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Estad siempre despiertos

2 de diciembre de 2012 – Primer Domingo de Adviento

Decía Unamuno: “Es obra de misericordia suprema despertar al dormido”. Probablemente la crisis nos ha despertado a todos del sueño del estado del bienestar, que se nos ha ido convirtiendo en el estado del malestar y molestar. De pronto nos hemos tenido que enfrentar a la dura realidad. En vez de vivir cada año mejor, como esperábamos, hemos empezado a vivir peor.

Los cristianos empezamos este domingo el año litúrgico, que marca nuestra manera particular de situarnos en el tiempo, actualizando los misterios de Jesús. Con todos los hombres compartimos el calendario civil y estamos en el mismo barco y vivimos la misma aventura, pero la vivimos con un espíritu  particular. Para muchos el tiempo es simplemente un sucederse de días y de años en lo que se desarrollan una serie de acontecimientos sin sentido, que aportan poca cosa a la realización del hombre y de la sociedad. En cambio los creyentes experimentamos siempre la perpetua novedad de Dios que viene a salvarnos, que  ya nos ha salvado. Al inicio del año litúrgico actualizamos ya el final, no simplemente del año, sino el final de la historia pues estamos viviendo en los tiempos finales y definitivos.

El recuerdo del final de los tiempos no pretende meternos miedo sino más bien hacernos caer en la cuenta de que han irrumpido ya de una vez para siempre los tiempos definitivos, los tiempos del Reino (Lc 21,25-36). Esa era la gran promesa que Dios había anunciado sobre todo a través de los profetas y que había mantenido viva la esperanza de Israel en medio de todas sus aventuras históricas que políticamente habían terminado en un fracaso. Se perdió la tierra, se perdió la monarquía, pero nació la esperanza de un Mesías que instauraría en el futuro la justicia y el derecho (Jer 33,14-16).

Israel fue descubriendo que no es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro nos es dado por Dios. Dios, en realidad, es siempre el Dios del futuro, el que estará siempre al lado de su pueblo, compartiendo sus experiencias, buenas y malas. Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo está bloqueado, Dios es el que es capaz de abrir caminos en el mar y de encontrar una salida para toda situación desesperada.

Los cristianos sabemos que la promesa ha tenido cumplimiento en Jesús de Nazaret. Con Él la historia humana ha llegado a su plenitud. En Él Dios se nos ha comunicado definitivamente y ningún acontecimiento posterior, por más grandioso que sea, puede superar esa comunicación de Dios al hombre en la persona de Jesús. Esto no quiere decir que la historia, después de Jesús, haya perdido su importancia. Al contrario. En la persona de Jesús se ha realizado totalmente el plan de Dios. En nosotros todavía está por realizarse. El tiempo que tenemos a disposición se nos da para hacer nuestra esa oferta de salvación y liberación dada en Cristo. Es pues el tiempo de la misión, de anunciar a todos los pueblos la salvación en Cristo Jesús.

El amor pertenece ya al orden de lo definitivo. Por eso San Pablo exhorta ante todo al amor mutuo, porque es la señal inequívoca de que uno ha acogido el Reino en su vida (1 Tes 3,12-4,2). Es ese amor el que nos da la confianza para poder presentarnos ante Jesús cuando Él venga a recogernos, sea al final de nuestra vida, sea al final de los tiempos. La santidad a la que nos invita el apóstol consiste precisamente en el amor. No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida y sus exigencias, toda ella animada por el amor fraterno.

Es el amor el que nos mantiene despiertos, como la madre vela al pie de la cuna de su hijo. “Yo duermo, pero mi corazón vela”, decía la esposa del Cantar de los Cantares (Cant 5,2). Ese amor nos hará permanecer atentos a los mil detalles de la vida a través de los cuales Dios está viniendo a nuestro encuentro. La eucaristía es un momento privilegiado para encontrarse con el Señor que viene.

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