By

La Iglesia oraba insistentemente por él

29 de junio de 2014
San Pedro y San Pablo, apóstoles

 

A todos nos sorprendió que la primera cosa que hizo el Papa Francisco al presentarse fuera pedir que rezáramos unos momentos por él. Ha repetido esa petición muchas veces. También la Iglesia oró insistentemente por Pedro cuando estaba en prisión (Hechos 12,1-11). La oración es siempre eficaz. Su liberación maravillosa de la cárcel tiene su correspondiente escena en la vida de Pablo, pero no en la de Jesús. Sin duda alguna se inspira en la escena de la resurrección de Jesús como liberación definitiva de las fuerzas de la muerte.

Esas fuerzas amenazadoras están representadas por los poderes políticos y religiosos, una vez más aliados contra Jesús y sus seguidores. La cárcel representa ese reino de la muerte donde la Palabra de Dios es sepultada y hecha enmudecer. Pero la oración intensa de la Iglesia muestra como ésta no se calla, al menos ante Dios. Y Dios actúa enviando un ángel, figura de la intervención misma de Dios, como en el momento de la resurrección. Su presencia ilumina las tinieblas de la prisión y hace que las cadenas se le caigan de las manos.

La obediencia total de Pedro a lo que el ángel le indica muestra su fe total en Dios. Es esa fe la que hace milagros. Era esa fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios, la que Pedro había profesado ya antes de la resurrección de Jesús (Mt 16,13-19) y que ahora profesa toda la Iglesia con él. Es esa fe la que triunfa siempre sobre los poderes del mal.

La fe de Pedro en Cristo Jesús, que la Iglesia sigue proclamando, es el fundamento de esa promesa de perpetuidad y de la eficacia salvadora de su misión, a pesar de los ministros humanos, tantas veces indignos. Dio sigue liberando su Iglesia de los peligros exteriores y sobre todo interiores, que son los más peligrosos. Un día la Iglesia triunfará totalmente sobre el pecado, también en sus miembros, y sobre todas las fuerzas del abismo.

La misma liberación experimentó repetidas veces Pablo en su vida (2Tim 4,6-8.17-18). El apóstol, al hacer balance de su vida, descubre que Dios ha estado actuando a través de él para salvar al mundo. Es Dios el que le dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, sin traicionar el evangelio. Leamos y meditemos las cartas de Pablo y descubramos sobre todo su intrepidez apostólica para seguir nosotros anunciando el evangelio a todos los paganos de nuestro tiempo.

Pablo sigue ayudándonos a ponernos en cuestión ante Dios de manera que nuestras vidas no se justifiquen simplemente por lo que hacemos sino por la fe en Cristo Jesús. Su mensaje de libertad cristiana debe constituir una llamada para todos nosotros a vivir la libertad de los hijos de Dios en el amor y el servicio al prójimo. Que la celebración de la eucaristía en la fiesta de los Apóstoles renueve nuestras vidas y renueve a toda la Iglesia.

 

By

Todos comemos del mismo pan

22 de junio de 2014 – Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

Vivimos en un país de la abundancia. Aparecen las noticias, sin embargo, de que hay niños que prácticamente sólo comen en el comedor de la escuela. Sus familias contemplan con terror el tiempo de vacaciones de verano en que no hay clase. Algunas autonomías están viendo la posibilidad de que funcione el comedor escolar también durante el verano. Estamos familiarizados con las imágenes de los países donde se pasa hambre. Nos inquietan, pero no hacen que cambiemos nuestro ritmo de vida.

El pueblo de Israel, instalado en la tierra, viviendo sin problemas, corre el peligro de olvidar de dónde viene y adónde va. Por eso Dios le invita a recordar su paso por el desierto, en el que Dios se ocupó directamente de él para que no le faltara el alimento cotidiano, que nosotros seguimos pidiendo al Señor (Deut 8,2-3.14b-16). No debe sobre todo olvidar que el hombre no vive sólo pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Además del hambre física, existen otras necesidades que saciar si queremos realizar la vocación humana. Como el hombre está destinado a vivir la vida de Dios, tiene que alimentarse de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

Los alimentos humanos no pueden garantizar una vida sin fin. Tan sólo un alimento espiritual puede darnos la vida eterna. Jesús prometió ese alimento y declaró que era su persona. Un hombre acosado, condenado a muerte, en vez de resistirse o de maldecir a sus enemigos, se entrega libremente en sus manos, da la vida por los demás. Y anticipa esa donación en ese gesto genial que es la eucaristía, instituida en la Última Cena. Jesús nos alimenta con su persona, su vida y su palabra. Nos alimenta incorporándonos a sí y haciendo que circule por nosotros su misma vida. Esa vida que Él ha recibido del Padre, una vida divina que dura para siempre (Juan 6,51-58).

Jesús promete la resurrección en el último día. En realidad ese día definitivo ha llegado ya con su resurrección de manera que esa vida eterna está presente ya en nosotros y la vivimos en la fe, la esperanza y el amor. No es todavía la vida eterna en plenitud, pero son las primicias y la garantía de lo que un día seremos y ya se deja entrever esa vida en abundancia que brota de la entrega generosa de Jesús por todos nosotros.

La Eucaristía es sacramento de comunión. Unión profunda con Cristo, que es nuestro alimento. En el proceso normal de la comida, somos nosotros los que asimilamos el alimento y lo incorporamos a nuestra vida. En la Eucaristía, por el contrario, somos nosotros los que nos incorporamos a Cristo y formamos uno con Él. Pero, al unirnos a Cristo, nos unimos también con el Padre. Es la vida del Padre la que anima la misión de Jesús y, a través de Él, la vida misma de Dios llega a nosotros.

Todos los que comemos el mismo pan formamos un solo cuerpo, porque tenemos la misma vida, la vida de Jesús, que es la vida misma de Dios (1Cor 10,16-17). La vida humana nace y se desarrolla en el seno de la familia. Que la celebración de la eucaristía construya nuestra Iglesia como Familia de Dios, comunión de personas que tienen la misma vida y comen en la misma mesa el mismo alimento.

By

Tanto amó Dios al mundo, que le dio su propio Hijo

15 de junio de 2014 – La Santísima Trinidad

El papa Francisco nos ha invitado a volver a lo esencial de nuestra fe, al Evangelio. Pero nos pone en guardia contra una formulación puramente formal de los misterios cristianos, que puede ser exacta desde el punto de vista dogmático, pero que no transmite la realidad experimentada. Sin duda el misterio de la Trinidad pertenece a la esencia de nuestra fe, pero no nos podemos contentar con hablar de tres personas y una única naturaleza, un solo Dios. En realidad el misterio de la Trinidad no es otra cosa que el misterio del amor de Dios, que nos envuelve y acompaña, que se nos manifiesta y se nos da a lo largo de la historia de la salvación, que continúa hoy día.

Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad y algunos como Moisés pudieron experimentar esa amistad de Dios que se manifiesta como el Dios de la Alianza, que crea una familiaridad de Dios con su pueblo (Ex 34,4b-6.8-9). Es un Dios compasivo, de entrañas maternales, a la vez padre y madre. San Ireneo dirá que Dios actúa en el mundo mediante el Verbo y el Espíritu, que son las dos manos de Dios. La Palabra creadora es una mano masculina. El Espíritu de amor es la mano de Dios que da un toque femenino a todo lo que Dios hace.

Ha sido el Hijo, enviado por el Padre, el que nos ha revelado el misterio de la Trinidad, el misterio del amor de Dios. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo (Jn 3,16-18). Dios ha enviado su Espíritu a nuestros corazones y con Él su amor, de manera que podemos participar en la vida misma de Dios. Desde esta realidad podemos incluso releer el Antiguo Testamento y descubrir varia figuras, como la Sabiduría y el Espíritu de Dios, que anuncian al Hijo y al Espíritu. Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad, después de haber ido preparando pacientemente a su pueblo para que pudiera acoger esa revelación.

Dios no es un ser aislado encerrado en sí mismo. Es una comunidad de personas que mantienen entre ellas una serie de relaciones de amor, que traducimos con nuestras experiencias humanas de Padre, Hijo y Espíritu. La persona es apertura, es relación y se constituye y realiza sólo en la relación. El Padre se da totalmente al Hijo. El Hijo acoge este don y lo devuelve al Padre. Y en ese dar y recibir se constituye el Espíritu como el lazo de amor entre el Padre y el Hijo.

Es el misterio de la Trinidad el que ilumina el misterio que somos cada uno de nosotros, creados a imagen y semejanza de la Trinidad. Tampoco el hombre es un ser aislado, cerrado en sí mismo, sino que somos una apertura a los demás. Nos constituimos y realizamos como personas, precisamente en relación con los demás, sobre todo en esa relación privilegiada que es el amor y que consiste en dar y recibir.

Todos nosotros tenemos la capacidad de dar vida y amor, de salir de nosotros mismos para buscar el bien de los demás porque estamos hechos a imagen del Padre. Pero también somos capaces, como el Hijo, de acoger el don de los demás, su intimidad. Y en ese compartir nuestra vida, nuestra fe y nuestro amor, se constituye la comunidad humana y eclesial, verdadera familia de Dios. En ella el Espíritu anima la misión, haciendo que no nos quedemos encerrados en nosotros mismos como Iglesia sino que sea siempre una Iglesia misionera abierta y orientada hacia el mundo para salvarlo, para convertirlo en Reino de Dios. Eso es lo que queremos vivir en esta Eucaristía.

 

By

Cada uno los oímos hablar en la propia lengua

8 de junio de 2014 – Domingo de Pentecostés

Hoy día experimentamos una gran dificultad a la hora de transmitir la fe cristiana. Su lenguaje muchas veces se ha hecho ininteligible para el hombre de hoy. Pero no sólo el lenguaje, sino también el tipo de experiencia que comporta la fe cristiana. ¿Cuál es el lenguaje de la fe que puede entender todavía el hombre de hoy? Sin duda el lenguaje de las obras de misericordia, el lenguaje del amor y de la caridad. Es el lenguaje que entiende hasta el bebé. El papa Francisco se ha dado cuenta de ello y no sólo ha introducido una nueva manera de hablar que todos entendemos sino que ha centrado su mensaje en una Iglesia de los pobres y para los pobres.

Es precisamente el Espíritu Santo, el Espíritu del amor del Padre y del Hijo, enviado a la Iglesia el que hizo posible que la fe cristiana fuera comprensible para la diversidad de pueblos y culturas extrañas a la tradición judía, de la que procedían Jesús y sus discípulos. El Espíritu hizo el milagro (Hechos 2,1-11). Él da fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús. Él abre el corazón y los oídos de los presentes para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos. Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz.

La Iglesia nace de la proclamación del Evangelio, del anuncio de Jesús. No es que primero existe la Iglesia y después empiece a predicar. La Iglesia tan sólo existe en la medida en que anuncia y hace presente a Jesús en el mundo mediante su palabra y sus obras. Esta acción no es una simple acción humana sino que es el mismo Dios el que está actuando mediante su Espíritu. No es que la Iglesia tenga el monopolio del Espíritu, que “sopla donde Él quiere”, pero podemos decir que en la Iglesia actúa con una intensidad especial.

En la comunidad eclesial todos somos protagonistas, porque todos hemos recibido el don del Espíritu, es decir, sus carismas (1 Cor 12,3-13). No tenemos que pensar sólo en dones extraordinarios, como el hablar lenguas extranjeras sin estudiarlas o hacer curaciones. Todos los dones y talentos que tenemos, sean de salud, de inteligencia, de arte y de bondad son dones del Espíritu. Cuando los reconocemos y los empleamos al servicio de la construcción del cuerpo de Cristo y de la comunidad humana, esas cualidades son verdaderos carismas. Cuando, por el contrario, las utilizamos para el provecho propio, para imponernos a los demás, las cualidades siguen siendo dones de Dios, pero no las usamos como Dios quiere.

Nosotros experimentamos que el Espíritu está presente en nosotros porque sabemos que nuestros pecados han sido perdonados ya en nuestro bautismo, antes de que nosotros pudiéramos hacer nada de bueno (Jn 20,19-23). El perdón de Dios ha sido el gran signo de su amor y ha tenido lugar con el don del Hijo y del Espíritu. Éste derrama en nuestros corazones el amor de Dios. Pidamos en esta Eucaristía que el Espíritu sigue renovando su Iglesia para que sea siempre joven y promueva iniciativas nuevas según las necesidades de estos tiempos.

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR