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Éste es mi Hijo amado; escuchadlo

1 de marzo de 2015 – Segundo Domingo de Cuaresma

 

La vida comporta continuos cambios, en nuestro desarrollo corporal y espiritual. El cambio espiritual tiene lugar porque cambiamos nuestra manera de pensar y de ver la vida. Ese cambio interior no es el fruto simplemente de la observación de sí misma sino que es el resultado de una confrontación de nuestra conciencia con otras conciencias, especialmente con la figura de Jesús. La cuaresma nos ofrece todo un camino de transformación en diálogo con Cristo. ¿Cómo me sitúo ante Cristo? ¿Cómo se situó Cristo ante Dios?

El evangelio muestra que Jesús desde su bautismo se considera el Hijo amado del Padre. Es esa convicción el que lo lanza a la vida misionera. En ella va a encontrar una gran oposición que probablemente le suscitaría sus dudas e interrogantes. También los discípulos que lo acompañaban se vieron desorientados ante lo que decía y hacía. Empezaron a experimentar el escándalo de la cruz.

El escándalo de la cruz radica en el hecho de que el cristiano profesa que Dios ha salvado al mundo entregando su Hijo a la muerte por nosotros pecadores (Rom 8,31-34). El hecho de la muerte salvadora de Jesús se expresa en su resurrección, con la que el Padre legitima toda la aventura histórica de Jesús, sobre todo su obediencia filial hasta la muerte. Jesús fue siempre el Hijo amado del Padre y no un blasfemo.

La transfiguración de Jesús nos ayuda a seguir caminando en nuestra cuaresma con Jesús hacia Jerusalén para participar en su muerte y resurrección (Mc 9,1-9). No tiene nada de extraño que los discípulos no comprendieran su sentido y se preguntaran qué significaba “resucitar de entre los muertos”. Estaba claro que no se trataba de una resurrección de un muerto como las que se cuentan en el Antiguo Testamento o las que realizó Jesús. En ellas, más que resurrección se trataba de una vuelta temporal a la vida para después volver a morir. La resurrección de Jesús, en cambio, significa la intervención definitiva de Dios para salvar a la humanidad. Jesús resucitado vive para siempre, para nunca más morir, y se ha convertido en causa de vida para todos los que creen en Él.

Cuando Jesús decidió ir a Jerusalén a confrontarse con las autoridades, sabía a lo que se exponía. Los discípulos creían ingenuamente que iba a hacerse con el poder. Jesús previendo el escándalo de su fracaso quiso manifestarles que aquel fracaso era precisamente el camino para el triunfo de la resurrección. La maldad humana no puede hacer fracasar el plan de amor de Dios Padre respecto al mundo. Ese amor Dios manifestado en la entrega de su Hijo es causa de vida y de resurrección.

Esa fe en la resurrección está ya anticipada en la fe de Abrahán. Por eso toda fe significa creer que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y que con Él resucitaremos todos. Abrahán venció el miedo a la muerte, cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo (Gn 22,1-18). Lo que cuenta es su obediencia de fe. Él estaba dispuesto a entregar a su hijo. Su acto anticipaba el acto mismo del Padre que sí que entregó a su Hijo a la muerte por nosotros. Abrahán no sólo recuperó a su hijo Isaac sino la promesa de toda una descendencia. La obediencia de Abrahán engendra vida. También el Padre rescató a su Hijo de la muerte y con Él toda una muchedumbre de hermanos, hijos en el Hijo.

La obediencia de Abrahán y de Isaac anticipan la obediencia filial de Cristo y su solidaridad con sus hermanos. A causa de esa obediencia amorosa, Jesús es la persona a la que debemos escuchar, a la que debemos obedecer, porque es Él el que nos enseña a abrirnos al Padre y a los demás. Nuestra vida cristiana se sitúa en ese contexto de alianza en el que se vive el amor de Dios manifestado de manera concreta en la entrega de su Hijo.

Nuestra respuesta es siempre una respuesta de obediencia filial. Se trata de escuchar, es decir de obedecer a Jesús en el que el Padre se nos hace presente. Esa fe se vive en el seguimiento de Jesús, caminando con Él hacia Jerusalén, compartiendo su estilo de vida y misión, que resultará siempre conflictivo para los poderosos de este mundo. Nuestra vida así se va transformando, se va transfigurando. Que la celebración de esta eucaristía continúe realizando nuestra conversión cuaresmal, nuestra transformación profunda a imagen de Jesús.

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El Espíritu empujó a Jesús al desierto

22 de febrero de 2015 – 1 Domingo de Cuaresma

 

La mayor parte de nuestra vida pasa como si no ocurriera nada. Por eso nos acordamos de pocos acontecimientos de nuestra vida. A veces, sin embargo, hay experiencias profundas, positivas o negativas, que parecen contener toda una vida. El tiempo se concentra y se vuelve denso. La cuaresma es un momento privilegiado para vivir en poco tiempo todo el misterio de Cristo, sobre todo el de su misión. Ésta empieza con su bautismo y culmina con su muerte y resurrección. En el primer domingo de cuaresma actualizamos los inicios de su vida pública: su bautismo, las tentaciones en el desierto y el anuncio del Reino de Dios (Mc 1, 12-15).

Después de la experiencia tremenda que supuso el diluvio, el hombre necesitaba una garantía de que Dios no iba a destruir de nuevo la humanidad (Gn 9,8-15). Dios, con toda magnanimidad, y por propia iniciativa, sin exigir nada a cambio, se compromete a respetar su creación. Como signo que dé seguridad al hombre, elegirá el arco iris. Noé, salvado de las aguas, va a ser imagen de la salvación que Dios promete a su pueblo. Las nuevas aguas del bautismo destruirán el pecado pero regenerarán al hombre (1 Ped 3,18-22).

Jesús, al comienzo de su vida pública, tendrá que hacer una opción fundamental. Por eso se nos presenta sometido a la tentación. En ella se resume la historia de la humanidad pecadora que se atrajo el diluvio, y todos los pecados de infidelidad del pueblo a la alianza. Si Jesús quiere renovar la humanidad y conducirla hacia Dios, tendrá que indicar el camino de retorno. En realidad Él es el camino.

Jesús pronuncia un no rotundo a las fuerzas del mal y se compromete, en cambio, al servicio del Evangelio, de la Buena Noticia del Reino. Dedicará toda su vida y energías a anunciar ese Reino y sus exigencias como camino de retorno al Padre. Jesús en su intervención inaugural resume en dos palabras esas exigencias: conversión y fe.

La conversión supone la necesidad del cambio interior y de conducta, reconocer que uno anda extraviado y que debe reorientar la vida. Eso se descubre en diálogo profundo con Jesús en quien se nos hace presente Dios mismo. Hay que abandonar los ídolos, que Satanás presenta en las tentaciones en los otros evangelistas, como los dioses del tener, del poder, del placer.

Pero sobre todo hay que creer en Dios, poner a Dios como fundamento firme de nuestra existencia. Construir nuestra vida sobre Dios y no sobre nosotros mismos. Una humanidad que da las espaldas a Dios está repitiendo la historia de los hombres inmediatamente antes del diluvio. Menos mal que Dios se ha comprometido a no destruirnos. Pidamos en esta eucaristía empezar con fe y ánimos decididos esta cuaresma en seguimiento de Cristo que camina hacia Jerusalén.

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Quedó limpio

15 febrero de 2015 – Sexto Domingo Ordinario

 

El fondo de nuestro corazón es como un pozo de agua viva. La vida nos va dejando muchas veces un poso de tristeza y de amargura, de traición y culpa que va enturbiando esa agua pura. Desearíamos que algunas cosas no hubieran ocurrido. Pero la vida no vuelve atrás. Tan sólo Jesús tiene la capacidad de reconstruir nuestra vida, de purificar el fondo de nuestro ser de manera que sea limpio y transparente.

Jesús tiene el coraje de romper con los tabúes religiosos de la exclusión (Lv 13,1-2.44-46), provocados por el miedo al contagio. Jesús no tiene miedo a contagiarse, a contaminarse, a mancharse las manos al ir al encuentro del leproso (Mc 1,40-45). Ni él tiene miedo de acercarse a los leprosos, ni los leprosos respetan la prohibición de acercarse a los hombres, cuando se trata de Jesús. Algo importante está ocurriendo con la venida del Reino de Dios, como algo importante sucedió cuando los médicos y enfermeras se atrevieron a tratar el sida y todos nosotros le perdimos el miedo.

Ser excluido de la sociedad de los hombres como el leproso era ser condenado ya a muerte. ¿Cómo curarte si no te dejan ir al encuentro de los que te pueden curar? Desgraciadamente en la vida social empleamos demasiadas veces la terminología médica: extirpar, arrancar de raíz. Todo ello se traduce en la terrible exclusión que experimentan muchos hermanos nuestros.

Son nuestros miedos irracionales los que tantas veces no nos permiten vivir en paz juntos. Imaginamos al otro como una amenaza para nuestra vida, para nuestro bienestar. Unas veces la amenaza viene de los enfermos, otras de los pobres, otras de los emigrantes, otras de los que tienen otra religión. Todos son miedos que no nos dejan ser felices y que colocan al hombre contra el hombre. Pablo nos da ejemplo de cómo acercarnos a todos, a judíos y griegos, a las diversas culturas de nuestro tiempo (1 Cor 10,31-11,1).

Las personas en la antigüedad veían en esas enfermedades el castigo de Dios por los pecados. Jesús, en cambio, se solidariza con todos los que sufren y hace suyo el sufrimiento de los demás. Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros pecados. A la petición del leproso, no le pone ninguna condición ni exigencia previa. Jesús lo cura porque ve que el leproso quiere ser curado y tiene confianza en el poder de Jesús. Luego sí, le recomienda que siga los pasos marcados por la Ley para poder de nuevo reintegrarse plenamente a la comunidad humana.

Son nuestros miedos personales los que tantas veces nos paralizan en nuestra vida y nos impiden integrarnos totalmente en la familia, en la comunidad, en la sociedad. A veces nos refugiamos en nuestra madriguera a rascar nuestras heridas. Necesitamos que alguien nos libere de esa lepra interior y nos integre de nuevo en la comunidad de los salvados. Es nuestro pecado el que no nos permite estar en comunión con los demás y con Dios. Pidámosle a Jesús en esta Eucaristía que nos sane de nuestras enfermedades y nos ayude a ser instrumentos de paz y reconciliación en nuestro mundo.

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Anunciar el Evangelio

8 de febrero de 2015 – 5 Domingo Ordinario

 

El servicio militar obligatorio es ya en España historia pasada. En la mayoría de los países del Norte se ha vuelto a un ejército profesional pagado. Fue lo que existió siempre hasta la Revolución Francesa. La vida del militar sigue siendo dura y exigente. Pero tampoco es fácil la del jornalero, las dos imágenes con las que compara Job su vida, él que antes era un rico hacendado, que probablemente no había pegado ni golpe. Pero lo peor de todo es que la vida se nos escapa de las manos. No hay esperanza de poder ser feliz (Job 7,1.4.6-7).

Pablo, en cambio, ha descubierto el sentido de la vida en el servicio al evangelio. No se trata de una profesión, que él haya elegido, porque está probablemente peor pagada que los casos mencionados por Job. Tampoco lo hace por gusto. Ni tan siquiera puede presumir de tener este oficio. Si está al servicio del evangelio es porque se lo han impuesto. ¿Qué saca en limpio? El dar a conocer el evangelio de balde. Pablo se considera un esclavo, que no tiene un derecho a un salario como el jornalero. O mejor, tendría derecho, pero no lo exige. Su recompensa está en hacerse todo a todos para ganar a algunos para la causa. ¿Cuál es pues la recompensa de Pablo? El dejar modelar su vida por el evangelio. Al transformar la vida de los demás mediante el anuncio de evangelio, también él se convierte en una persona evangélica. Se trata del evangelio por el evangelio (1 Cor 9,16-19.22-23).

Pablo había visto esta actitud en Jesús. Éste dedicó su vida al anuncio del evangelio, sin pedir nada a cambio. También Él tiene conciencia de que ha sido enviado para anunciar la Buena Noticia. No busca la alabanza de la gente, admirada ante sus milagros, ni quería que la gente hablase de Él. Cuando se da cuenta de que corre el peligro de convertirse en un personaje famoso abandona el lugar y se va con la predicación a otra parte (Mc 1,29-39).

Es la conciencia de la misión la que mantiene activos a Jesús y a Pablo. Saben que su libertad está al servicio de una persona y una causa importantes que se abren paso en el mundo. Mientras uno tiene conciencia de que hay una misión que realizar, uno es capaz de superar los pequeños problemas de cada día. El día que no hay una causa por la que continuar luchando, uno entra en crisis. Fue lo que le pasó a Job. Se da cuenta de que su vida es totalmente inútil, porque no hay alguien que le haya confiado una misión. No sabe de dónde viene ni adónde va ni qué está haciendo en este mundo.

Como María en las bodas de Caná (Jn 2, 1-9), tenemos que actuar sin que nos lo pidan, sin que nadie se dé cuenta y sin que nos lo agradezcan. El Padre, que ve en lo secreto, nos lo recompensará, transformando nuestras vidas por el evangelio. Que la celebración de la eucaristía nos afiance en la misión que Jesús nos ha confiado de ser testigos del evangelio con palabras y obras.

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