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Buscar y salvar lo que estaba perdido

3 de noviembre de 2013 – 31 Domingo Ordinario

 La Nueva Evangelización exige de nosotros una nueva manera de actuar. A pesar de las orientaciones del Concilio que pidió salir al encuentro del hombre, la Iglesia ha estado esperando a que las personas vengan a ella. Convencida de poseer la verdad y los verdaderos valores, creía que todos se iban a sentir atraídos por ella. La realidad es que son muchos los que se han ido alejando de la vida eclesial y no podemos estar con los brazos cruzados esperando a ver si vuelven. Como insiste el papa, hay que salir a las periferias de nuestro mundo para encontrarnos con los excluidos. A unos los hemos echado fuera porque los consideramos en situaciones “irregulares”; otros se han ido porque no han encontrado la acogida y comprensión que se esperaban.

Tan sólo Dios y su enviado Jesús son capaces de acogernos tal como somos, pecadores invitados a la conversión. Zaqueo, cobrador de impuestos al servicio del poder romano ocupante, era considerado un pecador, excluido del amor de Dios por su religión judía (Lc 19,1-10). Sin duda era una persona que se había enriquecido explotando a sus conciudadanos, pero se sentía solo y despreciado, tan pequeño que no alcanzaba a ver a Jesús entre la muchedumbre.  

Trataba de ver a Jesús porque sin duda le habrían llegado noticias de su persona. Era alguien liberado de los prejuicios reinantes, con el que se podía hablar y confrontar su vida. Zaqueo se quedó de una pieza cuando, subido en el árbol, fue interpelado por su nombre. También Jesús estaba interesado en encontrarse largamente con Zaqueo. Las críticas de la gente bien pensante no se hicieron esperar y Zaqueo tuvo que sentirse abochornado pues él era el causante de esas críticas.

Por primera vez, ante alguien que le había aceptado tal como era. Jesús había sabido poner en práctica una pedagogía verdaderamente divina, que imitaba el comportamiento del mismo Dios (Sabid 11,22-12,2). Dios corrige poco a poco, con amor y sin casi hacerles daño,  a los que caen. Les recuerda su pecado y los reprende, para que no se les embote la conciencia sino que se conviertan y crean en Él. Zaqueo se aprovechó de las críticas, que tantas veces le habrían dirigido, para convertir su vida. Su nueva vida se expresa en el gesto de dar la mitad de sus bienes a los pobres y reparar las injusticias cometidas de una manera mucho más generosa que lo que pedía la ley.

Jesús no pudo menos que admirarse de las maravillas que había producido su simple presencia en aquella casa, que había recibido la salvación. Zaqueo era un miembro del Pueblo de Dios, al que las circunstancias de la vida lo habían llevado a embarcarse por el camino de la injusticia. A pesar de todo él continúa siendo un hijo de Abrahán. El pecador, a pesar de su pecado, continúa siendo objeto de la misericordia de Dios, con más motivo que el justo. El pecador es una persona en vías de perdición y el Hijo del hombre ha venido a salvar precisamente a los que están en peligro. En vez de rasgarse las vestiduras escandalizados, habría que alegrarse de que alguien salve finalmente su vida.

El drama de las personas que se consideran justas y critican a los pecadores y a los que se acercan a ellos consiste en creer que Dios está interesado sólo en la salvación de aquéllos que se la merecen por sus obras buenas. Olvidan que la salvación es un don, que sin duda hay que acoger en una vida digna de la gracia recibida.  Que la celebración de la eucaristía en la que Jesús nos invita a su banquete pascual nos lleva a cambiar nuestras vidas y a producir verdaderos frutos de conversión.

 

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Bienaventurados los pobres

1 de noviembre de 2013 – Todos los Santos

 

Por primera vez en muchos años los católicos nos vemos interpelados a vivir las bienaventuranzas por el ejemplo del propio papa. Ahora no caben las excusas de que el papa vive en un palacio. Por primera vez un papa se ha tomado en serio el vivir como una persona corriente, en la medida en que puede serlo con su responsabilidad. No sabemos si ese estilo de vida va a ser sólo el del papa o si los demás miembros de la jerarquía y pueblo van a hacer igual. Digamos de paso que, a raíz del Vaticano II, en general los obispos y los sacerdotes han hecho un esfuerzo inmenso de acercarse al estilo de vida de la gente sencilla.

El deseo de una Iglesia de los pobres y la referencia de su nombre a Francisco de Asís muestra bien a las claras el deseo del papa de un nuevo rumbo para toda la Iglesia. Se trata de decidirse a vivir de manera práctica las Bienaventuranzas que están resumidas en la primera: Bienaventurados los pobres (Mt 5,1-12). En realidad las que le siguen son variaciones de este único tema. No cabe duda de que los santos han sido pobres o han vivido pobremente, preocupados de los pobres, compartiendo con los pobres lo que tienen.

Si miro en el calendario de los santos no encuentro ninguno que haya vivido como un rico, despreocupado de los pobres. El vivir entre la riqueza crea un aburguesamiento y una vida instalada y mediocre. Es lo que le está pasando a la Iglesia de nuestro continente. Una Iglesia instalada no tiene nada que decir a nuestro mundo que es maestro en instalaciones. Tan sólo una Iglesia que ponga en cuestión la vida cómoda a la que aspiran nuestros contemporáneas tendrá un mensaje de esperanza para todos los que luchan cada día para poder vivir todavía mañana.

Las Bienaventuranzas son todo un programa de vida individual y social basado en los nuevos valores aportados por Jesús. Él ha encarnado y proclamado los nuevos valores evangélicos que hacen presente la venida del Reino. Ellos hacen visible el amor incondicional de Dios por los pobres y los perdedores de este mundo, que son el objeto de predilección de Dios. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pase a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos (1 Jn 3,1-3). Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. El que tiene esta esperanza se purifica cada día. No nos dejemos robar la esperanza. Tenemos esa nube inmensa de hermanos que nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo en él la esperanza y el amor cristiano.

 

 

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El que se humilla será exaltado

27 de octubre de 2013 – 30 Domingo Ordinario

 

Hay muchas personas que no rezan. No sólo porque no saben o no recuerdan oraciones sino porque les parece una pérdida de tiempo. Es posible que todavía crean en Dios, pero no mantienen ninguna relación personal con él, porque  piensan que no tiene nada que ver con su vida. Cada uno reza según su fe, según la imagen que tiene de Dios. El fariseo reza según la teología farisea (Lc 18,9-14). Es posible que la imagen que los evangelios nos transmiten de este grupo judío esté condicionada por la polémica cristiano-judía. Los fariseos del tiempo de Jesús no sólo parecían buenos sino que también en la mayoría de los casos lo eran y mantenían una relación auténtica con Dios.  

 

El fariseo del que habla el evangelio es el fariseo de todos los tiempos y lo encontramos en todas las religiones y en los que no tienen religión. También acontece lo mismo con la figura del publicano, que es sin más la del pecador. El fariseo es irreprochable ante la ley y por eso se considera justificado ante Dios. Su oración de acción de gracias, más que dirigirse a Dios, está dedicada a sí mismo. Su Dios es el legalismo. El fariseo ora como su vida de fariseo, erguido, delante, donde lo vean. La falsedad de su Dios aparece en que no se sitúa ante él sino que se compara con los pecadores, con el publicano. El Dios del fariseo está a favor de la ley y en contra de los pecadores. Como no se reconoce pecador, sino justo, no recibe el perdón y la justificación de Dios. Por eso vuelve a casa con su pecado, pecado agravado por su oración.           

En cambio el publicano reza como publicano, como pecador. Se mantiene atrás, se da golpes de pecho y pide humildemente perdón ante Dios. El publicano se sitúa ante Dios y no ante la ley. Cree en un Dios misericordioso que acoge al pecador. En su parábola, Jesús hablaba de ese Dios que él hace presente a través de la acogida de los pecadores y comer con ellos. El publicano, al reconocerse pecador y pedir perdón, Dios lo perdona y lo justifica, hace de él una persona justa. Volvió a casa totalmente transformado. Su oración había sido escuchada por Dios, que acogió su petición de perdón (Ecco 35,12-14.16-18). La Iglesia, como Jesús, debe ser sacramento de perdón y no condenar a nadie.           

San Lucas saca una conclusión general para su comunidad. “El que se enaltece, será humillado, el que se humilla será enaltecido”. Se trata sin duda de vivir la humildad que Santa Teresa definía como “caminar en la verdad”. La humildad tiene que ver con la percepción real de nuestra situación. No se trata de una humildad tonta sino del reconocimiento realista de que todo lo recibimos de Dios. Probablemente tengamos cualidades superiores a muchas personas, pero eso no debe llevarnos a despreciar a los demás. Ni nosotros hemos merecido los dones recibidos, ni los demás son culpables y por eso no los habrían recibido. Dios los da a quien quiere y como quiere, pero se complace de manera especial en derribar de sus tronos a los poderosos y en ensalzar a los humildes. Es la inversión de valores que trae consigo el evangelio.

Tenemos que situarnos ante Dios y no ante la ley. Es fácil considerarse bueno y enorgullecerse por cumplir la ley. Ante Dios, ante la cruz de Cristo, nos descubrimos todos necesitados de su perdón. De hecho hemos sido perdonados en Cristo Jesús. Por eso la oración del cristiano será la de Jesús. En el Padre Nuestro, Jesús ha formulado brevemente su teología. Dios es Padre bueno de todos. Es un Dios santo que no podemos manipular con nuestras leyes humanas. Él quiere traer su Reino de justicia y amor, sobre todo para los excluidos. Lo que importa es su voluntad amorosa pueda realizarse en la vida de los hombres. A ese Dios amoroso podemos confiar nuestra vida con sus pecados. Que la celebración de la eucaristía nos dé esa humildad de espíritu para no creernos mejores que los demás y estar dispuestos a ser instrumentos de perdón y reconciliación en nuestro mundo.

 

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Dios hará justicia sin tardar

20 de octubre de 2013 – 29 domingo ordinario

 

La búsqueda de una sociedad más justa y fraterna, en la que reine la verdadera libertad y sean reconocidos los derechos humanos, ha sido en buena medida el motor de la historia en la época moderna. Los cristianos han participado en esa aventura y han considerado que una sociedad es justa y humana en la medida en que se preocupa por los más débiles y desfavorecidos. 

El papa Francisco ha denunciado que el tipo de sociedad que hemos creado está eliminando a los jóvenes y a los ancianos.  Los cristianos no debemos dejarnos robar la esperanza de que otro mundo es posible. Hay que mantenerla a través de la oración. Los cristianos han rezado y seguimos rezando para que venga el Reino y Dios haga justicia a sus elegidos. A algunos ese mundo injusto les parece el argumento más concluyente contra la existencia de Dios y creen que esas oraciones son una pérdida de tiempo, otros, sin embargo, seguirán viendo en ellas un arma poderosa no violenta contra los injustos.

Nuestra fe confiesa que la historia del mundo está en las manos de Dios y tiene un sentido. No es un simple sucederse de acontecimientos en el que el pez grande se come al chico, o como decía Unamuno, “que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Para Dios nada es imposible y Él se preocupa del bien de los suyos (Ex 17,8-13). La parábola de hoy pone un ejemplo tomado de la vida social (Lc 18,1-8). Desgraciadamente es siempre actual. Muchas personas se sienten frustradas en su búsqueda de justicia. Recorren a todas las instancias y le viene siempre denegada. Pocos, sin embargo, piensan en apelar a Dios y en encomendarle a Él su causa. La viuda del evangelio traduce bien la impotencia de los débiles ante el cinismo de los fuertes. Al final el juez hace justicia por quitársela de encima y no sentirse importunado cada día con una manifestación o una sentada.

El evangelio dice claramente que se trata de un juez injusto, todo lo contrario de Dios. Dios no puede menos que hacer justicia sobre todo a sus elegidos. Y la hará rápidamente. La convicción de que el Reino de Dios está irrumpiendo en la historia da esa certeza de que es posible instaurar la justicia. Sin duda no ocurrirá de manera automática sino que los hombres tienen que esforzarse en construir la justicia.

El evangelio señala una de las condiciones: tener fe. Hay que creer que este mundo puede cambiar, que se puede construir un mundo diferente. Sin duda eso es lo que expresaba la viuda con su constante reclamar justicia. No admitía ni por asomo que las cosas sean como son y que no haya manera de cambiarlas. Ese reclamar ante Dios se traduce en la oración constante y confiada. La confianza nos viene del hecho de que Dios está constantemente cambiando la historia, derribando a los potentados de sus tronos y exaltando a los humildes.

El problema es que la fe se enfría y nos olvidamos de Dios. Es necesario alimentar la fe y la confianza en la oración. El interrogante final del evangelio nos deja a todos en suspenso. ¿Seremos capaces de mantener la fe hasta la venida del Hijo del hombre? Él es el que establecerá definitivamente la justicia, pero la está instaurando ya poco a poco con la colaboración de todos los justos.

La mejor manera de avivar nuestra fe es el contacto con la Palabra de Dios, con la Biblia (2 Tim 3,14-4,2). Cada vez que leemos y proclamamos las acciones liberadoras de Dios, las hacemos actuales hoy. La memoria de la liberación es una memoria peligrosa porque recuerda a los poderosos que ellos no son invencibles. Tantas veces Dios los ha derribado de sus tronos que también hoy puede hacerlo. En la eucaristía actualizamos la acción liberadora de Dios que rescató a su Hijo de la tumba, víctima de los poderosos de este mundo. Que la fuerza de la resurrección nos lleve a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno.

 

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Tu fe te ha salvado

13 de octubre de 2013 – 28 Domingo Ordinario

 

Todos hemos tenido algún encuentro que ha sido decisivo para nuestra vida, que la ha cambiado, que ha supuesto un despliegue de nuestra libertad y creatividad. El Evangelio, como Buena Noticia, es una narración de los encuentros de diversas personas con Jesús. Encuentros unas veces en los que Jesús lleva la iniciativa y va al encuentro de determinada personas. Otras veces esos encuentros han sido buscados por personas que tratan de encontrar la salvación en Jesús. Jesús es capaz de encontrarse con cada persona, con el justo y con el pecador, con el agradecido y el desagradecido. Jesús hace presente el amor de Dios. Ese amor se manifiesta sobre justos y pecadores.

Jesús en el evangelio de hoy cura a diez leprosos (Lc 17,11-19). Ante la necesidad de esas personas, Jesús no hace cálculos de si se lo van a agradecer o no. Al final nueve irán curados, uno irá curado y salvado. El verbo griego significa ambas cosas. Lo que salva es la fe. “La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida”, dice la encíclica la Luz de la Fe.

Diez leprosos han sido curados por Jesús. Han experimentado los beneficios de Dios a través de su enviado Jesús. Y, sin embargo, lo han considerado como lo más natural, como algo que les era debido. Preocupados por quedar lo más pronto limpios, no se detuvieron a agradecer a Jesús. Incluso, cuando ya están curados, no se acuerdan de su benefactor, excepto uno que, para más vergüenza, era samaritano, considerado como extranjero pagano. Muestra más sentido religioso el pagano que los otros nueve judíos. El samaritano volvió, alabando a Dios, a darle gracias a Jesús.

Jesús hará una alabanza de este samaritano y le dirá: tu fe te ha salvado y te ha curado. Los otros nueve fueron curados pero no fueron salvados. Recuperaron simplemente la salud pero no recuperaron el sentido de la vida, que se encuentra en la relación con Dios, que se hace presente en Jesús. El samaritano se ha convertido en un creyente cristiano. Lucas se complace en mostrar cómo sus lectores, de origen pagano, han abrazado la fe cristiana, mientras los judíos, que eran los primeros destinatarios de la salvación, la han rechazado.

San Pablo, que era judío, subraya la fidelidad de Dios frente a la incredulidad del hombre. Dios es siempre fiel porque no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2, 8-13). Jesús es el sí definitivo de Dios al hombre pecador que había pronunciado y sigue pronunciando su “no” a Dios. Creer en Jesús es compartir su destino de muerte y resurrección.

La primera lectura nos presenta la curación de otro leproso, el general Naamán el sirio (2 Re 5,14-17). Su proceso de fe fue lento, pero cuando ha obedecido a la palabra del profeta y ha quedado curado, siente en su corazón el agradecimiento. Lo quiere expresar recompensando al profeta, pero se da cuenta de que éste da gratuitamente lo que había recibido gratis. Entonces Naamán descubre la belleza de la fe judía que quiere practicar en su propio país. Para ello lleva un poco de tierra de Israel para así poder dar culto al Dios de Israel. En su mentalidad pagana ligaba al Dios de Israel a la tierra de Israel. Tendrá que descubrir todavía que Dios no está limitado por las fronteras humanas.

Nuestra celebración de la eucaristía es una acción de gracias a Dios Padre por la salvación en Cristo Jesús. Esta salvación la experimentamos en todos los dones que constantemente recibimos de Dios en nuestras vidas. Pidamos un corazón agradecido al Señor y a las personas de las que estamos recibiendo también tantos favores.

 

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El justo vivirá por su fe

6 de octubre de 2013 – 27 Domingo Ordinario

Estamos casi al final del Año de la Fe proclamado por Benedicto XVI y marcado por el Sínodo para la transmisión de la Fe y la encíclica la Luz de la Fe, firmada por el papa Francisco. Aunque sea pronto para apreciar lo que ha ocurrido este año, no cabe duda de que se está produciendo un movimiento en la vida un tanto aletargada de los creyentes. Se venía constatando baja intensidad de vida cristiana, que afecta incluso a la jerarquía y a la vida religiosa.  La separación de fe y vida hace que nuestras vidas tengan poco que decir a los no creyentes. La fe no se ha hecho vida. También en el evangelio se muestra muchas veces la falta de fe o la poca fe no sólo de las muchedumbres sino también de los discípulos. Ellos mismos se dan cuenta de ello y por eso piden a Jesús que aumente su fe, su adhesión incondicional a su persona (Lc 17,5-10).

Tanto Benedicto como Francisco han visto en la excesiva preocupación de la Iglesia por sí misma la causa de esta situación y tratan de reorientar el rumbo. La Iglesia está al servicio del Reino de Dios que anunciaba Jesús. La Iglesia no debe preocuparse de hacer proselitismo para ser más y tener más poder en la sociedad, sino que debe preocuparse siempre del hombre concreto. Jesús pone a los discípulos el modelo del servidor. Esa imagen fue la que empleó Benedicto en su primera aparición apenas proclamado papa: “soy un humilde trabajador en la viña del Señor”. Como el servidor, el creyente tiene que hacer todo lo mandado. Y considerar que es lo más normal, que no tiene nada de extraordinario. El servidor está para hacer lo que manda su amo. Incluso cuando haya hecho todo muy bien, continuará siendo  siempre un pobre servidor.

De esa manera la fe no nos separa de todos los hombres de buena voluntad que buscan implantar la justicia en el mundo y que hacen suya la causa de los pobres. Al contrario, la fe nos lleva a unir nuestros esfuerzos con todos los constructores de justicia y de paz. La fe lleva al diálogo con todos, abierta a aprender también de los que se declaran no creyentes pero que vemos que tienen una actitud de servicio y un deseo en el fondo de vivir las bienaventuranzas. Creyentes y no creyentes vivimos en el mismo mundo de desgracias, trabajos, violencias, catástrofes, luchas y contiendas (Hab. 1, 2-3; 2,2-4). Ante esas situaciones el creyente no se deja arrebatar la esperanza sino que vive de la fe en el amor misericordioso del Padre que  quiere un mundo de hermanos. El creyente trata de contagiar esa esperanza a los no creyentes para que tampoco ellos se dejen vencer por el desánimo.

San Pablo era consciente del problema y por eso recomienda a su discípulo Timoteo que avive el fuego de la gracia que recibió con la ordenación (2 Tim 1,6-8.13-14). Los cristianos en estos momentos nos estamos mostrando demasiado cobardes en la manera de vivir nuestra fe. Hace falta un espíritu de energía, de amor y de sensatez. Como suele repetir el papa Francisco, tenemos que ser creativos ante la realidad injusta en la que estamos viviendo. No se pueden repetir sin más las mismas fórmulas sino que el amor tiene que suscitar iniciativas nuevas. Que esta Eucaristía nos haga entrar de verdad en el misterio de la fe de manera que nuestras vidas sean cambiadas por el encuentro con Cristo y vivan con intensidad su seguimiento.

 

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