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El Señor te conceda la paz

1 de enero de 2013 – Santa María, Madre de Dios

Os deseo a todos un Feliz Año 2013, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Todos queríamos dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. La crisis sigue y amenaza este nuevo año. El papa Benedicto XVI ha escrito un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que pone el dedo en la llaga: Para salir de la actual crisis financiera y económica – que tiene como efecto un aumento de las desigualdades – se necesitan personas, grupos e instituciones que promuevan la vida, favoreciendo la creatividad humana para aprovechar incluso la crisis como una ocasión de discernimiento y un nuevo modelo económico.

El Papa, en el mensaje de este año titulado “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9), presenta la paz como un don de Dios y como una tarea del hombre. Lógicamente se fija en el segundo aspecto. Aquí tienes algunos extractos. Los que trabajan por la paz son quienes aman, defienden y promueven la vida en su integridad.  Entre los derechos humanos fundamentales, también para la vida pacífica de los pueblos, está el de la libertad religiosa de las personas y las comunidades.

Uno de los derechos y deberes sociales más amenazados actualmente es el derecho al trabajo. Esto se debe a que, cada vez más, el trabajo y el justo reconocimiento del estatuto jurídico de los trabajadores no están adecuadamente valorizados, porque el desarrollo económico se hace depender sobre todo de la absoluta libertad de los mercados. El trabajo es considerado una mera variable dependiente de los mecanismos económicos y financieros. Quien trabaja por la paz realiza la actividad económica por el bien común, vive su esfuerzo como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras. Se encuentra así trabajando no sólo para sí mismo, sino también para dar a los demás un futuro y un trabajo digno.

Actualmente son muchos los que reconocen que es necesario un nuevo modelo de desarrollo, así como una nueva visión de la economía. Todos los que trabajan por la paz están llamados a cultivar la pasión por el bien común de la familia y la justicia social, así como el compromiso por una educación social idónea. Es necesario proponer y promover una pedagogía de la paz. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados.

La fiesta de Santa María, Madre de Dios, sigue siendo como la Navidad, ante todo la fiesta de la vida (Lc 2,16-21). Una vida confiada a los cuidados de los hombres y mujeres. Una vida que debe ser protegida desde su concepción hasta el momento final. Una vida siempre amenazada por el egoísmo humano y las tendencias destructoras que residen en el corazón del hombre y que se pueden desbordar cuando son manipuladas por las ideologías políticas.

María, Madre de Jesús, que es el Hijo de Dios, nos enseña a mirar al hombre concreto, al hombre sufriente y doliente que las ideologías consideran un número dentro de la nación, el pueblo, el estado. La verdad del hombre es siempre una verdad concreta, con un nombre propio, con un rostro único e  irrepetible, que traduce el rostro humano de Dios manifestado en Cristo Jesús. De la misma manera que los padres dan un nombre al hijo antes de nacer, Jesús fue llamado con ese nombre ya en el momento de la Anunciación. María es la puerta que abre este nuevo año y que nos introduce siempre en el Reino, porque Ella nos lleva siempre hacia Jesús. Que Ella nos acompañe a lo largo de todo este año y nos conceda la Paz y la Felicidad.

 

 

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El amor es el lazo de la unidad

30 de diciembre de 2012- La Sagrada Familia

La crisis actual ha puesto de nuevo de relieve la importancia fundamental de la familia. Padres ancianos que vivían en residencias han vuelto a vivir de nuevo con sus hijos para ayudarles a hacer frente a las dificultades económicas. La familia es una realidad humana, apreciada en todas las culturas, pues es la célula de la sociedad. Desgraciadamente ésta y sus gobiernos se olvidan muchas veces de proteger la familia, incluso llegan a ponerle todo tipo de dificultades.

Jesús nació en el seno de una familia humana. José y María cuidaron de él, le ayudaron a crecer y lo educaron para que pudiera llegar a ser una persona adulta responsable. La Sagrada Familia es el modelo de la familia cristiana, en realidad de toda familia ya que es de Dios mismo de quien procede toda paternidad en la tierra y en el cielo. La familia tiene un valor en sí como santuario de la vida. En ella uno es amado por lo que es, independientemente de que uno sea rentable económicamente. La familia cristiana trata de vivir la misma realidad de amor que viven todas las familias. Eso sí, vivida la vida familiar como Iglesia doméstica, la familia se consolida y es capaz de afrontar los desafíos del presente, que amenazan constantemente la estabilidad de la familia.

A José y María se les confió la educación de Jesús. No debió ser fácil precisamente porque se trataba de un niño especial, aunque las cosas parecían desarrollarse con toda normalidad. José y María sabían que ese niño venía de Dios, pero todo parecía tan normal que casi lo olvidan. Cuando Jesús a los doce años se queda en el templo y se justifica diciendo que debe ocuparse de las cosas del Padre, no entienden lo que les quiere decir (Lc 2,41-52). Pero respetan la decisión del muchacho y no reaccionan violentamente.

Hoy existe, como ha recordado tantas veces el papa, un auténtico desafío educativo. No se trata sólo de enseñar y transmitir conocimientos técnicos sino de educar en los auténticos valores que sostienen la vida social de un país. Es en el seno de la familia donde se adquiere por ósmosis esos valores humanos y religiosos. Desgraciadamente la situación social hace que muchas familias tiendan a desentenderse y delegar totalmente la responsabilidad de la educación de los hijos en las instituciones escolares. Éstas muchas veces buscan una excelencia puramente académica y dejan de lado la formación integral de la persona.

Gracias a José y a María, Jesús pudo madurar y prepararse para su misión asimilando todos los grandes valores de su pueblo. También José y María maduraron en contacto con Jesús, aprendiendo a vivir para Él y respetando sus opciones, aunque no comprendieran su actuación.   Son los valores del Evangelio los que dan sentido a la familia humana e impiden que ésta se convierta en un egoísmo a dos o egoísmo a tres. Sólo abriéndonos a la perspectiva de la familia de Dios que es la Iglesia, nuestras familias humanas descubren su misión en el mundo: hacer presente a Jesús para construir el Reino. Que la celebración de esta eucaristía nos ayude a crear la gran familia humana de los hijos de Dios.

 

 

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La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

25 de diciembre 2012- Natividad del Señor, Misa del Día

En la misa de medianoche de Navidad, hemos contemplado el nacimiento de Jesús, su anuncio a los pastores y los cantos de alegría de los ángeles. Nos hemos sumado a ellos con nuestros villancicos. En la misa del día de Navidad se nos invita a contemplar el misterio de la encarnación. En vez del bullicio de los villancicos y los instrumentos populares nos acompaña una música meditativa.

El P. Chaminade, fundador de la Familia Marianista, no era muy propenso a las confidencias. Pero a sus 82 años confiaba a uno de sus discípulos: “Lo que no ceso de admirar desde hace algún tiempo, y demasiado poco tiempo, es que María, en el momento de la Encarnación, fue asociada a la fecundidad eterna del Padre, por su viva fe, animada de una caridad inconcebible, y engendró la humanidad de la que se revestía su adorable Hijo. La fe también, querido hijo, nos hace concebir a Jesucristo en nosotros mismos: Que por la fe Cristo habite en vuestros corazones (Ef 3,17)”.

El misterio de la encarnación y del nacimiento del Hijo de Dios está en el centro de la espiritualidad marianista, que es una espiritualidad de fe. Y en este año de la fe estamos invitados a encontrarnos con Jesús, Hijo de Dios, hecho Hijo de María para la salvación de los hombres (Jn 1,1-18). El nacimiento de Jesús no es sólo un hecho de un pasado, que tuvo lugar en Belén. El P. Chaminade se hacía eco del Padre de la Iglesia, Orígenes: “¿De qué me sirve que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace de nuevo por la fe en mi corazón?”.

La fe viene a través de la escucha de la Palabra. Nuestro Dios no es un Dios solitario. Es un Dios que habla con el hombre a través de sus enviados los profetas (Hb 1,1-6). Son ellos los que fueron revelando la intimidad de Dio y su proyecto de salvación para el hombre en diversas circunstancias de la historia. Ese diálogo se ha ido intensificando progresivamente y ha llegado a su cima en esta etapa final de la historia en la que estamos viviendo.

Ese salto cualitativo en la historia se debe a que el diálogo de Dios con el hombre no tiene lugar a través de otros hombres, los profetas, sino que interviene directamente el Hijo de Dios, es decir Dios mismo. Como Hijo, es el heredero de todo, al que Dios ha dado todo. El Padre da todo al Hijo y el Hijo lo devuelve todo al Padre. El Hijo ha estado interviniendo constantemente en la historia a través de todos sus períodos. Decía San Ireneo que el Hijo y el Espíritu son las dos manos con las que Dios actúa en el mundo. Dios ha estado constantemente presente en la historia a través del Verbo, de su Palabra creadora que ilumina la vida de los hombres. Al hacerse el Verbo carne, la historia humana ha alcanzado su meta definitiva.

Jesús es la Palabra definitiva del Padre, que no tiene ya nada más que comunicarnos (San Juan de la Cruz). Todo nos lo ha dicho y nos lo ha dado y se nos ha dado en Cristo Jesús. Es a Jesús al que ahora los hombres tenemos que escuchar pues no hay más Dios que el de Jesucristo.

El Hijo es Dios. Los títulos que recibe, tomados del lenguaje bíblico y de la cultura griega, expresan esa igualdad. Es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Tenemos aquí las primeras aproximaciones conceptuales a la divinidad de Jesús, orientado totalmente hacia Dios. Como Dios, tiene una función en la creación y en la conservación del mundo, que fue creado por la palabra de Dios.

Pero sobre todo el Hijo ha realizado la obra de la redención mediante el perdón de los pecados. Se evoca así la aventura humana de Jesús que culmina en la muerte y la resurrección, mediante las cuales hemos sido salvados. Jesús ahora está glorioso, sentado a la derecha del Padre. Terminado el curso de su vida mortal vive como Dios, pues ese es el nombre con el que lo invocamos, con el nombre del Señor, que traduce el nombre de Dios en hebreo, Yahvé.

Jesús es el mediador definitivo de la alianza con Dios y está muy por encima de los ángeles pues mantiene una relación de intimidad con Dios, de Hijo con el Padre, que es exclusiva suya, aunque nosotros participemos de ella. Los ángeles pueden ser todo lo espirituales que queramos pero, como nosotros, son adoradores del Hijo. Es lo que hicieron la noche de la Navidad y es lo que nosotros hacemos hoy en la celebración de la eucaristía.

 

 

 

 

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No hubo lugar para ellos

25 de diciembre de 2012 – Natividad del Señor- Medianoche

El desahucio de tantas familias, el hecho de tantas personas sin techo, sigue poniendo de manifiesto la realidad de la exclusión y privación de derechos fundamentales en unas sociedades que presumimos de democráticas y avanzadas. Como la Sagrada Familia, son muchas las personas que se sienten privadas del derecho a un lugar cubierto. La privación de un hogar, de un lugar caliente, deja a las personas a la intemperie. El hombre para vivir confiado necesita de un lugar acogedor donde poder cultivar la  intimidad. Hay actos, como el nacimiento y la muerte, que requieren ser vividos en la intimidad, junto a los seres queridos, aunque la cultura actual cada vez más nos va privando del nacimiento y de la muerte. Lo hace, sin duda, en nombre de la seguridad, pero en nombre de ella estamos perdiendo tantas cosas.

Todo nacimiento es una gracia, un don Dios. Sobre todo en estos tiempos en que en nuestros países europeos  nacen tan pocos niños. Ellos son, sin embargo, el mejor signo de que la vida merece la pena y que la vida no es simplemente para vivirla y disfrutarla sino para darla. En el caso del nacimiento de Jesús se nos manifiesta de manera especial la gracia de Dios (Tit 2,11-14). Jesús es  el regalo de Dios por excelencia. En ese niño se nos da Dios mismo. Se nos da con esa delicadeza que Dios tiene, que no nos abruma ni aplasta. Aparece como un niño, que tiene necesidad de ser cuidado para poder vivir y crecer. Dios continúa siendo ese mendigo de amor que llama a nuestras puertas buscando posada (Lc 2,1-14). Aparentemente cada vez lo tiene más crudo y parece que las puertas se le cierran. Sin embargo, Él sigue creyendo en el hombre y sigue arriesgándose a venir a nuestro mundo.

Es la fe la que nos permite acoger el misterio de la Navidad. Ese misterio de amor de un Dios hecho niño sigue siendo un escándalo para la razón. Por eso la cultura actual prefiere hablar de Papá Noel, que no inquieta a nuestros contemporáneos, sino que favorece la sociedad de consumo. El nacimiento del Hijo de Dios en un lugar y fecha histórica constituirá siempre un desafío para nuestra razón. Los hechos, en efecto, se resisten a ser absorbidos por las explicaciones más o menos racionales. Hay que ser humildes, como los pastores, para acoger a Dios en nuestras vidas.

La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en la claridad de la fe a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo.

El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Descubramos de nuevo el niño que todos llevamos dentro. No os invito al sentimentalismo ñoño sino a redescubrir los verdaderos valores con los que vibrábamos antes de quedar atrapados dentro de esta sociedad de consumo, que promete tanto y que, en realidad, nos frustra constantemente. Que la celebración de esta Navidad les conceda a todos la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

 

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Dichosa tú, que has creído

23 de diciembre de 2012 – Cuarto Domingo de Adviento

 

Tanto el Papa numerosas veces, como el Sínodo de la nueva evangelización, nos recuerdan la importancia de manifestar la alegría de creer. El Papa experimentó esa alegría en la Jornada Mundial de la Juventud y en sus viajes sobre todo a África. También Isabel notó la alegría de María cuando ésta la visitó. Su alegría brotaba de la fe con la que había acogido en su seno al Dios hecho hombre. La alegría que sentía María no podía ser guardada para sí sola o los más cercanos en su pueblo sino que tenía que llegar también a los que vivían lejos. La visita de María a Isabel pone de relieve el gran amor de María que, ya encinta, emprende un largo camino para ayudar a su prima, que está ya en los meses finales de la espera de un hijo (Lc 1,39-45).

El gran regalo que María lleva a su prima Isabel es la presencia de Dios en su seno, presencia reconocida inmediatamente por Juan y por su madre. No hay que extrañarse pues de los saltos de gozo de Juan en el vientre de su madre. Isabel reconoce inmediatamente la fe de María, que ha sido la causa de toda la alegría que ha irrumpido en el mundo con la encarnación de Dios. La fe de María ha sido la acogida y la respuesta al amor de Dios que ha querido tomar carne en su seno.

Ese amor de Dios es lo que ha movido al Hijo de Dios a encarnarse. En ese momento el Hijo de Dios dice: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-10). Toda la historia del pueblo de Dios, ritmada por los sacrificios y ofrendas no acababa de enderezarse y entrar en el camino que Dios quería. Es necesario que Dios mismo venga en la persona del Hijo para arreglar esa historia. Ya no se trata de ofrecer cosas al Señor, sino de ofrecerse a sí mismo. Por eso Jesús ha tomado un cuerpo mortal, para poder hacer libre y amorosamente la ofrenda de su vida al Padre, a favor de sus hermanos los hombres. Este gesto de amor que se ofrece al Padre y a sus hermanos es verdaderamente redentor y salvador.

La disposición con la que Jesús entra en el mundo es la de hacer la voluntad del Padre. Esa voluntad expresa ante todo el designio amoroso que Dios tenía respecto al hombre desde el momento de la creación. El hombre, creado a su imagen y semejanza, está llamado a entrar en la intimidad de Dios. Pero no será una hazaña sobrehumana la que le lleva a escalar los cielos para poder estar allí. Será Dios el que desciende al lugar del hombre, lo tomará en sus brazos y lo introducirá en la vida misma de Dios.

La historia de Jesús y de María cambiaron la suerte no sólo de Nazaret, ciudad hasta entonces no mencionada en la historia de Israel, e incluso de Belén, la pequeña ciudad de David en la que tuvo lugar el nacimiento (Miq 5,1-4), sino toda la historia humana. Esta historia empieza a ser una historia divina porque el Hijo de Dios es el principal protagonista. Pero es un protagonista muy distinto de los héroes que vemos desfilar en nuestros libros de historia, donde sólo cuentan los grandes. Jesús, naciendo en un rincón perdido de la geografía del imperio, ha hecho suya la historia de los pobres y sencillos, que el día de Navidad veremos representados en los pastores que vendrán a adorarlo. Tengamos también nosotros un corazón humilde, lleno de fe, para poder acoger a Jesús en nuestras vidas. Él será siempre el motivo de nuestra alegría.

 

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El Señor está cerca

16 de diciembre de 2012 – Tercer Domingo de Adviento

Desde que empezó la crisis se nos ha ido repitiendo: “la reactivación de la economía está cercana”. Hoy día ya no nos lo creemos. Las cifras del paro son cada vez más elevadas, así que hay crisis para rato.  No está el ambiente pues para fiestas y, sin embargo, la Palabra de Dios nos invita a la alegría. No es una invitación a gastar y consumir para olvidar la crisis sino más bien a descubrir que el Señor está cerca. Dios está siempre cerca, pero algunas veces necesitamos sentirlo más cerca para no desanimarnos ante la dura realidad. El otro día con algunos recordábamos las Navidades de aquellos años de posguerra. Había poco de todo y, sin embargo, en Navidades nos sentíamos felices. El mensaje religioso de la Navidad acaparaba la atención de todos y cada uno trataba de encarnar al Niño que nacía en la pobreza.

El profeta invita a la alegría mesiánica a causa de la presencia del Señor en medio de su pueblo, en Jerusalén (Sof 3,14-18). El Señor había expulsado a los enemigos y, por tanto, había traído la paz. Es verdad que eso no cambiaba la situación de pobreza y de humillación de la ciudad, que había perdido su antiguo esplendor. Pero la alegría no puede ser patrimonio tan sólo de los ricos y los poderosos. Pertenece sobre todo a los pobres. También Pablo anima a sus fieles a estar alegres (Filp 4,4-7). Esta alegría es siempre un don de Dios y no la podemos fabricar artificialmente confundiéndola con el bullicio y el jolgorio navideño. Esta alegría viene sobre todo de la ausencia de excesivas preocupaciones, no porque no existan, sino porque no nos hacen perder la paz y la alegría navideña. Uno presenta las preocupaciones al Señor en la oración con confianza y acción de gracias. Esa alegría en medio de las preocupaciones es uno de los signos de cómo la salvación cristiana va irrumpiendo en la historia.

La Navidad nos hace experimentar la cercanía de Dios. Dios es un Dios de hombre, que no está lejos de nosotros sino que está a nuestro lado compartiendo y sufriendo con nosotros en nuestra historia. Esta cercanía de Dios nos lleva a acercarnos a los hombres, sobre todo a los que sufren para tratar de llevarles a ellos alguna Buena Noticia.

La alegría cristiana no nos lleva a cerrar los ojos ante la dura realidad. Más bien nos invita a preguntarnos qué tenemos que hacer para cambiar esa realidad. Ante la situación de pobreza en la que se han ido hundiendo muchos de nuestros hermanos, no queda otra alternativa que compartir con ellos lo que tenemos (Lc 3,10-18). Dios no pide cosas que se relacionen con el culto y con la oración sino que tienen que ver más bien con las relaciones sociales. Es ahí donde se juega el futuro del Reino de Dios, que Juan Bautista anunciaba, como más tarde lo hará Jesús.

A la gente en general, el precursor pide una actitud de compartir los bienes, tanto de comida como de vestidos. A publicanos y militares se les exige ante todo la práctica de la justicia. Justicia, solidaridad o caridad son los elementos fundamentales de la práctica cristiana. Es bueno recordarlo a todos, a creyentes y no creyentes ya que todos vamos en el mismo barco. A los poderosos hay que pedirles que hagan justicia, que se preocupen del bien común, sobre todo de los más necesitados.  El estado debe garantizar todos los derechos fundamentales  y de todos. No se debe inmolar las generaciones presentes a las futuras, como hacía el comunismo, y mucho menos inmolar ambas generaciones. Que todos, incluso a los que piensan que no tienen nada, miren si tienen dos vestidos, si están comiendo tres veces al día. Todos podemos dar algo.

Se trata, sobre todo, de tomar algo así como una opción fundamental en nuestras vidas, orientándolas hacia los demás y hacia Dios y no a la búsqueda del propio enriquecimiento a costa de los demás. Esta opción fundamental era propuesta en el momento del bautismo que realizaba Juan Bautista, y también los cristianos hemos asumido esa opción fundamental en nuestro bautismo. En él hemos renunciado al mal y nos hemos adherido por la fe a Cristo Jesús. Pero también los no creyentes tienen que tomar una opción fundamental a favor del bien y la justicia contra el mal y la miseria.   Que la celebración de la eucaristía nos haga sensibles a las necesidades de los demás y nos lleve a compartir lo que tenemos.

 

 

 

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Preparad los caminos del Señor

9 de diciembre de 2012 – Segundo Domingo de Adviento

Tanto el año de la fe como el reciente sínodo de la transmisión de la fe y la nueva evangelización nos invitan a que no exista una separación entre la fe y la vida. Frente a otras espiritualidades que escamotean la realidad de nuestro mundo, sobre todo la problemática humana y social en que éste está sumergido, la fe cristiana es una fe que acontece en la historia. No hay manera de encontrar a Dios fuera de la historia concreta, porque Dios es el Señor de la historia, que actúa en ella a favor de la liberación del hombre. El centro de esa historia es un hecho histórico incontrovertible, el acontecimiento de Jesús. El evangelio tiene mucho cuidado en fechar su nacimiento, el comienzo de su vida pública y su muerte y resurrección. La proclamación de la Buena Noticia de la salvación por parte de Jesús viene precedida de la predicación de Juan el Bautista, cuyas coordenadas históricas espacio-temporales se nos presentan en el evangelio de hoy (Lc 3,1-6).

Juan es presentado como el predicador del desierto, de donde parte la aventura mesiánica. También Jesús empezará en el desierto. Juan invita a preparar el camino del Señor, como ya antes lo había hecho el profeta Isaías y otros. Dios ciertamente no necesita que nosotros le preparemos el camino para venir al encuentro de la humanidad. Él es capaz de abrir caminos en el desierto y en el mar donde es imposible trazar una vía permanente. Por eso la Segunda lectura de hoy (Baruc 5,1-9) presenta a Dios dando órdenes directamente a los montes, a las colinas, a los barrancos para que se conviertan en una especie de autopista por la que pueda regresar el pueblo desterrado. No faltarán los árboles a uno y otro lado de la calzada y Dios irá por delante guiando a su pueblo. La manifestación de la gloria de Dios, de su justicia y de su misericordia será motivo de fiesta para el pueblo rescatado.

Aunque algunas veces lo hizo de manera milagrosa, Dios normalmente se sirve de sus enviados para hacerse presente en ellos y encontrar a los hombres en sus situaciones concretas. Él ha querido tener necesidad de la colaboración del hombre para realizar su misión de salvación. Es la presencia de cristianos convencidos la que ayuda a allanar los caminos de Dios en nuestra sociedad. Vivimos en un mundo con demasiadas desigualdades, con montes y colinas de ricos que sobresalen sobre los demás, y con tantas muchedumbres sumergidas en los barrancos de la miseria. Es necesario un trabajo a favor de la justicia y la igualdad.

Es necesario abrirse al Señor para que Él pueda llevar a cumplimiento la obra buena que ha iniciado en nosotros (Filp 1,4-11). La vida del cristiano está orientada hacia el retorno de Cristo. Mientras tenemos tiempo se trata de producir frutos por medio de Cristo para gloria y alabanza de Dios. Es la forma concreta de anunciar el evangelio a nuestro mundo. No son las simples palabras las que dan credibilidad sino un estilo de vida en el que resplandece la acción de Dios en Cristo. Ese estilo de vida tiene que ver con el amor y el servicio a los demás, sobre todo a los más pobres.

Para hacer posible esos frutos es necesaria la oración, por eso Pablo reza constantemente por sus fieles, e invita a orar constantemente. Tan sólo la oración abre la persona a la acción de Dios, que es el protagonista en la obra de la salvación. La oración nos permite poner ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús. Jesús es el camino concreto que Dios eligió para venir a nuestro encuentro, por eso es también el camino del encuentro del hombre con Dios. Pidamos en la Eucaristía que el Señor nos vaya preparando para su venida en Navidad de manera que nos encuentre centrados en Él, sin dejarnos llevar por el consumismo, sino solidarios con los pobres.

 

 

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He aquí la esclava del Señor

8 de diciembre de 2012 – La Inmaculada Concepción de la Virgen maría

 El año de la fe nos invita a todos a poner nuestros ojos en Cristo, autor y consumador de nuestra fe. A su lado descubrimos la figura de María como el modelo de creyente. La proclamación del dogma de la Inmaculada en 1854 intentaba indirectamente proponer el ideal cristiano de hombre. Al insistir en la santidad de María, se le recuerda al hombre moderno que sólo en Dios y en Cristo se puede lograr la plena realización del hombre.

Todas las otras propuestas humanas que van más o menos en la línea del “superhombre”, no sólo no enaltecen al hombre, sino que lo dejan muy por debajo de su vocación y posibilidades. Pero al mismo tiempo se le recuerda al hombre moderno que la realización del hombre sólo es posible por el misterio de la redención en Cristo. Es totalmente ilusorio pensar que la el progreso pueda llevar automáticamente a la perfección del hombre. La realización de la plenitud humana es algo querido por Dios y es Él mismo el que la hace posible. En la persona de María vemos realizado el ideal de santidad, de una persona que, como nosotros, ha sido redimida en Cristo Jesús.

La santidad de María, desde el primer momento de su existencia, indica su total sintonía  con Dios y con el Espíritu Santo. María se arriesgó a dejarse llevar por el Espíritu que la convirtió en Madre de Dios. María está toda llena de la gracia y del favor de Dios (Lc 1,26-38). Ella vive una relación de amor inmediata que le permite llamar a Dios su hijo y que Dios la llame su Madre. En ese ámbito de relación todo es santo y ni tan siquiera se puede pensar que a  Ella le pasara por la cabeza traicionar esa amistad. Ella no experimenta la tentación que nos acecha cada día. A pesar de todo, también nosotros vivimos rodeados de la gracia de Dios en la redención de Cristo Jesús.

Sin duda ha sido un gran privilegio el que Dios dio a María, precisamente para que pudiera ser una digna Madre del Redentor. Si Jesús es la salvación, María era la primera que tenía que ser totalmente salvada. Y así fue redimida en virtud de los méritos de Jesús, incluso antes de que éste existiera en su seno. Porque el plan de Dios de salvar al hombre es un plan eterno. Antes de crear el mundo nos eligió también a nosotros para que fuéramos santos e inmaculados por el amor (Ef 1,3-12). Por eso lo que ahora proclamamos de María, su santidad sin sombra  de pecado, será también realidad un día en nosotros. También un día la salvación de Dios será plena en nosotros y triunfará sobre nuestro pecado. Mientras tanto María aparece como el gran signo de esperanza para toda la Iglesia que intenta purificarse para ser fiel a su Señor.

En la medida en que el Nuevo Testamento se interesa por María se nos presenta como la creyente. La intención principal de Lucas es ejemplificar la fe en Jesús, pero también el mostrar la ma­ternidad de María como el gran ejemplo de fe. Hay que llamar santa a María porque respondió a partir de la fe, cuando supo qué vocación le esperaba de par­te de Dios. Responder a partir de la fe significa realizar su vida a partir de su referencia a Dios, comprometerse en la disponi­bilidad completa a lo que Dios quiera y conforme a la llamada de Dios. Así quedó asociada a Cristo en sus misterios. También nosotros tenemos que cultivar intensamente la fe para vencer el pecado.

El P. Chaminade veía en María Inmaculada el símbolo de la santidad y de la victoria. Así  la proponía a sus congregantes que la tenían por Patrona. Hoy día también las Religiosas Marianistas celebran la Inmaculada como su fiesta patronal. El P. Chaminade encontró en la Inmaculada la fuerza para combatir lo que él llamaba la “herejía de su tiempo”, la indiferencia religiosa. Esta hace que la vida de las personas se plantee de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. En vez de construirse sobre los valores del evangelio, el mundo actual se construye sobre otros valores, muchas veces antievangélicos y antihumanos. Pero esta situación no nos desanima pues sabemos que María saldrá triunfante también en este desafío y continuará aplastando siempre la cabeza de la serpiente (Gen 3,9-15). Celebremos con gozo el triunfo de María y pidámosle que ella sea siempre para nosotros el modelo de creyente.

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