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Señor, déjala todavía este año

3 de marzo de 2013 Tercer Domingo de Cuaresma

La renuncia de Benedicto XVI es un aldabonazo a la conciencia de la Iglesia. En el fondo él se ha dado cuenta de que ésta lleva un cierto tiempo, como la higuera del evangelio, sin producir los frutos que cabría esperar de ella (Lc 13,1-9). El papa cree sinceramente que la obra necesaria de reforma de la Iglesia necesita otro guía con fuerza que sea capaz de confrontarse con las situaciones que impiden que la Iglesia produzca verdaderos frutos evangélicos.

El Vaticano II tuvo una voluntad de reforma de la Iglesia, tanto en su cabeza como en sus miembros, que no se ha llegado todavía a realizar, porque se han opuesto obstáculos, aparentemente por parte de las personas que más hubieran debido promover esa reforma. En vez de reforma de la Iglesia se nos ha colado una voluntad de restauración de un pasado, que quizás en su tiempo produjo frutos, pero que hoy día no los puede producir porque ha cambiado el clima en que esos frutos pudieran florecer y madurar. Una Iglesia que no es capaz de dar los frutos que Dios le ha encomendado, corre el peligro de desaparecer porque los hombres la van abandonando, al constatar que no aporta nada importante a la vida de las personas.

El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.

La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Una conversión que debe traducirse en frutos.  El cambio de vida no consiste sólo en cambiar nuestros proyectos, nuestra manera de pensar, de sentir y de hablar sino que al final debe reflejarse en nuestras obras. Serán éstas las que al final de la cuaresma nos harán ver si nuestro trabajo de conversión ha sido un trabajo serio o si hemos quedado a medio camino y estamos ocupando un terreno en balde. Los frutos no vendrán de manera automática o por el puro voluntarismo. Será necesario convertir nuestro corazón, nuestro ser profundo para que el árbol bueno dé frutos buenos. Sólo escuchando la llamada de Dios y oyendo el grito de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-159.Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.

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¡Qué hermoso es estar aquí!

24 de febrero de 2013 -Segundo Domingo de Cuaresma

 

Estos tiempos difíciles que nos tocan vivir ponen, sin duda, a prueba nuestra fe. Es difícil fiarse de alguien cuando no se ve ningún signo de su presencia. Todo parece desarrollarse de manera mecánica sin que haya nadie que se preocupe de nuestro dolor. La alegría de ser creyente ha ido desapareciendo del rostro de los cristianos que se ven interpelados cada día, como dice el salmo: ¿dónde está tu Dios?

Los discípulos de Jesús empezaron a darse cuenta de que aquello no progresaba. Después de unos éxitos iniciales, es el mismo Jesús el que empieza a desorientarlos pues les habla de su pasión, de su Pascua en Jerusalén. Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por eso se transfiguró ante de ellos (Lc 9,28-36).

Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el ser glorioso de Jesús que no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos y nada en él traducía que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguna percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.

La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación  tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual (Filp 3,17-4,1). Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder, su tener o su pasarlo bien. El hombre supera al hombre. Somos ciudadanos del cielo y no simplemente de la tierra, donde estamos de paso. Eso no quiere decir que nos desentendamos de las cosas de este mundo. Al contrario, a través de la transformación de nosotros mismos, transformamos este mundo y hacemos que el Reino vaya viniendo a los hombres y se vaya instaurando la verdadera ciudadanía.

Se pertenece al Reino por la fe. Toda la aventura comenzó con Abrahán, que se fió totalmente de la promesa de Dios (Gn 15,5-12.17-18). Por su fe no le importó dejar su pueblo y su familia y vivir aparentemente como un desarraigado, a la búsqueda de la patria definitiva. Dios se había comprometido solemnemente con él mediante su alianza y eso era suficiente para él. Desde ese momento, el destino de Abrahán está ligado al destino de Dios en el mundo, y el destino de Dios en el mundo está ligado a la persona de Abrahán y de sus descendientes.

El descendiente, heredero de la promesa es el mismo Cristo, pero junto a Él aparecen otras dos personas claves en la historia de ese pueblo, Moisés y Elías. Muestran que se trata de un pueblo de personas vivas y no simplemente de una colección de muertos. Ambos están vivos y hablan con toda familiaridad con Jesús respecto al destino de éste. Un destino de muerte en Jerusalén para entrar con ellos en la gloria. Que la celebración de la eucaristía nos haga experimentar la cercanía del Señor y nos dé fuerza para continuar caminando hacia la Pascua del Señor.

 

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Adorarás al Señor tu Dios y a él solo darás culto

17 de febrero de 2013 – Primer domingo de Cuaresma

La dimisión del Papa Benedicto ha sido un gesto profético muy valiente. Es el de una persona que ha antepuesto el bien de la Iglesia a su conveniencia personal. Algunos pensarán que ha escogido el camino fácil de quitarse la cruz de encima. No cabe duda, sin embargo, que lo que el Papa quiere es que la Iglesia esté guiada por una persona que sea capaz de dirigir a la Iglesia hacia la Pascua del Señor. La Pascua significa paso, estar en movimiento. De pronto el Papa se ha dado cuenta de que la Iglesia tiene siempre la tentación de instalarse y dar por definitivo lo que es siempre provisional. Con su dimisión el Papa ha sacudido el polvo de quinientos años de historia que habían consagrado una manera de ser Papa, ser Papa para toda la vida.

El gesto de Benedicto XVI muestra que la Iglesia “a pesar de todo, se mueve”. Y no cabe duda de que este cambio debiera generar otros cambios. El que este cambio venga de una persona que toda la vida ha clamado contra el relativismo nos muestra que es necesario discernir siempre para distinguir lo que es absoluto y lo que es relativo. El Papa lo ha hecho con toda sinceridad ante Dios buscando el bien de la Iglesia, que es también su propio bien. Nos ha recordado a toda la Iglesia que la dimensión contemplativa de la persona tiene prioridad en la vida. No se puede uno pasar la vida actuando de cara a la galería, siguiendo un programa que te has marcado o que te han marcado. No se puede uno dejar llevar sin más por la corriente de la vida. Hay que saber tomar las decisiones que los signos de los tiempos están pidiendo, de lo contrario corremos el peligro de quedarnos al margen de la corriente vital. La tentación hoy día es no hacer nada distinto a lo que se ha hecho. Y de esa manera dejamos pasar la novedad de la vida que nos está desafiando constantemente. La fe corre el riesgo de ser la defensa de un estilo de vida ya pasado y la Iglesia una especie de museo de objetos valiosos pero sin vida.

También Jesús al comienzo de su vida pública experimentó la tentación de los falsos mesianismos que ofrecen una salvación barata y espectacular. El maligno es especialista en ofrecer grandes ofertas a bajo precio (Lc 4,1-13). El sabe manipular a la perfección las necesidades y deseos del hombre. La primera tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan, sino que necesita de la Palabra de Dios (Rm 10,8-13). Existe, sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas necesidades del hombre.

La segunda tentación es esperar la salvación del poder político o religioso. Todo sistema político o religioso en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Luego en la práctica nos damos cuenta que los poderes tan sólo piensan en sí mismos y les preocupa poco los problemas de la gente.

La tercera tentación es un despliegue genial del tentador. Aparece como un manipulador consumado. Es capaz de usar incluso la Palabra de Dios para sus propios fines. La tentación consiste en querer que Dios nos salve de manera milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. Benedicto ha aceptado que es un hombre como los demás, marcado por la enfermedad y la fatiga, y por eso ha pedido su relevo. De esta manera se ha hecho solidario de todas las personas sufrientes y dolientes que aparentemente no cuentan en la historia. Es precisamente, a través de esa pasividad, de esa pasión, como Jesús llegó a su Pascua, a su paso al Padre. Que la celebración de la eucaristía nos sitúe en el seguimiento de Jesús que camina hacia Jerusalén para vivir su Pascua.

 

 

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No temas; desde ahora serás pescador de hombres

10 de febrero de 2013 – 5 Domingo Ordinario

El Año de la Fe es ante todo una invitación a encontrarse personalmente con Jesús. El evangelio en el fondo es la historia de todo un grupo de personas que se fueron encontrando con Él. Ese encuentro cambió sus vidas. La experiencia fundante de todos los encuentros es lo que llamamos la vocación. Todos hemos sido llamados a la vida. Eso hace del hombre un oyente dela Palabra. Todos somos vocacionados, llamados constantemente por Dios en Cristo Jesús. Esa llamada fundamental se especifica después en vocaciones particulares. Todas ellas suponen un encuentro personal con Cristo.

Ese encuentro sucede en la cotidianidad de la vida. Y el vivir nunca es aislado. Uno está siempre inmerso en una serie de relaciones personales y con el mundo. Dios ha querido salvar a los hombres en comunidad y no como individuos aislados. Para llevar adelante esa misión se eligió un pueblo, con diversas instituciones al servicio de la salvación. También Jesús, desde el comienzo de su misión reúne en torno a sí un grupo, que hace presente ya la salvación y estará al servicio de la salvación a lo largo de los siglos.

Jesús llama y convoca a formar una comunidad. Es Él el que tiene la iniciativa y llama como manifestación de su amor que nos elige para una misión. Ésta no tiene tanto que ver con un trabajo concreto sino con una manera de vivir nuestro encuentro con Dios. Isaías descubrió su vocación de profeta en una visión en la que Dios se le manifestó con toda su gloria ante la que quedó sobrecogido (Is 6,1-8). La irrupción del Dios santo en su vida le hizo consciente de su pecado. Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser su profeta purificando sus labios de manera que sean instrumentos adecuados para anunciar la Palabra de Dios. En su encuentro con Dios, Isaías descubre que éste tiene necesidad de hombres para poder realizar su misión. Inmediatamente se pone a disposición de Dios para lo que Él quiera.

Pablo sintió su llamada y la misión que se le confiaba en una aparición del Señor Resucitado. La Buena Noticia de Jesús se concentra sobre todo en su resurrección. Jesús Resucitado es el fundamento de nuestra fe y de nuestra salvación. En la resurrección de Jesús descubrimos que Dios verdaderamente ha perdonado a la humanidad y ha realizado el acto definitivo de su amor (1 Cor 15,1-11).

Los discípulos que nos presenta el evangelio, a diferencia de Pablo, tuvieron la suerte de encontrarse con el Jesús histórico y escuchar su llamada. Ésta tiene lugar en la vida ordinaria, durante el trabajo de unos pescadores (Lc 5,1-11). No sería la primera vez que después de bregar toda una noche volvían con las barcas vacías. Esta vez, sin embargo, encuentran una persona que, sin saber de la pesca, les da la indicación segura. Haberse fiado de su palabra, haber tenido fe en Él, es lo que hizo posible el milagro.

También Pedro, como Isaías, experimenta su ser pecador ante la santidad de Jesús y tiene miedo. Pero ni Dios ni Jesús están para meter miedo a los pecadores sino para acercarse a ellos y para llamarlos a colaborar con Él en la misión de salvar a los hombres. “Ser pescador de hombres” es la misión que Jesús les va a confiar a aquellos pescadores. La pesca será la imagen del Reino, en cuanto reúne y convoca a las personas, no para pescarlas sino para invitarlas a formar parte de la comunidad de los salvados. De esa manera la vocación no los desarraiga en sus vidas. Seguirán siendo pescadores, pero ahora pescadores de hombres.

Todos nosotros estamos llamados a colaborar con Jesús en la salvación del mundo, en hacer que las personas tengan vida en abundancia. Que la celebración de esta eucaristía nos haga descubrir nuestra llamada al servicio del Reino y que no tengamos miedo a dejar lo que haya que dejar con tal de estar en compañía del Señor.

 

 

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