By

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

31 de mayo de 2015 – La Santísima Trinidad

 

El misterio de la Trinidad seguirá siendo para los no cristianos el ejemplo por excelencia del absurdo del cristianismo, una especie de cuadratura del círculo, totalmente irracional. El racionalismo, en nombre de una cierta idea de Dios y siguiendo una lógica natural, quiere dictar a Dios cómo debe ser y cómo debe actuar. Se olvida así su característica esencial, su libertad. Hacemos con Él lo que con las personas. Las encasillamos en nuestras ideas preconcebidas y no estamos dispuestos a descubrir su misterio. Nos negamos a admitir la novedad que representa cada libertad, incluso una libertad limitada como la del hombre. Para conocer a Dios y poder hablar de Él, hay que ponerse a la escucha de Jesús, su enviado.

Para los cristianos, la Trinidad es el misterio central que ilumina toda la realidad de la existencia. Aunque suele oponerse el Dios del Nuevo al del Antiguo Testamento, los cristianos confesamos que se trata del mismo y único Dios que se ha revelado plenamente en el envío del Hijo y del Espíritu.
Dios es libertad. Dios es amor. Dios no es un ser absoluto y aislado. Dios es en sí mismo relación amorosa. Sólo se le conoce cuando uno entra en una relación amorosa con Él. Dios es libre para entrar en la historia humana, para elegirse un pueblo, para hacerse hombre, y sigue siendo libre para recrear constantemente la historia (Deut 4,32-40). Por el bautismo entramos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu y esa comunión nos abre a la comunión con los demás en la Iglesia, familia de Dios (Mt 28,16-20). Dios es familia, la Iglesia es familia y el mundo está llamado a ser una gran familia en la que se mantienen lazos de solidaridad y de amor.

Para los primeros cristianos la experiencia del Espíritu era tan evidente y cotidiana que era el punto de partida de toda su vivencia de fe. Era esa experiencia del Espíritu la que los introducía en la intimidad con el Padre y con el Hijo. La experiencia del Espíritu no se traducía únicamente en los fenómenos más o menos extraordinarios a los que apelan hoy día los movimientos carismáticos con sus dones de lenguas o de curaciones. Era más bien una experiencia accesible a todos: la de ser hijos de Dios (Rom 8,14-17). Se trataba de una experiencia revolucionaria en un mundo dominado más bien por unos dioses, preocupados tan sólo de sus intereses y a los que había que tener contentos para que no castigaran con desgracias. La experiencia cristiana nos pone en relación con un Dios Padre y Madre a la vez, fuente y origen de la vida, del amor y de la felicidad. En contacto con Dios nuestro Padre descubrimos que nuestra vida es un don, que somos frutos del amor.

Los cristianos interpretaron esta experiencia a la luz de la vida de Jesús. Fue Jesús el que se dirigía a Dios Padre con el nombre cariñoso e infantil de Abbá, papá. Es Jesús el que nos ha enseñado a perder el miedo a Dios y a considerarlo como la realidad más cercana y amorosa. Contemplando la vida de Jesús, vemos cómo se deja guiar por el Espíritu. Es tan grande su confianza en Él que puede dejarle tranquilamente las riendas de su vida. Es en la vida de Jesús donde descubrimos su familiaridad con el Padre y con el Espíritu. Nos damos cuenta que Dios no es un ser misterioso y extraño, encerrado en sí mismo, sino una comunidad de amor de personas. Es una realidad familiar.

La Trinidad actúa de manera particular en la eucaristía. Dios Padre entrega a Jesús por nosotros. La acción del Espíritu lo hace presente en los signos del pan y del vino. Acojamos el amor que viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu, y seamos testigos de ese amor entre los hombres.

By

Cada uno les oía hablar en su propia lengua

24 de mayo de 2015 – Domingo de Pentecostés

La irrupción de nuevos partidos en la vida española ha traído un lenguaje nuevo en su deseo de ganarse al electorado. La Iglesia y los políticos se suelen quejar de que la gente no comprende su lenguaje y no es capaz de percibir todo lo que están haciendo a favor de la sociedad. El problema no es de palabras sino de obras. Los ciudadanos tienen la impresión de que el lenguaje de los políticos y también de la Iglesia no está avalado por los hechos.

En la Iglesia primitiva, como en la vida de Jesús, los hechos eran los que atraían a las personas. Se trataba de palabras y obras llenas de Espíritu. Es Él el que hace posible que cada uno pueda entender el misterio de Cristo en su propia lengua (Hech 2,1-11). El Espíritu supera las barreras de las lenguas, las culturas, los pueblos, las religiones y actúa en el corazón de todos. A todos nos ha dotado de dones y carismas para la construcción del cuerpo de Cristo. De esta manera integra en la unidad la diversidad (1 Cor 12, 3-13).

En nuestro mundo contemplamos ciertos movimientos que parecen opuestos. Sobre todo en Europa existe una búsqueda de integración y superación de barreras de los estados nacionales, pero al mismo tiempo los diversos pueblos exigen formas de autogobierno cada vez mayor. No es fácil conciliar ambas tendencias y mantener el equilibrio de un cuerpo armónicamente organizado. Aunque el Espíritu anima los grandes movimientos de la historia, su acción se centra en el corazón de las personas, de las que hace hijos de Dios. Él es el que sabe interpretar los gemidos de nuestro corazón y las ansias a las que apenas somos capaces de dar nombre.

Es la dignidad del hombre concreto la que está en juego pues es la persona concreta la que responde a la acción de Dios mediante su Espíritu. Es la persona la que recibe el Espíritu, la que experimenta la paz, la alegría y el perdón (Juan 20,19-23). Ante las tendencias opuestas de unidad y diversidad debemos preguntarnos siempre si respetan todos los derechos de todas las personas, de cada persona.

El camino de la Iglesia, el camino de la evangelización, pasa a través del hombre concreto. Es el hombre sufriente y doliente el que tiene que ser salvado. Para que los hombres entiendan su lenguaje, la Iglesia debe usar el lenguaje del amor, en obras y palabras. Es el único lenguaje que entienden todos. La Iglesia ya no puede hablar desde una cátedra posesora de la verdad sino que tiene que caminar al lado de los hombres. En realidad la Iglesia no existe al margen de este peregrinar juntos en la historia con los hombres. Ella, como especialista en las cosas del Espíritu, ayuda a los hombres a dar nombre a lo que sienten en lo profundo del corazón movidos por el mismo Espíritu.

Es este Espíritu el que actúa en la Eucaristía y hace actual para nosotros el misterio de Jesús. Que El transforme nuestros corazones de manera que reconozcamos al Señor resucitado, siempre vivo y presente en nuestro mundo.

By

El Señor Jesús subió a los cielos

17de mayo de 2015 – Ascensión del Señor

 

Cada vez más los progresos de la técnica nos permiten acortar las distancias. Aunque una persona querida no esté a nuestro lado, los medios de comunicación de los que disponemos nos permiten una presencia, que llamamos virtual. Todavía no sabemos muy bien en qué consiste este tipo de presencia pero vemos que cada vez más vivimos en ese mundo virtual, que tiene también su realidad. La resurrección de Jesús supuso al mismo tiempo el cese de un tipo de presencia y al mismo tiempo el comienzo de otra manera de hacerse presente. Una presencia si cabe más intensa y universal que la de su vivir histórico.

No es que la Iglesia llene el hueco dejado por la ida de Jesús en su ascensión a los cielos (Mc 16,15-20). En realidad el Señor sigue presente colaborando y confirmando la Palabra. El Señor resucitado es el verdadero protagonista de la evangelización a través de su Espíritu. La Iglesia es al mismo tiempo la comunidad de los que acogen esa Buena Noticia, la viven y la hacen presente en el mundo mediante las palabras y las obras.

La Ascensión y la  venida del Espíritu inauguran el tiempo de la misión a los pueblos paganos, prolongando la misión de Jesús en Israel. Judíos y paganos son invitados a formar un solo cuerpo en un mismo Espíritu (Ef 4,1-13). Se inaugura una nueva fase en la historia religiosa de la humanidad que es invitada a compartir una sola fe. El fundamento de la unidad está en la Trinidad misma que dirige la historia de la salvación.

La acción de la Iglesia, como la acción del Espíritu, no añade nada a la obra del Señor Jesús, único mediador entre Dios y los hombres. Él es el Redentor de todos y su obra está completa. Lo que se le pide a la Iglesia es simplemente que proclame esa Buena Noticia a toda la creación. La salvación no es un fenómeno que afecta únicamente a la humanidad sino que toca a todo el universo. El evangelio es una fuerza de salvación y su proclamación tiene una eficacia sacramental. Las potencias de este mundo saben que sus horas están contadas.

La Iglesia camina junto con los hombres y con ellos discierne los signos de los tiempos a través de los cuales el Señor nos pone en alerta frente a la realidad del pecado y nos invita a acoger siempre su gracia. Como cristianos estamos llamados a ser fermento de vida y de liberación en nuestro mundo. Experimentamos en nosotros la fuerza y la energía del Señor resucitado que nos libra de todos los peligros y nos hace instrumentos de su liberación. Los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo (Hech 1,1-11). El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. Se traduce sobre todo en la lucha a favor de los derechos del hombre, reconocidos de manera teórica pero que no logran realizarse en la práctica.

La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva en que habite la justicia y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Esa dimensión tiene ambos polos, el cielo y la tierra. Desde el principio de la creación, ambos extremos están unidos por el amor y la presencia de Dios.

En la Eucaristía experimentamos la presencia del Señor resucitado. Alegrémonos con su triunfo, que es también el nuestro. El no nos ha dejado solos sino que continúa a nuestro lado, actuando con nosotros y confirmando nuestras palabras con los signos de un testimonio creíble.

By

Vosotros sois mis amigos

10 de mayo de 2015 – Sexto Domingo de Pascua

 

Los hombres buscamos la alegría y la felicidad. Muchas veces, sin embargo, experimentamos el vacío y la soledad. Desgraciadamente creemos que ese vacío se puede llenar con cosas y que éstas nos van a dar la felicidad. En realidad tan sólo se encuentra la alegría en unas relaciones sanas, en las que uno puede amar y ser amado. El secreto de la alegría de Jesús es su relación amorosa con el Padre (Juan 15,9-17). El amor da alegría. Si se trata del amor de Dios, la alegría es plena.

Dios nos ama de manera incondicional. Nos ama y nos acepta tal como somos. Nos ama, no porque necesite de nosotros, sino porque él goza amándonos y entregándose a nosotros. Nuestro amor, en cambio, incluso el más puro, implica también el deseo de ser amado para así sentirnos verdaderamente personas. Sólo existimos en relación con los demás.

Jesús vive su amor en la obediencia filial al Padre. Permanecer en el amor de Cristo y guardar sus mandamientos es el secreto de la felicidad porque nos permite vivir en compañía de Cristo y experimentar su amor. Aquí el mandamiento nuevo del amor, amar como Jesús nos amó, alcanza todo su horizonte de infinitud. Jesús nos ha amado como el Padre lo amó. Se trata de un amor divino. Jesús recibe todo del Padre, recibe el amor del Padre y lo da a sus amigos mediante el Espíritu de amor. El horizonte de la vida cristiana es el amor.

Nuestro amor es la respuesta a alguien que nos ha amado primero, que nos ha manifestado su amor a través de la entrega de su vida hasta la muerte y ha hecho de nosotros sus amigos (1 Juan 4,7-10). Entre amigos no hay secretos, todo se dice y se comparte. La religión cristiana no es una religión de sumisión sino de amor a Dios, para compartir con él toda su intimidad y confiarle toda nuestra intimidad.

Elegimos los amigos. Eso es lo que hizo Jesús: nos ha elegido antes de que nosotros pensáramos en elegirle a Él. El nos ha manifestado lo que era su realidad más íntima e importante, su relación con el Padre. No se ha guardado ningún secreto, nos los ha confiado todos, de manera que podemos saber cómo es Dios y cómo vive en nosotros.

La intimidad con Jesús y con el Padre transforma la vida de los creyentes y les lleva a derribar las barreras que artificialmente levantamos los hombres. Pedro tuvo la valentía de reconocer la acción del Espíritu de Dios entre los paganos y los admitió a la fe cristiana (Hechos 10,34-48). El amor cristiano es universal, porque Cristo murió por todos, incluso por sus enemigos. El amor cristiano está llamada a transformar totalmente el mundo creando una civilización del amor fundada en la justicia, la fraternidad, la paz, el respeto de la creación.

El amor es el verdadero secreto del conocimiento. Tan sólo el que ama conoce verdaderamente al otro y lo respeta en su originalidad. Conocemos al otro en la medida en que él quiere abrirse y comunicar su intimidad. De lo contrario conocemos tan sólo las apariencias, su conducta externa, pero ignoramos los motivos de por qué obra así.

Los amigos se reúnen muchas veces para comer juntos. Compartiendo el mismo pan uno se nutre del mismo alimento. En la Eucaristía celebramos la Cena con los amigos de Jesús y sellamos nuestra amistad bebiendo del mismo cáliz. Que nuestra amistad sea cada vez más fuerte y que formemos un grupo de amigos de Jesús abierto, al que se vayan incorporando otros muchos.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies