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O Dios o el Dinero

2 de marzo de 2014- 8 Domingo Ordinario

 

Desde el momento de su elección, el papa Francisco expresó su deseo de una Iglesia de los pobres y para los pobres. Algunos de los líderes de los países en desarrollo expresaron inmediatamente sus esperanzas de que el papa fuera una voz ante los poderosos de este mundo. Y lo ha sido en su reciente exhortación La alegría del evangelio. En ella ha dicho “no”, de manera rotunda, cuatro veces: “No a una economía de la exclusión”, “no a la nueva idolatría del dinero”, “no a un dinero que gobierna en lugar de servir, “no a la inequidad que genera violencia”.

El dinero se ha ido enseñoreando de la vida de las personas. Sin él no se puede hacer nada. También en tiempo de Jesús era necesario el dinero para poder vivir. Jesús se dio cuenta de cómo el dinero podía convertirse en un ídolo al que uno sacrifica todo lo demás. Por eso nos pone ante la alternativa: o Dios o el Dinero (Mt 6,24-34). Está claro que nadie ni nada debe ocupar el puesto de Dios y su señorío sobre  el hombre.

Aparentemente todo se vende y todo se puede comprar con dinero. Jesús, sin embargo, atrae nuestra atención hacia realidades tan evidentes que corren el riesgo de pasar desapercibidas, para que descubramos una lógica distinta.  Jesús nos invita a aprender de la naturaleza. Contemplándola, podemos descubrir el cuidado amoroso que Dios tiene de todas sus criaturas, hasta de las que parecen más insignificantes. Todas las criaturas están en las manos de Dios, y están en buenas manos. También nosotros. Con todo nuestro dinero no podemos garantizar nuestra vida. Tenemos que ponernos confiadamente en las manos de Dios y dejar que Él realice su obra en nosotros y con nosotros.

Jesús no invita a la pereza y a estar cruzado de brazos sino que nos anima a hacer nuestras tareas, pero sin agobios.  Hay sin duda que planificar en lo posible el futuro, pero ante todo hay que vivir en el hoy de Dios. También el mañana será en su momento este hoy. De esa manera centramos nuestras energías en lo que tenemos que hacer cada momento. Es lo que vemos en Jesús. Vive en el presente, intentando descubrir las llamadas del Reino en cada momento de su existencia. Responder a los desafíos presentes en cada momento es la mejor manera de abrirse al futuro de Dios.

Dios es una madre que se ocupa de sus hijos (Is 49,14-15). A veces podemos tener la impresión de que el mundo está dejado de la mano de Dios, pero sabemos que no es así. Simplemente Dios nos deja suficiente espacio para que nosotros podamos hacer nuestro juego y colaborar con su obra creadora. Él nos ha confiado esta tarea y ha hecho de nosotros sus administradores (1 Cor 4,1-5). Los Padres de la Iglesia insistían en que no somos los dueños de las cosas y del dinero sino simplemente los administradores  al servicio de los pobres. Es una gran responsabilidad la que nos ha sido confiada. 

El peligro hoy día es que las cosas se apoderen de nuestro corazón y no nos dejen ya ni espacio ni tiempo para ocuparnos de las personas. La verdadera riqueza es la de la amistad. Las técnicas actuales nos permiten aumentar el círculo de nuestras amistades y mantener nuestros contactos con ellas. Pero las relaciones virtuales no pueden suplir el contacto cálido de un abrazo y un apretón de manos. En cada eucaristía Jesús viene a nuestro encuentro de manera real. Que Él nos ayude a poner nuestra confianza en Dios y  no en nuestro dinero.

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Amad a vuestros enemigos

23 de febrero de 2014 – 7 Domingo Ordinario

A pesar del aparente fracaso de las manifestaciones pacíficas frente a un poder armado y que usa las armas contra el propio pueblo para seguir en el poder, la propuesta de Jesús de la no violencia sigue siendo actual (Mt 5,38-48). La guerra es siempre la peor solución a los problemas existentes en un país. La violencia dictatorial no puede nada contra un pueblo dispuesto a expresar su desacuerdo con las situaciones injustas. Para cambiarlas no se necesita el uso de la violencia. La fuerza del pueblo está en su palabra y en su manifestarse unido contra la falta de libertad y de justicia. Las nuevas tecnologías están ayudando a abrir el camino hacia la democracia y la libertad, aunque sean una vía lenta.

En las situaciones de crisis económica como la que estamos viviendo, es fácil colgarles el sambenito de enemigos a los emigrantes a los que se les acusa de robarnos el trabajo y el bienestar. Nos olvidamos fácilmente de que también ellos han contribuido de manera decisiva a crear ese bienestar. Los cristianos no tenemos enemigos sino hermanos. Los amamos como a nosotros mismos. Los amamos porque Dios los ama y les da sus dones sin distinguir entre buenos y maños. Intentamos ser, si no “perfectos” como el Padre del cielo, al menos “misericordiosos”. Tratamos como Jesús de hacer el bien a todos, pues así hace el Padre de todos. De esta manera superamos la tentación mecanicista de acción y reacción: me la han hecho, me la tienen que pagar.

La llamada a la santidad dirigida a los miembros del pueblo de Dios no se reduce a unas actitudes cultuales ritualistas sino que incide directamente sobre el comportamiento ético de las personas que se resume en  vivir el amor de manera concreta (Lv 19,1-2.17-18). Jesús se sitúa en esa línea eminentemente profética, que curiosamente aparece en un escrito sacerdotal. Sabemos que los santos no son personas alejadas de los problemas de la gente, sino que más bien dedican toda su vida al servicio de los pobres. Es el ejemplo conmovedor que nos ha dejado la Madre Teresa de Calcuta.

El Vaticano II nos ha recordado la vocación universal a la santidad. Todos los cristianos, sea cual sea su estado de vida, están llamados a la santidad, que consiste en el amor a Dios y al prójimo. Los cristianos son santos porque, como nos recuerda san Pablo, somos templos de Dios, que habita nosotros mediante su Espíritu de santidad (1 Cor 3,16-23). Ese Espíritu orienta nuestras vidas no simplemente según una sabiduría humana de listillos, sino según la sabiduría encarnada por Jesús.

La fuente de inspiración del obrar cristiano es siempre la persona de Jesús. Fue Él el que encarnó esa actitud de no violencia en un tiempo violento, en el que el enemigo ocupante compraba a las autoridades religiosas y políticas judías para que mantuvieran el orden en la población sometida. Jesús denunció aquella situación e indicó el modo de superarla. No a través de la violencia, sino a través de una resistencia activa, que manifiesta su disconformidad con el orden establecido que beneficia a unos pocos y mantiene a la mayoría en situaciones de precariedad. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros artesanos de la paz y la justicia.

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No he venido a abolir sino a dar cumplimiento

16 de febrero de 2014 – 6 Domingo Ordinario

El debate existente en torno a diversas leyes nos alerta acerca de la necesidad de éstas y al mismo tiempo del peligro del legalismo. La fe, como encuentro personal con Jesús, hace que los cristianos tengamos que confrontar nuestra vida con la búsqueda de la  voluntad amorosa de Dios y no simplemente con la ley. Ésta, sin duda, es necesaria, sobre todo en una sociedad pluralista en la que muchas veces hay que salvaguardar los valores que dan sentido a la convivencia democrática. Jesús no ha venido abolir o quitar derechos humanos sino más bien a confirmarlos y consolidarlos (Mt 5,17-37).

El mensaje de Jesús, como toda la Palabra de Dios, es una salvaguarda de los grandes valores del hombre: la vida, el amor, la verdad. Ni Jesús ni el mismo Dios pretenden hacer una imposición de sus mandamientos. Los proponen y dejan libertad al hombre, que tiene que elegir entre la muerte y la vida (Ecles 15,16-21). La propuesta de Jesús intenta dar plenitud a lo que ya decían los mandamientos del decálogo, que coinciden con la ley natural, con aquello que ayuda al hombre a realizar su vocación. El hombre, sin que Dios se lo tenga que imponer, busca la vida, el amor y la verdad y trata de realizar esos valores en la existencia concreta.

¿Qué ha añadido entonces Jesús? Jesús ha intentado ayudarnos a vivir intensamente esos valores. Nos ha ayudado con su ejemplo de defensa de esos derechos, hasta tal punto que los príncipes de este mundo lo crucificaron (1 Cor 2,6-10). Por experiencia sabemos cuán frágil es nuestro compromiso con la vida, con el amor y con la verdad. Fácilmente los traicionamos. Jesús, mediante la fuerza de su Espíritu nos ayuda a permanecer fieles a estos valores.

Para que todo no sea un puro ideal y se puedan consolidar estos valores, Jesús nos da unas propuestas concretas. La defensa de la vida del otro está por encima de las prácticas religiosas, que sólo tienen sentido en la medida en que ayudan a unas relaciones humanas reconciliadas. La vida del hombre se puede destruir no sólo por la violencia asesina sino también mediante el insulto y la difamación. Hoy día vemos la fragilidad del amor matrimonial. Jesús anima a un amor fiel y nos indica el camino. Hay que estar atentos sobre todo al corazón. Es ahí donde se incuba el pecado y la traición. No se puede andar con componendas. Hay que evitar todo lo que nos pueda llevar a traicionar el amor prometido.

La verdad tiene hoy día pocos defensores. Algunos la dan por perdida y como no existente. Lo que es verdad para ti no lo es para mí. Las relaciones humanas no encuentran fácilmente un consenso en el que fundarse. La corrupción existente mina las relaciones sociales. La mentira y el engaño aparecen como signos de la persona lista, mientras al honrado se le tacha de ingenuo o tonto.  Sin verdad, sin embargo, ninguna relación personal o social puede durar mucho tiempo. Que la celebración de la eucaristía nos lleve al encuentro personal con Jesús y su mensaje liberador como la manera de realizar nuestra vocación humana y cristiana.

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Vosotros sois la luz del mundo

9 de febrero de 2014 – Quinto Domingo Ordinario

 

La Iglesia ha querido ser siempre maestra de los hombres, a veces olvidándose de ser al mismo tiempo madre. Está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. A partir de la modernidad, el mundo ha reaccionado con escepticismo ante esta pretensión, pues la cultura moderna considera que todo lo anterior es un mundo de oscuridad y cadenas, de las que finalmente logró liberarse. La luz hoy día se busca ante todo en la ciencia. Ésta sin duda alguna nos permite dar respuesta a tantos problemas del día a día, pero desgraciadamente nos deja a oscuras respecto al sentido de la vida. Con la elección del papa Francisco, también muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad.

Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). Ella supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.

 

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