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Un tesoro escondido

27 de julio de 2014 – 17 Domingo Ordinario

En tiempos de devaluación y de pérdida de valor del dinero, los ricos suelen comprar oro y obras de arte. Por algún cuadro se han pagado sumas astronómicas. Sin duda cuando uno se encapricha con una cosa y se hace de ella el absoluto, uno está dispuesto a dar por ella lo que sea necesario. Jesús se dio cuenta que el Reino de Dios era el único valor absoluto y que para conseguirlo era necesario dejar todo lo que se tenía y dedicarse totalmente al Reino.

El Reino fue su gran pasión, lo que dio sentido a su vida, lo que le movió a abrazar un tipo de vida tan poco razonable según la cultura de su tiempo. En vez de fundar una familia y ejercer una profesión se dedicó a ser predicador ambulante del Reino de Dios. Era eso lo que le llenaba, lo que le hacía feliz, la única cosa necesaria. Y supo contagiar su entusiasmo a sus discípulos, que, como Él, dejaron la familia y la profesión y le acompañaron durante su vida y muerte continuaron su misión de anunciar el Reino. Podemos decir que Jesús y sus discípulos eran personas centradas, que sabían lo que querían y que encontraron en lo que hacían la verdadera felicidad.

El Reino de Dios es el gran tesoro, la perla de gran valor, pero no se puede adquirir a precio de saldo (Mt 13,44-52). Exige la renuncia total a todo lo que la gente considera tesoro o cosas de valor. En comparación con el Reino, todo lo demás es relativo. Todas las cosas e instituciones humanas tienen su valor, pero un valor relativo que les viene de su relación con el Reino. El peligro de las cosas y realidades humanas está en su absolutización, en el peligro de convertirse en ídolos o pequeños dioses que nos roban el corazón y la libertad.

Durante muchos siglos la fe cristiana ha sido el gran tesoro que hemos heredado de nuestros mayores. Hoy día esa fe es vista por muchos como una realidad anticuada que no tiene valor en nuestra cultura. Son otros valores los que se han apoderado de la escena social. Probablemente son los valores vitales, más que los económicos, los que hoy tienen la primacía. Las personas buscan realizarse, aunque ya no existan los ideales de otros tiempos. Probablemente se trata de ideales a más corto alcance, que tienen que ver con la satisfacción inmediata de nuestros deseos. La utopía del Reino, que todavía movilizaba hace cincuenta años, parece ir perdiendo terreno ante la realidad del estado del bienestar, un bienestar que experimentamos cada día como más precario. Hoy día es necesario tener un corazón dócil, que sepa escuchar a la tradición y una sabiduría que nos lleve a descubrir siempre los verdaderos valores humanos (1Reyes 3,5.7-12).

La crisis que estamos viviendo es una crisis de vida cristiana, que no sólo está despoblando las Iglesias sino que al mismo tiempo está corroyendo la esencia de la fe cristiana. La pérdida de valor del cristianismo a los ojos de nuestros contemporáneos no viene de la devaluación del evangelio en sí, sino de la manera como los cristianos lo estamos viviendo. Esa desaparición de los valores evangélicos, no sólo de la vida pública, sino también de la acción personal era ya perceptible hace dos siglos. Los valores cristianos fueron siendo desplazados por los valores materiales y los valores vitales, que son los que predominan hoy, incluso en los cristianos practicantes. Pidamos que la celebración de la eucaristía nos haga descubrir el gran tesoro de la fe cristiana.

 

 

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Levadura en la masa

20 de julio de 2014 – 16 Domingo Ordinario

 
Muchas veces la Iglesia siente la tentación de medir la eficacia de su acción simplemente a través del número de sus fieles. Ahora se cuenta hasta el número de seguidores del papa Francisco en las redes sociales. De esa manera la Iglesia corre el peligro de asimilarse a los poderes de este mundo cuyo poder se mide por el número de votos, o por las cifras del dinero que tienen. Lo que cuenta, en cambio en la Iglesia es su fidelidad a Cristo y a su evangelio. Eso es lo que le da identidad. Jesús describe el Reino de Dios como una realidad diferente a las de nuestro mundo, pero que tiene una importancia decisiva para el hombre y la sociedad. La Iglesia no es el Reino, sino que está al servicio del Reino y debe dejarse también ella modelar por los valores del Reino.

Hoy día en los países de vieja cristiandad nos desanimamos ante las dificultades que encontramos en la evangelización. Nos gustaría ver el fruto de nuestros trabajos y que nuestras iglesias estuvieran llenas de jóvenes, no sólo con motivo de acontecimientos excepcionales. Hay que tener paciencia y saber esperar, como Dios no se desanimó ante tantas negativas humanas. Supo usar siempre de moderación y no quiso imponer su Reino por la violencia (Sab 12.13.16-19). Lo nuestro es sembrar. Ya otros recogerán los frutos. El Reino, como la siembra tiene sus ritmos, que hay que respetar. En el mundo de la técnica estamos, en cambio, habituados a apretar un botón y ver cumplidos nuestros deseos.

El Reino tiene siempre unos comienzos pequeños. Todo empezó con un pequeño grupo en torno a Jesús. Toda la fuerza del Reino le viene de Dios y de su Espíritu. Así también a la Iglesia. Su misión es ser levadura en la masa. Lo importante es la masa, el que la masa fermente (Mt 13,24-43). Uno no utiliza toneladas de levadura. Para que la levadura realice su efecto tiene que desaparecer en la masa, ciertamente sin perder su condición de levadura que le da eficacia.

Los cristianos no vivimos en un mundo aparte, ni habitamos en países propios. Vivimos con todos los hombres, utilizamos la misma lengua y cultura, aunque cultivamos una serie de valores que nos vienen del evangelio y que creemos que son importantes para todos los hombres y para la sociedad. Sólo conviviendo con los demás hombres, acompañando su peregrinar hacia Dios, la Iglesia puede realizar su misión. Ciertamente no todo en el mundo, pero tampoco todo en la Iglesia, es trigo limpio. Por eso es necesario un discernimiento continuo y un saber esperar y confiar en el hombre. La luz necesaria para ese discernimiento nos viene siempre del Espíritu (Rm 8,26-27) que viene siempre en nuestra ayuda. Él está actuando siempre en nuestro mundo y tenemos que saber discernir los signos de los tiempos.

La Iglesia está al servicio del mundo, al servicio del hombre, y debe evitar toda tentación de poder, de querer que los demás estén a su servicio. La Iglesia presta su servicio al mundo, ante todo anunciándole el evangelio. Éste es una fuerza de salvación para el que cree. Ante las miserias de nuestro mundo, no basta simplemente predicar, hay que dar trigo. Es verdad que la Iglesia no puede ser simplemente una institución caritativa más, pero el ejercicio de la caridad, sobre todo con los necesitados, forma parte integrante de su misión al servicio del hombre. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros fermento que transforme nuestro mundo con los valores del Reino de Dios.

 

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Escuchar y comprender la palabra

13 de julio de 2014 – 15 Domingo Ordinario
Son muchas las personas, incluso no creyentes, que han empezado a seguir la predicación del papa cada día en la capilla de Santa Marta. Nos ha ido sorprendiendo con sus imágenes que aplican el evangelio a nuestra vida ordinaria y que son capaces de hablar al hombre de hoy. En el fondo lo que está haciendo es volver al estilo popular de Jesús. Éste, sin embargo, no siempre se hacía entender de sus discípulos, y menos todavía de las muchedumbres y de sus colegas. Es verdad que el tema del que hablaba era difícil: la venida del Reino de Dios. No sólo era difícil sino que también era peligroso pues ponía en cuestión la organización social de su tiempo y el estilo de vida de las personas. Jesús vinculaba además la venida del Reino a su propia actividad y persona, lo cual no parecía evidente, a pesar de los milagros que hacía.

Jesús anuncia que la venida del Reino tendrá lugar a pesar de todos los obstáculos que Él mismo encuentra en su predicación. Las parábolas muestran la profunda convicción de que la verdad es capaz de abrirse paso, a pesar de las limitaciones del maestro y de los discípulos. También el sembrador sabe que muchas de las semillas se perderán, pero siembra con la esperanza de recoger un fruto abundante de aquellas que lleguen a crecer y madurar (Mt 13,1-23).

En buena parte la cosecha depende de la calidad de la simiente. En este caso la semilla es la palabra de Dios que es una fuerza de salvación para el creyente. Ella tiene en sí esa fecundidad comparable a la lluvia o la nieve con las que el profeta compara la Palabra de Dios (Is 55,10-11). Como ellas, la palabra hace un viaje de ida y vuelta, desde Dios al hombre y desde el hombre a Dios. La palabra de Dios es siempre eficaz y realiza aquello que Dios quiere. El profeta está intuyendo la venida de la Palabra hecha carne, que realiza el plan de salvación de Dios y vuelve de nuevo a Dios.

Pero los frutos dependen también de la calidad del terreno y de los cuidados que le prodiga el agricultor. En este caso la misma persona es el terreno y el cuidador. La creación entera experimenta una gran frustración a causa del pecado del hombre que la ha sometido a la esterilidad, a producir cardos y espinas (Rm 8,18-23). Pero tenemos la esperanza de que un día la creación será de nuevo liberada y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

Animados por esa esperanza la Iglesia sigue actualizando las parábolas de Jesús que se convierten para nosotros en un espejo. En ellas podemos descubrir si somos hombres-camino por donde pasan todas las noticias sin dejar huella, personas pedregosas sin profundidad, seres de zarzas que ahogan en sí el bien y la verdad, o si por el contrario somos trigo limpio producido por la tierra buena.

¿Quiénes son tierra buena? Los que escuchan la palabra y la entienden. No basta pues escuchar la palabra. Hay que hacer el esfuerzo de entenderla, de penetrar en ella, de descubrir su sentido. Eso sólo es posible a fuerza de rumiar y meditar la palabra haciendo de ella el alimento de nuestra vida. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros tierra buena que da frutos en abundancia.

 

 

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Te revelaste a los sencillos

6 de julio de 2014 – 14 Domingo Ordinario
Los sabios y entendidos han gozado en todos los tiempos de la confianza de las personas. Cuando tenemos un problema de salud, vamos al médico. Para las cuestiones legales, acudimos a un abogado. El saber da un poder y sobre todo hoy día es un saber hacer que permite incluso manejar a las personas. Los sabios y entendidos de todos los tiempos han dispuesto de un poder que muchas veces les permitía asegurarse su vida y prescindir de Dios. Hoy día, no sólo los sabios sino mucha gente corriente consideran que no necesitan de Dios y no le dan una oportunidad de que entre en sus vidas.

Curiosamente el conocimiento bíblico de Dios no es un saber teórico sino un trato íntimo y amoroso con Él. Es un saber hacer, o mejor un saber vivir ante Dios para poder realizar la propia vocación a la que Él nos llama. El amor, al contrario del conocimiento, es libre. Deja a la persona la libertad de amar y la libera para amar. Jesús constata que Dios se revela, se da a conocer y amar a las personas sencillas y no a los sabios y entendidos. Los sabios y entendidos muchas veces tan sólo se aman a sí mismo y a sus creaciones. Son tan importantes que no pueden reconocer que todo lo han recibido de Dios.

Jesús experimentó el rechazo de los poderes políticos y religiosos de su tiempo y fue acogido por la gente sencilla. En vez de sentirse frustrado ante el poco éxito con la gente importante, dio gracias al Padre por haber dispuesto las cosas así (Mt 11,25-30). Se trata del estilo de actuar de Dios que elige a los humildes para confundir a los soberbios. Dios escogió pueblo pequeño para hacerlo depositario de su revelación. Jesús se manifestará como rey en su entrada triunfal en Jerusalén, adoptando ese estilo modesto y sencillo. Dios para triunfar no necesita un despliegue impresionante de recursos sino que se hace fuerte con la debilidad de los que lo aman. Es la fuerza del amor (Zac 9.9-10).

Desgraciadamente no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia estamos demasiado preocupados por el número, que es lo que cuenta a la hora de hacerse con el poder en los sistemas democráticos. Confundimos el Reino de Dios con los reinos de este mundo. No hay nada de extraordinario en tener éxito a través del despliegue de la fuerza y de la riqueza, aunque no siempre se ganan las batallas con la superioridad de las armas. La fuerza de la Iglesia y del cristiano viene del Espíritu de Dios (Rom 8,9.11-13). El tiene la capacidad de resucitar nuestros cuerpos como resucitó a Cristo Jesús. Tenemos que dejarnos llevar y guiar por el Espíritu de Dios y no por los cálculos puramente humanos, que San Pablo llama “la carne”.

El conocimiento, la ciencia y la técnica tienen sin duda su sentido en el plan de Dios, pues todo saber viene de Él. No pueden, sin embargo, ser el criterio último de la acción humana. Una técnica al servicio egoísta de unos pocos lleva a la explotación de las masas y a construir un mundo inhabitable. Pidamos al Señor en esta eucaristía un corazón sencillo y humilde como el de Jesús para encontrar así la paz del alma.

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