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No se adiestrarán para la guerra

1 de diciembre de 2013 – Primer Domingo de Adviento

Cuando el año pasado empezábamos el Adviento, nadie podía sospechar las sorpresas que nos esperaban en el nuevo año. Benedicto XVI había inaugurado el Año de la Fe con la conmemoración del cincuenta aniversario del Vaticano II. Pocos meses después renunciaría y daría paso al papa Francisco, que ha traído consigo un estilo nuevo en el papado, que poco a poco puede reflejarse en la Iglesia. Ninguno como él había promovido una oposición tan frontal a las intervenciones armadas y supo movilizar a creyentes y no creyentes contra la intervención en Siria. También los líderes políticos están dando pasos en el control nuclear. Se trata de seguir soñando que la paz es posible.

Es lo que proclama el profeta que toda una utopía, que nunca vemos realizada, pero que sigue movilizando todos nuestros recursos (Is 2,1-5). También aquí se trata de “si quieres la paz, prepara la paz”. Se trata de esa paz imposible, pero sin la cual no podemos vivir. Como dice el papa, no nos dejemos robar nuestra esperanza cristiana. Esa esperanza tiene que movilizar todas nuestras energías y ayudarnos a preparar y construir la paz.

La Palabra de Dios, que nos anuncia la salvación de Dios en Cristo, continúa a abrir para nosotros el futuro de Dios, un futuro de esperanza.  Es esta esperanza la que va a animar todo nuestro Adviento. El Reino de Dios no viene de manera espectacular sino que está viniendo en el vivir cotidiano. Dios irrumpe constantemente en la historia, de improviso, sin anunciarse ni pedir permiso (Mt 24,37-44). Hay que estar atentos a los signos de los tiempos para descubrir qué es lo que el Espíritu está diciendo a su Iglesia.

En los tiempos anteriores al diluvio, tan sólo Noé y su familia supieron discernir lo que se les venía encima. Los demás siguieron su vida tranquila que les llevó a la perdición. Lo mismo va a pasar con la segunda venida de Cristo, como Juez definitivo de la historia. Su juicio hará una separación entre los que lo han reconocido y los que se han cerrado a su gracia. Jesús vendrá y se llevará a los suyos, mientras dejará a los otros a su suerte, es decir, ir a la perdición.

San Pablo nos recuerda que ya es hora de despertarnos del sueño porque ya está amaneciendo la salvación (Rm 13,11-14). Hemos dormido suficientemente y no se puede seguir adormilados. Durante el sueño y la noche uno baja la guardia. Se sumerge uno agradablemente en el alcohol y la diversión, que luego da resaca al despertar. No cabe duda que la cultura actual necesita este tipo de hombre adormilado e inconsciente, que es mucho más fácil de manejar que la persona lúcida y crítica.

Necesitamos un programa de vida, como Iglesia y cada uno de nosotros. El papa lo había propuesto desde el principio y lo ha desarrollado en su primera encíclica, “La luz de la fe”. Se trata de caminar, construir y confesar. Es toda la humanidad la que está en camino y tratando de abrir nuevos caminos que no desemboquen en el desastre. Entre todos tenemos que construir la paz, que es siempre obra de la justicia. Para nosotros creyentes, ese impulso nos viene nuestra fe en Cristo. Él es el Príncipe de la paz.  Que la celebración de la Eucaristía mantenga vivo en nosotros el deseo de la venida y del encuentro con Jesús, que celebraremos en la Navidad.

 

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El rey de los judíos

24 de noviembre de 2013 – Cristo Rey del Universo

 

Los españoles y tantos otros pueblos están sobrellevando admirablemente esta crisis, enfrentándose con realismo a la situación y evitando la tentación de querer soluciones milagrosas. En otros períodos de la historia fácilmente los pueblos acudieron a buscar un salvador, terminando todo en una catástrofe. Algunos también esperaron tiempos de Jesús  que éste trajera la salvación bajo una forma de liberación política. Jesús no alimentó esas expectativas, pero se implicó a fondo para que la situación cambiara.

El llamado “título” de la cruz, “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”, indicaba la acusación por la que Pilatos lo condenó a la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús crucificado es objeto de burlas por parte de las autoridades judías, de los soldados y de uno de los malhechores crucificados con Él. Todos aluden a su pretendida realeza. Las autoridades evocan el título de Mesías de Dios, que es el nombre hebreo del Rey esperado, descendiente de David (2 Sam 5,1-3). Jesús había hecho algunos milagros que podían indicar su poder mesiánico de salvación, pero ahora no es capaz de salvarse a sí mismo. Los soldados aluden irónicamente al rey de los judíos y, siguiendo a las autoridades judías, le increpan que se salve a sí mismo del suplicio de la cruz. Lo mismo hace el malhechor, que irónicamente pide también  que salve a sus compañeros de cruz. Asistimos a una especie de farsa a través de la cual, sin embargo, se va a revelar la verdad.

La verdad del mesianismo de Jesús la descubre el otro malhechor que se toma en serio el momento que están viviendo y la realidad de la persona de Jesús. El momento de la muerte no es para hacer burlas a propósito del Mesías de Dios y de la salvación. Es la hora de temer respetuosamente a Dios. El buen ladrón reconoce la diferencia del suplicio de Jesús y el de ellos. Ellos lo han merecido con sus acciones mientras Jesús no ha hecho nada digno de tal castigo.  El buen ladrón reconoce que Jesús va a entrar en el Reino y le pide que se acuerde de él. Es la confesión de fe del mesianismo de Jesús, precisamente cuando todas las circunstancias parecen desmentirlo.

Jesús le promete le salvación inmediata en el mismo día. Esa salvación consiste en estar con Él. En cierto sentido el haber sido crucificado juntos anticipa ya esa salvación cuando uno sabe descubrir en el crucificado al Mesías, al salvador del mundo. De esa manera la salvación de Dios irrumpe en el presente angustioso y no queda aplazada para un futuro lejano. El momento de la crucifixión es como en san Juan la entronización de Jesús como Rey que empieza a distribuir sus dones espléndidos. El que cree en Él recibe la salvación. En su muerte en la cruz Jesús lleva a cumplimiento el misterio de su condición de Hijo, que recibe todo del Padre, desde el momento de la encarnación por obra del Espíritu de Dios. Es un misterio de obediencia en el que se fía totalmente del Padre, que lo engendra de toda eternidad y ahora en el tiempo. En su muerte, que es al mismo tiempo el momento de su glorificación, se convierte verdaderamente en el Primogénito de toda criatura, en el que también nosotros llegamos a ser hijos de Dios (Col 1,12-20).

Los cristianos terminamos el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey. Su realeza tiene poco que ver con los sistemas políticos de este mundo. Su muerte en cruz es la prueba del fracaso de todo tipo de triunfalismo puramente humano. Pero al mismo tiempo la cruz manifiesta la venida del Reino de Dios, precisamente en la persona del crucificado. En la cruz Dios comienza a reinar y a hacer justicia. Su juicio es una condena del pecado, pero una oferta de salvación para el pecador que se convierte. En la cruz Dios ha reconciliado a los hombres consigo y entre ellos. Ese es el horizonte del Reino de Dios. Se abre la posibilidad de una nueva manera de vivir la relación con Dios, revelado como Padre amoroso, y con los hermanos. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros constructores del Reino de Cristo, Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.

 

 

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Alzad vuestras cabezas, se acerca vuestra liberación

17 de noviembre de 2013 – 33 Domingo Ordinario

 

 La historia de la humanidad, como la vida de cada persona, es un largo viaje, en el que uno va pasando por varias etapas hasta llegar al final. Cada etapa tiene sentido en sí misma y no es una simple preparación a la siguiente. Cada una tiene un influjo real en el viaje completo. La última etapa, puede ser de muchos kilómetros, durar mucho tiempo, pero está caracterizada por ser la última, la definitiva.

 Para los creyentes precisamente la etapa que estamos viviendo es la última. Ha empezado con el acontecimiento de Cristo. Puede durar millones de años, pero será siempre la última, la definitiva. Eso le da su seriedad y su densidad. Como en la vida humana, la última etapa puede estar marcada por signos preocupantes. Uno no sólo va experimentando los límites y la decadencia sino que a veces puede parecer un sin sentido. Abandonada la visión ingenua y optimista de un progreso indefinido, nos vemos confrontados a las dificultades del presente y del futuro.

 En tiempos difíciles, y sobre todo de persecución, los creyentes han deseado que llegue el día final del juicio de Dios, en el que finalmente sea establecida la justicia (Mal 3,19-20). Los profetas han alentado esa esperanza y la convicción de que ese día está cercano. El interés se fue centrando en los acontecimientos anunciadores de esa final. La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue vista por muchos como el inicio de la etapa definitiva. Lucas, por el contrario, pone en guardia contra esa creencia porque en realidad “el final no vendrá enseguida”. Se terminaba una etapa de la historia de la salvación, y se daba paso a una nueva fase centrada en Cristo Jesús (Lc 21,5-19).

 Entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo hay un tiempo intermedio. Es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio. Si la historia continúa es porque Dios está dando una oportunidad para que se anuncie el evangelio y los hombres puedan alcanzar la salvación. Desgraciadamente el tiempo del testimonio es a veces el tiempo de la persecución. Gracias a Dios vivimos en países en los que la fe cristiana, aunque sea rechazada, no es perseguida. El evangelio, sin duda, resulta conflictivo. El rechazo que experimentó Jesús lo viven ahora sus seguidores. La situación puede parecer desesperada porque provoca la división en el interior mismo de la familia y de la Iglesia, pero los creyentes saldrán vencedores. No tendrán que preparar su defensa frente a los acusadores pues el Espíritu de Dios será el Defensor. Lo único que se le pide al creyente es la perseverancia, la fidelidad, sabiendo que sus vidas están en buenas manos.

 La historia camina sin duda hacia su fin. Ese fin está muy lejano, pero Lucas lo sigue poniendo delante de los ojos de sus lectores. Aunque parece una especie de final catastrófico, Lucas no intenta atemorizarnos. Al contrario, es entonces cuando hay que levantar las cabezas porque la salvación está cerca. La espera del retorno de Cristo no debe distraernos del compromiso con el momento presente (2 Tes 3,7-12). La primera forma de ese compromiso es el trabajo diario, el no estarse con las manos cruzadas a que venga el Señor a instaurar la justicia. Debemos ser nosotros los que trabajemos por crear un mundo más justo y fraterno. Mediante nuestro testimonio cristiano estamos anunciando a Cristo y preparando la venida de su Reino. Pero tampoco podemos hundirnos en este presente fugaz olvidando que estamos a la espera del Señor. Ninguna realización humana, por más sublime que sea, puede considerarse como definitiva. El cristiano mantiene siempre una distancia crítica respecto a todo lo histórico sabiendo que lo definitivo tan sólo se nos dará en Cristo.

 En la celebración de la eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Que la esperanza de su venida nos mantenga atentos a los desafíos de la vida cristiana y nos dé la fuerza para ser testigos fieles del Resucitado.

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Un Dios de vivos y no de muertos

10 de noviembre de 2013 – 32 Domingo Ordinario

Hemos celebrado hace poco el Día de los Difuntos, que seguía al de Todos los Santos. Ambos nos recordaban que estamos hechos para la Vida con mayúscula. Uno de mis compañeros me comentaba que este año vio poca gente en el cementerio. Es posible que los tres días del puente hayan invitado a viajar y no a visitar cementerios. En todo caso el amor y recuerdo de nuestros seres queridos no puede reducirse a una visita al cementerio el día de los difuntos sino que ellos deben ser una presencia amorosa espiritual todos los días. Aunque no los veamos físicamente, ellos están presentes como la persona amada, aunque esté en la distancia. “El amor es más fuerte que la muerte”, nos recuerda el enamorado del Cantar de los Cantares. Precisamente la palabra cementerio nos recuerda que es el lugar donde los seres queridos duermen, es decir, descansan. En el mismo libro del Cantar se lee “yo duermo pero mi corazón está en vela”.

Hoy día son muchos los que no creen en la resurrección ni que la vida continúe después de la muerte, los cristianos, en cambio, somos portadores de una esperanza que no debemos dejarnos arrebatar. San Pablo decía que los paganos eran personas sin esperanza. Nosotros creemos que Dios es el Dios de la vida y por eso resucitó a su Hijo Jesús de entre los muertos y con él hemos resucitado todos. Así “Dios nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza” (2 Tes 2,16-3,5).

En el pueblo de Israel la idea de la resurrección apareció muy tardíamente, vinculada a la experiencia del martirio durante las persecuciones de los reinos helenísticos (2 Mac 7, 1-2. 9-14). Dios no podía sin más dejar que sus fieles murieran tan jóvenes sin haber podido realizar su existencia. Dios tenía que darles de nuevo vida. La creencia fue acogida por los fariseos, pero no por los saduceos, es decir, por la clase sacerdotal tradicional, que la consideraba una innovación .

Sin el horizonte de la resurrección, ni la vida de Jesús ni la de sus seguidores habría tenido sentido pues se jugaron el todo por el todo con la esperanza de encontrarse con Dios. Los saduceos niegan la resurrección, pues les parece una creencia absurda, como se pone de manifiesto en el caso de la mujer y los siete maridos. En el cielo ¿de quién sería mujer?. Jesús no sólo desmonta la objeción sino que demuestra que la fe en la resurrección se basa en la Ley de Moisés, normativa para todo judío (Lc 20,27-38).

Según Jesús, la objeción contra la resurrección proviene del hecho de que proyectamos nuestras categorías humanas en el más allá. Creemos que en el cielo siguen existiendo las instituciones de este mundo. Pero en el Reino ya no existirá el matrimonio. Habrá una transformación profunda de nuestras personas para poder vivir en la vida de Dios. Esto es posible al poder de Dios.

Dios se presenta como “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Como Dios, es el Dios de la vida, no puede ser un Dios de personas muertas. Para Dios, todos están vivos. Jesús ha aducido una verdad de experiencia. Nuestra relación con Dios nos pone en relación con la vida verdadera. Así ha sido como lo han experimentado los grandes creyentes. Nuestros seres queridos noi se pierden en la nada sino que viven para Dios. Amar a una persona, decía Gabriel Marcel, es poder decirle: para mí, tú no morirás nunca. Es lo que sin duda nos dice Dios a cada uno de nosotros. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestras vidas para dar una esperanza a todos los que no encuentran un sentido a la vida y a la muerte.

 

 

 

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