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Vete a anunciar el Reino de Dios

30 de junio de 2013 – 13 Domingo del Tiempo Ordinario

 

Hace treinta años era todavía relativamente fácil encontrar el trabajo para el que uno se había preparado porque le gustaba. Entonces la profesión era una especie de vocación. Hoy día cada vez más hay que aceptar trabajos que no le acaban de satisfacer a uno. Es muy difícil poder tener la iniciativa y elegir. En la misión de Jesús, es Él el que llama e invita a seguirlo. No es pues un puro proyecto humano en el que uno pueda tener la iniciativa. Ser elegido es un signo de la predilección y del amor de Jesús. Las cualidades y la preparación cuentan poco. Jesús llama y no deja poner condiciones. Éstas no tienen tanto que ver con el trabajo a realizar sino con la forma de vida que hay que seguir. Ser discípulo de Jesús no es tanto hacer cosas sino una manera de ser, de vivir, de actuar, de ver el mundo. En el fondo se trata de hacer presente el Reino mediante el amor cristiano. Todos los otros métodos pueden resultar destructivos ( Gal 4,31-5,13-18).

Los discípulos pueden pensar que se trata ante todo de establecer el Reino y la justicia de Dios a cualquier precio, incluso con el fuego de Dios. Jesús no tiene más remedio que reprender a Santiago y Juan, personas por lo demás ambiciosas, que tienen pocos escrúpulos a la hora de buscar los medios y los métodos. Jesús no acepta tampoco por las buenas a todos los que se ofrecen espontáneamente a seguirle (Lc 9,51-61). A estas personas generosas y bien intencionadas, que vienen ya con su proyecto propio, Jesús les hace ver que es Él el que puede poner condiciones y no los que quieren seguirle. Para que nadie se haga ilusiones de que el seguimiento de Jesús le va a traer ventajas materiales, Jesús pone delante de la persona las condiciones extremas en las que vive el grupo. Es una vida itinerante a la intemperie. No hay un refugio permanente, cosa que hasta los animales tienen.

El seguimiento de Jesús parece saltarse a la torera las obligaciones más sagradas, como el enterrar a los padres. Jesús trae una novedad tal, sitúa a la persona en el Reino de la vida, de manera que no puede uno seguir ocupándose de los muertos. Ya habrá otros que se ocupen de ellos. El discípulo está llamado a anunciar el Reino y no puede perder el tiempo en otras actividades, por más sagradas que parezcan.

La venida del Reino trae la relativización de todos los valores, incluso de los más divinos. Jesús y los primeros cristianos saben bien que esas realidades, como la familia, que tanto sacralizamos, pueden ser un obstáculo para la fe y para su seguimiento. Pensar aunque nada más sea en despedirse de la familia para quedar bien con ella es seguir mirando hacia atrás, hacia el pasado. Ese tipo de persona no vale para el Reino de Dios. El creyente mira hacia el futuro del Reino que viene y no se preocupa de lo que queda atrás.

Todo esto parece exagerado, pero es la única manera de no convertir el Reino de Dios en una “gracia barata”, que se puede adquirir sin renuncia. Hay que hacer como Eliseo, obedecer prontamente, sacrificar lo que uno tiene y celebrar un banquete con motivo de la lotería que a uno le ha tocado: ser llamado al servicio del Reino ( 1 Re 19, 16-21). Que la celebración de la eucaristía nos confirme en el seguimiento de Cristo y nos abra hacia el futuro de Dios de manera que no volvamos la vista atrás.

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El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho

23 de junio de 2013 – 12 Domingo Ordinario


La fe cristiana es una adhesión personal a Cristo, a Cristo crucificado. No se puede eliminar la cruz sin vaciar totalmente el cristianismo. El Papa Francisco nos lo recordó al comienzo de su pontificado.  Pedro confesó alegremente que Jesús era el Mesías, el Cristo, pero no se dio cuenta de lo que esto implicaba. Jesús se encargó de recordárselo (Lc 9,18-24). La fe cristiana no es cuestión de dogmas y afirmaciones teológicas. La fe implica querer vivir como Jesús, afrontando la posibilidad de terminar como él, crucificado. La proclamación de Jesús como el Mesías de Dios no es una invitación al triunfalismo sino a seguir a Jesús sufriente. Pedro y todos los demás tenemos que negarnos a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz detrás de Jesús.

Es verdad que la adhesión de Pedro a Jesús tuvo sus altibajos y en uno de ellos llegó a renegar de Jesús. Una vez llorado su pecado y perdonado por Jesús, volvió al amor primero y confesó a Jesús hasta morir por Él. Perder la vida por Jesús es la única manera de salvarla. La tentación de querer salvar la vida, o la buena fama en un momento determinado, ha llevado también a la Iglesia a este atolladero del que le está costando trabajo salir. La única manera de ser creíbles es abrazar la causa de los crucificados de nuestro tiempo, convertirse en cirineos y samaritanos de todas las víctimas de la historia. Son tantos los que hoy día han caído en manos de los bandidos y han sido despojados de todo.

Creer en Cristo Jesús no es simplemente repetir fórmulas del catecismo, aunque estas fórmulas sean necesarias para confesar juntos la misma fe. Creer en Jesús es, como dice San Pablo, revestirnos de Él (Gal 3,26-29). Ese vestido no es una realidad exterior que uno se quita y se pone. No es un puro barniz de apariencia. Expresa más bien la transformación interior y total de la persona. El que se ha vestido de Cristo re-presenta, hace presente a Cristo, es Cristo. Cada uno de los creyentes es Cristo, una presencia de Cristo en nuestro mundo, una prolongación de su encarnación.

En esta perspectiva, la fe cristiana abre un horizonte de novedad, no sólo para el individuo, sino también para toda la comunidad humana, en sus dimensiones sociales. En Cristo han sido abolidas todas las discriminaciones: judíos-gentiles, esclavos-libres, hombres-mujeres.  Ciertamente que no se suprimen las diferencias, si no son discriminadoras sino que representan una riqueza integrable en la unidad. Todos somos uno en Cristo Jesús, sin perder nuestra identidad y originalidad. Pero esa identidad personal es relacional. Hace relación a Cristo, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, invitados todos ellos a revestirse de Cristo y a seguir su estilo de vida.

La fe en Cristo no quita nada valioso a nadie. Los apóstoles, venidos del judaísmo, estaban convencidos que aquello que ellos y sus padres habían vivido durante tantos siglos había llegado a su plenitud en el acontecimiento de Cristo Jesús. Para ellos orientar su vidas hacia Jesús no era renegar de su pasado sino salvarlo. También los diversos pueblos paganos que adhirieron a la fe cristiana experimentaron que ninguno de sus valores auténticos se perdía sino que adquiría un punto de referencia nuevo que garantizaba su realización concreta. En la eucaristía proclamamos nuestra fe en Cristo y lo seguimos en sus palabras y gestos. Tengamos el coraje de proclamar nuestra fe con palabras y obras en nuestra vida concreta.

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Sus muchos pecados están perdonados

16 de junio de 2013 – 11 Domingo Ordinario

 

El problema de las deudas tiene atenazados a cientos de miles de personas que compraron a plazos y ahora no pueden pagar. Las situaciones son trágicas porque a veces está en juego la propia vivienda. Pero no sólo las personas, también muchos países no levantan cabeza a causa de la deuda externa. En el Reino del que habla Jesús se sigue una contabilidad muy especial, que sin duda provocaría la ruina de las instituciones bancarias.  No es que los bancos que han quebrado o tienen dificultades hayan seguido el sistema de Jesús o las recomendaciones de la doctrina social de la Iglesia. Es más bien la especulación y el afán de lucro los que han provocado los problemas. En el Reino de Jesús se condonan con la misma facilidad unos cuantos euros o varios millones. Por eso en el Reino, que anuncia Jesús, se habla tanto del perdón, y se hace realidad en la vida de muchas personas.

Frente a posturas un tanto intransigentes que rebrotan en ciertos ambientes eclesiales, el papa Francisco ha recordado que Dios no condena nunca, que Dios perdona siempre. Los ejemplos de las lecturas de hoy son bien significativos. David se considera a sí mismo como una persona justa, que por eso puede dictar justicia. En realidad su conciencia estaba un tanto aletargada. Veía claramente el pecado de los demás y no reconocía las barbaridades que él había cometido. David recibe el perdón cuando él mismo ha sentenciado que el crimen que ha hecho merece la muerte. Basta reconocer el pecado y obtendrá el perdón (2 Sam 12,7-13).

De la pecadora del evangelio no conocemos muchos detalles pero no cabe duda de que era una persona considerada pecadora pública por parte de la gente bien (Lc 7,36-8,3). El hecho de que para acercarse a Jesús haya sido capaz de entrar en casa de un fariseo y que no la hayan echado a patadas habla de la confianza que tenía en Jesús y del respeto que tenían por Jesús  los fariseos.

La pecadora muestra su amor por Jesús y su arrepentimiento a través de las lágrimas. Su gesto constituye una especie de sacramento de reconciliación, que purifica totalmente su vida y la salva. Jesús confirma ese perdón y declara que es la fe la que la ha salvado. Es la fe como adhesión amorosa a la persona de Jesús la que ha hecho que esa persona reconstruya su vida. Esa fe y esos gestos brotaban del amor que es lo que purifica y salva. Jesús dice que se le han perdonado sus muchos pecados porque ha amado mucho. Pero concluye de manera sorprendente: al que poco se le perdona poco ama.

Las personas “buenas”, al estilo de los fariseos, aman poco porque no han experimentado el perdón en sus vidas. No lo han experimentado porque se creen buenos, sin pecados, y no necesitan el perdón. Así se pierden la gran oportunidad en la vida de encontrarse con el Dios que perdona. Hoy día casi todos somos fariseos. Nos cuesta reconocernos pecadores ante Dios. Nos consideramos personas buenas, sobre todo en comparación a lo que hay por el mundo.

Pablo, en cambio, antiguo fariseo, quedó profundamente conmovido por la experiencia no sólo de haber sido perdonado por Cristo sino también por haber sido llamado a ser apóstol suyo. Experimentó en su propia carne que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús (Gal 2,16-21). La religión no es un hacer cosas sino un creer y amar a una persona, la persona de Jesús como revelación del amor del Padre. Este amor se ha mostrado, ante todo, como perdón. Éramos enemigos de Dios que, sin embargo, nos ha tendido su mano y nos ha hecho hijos suyos.

En cada eucaristía experimentamos el perdón de Dios nuestro Padre que pedimos al comienzo de la celebración y que se hace realidad en el encuentro amoroso con Jesús sacramentado. Que nuestra vida sea testimonio agradecido del perdón recibido.

 

 

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Dios ha visitado a su pueblo

9 de junio de 2013 – 10 Domingo Ordinario

Las muertes prematuras nos conmueven. Causan en nosotros una impresión de una injusticia irreparable. A pesar de los avances de la medicina, somos impotentes ante la realidad de la muerte, que sigue llevándose muchas personas antes de tiempo. En nuestro corazón hay el deseo, sin duda puesto por Dios, de vivir para siempre. Todos creemos que hemos sido hechos para la vida y no para la muerte. El Señor sostiene nuestra débil esperanza a través de las intervenciones milagrosas que muestran su poder sobre la vida y la muerte.

Dios actúa sobre todo a través de sus enviados, de manera especial de sus profetas. Hoy escuchamos cómo Elías resucitó al hijo único de la viuda que lo había acogido en su casa (1 Re 17, 17-24). El profeta cuenta a Dios lo contradictorio que sería que su visita y cercanía a aquella pobre mujer se hubiera convertido en causa de desgracia y no de bendición. Sería una ingratitud imperdonable. Dios, a través de Elías, resucita al muerto.

En el evangelio Jesús aparece como el nuevo Elías, como el profeta definitivo de los tiempos mesiánicos. En su persona reviven los antiguos prodigios que Dios realizaba a favor de su pueblo, visitándolo con su favor (Lc 7, 11-17). De nuevo tenemos la resurrección del hijo único de una viuda. En este caso, Jesús no los conocía de antemano, pero es capaz de hacerse cercano a las personas que sufren. Le basta ver la escena del entierro del difunto para captar la situación. Es la de una pobre madre, cuyo porvenir reposaba tan sólo en este hijo y que ha sido truncado con su muerte. Jesús siente lástima de ella. Los que contemplan el milagro se dan cuenta de lo que ha ocurrido: Dios ha visitado a su pueblo. Dios no se ha desentendido de su pueblo, de lo que éste sufre, sino que está siempre atento, informándose a través de sus visitas y trayendo con ellas la salvación.

El papa Francisco nos está ayudando a todos a redescubrir esa dimensión fundamental del evangelio: la compasión. No es una realidad puramente sentimental sino que es una característica de Dios que le permitirá decir al mismo evangelista: “sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo” (Lc 6,36). Para Dios, ser misericordioso no se queda en buenos sentimientos sino que se traduce en que hace el bien a todos, a los buenos y a los malos. La Iglesia, sobre todo a través de Cáritas, está intentando hacer el bien a todos, sin distinción de religiones, sin pedir un certificado de buena conducta.

En el fondo, es ese amor misericordioso de Dios lo que experimentó San Pablo y le llevó a cambiar totalmente de conducta. De perseguidor de los cristianos pasará a ser el más entusiasta propagador de Cristo y su evangelio (Gal 1, 11-19). Pablo quedó totalmente marcado por la confianza que Jesús depositó en él, sin esperar a que diera pruebas de que se lo merecía. La Iglesia siente como suyas las alegrías y las penas de todos los que sufren, sobre todo de los pobres, y cree y confía que ellos son los destinatarios privilegiados del la Buena Noticia. Ellos son los que pueden cambiar la Iglesia y el mundo, haciendo que la Iglesia sea una Iglesia de los pobres. En la eucaristía experimentamos ese amor compasivo y misericordioso de Dios que abre para nosotros caminos de vida.

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