la población, no logran ponerse de acuerdo ante el problema de los refugiados que se les ha venido encima. También en mi entorno escucho de vez en cuando comentarios claramente hostiles frente a los refugiados y emigrantes. Aparecen, si no como nuestros enemigos, sí al menos como los competidores que vienen a quitarnos los puestos de trabajar y a turbar nuestro ya precario bienestar. Tan sólo los voluntarios que van a países del sur comprueban que lo que nosotros llamamos crisis económica, comparado con la realidad de esos países, es en realidad una disminución de la capacidad de consumo. Pero las ideologías convierten fácilmente a los demás en enemigos. Incluso a los del propio país cuando no piensan como nosotros o defienden otro tipo de política. Las elecciones son siempre un caldo de cultivo fácil para que se manifiesten estos síntomas de exclusión del que es diferente. Cada uno se convierte en una especie de fanático defensor de su verdad.

También entre los servidores de Moisés o los seguidores de Jesús existían esos fanáticos, de los cuales se distanciaron tanto Moisés como Jesús. Tan sólo el convencimiento de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere y como quiere puede llevarnos a presentarnos desarmados ante los demás.

Es lo que hizo Moisés cuando reconoció la acción del Espíritu en aquellos dos ancianos que estaban en la lista, pero no habían ido a la tienda del encuentro sino que se habían quedado en el campamento (Nm 11,25-29). Para ello necesitamos tener ese espíritu profético, que nos ayuda a discernir la acción de Dios en nuestro mundo a través de la lectura de los signos de los tiempos. El deseo de Moisés de que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor se hizo realidad en Pentecostés. La comunidad eclesial es toda ella carismática y ministerial. Todos somos protagonistas en la construcción de la Iglesia al servicio del mundo.

Los diversos fanatismos existentes en nuestro mundo se basan en la teoría de la exclusión: el que no está con nosotros está contra nosotros; los que no son como nosotros son enemigos nuestros. Jesús, en cambio, formula el principio de inclusión: el que no está contra nosotros está a favor nuestro (Marc 9,37-47). Más que mirar a qué grupo pertenecen las personas, debemos ver cuál es su conducta, si su conducta es liberadora porque hace el bien, o si por el contrario están causando sufrimiento a los demás.

Como ninguna religión tiene el monopolio de la verdad y sus miembros son pecadores, todos podemos dar y recibir de los demás. Eso supone que debemos dejarnos interrogar por los demás. No sólo por las religiones sino también por la razón. Las religiones no pueden atrincherarse en sus fórmulas reveladas y llevarlas al extremo del irracionalismo destructor. La historia europea muestra cuánto hubiera podido aprender la Iglesia del pensamiento moderno y cuántos sufrimientos se habrían ahorrado si no se hubiera opuesto a la libertad de las personas. Hemos tenido que esperar al Vaticano II para ver reconocidas todas esas libertades.

Curiosamente ese talante ecuménico y universal de Jesús aparece antes de formular toda una serie de exigencias para sus discípulos. Para no caer en el mal y no dar escándalo, es decir no hacer caer a los demás, hay que estar dispuesto a extirpar el mal de raíz en la propia persona, por más que eso pueda parecer absurdo. Sin duda que no se trata de cortarse el pie o la mano o sacarse uno ojo. Se trata de no firmar compromisos con el mal. Es al mal, que tiene sus cómplices dentro de nosotros mismos, al que hay que declararle la guerra, y no tanto a las personas buenas que son distintas de nosotros. Debemos aliarnos con todos los hombres de buena voluntad que buscan la verdad, la bondad, la justicia y el amor. El apóstol Santiago pone el dedo en la llaga cuando denuncia el egoísmo de los ricos, sea de la religión que sean, en este caso la cristiana, que construyen un mundo injusto explotando a los pobres (Sant 5,1-6).

En torno a la eucaristía construyamos esa comunidad abierta al mundo, que celebra la acción liberadora del Espíritu, y abramos nuestros corazones para acoger la gran diversidad de dones que el Señor nos está dando a través de la variedad de razas, religiones y culturas.

 

 

 

 

 

 

 

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Ser el último

20 de septiembre de 2015 – 25 Domingo Ordinario

  

El papa Francisco, desde el momento de ir a pagar la habitación donde había estado durante el cónclave, ha ido haciendo pequeños gestos que muestran a las claras que quiere vivir en lo posible como uno de tantos. De esa manera ha puesto de nuevo ante nuestros ojos a Jesús de Nazaret y a uno de los que lo han seguido a la letra, Francisco de Asís.

Jesús nació en un país sin importancia del imperio romano, en una aldea que estaba también entre las  últimas de Galilea y probablemente sus padres eran gente corriente de esa aldea. Ser de los últimos, de los poco importantes, significa que uno no cuenta nada, que tiene poca o nula influencia, que no se tiene quien le eche a uno una mano, que hay que trabajar duramente para salir adelante. Normalmente se trata de trabajos manuales en los que uno se juega la salud y el tipo. Nada extraño que Jesús reclutase sus amigos y colaboradores entre los rudos pescadores y que mostrase siempre una predilección por los pobres, por los últimos.

Jesús en el evangelio de hoy se identifica con el niño (Mc 9,29-36). Todos recordamos nuestra infancia. Éramos pobres pero confiábamos totalmente en nuestros padres. Vivíamos en el presente y todo era don gratuito. Experimentábamos que el mundo está bien hecho. Al hablar del niño, Jesús pensaba sobre todo en la persona que necesita ser defendida y protegida porque no cuenta, porque todavía no tiene derecho a voto. Aunque en nuestra cultura los  niños están cada vez más protegidos, en los países del tercer mundo muchas veces son las víctimas de la violencia, del trabajo explotado y de la explotación sexual.

Jesús se identifica con todas las personas indefensas que no pueden defender sus derechos. En su vida, aunque fue llamado “maestro”, nunca rehuyó el trabajo del servidor, los trabajos serviles. Dejó de lado sus vestidos  de señor y se ciñó el mandil para lavar los pies de sus discípulos y nos invitó a todos a hacer lo mismo (Jn 13).

Acoger a una persona indefensa, como los que en este momento piden asilo en Europa,  es acoger al mismo Jesús; acoger a Jesús es acoger al mismo Dios. Porque Dios mismo curiosamente no es el primero de todos sino el que ocupa el último lugar en la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Eso no le impide el seguir manos a la obra intentando que este mundo que creó no se le vaya de las manos, sino que esté siempre al servicio del hombre. Para ello cuenta con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad que no tienen miedo a mancharse las manos metiéndose hasta al fondo en los subterráneos de nuestro mundo.

Así Dios hace avanzar el mundo con la ayuda de todas las víctimas y todos los descontentos del sistema actual. De los que siempre quieren ser los primeros no se  puede uno fiar mucho pues se puede estar seguro que nos usarán para sus fines y sus intereses. Los que ocupan los primeros puestos no están interesados en que el mundo avance y cambie pues ven sus puestos en peligro. La codicia y la ambición corrompen la vida de los hombres ( Sant 3,16-4,3). En este contexto de corrupción social, querer ser honrado suena a tonto, y no ya a ingenuo y honesto (Sab 2,17-20). Pero precisamente, gracias a estas personas buenas y justas, el mundo  sigue adelante sin hundirse en la maldad. Con esa esperanza y con el compromiso de estar al servicio de los demás, celebramos juntos la eucaristía este domingo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tú eres el Mesías

13 de septiembre de 2015 – 24 Domingo Ordinario

 

La figura de Jesús sigue atrayendo el interés de muchos de nuestros contemporáneos como personaje de película, cuya vida se manipula muchas veces a favor del éxito comercial. Otros muestran una cierta simpatía y admiración por su persona, cuyos rasgos fundamentales han descubierto a través de un cierto conocimiento de los evangelios. Pero eso no les lleva a querer vivir como él vivió. El verdadero encuentro con Jesús a través de la fe tiene la capacidad de transformar la vida del creyente cuando éste se toma en serio el seguimiento de Jesús. Creer en Jesús no es simplemente repetir fórmulas dogmáticas impecables sino que es una adhesión total a su persona, estando dispuesto a jugarse como él el tipo, a compartir su vida y destino.

La Iglesia debe huir de todo triunfalismo mesiánico y aceptar de corazón la realidad del Crucificado (Mc 8,27-35). Eso no le hizo ninguna gracia a Pedro ni tampoco nos gusta a nosotros que, como nuestros contemporáneos, queremos un cristianismo vistoso y atractivo, que cada uno define a la carta. Jesús vio ya al peligro de convertirse en un Mesías populachero que atraía las multitudes y las hubiera podido manipular según sus intereses. Desde el principio, sin embargo, interpretó su destino a través de la figura enigmática del Servidor de Dios que aparece en el libro del profeta Isaías (50,5-10).

Fueron los profetas los que denunciaron las falsas salvaciones que los hombres buscan a través de las políticas de alianzas, de poder, de imperialismo. Jesús, en su tiempo, tuvo también que confrontarse con las autoridades políticas y religiosas que mantenían al pueblo en la miseria. Como todo profeta, huyó de soluciones simplistas de tipo revolucionario y confió que Dios traería su Reino. Tan sólo Dios es capaz de cambiar de raíz la situación del hombre y de los pueblos.

Esta fe en la intervención de Dios no nos lleva a cruzarnos de brazos. La fe, sin obras, está muerta por dentro, nos recuerda con gran realismo el apóstol Santiago (Sant 2,14-18). La fe cristiana a lo largo de la historia ha sabido dar respuesta a los interrogantes humanos y soluciones a los problemas concretos. Ha desplegado el dinamismo de la caridad al servicio de los hombres, sobre todo de los más necesitados. Hoy día parece que el estado ha ocupado el lugar que tenía la Iglesia y ésta se siente a veces incómoda sin encontrar su puesto en la sociedad. Debemos alegrarnos de que los estados modernos se hayan hecho responsables de muchas de las necesidades de los ciudadanos. La crisis actual, sin embargo, sigue mostrando que quedan muchos campos a los que no llega el estado. De hecho cada día vemos surgir nuevas necesidades que interpelan nuestra fe.  Hay que exigirle al estado que, en vez de hacerle la concurrencia a lo que ya funciona en la sociedad civil, se preocupe de los problemas que todavía no somos capaces de resolver los grupos sociales.

La cultura del éxito  de nuestro tiempo no logra, sin embargo, eliminar la figura del Crucificado. A pesar de todos los esfuerzos por transformar el mundo, los crucificados siguen estando presentes ante nuestros ojos. Pueden ir con su cruz a cuestas o sin carné en una patera. El Crucificado murió precisamente para que no hubiera más crucificados. Por eso el creyente que se ha adherido a Cristo, experimenta en sí la fuerza del Resucitado que tiene poder para cambiar nuestro mundo. Pero para ello tenemos que movilizarnos y estar dispuestos a dar la vida, porque “el que pierda la vida por el Evangelio, la salvará”.  Ahora que estamos celebrando la eucaristía, renovemos nuestra adhesión al Señor muerto y resucitado y salgamos decididos a infundir vida en nuestro mundo.

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Todo lo hizo bien

6 de septiembre de 2015 – 23 Domingo Ordinario

La presencia de la miseria en nuestro mundo interpela a todo hombre de buena voluntad, tanto a creyentes como no creyentes. Sigue siendo el gran escándalo de la fe en la bondad de Dios. Jesús luchó sin tregua contra todo lo que impide la felicidad del hombre. No hizo una revolución mágica y milagrosa que hiciera desaparecer todos los males de manera instantánea. Introdujo, en cambio, una revolución silenciosa que ha ido dando fruto a lo largo de los siglos. Se trata de vencer el mal con el bien.

Para llevar adelante este proyecto Jesús invitó a un grupo de jóvenes a los que formó como discípulos suyos. A ellos les contagió su pasión por la justicia y por el Reino. A través de sus milagros, hoy hemos escuchado la curación de un sordomudo, se nos muestra hasta qué punto Jesús se siente tocado por las miserias humanas y actúa para poner remedio. Eso hace exclamar a las muchedumbres: “Todo lo hizo bien” (Mc 7,31-37).

Frente al sufrimiento, muchos se preguntan: ¿”dónde está Dios”?, o ¿”qué le he hecho yo a Dios para que me trate así”? En vez de perdernos en preguntas con las que intentamos justificar nuestra pereza, debemos más bien pensar: ¿”qué puedo hacer yo para aliviar ese sufrimiento”? Se trata de inyectar constantemente el bien en este mundo plagado de males, poner vida en este estas realidades de muerte. En realidad, eso es lo que está haciendo Dios incesantemente. Si el mundo no se hunde en el caos, es porque Dios y los suyos están constantemente luchando para que exista el orden y la felicidad. El Pueblo de Dios vivió con la confianza en esa utopía de que Dios iba a intervenir inmediatamente para cambiar la situación del mundo (Is 35,4-7). Los escépticos dirán que son buenas palabras, pero que el mundo sigue siendo un desastre.

Nuestros ojos y nuestros oídos están ya condicionados y educados por los medios de comunicación para descubrir inmediatamente los males. No está mal si ese espíritu crítico nos ayuda a cambiar las cosas. Ante tanta miseria nuestros corazones se conmueven y experimentamos una cierta mala conciencia. Desgraciadamente, a veces, simplemente echamos las culpas a los demás y nos sentimos impotentes para hacer algo. Al final nos quedamos tan tranquilos esperando que las autoridades arreglen el mundo.

El apóstol Santiago nos pone un caso concreto en el que la fe cristiana nos invita a actuar para cambiar las relaciones sociales (Sant 2,1-5). En el mundo son los ricos los que mandan y los que tienen voz. A los pobres se los silencia y se les ignora. A veces desgraciadamente también en la Iglesia nos hemos comportado así y hemos buscado el estar a bien con los ricos. En cambio, para Jesús, los pobres fueron los preferidos porque ellos eran los herederos del Reino. El camino de la Iglesia pasa a través de los pobres. La opción preferencial por los pobres, sin por ello excluir a los ricos, implica una conversión profunda de nuestra manera de pensar y de administrar los recursos eclesiales. Que la celebración de esta eucaristía nos haga sensibles a los pobres de nuestro entorno y nos lleve a trabajar por un  mundo más justo y fraterno.

 

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