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Yo estoy con vosotros

1 de junio de 2014 – La Ascensión del Señor

Algunos grandes personajes de la historia siguen ejerciendo una influencia  hoy día en ella a través de su pensamiento o de los movimientos a los que han dado origen. Podemos decir que su causa, lo que dio sentido a su vida, sigue estando vivo y presente. Jesús vive en la intimidad de Dios y por eso sigue vivo y presente en nuestra historia a través de la acción de su Espíritu y de las personas y acción de sus seguidores. Jesús ha querido asociarnos a su misión de salvar el mundo.

Jesús mismo da un mandato a sus amigos de continuar su obra y promete estar siempre con ellos (Mt 28, 16-20). Se nos anticipa así la historia de la Iglesia en la que sigue vivo el Señor resucitado. La llamada ascensión es la exaltación del crucificado, al que Dios hace justicia, sentándolo a su derecha. Estando con Dios, no se ha alejado de la historia humana, sino que está más presente que nunca pues ya no existen para Él las barreras del espacio y del tiempo (Ef 1,17-23).

No hay pues ruptura sino continuidad entre Cristo y su Iglesia, presente ya en su vida pública en la persona de sus discípulos, que reciben el testigo y lo van pasando a las generaciones venideras. Entramos en el tiempo de la misión, en el que no se puede estar mirando al cielo sino que hay que anunciar el evangelio (Hechos 1,1-11). La persona de Jesús se convierte en la clave de la historia universal y de cada una de las personas. En la acogida o el rechazo de Jesús cada uno se juega su destino. La Iglesia se siente por tanto investida de una misión muy seria. Está en juego nada menos la salvación o la perdición de las personas.

La Iglesia contempla la humanidad con el mismo amor de Dios Padre que tanto amó al mundo que le dio su propio Hijo, no para condenar al mundo sino para que se salve. La Iglesia quiere ser instrumento de salvación al servicio del mundo. En ella se anticipa esa salvación que es Cristo. La salvación no se refiere solamente a la otra vida, o a la vida del alma, sino que tiene que ver con la totalidad de la persona que experimenta ya ahora lo que significa ser salvada. Sin duda estamos salvados en esperanza, pero tenemos ya la garantía de lo que será la realidad definitiva que contemplamos ya en Cristo exaltado a la diestra del Padre.

La celebración de la Ascensión no puede menos que provocar una alegría en todos nosotros por el triunfo de Cristo, nuestro hermano, que ha coronado ya la existencia. No se ha ido sino que sigue presente entre nosotros. No se trata de una presencia puramente estática, como la del espectador que contempla impasible la historia humana. Se trata de una presencia dinámica comprometida con el futuro de la historia del hombre. Ahora tenemos un hombre que puede hablar a los oídos de Dios en un lenguaje humano. El intercede constantemente por nosotros ante el Padre. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a ser testigos creíbles de la presencia de Jesús en nuestro mundo.

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El Espíritu que vive en nosotros

25 de mayo de 2014 – 6 Domingo de Pascua

La fe cristiana es ante todo un encuentro con Jesús resucitado que nos da su Espíritu. Los primeros cristianos experimentaron tan vivamente la presencia y la acción del Espíritu que pudieron decir que lo conocían porque estaba con ellos. Lo sentían como una persona con la que podían tener una relación personal como con el Señor Jesús. Hoy día el movimiento carismático ha redescubierto esa presencia y acción del Espíritu incluso bajo formas que más o menos recuerdan las manifestaciones llamativas del Espíritu en la época apostólica. La fe es una experiencia que nos llena de alegría e incluso de entusiasmo, precisamente en las situaciones en que nos sentimos más en baja forma. Los discípulos experimentaron la ausencia de Jesús, arrebatado por la muerte en la cruz. Se encontraron desvalidos en la situación de un huérfano menor de edad (Juan 14,15-21).

La resurrección suponía la reivindicación de Jesús por parte del Padre frente a la condena de las autoridades judías. Pero ellos continuaban a estar solos pues Jesús se había ido al Padre. Surgió así una anhelante espera del retorno de Jesús, que vendría a recogerlos para llevarlos consigo al Padre. Esa espera se fue alargando demasiado pero les permitió descubrir que no se encontraban solos, que Jesús había vuelto a ellos en la persona del Espíritu que les había enviado desde el Padre.

Durante la presencia terrena de Jesús, éste era su defensor y consolador. Ahora será el Espíritu el que asuma esa misión. Se sigue suponiendo que los discípulos y seguidores de Jesús se encuentran en situaciones difíciles y conflictivas en las que es necesario la ayuda, la defensa y el consuelo. Todo eso lo hace el Espíritu. Él es el Espíritu de la verdad, frente al espíritu del error en que yace el mundo. La verdad se abre camino por sí sola. Es el Espíritu el que irá reivindicando ante el mundo la persona de Jesús y su causa, ahora vivida por sus discípulos.

Esta venida de Jesús en su Espíritu es una venida íntima, que acontece en el profundo del ser de la persona. No es un acontecimiento ostentoso visible para todos, aunque acontecía a través de la imposición de manos de los apóstoles (Hechos 8,5-8.14-17). Es el misterio de la inhabitación de la Trinidad en nosotros porque donde está el Espíritu están también el Padre y el Hijo. Se trata por tanto de esa presencia amorosa de Dios en nosotros que anticipa nuestra presencia definitiva ante Dios en la gloria.

Esta presencia de Dios en nosotros es fruto del amor a Cristo. El que ama a Cristo es amado por Dios. El amado está presente en el corazón del amante. Se trata de una presencia real, consoladora y transformadora de la vida (1Pedro 3,15-18). Así el creyente va cambiándose desde el interior, asimilándose cada vez más a la persona amada. Nos vamos transformando en Dios por la acción del amor de Dios.

Esta presencia de Dios no es un vago sentimiento. Es una realidad que se traduce en lo concreto de la vida. No existe amor a Jesús sin la observancia de sus mandamientos, sobre todo del mandamiento del amor fraterno. Al que ama, Jesús se le va revelando poco a poco a través de la acción de su Espíritu y lo va introduciendo en el misterio de Dios. En la celebración de la eucaristía el Espíritu es el que transforma nuestras ofrendas del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo y el que reúne a la Iglesia extendida por toda la tierra. Pidamos que también nosotros podamos experimentar su acción transformadora en nuestras vidas.

 

 

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Yo soy el camino, la verdad y la vida

18 de mayo 2014 – 5 Domingo de Pascua

Algunos dicen que no sabemos qué hay después de la muerte, en el más allá, por que de allí nadie ha venido a contarnos nada. Los cristianos sabemos qué dónde venimos y adónde vamos porque Jesús vino de parte del Padre a revelarnos la vida eterna y a indicarnos el camino hacia ella. Él mismo nos precedió para prepararnos allí una morada en la casa del Padre (Juan 14,1-12). No es mérito nuestro el saber esto ni por ello somos superiores a los demás. Pero somos portadores de una esperanza para todo el mundo. No nos dejemos arrebatar la esperanza, como nos lo ha recordado el papa Francisco.

El apóstol Tomás se hizo el portavoz de todos los inquietos y declaró que no conocíamos el lugar de destino y por tanto tampoco el camino. Jesús hizo entonces la gran revelación que despeja todas nuestras dudas e incógnitas. Él es el camino, la verdad y la vida. Queda claro que nuestro destino es el Padre. La única vía de acceso es Jesús mismo. Lo es porque Jesús es la revelación del Padre, la verdad. En Él se nos desvela el misterio de Dios, que es a la vez el misterio del hombre, el misterio de su amor por nosotros.

Al revelársenos en Jesús la verdad auténtica del hombre, Él es la vida, la vida eterna. La persona de Jesús es pues la respuesta a todas nuestras preguntas e inquietudes. Como Él, también nosotros venimos de Dios y vamos a Dios con Cristo Jesús. Conocer íntimamente la persona de Jesús es conocer amorosamente la persona del Padre. La única manera de conocer al Padre, de tener trato íntimo con Él, es la persona de Jesús.

Pero de nuevo se manifiesta el despiste de los discípulos, en este caso de Felipe. Éste pide simplemente que le muestre a Dios y todo lo demás sobra. Jesús se da cuenta de que su vida y enseñanzas han ayudado poco a los discípulos. Todavía no han sido capaces de descubrir en su persona la persona del Padre. No se han dado cuenta de que la persona de Jesús tan sólo se entiende a partir de Dios, como revelación definitiva de Dios. Los discípulos hubieran debido darse cuenta de que a través de Jesús era el Padre el que estaba hablando con ellos. En la persona de Jesús era el Padre el que estaba actuando, realizando aquellas obras maravillosas y sobrehumanas.

Esta unión indisociable entre Jesús y el Padre implica también la unión entre Jesús y el creyente. Éste hará las mismas obras de Jesús, y aún mayores, pues Dios actuará en él, al irse Jesús al Padre. La gran obra de Jesús se prolonga en la Iglesia, una Iglesia carismática y ministerial, sobre todo al servicio de los necesitados (Hechos 6,1-79. En ella todos somos miembros activos, que contribuyen a su edificación para el bien del mundo (1Pedro 2,4-9). La Iglesia, para ser creíble, tiene que seguir realizando las mismas obras de liberación que hizo Jesús durante su vida mortal. Él actúa hoy a través de los creyentes que somos sus colaboradores en la obra de salvación de los hombres. De manera especial la Iglesia se construye en torno a la eucaristía porque en ella hacemos presente la salvación de Dios que irrumpe constantemente en la historia de los hombres.

 

 

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He venido para que tengan vida en abundancia

11 de mayo de 2014 – Cuarto Domingo de Pascua
Para la Jornada Mundial de las Vocaciones de este domingo, el papa Francisco nos ha regalado un precioso mensaje, “Vocaciones, testimonio de la verdad”. Frente a los pesimistas que se quejan de la falta de vocaciones, el papa empieza con la palabra del Evangelio: “La mies es abundante” (Mt 9,35). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

Toda vocación, a pesar de la pluralidad de los caminos, requiere siempre un salir de sí mismo para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. A los que están bien dispuestos a ponerse a escuchar y seguir a Jesús, a dejarse les repite una palabra muy querida de los marianistas. La que María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

La llamada viene a veces al contemplar la situación del mundo y estado de abandono en que se encuentran tantas personas, descarriadas como ovejas, esperando poder encontrar al pastor y guardián sus vidas (1 Pedro 2,20-25). Pedro aprendió del Maestro el oficio de pastor e intenta orientar las personas hacia Cristo para que tengan vida, viviendo en una comunidad de creyentes (Hechos 2,14a.36-41).

Era lo que Jesús había anunciado con dos parábolas, la del pastor y la de la puerta. En ellas se presenta como pastor del rebaño y la puerta de la majada donde pasa la noche el rebaño (Jn 10,1-10). En este caso el pastor de las ovejas es una persona diferente de la del guardián nocturno. Éste conoce sin duda al pastor y le abre la puerta de la majada. En la Biblia, tanto el pastor como el guardián de Israel es el mismo Dios. Con esta imagen se evoca sobre todo el éxodo y la travesía del desierto. Dios apacienta a su pueblo mediante pastores humanos.

Pero no todos los pretendidos pastores lo son de verdad. Los hay auténticos bandidos y ladrones. Éstos no entran por la puerta sino que, sin que se dé cuenta el guardián, escalan los muros para entrar dentro. Sólo Jesús es el verdadero pastor del rebaño. Él ha entrado verdaderamente por la puerta y no a hurtadillas. Las ovejas lo reconocen y lo siguen porque también él huele a oveja.

Jesús se presentó como el buen pastor frente a todos los que habían venido antes, a los que considera ladrones y bandidos, que no han entrado por la puerta del aprisco, con conocimiento del guardián de las ovejas. Jesús es la puerta y los demás no han entrado por ella. Jesús ve en los pastores anteriores tan sólo salteadores que han sacado las ovejas por los muros para robarlas y degollarlas.

Jesús es la verdadera puerta. Tan sólo a través de Él tenemos acceso a la majada de Dios. Las ovejas que salen y entran a través de Él, que es la puerta, se salvan y encuentran pastos, encuentran la vida. Jesús ha venido para que tengamos vida en abundancia. Tan sólo Él, enviado del Padre, puede darnos la verdadera vida. Él nos alimenta con el pan de su palabra y con el sacramento de la eucaristía.

 

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Nosotros esperábamos que fuera el liberador

4 de mayo de 2014 – 3 Domingo de Pascua

La larga crisis está haciendo mella en el corazón de las personas, que poco a poco van perdiendo la esperanza de poder salir de ella. Sobre todo los jóvenes tienen la sensación de que el futuro está totalmente bloqueado. También los cristianos hace poco más de un año estábamos convencidos de que la Iglesia no era capaz de renovarse. Y de pronto, ha bastado la irrupción del papa Francisco para que el panorama haya cambiado y se empiece de nuevo a mirar al futuro con esperanza. El papa ha repetido varias veces. “No os dejéis robar la esperanza. No permitamos
que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino”.

Para reanimar nuestra esperanza nos viene bien el evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 4,13-35). Es verdad que han pasado ya tres tipos de gobierno y la situación de la práctica cristiana, en vez de mejorar, parece empeorar cada vez más. La situación actual difícilmente era previsible en los comienzos. Habría que haber sido profeta como David para intuir el futuro (Hech 2,14.22-33), o quizás el futuro es siempre novedad y no se deja predecir. Es verdad que nuestra historia, en vez de ser maestra de la vida y ayudarnos a no repetir los mismos errores, parece condenada a repetirse. Por eso es necesario que Jesús nos explique de nuevo su propia historia y la de sus seguidores.

Dios no le garantizó a Jesús el éxito, ni nos lo ha prometido tampoco a nosotros. No es en el triunfo humano en el que hemos puesto nuestra confianza sino que “habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Ped 1,17-21). El éxito humano y numérico es muy relativo. Lo que cuenta es el bien que se hace. Pero ni tan siquiera tenemos garantía de que haremos una obra bien hecha. Tampoco a Jesús le salieron las cosas perfectamente bien. Hay sin duda muchas obras buenas y bien hechas en nuestro cristianismo español. Pero no es eso lo importante en la fe cristiana. Lo que cuenta es la fidelidad a la persona de Jesús y a su mensaje. Esa fidelidad hace, como dice San Pablo, que “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10).

Esa fidelidad al Señor nos debe llevar a continuar haciendo memoria suya, a no traicionar el evangelio con componendas humanas. Para mantener viva su memoria son necesarias comunidades que celebran al Señor resucitado y que siguen proclamando su muerte y su resurrección. Ese anuncio continúa siendo peligroso y subversivo, frente a todos los intentos de acallar la vida y el mensaje del Señor Jesús. El que se le abran los ojos a algunos de nuestros compañeros de viaje no depende de nosotros sino de la fuerza misma de la Palabra de Dios, que es capaz de caldear los corazones. Por eso son necesarios espacios donde se puede escuchar esa palabra que puede dar la esperanza a tantos desilusionados de la vida, empezando por tantos cristianos que han perdido su entusiasmo de antes.

Seguir hablando de lo que ocurrió en Jerusalén y de lo que Dios hizo a favor de los hombres, resucitando a Jesús de entre los muertos, es la manera de mantener viva la llama de la fe que puede prender en el corazón de tantos que buscan un sentido para su vida. Que la celebración de la eucaristía nos permite reconocer al Señor resucitado y nos una más íntimamente a la comunidad eclesial.

 

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