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Las tradiciones humanas

30 de agosto de 2015 – 22 Domingo Ordinario

La renuncia del Papa Benedicto XVI supuso para algunos un gran susto pues parecía que se venía abajo una tradición venerable que prácticamente estaba sacralizada. La Iglesia parecía la guardiana de las tradiciones de la humanidad. Nuestro tiempo ha creado una gran ruptura en la manera de vivir de los hombres, con una pérdida de la memoria histórica. En nombre del progreso y de la novedad se han ido olvidando las tradiciones que constituían el humus vital de la cultura de cada pueblo. El peligro ha sido de una pérdida de identidad. Por eso se está produciendo una reacción de recuperación de elementos folclóricos característicos de cada lugar. Incluso las manifestaciones religiosas típicas han experimentado una revalorización motivada muchas veces por el interés turístico.  El problema es si esas fiestas religiosas pueden subsistir sin el espíritu y los valores de las que eran portadoras.

La Iglesia sin duda es la gran defensora y portadora de una tradición vital que se ha ido encarnando en diversas culturas. La tentación es la de sacralizar unas realidades culturales, hijas de una época determinada, y creer que se identifican sin más con la fe y el evangelio. El Vaticano II pidió una vuelta al evangelio para superar una vida cristiana un tanto lánguida y anquilosada, hecha de ritos y costumbres tradicionales que ya no encarnaban los verdaderos valores evangélicos. Los ritos entonces se vacían de sentido y de contenido (Mc 7,1-23). En buena medida era lo que pasaba con la religión judía del tiempo de Jesús. Las tradiciones humanas habían ahogado el espíritu de la Ley que manifestaba la voluntad de Dios para con su pueblo.

La reforma de Jesús es una invitación a volver a una religión profética que tiene su centro en el corazón que trata de escuchar a Dios para hacer lo que Él quiera. Una religión del corazón no significa una religión sentimental cálida frente a una religión ritualista de prácticas externas. Más bien se trata de colocar a Dios en el centro de las preocupaciones y proyectos del hombre, hacer de Él el único tesoro, porque “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Una religión del corazón engloba toda la realidad de la persona y de la sociedad. Es lo contrario de una religión puramente privada. Interioridad y exterioridad son las dos caras de una misma realidad. Sin interioridad la religión y el culto se tornan vacíos. Sin exterioridad, la religión se hace invisible y acaba desapareciendo.

La fe en Dios genera toda una serie de valores que dan sentido a la vida de la persona y del pueblo (Dt 4,1-8). Esos valores crean actitudes profundas en la persona, que finalmente se traducirán en actos exteriores que dan origen a diversas normas y costumbres. Éstas tienen sentido mientras están en contacto con los grandes valores que les dieron el ser. Una religión del corazón debe traducirse en una conducta práctica que se hace cargo de la realidad. No basta con escuchar la Palabra, hay que llevarla a la práctica. Es el realismo cristiano. “La religión que Dios quiere es visitar a los huérfanos y viudas en sus dificultades y no mancharse las manos con este mundo” (Sant 1,17-27). La eucaristía es el verdadero culto cristiano. En ella se actualiza el misterio de Cristo sino que nos compromete también a nosotros a hacer de nuestras vidas una auténtica ofrenda de nuestro ser.

 

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Tú tienes palabras de vida

23 de agosto de 2015 – 21 Domingo Ordinario

 

La figura del Papa Francisco está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes. Es difícil, sin embargo, saber si hemos tocado el fondo en el desenganche de los creyentes respecto a vida eclesial y a la fe cristiana. Aparentemente los que han permanecido fieles continúan ahí contra viento y marea. La gran dificultad, en cambio, está en atraer a las nuevas generaciones o a los que se han alejado. No cabe más remedio que preguntarse por las causas de ese alejamiento, no sólo para evitar cometer los mismos errores, sino también para ver si se les puede atraer de nuevo.

En el punto de partida del abandono de la práctica eclesial, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que dejaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69). Las dificultades entonces tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios.

Aunque hoy día la decepción, parece venir provocada por la realidad de la Iglesia, en el fondo lo que está en cuestión es la persona de Jesús y del mismo Dios mismo. La tendencia actualmente existente es la de querer relacionarse directamente con Dios y con Jesús sin la mediación eclesial. Ésta aparece muchas veces como un estorbo que se interpone en esa relación en vez de ser la realidad que nos introduce en ella. Para muchos incluso la realidad de Jesús o de Dios no les dice nada a la hora de buscar la felicidad y el sentido de su vida.

En tiempos de Jesús, la crisis afectó a la comunidad de los discípulos y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor. Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”.

Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.

También Josué al introducir el pueblo en la tierra prometida lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía afiance en nosotros nuestro adhesión a Cristo.

 

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Vivir para siempre

16 de agosto de 2015 – 20 Domingo Ordinario

 

Vivimos gracias a la comida. El hombre siempre buscó un fruto mágico que le permitiera vivir para siempre, que le diera la inmortalidad. Aunque la vida y los alimentos vienen de Dios, el hombre, sin embargo, es mortal a causa del pecado. El hombre no sólo vive de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios, su Sabiduría, es un banquete para la persona que busca ante todo el sentido de la vida y la felicidad (Prov 9,1-6),

Jesús, en cambio, promete un alimento que garantiza la inmortalidad: su carne y su sangre (Juan 6,51-58). Esto no puede menos que escandalizar a sus oyentes que probablemente pensaron en el canibalismo o en la imposibilidad de una vida sin fin. Pero Jesús nos explica cómo eso es posible. La vida viene de Dios que es la vida en plenitud, la vida inmortal. Jesús vive por el Padre, ha recibido la vida del Padre, la vida misma de Dios, que no tiene fin. Jesús alimenta su vida, como Él dirá, haciendo la voluntad del Padre, estando siempre en sintonía con Él, haciendo que la misma vida de Dios fluya por sus venas. Pero Jesús, además, tiene la capacidad de darnos esa misma vida que ha recibido del Padre. Por eso puede prometernos la inmortalidad, el vivir para siempre.

Jesús nos da su propia vida, la vida misma de Dios, alimentándonos con su carne y su sangre. No podemos menos que evocar la imagen de la madre alimentando con su seno al bebé. Al mencionar la carne y la sangre de Jesús, el evangelio piensa sin duda en la eucaristía, misterio del cuerpo y de la sangre de Jesús. Se trata, sin duda alguna, de la vida de Jesús.

La Biblia llama “carne” a una vida en la debilidad. Jesús nos hace ver que lo que nutre al creyente no son los “alimentos fuertes”, sino precisamente la vida ordinaria de entrega que Él vivió a favor de nosotros. La “sangre” de Jesús evoca su pasión, su muerte cruenta, precisamente porque era débil como nosotros. El creyente que se sumerge en la vida y muerte de Jesús alcanza la inmortalidad, la resurrección. Entramos en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo a través del bautismo y de la eucaristía. Ésta es sin duda la “medicina de la inmortalidad”, como la llamaban los Padres de la Iglesia.

Cuando comemos incorporamos los alimentos a nuestras células, los asimilamos y los hacemos nuestros. No es así como logramos la inmortalidad de la vida del Señor Resucitado, pues al hacerlo nuestro, nos encontraríamos siempre con nuestro ser mortal. Ocurre, más bien, al revés. Es el Señor Resucitado el que nos incorpora a Sí y hace de nosotros personas resucitadas que viven una vida sin final.

Que la participación en esta eucaristía nos transforme en Cristo y nos dé su propia vida, la vida recibida del Padre. Esta vida es, ante todo, amor, relación personal con Dios y con los demás, relación que nos lleva a salir de nosotros mismos, para abrirnos a la vida sin límites.

 

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¡Dichosa tú, que has creído!

15 de agosto de 2015 – Asunción de la Virgen María

 

El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles dicen que creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y todavía es más sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental, que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.

Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente: credo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos lleve a trabajar por la venida del Reino.

 

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El Padre nos atrae hacia Jesús

9 de agosto de 2015 – 19 Domingo Ordinario

 

¿Por qué seguimos creyendo en Jesús mientras muchos de nuestros compañeros dejaron de creer? La fe o la falta de fe forman parte de la historia de nuestras vidas. Por eso cada caso es diferente y hay que tener en cuenta la situación del creyente, tanto individual como colectivamente. El rechazo de Jesús por parte de su pueblo provocó toda una reflexión en sus discípulos.

El motivo del rechazo suele concentrarse en la negación de la resurrección y de la encarnación del Hijo de Dios. Los oyentes de Jesús se escandalizan de que éste, cuyos orígenes humanos les son bien conocidos, pretenda venir del cielo, es decir venir de Dios. Comprendieron muy claramente que Jesús no se presentaba como un simple enviado de Dios como Moisés, sino que en Él estaba presente Dios de una manera distinta a como se solía repetir en su pueblo: “el enviado es como el que lo envía” (Jn 6,41-52).

Es el misterio de la persona de Jesús el que provoca la fe y la falta de fe en los que se le acercan. Los que creen en Jesús hacen la experiencia de encontrarse con Dios en Él. Los que lo rechazan afirman que en Jesús sólo encuentran una persona humana como las demás. ¿Por qué ese conflicto de interpretaciones? Es aquí donde descubrimos lo complejo de la experiencia que llamamos creer en Jesús. Toda experiencia nos es dada, no es fruto de nuestro pensamiento. No basta decidir quiero creer en Jesús. Es necesario que el Padre nos atraiga hacia Jesús para poder experimentar en su persona la presencia de Dios. Es Dios el que se nos da en la experiencia de Jesús.

¿Cómo se nos da Dios en Jesús cuando creemos en Él? Dios se nos da a través de su palabra, que el creyente tiene que escuchar y aprender. La escucha supone la obediencia, el estar dispuesto a acoger esa palabra y vivir según ella. El aprender hace de nosotros discípulos de Dios, que tienen un trato de amistad con Él y no una simple relación intelectual de maestro y discípulo. El que está familiarizado a tratar con Dios inmediatamente va hacia Jesús, porque descubre que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios. En realidad uno sólo puede entrar en contacto con Dios a través de Jesús, su Palabra encarnada.

¿Por qué a unos se les da el creer y a otros no? ¿Por qué unos conservan la fe y otros la abandonan? La convicción cristiana es que Dios se manifiesta a todos, incluso a los no cristianos. Y en esa manifestación nos ofrece su gracia y su amor y nos invita a un diálogo amoroso con Él. El amor y la fe son libres. Puedo responder sí o no al ofrecimiento que se me hace. Dependerá de la atracción profunda que la persona que me ofrece su amor ejerza sobre mí. Puedo en un cierto momento acoger ese amor y desgraciadamente puedo pocos años más tarde dejar que ese amor desaparezca.

Solemos decir que tenemos fe. En realidad es la fe la que nos tiene por la mano a nosotros. Si Dios nos deja de su mano, también nosotros nos convertiremos en no creyentes. Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a cultivar la relación personal con Jesús.

 

 

 

 

 

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