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¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

31 de marzo de 2013 – Vigilia Pascual

Jesús se quedó dormido, a causa de tanto dolor, en los brazos de la cruz y se despertó como nuevo en los brazos del Padre. La resurrección de Jesús es la realización de todas las promesas hechas por Dios a su pueblo y la anticipación del futuro definitivo de Dios. Es el acto fundacional de la Iglesia, convocada por el Resucitado. La Iglesia recuerda sus orígenes en el amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Leemos algunos momentos más significativos de esa historia del amor de Dios a favor de su pueblo. Todo empezó con la creación, inicio de esa historia y momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). Al cuidado del hombre confió Dios esa creación tan hermosa para que fuese cada vez más hermosa. Respetar y cuidar la creación de manera que las futuras generaciones pueden vivir en ella es la responsabilidad de cada generación. El amor misericordioso no abandona al hombre pecador ni deja esclavo a su pueblo en Egipto sino que lo libera de la esclavitud para llevarlo a su servicio. La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.

La resurrección cogió de sorpresa a todos, a empezar por sus discípulos y las piadosas mujeres que iban a cumplir un deber caridad para con el muerto, embalsamar su cuerpo, cosa que no habían podido hacer el día de su sepultura por falta de tiempo. El ángel les reprocha el que sigan pensando en un muerto entre los muertos cuando en realidad el Señor está vivo (Lc 24,1-12. El ángel les invita a penetrar en el misterio recordando las palabras de Jesús que habían anticipado el acontecimiento. Según Jesús, su muerte y su resurrección eran la realización de lo que las Escrituras anunciaban.

Las mujeres recordaron las palabras de Jesús y sin duda se abrieron a la fe pues se convirtieron en anunciadoras  de la resurrección. Pero los apóstoles no las creyeron y pensaron que deliraban. Pedro, en cambio, fue al sepulcro y lo encontró vacío y se volvió admirado. Tan sólo el encuentro con el Resucitado hará que la fe de los discípulos vuelva a revivir y se reúnan de nuevo para ser los testigos de Jesús. Es ese encuentro con Cristo el que la Iglesia tiene que posibilitar hoy día al hombre de nuestro tiempo

 

Existe el peligro de que nos pasemos la vida buscando al resucitado entre los muertos. Quizás a través de la religión popular hemos vivido intensamente en las procesiones la realidad de la pasión del Señor. Son tantos los sufrimientos del mundo que no puede uno menos que compadecerse del inocente que entregó la vida para que no muera ya más ningún inocente. Pero llega la Pascua y no sabemos cómo celebrarla. Tantos siglos de catolicismo triste han dejando una herencia y una huella demasiado pesada. Pero es aquí donde nos jugamos el futuro de nuestra fe como fuerza transformadora del mundo. El grito y la esperanza de los pobres siguen testimoniando que el Señor está vivo y que no se rinden ante la injusticia del mundo. Frente a las ofertas de felicidad barata que ofrece el mundo, los cristianos seguimos proclamando que el corazón del hombre tiene una sed de amor infinito que haga justicia a las víctimas de la historia. Sólo si nosotros resucitamos en Cristo y llegamos a pertenecer totalmente a Dios, y Él nos pertenece totalmente a nosotros, nuestro corazón inquieto encontrará finalmente su descanso. Vivamos intensamente esta eucaristía y sintámonos también nosotros enviados a anunciar a nuestros hermanos la buena noticia: Jesús está vivo. Venid y lo veréis.

 

 

 

 

 

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Mi Reino no es de este mundo

29 de marzo 2013 – Viernes Santo

Los acontecimientos importantes se cuentan y se cuentan y no se cansa uno de escucharlos. Se trata siempre de los mismos hechos pero van adoptando matices diversos. El Señor crucificado  constituye el centro de nuestra fe, hecho escandaloso que no debemos traicionar silenciándolo. Hoy escuchamos de nuevo la historia de su pasión. San Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, que escuchábamos el Domingo de Ramos, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Pero su poder es el del servicio, el de dar la vida a favor de los demás. Es un servicio que, como insistía el papa en el inicio de su pontificado, se hace cargo de los demás, que cuida con ternura no sólo a  los hombres sino también a toda la creación.

En la narración de Juan, Jesús ya no es simplemente la víctima pasiva y silenciosa sino el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades. Jesús es condenado por ser testigo de la verdad, de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. La verdad es siempre incómoda pero se abre siempre camino. También la Iglesia está al servicio de la verdad, una verdad que se descubre en el diálogo. Una verdad que no se usa como instrumento arrojadizo contra los adversarios sino para que ésta se abra paso en el corazón de todo hombre que busca el bien, la verdad y la belleza.

Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.

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Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros

28 de marzo de 2013 – Jueves Santo

El Papa Francisco está recuperando el lenguaje evangélico, un lenguaje no intelectual sino cercano al de la gente. Este papa comunica no sólo a través de sus palabras sino también a través de los pequeños gestos. En los últimos cincuenta años la Iglesia ha producido demasiados documentos. Hoy día lo que hace falta es poner en práctica el Vaticano II. Por primera vez vemos una papa que se expresa y se comporta como el resto de las personas, con toda naturalidad, liberado de protocolos que lo alejarían del contacto personal. Está claro que no  quiere representar simplemente una función, sino hacer actual a Jesús de Nazaret. Este nuevo estilo le está atrayendo la simpatía de la gente.

Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

 

Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre, sobre todo el sacramento del pobre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.

 

 

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Bendito el que viene como Rey, en el nombre del Señor

24 de marzo de 2013 – Domingo de Ramos

 

Este año hemos vivido una cuaresma intensa. La primera parte ha estado marcada por la renuncia del Papa Benedicto, la segunda por la elección del Papa Francisco. Creo que éste a través de los pequeños gestos de estos primeros días de su pontificado ha manifestado claramente su deseo de una Iglesia de los pobres y para los pobres. Si hoy día fuera posible también él cabalgaría sobre una sencilla cabalgadura dejando de lado los lujosos coches. Desgraciadamente el tema de su seguridad no le permitirá ser todo lo cercano que a él le gustaría y que tiene de sobra demostrado en el pasado.

El Domingo de Ramos es como el pórtico de la Semana Santa. En él vemos ya presente los dos grandes acontecimientos de la vida de Jesús, su muerte y su gloria. La “entrada triunfal” en Jerusalén anuncia su triunfo definitivo (Lc 19,28-40). En cierto sentido inaugura el Reino con su solemne entrada en la capital, aclamado por la gente sencilla. Ésta comprende bien el mensaje del gesto profético de Jesús. Sabe que él viene a servir y a no ser servido. No tiene un ejército con el que imponerse. Su fuerza es el amor.

La lectura de la pasión, hoy y el Viernes Santo, da una densidad especial al misterio de la cruz, con la que Jesús redimió al mundo. Vamos a contemplar la pasión del Señor no como simples espectadores, que permanecen fuera del juego, sino entrando también nosotros en ella. Metámonos dentro de los diversos personajes. Ante todo identifiquémonos con Jesús “que me amó y se entregó por mí”. Descubramos sus sentimientos profundos de amor al Padre y a los hombres. Siendo Dios, se despojó de toda gloria y compartió la condición de los pobres y humildes. Más aún, se hizo obediente hasta la muerte de cruz (Filp 2,6-11). Es ese vaciamiento de sí mismo, para poder ser solidario con los últimos de la tierra, el que le permitirá llenarse totalmente de Dios en la resurrección. A los ojos de la sabiduría humana, el misterio de la cruz es una locura, pero para los que creen en Cristo es la manifestación del amor, de la fuerza y de la sabiduría de Dios. Hay que entrar en el misterio de la cruz con un corazón de discípulo, que quiere aprender de su Señor, sin tener miedo a arriesgar la vida.

En la Pasión de san Lucas, Jesús aparece como el justo inocente perseguido injustamente por sus enemigos (Lc 22,14-23,56). Su sufrimiento revela el amor y la misericordia del Padre para con todos sus hijos descarriados. La cruz de Cristo no tiene nada de trágico sino que encarna el amor con el que cada discípulo tiene que llevar en su vida las contrariedades y contradicciones  a causa del seguimiento de su Señor. La pasión de Jesús es siempre actual. Jesús murió para que nadie más fuera condenado injustamente, pero su historia se repite constantemente. Los que hoy día gimen bajo el peso de la cruz saben, sin embargo, que no están solos, que Jesús y un gran número de testigos les han precedido sin dejarse aplastar por el sufrimiento sino experimentando de manera misteriosa su efecto redentor.

Pero también la contemplación de los demás personajes de la pasión, nos ayudan a descubrir la realidad de nuestras vidas y de nuestro pecado. Judas, el discípulo que lo entregó, es para todos nosotros una seria advertencia de que también nosotros podemos traicionar a Jesús y hundirnos después en nuestra desesperación. También Pedro lo negó, pero supo llorar su pecado. Los otros discípulos lo abandonaron por miedo, pero volvieron a creer en Él cuando lo vieron resucitado. Pilato se lava las manos en signo de inocencia, pero condena al inocente para no perder la amistad con el emperador. Herodes, curioso por poder ver algún milagro, se reconcilia con Pilato que le envió a Jesús para que lo juzgara. Los sumos sacerdotes consideran a Jesús un blasfemo, porque ha anunciado un Dios de misericordia y de perdón. ¿Qué personaje eres tú en la pasión de Jesús que continúa hoy día? La pasión de Jesús se actualiza en la celebración eucarística. Al comulgar el cuerpo de Jesús participamos en su destino de muerte y resurrección. Empecemos con ánimos la Semana Santa y acompañemos a Jesús a lo largo de ella para llegar a la alegría de la Pascua.

 

 

 

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Tampoco yo te condeno

17 de marzo de 2013- Quinto Domingo de Cuaresma

 

Toda la Iglesia se alegra con la elección del papa Francisco que ha despertado muchas expectativas por la novedad del caso. Nada hay más nuevo que el actuar de Dios en la historia (Is 43,16-21). El venir del otro extremo del mundo, el ser el primer papa jesuita, el escoger un nombre sin precedentes aportan sin duda un nuevo tipo de sensibilidad en la Iglesia. Habrá que esperar a ver cómo eso se va traduciendo en las decisiones que vaya tomando.

Como obispo, Bergoglio tenía como lema “sintiendo compasión y eligiendo”, frase tomada de San Beda el Venerable en su comentario a la vocación de San Mateo. Jesús tuvo compasión del publicano Mateo y lo eligió para el colegio apostólico. Ese sentir compasión es sintomático de Jesús en su relación con las víctimas de la vida. Fue sin duda lo que sintió ante la mujer sorprendida en adulterio, a la que defendió e invitó a cambiar de vida (Jn 8,1-11).

Esa mirada compasiva es la que se está pidiendo a la Iglesia. La pide el mundo, pero también una parte de la misma Iglesia que se siente excluida por las situaciones irregulares a las que nos condena la vida La adúltera no puede negar su pecado y tampoco Jesús lo niega. Existen leyes morales y leyes civiles que regulan la conducta de las personas. Pero ni unas ni otras pueden ser aplicadas de manera mecánica. Hace falta siempre un discernimiento espiritual. Los adversarios de Jesús piden que se aplique la ley de Moisés que condena a los adúlteros, pero al preguntar a Jesús por su opinión están admitiendo que toda ley necesita ser interpretada a la luz de la complejidad de la vida. En la vida civil son los jueces los que aplican la ley en el caso concreto.

La respuesta de Jesús demuestra que nadie está sin pecado y, por tanto, nadie puede condenar a otro, sin darle la posibilidad de enmendarse. Se trata de no identificar a la persona con su crimen. La persona sigue estando orientada en su ser hacia el bien y tiene la capacidad de rescatarse. Hay que dar siempre una segunda oportunidad. Sin duda los que se erigían en jueces habían cometido también sus pecados pero no por eso se consideraban pecadores sin salvación, sino que también ellos esperaban una oportunidad para corregir sus vidas. Es lo que nos está pasando hoy día en la Iglesia. Una Iglesia de pecadores no puede ser simplemente un Iglesia que condena sino que tiene que ser una Iglesia que perdona y ayuda a sus miembros a cambiar de vida. El que Jesús abra un período de silencio durante el cual escribe en el suelo invita sin duda a la reflexión, al discernimiento, a no actuar mecánicamente.

Jesús invita también a la mujer adúltera al discernimiento. El perdón que él le otorga  debe transformar la vida de la persona. Por eso le pide a la mujer que no peque más. El ejemplo de Pablo muestra cómo un pecador pueda ver su vida totalmente transformada (Filp 3,8-14) Es lo que había experimentado también el publicano Mateo, de cuyo pasaje el papa había tomado su lema al ser consagrado obispo. Es esa oferta de perdón del Padre en Cristo Jesús la que nosotros tratamos de acoger en esta eucaristía para transformar nuestras vidas y vivir en adelante de acuerdo con el Evangelio.

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Dios nos reconcilió consigo

10 de marzo de 2013 – Cuarto Domingo de Cuaresma

 

Toda la Iglesia está en este compás de espera de que los cardenales elijan un nuevo Papa. Parece ser que éstos no tienen prisa y quieren conocer cuál es la realidad de la Iglesia para poder acertar en su elección. La mal llamada parábola del hijo pródigo les ayudará, sin duda,  a la hora de redescubrir la misión de la Iglesia en el mundo de hoy. En realidad estamos ante la parábola del padre bueno y sus dos hijos. Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan, él sigue siendo un padre.

Fácilmente a lo largo de la historia se ha visto en la figura del hijo menor una imagen del mundo moderno que no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que le coarte, saboreando la libertad.

En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar  en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que  le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.

Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Ese “hijo fiel” hasta hace poco podía ser considerado un retrato de nuestra Iglesia. Una Iglesia en continua confrontación con el mundo al que trata a veces como un extraño, casi como un enemigo, como si fuera un hijo que el padre tuviera, pero que para ella ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. Desgraciadamente los acontecimientos vividos estos últimos años muestran que el hijo mayor tan sólo en apariencia era hijo fiel. En realidad ha caído en los mismos vicios que el hijo pródigo, vicios que él pretende fustigar.

El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Somos hermanos en el pecado, en la necesidad de ser perdonados. Todos estamos al pie de la cruz de Cristo para recibir la reconciliación con Dios y con los hermanos (2 Cor 5,17-21). La Iglesia tiene que reconciliarse con el mundo. No se trata, sin duda de hacer componendas fáciles, como por desgracia vemos que existen. No se trata de adoptar el estilo del mundo sin más. Se trata ante todo de perder ese sentido de superioridad que a veces muestra nuestra Iglesia, ese creerse mejores, ese querer enseñar a los demás lo que tienen que hacer.

La Iglesia debe encarnar en nuestro mundo el rostro misericordioso de Dios encarnado en Cristo. Un rostro paterno y materno que sabe acoger tanto a los hijos fieles como a los hijos pródigos. Fue, sin duda, este rostro el que el Vaticano II quiso para la Iglesia, una Iglesia que camina con los hombres compartiendo con ellos las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias, sobre todo las de los pobres. Una Iglesia verdaderamente samaritana que se hace cargo de las víctimas que yacen al borde de los caminos de la vida. Como compañeros de camino que comparten el mismo pan, acojamos en la eucaristía el amor misericordioso de Dios nuestra Padre que nos perdona en Cristo Jesús y nos invita a reconciliarnos con el hermano.

 

 

 

 

 

 

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