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Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento

30 de noviembre de 2014 – Primer Domingo de Adviento

Para los comercios haya ya tiempo que es Navidad. La crisis actual está haciendo que muchos tengan que vivir al día, pero en el fondo estamos mirando hacia el futuro, con la esperanza de que la crisis finalmente se acabe y vengan tiempos mejores. Como creyentes, no debemos dejarnos engañar. Esta crisis prolongada es una invitación a reorientar nuestro deseo, no hacia el consumo, sino hacia la persona de Jesús y su Evangelio, hacia los pobres a los que nunca llegará la civilización del consumo. Trabajo nada fácil pues también nosotros somos prisioneros de esta cultura del producir y consumir, del usar y tirar.

También el Adviento, con el que empezamos el año litúrgico, intenta sacudirnos de nuestra modorra y recordarnos que estamos aguardando la manifestación gloriosa de Jesús, el Señor que se fue pero que volverá (Mc 13,33-37). Es la resurrección de Jesús la que ha abierto para nosotros el futuro de Dios. Un futuro que no se puede planificar con cálculos humanos, sino que está irrumpiendo constantemente de manera sorprendente aportando siempre la novedad a nuestro viejo mundo. La esperanza cristiana no es fruto de los cálculos optimistas sobre el futuro. En realidad los datos actuales son más bien sombríos. Pero precisamente el Evangelio es Buena Noticia para los pobres y desesperados que no encuentran soluciones en las políticas humanas.

La esperanza cristiana se basa en la fidelidad de Dios a sus promesas. Dios prometió darse al hombre y lo hizo en la persona de Cristo Jesús. Verdaderamente, como quería el profeta, Dios ha rasgado el cielo y ha bajado al encuentro del hombre para rescatarlo (Is 63,16-17; 64,1-8). Dios ha pronunciado una palabra de perdón sobre el pasado pecador del hombre. Jesús es el Sí incondicional del amor de Dios al hombre. Resucitándolo de entre los muertos, Dios ha sentado ya a la humanidad a su derecha. Hemos sido introducidos en la vida misma de Dios.

Nuestra esperanza no se basa ni en los cálculos humanos ni en el simple deseo o necesidad de soñar con un futuro. Tenemos ya las señales de que la vida del hombre ha sido transformada cualitativamente. Hemos sido enriquecidos en todo, en el hablar y en el saber (1 Cor 1,3-9). Como los fieles de Corinto, tampoco nosotros carecemos de ningún don, aunque carezcamos de muchas cosas materiales. No es necesario esperar a la otra vida o al otro mundo. Hoy día es posible vivir esa plenitud divina que Dios nos ha dado en Cristo.

La vigilancia a la que nos invita el Adviento, es en realidad una exhortación a darnos cuenta del momento presente, de la presencia de Dios entre nosotros. Es Él el que está abriendo siempre un futuro para el hombre. Un futuro que el hombre está invitado a construir en colaboración con Dios. Solamente abriéndonos al futuro de Dios, seremos capaces de mantenernos firmes hasta el final, no dejándonos seducir por un presente engañoso. La esperanza cristiana orienta nuestra mirada hacia Dios, pero nos mantiene con nuestros pies en la tierra. No nos lleva a cruzarnos de brazos sino que nos hace desplegar todo el dinamismo de la experiencia cristiana. Así Dios sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos. Que la celebración de la Eucaristía avive en nosotros el deseo del retorno del Señor y nos lleve a preparar su venida.

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Tuve hambre y me diste de comer

23 de noviembre de 2014 – Jesucristo, Rey del Universo

El informe de Unicef dice que España es de los países ricos que tienen más niños pobres, casi un tercio, que viven bajo el umbral de la pobreza. Son sobre todo niños hijos de emigrantes o cuyos padres están separados. La factura les llegará a estos niños en el futuro, un futuro bloqueado e injusto. Desgraciadamente con la corrupción generalizada se tiene la impresión de que la justicia no funciona. Es verdad que hay que presumir siempre la inocencia, pero da la impresión de que eso sólo vale a favor de unos privilegiados. El sentimiento de la justicia denuncia el que no se haga justicia a todos.

En los tiempos bíblicos, era el rey el encargado de hacer justicia. Se le representa muchas veces bajo la figura del pastor que trata con equidad a sus ovejas, según las necesidades de cada una (Ez 34,11-17). Tratar a todos por igual era para los antiguos la mayor injusticia. Hoy día creemos que esas consideraciones de las situaciones particulares no tienen nada que ver con la justicia, todo lo más los cristianos las consideran objeto de la caridad cristiana. Y, efectivamente, como dice el Papa Benedicto XVI, sólo con la caridad cristiana se puede crear un mundo justo.

El deseo de justicia se expresa en la idea del juicio final. Existe la gran convicción de que, ya que no es posible la justicia perfecta en el mundo, al menos Dios debe hacer justicia a todos los que han sido víctimas de la injusticia. Por eso el examen final al que nos someterá Jesús tiene que ver con la realización de la justicia en este mundo (Mt 25,31-46). En realidad es un examen sobre las obras de misericordia, porque sólo la misericordia y la compasión son capaces de hacer justicia al hombre sufriente y doliente. Las obras de misericordia tienen que ver con las personas a las que el mundo no hace justicia: los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos, los encarcelados.

El juicio de Jesús es coherente con su vida y su anuncio del Reino de Dios. El Reino viene sobre toda para esas categorías de excluidos de la sociedad. Son ellos los primeros destinatarios del Reino. Tan sólo los que son capaces de descubrir a Jesús y su Reino en los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos y los encarcelados desean de verdad entrar en el Reino de Dios.

Curiosamente ni los que tuvieron en cuenta a esas categorías de excluidos ni los que no les prestaron atención se dieron cuenta de que allí estaba Jesús. Pero lo grave es que no descubrieron que allí se estaban jugando el Reino, en este mundo y en el otro. Desgraciadamente las ilusiones sobre lo que es el Reino de Dios siguen dominando el corazón de los hombres. Algunos siguen identificando el Reino con los poderes de este mundo. No tiene nada de particular el que no lo descubran en los que no cuentan a los ojos del mundo. Pero el Señor Resucitado, que ahora contemplamos como juez del mundo, es Jesús que vivió como las categorías de personas que él describe en la parábola. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a descubrir a Jesús en los pobres y marginados para que un día tengamos parte con ellos en el Reino del Padre.

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Empleado fiel y cumplidor

16 de noviembre de 2014 – 33 Domingo Ordinario

 

El papa Francisco ha denunciado la nueva idolatría del dinero. El dinero nos gobierna en vez de estar a nuestro servicio. Detrás de esta actitud está el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. Se mira la ética con un desprecio burlón porque relativiza el dinero y el poder. La ética, en efecto, lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida. Dios constituye una amenaza para las categorías del mercado porque no se deja manejar.

Jesús en el evangelio de hoy no intentó bendecir el sistema del máximo lucro hoy imperante, pero describe la situación de su tiempo con una gran agudeza. Hoy día, para nosotros esa realidad es todavía más evidente. Los ricos son cada vez más ricos y los que no tienen se ven despojados de lo que tienen (Mt 25,14-30).

Jesús no quería hablar de economía sino de la vida, de lo que uno tiene que hacer para darle un sentido. Y con toda la tradición bíblica Jesús cree que es a través de nuestras acciones como damos un sentido a la vida. Está totalmente alejado de la mentalidad griega que recomienda la contemplación y desprecia la acción y el trabajo manual. Los modelos de vida que presenta el Antiguo como el Nuevo Testamento son hombres y mujeres de acción (Prov 31,10-31). La acción, sin duda, comporta una reflexión que precede a la toma de decisiones. Por eso es necesario estar siempre despejados y vigilantes (1 Tes 5,1-6). Son las decisiones y las acciones las que cambian la vida y la historia de los hombres.

Esas acciones se rigen por el principio de responsabilidad. Todos somos responsables de los dones que hemos recibido de Dios, el primero de ellos la vida. Somos administradores de esos dones que se nos han confiado y tendremos que dar cuenta de su uso. En el sentido de la parábola, la vida no nos ha sido dada simplemente para disfrutarla y consumirla. La vida nos ha sido dada para darla, para que produzca vida. No se la puede enterrar bajo tierra. Desgraciadamente el hombre actual, que es tan listo para hacer producir al dinero, ha ido olvidando la sabiduría de la vida y muchas veces no sabe qué hacer con la vida más allá de disfrutarla y consumirla en sensaciones agradables y excitantes. De esta manera estamos creando una cultura contra la vida.

Los autores espirituales, que en general han sido hombres y mujeres de acción, recomiendan toda una serie de medios para alcanzar los fines que uno se propone en la vida cristiana. Sin los sacramentos, la oración y el examen diario, la dirección espiritual y el proyecto personal de vida es muy difícil avanzar en la vida espiritual. Sería como el que hoy día quisiera administrar una empresa sin hacer unos presupuestos y llevar una contabilidad rigurosa. Que la celebración de la eucaristía nos dé ese caudal de gracia que necesitamos para hacer de Jesús el centro de nuestras vidas.

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El templo de su cuerpo

9 de noviembre de 2014 – Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Las grandes catedrales se están convirtiendo cada vez más en museos, con su billete de entrada incluido. El hombre moderno es sensible al lenguaje artístico y la Iglesia ha sido la gran patrocinadora del arte hasta hace dos siglos. Cuando el turista visita las catedrales suele prescindir de todo recuerdo religioso. Esto hace que éstas vayan perdiendo su identidad religiosa, sobre todo si no hay unos guías que ayuden a percibir el mensaje cristiano en ellas contenido.

Para el judaísmo y las religiones antiguas, el templo era el lugar privilegiado de encuentro con Dios pues es la casa de Dios. El conflicto con las autoridades religioso-políticas a propósito del templo fue probablemente decisivo a la hora de la intervención para arrestar a Jesús. La actuación de Jesús en el templo ponía en entredicho la actividad que en él se realizaba. Jesús aparecía como persona peligrosa para la estabilidad social y política (Jn 2,13-22).

El templo como casa de Dios era el lugar del culto que permite el encuentro con Dios y asegura su bendición para el pueblo. La fuente de agua viva brota del templo de Dios (Ez 47,1-12). Era sin duda también el lugar de oración como medio también de relacionarse con Dios. Pero el culto exigía todo un montaje económico y comercial, que los sacerdotes habían utilizado para sus intereses, sin separar lo religioso de lo profano. De esa manera se había convertido en un mercado, en una cueva de ladrones, dijo ya Jeremías.

Jesús interviene como profeta que quiere restaurar el uso cultual del templo y echar fuera lo que tenía de mercado. Pero así chocaba directamente con los intereses de los sacerdotes, que vivían de los beneficios del templo. Toda la economía de Jerusalén estaba centrada en el templo. Atacar ese sistema era atacar los fundamentos económicos del país.

¿Quién era aquél que se atrevía a intervenir en el templo y a dictar lo que se debía o no se debía hacer en él? La respuesta de Jesús legitima su intervención en nombre de su propia persona de Resucitado que tiene autoridad sobre todo. Con la resurrección de Jesús ya no es posible tener un templo, una casa para Dios. Dios ya no habita en una casa donde se está quietecito sin inquietar mucho a las personas sino que despliega constantemente su acción a través de Jesús resucitado. Dios habita en Jesús y en Él lo podemos encontrar. De esa manera quedaba abolido todo el sistema cultual judío y se introducía un nuevo culto en el que se celebra la salvación en Cristo.

Algunos cristianos siguen aferrados todavía a la imagen del templo morada de Dios y creen que nuestras iglesias son sin más los templos de Dios. El cristianismo no tiene templo sino iglesias, es decir, asambleas de creyentes convocados para escuchar la Palabra de Dios. Mientras el templo evoca un edificio estático, la iglesia es una realidad dinámica que acontece al reunir a los creyentes para escuchar la Palabra.

El memorial de ese culto será la eucaristía. Un culto que debe llevarnos a descubrir a Dios en el hombre (1 Cor 3,9-17), pues por la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto sentido a cada hombre.

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